Oh. Pensó Viktor.

—Oh —declaró después en voz alta, sonando tal y como un niño pequeño.

Yuuri resopló, pero sonrío, incapaz de enfadarse por más de cinco minutos con el mayor, no cuando era por un tema tan trivial.

—Bobo —dijo Yuuri en voz baja, mirando hacia zafiro con amor y tintes de exasperación.

A Viktor le temblaron las piernas.

Dios.

¿Ya había dicho que amaba los ojos de Yuuri? Porque lo hacia. Mucho. Mucho mucho de demasiado.

—¿Viktor? —El japonés pasó a mirarlo con preocupación al no obtener respuesta—, ¿estás bien?

—No —negó con la cabeza—, estoy incluso mejor.