Comunidad: 30vicios livejournal
Tabla: Sorpresa.
Tema: 23. Protesta.


Flores amarillas.

Capítulo 20.

De camino a casa, Kuroko se separa de los demás en la plaza del pueblo, donde asciende lentamente los escalones que la llevarán hacia el templo en la cima y después, cuando gire hacia la derecha, en ese camino que tan bien conoce pues comenzó a recorrerlo el invierno anterior, al cementerio, con su interminable sucesión de lápidas blancas. Ahí la espera Kagami, como todos los días desde que falleció y aunque esta vez no le lleva otra ofrenda más que sus palabras, Kuroko se siente en la obligación de acudir.

—Hola, Taiga-kun —dice ella, poniéndose en cuclillas frente a la lápida y sacudiendo la nieve que la cubre, aunque la cantidad es menor que en semanas anteriores, señal inequívoca de que se acerca la primavera—. Disculpa que no haya venido antes, he tenido cosas que hacer, como seguramente sabrás. Pero ya estoy aquí y eso es lo que vine a decirte: que siempre lo estaré. Incluso si ahora estoy con Kise-kun, nunca dejarás de ser una parte importante de mi vida.

Kuroko sonríe y sus dedos acarician la lápida, haciendo caso omiso del frío, que parece más intenso en ese desolado paraje donde reposan los muertos. Sabe que no tiene porqué pedir permiso a los muertos, ni mucho menos excusarse, pues ella está viva y Kagami no lo está y no hay nada más que decir al respecto, pero al menos ha querido comunicarle su decisión, pues sabe que ésta la llevará a lugares insospechados, inexplorados, quizá muy lejos de ese pequeño pueblo en el que ha pasado los últimos años y por ende, también de esa lápida, que contiene gran parte de su corazón.

—Así que, Taiga-kun —dice Kuroko, poniéndose de pie con cierto esfuerzo, pues tiene las piernas adormecidas—. Deséame suerte —Kuroko no se marcha inmediatamente. Durante un minuto o dos se puede ver su figura, ataviada en un cálido tono rosado, de pie en el extremo más alejado del cementerio. Parece absorta en la contemplación de algo; quizá sólo está buscando daños en la piedra de la lápida (por la manera en que alza su mano derecha en el aire); quizá se ha quedado pensando en algo, nadie lo sabe y el momento se rompe: Kuroko recoge su mano, se abraza a sí misma, parece decir algo más y luego echa a caminar hacia la salida, dejando grandes surcos en la nieve, única prueba de que estuvo ahí.

.

Kise llega a Tokyo pasado el mediodía y aunque toma un taxi, éste no lo deja a la puerta de su edificio de apartamentos hasta media hora después, pues tiene que sortear el tráfico creado por personas como él, que regresan a la gran urbe tras haber pasado sus vacaciones en provincia. Cansado y arrastrando sus maletas, Kise no piensa en otra cosa que no sea acostarse media hora en su sillón antes de ponerse en marcha para arreglar todo lo que seguramente está esperándolo. Sin embargo, el primero de sus pendientes ya está en la puerta de su apartamento, en el segundo piso del edificio.

Kise ve a Chihiro nada más enfila por el pasillo; sus rizos castaños y su actitud desafiante son inconfundibles y le hablan de problemas, que, siendo sincero, él mismo causó, al dejarle el cuidado de la casa como si nada, sin haberle informado adónde iba y sin siquiera dignarse a contestar uno de sus mensajes, mucho menos informarle de su regreso, que de todos modos terminó conociendo.

—Hola —dice él, cuando por fin entra en su rango de escucha, pese a que ella lo ha estado observando cuidadosamente desde que apareció en el pasillo, arrastrando su pesada maleta tras de sí.

—La viste —dice ella, separándose de la pared en donde está recargada para así enfrentarlo propiamente.

—Lo siento —dice Kise tras un segundo de silencio, tiempo que le toma comprender sus palabras y relacionarlas con Kuroko. Sin embargo, no desvía su mirada de la de Chihiro, cuyos ojos azules tienen más el tono del mar a medianoche que el límpido azul del cielo, característico de los ojos de Kuroko y de nadie más—. Por todo —dice, cuando ve que ella no tiene intención de continuar hablando—. Me largué sin darte explicaciones, me aproveché de ti, te pedí cosas absurdas...

—No —dice ella, con fuerza suficiente como para acallarlo—. No soy tonta, Ryouta. Muchas de esas cosas las hice por mi propia voluntad, quería agradarte y actué en consecuencia, pero ahora sé que no tengo ninguna oportunidad.

—¿Cómo lo sabes? —pregunta él.

—No es difícil —dice ella, poniendo los ojos en blanco—. Lo supe desde que salió ese artículo. Todo mundo estaba hablando de ella, de quién era, qué hacía, que si era tal o tal, pero yo te vi a ti, Ryouta, en la fotografía, yo te vi a ti. Y tu rostro me lo dijo todo. ¿Así que fue ella quien te rompió el corazón? Ah, pero parece que ahora lo ha restituido, ¿no es así? —dice, señalándolo con un gesto de la cabeza, pues pese a lo difícil y cansado del viaje, hay una chispa en sus ojos muy difícil de ignorar y sus labios parecen propensos a sonreír, cuando antes apenas y lo hacían por obligación, sólo ante las cámaras (y aun así se las arreglaba para que su sonrisa fuese hermosa, cautivante)—. Quiero que me lo cuentes —dice ella, sacando una llave del bolsillo de su abrigo—. Tuve que sacar un duplicado para poder "cuidar tu casa" —dice, cuando se da cuenta de la atenta mirada que Ryouta le dirige—. No fue difícil convencer a tu casero, le dije que era tu novia. Supongo que podrás guardarla para ella, ¿no?

Chihiro abre la puerta sin esperar su respuesta y Kise la sigue hacia el interior de su apartamento, en donde una ligera capa de polvo cubre los muebles y el aire está impregnado del olor a moho y polvo. Ya dentro, Chihiro le da la llave, que deposita en su mano con un brillo indescifrable en la mirada, antes de ir a sentarse en el sofá, no sin antes sacudirle un poco el polvo de encima.

—Espero que no preguntes porqué no está más limpio —dice ella, lanzándole una clara advertencia—. Y yo también me alegro de no haber limpiado más. Claro que me ocupé de ciertas cosas, pero el resto de toca a ti, pues incluso si no la hubieras visto y me hubieras declarado tu amor eterno nada más llegar, no me habría arrepentido de no haberte hecho el quehacer.

—Fue más que suficiente, de verdad, gracias —dice él, sentándose frente a ella y sin poder evitar un suspiro de alivio al verse por fin en casa—. Hiciste mucho por mí, por las razones que hayan sido y te lo agradezco.

—Todavía no —dice ella, que no piensa darle ni un sólo segundo de tregua—. Cuéntame sobre ella. Aunque no lo creas, pese a mi intento fallido de poder salir contigo de una manera seria, quiero seguir siendo tu amiga y además, escuchar el chisme de tu propia boca bien hace valer la pena el haber venido dos veces por semana para arreglar tus cosas.

—¿Qué quieres saber? —pregunta él, trayendo la imagen de Kuroko a su mente, cosa que le resulta tan fácil como respirar. La vio por última vez hace un par de horas y volverá a verla el viernes por la noche, pero cuando la recuerda, parece que está ahí, sentada a su lado sobre el polvoriento sillón, estoica como una reina, suave como el trazo de un pincel sobre un lienzo en blanco.

—¿Cómo se llama? —pregunta Chihiro, a quien no le ha pasado desapercibida la sonrisa que ha aflorado en los labios de Kise, signo inequívoco de su amor por esa desconocida, que poco a poco comenzará a dibujarse en su mente conforme Ryouta le relate los detalles de su fisonomía, su carácter y sobre todo su historia, lo más importante para llegar a conocerla, si bien no descarta la posibilidad de que algún día crucen palabra.

—Kurokocchi —dice él y luego se corrige—. Kuroko Tetsuko.

—¿Dónde la conociste?

El interrogatorio pronto se convierte en narración y Kise revive una vez más el último año y medio de su vida, saboreando sus altibajos, sopesando sus errores, aciertos e incluso deleitándose con las coincidencias, o si bien quiere llamarse, el destino, que en más de una ocasión hizo presente su mano para llevarlo hasta donde ahora está. Así, Chihiro conoce a Tetsuko, todo lo contrario de lo que ella es: callada, incluso indiferente pero con una voluntad de hierro, rasgo que sin duda comparten todas las mujeres del mundo. Tetsuko, una figura apenas vista en una fotografía y cuyo rostro le parece más claro a través de las palabras de Ryouta, que van cambiando su cadencia conforme su historia avanza, pasando de la emoción propia de un adolescente hasta la melancolía de un hombre adulto y la felicidad de alguien que ha logrado realizar un pequeño sueño dentro de muchos: el de empezar a compartir sus metas con alguien y dejar que el otro también le comparta, creando así un camino.

Su relato de Kuroko no le lleva más de una hora, pero al escucharlo, Chihiro sabe que hay muchas caras ocultas en ella, pliegues que él sólo ha llegado a vislumbrar o que no quiere compartir y que alimentan su cariño, su fascinación, la inegable lealtad que puede leer en sus ojos, ahora le profesa. Y Chihiro la sabe afortunada, se alegra por la alegría de Ryouta, que éste transmite con sus palabras finales, en un relato breve de sus últimos días en Tonosawa, hasta la mañana de ese mismo día, en que se despidió de ella con la promesa de regresar el fin de semana.

—Me gustaría conocerla —dice ella, cuando Ryouta se queda en silencio, sin duda en compañía de las últimas imágenes de Kuroko de esa mañana, con el suéter de botones color rosa resbalándole por los hombros y las mejillas rojas y frías, cortesía de los vientos de invierno—. Siempre pensé que te verías mejor con alguien completamente diferente a ti, ¿sabes? Alguien que no estuviera armando alboroto a cada rato, alguien que te contrarrestara un poco y aunque yo nunca cumplí con esos criterios, seguí intentando. Supongo que nunca tuve oportunidad —dice, encogiéndose de hombros, pues aunque duele, el dolor dista mucho de ser tan fuerte como cuando vio la fotografía y lo entendió todo; ahora sólo es un eco y los ecos siempre desaparecen.

—Kurokocchi dijo que vendría a Tokyo algún día, te la presentaré entonces —dice él, visiblemente encantado ante la idea de tener a Kuroko en su casa.

—De acuerdo —dice ella, poniéndose de pie—. Entonces oficialmente quedo relevada de mi cargo de cuidar este apartamento —dice, echando un vistazo a su alrededor, como si se despidiera y quizás es así—. Eso es de lo único que me arrepiento —dice ella, dejando por fin que la rabia que se siente aflore en su voz—. No debí haber venido a recibir tu correo, que por cierto, está en la mesa de la cocina, ni a airear un poco las habitaciones, no después de la grosería que me hiciste al no contestar mis mensajes. ¡Y uno de ellos lo viste! Esa es la única cosa que lamento y espero que lo sientas.

—Sí, lo siento —dice Ryouta, todavía sentado—. Fui egoísta y tonto, no pensé en las consecuencias, no pensé en ti. Discúlpame por haberte dejado a cargo de algo que no te correspondía y por haberme olvidado de ti hasta ahora. Sólo pensaba en Kurokocchi...

—Lo sé —dice ella con un suspiro, en el que se desvanece todo su enojo—. Acepto tu disculpa. Ahora tengo que irme, te veo mañana en clases, si es que sobrevives a todo el polvo que hay aquí.

—Gracias, Chihiro —dice él, poniéndose de pie para acompañarla, cosa que ella le niega con un ademán de la cabeza—. Nos vemos mañana.

Chihiro levanta la mano a modo de despedida, cruza la habitación dejando estelas de polvo tras de sí, abre la puerta y sale por ella sin mirar atrás ni una sola vez. Sabe que tiene que seguir adelante, la vida no se acaba por un chico, pues hay muchos otros en el mundo e incluso si no los hubiera, se tiene a sí misma. A sí misma y la libertad de hacer lo que quiera, amar a quien quiera o incluso no amar a nadie. ¿Quién sabe si no le está esperando una historia maravillosa (como la de Kuroko y él) a la vuelta de la esquina? Sólo tiene que buscarla y para hacerlo, ya ha dado su primer paso al salir de ese apartamento, un hogar que no es y nunca será suyo.

.

Kise se pasa el resto de la tarde tratando de que su apartamento vuelva a ser habitable. Por suerte, Chihiro se ocupó de la comida en el mini-refrigerador antes de que ésta se pudriera y el electrodoméstico sólo le ofrece un panorama vacío cuando lo abre, sin ningún bichejo andando en las profundidades, ni olores desagrables o cosas putrefactas, lo cual lo obliga a su vez a hacer la compra y prepararse algo de comer.

Una vez satisfecho, Kise retoma sus actividades de limpieza. Abre las ventanas pese al frío que hace, sacude el colchón, cambia las sábanas, pasa un trapo húmedo por las superficies para quitarles el polvo, barre y aspira hasta que cae la noche y lo encuentra agotado, acostado de cualquier manera sobre su sofá.

Al día siguiente volverá a incorporarse a la rutina de su trabajo, volverá a someterse al escrutinio de las cámaras y a sumergirse en el mundo de la ropa fina, los perfumes y los contratos con cifras altísimas, que no hubiera ganado en su primer año como abogado ni con todas las influencias de su madre. Incorporarse nuevamente a la rutina nunca es fácil, pero Kise apenas y piensa en ello mientras trata de no dormirse. Su mirada está fija en la pantalla de su iPhone, que ha permanecido silencioso pese a que ha desbloqueado a todos sus contactos, aunque sólo hay uno que le importa en realidad.

Me pasé toda la tarde limpiando, espero que
a ti te haya ido mejor con tus preparativos para
mañana. ¡Estoy tan cansado!
Voy a dormir, buenas noches, Kurokocchi.
Te quiero.

Kise envía el mensaje y luego se dirige hacia el baño, al que le hace falta una buena limpieza, para lavarse los dientes y aplicarse algunas mascarillas nocturnas. Está tan cansado que apenas y registra sus movimientos, su mente va haciendo saltos de tiempo que lo llevan del baño a la habitación, de ésta al cuarto de lavado para dejar su ropa sucia y luego de regreso, hasta la cama, en donde entra apenas consciente.

Sólo el sonido de un mensaje entrante consigue arrancarlo de las garras del sueño, a pesar de que antes ha recibido algo por LINE y whatsapp, aplicaciones que Kuroko no tiene y que por eso mismo, le indican que es ella quien le ha contestado.

Buenas noches, Kise-kun.
Descansa.

Es todo lo que dice la pantalla, pero es suficiente. Minutos después de haber leído el mensaje Kise ya está profundamente dormido, con una sonrisa adornando sus labios.

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Cuando Kise llega al edificio de Bravo Models al día siguiente, no se sorprende al ver a Yukari esperándolo, en una extraña parodia de su primer encuentro en Tokyo después de que él huyera de Tonosawa, sin un lugar adónde ir ni más esperanza que esa. Ahora es un modelo reconocido y en aras del progreso, como se lo recuerda Yukari cuando la alcanza en lo alto de la escalera que conduce a las puertas doradas del edificio.

—Por un momento creí que no volverías —dice, inclinándose para besar su mejilla cuando él está a uno o dos escalones de distancia. Se ha cortado el cabello de acuerdo a las tendencias del momento y lo lleva a la altura de la barbilla, teñido de un color negro que, cada vez que mueve la cabeza, destila un color azul.

—¿Eh? ¿Por qué? —pregunta Kise, mientras la sigue hacia el interior del edificio, maravillándose de que no haya cambiado en lo más mínimo durante su ausencia, mientras que él se siente un hombre completamente diferente.

—Pensé que te quedarías con ella —dice Yukari, ya dentro del elevador que los llevará a la última planta, en donde se tiene programada una sesión al aire libre, en donde la ciudad de Tokyo, en todo su esplendor nevado, será el telón de fondo—. Ya sabes a lo que me refiero —dice, señalándolo con el dedo índice, que termina en una larga uña pintada de negro con una mariposa roja estampada en un costado—. La mujer con la que estás saliendo, pensé que te quedarías con ella.

—¿Es que todo mundo sabe de eso? —pregunta Ryouta, mesándose los cabellos; las mejillas le arden, pero aunque se esfuerza por parecer enojado, no puede luchar contra la sonrisa que se extiende por su rostro ante la mención de Kuroko, a la que mandó un mensaje nada más se despertó y del que sigue esperando respuesta.

—Bueno, no lo haces muy difícil de adivinar —dice Yukari, haciéndose a un lado, de manera que Kise pueda enfrentarse a su rostro en el espejo—. Nada más hay que verte para saber lo que ha sucedido. Claro que la fotografía que tomó el reporterucho ese proporcionó la pieza necesaria para unir el rompecabezas, pero por lo demás, lo llevas escrito en la cara.

—Entonces, ¿no vas a regañarme? —pregunta Ryouta, que durante la mañana había estado pensando en la mejor manera de decírselo, sólo para concluir, tras un minucioso análisis de las consecuencias que eso supondría, que permanecería callado hasta que no tuviera más opción que hablarle de Kuroko.

—No. ¿Debería? —pregunta ella, mientras el ascensor se detiene en la última planta, en donde harán el maquillaje de Kise y lo vestirán, para después subir al techo a hacer las tomas—. En realidad me alegro. Así ya no tendré que preocuparme por si pescas alguna enfermedad o alguna de tus amiguitas decide ir a la prensa a contarte lo bueno o malo que seas en la cama.

—¡Oye!

—Pero en serio, Ryouta —dice ella, deteniéndose frente a una puerta en el otro extremo de la habitación, en el que un improvisado rótulo revela que están en el cuarto "Maquillaje y vestuario"—. Me alegra. Si eso te hace feliz, ¿quién soy yo para decirte con quién salir o no? Mientras no afecte tu trabajo está bien y por la cara que pones, estoy segura de que no lo hará. Sólo una cosa —dice, alzando el dedo índice frente a su rostro—. Creo que no tengo que advertirte lo importante que es para tu carrera en estos momentos que nadie los vea juntos. Si salen tendrás que cubrirte el rostro y evitar los lugares concurridos, pues si ese tipo los encontró en un pueblo tan olvidado como al que te fuiste, aquí es como si te estuvieras exhibiendo todos los días. Recuerda que te pagan por fotografía, no se las regales.

—¡Gracias, Yukari-san! —dice Ryouta, dándole un rápido abrazo—. Y no te preocupes por mí, sé cómo cuidarme. De todos modos no pienso dejar que nadie interrumpa mi precioso tiempo con Kurokocchi —añade, en tono petulante, que se desvanece tras una sonrisa.

—No me preocupo por ti, Ryouta, me preocupo por tu carrera y por ende, por la mía. Sin embargo, confío en ti. Sé que sabrás hacer lo que más te beneficie. Ahora, una última cosa antes de que te vayas —dice, con la mano sobre el picaporte de la puerta y no sin antes haber consultado su reloj, que le dice que todavía tiene diez minutos libres—. Hablando sobre tu carrera, quiero informarte que estamos pensando en cambiar tu contrato. Hasta ahora tu contrato sólo incluía sesiones fotográficas, pero para este año tenemos contemplado que empieces a participar en desfiles y pasarelas. Tendrás detalles más específicos en cuanto se haya terminado de redactar, pero a grandes rasgos significa un aumento de sueldo y de horas laborales, que podremos discutir en su momento. Ahora ve a trabajar.

Yukari lo despide con un gesto de la cabeza, dándole a entender que no admite réplicas y pronto Kise se encuentra nuevamente en el mundo que lo vio nacer como una estrella en ascenso. El nuevo contrato lo emociona tanto como lo aterra, pues siempre le ha gustado vivir bien (cortesía de unos padres profesionistas con maestrías y doctorados por doquier), pero la perspectiva de horas extras, que por un lado significan nuevos escenarios y aventuras, también le hace pensar en Kuroko y en cuántos planes, todavía ni siquiera vislumbrados, ya se han echado a perder.

Kise siempre ha sido un libro abierto, su ánimo se transluce en el rictus de su boca (o en la falta de éste), en el brillo de sus ojos, en la profundidad de las líneas de su frente, signos que cualquiera puede leer. Es por eso que Yukari sabe que algo anda mal cuando lo ve salir del vestidor, con el primer conjunto del día y el rostro lleno de preocupación.

—Es la colección primavera-verano de Massimo Dutti —le dice Yukari, echando a caminar a su lado y guiándolo de nuevo hacia el elevador, pues confía que en la privacidad del espacio Ryouta sea capaz de poner en orden sus pensamientos—. Te lo mencioné antes de que te marcharas, pero por si te has olvidado, el tema es Surcando la gran ciudad. Eres joven, estás a la moda y la ciudad es tuya, ¿comprendes?

—Sí —dice Ryouta, con el rostro tan serio que augura una mala sesión fotográfica. Y así es durante los primeros diez minutos, mientras Kise posa en diversos lugares del helipuerto, con el rostro tan serio que Yukari tiene que recurrir a medidas drásticas para salvar la sesión, pues el fotógrafo parece a punto de rendirse.

—Ryouta —lo llama Yukari, de pie detrás del fotógrafo, que se fuma un cigarro con toda la tranquilidad del mundo, contento de suspender lo que en su opinión es todo un fracaso—. Cuéntame de ella —pide, haciéndole un gesto al fotógrafo para que esté atento—. ¿Cómo es? ¿Cómo se llama? Sigue posando mientras lo haces.

—Se llama Tetsuko —dice Ryouta, sintiendo cómo el nombre le cosquillea en los labios, pues nunca se ha atrevido a pronunciarlo así, tan llanamente—. Es... —Kise apenas y es consciente de las instrucciones del fotógrafo o de la manera en la que va cambiando de postura frente a la cámara, regalándole sus mejores ángulos y sonrisas. Hace frío y él ni siquiera lo siente, absorto como está en los detalles de la persona que más feliz lo hace en el mundo, que lo hace sentirse capaz de todo e incluso más.

Yukari sonríe al escucharlo, porque puede sentir el afecto que rezuman sus palabras, pero también porque su estrategia ha dado frutos y ahora es el fotógrafo quien se esfuerza por estar a la altura del joven frente a él, a quien el modelaje le resulta tan fácil como respirar. Por supuesto tiene contratiempos y áreas que pueden mejorarse, por ejemplo, su absurda preocupación por su tiempo libre, que sin duda le gustaría gastar con su novia en lugar de trabajando, sin darse cuenta del beneficio económico que eso le podría reportar en un futuro, pero Yukari no está preocupada por él, no realmente.

Viéndolo sabe que será famoso y que tendrá todo el tiempo del mundo para hacer lo que quiera, pero sólo si sigue esforzándose como ahora. En eso es en lo que tiene que trabajar; lo demás ya lo tiene. Y así se lo demuestra el catálogo de primavera de Massimo Dutti, cuando sale unas semanas después, para ser distribuído entre la élite de la moda internacional: los críticos sólo tienen alabanzas para Ryouta, que ha logrado imponer su propio estilo en un catálogo mayoritariamente dedicado a adultos y hombres de familia con clase.

Es joven, apuesto y viste bien, dice uno de los críticos, en una citada revista de moda, si algo le faltaba al excelso gusto de las prendas de Massimo Dutti era eso. Y Kise Ryouta se lo ha dado. Gracias a él puedo comprar en Massimo y sentirme joven mientras visto bien. El mundo es mío cuando visto con Massimo; el mundo es de Kise Ryouta, desde que viste Massimo.

Yukari no puede suprimir una carcajada cuando lee la nota, dos o tres días después de la publicación del catálogo, que yace a su lado, como un recordatorio de uno de sus mayores éxitos como representante. Ryouta sonríe desde la portada, recargado de manera despreocupada contra la veranda que lo separa de una caída de 200 metros, con la ciudad a sus pies, con el cielo azul rodeándolo, con las manos dentro de los bolsillos del pantalón y la frente despejada, pues lleva el flequillo echado hacia atrás. Sonríe sólo por Kuroko, por mediación del recuerdo de Kuroko, que le ha granjeado los más altos elogios y contratos para diversos catálogos y eventos; es ella quien lo ha moldeado, Yukari tiene que reconocerlo, pues es ella quien lo hace feliz.

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Durante la semana y segura de que no puede retrasarlo más, pues no quiere que se enteren por otras fuentes menos confiables, Kuroko llama a sus padres y amigos para comunicarles la gran noticia. Todavía no está segura de cómo van a reaccionar y eso es lo que la ha detenido, pero sabe que entre más rápido los haga partícipes de su felicidad, más rápido podrán aceptarla e incluso perdonarla, si bien a ella no le interesa ninguna de las dos cosas.

Kuroko decide hablar primero con sus padres, a los que llama un día nada más regresar del jardín de infantes, en donde algunos niños le han preguntado por Ryouta, recordándole así su obligación. Es su madre quien contesta; Kuroko puede imaginarla sentada en la sala de estar de su inmutable casa, con un libro de jardinería sobre el regazo y una taza de té al lado, siempre dispuesta a esperar por su llamada.

—Mamá, estoy saliendo con alguien —dice Kuroko, después de que intercambian las cortesías de rigor y su madre le pregunta qué tal le está yendo en su primer invierno sin Kagami. A Kuroko le parece el momento adecuado para comunicárselo y no hace ningún intento por romper el silencio que se instala en la línea nada más termina de hablar, pese a que en lo profundo de su ser teme que su madre le haya colgado.

—Está bien, Tetsuko —dice su madre por fin, después de un largo intervalo de silencio—. Eres lo suficientemente mayor para tomar tus propias decisiones y siempre he sabido que eres una mujer sensata, así que no pienso juzgar tu elección, ni el tiempo en que la haces. Si eres feliz a su lado, pero también estando lejos de él, si has conseguido seguir con tu vida, yo no puedo más que apoyarte desde aquí.

Es el turno de Kuroko de quedarse en silencio debido a las lágrimas que se agolpan en sus ojos y le cierran la garganta, impidiéndole hablar.

—Gracias, mamá. ¿Prefieres que se lo cuente a papá yo misma o lo harás tú? —dice, con la voz quebrada por la emoción.

—No te preocupes por ello, Tetsuko, se lo diré yo —dice su madre y Kuroko la imagina sonriendo, quizá acariciando la portada de su libro de jardinería, donde florecen geranios, rosas o incluso girasoles, como en su jardín, ahora muerto y en espera de la inminente primavera—. Pero si voy a decírselo, quiero que me hables de él, por favor. ¿Es acaso el chico de la fotografía del periódico? No quise preguntarte por él en su momento, porque no quería ofenderte, pero es el único candidato que se me ocurre.

Su madre es la primera que dice esas palabras, que sus amigos repiten casi en el mismo orden y cadencia cuando los llama y les da la noticia. Y a todos ellos Kuroko les responde lo mismo, con una sonrisa en los labios y el corazón henchido de un afecto que todavía no está dispuesta a admitir, pero que siente en cada rincón de su ser tocado por él: cuerpo y alma.

—Sí, es él. Se llama Ryouta.

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El miércoles por la noche, Kise se encuentra en el bar más cercano a su trabajo con un grupo de modelos, quienes lo han invitado para celebrar su primera pasarela. El establecimiento se encuentra en el último piso de un rascacielos, desde donde se puede ver la ciudad de Tokyo a través de las paredes de cristal; la ciudad tendida a sus pies como un manto de luces de colores, un efecto que se acentúa gracias a la oscuridad reinante, en donde sólo la barra está iluminada con diversos focos de colores, mientras que las mesas, de madera oscura pulida, apenas y cuentan con una pequeña lámpara, cuya luz es difusa y somnolienta, perfecta para la intimidad.

—¡Que nos vaya bien mañana! —dice uno de los chicos, cuyo perfil griego le ha granjeado un sinfín de contratos, mientras levanta una copa en el aire—. ¡Que esto signifique más dinero!

—¡Más dinero! —corea Ryouta, antes de levantar su martini en el aire para brindar con los demás. Hace mucho que no está en un bar y aunque le gusta el ambiente tranquilo de Tonosawa, mentiría si dijera que no extrañó el bullicio de la ciudad, la facilidad con la que se escuchan las risas en las calles, la música, el ambiente y sobre todo, la comodidad de conseguirlo todo con tan sólo desearlo. O casi todo, pues aunque desea ver a Kuroko, sabe que no podrá encontrarla en las calles, ni en ningún lugar, salvo sus recuerdos, hasta el viernes por la tarde.

—Y más chicas —añade alguien a su derecha; Kise no puede verlo debido a la pésima iluminación, pero intuye por su tono que ya está bastante bebido. Esta vez, Kise no se une al brindis, pero nadie parece darse cuenta, pues todos están demasiado ocupados relatando lo que han hecho en sus vacaciones; algunos se han ido de viaje, otros han pasado las festividades con sus familias, unos más no han hecho nada y luego está él, quien no puede evitar pensar que le ha pasado lo mejor de mundo en el lapso de un mes.

—Vamos, vamos, Ryouta, ¿ya no bebes? —pregunta alguien, una hora después, cuando ya se han acabado la quinta ronda de cocteles y es su turno de contar lo que ha hecho—. Pero bueno, al menos cuéntanos qué has estado haciendo. No pudimos contactarte por un mes. Ya te creíamos abducido o muerto, dependiendo de a qué bar hubieras ido a caer primero.

—Me fui de viaje —dice Kise, removiendo su copa, de manera que la aceituna en el fondo (esa que nunca se come), golpea el cristal haciéndolo resonar—. Fui a ver a unos familiares y a mi... —Una lenta sonrisa se va extendiendo por su rostro, haciéndolo parecer, bajo la luz amarillenta y escasa, el personaje de una película de terror—. A mi novia —dice por fin, saboreando la palabra y lo que implica; las memorias que evoca y también las promesas.

—¿Pensé que estabas saliendo con la chica de cabello ondulado? ¿Cómo se llama...?

—No seas idiota, ¿no viste la foto que salió en el periódico antes de Navidad? Es ella, ¿no?

—Sí —dice Kise, sin poder esconder la calidez de su voz—. Lo de Chihiro sólo fue una vez. No salgo con ella, sólo somos amigos.

—Eso dices —dice alguien y Kise recibe un codazo, coreado por varias carcajadas—. Aquí no tienes porqué mentir, si ya sabemos cómo eres. Creo que de todos eras el que más suerte tenía con las mujeres, te acostabas con una diferente a diario, ¿no? ¿O debo decir que te acuestas? Mira, si por allá hay una que te está viendo.

Kise desvía su mirada hacia la barra, aunque en un principio sólo puede ver la figura de una chica recortándose contra la iluminación de neón de la barra. Su silueta es delgada, parece tener unos pechos generosos (del tipo que Aomine elogiaría) y el cabello lacio le cae por los costados, a la altura de su codo. Sólo cuando Kise se acostumbra nuevamente a la iluminación puede comprobar que lo está mirando, quizá incluso con más insistencia ahora que al parecer ha llamado su atención.

—¿Y bien? —pregunta uno, cuando Ryouta desvía la vista y vuelve a clavarla en su copa, como si sopesara lo ideal de pedir otro martini—. ¿No vas a ir por ella? Porque si no la quieres, iré yo.

—Si quieres —dice él, encogiéndose de hombros—. Estoy saliendo con alguien.

—¡De verdad no puedo creerlo! —dice el hombre, poniéndose de pie—. Pero es tu decisión y bueno, ¡felicidades! Si me disculpan, yo no dejaré pasar la oportunidad —dice, tras darle unas palmaditas a Ryouta en el hombro y antes de echar a caminar hacia la chica, que no parece muy decepcionada por haber conseguido a alguien más, si bien ella tenía la vista puesta en Ryouta.

—Bueno, no le hagas caso —dice otro, que si Kise no recuerda mal, se llama Shun y lleva medio año en la empresa—. Si ya tienes a alguien ya tienes a alguien, además no es como si fuera para siempre, ¿verdad? Siempre puedes cambiar o no, ya depende de ti. ¿Qué te parece un brindis por ella, entonces? —pregunta Shun, al ver que no le han hecho demasiada gracia sus palabras—. ¿Cómo se llama?

—Tetsuko —responde Kise a regañadientes, pues piensa que podría contaminar el nombre de Kuroko al compartirlo con ellos, que lo ven todo tan vano y fácil.

—¡Por Tetsuko, entonces! —dice Shun, levantando su vaso, no sin antes haber vaciado un poco de su contenido en la copa de Ryouta, de manera que éste pueda brindar también—. ¡Que ha logrado atrapar al modelo más codiciado la empresa! ¡Y bien atrapado, ¿eh?! —Shun le da a Ryouta un puñetazo amistoso en el hombro y éste, muy a su pesar, no puede evitar reír.

, piensa, mientras se toma de un solo trago el whisky que Shun le ha regalado y que le abrasa la garganta. Bien atrapado.

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Kise debuta en su primer pasarela el jueves de esa misma semana. Es un acontecimiento que le roba toda la tarde y parte de la mañana, obligándolo a suspender totalmente sus clases de canto, actuación y cocina. Para cuando llega a casa, está exhausto y apenas y se las arregla para comer algo precalentado en el horno de microondas, cuya puerta permanece abierta por el resto de la noche.

Kuroko, que nunca ha estado en contacto con el mundo de la moda más de lo estrictamente necesario, ignora lo que sucede tras bambalinas en eventos de tal envergadura y debido a la exclusividad del mismo le es imposible siquiera buscarlo en televisión. Así pues, se contenta con los mensajes que Kise va enviándole periódicamente, casi desde el mismo momento en que recibe la noticia de su participación hasta el último, de buenas noches, mal escrito pero cálido, cuando llega a su casa para dormir.

Sus primeros mensajes denotan un nerviosismo animado que logra distraerla unos segundos mientras está en clase, revisando las libretas de sus alumnos y calificando sus dibujos de manzanas con enormes 10. Kise le pide que le desee suerte, le informa cuando la mini-van que va a llevarlo a la sede de la pasarela parte del edificio de Bravo Models y le describe, lo más pormenorizadamente posible, la estructura del lugar cuando por fin entra. Sus mensajes se tornan más emocionados cuando llega al lugar, pero cesan en su frecuencia; Kise le informa después que le han hecho el maquillaje y le han quitado el celular momentáneamente, pues él se las ha arreglado para robárselo; luego le dice que no falta mucho para empezar.

A partir de este momento, los mensajes de Kise llegan con varios minutos de retraso, con intervalos tan largos como diez a veinte minutos, e incluso en una ocasión de media hora. Para Kuroko, la interrupción constituye un alivio pasajero, pues su celular no ha dejado de sonar en todo el día, robándole la atención que podría estar dedicando a empresas más importantes que leer los pormenores de la vida de Ryouta, que no duda se lo contará todo una vez esté de regreso.

Sin embargo, conforme avanza la tarde, Kuroko entiende que éste es otro cambio en su vida que tendrá que aceptar. Kise no es Taiga y su forma de comportarse es claramente diferente, pese a las muchas similitudes que comparten. Kise no es Taiga, sino un joven que la quiere y que quiere compartir lo más posible de su vida con ella, incluso si para eso tiene que gastarse todo el crédito de su teléfono, incluso si ella no le responde todos los mensajes por no saber que decir.

Buenas noches, escribe Kuroko, después de recibir un mensaje similar de Ryouta, al que al parecer se le han acabado todas las palabras durante la tarde. Kise no responde, como es su costumbre, añadiendo lo mucho que la quiere o la extraña y Kuroko lo imagina (acertadamente), ya profundamente dormido en su apartamento, todavía desconocido para ella.

Sin embargo, no quiere imaginarlo sino verlo y no tarda en dirigirse al menú de imágenes de su teléfono, en donde la fotografía de alta calidad enviada por Ryouta pierde un poco de su nitidez. Ahí está él, en medio de otros dos jóvenes (uno de los cuales sostiene el teléfono con el que han tomado la foto), con el flequillo de lado, los ojos delineados y luciendo un atuendo que Kuroko no puede más que calificar de extravagante, pues está compuesto todo de diamantes, que cubren su pecho por demás desnudo y que se pierden más allá de los límites de la fotografía. ¡Algún día te regalaré unos!, dice el mensaje adjunto a la fotografía, le dice el Kise que sonríe a la cámara, jovial e incluso inocente, sin rastro alguno de dobles intenciones; pero cuando Kuroko cierra los ojos, no son los diamantes los que poblan sus sueños, sino él.

Él, en esa primera fotografía que sólo le pertenece a ella.

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Kise despierta el viernes por la mañana impulsado por el pensamiento de ver a Kuroko. La semana se le ha pasado volando gracias al trabajo y aunque está exhausto por la jornada del día anterior, se las arregla para salir de la cama, tomar una ducha y arreglarse, así como preparar una pequeña bolsa de viaje con las cosas indispensables para pasar dos noches fuera de casa. Concluído este asunto, Kise se sienta a la mesa de la cocina, con un bol de cereales y un plato de fruta picada, para mandarle un mensaje a Kuroko, deseándole buenos días y recordándole (como si lo necesitara), que estará en Tonosawa al caer la noche.

Buenos días, Kise-kun.
Por favor, avísame de la hora
en la que llegarás. Te estaré
esperando en la estación.

Responde Kuroko casi de inmediato y Kise no puede evitar imaginarla sentada a la mesa de la cocina, con el cabello revuelto y una taza de té enfrente, quizá incluso con un cigarro entre los dedos, lanzando espirales de humo hacia el techo blanco. El mensaje (y su consecuente imagen), lo animan durante el resto del día, por lo que no es extraño verlo pegado a la pantalla de su iPhone, re-leyendo sus palabras y con una gran sonrisa tonta en los labios.

—Se te ve de buen humor —comenta Yukari, cuando se asoma al área de maquillaje y lo encuentra tan feliz que a la maquillista le cuesta trabajo dar los últimos toques a su rostro—. ¿Pasó algo bueno? Por cierto, buen trabajo el de ayer. Sin duda seguirán contratándote para eventos similares en el futuro.

—Es que hoy voy a verla —dice Kise, tan emocionado que por un momento olvida dónde está y hace ademán de mesarse los cabellos, lo que sin duda habría arruinado dos horas de trabajo con el estilista—. Ah, lo siento —dice, dándose cuenta de su error ante la horrorizada mirada de su representante—. Es que estoy un poco nervioso.

—Puedo verlo —dice Yukari, echando un rápido vistazo al cabello de Ryouta, que ha sido cuidadosamente arreglado para que parezca que acaba de levantarse de la cama; un desaliño premeditado, acorde a la ropa de dormir con la que estarán trabajando ese día—. ¿Entonces vendrá a Tokyo? Porque si es así, me gustaría conocerla. Tengo curiosidad por la mujer que te tiene así.

—Hoy no —dice él y Yukari se pregunta si algún día se acostumbrará a su sonrisa tonta, pues teme que nunca desaparezca—. Iré yo.

—Creía que Kuroko-san vive muy lejos de aquí.

—A dos horas —dice él, poniéndose de pie. Lleva una bata de punto de color gris que le llega a las rodillas, con un forro a cuadros verdes y azules, bolsillos a los costados y boxers de color verde azulado—. Me iré en cuanto termine la sesión de hoy y regreso el domingo por la noche.

—Cuidado con eso —dice Ryouko, siguiéndolo hasta el set, donde el fotógrafo los saluda con un asentimiento, antes de seguir haciendo pruebas de luz y tomas preliminares—. No puedes hacerlo todas las semanas, ten en cuenta que ahora que has incursionado como modelo de pasarelas habrá muchas que se llevarán a cabo fuera de tu horario laboral predeterminado; creí que había quedado claro en el contrato. Tienes que adaptarte al horario, no esperar que sea al revés.

—Ya me las arreglaré —dice Kise, frunciendo el entrecejo como un niño y con los labios apretados en una mueca—. Después de todo —dice, antes de echar a caminar hacia el centro de la habitación, donde hay una gran cama matrimonial con sábanas blancas donde pasará las siguientes dos o tres horas posando para la cámara—. ¿No dicen que el amor siempre encuentra la manera?

Lo dice en serio y es tan embarazoso que Yukari apenas y contiene sus ganas de darle un puñetazo; no quiere arruinar el maquillaje.

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En su hora de comida y mientras descansa en su restaurante favorito, Kise recibe una llamada de un número desconocido, que lo hace preguntarse y repasar mentalmente la lista de chicas que todavía tienen su teléfono o que no han captado el mensaje, cobarde pero claro, que les dio cuando las bloqueó a todas de su teléfono, dándoles a entender que ya no está disponible.

—¿Hola? —pregunta con cautela, listo para colgar a la menor provocación, pues también puede ser un reportero en busca de una exclusiva, como el tal Ryuji.

—Oye, Kise, ¿cuándo pensabas decirme que estás saliendo con la esposa de Kagami? —pregunta Aomine, tan fuerte que Kise tiene que alejar el teléfono de su oreja sino quiere quedarse sin tímpano.

—Hola, Aominecchi —dice Kise, mientras observa por el cristal hacia la calle vacía—. ¿Cómo estás? Hace mucho que no sé de ti, pensé que ya te habías olvidado de mí.

—No seas ridículo. Y estoy bien, como sea —dice Aomine y Kise se lo imagina acostado de cualquier manera sobre un sofá o algo por el estilo, quizá de cabeza y con ropa de dormir—. ¿Sales con ella? Satsuki me dijo que sí, pero no me quiso contar más.

—Sí, estoy saliendo con Kurokocchi.

—Vaya, así que al final lo conseguiste.

—¿Y tú, Aominecchi? ¿Todavía sales con la chica... la que vivía también en Tonosawa?

—Ajá. Y Satsuki ha empezado a salir con alguien también, se llama Ken o algo así.

—Sí, algo me dijo. La vi cuando fue a Tonosawa y me sorprendió no verte ahí, Aominecchi. ¡Algún día tienes que ir!

—¡Pero si tú ya no vives ahí! Sería más fácil que nos reuniéramos en alguna parte de Tokyo; supongo que debes conocer buenos lugares ahora que tienes tanto dinero —Kise ríe al imaginarlo acusándolo con un dedo, pues su tono de voz lo delata. Ojalá fuera tan fácil descifrar lo que siente por Momoi, pues aunque su voz fluctuó cuando le contó del novio de Satsuki, no basta para identificar sus verdaderos sentimientos.

—Voy cada fin de semana a ver a Kurokocchi —dice Kise, pues está a nada de convertirse en realidad. De hecho, en algunas horas estará de camino, con su maleta de mano y ansioso por ver a Kuroko, por pasar tiempo con ella, por saberla una realidad bajo sus dedos y no una simple ilusión de su mente—. Por eso digo que podrías ir alguna vez. ¡Sería divertido! También Momocchi podría ir.

—¿Y verte con Kuroko? No, gracias. Ya tuve suficiente cuando estuve ahí y te quejabas de que te gustaba tanto —dice Aomine, imitando a la perfección el tono de voz lastimero que Kise adopta cuando se trata de Kuroko—. Ahora seguro que estás peor. Casi puedo jurarlo: que eres cursi y llorón y seguro que no la dejas en paz.

—¡Oye! Tú también estarías igual en mi lugar —dice Kise, señalando con el tenedor el espacio vacío frente a él, como si Aomine estuviera sentado ahí, con su característica sonrisa sardónica y las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta.

—Yo no soy un idiota como tú, Kise.

—¿Nada más llamaste para hacerme sentir mal? —pregunta Kise, usando sin querer el tono que Aomine acaba de imitar y que le granjea una carcajada de su interlocutor.

—No. Llamé para felicitarte y eso, ya sabes. Qué bien que lo conseguiste. Ahora no lo arruines.

—¡Como si quisiera hacerlo! —dice Kise, aterrado ante la posibilidad, pues todavía hay muchas cosas que desconoce de Kuroko.

—Eso está bien, que tengas en claro lo que haces. Después de todo, Kuroko es mayor que tú y tienes que irte con cuidado... Bueno, tengo que irme —dice Aomine, ante el silencio pensativo de Kise, que no ha considerado dichos temas hasta ahora, sobre todo y lo más importante: la diferencia de edad—. Ya hablaremos luego. Quizá vaya a verte a Tonosawa después de todo.

—Hasta luego, Aominecchi. Saluda a Momocchi de mi parte.

—Y tú a Kuroko cuando la veas. Adiós.

Aomine cuelga antes de que Kise tenga tiempo de responder, sin embargo, no le molesta. Ya tendrán tiempo de hablar en alguna otra ocasión, pues en ese momento se le está haciendo tarde para llegar a su trabajo y seguramente Aomine tiene cosas que hacer. Ya tendrán tiempo... Después de todo, son amigos y tienen muchos años por delante.

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Las horas restantes hasta el final de su jornada de trabajo son para Ryouta un suplicio y pasan tan lentamente que no puede evitar pensar que su reloj (que consulta cada pocos minutos y luego segundos, para desesperación de Yukari), se ha estropeado. Sin embargo, no hay nada que se retrase eternamente y en cuanto el reloj da las seis en punto, Kise se pone de pie de un salto, toma la maleta de mano que ha dejado guardada en su camerino (si es que se le puede llamar así), se despide de Yukari con una gran sonrisa y no tarda en ponerse en camino hacia la estación de tren.

Hasta ese momento sus planes han ido de maravilla. Es temprano y si el tren se apresura, estará en casa de Kuroko a las ocho o un poco antes, cosa que le hace saber en un mensaje de texto mientras espera en el taxi que lo llevará a la estación. Con lo que no cuenta es con el tráfico tan denso debido a la hora y el día; media hora después, sigue sentado en el taxi, mirando la interminable sucesión de luces de colores que comienzan a encenderse a su alrededor, conforme la oscuridad se va abriendo paso por las calles de la ciudad y las personas encienden las direccionales para indicar su posición, aunque el sonido de sus cláxones es más que suficiente para delatarlos.

—Creo que caminaré —dice, veinte minutos después y tras cerciorarse de que no avanzarán pronto, no más allá de los diez o veinte metros ganados en los últimos minutos. El taxista le dirige una mirada enfadada mientras Kise le paga, sin duda reprochándole que lo deje atorado en un mar de coches, pero Kise ni siquiera se da cuenta. Está demasiado ocupando pensando en cómo llegar a la estación, pues no conoce del todo la ciudad y teme perderse, lo que le quitaría más tiempo.

Al final, Kise decide caminar siguiendo a todos los demás, sobre todo a aquellos que como él llevan maletas en las manos, con la esperanza de que se dirijan al mismo lugar. Y aunque esta parte de su plan de último minuto sale bien y llega a la estación veinte minutos después, sudado y cansado, todavía le falta enfrentarse a la marea de gente que aborda el tren y que, como él, sale a vacacionar un poco fuera de la capital.

La fila para comprar boletos está llena y los andenes, atestados. Kise tiene que formarse para entrar en el tren y aun así, ve marchar al menos tres de ellos repletos de gente. Para cuando llega su turno de abordar, además de ser empujado, pisoteado y golpeado, también queda atrapado en un rincón, sin posibilidad alguna de mandar un mensaje a Kuroko, pues su reloj de mano indica que están a punto de dar las ocho, hora en la que aseguró llegaría.

Kise vuelve a percibir que los minutos se alargan mientras el tren deja atrás la ciudad, sin embargo, resulta bastante extraño, teniendo en cuenta que la oscuridad avanza con rapidez y por las ventanas más cercanas ya se ven las primeras estrellas. Su celular no empieza a sonar hasta que dan las diez y Kise se encuentra en un nuevo tren, trasbordando hacia la línea de Kanagawa, que lo llevará finalmente a Tonosawa.

¿Kise-kun, estás bien?
Creí que llegarías a las ocho,
¿o es que ya no vendrás?
Por favor, responde.

Por suerte, el tren de Kanagawa se vacía rápidamente y pronto Kise encuentra un asiento desde donde componer una réplica. Estaré ahí en 30 minutos, escribe, soltando un largo suspiro, pues no puede creer que todavía falte tanto, cuando él siente que ha pasado al menos dos días en ese infierno de golpes, empujones y uno que otro manoseo. No te preocupes por mí, Kurokocchi. Estoy bien, un poco magullado pero bien. Hubo todo tipo de demoras en los trenes y el tráfico, lo tendré en cuenta para la próxima, pero ya voy para allá.

Kise envía el mensaje y deja caer la cabeza hacia atrás, de manera que descanse sobre el mullido asiento. En lo único que piensa es en llegar pronto, meterse en su cama y dormir diez horas seguidas, pues aunque tiene hambre ya es lo suficientemente tarde como para que su cuerpo se lo reclame. Y pensando en esto, vuelve a sacar su celular del bolsillo de su chaqueta y escribe un nuevo mensaje. Ve a dormir, Kurokocchi. Te veré mañana, ¿de acuerdo? ¡Hasta mañana!

Kise cierra los ojos y dormita el resto del camino, sin que el celular perturbe su sueño al no haber respuesta de Kuroko, por lo que Kise la supone dormida. Así pues, desciende en la estación de Tonosawa sin esperar ver ningún rostro conocido y pensando en la mejor explicación que darle a su abuela por llegar tan tarde a despertarla, cuando vislumbra a una figura que se pone de pie dentro de la estación, donde había estado sentada esperándolo en los fríos y solitarios bancos.

—¿Kurokocchi? —pregunta, sin poder evitar el temblor en su voz. Kuroko lleva un suéter de color camel con un diseño de flores rosas sobre el pecho, pantalones color café y se cubre la espalda con una chalina tejida; es una noche fría y ha estado esperándolo, quizá desde hace bastante tiempo, pues cuando Kise la toma de las manos, están heladas y sus mejillas y nariz tienen un brillante color rojo.

—Vamos, Kise-kun, hace frío —dice ella, halándolo fuera de la estación, pero no da ni dos pasos antes de que Kise la detenga. Tenía miedo de no verla, aunque no piensa admitirlo; tenía miedo de que, al llegar, ella no lo reconociera o tachara todo lo que sucedió como algo creado por su imaginación, pero en realidad lo ha esperado y parece tener intención de llevarlo a su casa.

—Kurokocchi... —dice Ryouta y es lo único que puede decir, pues las palabras se han atorado en su garganta y son sus manos las que actúan, atrayendo suavemente a Kuroko hacia él, de manera que pueda inclinarse hacia ella y acariciar sus mejillas frías con las yemas de los dedos y mirarla a los ojos, de ese sorprendente color azul, que parece absorber la única luz de la estación.

—Kise-kun, estás frío —dice ella, después de alzar su mano para imitarlo. Kise cierra los ojos al sentir el tacto de Kuroko, que recorre sus pómulos con sus pequeños dedos hasta detenerse en su sien, de donde aparta un mechón de cabello con gesto distraído. Sus manos parecen mágicas; borran todo el cansancio del día—. Debiste quedarte —dice, con ese tono mortalmente serio que a veces lo asusta, pues no puede descifrar qué está pensando—. Si ya era tan tarde, debiste quedarte en casa. Siempre podemos vernos otro día, cuando te quede mejor.

—¡Pero yo quería verte hoy! —dice él, haciendo un puchero y rodeándola con sus brazos—. ¡De verdad te extrañé, Kurokocchi! ¡No podía regresar así nada más!

—Vamos, entonces —dice ella, soltándose de su abrazo y echando a caminar—. ¿Has comido algo? —pregunta, dándose la vuelta para mirarlo recoger su maleta, que dejó tirada en el suelo de cualquier manera en el momento en que la vio.

—No me dio tiempo —dice él, rascándose la mejilla, seguro de que a Kuroko no le hará ninguna gracia escucharlo, sin embargo, ella se limita a mirarlo y luego extiende su mano, cuando ya lo ve listo para partir.

—Guardé un poco de la cena —dice ella, mientras enfilan por la calle principal de Tonosawa tomados de la mano, dejando atrás la estación—. Sabía que Kise-kun se olvidaría de comer en sus prisas por venir hasta acá.

—¿De verdad? ¡Gracias, Kurokocchi! —dice él, deteniéndose un momento para besarla en la frente, gesto al que Kuroko responde cerrando los ojos, bastante complacida aunque no quiera aceptarlo. Para ella no es extraño preparar comida extra, lo hacía cuando Kagami vivía, pues a veces llegaba tan cansado que no quería cocinar, por lo que volver a una parte de esa rutina le resulta reconfortante.

—Hay que darnos prisa, Kise-kun —dice ella, todavía de pie frente a él, cuya silueta, cuando se separa de ella, parece rodeada de estrellas—. Hace frío —dice, aunque miente, pues las manos de Kise son cálidas y el beso que ha depositado en su frente ha logrado extender esa calidez por todo su cuerpo; ella también lo ha extrañado.

—Sí, vamos —dice él en un susurro y pronto vuelven a ponerse en marcha.

El resto del camino lo hacen en silencio y cuando llegan a la casa de Kuroko, ninguno de los dos menciona a Ryouko ni se acuerda de ella. Entran en la casa sin mirar atrás, ignorantes del movimiento, apenas atisbado en la oscuridad de la noche, de las cortinas de la casa de enfrente, en donde otra mujer se decide a dormir por fin tras comprobar que su nieto ha llegado sano y salvo a casa.

—Espera aquí, Kise-kun, iré a calentar la cena —dice Kuroko, señalando a Kise la sala de estar, después de deshacerse de sus zapatos y dejar las llaves encima de la mesa del vestíbulo. Sin embargo, no se sorprende cuando Kise niega con la cabeza y la sigue hacia la cocina, en donde se sienta a esperar después de todo cuando ella le dirige una mirada de advertencia tras sentirlo dando vueltas a su alrededor.

—Huele bien —dice Kise, cuando Kuroko le pone un plato enfrente unos diez minutos después, minutos que él se ha pasado siguiendo su fina silueta con la mirada mientras anda de un lado a otro de la habitación—. Gracias.

—La próxima vez come algo antes de venir —dice ella, sentándose frente a él y observándolo comer, mientras degusta de cuando en cuando un vaso de té—. Kise-kun es modelo y estoy segura de que a su representante no le gustaría escuchar lo que ha pasado hoy.

—Trataré, lo prometo —dice él, entre bocado y bocado—. La próxima vez caminaré hacia la estación para ahorrar tiempo y dejaré algunas cosas en casa de mi abuela para no cargar una maleta tan grande... Aunque haya mucha gente, me las arreglaré.

Kuroko no dice nada y lo deja comer y cuando termina, rechaza su ofrecimiento de lavar los platos.

—La próxima vez te toca a ti —dice ella, al ver que Kise está a punto de protestar—. Además son muy pocos, no tardaré.

—Vale —dice él y Kuroko se da la vuelta para no mirar la enorme sonrisa que se ha dibujado en su rostro al escucharla decir que habrá una próxima vez. A veces se comporta como un niño y Kuroko mentiría si dijera que no la enternece en ocasiones, como esa por ejemplo—. Listo —dice, unos minutos más tarde, después de poner los platos a secar y guardar los tupper que contenían la comida en el refrigerador. Sin embargo, cuando se da vuelta, encuentra a Kise profundamente dormido sobre la mesa, con el rostro apoyado sobre los brazos cruzados y la boca abierta, por donde se escapa un pequeño hilo de saliva.

Eso explica su silencio, que Kuroko no había tenido en cuenta por estar sumida en sus pensamientos. Está agotado por el viaje, por haber sido tan imprudente de seguir su camino pese a las dificultades y al verlo así, tan indefenso, ella le regala su primer sonrisa de la noche, aunque él no pueda verla.

—Kise-kun —lo llama, inclinada sobre él, tan cerca que puede oler su perfume, ya bastante desvanecido por el ajetreo del día—. Kise-kun —Kuroko desliza su mano por la frente de Kise, apartando momentáneamente el flequillo dorado y ganándose un murmullo quejumbroso como respuesta—. Vamos a dormir. Vamos arriba —dice, cuando Kise abre uno de sus ojos dorados para mirarla.

—Lo siento, estoy muy cansado —dice él, extendiendo la mano para acariciar su rostro. Kuroko asiente, poniendo su mano sobre la de Kise, para después entrelazar sus dedos.

—Vamos a dormir.

Kuroko ayuda a Kise a ponerse de pie y ambos se encaminan hacia el dormitorio del primer piso, aunque el ambiente dista mucho de ser el que compartieron el primer día. Kise parece más un zombie llevado por la mano de Kuroko que el chico que no podía dejar de besarla esa noche de hace una semana (¿De verdad ha pasado tan poco tiempo? ¡Se siente como años!) y al que incluso escuchó cantar en la madrugada, aparentemente amparado por la oscuridad; pero si hay algo que prevalece es su afecto por ella, que le transmite sólo con el apretón de su mano, que cuando llegan al rellano, se lleva a los labios para besar sus nudillos.

—¿Está bien si me acuesto así? Estoy demasiado cansado para cambiarme —dice Kise, cuando ve la mullida cama frente a él, llamándolo.

—Está bien —dice Kuroko, aunque ella no se dirige a la cama, sino que permanece de pie en el umbral de la puerta—. Me lavaré los dientes y me cambiaré antes de regresar. No tardo —Kuroko abandona la habitación antes de que Kise pueda responder, por lo que éste no tiene más opción que entrar en las sábanas, no sin antes haberse quitado la chaqueta y los pantalones, quedando en boxers y playera.

Las sábanas están frías y Kise se estremece cuando entran en contacto con su piel, sin embargo, el sueño es más poderoso, más incluso que su resolución de esperar a Kuroko y pronto se queda dormido, con la mano extendida hacia el sitio que ocupará ella eventualmente. Y más le parece un sueño lo que ve frente a él (la casa de Kagami, la cama que Kagami solía ocupar, las vistas que se aprecian por la ventana, el aroma que Kuroko ha dejado en las sábanas), que lo que ve tras sus párpados cuando los cierra.

Pero no es un sueño, eso es algo de lo que Kuroko también se convence cuando vuelve a la habitación, ya en pijama y con los dientes limpios, para encontrar a Kise profundamente dormido, estirado cuan largo es sobre la cama, tan tangible que Kuroko puede ver cómo el edredón sube y baja al compás de su respiración.

Cuando Kuroko entra en las sábanas, tiene cuidado de apartar la mano de Kise, que éste cierra a su alrededor de manera inconsciente. Normalmente la cama está fría y todas las noches de invierno han resultado un suplicio para Kuroko, pero esta vez descubre que no es así. Sentada en la cama, Kuroko se da cuenta por fin de lo mucho que ha cambiado su vida en una semana y a consecuencia de un solo acto de amor.

Kise está ahí y duerme. Sus largas pestañas son visibles incluso en la escasa iluminación del dormitorio; puede escuchar su respiración acompasada y sentir la leve presión de su mano sobre su cintura, que ha aprisionado sin siquiera pensarlo. Kise está ahí y duerme. Kuroko lo observa un momento más antes de apagar la lámpara de su mesita de noche, sumiéndose por fin en la oscuridad y el silencio, luego se tiende a su lado y finge que es una casualidad que sus manos terminen en su espalda, sellando la noche con un abrazo, pese a que ella no tiene tanto sueño y tarda al menos veinte minutos más en dormir. Kise está en casa.

ella me estaba esperando muy atenta
cansado como un perro aunque enhiesto y altivo
bajé de aquel siniestro rodado y de pronto
me desmayé en sus brazos providenciales
y aunque no se ha repuesto aún de la sorpresa
juro que no lo hice con premeditación

Boda de perlas; Mario Benedetti.

Fin del Capítulo.