Ch. 20 Encuentros
Candy había regresado una vez más de Nueva York con los sueños rotos y el corazón adolorido. Pero esta vez era peor, porque la decepción que se había llevado era muy grande. Igual que hubiera hecho antes, intentaba minimizar lo sucedido.
-No, todo fue a causa del dolor de saber el corazón de su madre ocupado por alguien más. Yo lo sé, eso debe ser y tú como una tonta, en vez de comprenderlo te portaste intolerante. Insensible. ¡No, mil veces más insensible se portó él!
¡Terry Grandchester eres un idiota!-
Lloraba y pataleaba y repetía mil veces en su cabeza todo lo sucedido. Al final se negaba, se resistía a que todo terminara así. No estaba dispuesta a abandonar todas sus esperanzas otra vez. Su corazón le reclamaba que tenía que luchar. Le reclamaba de nuevo con pequeñas punzadas que anunciaban esos dolores que amenazaban con reaparecer. Dolores que habían desaparecido por completo desde su reencuentro con Terry, como para reafirmarle – si es que alguna vez lo dudó- que era por su ausencia que los empezó a tener en primera instancia.
-Solo necesita tiempo. Así es, le daré tiempo.- Mientras, ella ya sabía la dirección de él, así que nada le impedía el intercambiar correspondencia. Tenía esperanzas de quizás de esta manera sería más sencilla la comunicación. Tal vez podría hacerlo entrar en razón. Intentaría un acercamiento con él por ese lado.
Había logrado escaparse de la tía Elroy dejando una carta donde informaba que iría al Hogar de Pony. Ahora que ya Terry estaba enterado de todo no sabía si lo mejor era seguir con el plan original.
Le hubiera gustado hablar con Albert, prevenirlo con respecto a Terry y planear juntos una plática entre los involucrados, pero había tenido que viajar de urgencia y le había pedido en una nota que lo siguiera apoyando a mantener el frente mientras él se ocupaba de un asunto de suma importancia.
Bueno en realidad una cosa era Terry y otra el peso completo del clan Andrey siendo inquisitivos en la vida de la Sra. Baker. Aunque a juzgar por la reacción de Terry había algo en él que no lograba descifrar pero la inquietaba de sobre manera. Él decía que había sido honesto con ella, pero ella sentía que no era así. Sentía que algo le ocultaba y su curiosidad podía más que su dolor. De alguna manera sentía que esas dos cosas estaban entrelazadas.
Ella llegaría al fondo de ese extraño comportamiento. Se lo debía a Terry, se lo debía a sí misma. Trataría de ser lo más comprensiva posible. Demasiado le había tocado convivir con chiquillos rebeldes en el Hogar como para no saber reconocer los síntomas del espíritu de un niño herido. Todos ellos dolidos por el rechazo, por el abandono. Eso precisamente era lo que percibía que Terry sentía por su madre. Se sentía seguramente abandonado y traicionado, no solo por su madre, sino también por su amigo Albert y para rematar también se sentía traicionado por ella al no decirle la verdad. Seguramente sentiría que le debían una explicación y francamente se la merecía, en eso estaba totalmente a favor de Terry. Empezaba a entender la magnitud de lo que estaba sucediendo en el interior de su amado Romeo.
Recordó su plática durante su picnic nocturno, la sola mención de su madre lo había hecho tornarse agresivo. Ni qué decir de su reacción hostil y el evidente reclamo que le hizo al pensar que lo había abandonado en Rockstown.
Definitivamente el rechazo y el abandono eran sentimientos con los que Terry no sabía lidiar. Ella los reconocía perfectamente, ya que también había tenido que enfrentar estos sentimientos a su manera. Solo que en su caso, había tenido la suerte de contar con sus dos madres que la llenaron de amor y comprensión haciéndola crecer segura y feliz. En cambio él "su" Terry no había tenido quien le enseñara a lidiar con esas emociones tan fuertes que podían incluso tornarse altamente destructivas si no se las manejaba correctamente.
-Está bien Terry te estas comportando como un chiquillo herido y tienes cierta razón de sentirte así. La realidad es que si lo veo de esta forma entonces podré ayudarte mejor a reconciliarte con tu madre, pero sobre todo a retomar nuestra relación. ¡Ah! Pero eso sí como cualquier chiquillo malcriado, también te daré tus nalgadas-
Sonrió soltando una risita traviesa que le provocó ese último pensamiento. Se dejó caer pesadamente sobre su cama, exhausta pero feliz -de momento-, de haber encontrado la actitud correcta para lidiar con aquella estresante y delicada situación, decidida a ignorar el eco de sus dolores nocturnos que por algún motivo resonaban en su corazón.
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Todos en la compañía lo veían como si hubiera perdido el juicio. No sabían a que se debía su insistencia a internarse en territorio enemigo. A buscar misiones cada vez más peligrosas, mas arriesgadas.
-¿Tienes deseos suicidas?- Le había preguntado el teniente en más de una ocasión.
El Teniente Coronel Benson había recibido indicaciones especiales acerca del sargento Samuel Marshall. El perfecto dominio del alemán que el joven demostraba le había sido de gran ayuda. Se había filtrado entre las mismas líneas enemigas haciéndose pasar por oficial y así habían logrado recopilar información invaluable que había resultado en importantes victorias. Así que cuando el joven había pedido ir al campo de prisioneros de guerra no le había quedado de otra más que acceder.
El sucio ambiente olía a muerte, sangre y carne quemada. Ni todos los relatos del capitán Lewis ni el tiempo que empleó en hacerse a la idea de que su tarea no sería nada fácil lo hubieran podido preparar para la cruda realidad a la que se enfrentaba. Desde que había desembarcado el ambiente de premura y alerta se dejaba sentir por doquier.
La tienda en la que se encontraba, saturada por 60 almas donde debería haber solo veinte era por demás repulsiva. Lodo cubriendo en el piso, las letrinas desbordándose continuamente en parte a causa de las lluvias. Los incesantes lamentos de los heridos. En realidad eso era el cielo comparado con la inmundicia que se vivía en las trincheras.
El sonido constante de las detonaciones provenientes de metralletas. Las explosiones de granadas seguidas de los aullidos lastimeros de quienes seguramente habrían perdido algún miembro si no es que la vida.
Justo estando en las trincheras cuando le había tocado el horror de tener que tomar vidas del enemigo, era que había escuchado por primera vez la voz de Anthony. Él lo había entendido como una respuesta a sus rezos al verse confrontado con la cruda realidad de la guerra que se cernía sobre él.
Le daba seguridad en su actuar, lo aconsejaba, lo dirigía, le decía hacia a donde debía hacerse, derecha izquierda, agacharse todo para evitar ser herido y al mismo tiempo que él no tuviera que disparar su fusible, y de hacerlo era para evitar quitar una vida.
Él estaba ahí por su hermano, no para pelear en una lucha en la que no creía. No quería ni imaginarse lo que le estaría tocando padecer a Stear de ser ciertos los rumores provenientes de los campos de prisioneros de guerra. Los castigos y la pésima o casi nula alimentación que recibían. Las infecciones y enfermedades a las que estaban expuestos. Las condiciones infrahumanas que había descrito el capitán Lewis lo hacían estremecer y llenarse aún más de inquebrantable determinación. Se decía a sí mismo que todo eso valdría la pena con tal de volver a ver a
Su hermano.
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Nada lograba saciarlo, los aplausos no eran suficientes, ni las ovaciones por parte del público, ni la multitud que se amontonaba para conseguir una entrada para verlo actuar. Vacío, oscuridad eterna.
En un principio había buscado actuar sin tomar, pero volvía a ser presa del pánico, había logrado eso sí solo tomar antes de cada función.
Lo malo era que una copa ya no era suficiente.
-No quiero seguir fingiendo, pretendiendo que no te extraño, que no te amo cuando mi alma llora por ti, sin poderlo evitar los sollozos me despiertan en medio de la noche, siento enloquecer y lo único que me puede tranquilizar es un trago. Yo sé que ya no debo hacerlo pero no sé cómo detenerme, he querido dejarlo en muchas ocasiones pero se evitaría que siguiera actuando y sin mi mascara no podría existir.
Sin el teatro donde puedo pretender que este dolor es de alguien más y esta triste historia es producto de la imaginación de algún escritor y no la cruel realidad que me ha jugado el destino. Lo sé soy patético pero mi alma se arranca en pedazos desde que probé el elixir de tus besos tan solo para serme negados de nueva cuenta. Me quede solo, sin tu vida, sin tu alegría estoy condenado. He llegado a mi limite ya no puedo más. ¡Pretendí olvidar la grieta que dejo tu amor!- Estos eran los pensamientos que inundaban su mente cada vez que tenía tiempo para pensar.
El estúpido clan Andrey lo tenía harto. Alguien muy "amablemente", le seguía haciendo llegar noticias de las notas sociales de Chicago. Candy apareciendo en incontables fiestas y por si fuera poco ahora acompañada de la imbécil rata despreciable de Leagan.
Esas imágenes, solo incrementaban su sed y su frustración. ¿Acaso el estúpido de Albert no conocía lo suficiente a su parentela para saber que nunca tenían buenas intenciones? ¿Cómo era posible que dejara a Candy a merced de esa inmunda cucaracha? La realidad es que ya no debería de importarle quien estuviera cerca de Candy. Pero no podía evitarlo. La seguía llevando profundamente en su corazón.
Dos semanas después de su altercado con Candy había recibido una carta de ella. En un principio la había arrumbado determinado a no leerla. ¿Para qué? Si ya todo había sido dicho entre ellos. Pero solo logró aguantar un día. Bueno, casi un día, ya que abrió la misiva por la tarde, al regresar del ensayo. La misiva era corta y las palabras de Candy no decían nada nuevo ni fuera de lo que habían hablado. Aun así habían logrado inquietarlo.
Querido Terry:
Espero que cuando recibas esta carta te encuentres un poco más tranquilo. Lo primero es pedirte perdón por haberte ocultado información tan importante para tí.
También te ruego que recapacites, ya que todo ha sido fruto del amor que surgió en el momento que menos se esperaba. La amistad que llevas con Albert no vale la pena ser dañada por causa de la testarudez. Por más que lo niegues sé que siempre tendré un lugar especial en tu corazón al igual que tú lo tienes y lo seguirás teniendo en el mío. Esto es algo que vale la pena seguir procurando. Nuevamente espero que puedas perdonar mi omisión.
Siempre tuya Candy
-¿Porque piensas que con solo decir perdón quedará todo olvidado?
Decir y sentir y pedir perdón son cosas muy diferentes. ¿Qué diablos quieres decir con esa dedicatoria al final? ¿A quién acudir? ¿A quién preguntarle? ¿A quién me puedo acercar?- Se cuestionaba sentado en el único sillón de su departamento, con la cabeza entre sus manos y sus codos descansando en sus rodillas. Intentando acallar esa voz que de nueva cuenta lo azuzaba.
-¡Ya bien sabes que a nadie, estas solo siempre lo has estado!-
-¿Alguien que prueba tus besos en los cuales entregas el alma para aceptar poco después los de alguien más te ama?- Deseaba con todas sus fuerzas que eso pudiera ser cierto.
-Ah Estúpido iluso ¿Todavía lo dudas? Sigues esperando que ella aparezca nuevamente y te diga que no es cierto. Que todo es producto de tu imaginación.- Le decía su compañera, la voz que lo atormentaba.
Se sentía muy confundido.
Aturdido salió de su apartamento. Necesitaba despejarse. Se había cubierto el rostro y el cabello. También se había vestido de manera sencilla para no llamar la atención. Lo que menos deseaba en ese momento era lidiar con alguna admiradora. Caminaba pensativo con las manos en los bolsillos. No sabía cuánto era lo que había caminado. De repente algo llamó su atención. Una rubia que llevaba muletas se bajaba de un coche de alquiler, pero eso no era todo. La rubia era recibida por una chica de caireles pelirrojos y aire petulante. Observó atónito mientras las dos entraban en el restaurante. Eso no era una casualidad. Decidido se cubrió más el rostro con la bufanda, se bajó más la gorra que portaba y subió el cuello de su chaqueta para después entrar tras de ellas. Dejó una distancia moderada para no arriesgarse a ser reconocido. Se apresuró a tomar asiento en una mesa cercana.
Las dos mujeres estaban entretenidas en la engorrosa rutina de acomodar la silla de Susanna y hacer a un lado las muletas como para notar su presencia.
Afortunadamente la mesa donde se sentó no tenía buena iluminación en la creciente penumbra de la tarde que anunciaba el ocaso.
Después de ordenar, La mujeres fueron al grano. Se notaba que cualquier tipo de relación que llevaran no les resultaba muy agradable la mutua compañía.
Terry observó cómo Susanna sacaba un bulto de su bolso. Eran unas cartas que se veían algo maltratadas con sobres amarillentos, estaban amarradas por un listón azul. Le pareció reconocer la caligrafía pero antes de que pudiera ver, Eliza las tomó con una expresión que le recordó la que portaba ese día en El San Pablo cuando les tendió aquella trampa en el establo.
-Sé que tú sabrás darles mejor uso que yo. Terry no volverá a fijarse en mí. En lo personal no me importa. Pero si me importa que pague por las ofensas que me ha ocasionado. – Mintió, al fin era una buena actriz. Pero siendo una experta en decir mentiras Eliza supo ver a través de ella.
-¿Qué es esto?- preguntó Eliza extrañada. Desde que la inválida esa la había contactado para "platicar" de un tema de interés mutuo se imaginó que sería algo acerca de Terry. La había juzgado bien desde que la conoció en Chicago. Era una mosca muerta que al primer indicio saco las uñas y aunque a Eliza le daba flojera ese tipo de personalidad que se arrastraba en el dolor para lograr su cometido, debía reconocer que había logrado algo que ella había deseado desde su adolescencia. Tener a Terruce Grandchester para ella sola. Claro, la patética ex actriz no había podido retenerlo. Ahora que estaba libre de nueva cuenta haría todo en su poder para poderlo tener como siempre se le había antojado. Mantenerlo informado de la vida social de Chicago era solo el primer paso.
Examinó el sobre que encabezaba el bulto y vio el nombre al que iba dirigida. Terruce al darle la vuelta quedó extasiada al leer el remitente Candice White.
-¿Cómo es que tienes esto?- La pregunta fue retórica, en realidad no le importaba. Apurada sacó el contenido del primer sobre y empezó a leer. Al recorrer las líneas, rápidamente se dio cuenta que Candy de puño y letra relataba una época en la que vivía con su "amigo" Albert. Esa imbécil coja le estaba dando un tesoro de evidencias. No solo lograría frustrar cualquier intento de reconciliación entre Terry y ella, sino también finalmente podría deshacerse de Candy como miembro de la familia. Si, realmente era un gran tesoro de parte de alguien que jamás se lo hubiera imaginado.
Cuando las vio sabía que nada bueno saldría de que esas dos arpías se reunieran. Si tan solo supiera exactamente lo que tramaban. No había podido leer el remitente de esas cartas y un sentimiento de angustia se había apoderado de él. Una cosa era segura De alguna forma sabía que esto les concernía tanto a Candy como a él. ¿Qué otra cosa podrían tener en común esas dos?
Aunque ella ya no lo amara -le ardía la herida de solo pensarlo- Él había jurado protegerla y eso sería lo que haría.
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La bella rubia hacía los arreglos pertinentes para el siguiente paso en su reconciliación con su hijo. Ya que no le daba otra opción tendría que verlo en público. Con los años que tenía en el medio había varias personas que le debían algunos favores. Así que no le importaba cobrárselos todos con tal de tener una oportunidad de acercarse a él. La cercanía de las fiestas De acción de Gracias le darían la pauta para hacerlo.
La Asociación de Teatro tiene el gusto de invitarlo a la cena que se dará con motivo de la celebración de la semana del arte histriónico en Nueva York en el hotel Waldorf Astoria. Rigurosa Etiqueta.
La invitación había sido recibida en la mansión Andrey. Candy sabía lo que eso significaba. Terry. Era hora de volverse a ver.
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El día de la reunión que ella se había encargado de organizar al fin había llegado. Estaba decidida a hablar con los dos. Había llegado la hora de decirles a Terry y a Candy que se había enamorado de William Albert Andrey. Por eso se había encargado personalmente de enviarle la invitación a Candy.
Estaba determinada a reunirse con ellos en privado. Tendría que usar a Candy para poderlo hacer, pero estaba segura que la bondadosa chica lo entendería al revelar el motivo detrás de su proceder.
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Candy estaba allí tan jodidamente hermosa como siempre. Con sus bellas pecas que lo incitaban a perderse en ellas, las del rostro enmarcado por sus dorados rizos, las del cuello, las de su escote que aunque discreto ocultaba secretos que él se moría por revelar. Ese vestido azul turquesa que portaba hacía resaltar aún más su nívea piel y lo breve de su cintura. Sus curvas enmarcadas por la seda. Se remontó al momento en que le pidió que aflojara las cintas de su corsé y tuvo que cerrar los ojos para hacerse a la idea que un mundo de cosas habían sucedido desde que eso pasara.
La "medicina" que se había tomado le ayudaría a poder lidiar con su cercanía. Ese líquido ambarino surtía sus mágicos efectos entumeciendo sus sentimientos. Protegido, así se mantendría.
Candy había logrado convencer a la Tía Elroy que asistir a tan prestigioso evento, pero no se imaginó que sería precisamente Neil quien finalmente le había ayudado a otorgarle el permiso para asistir al persuadir a la renuente matriarca. Había utilizado el argumento que al asistir a esa reunión le ayudaría a ella a tener mayor exposición en sociedad ya que era un baile al que irían únicamente las altas esferas de la socialité neoyorkina.
La Tía había accedido únicamente bajo la condición que sería escoltada por Neil. Después que Albert se había ido de viaje, la compañía de Neil a los bailes y compromisos había sido una constante a la que renuente había tenido que acceder.
Al principio le molestaba y le preocupaba esa cercanía. Cierto había sido que durante su fiesta de presentación se había comportado muy bien, incluso salvándola de bailar con una gran fila de desconocidos, sin contar con el hecho de haber dado el discurso de bienvenida a la familia que le correspondía a Albert. Ella pensaba que esa actitud amable cesaría de repente y le daría a saber sus verdaderos motivos para comportarse de esa manera con alguno de sus planes, como tantas veces había sucedido en el pasado.
Sin embargo, su convivencia constante, había logrado que ellos limaran sus asperezas pues se había seguido comportando como un caballero. Respetándola, incluso salvándola de una que otra situación embarazosa. Todo ese tiempo había estado alejado de su hermana, ya que su paradero -desconocido por ella- la tenía muy entretenida alejada de Chicago. No que la extrañara, pero sabía que bajo la influencia de su hermana Neil era muy cruel. Este era uno de los motivos por los cuales no confiaba del todo en él. No sabría hasta que los viera juntos, si el cambio de Neil Leagan en verdad había sido para mejorar o solo pretendía. Por lo menos su compañía ya era más tolerable y por momentos incluso agradable. No habían vuelto a tocar el tema del engaño y su supuesto compromiso, pero Candy tenía mucho cuidado de ponerse en situaciones comprometedoras con él. Si bailaba una o dos piezas con su primo, al principio había sido más por compromiso y por mantenerse alejada de ciertos caballeros un tanto indeseables, pero se había percatado que de igual manera el proceder de Neil para con ella a la hora de compartir sus bailes eran de calidad respetuosa. Jamás había tratado de propasarse con esas sutilezas como jalarla de más o apretarla contra él. Ella lo agradecía y había aprendido incluso a divertirse durante el baile.
Ahora finalmente se encontraba ante la persona con la que en realidad había deseado bailar por largo tiempo. Ella había esperado respuesta a sus cartas que le seguía mandando, pero ninguna había llegado entendiendo así que Terry seguía muy dolido por la situación. Estaba pues prevenida a proceder con precaución. Pero estaba determinada a buscar la manera de entablar una plática amistosa. Al menos era su idea. Pero en cuanto lo vio, sus nervios regresaron. Se remontó a la intimidad de los momentos intercambiados en su picnic nocturno. Sus dedos le hormiguearon por la necesidad que la invadía de enredarlos en su lustroso cabello. Sintió sus labios inflamarse de anticipación al recordar sus expertas caricias. Llevaban rato en la fiesta y él se había dado a la tarea de ignorarla olímpicamente.
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Dos bailes habían pasado y él podía ver la ansiedad de Leagan por llevarla a la pista de baile. Esa ansiedad que reflejaba la propia. Por más que quisiera no había podido quitarles los ojos de encima. Se les veía más a gusto en su mutua compañía. Por la notas desde Chicago, que había estado recibiendo durante los meses transcurridos desde el estreno, sabía que habían estado conviviendo más de cerca. Sabía que hubiera podido rechazar esas noticias, deshacerse de ellas fácilmente, o pedir mayor seguridad en su camerino, pero se había convertido en una obsesión malsana el enterarse de cada movimiento en sociedad de la hija del magnate, la futura heredera Andrey que con su encanto estaba logrando ganarse lod corazones de toda la crema y nata de "La ciudad de los Vientos". Aun así, estaba determinado a no dirigirle la palabra, así como había ignorado cada una de sus cartas después de haber leído la primera. Aunque no había tenido la fuerza suficiente para deshacerse de ellas, tan solo las apilaba bajo el tablón suelto cerca del sofá en su apartamento, luchando todos los días contra la tentación de leerlas.
Platicaba con unos compañeros del teatro, cuando la vio pasar su lengua y humedecerse sus labios en un movimiento inocente e involuntario. Después su labio inferior fue atrapado por sus dientes, mordiéndolo exquisitamente, justo como él había estado deseando hacerlo. Fue demasiado la sangre empezó su rápido recorrido descendiendo desde su cabeza hasta su entrepierna, apenas lo suficiente para que sintiera cierta incomodidad aunada a la deliciosa agonía de tenerla cerca. Sus pies comenzaron a moverse sin siquiera haberse percatado ya que seguía atrapado por la verde mirada que sorprendida lo observaba acortar la distancia entre ellos. Para cuando intentó reaccionar, ya era demasiado tarde, estaba justo frente a ella haciendo una venia para pedir el baile. Todos los ojos del salón se posaban en ellos a la expectativa mientras se dirigieron a la pista, ya que él jamás bailaba en ninguna reunión.
Los músicos empezaron a tocar un bello vals que como si fuera acto de magia los remontó al San Pablo por tratarse del mismo que escucharan en aquella ocasión. Ambos corazones latieron al unísono, dejándose atrapar por los bellos recuerdos de la adolescencia. De las primeras experiencias. Se permitieron la indulgencia de comunicarse con la mirada y de intercambiar sonrisas que sin darse cuenta reflejaban la innegable realidad de sus sentimientos. Nadie más existía.
-Terry mi amor, cuanto he deseado este momento, estar entre tus brazos, mecernos juntos, percibir tu aliento.-Pensaba mientras se perdía en la profundidad de las vetas verdes de sus hermosos ojos de cobalto.
-Candy, Candy vida mía ante tus ojos se desvanece mi agonía. Tu sonrisa es el alimento de mi alma. Pequeña pecosa, te deseo, te deseo, te amo – Sentía henchido su corazón de alegría ante esta realidad absoluta. Se dio cuenta que jamás amaría a alguien más en toda su existencia, a través de todas sus vidas. No había para él otra más que no fuera su chispeante pecosa que bailaba con él. De repente la música terminó y fue entonces que
Terry recordó su desolada realidad. Ella no era suya.
Candy percibió el cambio en él, en la dureza de su mirada, en la sutil manera que tensó sus músculos de los brazos para apartarla ligeramente de él. Por un momento pensó que se daría la media vuelta para dejarla ahí parada en medio de la pista, pero para su sorpresa no la soltó y empezaron a moverse nuevamente al compás que los músicos marcaban, excepto que en esta ocasión, el sueño se había roto.
-¿A qué has venido? – Le preguntó tajante.
-¿A qué estás jugando al venir aquí?- Quizo saber, necesitaba saber. Quería desesperadamente que le dijera que era porque había aclarado sus sentimientos y lo había elegido a él. Le pareció escuchar una socarrona carcajada burlándose de él.
-Yo no estoy jugando a nada, simplemente pensé que ya se te habría pasado el berrinche.- Le dijo ella un tanto ofendida de que se dirigiera a ella de esa manera. No habían cruzado palabra alguna en meses y lo primero que le decía no era hola ni ¿Como estas?, sino que la cuestionaba implacable sus motivos para estar ahí. Esto le daba a saber que muy probablemente como lo había sospechado, no había leído sus cartas, ya que en la última le explicaba que asistiría a la gala y que esperaba poder platicar.
-¿Berrinche? ¿Así es como lo ves?- ¿Cómo era capaz de decirle eso?.
-¿De qué otra manera lo llamarías tú? No puedo creer que alguien con tu sensibilidad histriónica no sea capaz de entender que cuando hay amor puro de por medio no hay nada más que hacer, excepto aceptarlo. Rendirse, entregarse a él de manera total.- Le dijo con total naturalidad como si fuera lo más obvio del mundo.
¡Ah! esas palabras ¡Oh serpiente ponzoñosa, bruma rojiza que inunda al ser nublando los sentidos!
-¿Estas acaso dispuesta tu a rendirte y entregarte de manera total al amor?- Le preguntó él retándola con la mirada. Todavía con un dejo de esperanza, ya que si ella estaba dispuesta, saldría de allí con ella de la mano en ese mismo instante para jamás dejarla ir.
-¿A este amor?- Preguntó ella un tanto extrañada, ya que habán estado hablando de Eleonor y Albert y de momento esa pregunta, con la mirada cargada de intención, la puso nerviosa, haciendo que su tono de voz fuera dubitativo.
Terry cerró los ojos pasando saliva con dificultad. El momento había pasado.
El resultado era el mismo. Dolor, sentimiento, tristeza. ¡No! Ya nunca más lloraría ante ella. Seguramente lo había visto débil, pusilánime. Dolor-tristeza, dolor-enojo, dolor-ira irracional. Sitió unos ojos que lo miraban, unos ojos cafés cargados de odio hacia él. el sentimiento era mutuo y se lo hizo saber sosteniendo la intensión.
- ¿Que caprichosa eres, jamás lo había notado. Con que facilidad pronuncias la palabra amor ¿Ahora quien es tu amor, el estúpido de Leagan? ¿A caso estas dispuesta a entregarte a él?-
¡Plaff! Una sonora cachetada.
Los presentes observaban atónitos los acontecimientos. Quien era esa joven a la que el afamado actor había favorecido no con uno, sino con dos bailes. ¿Qué le habría dicho él para provocar tal respuesta por parte de la bella dama?
Neil había captado el mensaje de Grandchester y conociendo sus impulsos, se imaginó que algos sucedería así que sin pensarlo más, se dirigió hacia ellos, dispuesto a interrumpir el baile para alejar a Candy de ahí, para protegerla.
-Vámonos por favor Neil ha sido un error el haber venido- El apuesto moreno la tomó de la mano alejándola de la pista, dejando a Grandchester ahí parado. El joven inglés sonrió con ademán divertido y gesto de no entender lo que había sucedido. Se alejó de la pista por el lado contrario al que Candy lo había hecho y tomando una copa de la bandeja de un mesero que pasaba junto a él la elevó a manera de brindis volteando a ver a los que aún lo seguían con la mirada. Haciendo un silencioso ademán de salud, elevó la copa para después llevarla hasta sus labios y beberla.
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El ya sabía lo que ir a Nueva York y asistir a un evento que involucraba a La Academia de Artes Histriónicos significaba. No era tan iluso como para no saberlo. Especialmente al notar el nerviosismo y la insistencia de Candy por asistir. Pensó que esto sería el fin de su relación con Candy, pero de todas formas deseaba verlo. Tenía que saber a lo que se atenía. El tío William por más que los periódicos y las malas lenguas –incluidas su madre y hermana- dijeran, jamás había sido su competencia. Pero Terrence Grandchester, o Graham como quiera que se hiciera llamar, Él sí que era un peligro para sus planes con Candy. Desconocía por completo lo que había sucedido antes entre ellos, y desconocía el motivo tras lo que acababa de pasar. Una cosa sí era segura, el imbécil de Grandchester la estaba arrojando a sus brazos. Eso se lo tenía que agradecer. Sonreía mientras Candy lloraba sobre su pecho.
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Terry se encontraba en la tercera copa de la noche, recargado en un costado de la columna alejada del bullicio. En un principio su intención había sido alejarse de ahí inmediatamente, pero ese pequeño papel que sostenía en su mano lo hacía dudar.
Ven por favor, tenemos que hablar de asuntos importantes.
Te espero en la habitación 538
Candy
El botones se lo había entregado casi al principio de iniciada la gala. Al verla aún en la pista pensaba que esperaba por él. Después de lo sucedido, y de haber presenciado como ella se consolaba con Neil creía casi imposible que esa reunión se fuera a dar. Sin embargo de nueva cuenta como el reverendo estúpido que era permanecía ahí congelado sin decidirse a subir o a quedarse. Por momentos rondaba el lobby acercándose a los elegantes elevadores que engalanaban el lugar, después se arrepentía pero no se animaba a irse o regresar a la fiesta. En uno de estos momentos fue abordado por una elegante joven que no lo había perdido de vista en toda la noche. Rabiando y gozando a partes iguales con los acontecimientos.
-Hola Terry, pensé que ya te habrías ido- Le preguntó la pelirroja esbozando una sonrisa burlona.
-Ya vez y tú que pensaste de nueva cuenta que la nota la había enviado ella- Se burlaba la voz.
-Pues ya vez que no- le dijo bajando la mirada y tomando otro sorbo de su copa de champagne.
-¿Será que te puedo hacer compañía?-
Terry apretó el mensaje en un puño, suspiró y con nueva intención la vio directamente a los ojos- en esta ocasión debo declinar tu oferta, pero la tomaré en cuenta para la próxima vez.- Le dijo con un tono de voz tan seductor y lleno de incitantes promesas que logró hacer que a Eliza se olvidaran sus intrigas y le temblaran la piernas.
Se dio la media vuelta tomando el último trago de su copa al tiempo que se encaminó a la salida sin voltear atrás.
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El único motivo por el cual había logrado sobrevivir desde su captura era porque un alemán se había interesado en sus inventos. Irónicamente desde que había empezado a ponerlos en práctica y deseando que no funcionaran le había pasado exactamente lo contrario. Él había arriesgado sus privilegios obtenidos gracias a sus inventos, por intentar escapar. Al final no lo había logrado, le cedió su lugar a su amigo el capitán Lewis ya que él si tenía una esposa y un par de pequeños por los cuales tenía que regresar. ¿En cambio él? Él había perdido el privilegio de pensar siquiera en volver a ver a su familia desde el momento en que tomó la decisión de irse sin despedirse.
Además el pequeño hijo del capitán le recordaba mucho a su hermano Archie, especialmente en esa foto donde portaba un elegante trajecito de marinerito igual al que alguna vez usaran él Archie y Anthony. ¿Quién era él para negarle a ese niño inocente la oportunidad de reunirse con su padre? Así que no lo había dudado y al sentir los pasos de los soldados acechándolos, había decidido hacer ruido para distraerlos llamando su atención mientras su amigo Lewis se escapaba.
La traición le había costado muy cara. El General que antes lo protegía se había ofendido y había dado la orden de encerrarlo en confinamiento, no sabía desde cuándo. Lo despertaban a distintas horas del día encendiendo luces incandescentes o mojándolo por completo para volverlo a dejar ahí en medio de la celda semi desnudo, muriéndose de frío. Los pensamientos de aquél verano en Escocia al lado de sus amigos, y de Patty, su dulce Patty eran sus únicos compañeros. El recordar el sol sobre su cuerpo lo hacía sentir un poco de calor en la fría soledad de su confinamiento.
Cuando se sentía desfallecer de nueva cuenta Patty era quien con su dulce voz y tierna mirada lo hacía sentir acompañado. En esa total oscuridad donde no era capaz ni de distinguir su propia mano frente a él.
-De todas formas sin tus anteojos no podrías verla- se reía de él Anthony. Su hermano, quien desde hace algún tiempo, aunque no estaba seguro exactamente cuánto, había empezado a escuchar su voz. Dándole aliento, llevándole alguna rosa de su jardín cuando no soportaba la peste que lo rodeaba.
-¡Ah ya lo sé! Solo que me cuesta trabajo acostumbrarme a la oscuridad- Le decía Stear a su primo tratando de no sonar tan afligido como en realidad se sentía.
-¿Cual oscuridad? Yo solo veo la luz, a tu alrededor, mira- Le decía Anthony transportándolo a los jardines de Lakewood. Caminaban bajo el sol rodeados de verde hasta donde alcanzaba la vista. Stear estiraba sus músculos de brazos y piernas que sentían adoloridos y engarrotados. Regocijándose con la libertad que experimentaba.
-Es tan bello aquí, déjame quedarme. Esta vez deja que me quede contigo- suplicaba el joven a su rubio primo. Los ojos de Anthony se cristalizaron por momentos. Pero luego se endurecieron.
-Ya te he dicho muchas veces que no, ahorita no lo entiendes pero..- Stear lo interrumpió.
-¿Crees acaso que me puedes engañar? Se en donde estoy, se perfectamente en donde estas y ya no tengo fuerzas para regresar. Estoy cansado…- De repente el aroma de las rosas fue suplantado por el dulce aroma de la vainilla, la esencia característica de ella.
-¿Patty?- El paisaje a su alrededor cambió y los campos de Lakewood se transformaron en el verde azulado de los pastos en Escocia.
Ella lo esperaba flotando en la pequeña lancha en medio del lago. Sostenía algo en sus brazos. –Patty- le gritaba extasiado. No había tenido una visión tan clara de ella, porque por más que se esforzara en ignorar los hechos, su lado analítico siempre se hacía presente. Sabía que lo que tenía eran alucinaciones provocadas por la infección maloliente proveniente de la herida en su pierna. Pero no le importaba. Esas alucinaciones le ayudaban y en ese justo instante la visión de Patty tan claramente, tan cerca de él lo hacía aferrarse a estas con uñas y dientes. El espíritu ganaba la batalla sobre lo racional.
-Stear, ven, mira- Le decía la chica que se veía aún, más bella de lo que él recordaba. Más mujer, sus curvas más pronunciadas. Su cabello más largo. Se puso de pie sobre el bote para tratar de enseñarle lo que con tanto amor sostenía entre sus brazos.
-Patty- gritaba desesperado corriendo hacia el río. Alcanzó a ver como una pequeña y rosada manita sostenía juguetona el dedo de la mujer que amaba.
-¿Estás dispuesto a perderte eso?- Le preguntó Anthony que apareció a su lado justo cuando una fuerte ventisca alejaba más el bote.
Stear lo volteó a ver incrédulo pero sin dudarlo se metió al agua para intentar darles alcance. El agua se tornó turbia hasta ser reemplazada en su totalidad por un espeso lodazal igual al de las trincheras.
-¡Anthony, ayúdame!, ¡Ayúdame hermano!-
-Ya lo hice- Le decía dedicándole una deslumbrante sonrisa mientras se desaparecía tras de una brillante luz enceguecedora.
-¡Anthoooony! ¡Hermano!- le gritaba sollozando con infinito dolor.
-Cúbranle los ojos, que no ven que la luz lo lastima- gritaba enojada una voz conocida.
-Stear, Stear aquí estoy hermano- le decía Archie sosteniendo su mano. Estaras bien, ya lo verás. Ahora todo estará bien.
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Hasta aquí por lo pronto chicas!
Ya sé que tarde un poco más de lo acostumbrado en actualizar, pero ya vieron que en esta ocasión el contenido es más largo. Les reitero que aquí sigo y aquí continuaré hasta el final.
Muchas gracias por acompañarme con sus comentarios que ya saben son nuestra mejor retribución para quienes compartimos nuestras letras. La intención de cualquier escrito es transmitir emociones, hacerlas vibrar, reír llorar, enojarse pero más que nada disfrutar. La única manera que tenemos de enterarnos si en realidad logramos nuestro propósito es que uds. nos lo hagan saber.
Espero les haya gustado este capítulo.
Nos seguimos leyendo!
Elby8a ;-)
