¡Hola! ¡He vuelto!

No me voy a entretener aquí arriba y os dejo leyendo, que ya habéis tenido que esperar suficiente para ello.

Disclaimer: Frozen no me pertecene


CAPÍTULO 20

La vida en altamar no podía decirse que fuera especialmente emocionante. El tiempo acompañaba por lo que aseguraba un viaje tranquilo, y un velero de ese tamaño tampoco daba un trabajo excesivo a la hora de controlarlo. Pero era precisamente esta tranquilidad, la que había dado lugar al torbellino de sentimientos desatados en aquel trayecto.

Hans podía afirmar sin lugar a dudas, que los últimos días en el mar habían sido los más felices de su miserable vida. Tras la fuga y posterior conversación en la que por fin sacó de su pecho todo lo que llevaba ocultando tanto tiempo, se sentía completamente liberado, pero si había algo que le hacía especialmente feliz era la mera presencia de la reina.

Su inesperado beso, que acabó tornándose más apasionado de lo que ninguno podría esperar, había desvelado por fin una serie de sentimientos que ambos se habían ocultado, tanto al otro como incluso a ellos mismos. Y es que no era fácil de asimilar que lo que sentían el uno por el otro, y más en las circunstancias que se encontraban, pero sobre todo en las que se conocieron, era algo mucho más profundo que simple amistad.

Así fue como los límites infranqueables se comenzaron a desvanecer. Tocarse el uno al otro parecía una necesidad, simplemente el roce de sus manos les enloquecía. Sus conversaciones nocturnas bajo la luz de las estrellas se habían vuelto sinceras y liberadoras. Pero lo mejor de todo eran los besos furtivos, que siempre eran satisfactorios pero a la vez les hacían anhelar mucho más.

―Uhm, no lo hace nada mal, Majestad, sería usted una magnífica capitana de navío ―exclamó Hans, acercándose más si cabe a la reina y estrechándola entre sus brazos por la espalda mientras esta, con gesto muy concentrado, manejaba el timón.

―Seguro, lo tendré en cuenta por si alguna vez el puesto de Reina comienza a parecerme poco ―sonrió esta―. ¿Hans, tú fuiste almirante, verdad?

―Ajá, aunque… se me hace un tiempo tan lejano desde entonces… ―reconoció él, tratando de no dejar que la nostalgia se notara en su respuesta―. Fue una buena época, si bien bastante breve. Odiaba tener a mi hermano de superior y él odiaba tenerme a mí cerca demostrando que era mejor que él.

―¿Hm?

―No me malinterpretes, Haakon es un gran marino, sabe sacar de un navío lo mejor que puede dar incluso bajo las peores condiciones, no obstante… cuando estás comandando, hay muchas más cosas que tener en cuenta, la estrategia, la tripulación… y créeme a él esas cosas no le importaban lo más mínimo.

―Oh, ¿y tú, sí? ―preguntó la joven con una pequeña sonrisa retadora.

―¡Hey! Contrariamente a la generalizada opinión, yo puedo ser un buen líder ―protestó él animadamente viendo la picardía de su acompañante―. Te aseguro que era mucho mejor que mi hermano, y precisamente por eso se quejó a mi padre con toda clase de mentiras hasta que él decidió retirarme del servicio considerándome… incompetente para el puesto.

―¡Qué injusto! ―exclamó Elsa algo frustrada. Ya había descubierto que era bastante difícil encontrar alguna historia de Hans que no hubiera sido truncada por alguno de sus hermanos.

Hans, se quedó pensativo y algo taciturno.

―Creo que ese fue el golpe final antes de… ―comenzó― Por fin había encontrado una posición que disfrutaba y donde me sentía realizado, pero una vez más todo se fue por el desagüe. Estaba tan furioso, era tan frustrante… Por eso quise demostrarles que podía ser rey y ser mejor que ellos… tch ¡qué idiota!

Pese a la paz que reinaba en el barco aquellos días, siempre había un tema que nublaba su buen ánimo. Y es que si bien la Reina había decidido perdonar sus acciones en Arendelle en favor de su propio corazón, eso no borraba que lo hecho, hecho estaba y que no importara los sentimientos que tuvieran el uno hacia el otro. La realidad es que ella era una respetada monarca y él un fugitivo. Haría falta mucho más que acompañarla de vuelta para poder ser digno de la posición necesaria para sentarse junto a Elsa para siempre.

No obstante, ninguno de ellos lo mencionó en ningún momento, ambos lo sabían, ambos podían verlo reflejado en sus rostros y en su mirada en ocasiones, mas eso no les iba a impedir disfrutar el tiempo, por poco que fuera, que tenían.

―Bueno, ya iba siendo hora de que reconocieras que eras un idiota ―opinó la joven tratando de romper por completo el decaído ánimo que comenzaba a reinar, no estaba dispuesta a sacrificar ni un momento de felicidad durante los días que les quedara.

Ante esto, Hans mostró una sonrisa torcida, entrando por completo en el juego de su compañera. Se llevó una mano en el pecho fingiendo dolor.

―Oh, Su Majestad, me duelen sus palabras, ¿es así cómo le habla a sus súbditos?

―¿Tú? ¿Mi súbdito?

―¿Prefieres humilde siervo?

La joven fingió pensarlo unos segundos y después mostró una amplia sonrisa.

―Pues sí, lo prefiero ―bromeó.

Trató de escabullirse de los brazos de su compañero pero su huida apenas duró un par de pasos hasta que este la atrapó de nuevo y la atrajo hacia sí con una gran sonrisa.

―Elsa… ―su nombre cayó suavemente de sus labios en un susurro.

Sin pensarlo, la joven rodeó lentamente sus brazos sobre el cuello de Hans y ambos se besaron dulcemente. El beso apenas duró unos segundos pero eso no les importó, pues los dos sabían que debían apreciar todos y cada uno de ellos ya que el tiempo en que se tuvieran que separar definitivamente se estaba acercando.

Ambos lo sabían, ambos lo tenían presente aunque ninguno lo dijera con palabras. Su relación era imposible. Cuando llegaran a Arendelle ella volvería a ser su gran soberana y él tendría que rehacer su vida y demostrar muchas cosas en las Islas del Sur tras recibir el perdón de Arendelle. Después de todo lo que había hecho, ser merecedor de la Reina era una tarea casi imposible de realizar pues no había forma de limpiar tanto su imagen y la joven, pese al amor que sintiera hacia él, no estaba dispuesta a aceptar como monarca a nadie que no lo mereciera.

―Me gustan tus besos ―afirmó Hans sin pudor.

―¡Hans! ―exclamó la Reina completamente azorada separándose de él y llevando sus manos a sus enrojecidas mejillas.

―¿Qué?¡Es la verdad!

―Oh, sí, como si fuera a creer las palabras de un experto mentiroso ―replicó ella sin poder evitar una pequeña sonrisa.

―Me daña otra vez, ¿cómo osa llamarme mentiroso? Sus besos son tan dulces…

―¡Para! ―exclamó ella, con su sonrisa delatante pero absolutamente enrojecida por la vergüenza.

―… los más dulces y sensuales que haya probado antes.

Ante eso la sonrisa de la reina se borró por completo y un brillo de cierta malicia apareció en sus ojos.

―¿Oh? Y dime, Hans… ¿Cuántos besos has probado antes?

―Ups ―se le escapó a él sabiendo que las tornas habían cambiado por completo en un mero segundo.

Hans tragó saliva, el gesto de la reina era malicioso pero era incapaz de saber qué tipo de reacción iba a tener dependiendo de su respuesta. Realmente eran momentos como ese los cuales hacían que se enamorara más si cabe de Elsa, su gran agilidad mental, su habilidad para manejar los momentos… todo en ella era magnífico.

―Q-quiero decir… en este momento no recuerdo ninguno…

―¡JA! Mira el mentiroso…

Acto seguido y sin previo aviso, la joven reina conjuró su magia y ató las manos de Hans a la espalda. Este, sorprendido, y haciendo gala de cierta torpeza cayó al suelo hacia atrás sin terminar de asimilar la situación.

Con una sonrisa torcida, Elsa se agachó hasta su altura y colocó los brazos sobre las rodillas del joven.

―Ya puedes ir hablando, porque no pienso soltarte hasta que me lo digas.

―Vaya, podemos añadir el oficio de interrogadora al de navegante cuando te aburras de ser Reina.

―No cambies de tema y contesta ―respondió ella con autoridad.

―Está bien, está bien… ―Hans suspiró― Ah, solo uno.

Se hizo el silencio, Elsa le observó a los ojos detenidamente, el joven le mantuvo la mirada y entonces…

―¡MENTIRA!

De pronto las bolas de nieve comenzaron a caer sobre Hans sin un rumbo definido lo cual hizo que él acabara por completo en el suelo tratando de salir de su asombro.

―¡¿Qué ha sido eso?! ―exclamó Hans sobresaltado entre las pequeñas risas contenidas de la joven.

―"Eso" es lo que pasa cuando mientes.

―¿Cómo sabías que mentía?

―¡De modo que mentías de verdad!

De nuevo decenas de bolas de nieve le acribillaron por todos lados y esta vez Elsa no pudo contener la risa.

―¡Vale! Confesaré.

―Así me gusta ―dijo mientras le ayudaba a incorporarse nuevamente.

―Tres, lo prometo ―contestó―. Y además el último beso fue con la que posteriormente se convertiría en esposa de mi octavo hermano ―añadió viendo que Elsa parecía moverse dispuesta a atacar de nuevo.

Tras unos segundos, el agarre helado que le tenía atado desapareció por completo.

―Tres parece poco para ti… ―murmuró Elsa pensativa.

Realmente le había surgido un dilema y es que no sabía si ese era un número decente o no, a fin de cuentas había estado escuchando tantos rumores sobre asuntos de faldas que cualquiera diría que todo miembro de la realeza debería tener una experiencia ejemplar, sobre todo los hombres.

―¡Oye! ¿Por quién me tomas? ¿Cómo que para mí? ―exclamó Hans algo exaltado, pero con poca mordida.

―Q-quiero decir, siempre se escuchan muchos rumores sobre romances en las cortes y demás, suponía que serías igual.

―Bueno, por lo general los romances no están interesados en un decimotercer hijo, suelen apuntar más arriba.

Elsa se permitió unos segundos para asimilar la nueva información. De pronto pareció caer en la cuenta de algo y le lanzó otra bola de nieve a la cabeza.

―¡Ey! ¿Por qué has hecho eso ahora?

―¿Te has besado con tu cuñada?

―En mi defensa diré que estaba enamorado y que en ese entonces no estaba comprometida.

―¿Os besasteis y ella se casó con tu hermano?

―Ya sabes, es mejor noveno que decimotercero ―añadió Hans algo taciturno, había jurado no volver a pensar en aquello.

Elsa se mordió el labio pensativa, para variar otra historia familiar que acababa mal, era muy complicado encontrar algo que no acabara en fracaso para Hans. Empezaba a entender de dónde salía un carácter tan maquiavélico.

―Y además, ¿a qué vienen todas estas preguntas? No sabía que fueras una reina cotilla ―dijo esta vez tratando de cambiar de tema.

Elsa, aunque contenta de poder cambiar un poco de tema, no pudo evitar sonrojarse un poco.

―Bueno… es cierto que me gustan los cotilleos, lo reconozco ―confesó en voz baja, como si fuera un terrible secreto―. Lo que pasa es que nadie en la corte me quiere contar nada de esto y dependo de que Anna me lo cuente, y por lo general no es la mejor narrando las historias.

Ante esto Hans soltó una carcajada.

―Quizás deberías nombrar a un consejero de cotilleos. Créeme, son muy útil a la hora de hacer negocios si quieres marcar tu posición.

―Oh, no. Incluso aunque me gusten los cotilleos no creo que jamás pueda ser capaz de usarlos contra alguien ―reconoció la reina.

Hans la miró, enternecido. No dejaba de ser una joven curiosa, pero eso no le impedía ser una reina íntegra y serena. Cómo será capaz de sobrevivir en un mundo político de hienas, no lo sabía, pero estaba seguro de que si alguien podía hacerlo sin dejar a un lado sus valores, sería ella sin lugar a dudas.

El joven se puso de pie definitivamente, y tomando suavemente de la mano a su compañera, la ayudó a hacer lo mismo.

―No quiero decir que tengas que hacerlo, pero si lo haces, nadie se atrevería a echártelo en cara.

Dicho esto, la abrazó con ternura. Jamás se le habría ocurrido pensar que pudiera tenerla alguna vez en sus brazos de aquella forma. Además hacía tiempo que había dejado de pensar siquiera en querer tener a nadie así. No obstante, le resultaba tremendamente raro pensar en por qué nadie podría querer abrazarla y tenerla para siempre. Quizá de no haber sido tan arrogante y estúpido en su momento, este abrazo podría durar para siempre, no obstante, sus estupideces le habían llevado a la situación en la que estaba y sabía de sobra que su tiempo con ella era un simple préstamo que le hacía la vida. Enterró su nariz en el pelo de la joven tratando de recordar su olor para siempre, pero la voz de Elsa le sacó de su ensimismamiento.

―Hans, ¿qué es eso?

Dicho esto, el joven observó al horizonte, allá donde la joven le estaba señalando. Allí, muy en la distancia había un gran barco velero.

―Elsa, baja a cubierta, quiero que te escondas lo mejor que puedas, ¿de acuerdo? Yo trataré de quitarnos de su rumbo.

La reina pudo ver la mirada seria de su acompañante y optó por no protestar.

En cuanto desapareció en cubierta Hans tomó un catalejo y oteó al barco. Sus peores temores se confirmaron pues, a lo alto del mástil, se hallaba la bandera de Wesselton.


Continuará...

Uhm... ¿hola? ¿hay alguien aquí? Se que he tardado mucho tiempo en actualizar pero la verdad es que no ha sido un buen año y eso se ha notado en mis ganas de escribir, es decir, ningunas. Lamento no poder dar una explicación mayor a esta, pero también espero que alguien siga interesado en esta historia.

BUeeeno, en cuanto al capítulo, Helsa a tope por fin! Aunque ambos saben que su tiempo es prestado, pues no hay forma de que una reina y un fugitivo puedan tener un final feliz, han decidido aprovechar el tiempo que les queda juntos y ser felices sin restricciones, vamos, toda una etapa de luna de miel en toda regla. Pero sí, soy una persona cruel y lo he dejado justo ahí xDD

Muuchas gracias a todos los que habéis dejado review en esta historia, me alegra que os guste tanto y me daba rabia no ser capaz de poder escribir nada, aunque en alguna ocasión me ayudaron a sentarme a intentarlo, lamento no haber podido terminarlo hasta ahora. Quiero aprovechar el ataque de inspiración que he tenido para seguir con el próximo capítulo y tenerlo cuanto antes, mejor!

Como siempre, si tenéis cualquier duda, comentario, o incluso crítica (que sea constructiva) estaré encantada de contestaros a vuestros reviews!

De verdad espero que todavía alguien siga interesado en esta historia, al final le tengo cariño y todo jaja

Un saludo

Almar-chan