19
Piltover. Año actual. Piso de Caitlyn.
La pequeña hija de la sheriff tenía todo el laboratorio patas arriba. Las probetas vacías y esparcidas por las mesas, los artilugios tirados por el suelo, y las cajas con los distintos informes descolocadas. Si su madre la viera tenía claro que no se libraría de la típica regañina, seguido de un castigo por su mala conducta.
Sin embargo, ni su propia madre sería capaz de detener las múltiples ideas que surgían por su cabeza, cada una más descabellada que la anterior, o eso dirían de una niña de seis años. Pero la verdad es que a pesar de su edad, su coeficiente intelectual era muy superior a la de un joven de quince años. En otras palabras, era una superdotada, o como Vi solía decir; una pequeña Heimer. Esto vendría heredado de su padre, el famoso científico y héroe de Piltover; y de su abuela, una doctora y científica de gran prestigio por sus impresionantes inventos.
Cuando la pequeña logró descifrar la clave de seguridad a la entrada del laboratorio, labor que no le resultó complicada a la hora de hackearla, empezó a buscar por todas partes dónde podía estar. Si no se equivocaba al recordar los informes de los casos de su madre, aquel cristal que había encontrado su padre debería de estar por alguna parte.
De pronto, sonó el comunicador que llevaba atado a la cintura, congelando sus movimientos por completo. Menos mal que lo hizo, estaba a punto de tirar al otro extremo un extracto de corimbono, una sustancia que llenaría todo el laboratorio de gas paralizante durante un cuantas horas bien largas. Suspiró ante el susto y colocó el frasco junto con los demás. Prestar atención a cosas que no fueran cables, chips o similares nunca fue uno de sus fuertes.
Voy a ver qué está haciendo Emiliy, luego iré a la celda de Jinx para que me siga contando lo sucedido.
Era la voz de su madre. Emily se levantó corriendo, se dirigió a la puerta y la cerró rápidamente, sin olvidarse de introducir el código de seguridad. Subió las escaleras de dos en dos, pasando sin ser vista por la sirvienta que tantas veces la regañaba cuando hacía algo impropio de una señorita. Abrió la puerta de su habitación y la cerró de inmediato. Buscó entre sus estanterías el peluche de cupcake que le regalaron cuando era un bebé. Lo cogió y luego pilló aquella figura de acción que Vi le había regalado de su personaje favorito, Yang Xiao Long. Le hacía gracia, porque le recordaba a la campeona de Piltover, ya que ambas llevaban guanteletes como armas y su estilo de lucha se basaba en el boxeo.
Saltó hacia la cama y se puso a jugar con los muñecos como haría cualquier niño de su edad, esperando a que los tacones de las botas sonaran en el otro lado de la puerta. Escuchó el pomo girarse, y en el último segundo tiró aquel comunicador que había robado de la mesa de Vi, desapareciendo entre el montón de cuentos que tenía acumulados sobre el escritorio. Fingió ser una niña normal.
- ¿Cómo estás Emily? - entró su madre.
- Bien, estoy jugando con la sheriff Cupcake y la agente Yang. - le enseñó los muñecos. - Vi decía que son iguales a vosotras.
- ¿Por qué todo el mundo me compara con un cupcake? - miró a su hija. - No respondas.
- ¿Para qué preguntas entonces?
- Era una pregunta retórica. - se acercó a ella y le dio un beso en la frente. - Voy a pedirle a la abuela que venga a cuidarte, hoy me toca turno de noche.
- ¿Por qué no me dejas sola? Ya soy mayorcita para esas cosas.
- Podría, pero... - se acercó a la pila de cuentos y sacó el comunicador. - Me sé de una jovencita que a la mínima se irá a buscar trastos con los que inventar cosas. No intentes colarme la apariencia de niña normal, soy tu madre, ya sé que eres una superdotada.
- Y sin embargo no me dejas diseñar un rifle del calibre 4, una pistola neo-gélida o un campo de fuerza a partir del vulonio. ¡Sólo me dejas construir robots y aparatos inútiles! ¿Quién va a querer una dispensadora de helado en casa?
- Me sé de alguien que te daría miles de motivos para tenerla. Primero, esas cosas son muy peligrosas. Segundo, tienes seis años y actúas como una adolescente, intenta hacer cosas de un niño de tu edad.
- Ya lo hago. Cuando tengo pesadillas te pido que duermas conmigo.
- Emily, no crearás, diseñarás, construirás o experimentarás nada ni a nadie, hasta que tengas la edad adecuada para ello. ¿Entendido?
- Si madre. - dijo resignada.
Volvió a despedirse de su hija, llevándose el comunicador consigo. Se tumbó en la cama, dejando escapar un largo suspiro. Tenía la cabeza para hacer grandes cosas, y por culpa de su edad y su pequeño cuerpo, no podía hacer ni la mitad. Miró aquella figura de Yang, observando cómo descargaba un directo con fuerza.
- Mamá Vi era mucho más divertida. -
Ω
Distrito Saint Malen. Piltover, hace cinco años.
La policía y el ejército habían preparado todos los zepelines que se encargarían de llevar a los civiles. Los lugares de destino eran Demacia, quien se había ofrecido a acoger a la gran mayoría de los refugiados, y las islas Jonia. Ambas ciudades-estado ofrecieron ayuda militar, pero el gobierno de Piltover rechazó la idea, no querían que más vidas murieran en manos de un problema que sólo afectaba a la ciudad. Incluso en las situaciones más difíciles, la Ciudad del Progreso se mantenía reacia a pedir ayuda.
Habían logrado evacuar a la mitad de la población. Catrixce había atacado por todas partes, pero el sur de la ciudad era la zona menos afectada y la más segura. Todos los agentes habían recibido la orden de llevar allí a todo aquel ciudadano que se encontrara. Los heridos eran atendidos en naves especiales, mientras que los fallecidos se llevaban a otra parte de la zona, donde se apuntaban los nombres para comunicárselo a los familiares.
Caitlyn no había visto nada parecido en todos sus años de servicio. Había desvalijado bandas terroristas, arruinado planes de la mafia, o incluso anteponerse a los robos del mejor de los ladrones. Pero tener que evacuar toda la ciudad por culpa de una criminal que no dudaba en matar, aquello era algo que le sobrepasaba. Tenía al ejército, a las fuerzas especiales, a la propia policía siguiendo cada una de sus órdenes por salvar Piltover. Pero ella no podía, le quedaba demasiado grande. Dependían de ella, y no sabía qué hacer.
Era como jugar una partida de ajedrez, donde la derrota suponía la muerte. Cada segundo le contaba un movimiento. No podía estar sacrificando peones todo el rato, o se llevaría un jaque mate. Tenía que sacar a su caballo al tablero, pero hacia dónde. Buscar a Catrixce era algo súbitamente arriesgado, encontrar el foco de donde provenían los monstruos eléctricos era otro. Estaba sin ideas.
- Sheriff, han regresado los zepelines de la última media hora.
- Bien, que partan los que están llenos cuanto antes y que lleven a los civiles a esos. ¿Cuánta población civil ha sido evacuada hasta ahora?
- Según hemos contado, el 45% de la población. Lamentablemente un 15% está herida, pero fuera de peligro. Si seguimos así, podremos llegar al 50%
- ¿Y fallecidos?
- Por los cadáveres que hemos encontrado, diría que un 35%. Creemos que puede seguir ascendiendo, pues aún hay personas desaparecidas y no hemos hallado sus cuerpos.
- Un 15% en paradero desconocido, entre ellos las criminales que andan detrás de todo esto. - se llevó una mano a la cabeza, pensando en la cantidad de personas que habían muerto. Piltover contaba con seis millones de habitantes. Sólo se habían salvado 2,7 millones, el número de fallecidos era de 2,1 millones y 900 mil personas andaban desaparecidas. Aquello era similar a las Guerras Rúnicas, sólo que afectándole a la ciudad-estado más poblada de todo Valoran. - Que amplíen el perímetro hasta la Calle Brighten, que busquen a fondo por cada edificio en ruinas, debajo de los escombros y si es necesario hasta en el subsuelo. Comunícales a los pilotos que si es posible muevan más rápido esos zepelines, y que refuercen todas las defensas que rodean la zona sur. No podemos permitir que una de esas criaturas entre.
- A la orden sheriff. -
La campeona salió del furgón que usaban como centro de mando. Se acercó a la larga cola de civiles que esperaba su turno para entrar en el aparato aéreo. Todos habían cogido lo primero que habían encontrado, dejando todo atrás. Veía en sus caras el miedo que estaban viviendo, los niños llorando y preguntándoles a sus madres si iban a estar bien, ellas mintiéndoles con que eso era algo temporal, que en pocos día estarían de nuevo en casa. Sus padres pidiéndoles información a los agentes y soldados, diciéndoles a algunos malas noticias y a otros buenas.
Cuando los ciudadanos la vieron, corrieron hacia ella, en busca de respuestas. Los soldados tuvieron que intervenir para que no se abalanzaran sobre ella, quien estaba completamente sorprendida por su reacción. Estaban suplicándole que les dijera donde estaban sus familiares, que los salvara y los llevara con ellos, que les explicara cómo iba la situación. El caos estaba presente en todos y cada uno de ellos. Gritaban de pánico, querían salir vivos de esta situación, no querían seguir esperando. Ella intentaba responder, pero no le quedó más opción que disparar con su rifle al aire para pedir un poco de silencio, escuchando los gritos de miedo ante su acción.
- ¡Que todo el mundo se calme! - dijo seriamente. - ¡La policía y el ejército está haciendo todo lo posible para acabar con esta situación! ¡Todos serán llevados a otras ciudades-estado que se han ofrecido a acogerles! ¡Les pido que mantengan las formas, los soldados buscaran entre la lista de fallecidos y gente evacuada a sus familiares! ¡Ahora les ruego que vuelvan a la cola para ir al zepelin! -
Siguieron preguntando, a pesar de su corta explicación. No podía decir más. Ya estaban demasiado asustados como para encima ponerles más miedo encima. La sheriff se marchó hacia el límite del perímetro, donde estaban la policía y los médicos atendiendo a los heridos. Algunos llevaban quemaduras de tercer grado en partes de su cuerpo, fruto de las mordeduras de las criaturas. Tuvieron suerte de haber sido salvados a tiempo.
Escucho ruidos de socorro. Al otro lado de la valla de seguridad, era un grupo de niños que corrían hacia ellos. Los más pequeños eran llevados en brazos de sus profesoras. Entre todos ellos distinguió la oscura silueta de Vayne, con su hija en brazos. Y al lado suya estaba Jayce, llevando como podía a dos bebés y a su martillo. Caitlyn ordenó que abrieran la valla, y corrió hacia donde estaba su pequeña.
- Muchas gracias Vayne. - se quitó un peso de encima al ver que su pequeña estaba bien.
- Ahórratelas. Hemos encontrado una manera de recorrer la ciudad y poder evacuar a los civiles de las otras zonas. - respondió la demaciana.
- Los salvoconductos por los que Jinx huía. - intervino el héroe de Piltover. - Todos los de la zona este y sur están intactos, podemos meter a las fuerzas especiales y ampliar aún más el perímetro.
- ¿Cómo estáis tan seguros de que Jinx no le habrá contado nada de eso a Catrixce?
- ¡Aquí Tristana! ¡Necesito ayuda! - interrumpió los comunicadores de los tres. - ¡Catrixce nos está pisando los talones!
- ¿Quienes estáis Tristana? - preguntó Vayne.
- Valor y yo. Quinn...Quinn...¡Está muerta! ¡Esa zorra la ha matado! -
Aquello les impactó como si lo hubiera hecho una bala. Se quedaron sin habla por unos instantes, al igual que estarían sus compañeros al escuchar la noticia por el otro lado del comunicador. Caitlyn se llevó a las manos a la cabeza y dio media vuelta, Jayce maldijo entre dientes mientras Vayne seguía mirando al suelo. Pero ésta se negó a llorar ahora, esto aún no había terminado.
- Tristana, ¿dónde te encuentras? - preguntó Jarvan.
- Estoy dirigiéndome a la torre del reloj. No conozco Piltover, así que no sé en qué calle se encuentra eso.
- Estás en el centro de la ciudad, intenta esconderte por ahí hasta que yo llegue. - contestó Jayce.
- Voy contigo. - dijo Caitlyn.
- Cait es mejor que te quedes con los civiles, ellos te necesitan.
- ¡Soy la sheriff de esta ciudad! - gritó entre lágrimas. - ¡No voy a quedarme detrás de una valla mientras la gente que me importa muere. No sé nada de Vi, Catrixce está persiguiendo a Tristana y se ha cobrado la vida de una amiga de la Liga! ¡Así que si vas a gritarme y a obligarme a que me quede, ya puedes ir empezando! - se dirigió a un grupo de soldados. - Vosotros, venir conmigo. -
Caitlyn salió de la valla, seguida por los soldados. Jayce maldijo de nuevo, tenían una hija y ambos padres estaban arriesgando sus vidas. Miró a la demaciana, pero no le hizo falta ni que abriera la boca.
- Descuida, yo me encargaré de ayudar a los civiles. Ahora tenéis que ayudar a Tristana. -
Ω
Avenida del Telar.
El aire entraba y salía a presión por su garganta, la sangre era bombeada por su cuerpo a toda velocidad. Empezaba a notar como los primeros músculos le gritaban de dolor, suplicando que parase inmediatamente. Sin embargo, no podía hacerlo. Tenía a la asesina de su amiga pisándole los talones, y estaba claro que no iba a darle tiempo para descansar.
La imagen de Quinn, cayendo sin vida ante sus pies, cuando apenas unos segundos antes seguía con vida. Una imagen que nunca se borraría de la cabeza en su vida. Si tan sólo hubieran sido más precavidas, puede que ella siguiera viva y estuviera huyendo con ella. Pero no era así. Las lágrimas caían desbordadas mientras seguía avanzando.
Saltaba escombros, pasaba entre los coches volcados, esquivaba las llamas que consumían algunas casas y escuchaba como algunos edificios caían derrumbados tras ella, con o sin gente en su interior. Tenía que llegar a la torre del reloj. Rezaba porque Jayce y los demás ya se encontraran allí. Miró brevemente al cielo, asegurándose de que Valor le seguía, esquivando todos los artilugios en llamas que se precipitaban contra el suelo.
Enfrente suya había un muro de escombros. Apretó los dientes, justo ahora tenía que tener problemas incluso para huir. Cargó su cañón, y apuntó contra el muro sin perder velocidad. A tal corta distancia la explosión podría dañarla gravemente, y no estaba en condiciones de permitirse una lesión, no ahora. Mientras seguía avanzando analizó la situación. Si lograba buscar un saliente entre el cemento y el hierro, podía saltar el muro. No sabía cuan ancho era, pero tampoco creía que fuera a serlo excesivamente.
Ya sólo quedaban unos pocos metros y lo vio. Una pared medio tumbada, perfecta para una rampa. Cambió la munición por otra con menos potencia de área pero con mayor precisión. Subió obre esta hasta el extremo y saltó. En menos de un segundo había colocado el cañón de su arma contra la pared, apretó el gatillo y una fuerte explosión la lanzó por los aires. Agradeció el haber cambiado la munición antes de saltar sobre la pared, si hubiera usado la misma para derruir el muro, ahora mismo estaría ardiendo en llamas.
Saltó el muró y llegó a la plaza de la torre del reloj, pero allí la situación no era mejor. Había grupos de policía y del ejército, intentando hacer lo posible por matar a esas criaturas eléctricas. La yordle no sabía qué era mejor, que te fuera a matar Catrixce o una de esas cosas.
Una esfera de energía azulada impactó de lleno en una de ellas, salvando a un agente de ser devorado. Reconoció aquella cosa, era uno de los proyectiles de energía provocados por el cañón de mercurio de Jayce. Corrió hacia la zona de dónde provino, esquivando los zarpazos y bocados de esos monstruos. Reconoció las figuras de Jayce y Caitlyn, y corriendo hacia ellos estaban Ezreal y Lux, supongo que escucharon el punto de reunión por el comunicador.
Jayce disparaba en su dirección, derribando a todas esas criaturas que la perseguían. No era tarea fácil, pues tenían que evitar herirla. Lux y Ezreal le siguieron. Ellos dos también contaban con armas basadas en energía, lo cual supondría una clara ventaja para ese enfrentamiento. Pero no contaban con el que venía detrás.
Una tremenda explosión convirtió aquel muro de escombros en poco más que granos minúsculos. La tremenda nube provocada por el golpe inundó toda la plaza, ni siquiera la propia luz del bastón de Lux era capaz de abrirse paso entre el polvo. Todo sonido fue ahogado, nadie se atrevía a romper el silencio.
Lentamente se escuchaban unos pasos. Se veía un punto rojo. Luego pequeñas cargas eléctricas, y cuando se disipó toda la nube, sólo quedaba el cuerpo de Catrixce. Con toda la parte izquierda de su cuerpo robotizada, la derecha cubierta por la propia ropa y aquel flequillo tapándole la otra parte del rostro. Más no sonreía, estaba enfurecida. Apretó el puño robótico, las cargas eléctricas chisporrotearon con más fuerza. Todos se quedaron helados.
- ¡Os dije que me trajerais a Jiena y a Violeta! ¡Vuestra ciudad se habría salvado! ¡Pero no, teníais que interponeros en nuestro camino! - decía con su aguda voz, mientras caminaba lentamente a un lado y a otro, sin quitarles el ojo de encima. - ¡Los voltiocks son inmunes a vuestras armas, pero veo que habéis encontrado una forma de matarlos! - empujó con la pierna los restos metálicos de una de las criaturas. - ¡Sin embargo, para matar a uno os ha costado muchas vidas! ¡¿Me equívoco, Sheriff Caitlyn?!
- Vas a pagar cada una de esas muertes. - decía Jayce cambiando al martillo de mercurio. - No dejaré que te salgas con la tuya.
- ¡Viktor no pudo detenerme! ¡La Liga de Leyendas no pudo detenerme! ¡Y el héroe de Piltover tampoco lo hará! -
Jayce cargó a toda la velocidad contra ella, ignorando los gritos de advertencia de sus compañeros. Catrixce no se movía de su sitio, es más, sonrió al ver corriendo ciegamente hacia ella al aclamado Defensor del Mañana. El campeón salto, y con todas sus fuerzas, hizo caer el martillo contra la criminal. Pero sólo se escuchó un fuerte y agudo sonido, consecuencia de un choque de metal contra metal.
Catrixce había parado el impacto con su brazo robótico, el cual no sufría ningún daño. Jayce se fijó en aquel indicador que llevaba en el antebrazo, con una de las rayas en rojo. En el otro extremo había una calavera.
- ¡Cuando la calavera se ilumine, será entonces mi turno para contraatacar! ¡Hasta entonces, te sugiero ponerte las pilas! - rió descaradamente.
Jayce retrocedió, dispuesto a seguir golpeándola. Ella seguía defendiéndose de la misma forma, esperando simplemente a que la calavera se iluminara. Activó entonces su campo de rayos, momento en el que la criminal dio un salto hacia atrás. No obstante, alzo la palma de su mano y la apuntó contra los compañeros del piltoveriano.
Estos se quedaron atónitos, todas las balas que habían disparado para ayudar al campeón, estuvieron suspendidas en el aire. Jayce lo asoció rápidamente, había creado un campo electromagnético. Catrixce volvió a sonreír, las balas impactaron a todas partes menos a ella, logrando clavar dos en el cuello de un soldado, matándolo de inmediato. Aquello la había ayudado a cargar otra raya más.
- ¡Segundo indicador! ¡Yo que tú no dejaría que tus amigos me ayudasen a cargarlo! -
Jayce la golpeó del revés, lanzándola al otro lado de la plaza. Sin esperar a que se pusiera de pie, cambió al cañón de mercurio y abrió el portal acelerador. Activó la velocidad para los disparos, y sin pensárselo dos veces, comenzó a propinar enormes esferas de energía contra el cuerpo de la criminal. Éstas crearon enormes campos de carga, acompañados del humo, más el héroe no cesó en su intento de matarla.
Siguió, una y otra vez. Gritó mientras la adrenalina se hacía con él. Aquello ya era un campo de rayos azules y polvo. Continuaría, si no fuera por el hecho de que su arma se habría sobrecalentado demasiado. La soltó, ni siquiera podía sujetarla de lo caliente que estaba el metal.
No obstante, la risa psicótica que tanto la caracterizaba se seguía oyendo. Todos estaban incrédulos, era imposible que siguiera viva. Tras disiparse todo, Catrixce estaba de pie sujetando el vientre por la risa que estaba sufriendo.
- No es posible. - musitó Jayce.
- ¡Enserio! ¡Has conseguido cargarlo incluso más rápido que esa criminal de pacotilla! ¡¿Y tú te haces llamar inteligente?! - continuó riéndose. Pero de pronto la cortó, y se puso seria. - ¡Ahora es mi turno de enseñarte quién es Catrixce!
Ω
Hospital Valkyria
En el interior de la habitación únicamente se escuchaba el ruido del electrocardiograma y la respiración de la agente. No se podía oír el pánico que corría por los pasillos del hospital. Era como una sala insonorizada dentro de un caos que azotaba toda la ciudad. Estaban evacuando a todos los enfermos, tras escuchar las últimas órdenes de la sheriff. La única forma de hacerlo era por los salvoconductos, aún seguían manteniendo a las criaturas eléctricas a raya.
Pero no podían entrar a su habitación. Las enfermeras gritaban de pánico, estaba atrancadas. No tenían tiempo que perder, así que fueron a por otra habitación que evacuar. Fue en ese preciso instante, cuando el cuerpo de la agente dio una pequeña convulsión. Luego le siguió otra, y otra. Cada vez eran con más intensidad, hasta el punto de que estaba al borde de la cama. Y de pronto, paró en seco.
Vi abrió lentamente los ojos. Se fijó en el techo de la habitación. Suspiró, recordando que estaba en el hospital, fruto de la reveltina. Miró por la ventana, sorprendiéndose del humo que salía de varios edificios. Se empezó a quitar todos los cables y tubos intravenosos que tenía en el cuerpo, se levantó de la cama pero inmediatamente cayó al suelo.
- Mierda. Debo llevar bastante tiempo tumbada como para que tenga las piernas entumecidas. -
Se agarró a la cama, incorporándose lentamente. Seguía apoyándose en ésta, las piernas le temblaban, pero tenía que obligarlas a aguantar. Lentamente se iba acercando a la ventana, y recordando cómo era caminar. Cuando llegó, no podía creerse lo que veían sus ojos.
Piltover, la ciudad que la vio crecer, la que siempre juró defender, estaba sumida en un profundo caos. Los edificios se desplomaban como si fueran fichas de dominó, ardían en llamas y el humo de las mismas ocultaban el cielo. Veía a la gente correr de un lado para otro, mientras eran perseguidos por criaturas eléctricas con partes metálicas. Hubo más explosiones, las cuales dejaban un pequeño humo rosado al estallar. Aquello le parecía demasiado familiar.
- Jinx. - le parecía extraño incluso pronunciar su nombre después de lo que había visto.
Dio la espalda a la ventana y se acercó a su cama, viendo una pila de ropa metida en una funda de plástico, de tal manera que no se ensuciara por el paso del tiempo. Su ropa de siempre. Eso debía ser cosa de Caitlyn. ¡Caitlyn! Tenía que ir a buscarla cuanto antes. Sin más dilación, se quitó la bata de enferma y empezó a ponerle la ropa interior que tenía guardada.
Mientras se colocaba las piezas de su armadura, algo captó su atención. En el otro extremo de su cama, incrustada en la pared, había una bala del calibre 28. Algo característico de una Vamer Eagle, un modelo de pistola muy comercializado. Era extraño, no dejaban armas en el hospital, ni siquiera Caitlyn la podía llevar. Y como un rayo, aquella imagen le golpeó la mente.
La puerta atrancada por una silla. Jinx, al lado de su cama, contándole algo que no podía escuchar. Luego la pistola apuntándole a la sien, mientras el dedo del gatillo lo apretaba lentamente. Justo antes de que fuera disparada, apuntó contra la pared. El fogonazo alumbró la estancia y la bala salió disparada. Jinx se quedó quieta, mientras veía como las lágrimas caían de su rostro.
Nunca antes había visto llorar a la criminal. Guardó el arma, se giró hacia ella y le dijo algo, pero no sabía el qué. Después, la imagen se esfumó. Vi estaba de piedra. Aquella criminal había estado a punto de matarla. Lo que vio en su sueño no podía ser cierto. Lo que había descubierto después del laboratorio, no podía ser real. ¿Su hermana iba a matarla? Sacudió la cabeza quitando esas ideas de la mente.
Tenía que buscar sus guanteletes, el personal del hospital tenía que haberlos guardado en alguna parte del edificio. Pero algo tenía en claro.
- Tengo que capturar a Jinx cuanto antes, seguro que ella está detrás de todo esto. - miró de nuevo la bala. Se le estaba formando un nudo en la garganta, pero aquel pensamiento seguía fijo en ella. - Yo no tengo hermana. -
Ω
En algún lugar de Piltover...
Jiena corría entre los limpios callejones de Piltover. Era sorprendente, incluso en los lugares más oscuros estaba todo ordenado. Tenía que andarse con ojo, cada vez que salía se encontraba por los pelos que una de esas criaturas había pasado de largo, o el grupo de las unidades que buscaban a los criminales y a supervivientes. No quería palmarla bajo uno de esos bichos, pero tampoco tenía muchas ganas de que la detuvieran.
Miró aquel reloj de muñeca que había robado en el hospital. Sólo había pasado una hora desde que lo dejó, y la madamina no estaba surtiendo ningún efecto. No veía ningún rastro psicodélico en su cuerpo, alguna vocecilla interna, ganas de explotar algo, etc. Nada de nada. Era como si Jinx se hubiera esfumado.
Vale que con el paso del tiempo no fuera la persona más sensata o con dos dedos de frente, esto sin contar la madamina inyectada. Puede que se le fuera un poco la mano en el hospital al tenderle la trampa a Violeta, pero ella no era así. No estaba hecha para soportar esas calamidades y hacer frente a todo eso sin tener en cuenta el descontrol de sus emociones.
Pero Jinx sí. Jinx era esa parte suya que podía saltarse todas las reglas, la que podía actuar sin miedo a pensar qué le podría pasar. Siendo ella era capaz de correr a toda velocidad por la adrenalina, a pensar en que todo era un juego donde siempre había una salida, a disparar un arma. Disparar un arma, ni siquiera había sido capaz de disparar a una persona durmiendo a pocos centímetros de distancia. ¿Jinx lo habría hecho?
Más no lograba entender qué había salido mal. El efecto de la madamina debería de estar funcionando. Toda esa cantidad ya debería haberla vuelto en la pirada que todos conocían. Estaba dispuesta a convertirse en ella, pagando incluso su propia vida por ello. ¿Qué andaba mal? ¿Qué le faltaba? Tenía armas, vale que no fuera el lanzacohetes, la ametralladora o el arma de rayos concentrado que una vez había creado, pero tenía una pistola y una recortada.
Entonces cayó en la cuenta y maldijo entre dientes. Estaba incompleta. Jinx necesitaba esas armas que tanto la caracterizaban. No podría acabar con esa zorra criminal que le había quitado todo el protagonismo sin ellas. ¿Qué haría? ¿Pegarle un tiro con un calibre del 28? Eso sólo serviría con alguien normal.
- Mierda. - se sentó en el suelo, escuchando los diversos gritos de auxilio. - Maldito Kaleb, ojalá estés muerto hijo de puta. -
Para ser Jinx hay que liberarse del pasado.
Levantó la vista al cielo. Lleno de humo y fuego. Gente corriendo a todas partes, sangre inundando las calles, escombros cortándolas y edificios cayendo. A Jinx le encantaba eso. ¿Por qué? Piltover era una ciudad con tecnología avanzada, donde todo el mundo estaba feliz. No existía crímenes, la propia sheriff se había encargarlos de reducirlos a la nada. Entonces llegó ella, dispuesta a cambiarlo todo sólo por buscar a la hermana que tendría que reconocerla.
Piltover era una ciudad casi monótona antes de llegar. Era una ciudad...
- Aburrida. - se puso de pie. - Piltover es una ciudad aburrida. Yo la saqué de su monotonía. Le puse algo de interés. - abrió aún más los ojos, observando esas nubes de humo. - Incentivé los negocios de alarmas, puse a prueba a todos los policías de la ciudad, hice frente al mejor de sus agentes, demostré lo débiles que eran las estructuras de sus edificios. Deberían darme las gracias, hice mover montañas de dinero. - lentamente se iba dibujando una sonrisa en su rostro. Ahora lo estaba entendiendo. Ahora entendía la diversión. - Sólo le estoy dando un nuevo enfoque a la cargante Ciudad del Progreso. Y mira por dónde, alguien se ha atrevido a quitarme el puesto. Es hora de que la Bala Perdida entre de nuevo en acción. Espera. Hay cientos de polis sueltos por las calles, podrían pillarme. Oh espera, tengo la caja de preocupaciones vacía. -
Salió del callejón, riendo como una loca. Esta vez, se desconocía si la madamina había vuelto a dar su efecto, o si definitivamente Jiena había desparecido.
Ω
De vuelta a la plaza del reloj.
Todos y cada uno de los agentes y soldados que habían acudido hasta allí, estaban muertos. Ya fuera por sus propia balas que habían impactado en sus cuellos o en la cabeza, o por los ataques que Catrixce había desviado hacia ellos. Los campeones de la Liga no estaban tampoco como para lanzar cohetes. Habían corrido en ayuda de Jayce, y habían pagado las consecuencias.
Lux había usado toda su magia contra ella, logrando que el Defensor del Mañana pudiera escapar de la criminal al menos por un poco de tiempo. Ésta logró aguantar todos y cada uno de los hechizos que le había lanzado, incluida la famosa Chispa Final. Pero todo en vano. Catrixce la contraatacó, y de no ser por el salto arcano que quitó a Lux de la trayectoria del láser en el último segundo, habría acabado muerta.
El rubio explorador la puso a resguardo junto con Tristana. Al poco tiempo, la demaciana perdió el conocimiento debido a la falta de maná, aunque estaba fuera de peligro. Tristana por su parte no podía hacer nada, las explosiones de su arma no causarían más que problemas en un área tan cerrada como en la que se encontraban. Así que se limitó a esperar.
Jayce y Ezreal atacaron conjuntamente a Catrixce. Ella ya no se andaba con rodeos. Los atacaba con la fuerza potenciada de su pierna robótica, con las chispas originadas de su brazo, o simplemente les quemaba con el láser de su ojo. En una de las patadas propulsadas, logró romper el fémur del explorador, al tiempo que lo lanzaba contra una pared. Intentó incorporarse doloridamente, pero ya estaba fuera de combate.
Ya sólo quedaban el famoso científico y la sheriff de una ciudad asolada. Catrixce avanzó hacia esta última, le quitó su rifle por la fuerza y lo lanzó por los aires. Si Caitlyn estaba asustada lo ocultaba perfectamente tras ese rostro serio, incluso cuando la criminal la agarró por el cuello.
- ¡Suéltala! - gritó Jayce cargando con el martillo.
Catrixce acató sus órdenes, reaccionando a tiempo para detener el impacto del héroe. No le dejó tiempo ni de respirar. Le propinó un fuerte rodillazo en el estómago, empujándolo al otro lado. El arma cayó a su lado, y para asegurarse de que no podría usarlo más, rompió su núcleo de energía con un simple pisotón.
Jayce tosía. Tenía dos o tres costillas rotas, y eso le estaba pasando factura. Empezaba a escupir sangre, debía de estar padeciendo alguna hemorragia interna grave. Pero eso no evitó que la asesina avanzara hacia él. Intentó incorporarse, más eso sólo le facilitó las cosas. Agarró del cuello al campeón y lo levantó del suelo. Lentamente se lo iba apretando, viendo como su expresión iba cambiando a medida que se quedaba sin aire. Ella sonreía ante tal vista.
- ¡Te lo dije, ni siquiera el héroe de esta ciudad podrá detenerme! - continuó apretando su cuello. - ¡¿Unas últimas palabras?! -
Jayce miró a Caitlyn, quien se hallaba tumbada en el suelo, viéndole con ojos llorosos. Levantó la mano hacia ella, le entristecía no poder abrazarla o agarrar su mano una última vez. Pero al menos quería que su última voluntad se hiciera realidad.
- No dejes de amar Cait, incluso cuando yo no esté, busca la felicidad. - dijo con el último soplo de aire que le quedaba.
Entonces aquello pasó como un lento fotograma de una película. Catrixce soltó al campeón, Caitlyn levantándose y gritando su nombre. El brazo izquierdo de la criminal envuelto en electricidad. Él pensando en todos los buenos recuerdos que había pasado con ella, que aún siendo pocos estaba contento de haberlos vivido. Se arrepentía de los últimos meses en los que su relación había decaído. No sabía qué habría pasado si todo esto no hubiera sucedido, pero esperaba que ella no se cerrase todas las puertas.
Para Caitlyn, aquello fue un golpe directo a su corazón. Catrixce atravesando el abdomen de Jayce, éste escupiendo sangre por la boca mientras los rayos quemaban sus entrañas. La sangre cubriendo todo el brazo de la criminal, mientras enormes gotas de color carmesí formaban lentamente un charco en el suelo. Luego sacando el brazo ensangrentado y arrojando al cuerpo al otro lado, como si fuera un montón de basura. Manteniendo esa risa maquiavélica.
Piltover había sufrido un duro golpe. Pero eso sólo era el comienzo de algo peor.
Ω
Se agradecen los comentarios, aunque sea un "me gusta" anónimo ^^
Kaiserelle.
