¡Sorpresa!

Dedicado a todas y cada una de ustedes. Mil gracias por vuestro cariño, que está atesoradito en mi corazón.

A mi jefa, beta y amiga Gaby Madriz que es parte de esta locura y a Manu de Marte por sus fotitos y adelantos visuales (que son publicados en mi perfil de facebook)

Abrazos grandes a todas y nos vemos pornto!

Cata!

Facebook como Catalina Lina y en Twiter como Cata_lina_lina

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19.

― ¡Por fin me voy a deshacer de ese gato! No dejo de estornudar cuando anda cerca, además debo cuidar de no agarrar infecciones por el pelo de esas bestias. ―Comentó Rosalie mientras degustaba su liviana cena en base a vegetales.

Isabella, Garrett y ella habían quedado para cenar aquella noche para ponerse al día sobre todo por el embarazo de Rosalie, que la tenía luminosa de la dicha.

Bella ya venía un poco choqueada después de la charla con la dueña de la galería que le dijo lo de la venta del cuadro y le costaba seguir el hilo de la conversación. Digamos que había quedado inquieta, no sabe bien por qué. Por eso, después de unos cuantos minutos cayó en cuenta de lo que Rosalie acababa de contarles. Sabía ella que Emmett se había quedado a cargo de León, el gato de Edward, por eso cuando su hermana habló de deshacerse del gato aquel, ella se inquietó.

― ¿Cómo es eso que te desharás de León? ¿Se lo entregarás a Alice, o a Esme?

―No, no, para nada. Su dueño, Edward, ha regresado, él se hará cargo de ahora en adelante.

La boca de Bella se abrió lentamente, mirando a Rosalie como si ella le hubiese estado diciendo algo sorprendentemente imposible. Sintió sus pómulos arder y una especie de estremecimiento recorrerle el cuerpo.

Garrett miró a Bella frunciendo su cejo, pues entendía de qué iba la reacción de la chica. También hizo conjeturas de la desaparición la noche anterior de su novia y de por qué no había querido decirle el nombre del misterioso amigo con quien debía reunirse. Se olvidó de su ánimo en crispado y se concentró en Bella, alargando su mano hasta tocar su tenso brazo y sacarla de su estado de shock.

―Bella… ―susurró, haciendo que ella desviara la vista lentamente hacia él.

― ¿Me puedes decir qué pasa, Bella? ¿Por qué te has puesto así…? ¡Oh! ―Reaccionó Rosalie, cuando Garrett la miró e implícitamente le pidió que se detuviera. Ella no era tonta ciertamente y había cosas, situaciones del pasado que la habían hecho entender algunas cosas ahora, como por ejemplo lo que se decía de Bella y Edward una vez que este último hubiera abandonado el pueblo.

"¡Hubo romance, señoras! Un tórrido romance, que incluso acabó con la amistad entre Jacob y el futuro doctorcito. ¡Porque para nadie es un secreto que Jake babea por la hija del jefe Swan, ¿no?!" oyó ella ese comentario de trastienda entre dos mujeres.

Bella, en lo que intentaba recuperaba su compostura, bebió del agua con hielo que pidió para acompañar su comida, seguía repitiendo mentalmente las palabras de Rose: Edward ha regresado.

―Bien, bien ―dijo Rosalie, retomando o intentando retomar naturalmente la conversación, alejando el tema para no incomodar a Bella―. ¡Pero no vamos a centrar la charla en un gato, ¿no?! Mejor dinos, Bella, cómo va todo para la inauguración de tu siguiente exposición, ¿es dentro de pocos días, verdad?

―A penas unos días más. ―Acotó Garrett. Bella miró a ambos hermanos y les sonrió, pues ellos sin duda intuían lo que le pasaba pero no insistían en saber más allá. Sencillamente ellos debían de quererla mucho, como ella los había aprendido a querer a ellos, como sus hermanos.

―Sí, bueno. Hay que seleccionar los cuadros que se exhibirán, son unos veinte y mi maestro quiere que se note la evolución de mi trabajo. Tendré que echarle un vistazo a los lienzos que hay arrumados en el sótano, los que hacía antes de entrar a estudiar.

―Yo vi los cuadros que hiciste antes y déjame decirte que son fantásticos…

―Carecen de técnica, Garrett.

― ¡Y una mierda que carecen de algo, Bella! ―Exclamó él, ruborizándola―. Arrasarás con tus cuadros, Bella. Ellos sacan lo mejor de ti, exponen tu belleza, la que está en tu alma, y eso siempre ha sido así. Es eso lo que los hace hermosos, tengan o no técnica…

― ¡Vaya! ―Comentó Rosalie, rodando los ojos―. Bueno pues, salud por la artista del pincel, y ahora salud también por el nuevo ícono de la poesía. ―Añadió, alzando su copa y mirando al varón con ironía y diversión. Sus dos acompañantes la acompañaron, alzando sus respectivas copas, soltando risas por el comentario de Rosalie.

Una vez acabada la cena, y antes de salir del restaurante, Rosalie se excusó para ir al baño, dejando a Garrett y a Bella solos.

―Oye, ¿Estás bien? Lo pregunto por lo que dijo Rosalie sobre el regreso de Edward…

―Sí, sí, estoy bien. Fue sólo la impresión… ya sabes.

―Vale. Has de saber que seguiré defendiéndote de ser necesario. Cualquier cosa, puedes contar conmigo, ¿si?

―Gracias, Garrett ―susurró ella, a la vez que él dejaba un beso en su frente.

Bella llegó a su casa, dirigiéndose hacia la salita de estar donde sus padres veían por la televisión la repetición de algún partido de futbol. Se excusó de no acompañarlos porque se sentía cansada, retirándose a su dormitorio. En silencio, sacó de bajo la almohada la vieja camiseta de Edward y la abrazó a su pecho. Sentía su corazón golpearle sobre las costillas y escalofríos recorrían todo su cuerpo. No podía ser que la sola idea de saber que Edward había regresado, la tuviera en ese estado. No quería ni pensar lo que sería tenerlo enfrente… si es que eso pasaba.

Sacudió su cabeza, y con la camiseta en sus manos caminó hasta el baño donde se desnudó para enseguida calzársela y meterse finalmente a la cama, para ver si podía dormir. Se instaló con su mirada fija en el techo y se atrevió a pensar en él, como pocas veces se lo permitía.

Y con mil preguntas dándole vuelta en su cabeza fue que la alcanzó el sueño, con calma y con el recuerdo de un par de ojos verdes que la miraban muy intensamente.

*S.D*

Los días corrieron rápido. Bella se vio en la vorágine de preparar la que sería su primera exposición en solitario, checando los cuadros que expondría, confiando en una buena amiga de André que trabajaba en la Universidad donde expondría para encargarse de todo lo referente a invitaciones, prensa coctel y lo demás. Dos profesores, un crítico de arte, André y ella se reunieron a ponerle precio a los cuadros que se expondrían, decidiendo ella donar el ochenta por ciento de lo recaudado a alguna fundación. El veinte por ciento restante, se quedaría en las arcas de la universidad, como donación a la Escuela de Arte donde estudiaba.

― ¿Estás nerviosa? ―Le preguntó Rosalie, ayudándola a vestirse para la inauguración que tendría cita aquella noche. Bella la miró por el reflejo del espejo y asintió.

―No me gusta ser el centro de atención…

―Pues tendrás que acostúmbrate. Este es el primero de muchos. ―Dijo, dándole el último toque a su peinado. Rose había insistido en que tomara su pelo en una moña, que la hacía ver más elegante y que era muy acorde con el vestido rojo, sin mangas con escote redondo que caía recto hasta sobre sus rodillas, y un cinturón muy delgado de cuero negro atado a su cintura.

― ¡Te ves perfecta!

― ¿No será demasiado? ―Preguntaba ella mirándose al espejo. Su maquillaje era leve, resaltando el tono cereza de sus labios.

―Te digo que estas perfecta. Ahora ponte las sandalias y movámonos que ya estamos sobre la hora.

Rosalie, siempre perfectamente vestida con un traje negro y su cabello rubio cayendo en ondas sobre sus hombros, se paró junto a ella frente al espejo rodeándole los hombros y dándole una sonrisa de aprobación la empujó levemente para salir finalmente del cuarto.

En la planta baja la esperaban sus orgullosos padres que piropearon a las damas cuando descendían por las escaleras.

― ¡Se ven hermosas! ―Exclamó Aro, primero tomando la mano de Rosalie, dándole un beso en la mejilla, y luego a Bella teniendo con ella el mismo gesto.

Charlie, que también se había vestido para la ocasión con un traje negro y una camisa blanca sin corbata, se acercó a Bella, y la rodeó por la cintura, dejando un beso tierno sobre su sien.

―Estás hermosísima, mi niña.

―Gracias, papá.

Los dos caballeros escoltaron a las dos damas hasta el coche que las llevaría a las dependencias de la universidad donde se encontraba el centro de exposición, en donde ya estaba todo dispuesto para comenzar.

―Será un gusto quitarte ese vestido esta noche, mon petit Isabella. ―Susurró André en un momento que se encontraron a solas tras bastidores. Estaban coordinando algunos asuntos sobre una ronda de preguntas y algunas fotografías antes de salir hasta los asistentes a la inauguración

Ella respiró profundamente y junto a su maestro André y otro de sus profesores titulares salió a mezclarse entre los invitados ―que eran unas setenta personas―, que aplaudieron cuando se hizo el lanzamiento oficial, presentando a esta nueva promesa del arte.

Se tomó unas cuantas fotografías y respondió a algunas preguntas rápidas, para luego recorrer el montaje. Era increíble que esos lienzos que estaban allí colgados fueran suyos, desde los primero que se atrevió a crear usando nada más que la intuición y el don que su padre insistía, ella tenía, hasta los últimos que estaban hechos con técnica y estructura.

No sabe bien a cuanta gente saludó, entre conocidos de siempre hasta algunos perfectos desconocidos que elogiaban sus obras.

Estuvo en esos menesteres durante más de una hora, buscando el momento para escabullirse por ahí para tomar un respiro, cuando finalmente lo encontró. En los recovecos de la galería, detrás de una muralla blanca de la que por cierto colgaba una de sus obras, que en ese momento estaba solitario; afirmó su espalda sobre la pared y cerró los ojos durante unos segundos, como para recobrar fuerzas. Los abrió y volvió a retomar su compostura para seguir con el show. Se alisó el vestido, enderezó su espalda lista y para adentrarse en el gentío, se giró y asomó su cabeza hacia el gran salón… cuando lo vio.

Automáticamente volvió a esconderse tras la muralla, apegada a esta, con una mano sobre su agitado pecho, y otra sobre su boca. Sus rodillas temblaron y en su retina, la imagen fugaz que acaba de captar hace unos momentos atrás.

"¡Jesús, está aquí, Edward está aquí!"

Movida por la curiosidad, volvió a asomarse sigilosamente por la muralla y se preparó para contemplarlo una vez más.

Ahí estaba él, de perfil, a unos cuatro metros de distancia junto a Charlie y Sam, riéndose por algo. Con una mano sostenía una copa de vino, mientras que la otra descansaba en el bolsillo de su pantalón de vestir gris, del mismo color de su chaqueta. Su cabello había crecido indomable y su perfil, según ella, era mucho más atractivo de lo que recordaba… y Dios, cómo lo recordaba.

En un momento él hizo ademán de moverse, haciendo sobresaltar a Bella, que volvió a esconderse tras la muralla. Agarró de la bandeja de un camarero que pasaba por ahí, una copa de champaña, la que prácticamente se bebió de una tragada. Otra vez, por miedo a que sus rodillas la traicionaran, afirmó su espalda sobre el muro, suspirando profundamente.

Él ni siquiera la había mirado, no habían cruzado ninguna palabra, ni menos se habían rozado de ninguna manera, y ella ya estaba sobresaltada, o más bien desfalleciendo.

"¡Por todos los cielos, Bella, tranquilízate!" se auto reprendía, cuando no podía dejar a un lado el sobresalto.

― ¡Ey, mon petit! ¿Por qué estás aquí tan escondidita, eh? ―Dijo André, tomándola por sorpresa. La pobre Bella casi sufre un ataque cuando sintió la mano de él sobre su brazo desnudo. Él enarcó sus cejas y soltó una risa―. ¿Por qué tan alterada, Isabella? ¡Parece que viste a un fantasma!

"Vale, sí, fantasma… algo muy adecuado…"

―Estoy bien, estoy bien ―dijo ella, tratando de convencerlo. Habló apresuradamente, mientras se enderezaba, tocándose su cabello y mirándose su vestido―. ¿Qué nos queda por hacer?

―Uhm… ¿a ti y a mi? Pues un montón de cosas, mon petit… cuerpos desnudos, champaña, gruñidos, jadeos, orgasmos…

― ¡Basta, André! ―Lo reprendió ella, medio riéndose, pues sabía lo que él, estaba tratando de hacer. Simplemente estaba relajándola con su particular estilo.

―El Decano Bonafon quiere verte. En todo este rato no ha logrado felicitarte, te ha estado buscando.

―Bien, bien, vamos con el decano entonces, ¿estoy bien? ―Preguntó, mirando a su maestro, quien sonrió, le guiñó el ojo y acarició uno de sus pómulos con el dorso de sus dedos.

―Estás algo ruborizada, pero adorable, como siempre.

―Gracias.

Ella caminó erguida en dirección hacia donde se encontraba el decano, sin desviar su vista del frente. Trató de concentrarse en su diálogo con el decano y alejar… las otras cosas que la estaban inquietando.

― ¡Señorita Swan! Le felicito por esta exposición ―la elogió la mayor autoridad de la Facultad de Arte de la Universidad Capital―. Para nuestra facultad es un honor que exposiciones de este nivel se presenten en nuestro establecimiento. Desde la decoración hasta la técnica de los cuadro.

―Muchas gracias, señor Bonafon.

―Y veo que fue acertado de nuestra parte poner al profesor Beaumont como su guía y maestro. ―Indicó el decano, refiriéndose a André, que no podía esconder el orgullo por su alumna.

―Todo el crédito es de Isabella, señor Bonafon.

Se quedaron hablando durante unos minutos más, hasta que vio al decano esbozar una sonrisa hacia alguien detrás de ella. Automáticamente se giró… y lo inevitable ocurrió.

Frente a ella estaban sus padres, Aro y Charlie, y junto a este último se encontraba nada menos que Edward Cullen con una sonrisa y una mirada enigmática en dirección a ella. Sam y Maggie estaban a su lado, también sonriendo.

― ¡Bella, mira quien ha regresado! ―Exclamó Charlie, rodeando a Edward por los hombros.

Bella sintió que sus manos comenzaban a crear una capa de sudor, su piel se tornaba de gallina y sus ojos estaban clavados descaradamente en el rostro de Edward.

Si haberlo visto a metros de distancia y de perfil la afectó, tenerlo allí a menos de un metro de ella, de frente, fue una cuestión que la hizo creer que flotaba, además del calor que la recorrió desde la mollera hasta la punta de los pies.

Al hombre ―meditó Bella―, los cuatro años afuera le sentaron sin duda muy bien. Y a parte de su sonrisa y sus verdes ojos, poco quedaba del joven estudiante que solía usar camisetas y jeans gastados. Su cabello castaño rebelde y la estructura firme de su cara lo hacían verse más sexy de lo que recordaba. Y sus labios… esos labios enmarcados en una barba de dos o tres días era algo fuera de serie, al menos para ella. Se veía tan varonil, tan sensual, que deseó correr y colgarse en su cuello para volver a degustar sus labios como lo hizo alguna vez, años atrás.

―Ejem… ¡Felicitaciones, Bella! ―Dijo Sam, rompiendo su fantasía, interponiéndose en su visión de Edward, y trayéndola de regreso a la tierra. Ella, un poco aturdida, retribuyó el abrazo de Sam. Enseguida vino Maggie, que imitó el gesto de Sam. Hasta que llegó el momento de Edward.

―Bella. ―Dijo simplemente. Su voz ronca y suave parecía una tentación para ella.

"¡Jesús, María y José!"

Se limitó a tragar y parpadear rápido y repetidas veces, antes de responder con un escueto "Hola" que apenas salió de su boca. Parece que iba a dejar de respirar cuando lo vio acercarse aún más a ella y dejar un beso en su mejilla, un leve roce que casi la hizo caer al suelo.

―Mi niña, este muchacho ya es todo un cirujano. ―Comentó alegremente Charlie, volviendo a pararse junto a Edward, palmeando su espalda con orgullo. Edward giró la vista hacia Charlie y le sonrió con agradecimiento.

―Bueno, él es André Beaumont, el maestro de Bella ―dijo Aro a Edward, indicándole al profesor que seguía junto a su alumna, con su mano fija en la espina dorsal de esta. Esa presentación era algo que ella tendría que haber hecho, pero su conmoción era tal, que no atinó a hacerlo. Estaba pérdida, y seguro su actitud no había pasado desapercibida.

Edward con educación, extendió su mano hasta André, de tal forma que el profesor tuvo que quitar su mano de la espalda de Bella, para corresponder al saludo.

―Esto es maravilloso. ―Apuntó Edward después de saludar al profesor, mirando los cuadros que estaban colgados, para luego volver su vista hacia Bella.

"¡Demonios, Bella, reacciona!"

Carraspeó y asintió, bajando la cabeza. ―Gracias.

―Todo está estupendo aquí, Bella ―interrumpió Sam, con su tono amigable y animado de siempre―. El vino y la champaña…

―Aro se encargó de contratar a un estupendo catering ―contó Charlie―. Todo francés, de la mejor calidad…

―Todo lo mejor para nuestra Bella. ―Apuntó Aro.

―Uhm… yo… ¿regresaste hace poco? ―Por fin una frase hilada y coherente salía de la boca de Bella en dirección a Edward, evitando eso sí dar con sus ojos, citando como punto fijo el cuello de su camisa, mientras retorcía sus dedos con fuerza.

―Hace unos días.

― ¿Te quedarás aquí… o regresarás…?

―Me quedo. Ya acabo de instalarme y tengo dos plazas que cubrir en dos clínicas de aquí. ―Explicó él.

―Oh… qué bien.

―Isabella ―interrumpió André la pequeña charla del recién llegado médico y su alumna―. Hay unas revistas especializadas que quieren hacerte un par de preguntas y tomar algunas fotografías.

―Cla… claro ―respondió ella a su maestro―. Si me disculpas, Edward.

―Por favor, adelante. Seguro ya tendremos otro momento para hablar. ―Respondió Edward con mucha seguridad, siempre con su sonrisa.

―Seguro ―susurró.

Enseguida fue llevada por André hasta los periodistas, acercándose un poco a ella ―Tú y yo tendremos más tarde una charla sobre ese doctor, Isabella. ―Le dijo, sin ánimo de reprenderle. Aun así, ella se espantó.

― ¿Por… por qué dices eso?

―Si crees que soy ciego, estás equivocada. Si crees que no me daría cuenta de tu reacción cuando viste a ese amigo de tu padre, pues vas mal, mon petit.

―Dios…

―Calma. Concéntrate en esto, tu trabajo. Lo demás puede esperar.

Siguió socializando hasta que la fiesta de inauguración acabó. No vio irse a Edward ni a sus acompañantes, pues André evitó que eso pasara, porque como se lo dijo, él percibió que algo ocurría con él, y se lo preguntó directamente cuando la llevó a su apartamento para celebrar en privado. O al menos esa era la idea.

―Entonces, mon petit, ¿quién es ese misterioso cirujano que te dejó tan… alterada? ―Preguntó el maestro francés sentándose junto a ella en el cómodo sofá. Ella lo miró de reojo y suspiró, tratando de buscar una respuesta que no expusiera del todo su pasado con él.

―Es un antiguo conocido. Lo dejé de ver hace cuatro años y me sorprendió verlo en la inauguración.

―Tu reacción fue demasiado evidente como para ser sólo un conocido. ¿Hay algo más, verdad?

―Sí… no… más o menos.

―Muy elocuente tu respuesta, Isabella ―concedió él, divertido. Enseguida puso su mano sobre el hombro de ella y lo masajeó con delicadeza―. Puedes hablar conmigo, sabes que puedes confiar en mí.

―Edward… significó mucho para mí. Cuando nos dejamos de ver, pues… fue todo complicado y no nos despedimos en los mejores términos.

―Entiendo. Fueron amantes.

―Yo no diría eso, André ―rectificó Bella, torciendo su boca―. Pero ahora no quiero hablar de eso… yo estoy cansada y quisiera ir a casa a descansar.

― ¿No te quedas un rato? Puedo buscar alguna técnica para que te relajes. ―Le incitó él, bajando su boca hasta el cuello de Bella, dejando besos suaves en su tersa piel. Ella ciertamente se estremeció, pero la verdad, ahora no tenía ganas de sexo con André. Así que decidió alejarse, agarrando sus manos que ya habían empezado a acariciarla sinuosamente.

―Lo siento, de verdad. Pero hoy paso.

Él torció su boca, estrechando sus ojos hacia ella durante un momento. Finalmente suspiró y asintió ―Bien, como quieras. Vamos entonces, te llevo a tu casa.

―Gracias André. ―Con genuino agradecimiento besó su mejilla y se puso de pie, para salir de ahí, ir a su casa y descasar… si es que lo lograba.

Los días pasaron para Bella sin tener noticias de Edward. Se mordía la lengua por no preguntarle a su amiga Ángela si había tenido oportunidad de conversar con él y saber qué había sido de su vida en esos cuatro años. Recordó la cantidad de correos electrónicos que eliminó de su bandeja de entrada sin leer, quizás allí había detalles de su vida en el extranjero.

― ¿Qué planes tienes para hoy? ―Preguntó Aro a su hija, mientras desayunaban.

―Clases todo el día y por la tarde debo ir a entregar un cuadro que se vendió hace días.

Aro alzó sus cejas por la sorpresa y sonrió, sintiendo que su pecho se inflaba de orgullo. Alcanzó su mano y la apretó levemente ―Sabía que ibas a triunfar, Bella. Ni siquiera has terminado tu carrera y ya estás cosechando éxitos. Me siento muy orgulloso de ti.

―Gracias, papá. De todas formas no quiero confiarme, tengo aun cosas que aprender…

―Seguro que sí ―coincidió Aro. Dio el último sorbo de su café y miró la hora en su reloj de pulsera Omega, sorprendiéndose de lo rápido que pasaba la hora―. Estoy retrasado. Charlie se fue muy temprano al trabajo, tenía cosas que coordinar. ―Explicó, limpiándose la boca con la servilleta de lino fino.

―El jefe Swan va enfadarse… ―canturreó Bella, riéndose con Aro.

Charlie, por su enfermedad, habría tenido todas las posibilidades para jubilarse y descansar, pero protestó cuando se le expuso esa posibilidad, exponiendo ferviente, ente que él era un tipo joven y que por nada dejaría de trabajar. En sus peores momentos de salud había seguido poniéndole el hombro al trabajo, y eso no sería diferente ahora que su enfermedad estaba controlada. Aro y Bella sabía que no servía de nada protestar ni tratar de convencerlo de que se quedara en casa a descansar, por lo que Aro le dio un puesto a cargo de la seguridad de la empresa, así Charlie se mantendría ocupado y él lo tendría vigilado. Era cierto que su enfermedad estaba bajo control, pero no debían abusar de ello.

Así fue que Aro y Bella comenzaron su día. Él se fue hasta su trabajo en su elegante Mercedes Benz con chofer incluido, mientras ella se montaba en su Audi Q5 para irse a la universidad.

El día para ella, como se lo comentó a su padre, pasó rápido dentro de las aulas de clases. Evitaba faltar a estas, porque por cada asignatura quedaba encantada. Absorbía cada aprendizaje e intentaba plasmarlo sobre el lienzo, pensando y recordando el entorno que envolvió a los grandes pintores cuando crearon sus más increíbles obras.

Llegó el momento de ir hasta la galería por el cuadro que vendió y dejarlo en manos de su comprador. La dependienta se lo dio ya envuelto y en una tarjeta anotó la dirección de la mujer que lo había comprado.

"Debes ir a dejarlo personalmente, recuerda que ella lo pidió" recordó que le dijo la mujer, mientras subía el lienzo a la parte trasera de su vehículo. No entendía bien la petición de la compradora, de cualquier forma sería una manera de desprenderse del momento aquel de su vida en el que ese lienzo había sido creado.

"Cerrar ciclos" pensó ella.

Estacionó el vehículo y caminó con el cuadro en sus brazos hacia la portería, indicando que venía al apartamento 022 a dejar un cuadro. El portero la encaminó al ascensor, pulsando el piso al que debía ir, sin hacerle problema alguno para ingresar. Al parecer, él sabía que ella llegaría con ese encargo hasta allí.

Dejó el cuadro en el suelo cuando estuvo frente a la puerta con el número apuntado en la tarjeta, tocando el timbre a la espera que la misteriosa Gaby Fly apareciera.

Una mujer de unos cuarenta años de edad abrió la puerta mientras secaba sus manos en el delantal. De piel bronceada, ojos negros, cabellera corta y amable sonrisa la saludó a la vez que la hacía entrar.

― ¿Es usted Gaby?

― ¿Gaby? ―Preguntó la mujer, frunciendo sus cejas, una vez que ambas estuvieron en la sala. Rascó su nariz, como pensativa, para enseguida azar sus cejas y negar con la cabeza―. ¡Oh, no, no soy ella! Pero por favor, tome asiento, a quien usted busca ya viene.

―Bien. ―Respondió Bella, quedándose a solas en la sala, mientras la mujer desaparecía a toda velocidad.

Se quedó de pie contemplando el diáfano lugar, que al parecer había sido habitado hace poco, pues no había cuadros ni retratos, sí unas cuantas cajas embaladas y un par de maletas aun sin abrir. Caminó hacia la ventana, tentada por la vista del parque central que se dejaba ver, iluminada por la luz anaranjada del atardecer que envolvía los copiosos arbustos. Sin duda, aquella era una vista privilegiada.

En un movimiento de su cabeza, sus ojos fueron a parar a una mesita pequeña que estaba situada en una esquina, donde sobre esta descansaba un adminículo que hizo que su corazón e detuviera. Enseguida su respiración se hizo presurosa mientras sus pasos la acercaban a la mesita para tocar con sus dedos el objeto aquel, como para percatarse de que no era su imaginación.

"Tiene que ser una coincidencia…" deseó… deseo que se vino abajo cuando vio la plaquita en la base del objeto, que decía "Contigo aprendí".

"Ay Dios…" ―Matilde… ―susurró.

―Bella.

Al instante que la voz masculina retumbo a sus espaldas, ella se giró, abriendo con desmesura sus ojos hacia el varón aquel que en la entrada de la sala la esperaba, vestido con pantalones de vestir negros, al igual que su camisa con sus mangas arremangadas hasta el codo. Sus piernas estaban levemente separadas, mientras que sus manos descansaban en los bolsillos de su pantalón. Su rostro denotaba tranquilidad, pero expectación probablemente hacia la reacción de ella, que estaba en estado de shock.

― ¿Bella? ―Preguntó ahora, sacando las manos de sus bolsillos y acercándose lentamente a ella.

Bello dio un paso atrás, respirando pesadamente. Sus rodillas temblaban y sus manos sudaban por los nervios. ¿Qué significaba todo eso?

― ¿Bella, estás bien?

― ¿Qué pretendes? ―Preguntó con voz temblorosa. Él suspiró, desviando su vista enseguida al paquete que envolvía el cuadro. Se acercó hasta este y rasgó el papel de envolver hasta que el lienzo estuvo completamente libre de envoltorio. Lo alzó entre sus brazos y lo observó, o más bien lo admiró en silencio durante un momento.

―Es… ―buscó por un momento la palabra adecuada sin quitar la vista del cuadro― Estremecedor. Hermoso y estremecedor. Me alegro de haberlo comprado antes que otro se me adelantara…

― ¿Se lo compraste a tu mujer? ―Preguntó Bella, aun agitada, sobre todo después de la apreciación de Edward hacia su obra― ¿Gaby Fly?

Edward torció su boca en una sonrisa, devolviendo el cuadro hasta afirmarlo contra el sofá, para concentrar enseguida su atención en Bella.

―Gaby Fly es… producto de mi imaginación.

―Por… ¿Por qué?

―Porque este cuadro, Bella, es mío, desde mucho antes que lo comprara. Lo pintaste para mí, lo supe apenas lo vi.

― ¡Eso no es cierto! ―Gritó ella, ofuscada. Debía salir de ahí cuanto antes, se dijo. Agarró entonces a Matilde entre sus manos y se dispuso a caminar hacia el cuadro para agarrarlo y llevárselo de allí ―Me voy, y me llevo el cuadro. Te reembolsaré tu dinero…

―Alto ahí, Bella ―se interpuso en su camino, casi chocando con su cuerpo ―Primero, deja a Matilde en su lugar. Segundo, no quiero reembolsos porque no pienso devolverte mi cuadro; y tercero, tú no te vas de aquí hasta que hablemos.

―Edward… ―decir su nombre le provocó un estremecimiento en la columna vertebral, la que intentaría no se notara―. Déjalo estar, ¿sí? Ha pasado tiempo, ya lo superé, no te preocupes. ―Dijo, tratando de sonar tranquila, conciliadora. Lo vio negar con la cabeza, mientras arrancaba a Matilde de sus brazos y la dejaba en la mesa de centro. Enseguida la tomó por el brazo y la condujo hasta el sofá, indicándole que se sentara. Ella siguió suplicándole con la mirada que la dejara, que dejara el pasado donde debía de estar, pero él no transaba.

― ¿Lo superaste, de verdad? Pues déjame decirte que yo no lo he superado ―dijo apresuradamente, con voz ronca. Ella pudo ver ahora tensión en sus ojos y en la forma que apretaba la mandíbula al hablar. Ella tragó grueso y no se atrevió a rebatirle nada, por lo que dejó que terminara de hablar ―Tantas veces tratando de comunicarme contigo… ¡¿Por qué no contestabas mis correos?! ¡¿Los leías al menos?! ―Quiso saber, a lo que ella simplemente bajó la cabeza, dándole a entender que nunca los leyó.

Él soltó el aire de sus pulmones, relajándose un poco. Ahora habló con más calma, un poco más relajado ―Estaba preocupado por ti, Bella. De verdad lo estaba… yo hubiese querido que las cosas…

―Que las cosas no hubieran pasado, lo entiendo…

―No es lo que iba a decir. ―Rebatió Edward.

―No importa, Edward, de verdad…

―Deja de decir eso, Bella ―e pidió él, alcanzando sus manos y tomándola entre las suyas―. Cuando vi el cuadro… yo supe que te había hecho daño y eso nunca fue mi intención. Además… lo que me oíste decirle a Sam ese día… era mentira.

―Ni siquiera lo recuerdo, Edward. ―Mintió ella, esquivando sus potentes ojos verdes que la evaluaban. Cuando sintió la mano de él abarcarle el rostro, dio un respingo, pero no lo apartó, porque Dios sabía lo mucho que había anhelado el toque de Edward.

―Oye, no más mentiras, ¿vale? Necesito la paz que me va dar saber que me has perdonado. Necesito que lo hagas, pero de verdad. Necesito que me digas lo mucho que me odiaste, porque ese cuadro refleja eso, Bella. Por favor, habla conmigo…

―Me lastimaste ―asumió, con su garganta apretada―, y quise cerrar el ciclo pintando ese cuadro… o intenté hacerlo. Pensé que obviando tus correos lograría olvidar, pero…

― ¿Pero? ―Le animó Edward, aun con su mano sobre su mejilla ardiendo.

―No olvidé nada, soy una tonta. Pero ahora es un recuerdo, ha pasado tiempo, han pasado cosas y ahora estoy bien, de verdad. ―Dijo con toda la honestidad que pudo.

―Yo también estoy bien, Bella… pero por alguna razón, nada fue lo mismo después de eso. Te lo juro.

Bella se lo quedó mirando, haciendo mil preguntas sobre qué era exactamente lo que él había querido decir con eso. Por qué tanta insistencia con sus correros, por qué preparar todo ese reencuentro, por qué su preocupación o su insistencia por saber cómo estaba ella después de eso… ¡Después de que tuvieron sexo! ¡Dilo con todas sus letras, Bella! De cualquier forma, ella creía en lo que él decía, una corazonada le dijo que así era. La misma corazonada que la estaba llevando a re-enamorarse de él, muy en contra de su lado sensato que le decía que no confiara ni mucho menos que se hiciera ilusiones como la chiquilla enamoradiza de cuatro años atrás. Pero ella ya no era la misma de hace cuatro años… se supone.

―Te creo ―concedió ella, torciendo su boca, escondiendo su sonrisa―. Pero de verdad, no era necesario lo del cuadro, no era necesario que gastaras tu dinero ni mucho menos inventaras un nombre. ―Dijo ella, indicando a la gacela muerta en los colmillos del tigre aquel.

―Quizás, pero simplemente se me ocurrió hacerlo en cuanto lo vi y pues no me arrepiento. Lo colgaré allí. ―Le dijo, indicando la muralla vacía frente a ellos.

―Te lo puedo cambiar por otro…

― ¡Que no! Bueno, quizás compre otro, el de la felicidad estaba muy bueno. A Sam le gustó mucho. ―Le contó, recordando el cuadro de muchos colores que ambos se quedaron viendo por mucho rato aquella vez que fueron a la galería.

Ella sonrió abiertamente por primera vez desde estaba allí, sintiéndose relajada como pocas veces lo estuvo con él. Edward por cierto, retribuyó su sonrisa y ella lo encontró hermoso. Pero antes que se ruborizara escandalosamente, quitó su vista del cirujano y contempló su entorno, comentando:

― ¿Rentaste este apartamento?

―No, lo compré.

― ¿Te fue bien en el extranjero?

―Sí… no puedo quejarme. Trabajaba mucho.

―Deben haber sido buenos trabajos. Este departamento está ubicado en un excelente sector, debe haberte costado caro…

―Sí, más o menos. Tenía ahorros, además… el trabajo de prostituto se paga muy bien en el extranjero…

Bella lo miró atónita, con su boca abierta, conmocionada por lo que Edward le dijo con tanta soltura y sin un ápice de broma. ¿A caso había tenido que recurrir a eso…?

―Dios, Bella, deberías ver tu cara en este momento ―formó una línea recta en sus labios, tratando de esconder una sonrisa, pero sus ojos lo delataban. Ahí supo que él estaba bromeando, por supuesto.

―Muy gracioso, doctor.

Edward soltó carcajadas que la contagiaron a ella. Definitivamente, después de todo aquel encuentro inicial, se sentía muy cómoda. Estaba incluso a gusto, deseando que la hora no pasara para no tener que irse de allí. Aquello era bueno, ¿o no?

Edward en tanto, se sentía ligero, incluso contento de que las cosas hayan salido mejor de lo que las había presupuestado con ese reencuentro planificado. Se sentía grato en compañía de Bella, quien por cierto se veía más madura y más hermosa. Su corte de cabello moderno, desflecado hasta los hombros y ligeramente más oscuro de lo que recordaba, su maquillaje para nada sobrecargado y su vestimenta mucho más cuidado que antes la hacían verse en verdad fabulosa. Quería preguntarle un montón de cosas importantes ―sobre todo que tenía que ver con Jacob y con ese profesor suyo―. Pero no quería ser inoportuno, así que comenzaría preguntando cosas triviales, como su carrera, u otras más agradables como la relación con sus padres, la que él supo, por voz de ellos, que era excelente. Además, por nada quería agotar los temas de conversación en una noche, pues quería, deseaba en verdad volverse a ver con ella.

― ¡Pero qué mal anfitrión soy! Deja que te ofrezca algo… ―dijo, levantándose camino a la cocina. Había un buen vino blanco que quería compartir con ella mientras hablaban.

―No es necesario, tu cuadro ya está aquí y pues, yo tendría que irme…

― ¡Claro que no! ―Protestó Edward―. Tenemos un montón de cosas qué hablar, además es temprano. Si se hace tarde, yo mismo te llevo a casa, porque ¿supongo que no tienes otros planes, verdad?

―No, no los tengo ―admitió ella, mordiéndose el interior de su mejilla.

―Estupendo. ―Asintió él, desapareciendo por el pasillo.

Bella se echó hacia atrás, afirmándose contra el respaldo del sofá, soltando un largo suspiro, mientras su vista daba con Matilde. Se reincorporó alcanzando a la blanca calavera entre sus manos, mirándola por todos lados.

Una punzada de dicha le tocó el corazón cuando se dio cuenta que Edward guardaba ese recuerdo, ese regalo, con tanto celo. ¿Acaso había más recuerdos donde ella estuviera involucrada, y que él mantuviera guardado con tanto ahínco?

―Voy a descubrirlo. ―Le susurró a su aliada Matilde, sonriéndole y dejándola de regreso sobre la mesa cuando oyó a Edward regresar de la cocina. Con dos copas altas en una mano y en la otra una botella de vino blanco fue que se acomodó junto a ella, comenzando a servir el mosto recién sacado del refrigerador.

Le entregó una copa a ella, mientras él se quedaba con la otra, alzándola frente a ella en señal de brindis.

―Bueno, salud por el reencuentro.

―Salud, Edward.

―Estoy muy contento de que estés aquí. De veras muy contento.

Ella, sin quitar sus marrones ojos de los suyos verdes, llevó la copa hasta su boca y bebió de la deliciosa bebida, conteniéndose para no levantarse y comenzar a dar saltitos alrededor de la sala.

¿Era acaso esa una segunda oportunidad?