¿Ya mencione que despertar en los brazos de mi diente de león es lo mejor de todo el maldito universo? Pues bueno, si lo hice, lo remarco. Me voy despertando poco a poco, luego de un ardiente regalo de cumpleaños, luego de toda una noche disfrutando plenamente de las caricias y los besos de Peeta entre mis piernas, luego de sentir su piel contra la mía, su peso sobre mi cuerpo, el paraíso de éxtasis… ni siquiera recuerdo cuando fue que subimos al cuarto. Solo soy consciente del mar de placer en el cual me he ahogado.
Extraño a la niña, a esta hora debería de estar por darle de comer, pero mi madre debe de estarse encargando de su biberón en este momento. Espero que no haya tenido problemas.
Como, por primera vez desde hace mucho tiempo, no tengo nada que hacer, recorro con la yema de mis dedos el amplio pecho desnudo de mi chico del pan, subo hasta su cuello y recorro los pelillos apenas escasos y rubios que se forman lejos de su barbilla. No sé qué le habrán hecho en el Capitolio, pero desde los primeros juegos no ha vuelto a tener barba. Todo lo contrario a mí, que debo depilarme cada dos o tres semanas. Antes no me hubiera preocupado por eso. Es más, si no fuera por los juegos jamás habría conocido lo que es la cera depilatoria, y, si lo hubiera hecho, no me habría molestado en usarla. Eso se explica simplemente: mi plan de vida no incluía casarme, ni tener hijos, por lo tanto, tampoco incluía que un hombre me comiera las piernas a besos. Por alguna razón creo que tener las piernas velludas no sería muy bonito en "esas situaciones".
Siguiendo una línea casi invisible, llego a su cabello y descubro una cicatriz un tanto extraña que se esconde bajo su mata dorada. Bien, Katniss, tienes años de casada y jamás supiste de eso. Revuelvo un poco el pelo, aparto los mechones y sigo la línea absolutamente absorta.
-¿Katniss?- Peeta se aparta sobresaltado y reacomoda su cabello. Lo que sea que le haya provocado eso no es bueno. La cicatriz se extiende hasta su cuero cabelludo. - ¿Qué hacías? ¿Qué has visto?- está asustándome, su piel ha bajado la temperatura de la nada, lo siento en el chocar de nuestras piernas desnudas, sus ojos se abren y exigen una respuesta con tanto énfasis que me niego a aceptar lo innegable. Me quito las sabanas que me estorban y encierro la cabeza entre mis piernas. Solo una cosa puede dejar una cicatriz así, una cirugía… un secuestro mental.
Siento su mano posarse sobre mi espalda descubierta y percibo las caricias ascendentes y descendentes.
-Peeta… lo… lo sien…
-Shh…- me obliga a recostarme a su lado de nuevo- calla. No hay nada que pueda hacerse para borrar lo que paso, tu misma me lo has dicho.
-¡No tenía por qué meterme en eso! ¡No haces más que esfuerzos por evitar convertirte en el muto de Snow y yo voy de idiota a descubrir tu cicatriz!
-No es tu culpa, no sabías que estaba allí. – es cierto ¿Cómo iba a saberlo? Sin embargo, sigue siendo mi culpa por otro motivo.
-Por mi culpa te hicieron eso, solo querían destruirme y para eso te destruyeron. – Negó con la cabeza como si yo no tuviese remedio y, antes de que pudiese decir algo, silenció toda palabra que pudiese salir de mi boca con un beso delicioso y placentero. Fue increíble, porque no solo sentí el sabor de su piel en mi boca, también sentí el sabor de mi piel, puesto que nos pasamos la noche en vela besándonos los cuerpos por turnos que ninguno delimitaba o definía. Al final, siempre es él el que acaba ganando esas batallas por turnos, no soy capaz de no rendirme ante sus labios. Justo igual que ahora, ha vuelto a ganar: no diré nada más.
El resto de la mañana nos la pasamos en la cocina, comiendo, cocinando, sin nada más que hacer. Nos brindamos roces "accidentales" que nos erizan la piel de solo pensar lo que una cosa puede llevar a otra. Al final, la pasión puede más y terminamos haciéndolo del mismo modo que cuando éramos unos niños inexpertos. Luego de nuestra primera vez (que me dolió), de la segunda vez (que me siguió doliendo) y de la tercera vez (que disfruté como nunca), se nos hacía terriblemente difícil controlar las recientes y extrañas hormonas que nos dominaban a cualquier hora del día, en cualquier lugar y momento. Así, confieso con toda vergüenza, terminamos enredados en el placer en el cuarto de limpieza de la panadería, en el bosque mientras dábamos lo que teníamos planeado como un "inocente paseo", en el patio trasero de la casa, en una habitación vacía en la inauguración del nuevo edifico de justicia, entre tantas otras… la peor, fue una vez en la que Haymitch enfermó y los dos nos dispusimos a cuidarlo: la mesa de nuestro mentor no sobrevivió al altercado de hormonas. Fue terriblemente desastroso nuestro amor carnal y primerizo. Luego de que pusiésemos al descubierto no solo que formalizamos una relación, sino que ya ninguno era virgen, Haymitch no nos dejó en paz un solo minuto del día. Cuando hicimos caso omiso a sus burlas, fue más lejos y le informó a mi madre. No me la pude quitar de encima por dos meses, con todo ese rollo de charlas sexuales, métodos anticonceptivos, matrimonio y las responsabilidades que debería asumir si en un descuido llegase a quedar embarazada. Tampoco le hice mucho caso, al fin y al cabo era la primera que procuraba no quedar embarazada, por esos tiempos aun no quería ser madre aunque Peeta quisiera ser padre. Cuando en el cumpleaños de Peeta él expresó que el mejor regalo que yo podría hacerle era que me casara con él, mi madre desbordó de alegría, incluso más que yo: todo mi ser temblaba de miedo, me crie yo solita pensando en el matrimonio como un terror maligno del que debía mantenerme alejada por el bien de la persona que fuese mi esposo y del de los niños que pudiésemos tener. Con el corazón en la boca, dije que sí. Todo Panem me vio entrar al edificio de justicia- retransmitieron el casamiento en vivo- ese mismo edificio en el cual apenas un año y poco, previo a la boda, Peeta y yo desencadenamos una avalancha de pasión en un cuarto vacío. Me casé con un vestido blanco precioso, totalmente diferente al que me había hecho Cinna, supongo que para que no tuviese malos recuerdos, que me regalaron Flavius, Venia y octavia. Todo fue inútil ya que los tuve de todas formas, de solo recordar que ya me había puesto antes un vestido de bodas y que el mismo se había transformado en un sinsajo ardiente, me puse melancólica. Sin embargo, al entrar y ver a Peeta con su magnífico traje de pana negra todo volvió a su sitio y supe que estaba haciendo lo correcto. Por una formalidad terriblemente antigua de una religión que se estaba volviendo a imponer, se dijo que Peeta y yo nos casamos como dios nos trajo al mundo, es decir, vírgenes. Es por eso que Johanna me reclamó hace tiempo no haberle dicho nada de que ya no era virgen, nadie creía que yo pudiese arriesgarme a consumar un acto si eso incluía tener hijos, las personas que comprendían por lo que he pasado creían que moriría pura y, por lo tanto, que mi vestido de seda fina, lleno de bordados de encaje, con diamantes diminutos en el cuello y la corona, realmente representaría una integridad infinita.
Peeta y yo nos dedicamos a vestirnos, no es una tarea fácil ya que la ropa siempre vuela por los aires, y no se encuentra fácil. Es como si hubiese pasado un huracán o hubiese estallado una bomba. Acomodamos la sala y nos sentamos juntos, procurando no tocarnos mucho para no encender una chispa de deseo que se convierta en un incendio nuevamente. Como cuando fuimos amantes carnales primerizos.
Mi madre nos trajo a la niña a eso de las dos de la tarde. Peeta y yo estuvimos resistiendo mucho tiempo e impidiéndonos mutuamente ir a buscar a la bebé a la otra casa. Apenas pasaron por la puerta, la tomé en brazos y le besé la carita con pequeñas succiones. No creí que pudiera extrañarla tanto. Peeta se acerca a nosotras y deja un beso en su frente diminuta de porcelana. Me roba a la niña y comienza a darle vueltecillas, le hace caras tontas y ella se ríe. La hace feliz.
-Aún no ha almorzado-me dice mi madre mientras me entrega el bolso y el moisés- deberías darle una papilla- asiento- Estaré arando mi maleta o perderé el tren de las nueve. Esta vez no puedo quedarme.
-Lo sé- comienza a retirarse y entonces llamo su atención con un movimiento de mano. Clava sus ojos azules en los míos luego de acomodar su cabello encanecido y ya escasamente rubio. –Te lo agradezco- susurro sonriendo un poco y a ella se le ilumina el rostro.
-Te quiero- es su única respuesta antes de marcharse. Ni siquiera tiene que ver con el tema del cual hablábamos sigilosamente. Tal vez le da pudor saber que, después de todo, participó en una treta para que su hija tuviera una noche de lujuria.
Me volteo y me reúno con mi familia, donde la niña balbucea incoherencias mientras Peeta le habla con alegre semblante.
-Katniss, ¿La sostienes?- me pregunta aunque ya está pasándomela- Voy a prepararle la papilla.- Me da un besito. Ya no nos produce un escalofrió placentero tocarnos. Sabemos de sobra que la noche y la mañana libre se han terminado. Lo disfrutamos y sí, no sabemos cuándo lo volveremos a hacer, pero lo que importa ahora es la niña, la niña de los ojos de papá.
Peeta vuelve a los veinte minutos con un platito de papilla de calabaza que despide un aroma exquisito, como todo lo que cocina. Se sienta a mi lado mientras yo acomodo a la niña en su silloncillo de bebé. Mientras la alimento, Peeta se fija en el calendario cuantos días falta para que cumpla siete meses.
-Diez- me dice al cabo de un momento y se absorbe en la lectura de una revista de cocina que tiene a mano y que yo compré para mí. Jamás la ojeé siquiera.
Sigo dándole de comer la papilla y ella se mancha en demasía, pero no me importa, es enternecedora. La niña balbucea unas cuantas incoherencias mientras le hablo y le doy de comer, hasta que ocurre algo que me deja petrificada.
-Mamá.- Entierro mí mirada gris en la de Peeta, esperando comprobar lo innegable: ella habló. Mi chico del pan salta de su asiento y se acerca a ambas.
-¿Puedes decirlo de nuevo?- Inquiere sonriente mi chico del pan mientras yo apenas soy capaz de respirar. Soy su primera palabra, me habla, me llama y seguro me quiere.- Anda, linda…- suplica mi diente de león, pero solo obtiene risas cantarinas y discordancias por respuesta.
-Peeta, ella…
-¡Habló! ¡Te habló!- exclama y toma mi rostro, ensombrecido por la sorpresa y la emoción, entre sus manos para besarme. Correspondo y tras n momento siento el gusto salado del agua de sus lágrimas, de sus lágrimas de amor.
Concentramos nuestra atención en ella nuevamente esperando otra nueva palabrilla. Al principio me sentía su mare cuando la amamantaba, al principio me sentía su madre cuando cuidaba de ella… Hoy no me siento su madre, hoy soy su madre, la niña misma lo ha reconocido.
Le limpio la papila de su boca, la levanto en brazos y los tres nos sentamos a jugar en el living, con unos peluches preciosos que enviaron desde el Capitolio. Au no me acostumbro a la idea de que un día de mi vida sea más feliz que el anterior a pesar del pasado y las pesadillas que me atormentan en la noche. Aunque ayer no dormí mucho que digamos… Sí, mi día, mi noche mí mañana y, hasta ahora, mi tarde fueron espectaculares.
-Ma…- fijamos los ojos en la pequeña niña, en nuestra sangre, a la espera de que complete su palabra- Ma… ma… ma…ma…- Peeta y yo reímos con ilusión mientras ella habla, entrecortadamente, la única palabra que sabe por ahora.- ma… ma… ma…
-Eres maravillosa- le susurró mi chico del pan y el azul de los ojos de la pequeña escudriñaron seriamente, sin sonrisa alguna, el rostro del padre. Como cada vez que ve algo que le agrada, se sonrió agitando las manitas, enseñando sus encías desprovistas de dientes y llenando sus mejillas de hoyuelos.
-Pa… pa... pa... pa… pa…
Peeta se tensó y la sonrisa de su rostro se hizo más amplia y maravillosa.
Dos palabras en un día, pequeña, y dos palabras muy especiales.
-Pa... ma… ma… pa… pa… ma…
