Capitulo 19: Fin...

─Ninguna simple elfa tiene acceso a este jardín ─dijo a espaldas de la joven que el día anterior había usado aquel calificativo en ella misma.

La elfa que anteriormente gustaba de jugar con la corriente de un pequeño riachuelo que corría entre sus dedos, con solo escuchar aquella profunda voz se había estremecido por completo y podía sentir cómo aquella figura se erguía tras ella.

Con movimientos suaves comenzó a levantarse de la orilla del pequeño arroyo; sacudió un poco sus manos quitando el resto de pasto y con gran timidez subió la mira a la imponente figura frente a ella que esperaba con los brazos cruzados a la altura del pecho y una mirada azul penetrante.

─Realmente no quería ser inoportuna ─se ruborizó ligeramente ante la inquisitiva mirada del elfo.

─No lo eres ─su voz lejos estaba de ser cortante o neutral, muy por el contrario: se le notaba relajado y con un elegante movimiento impidió que la elfa saliera del lugar─. ¿Quién eres en realidad? ─La joven sólo bajó ligeramente la mirada─. Realmente dudo que una "simple elfa"; de ser así no estarías en este lugar.

─Soy hija de Thalion y Celebdil… no soy nadie en realidad ─sabía que lo mejor era decir la verdad, a final de cuentas él la descubriría; posó tímidamente sus verdes ojos en los azules de aquel magnífico ser.

De cierta forma la joven tenía razón, pues ella no era muy conocida en el reino; pero sus padres eran Sindar de la más pura raza, su padre uno de los mejores guerreros y gran amigo del finado rey, su madre la elfa con la voz más hermosa que alguna vez hubiera escuchado… ¿y la hija?; pocos la conocían, pues Luinil se había esforzado grandemente por no ser muy notoria y con ello impedir que la trataran con superioridad solo porque sus padres ─y ella misma─ pertenecían a la realeza.

Thranduil sabía de alguna forma de la existencia de la joven, pero nunca se había interesado en conocerla y los padres de la elfa jamás habían insistido en aquello.

La delgada elfa comenzó a observar a su alrededor con nerviosismo y con gran sorpresa se percató de que no había ni un solo guardia en el lugar. Estaban completamente solos y esto la hizo sonrojarse inconscientemente… a su mente llegó como una suave brisa el rastro de los labios de Thranduil sobre los suyos, la suavidad de su rubio cabello, lo terso de su piel, aquella fragancia que desprendía y sus propios pies de puntitas tratando de estar a la altura del rey…

Había besado al rey; su primer beso ahora pertenecía al señor del Bosque… bajó su mira con gran vergüenza, en toda la noche solo había pensado en aquel roce, no comentó nada a nadie, sería su secreto. ¿Qué tan probable era que se lo volviera a encontrar?; pero la razón por la cual Thranduil no salía de su cabeza era que había nacido en su corazón un amor incondicional que se negaba a creer y eso le daba más vergüenza aun; para ella fue un hermoso momento y seguramente para el rey fue de lo más insignificante.

Recordó cómo al separarse de aquel apasionado beso, él le dedico una mirada indescifrable, pero completamente fría, seguido de un silencio sepulcral. Después de eso el rey no lo había dirigido una sola palabra u ojeada, solo caminaron en silencio hasta el palacio. Apenas las puertas se abrieron, Thranduil se despidió con una mirada y enseguida Luinil vio con añoranza cómo aquel elfo se alejaba con rapidez.

Escuchar su voz hizo que el estómago le diera un vuelco, con solo verlo se sintió desfallecer… quería salir corriendo de aquel lugar, un sentimiento crecía en ella sin poder ser detenido y el rey solo permanecía de pie altivo e imponente. Repitió en su cabeza mil veces que sólo era una ilusión, pero su corazón se negaba a creerlo…

─Siempre pensé que estaría en Lothlórien o Imladris ─la voz de Thranduil la sacó de sus pensamientos y aunque perecieron horas solo habían trascurrido algunos segundos─; puesto que no te conocía y tus padres hablaban mucho de ti ─repuso suponiendo que la joven estaba desconcertada; con un mohín indicó a Luinil que caminaran hacia una banca para sentarse.

─No me gusta llamar la atención ─confesó aun con el rubor en sus mejillas con la cabeza agachada.

─Eso es imposible ─aunque la elfa no lo supo distinguir en ese entonces, el rey estaba nervioso; tomaron asiento y con la mirada perdida continúo diciendo─: tu sola presencia deslumbra a cualquiera.

Mordió imperceptiblemente su labio inferior y tomando valor se atrevió a tomar con delicadeza el fino rostro de Luinil entre sus manos obligándola a que lo viera a los ojos.

─Yo… quiero disculparme ─se le notaba un poco turbado─… por mi comportamiento ─respiró profundamente─. ¿Te han dicho que te ves más hermosa sonrojada? ─una sonrisa acompañó aquella frase; Luinil quedó atónita sin saber qué decir.

Hîr nîn*…

─Permíteme cortejarte ─la cortó, ignorando sus palabras─; déjame ser yo quien te llene de poemas y te cante en el crepúsculo. Quiero ser el dueño de tus suspiros y tus más profundos anhelos; ser la última persona en la que pienses al dormir y la primera que aparezca en tu mente al despertar.

No sabía de dónde le salía lo romántico, pero estar frente a ella provocaba eso y más dentro de él; a partir de ese momento ya comenzaba a adorar cada uno de sus gestos y aquellos ojos verdes que lo observaban atónitos, sus mejillas rojas y la curva de su sonrisa. Su solo respirar le fascinaba, desde ese momento se juró hacer hasta lo imposible por protegerla.

─No sé qué me has hecho ─continuó con una tenue sonrisa─; tus ojos me han hechizado y desde ayer te has convertido en la dueña de mis sueños…

─Mi señor… ─tenía que alejarse antes de que esa ilusión la dejara atrapada para siempre.

─Olvida la corona, pues mi fascinación por ti no fue por tu casta y mi respeto no es por el estatus de tu familia… por favor, haz lo mismo conmigo.

Él, el "Gran Rey Elfo" estaba rogando por una oportunidad, ¡e incluso exigió que no se le reconociese como el rey!

El amor mueve montañas y Thranduil lo comprobó en cada instante que pasó a lado de su amada estrella. Una lágrima surcó su mejilla, llevó su mano a sus labios como si aún sintiera el aliento de Luinil cerca de su rostro, su sonrisa había quedado tatuada en sus ojos y su esencia perduraba en cada poro de su piel.

Se sentía tan solo…

Aquella elfa se había robado su corazón y aun no podía aceptar que ya no estaba junto a él, un gran hueco se había formado en su interior desde su partida… él la amaba más que cualquier cosa en el mundo. Ahora, algo en su interior le impedía volver a amar con aquella fuerza.

─¡Sólo quiero tenerte para mí! ─soltó con un hilo de voz dejando que las paredes de Eithel rilfëar* ahogaran su dolor─. Me es imposible estar sin ti… me niego a dejarte ir; te había dicho una vez que moriría sin ti… ─sollozaba en silencio mientras su soledad le hacía compañía y las lágrimas reflejaban el dolor de su corazón.

Ella se había marchado hace tanto tiempo y ni ahora ni antes pudo hacer algo; le rogó al viento que le trajera su sonrisa, imploró a las estrellas que le dejaran ver sus ojos y suplicó a la luna poder tocar su piel… una noche, solo quería tenerla una noche más.

Quería susurrarle al oído tantas cosas que nunca le dijo, sentir sus sedosos cabellos entre sus dedos… besarla hasta que el sol los bañara con su luz. Sentir aquel cosquilleo de sus labios rozando su cuello…

Su estrella, lo que más amó… su mayor tesoro y su vida entera; ahora sólo vivía por lo único que le quedaba de su amada esposa: Legolas… amaba a su hijo, pero no se atrevía a recordárselo a diario o siquiera demostrarlo.

Le guerra comenzaba a ensombrecerle el corazón; por eso aquella mañana se vio obligado a encerrarse en aquel jardín y descargar todo su temor en la soledad que poseía aquel lugar. Tenía que mantener una postura serena e imperturbable ante todos sus súbditos, pero sobre todo no permitir que su amada hojita sufriera al ver el declive de su padre.

Pero ese lugar le había jugado un mal momento; pensó que quizá podría descansar y despejar su mente, soltar sus frustraciones… pero no, solo lo había lastimado y a su mente llegaron un sinfín de recuerdos y sensaciones junto a su Luinil. Recordó en especial la mañana de otoño en la que la vio por primera vez, corriendo por el bosque como un espíritu libre… y el día siguiente cuando se la encontró en el jardín de Elbereth.

Todo había ocurrido tan rápido, desde el primer momento sintió amarla y tan grande fue aquel sentimiento que no reprimió su deseo de probar sus labios; esa noche sólo pensaba en la elfa de cabellos castaños y ojos verdes. Los valar estuvieron de su lado cuando la encontró a la mañana siguiente en el palacio y nuevamente su corazón habló antes de que pensara una sola palabra…

Luinil siempre sacó lo mejor de él y no había pasado mucho tiempo antes de que la amara incondicionalmente… otra lágrima silenciosa corrió por su mejilla mientras los parpados de señor del Bosque se cerraban lentamente; un suspiro se escapó de sus labios.

Habían pasado casi dos semanas de que se marchara el señor de Rivendel; dos semanas que habían pasado como un parpadeo. Las estrategias estaban hechas y los soldados con espada en mano, sólo faltaba que su rey liderara el ejército y diera la orden de partida.

Al día siguiente al alba partirían y Thranduil aún tenía tanto que decir, pero no sabía qué palabras usar o siquiera si estrujar por última vez entre sus brazos a su hijo.

Sabía de sobra que su pequeño sufriría con su partida aunque mostrara entereza; no podía evitar pensar que su hijo pasaría las tardes observando al norte, las noches pidiendo a las estrellas noticas y sus mañanas enredado en las sabanas sin atreverse a levantarse con su sonrisa.

Cuánto lo amaba; era su soporte, su corazón, ¡su alma!... por todos los valar, él era lo único que tenía sentido en su maltrecha vida, quien reconfortaba su cuerpo con sus caricias, quien le enseñó que no existe sombra lo suficientemente obscura como para ensombrecer su corazón… y aun así, con toda su vitalidad y gran carisma, era en extremo frágil, sensible como pocos en el mundo.

¿Qué sería de su Legolas si las cosas salían mal?, prefería no pensar en aquello pero era imposible evadir la penumbra que lo cubría…

Se levantó de la banca decidido a abandonar el jardín que tan melancólico lo había puesto; limpió el rastro de sus lágrimas y recobró su semblante frio e imperturbable. Salió del lugar como el gran rey que era; ordenó al primer sirviente que dispusiera el desayuno en el balcón de su habitación y que únicamente informaran a Legolas para que lo acompañara… aquel momento solo debía de pertenecerles a ellos.


─… es por eso que la energía se tiene que canalizar… ¿Mi señora? ─Ainariël vio con cierta preocupación a la princesa que se encontraba con la mirada perdida─ ¿Se encuentra bien?...

─Sí, los valar han sido muy bondadosos al encerrar a Melkor; continúa ─la princesa seguía con su mirada perdida sin prestar la menor atención a lo que decía la elfa de cabellos castaños.

La joven que había llegado con la comitiva de Rivendel para regresar a su hogar, cerró el libro de una antigüedad indudable dejando a un costado suyo. Desde que habían iniciado su instrucción ese día acerca del don de sanación, Lúthien no había puesto atención en ningún momento, cosa que sorprendió de sobre manera a Ainariël, pues la joven princesa siempre estaba ansiosa por nueva información.

No se emitió palabra alguna por ninguna de las dos; en el jardín solo se escuchaba el golpear del viento contra las hojas y el silbido que este producía. Lúthien no parecía percatarse de la mudez de su institutriz, simplemente su mente no estaba en ningún lugar conciso; en un segundo estaba junto al rey y al otro en las playas de Gildîn con su nana*.

Aranel* ─la elfa tocó con delicadeza el hombro de su acompañante─, perdone mi intromisión; pero es evidente que algo la aqueja ─la rubia la vio penetrantemente y sin comprender nada─; hoy ha estado muy distraída ─afirmó dejando ver su preocupación.

─Lo siento ─se disculpó con gran timidez─; me veo incapaz de seguir con las lecciones por hoy... no logro concentrarme ─suspiró apesadumbrada bajando su mirada al piso─… y no sé qué hacer ─el silencio se volvió a formar y Ainariël no se atrevía a hablar.

Lúthien esbozó una tierna sonrisa tomando las manos de su compañera.

─¿Sabes? Eres la única con la que puedo hablar ─la pobre castaña no lograba comprender una sola palabra, pero a pesar de ello la sonrisa afable de la princesa no desapareció─. Claro tengo a mi hermano y mi padre, pero son elfos... y Nienna siempre está muy ocupada, e incluso Elenna… eres la única elfa con la que he podido entablar conversación sin ser apresurada ─suspiró manteniendo la mirada fija en Ainariël─. Necesito de tu consejo.

Esto hizo que los negros ojos de Ainariël se abrieran grandemente; nunca pensó que la confianza de la princesa hacia ella fuera tanta y menos en tan poco tiempo de conocerse.

Los ojos azules griseo de la elfa se tornaron tristes y su rostro obligado por la amargura a bajarse palideció. Era increíble como Lúthien podía llegar a ser tan expresiva, siendo que su padre apenas y denotaba la mínima emoción. La castaña solo era testigo de cómo la princesa reunía valor para poder hablar.

─Dime ─dijo, pero no sin antes titubear─ ¿Es correcto amar a una persona que quizá sólo llegue a sentir estima; que a pesar de todo lo que hagas jamás lograrás que te amé...?

─Mi señora ─no quería seguir escuchando lo que suponía sería una confesión amorosa, pues la tristeza con la que había proclamado sus palabras no dejaban la menor duda de su profundo sufrir─; son pensamientos (si me lo permite) inadecuados para su edad; aún es muy joven para sentirse desdichada...

─Ainariël ─alzó sus tristes ojos nublados de lágrimas─, ¡Se va a ir a la guerra!; quizá no lo vuelva a ver jamás ─las lágrimas comenzaron a caer como ríos por sus blancas mejillas─. Nunca creí amarlo como ahora lo hago; no llegué a imaginar que mi cariño por él sería tan grande... temo que...

─¡No lo mencione! ─tras tranquilizarse un poco continuó:─ La persona que usted ame, sin duda alguna le ha de corresponder. No hay persona que al tratarla no quede maravillado con su presencia...

─No sé qué hacer ─volvió a bajar la mirada confundida─; quisiera declarar mis sentimientos...

─Lo mejor será que se mantenga fuerte, firme y que le transmita a esa persona seguridad; no permita que la vea débil. Si ve en usted la esperanza de un retorno, le aseguro que esa llama motivará a su corazón en la peor de las tempestades ─ni ella misma era capaz de explicarse cómo fue que a su boca habían acudido aquellas palabras tan acertadas en ese momento─... Ahora hay que limpiar esas lágrimas ─trató de mostrar una sonrisa tan franca como las de la princesa, pero su carácter no se lo permitía─; por hoy hemos terminado con las lecciones; hay que regresar los libros.

La princesa asintió con una renovada pero decadente alegría; entre las dos tomaron los diversos volúmenes y se marchó rumbo a la biblioteca.

El transcurso fue silencioso; Ainariël estaba muy desconcertada y alarmada con el comportamiento de la princesa; a tan corta edad decir amar tan fervientemente a una persona, tanto como para perder la cordura e incluso atreverse a confesárselo... era verdaderamente preocupante y por el bien de la reputación de la princesa la acompañaría todo el tiempo posible para evitar que cometiese una locura. No quería ni imaginar lo que diría el rey si se enteraba de semejante infamia.

Al entrar a la biblioteca Irneil, el bibliotecario que tanto aprecio le había tomado a la princesa, se ofreció de inmediato a ser el mismo quien acomodara los libros en sus respectivos estantes, pues al ver el estado tan decaído de la joven recomendó enormemente a Ainariël que la llevara a uno de los jardines privados para que su mente se esparciera.

La elfa de cabellos castaños así lo hizo y llevándose a una inconsciente Lúthien trató de alejarla lo más posible de los pasillos transitados. Ahora la joven parecía aún más decaída, ¿dónde había quedado su espíritu radiante de alegría? La elfa que estaba a su costado no era ni la sombra de los días anteriores.

─Lo siento ─escuchó susurrar a la princesa─; por ser tan inconsciente ─repuso de inmediato al ver la duda en los ojos de Ainariël.

─No la comprendo.

─¿Cómo lo haces? ─exclamó sorprendida─ ¿Cómo logras que no te afecte?, es como si nada ocurriera a tu alrededor ─la mayor continuaba confundida─. Tú más que nadie tiene el derecho de estar afligida… pero no hay rastro alguno en tu semblante.

─Como le he dicho: lo mejor por ahora es mostrarnos fuertes y con esperanza; sólo así podremos trasmitirle confianza a nuestros seres queridos…

El silencio se volvió a formar; Lúthien analizaba cada una de las palabras de su institutriz, que a pesar de ser únicamente de la historia de la magia de los elfos en ese momento le brindaba un consejo; fijó su vista en el piso para poder pensar con mayor calma sin prestar la menor atención a lo que sucedía a su alrededor.

Ainariël por su parte, dejó que la joven entrara en ese estado de letargo que tan común se había vuelto aquel día… puso los ojos en blanco al doblar un recodo y reconocer a cierto elfo que desde que se conocieron gracias a los valar no había vuelto a ver. Rogó a Eru por que se desviara, pero…

─¡Aranel nîn*! ─exclamó el elfo dejando a un lado el libro que traía en la mano, sin prestar la menor atención a la elfa que lo veía con muy disimulado fastidio y reprendido en sus adentros las falta de respeto; estaba a punto de decir algo cuando:

─¡Barahir! ─tal parecía que la presencia de aquel "levanta copas" había traído de entre los muertos a la princesa que le sonreía muy ampliamente.

─Te he estado buscando ─se acercó aún más al dúo de elfas─… ¿te encuentras bien? ─esto fue el colmo para Ainariël que no podía soportar ni un segundo más la falta de respeto de ese elfo.

─Disculpe ─habló con la mayor neutralidad; los ojos de Barahir se abrieron ampliamente ante su descuido de no haberse percatado de quién se trataba e inconscientemente una sonrisa brotó de sus labios─. Siento interrumpir tan amena conversación, pero la princesa…

─Mi señora ─dijo a modo de ignorar las palabras de la elfa; por extraño que fuera la sonrisa de Barahir le resultaba irritante a la elfa─; aun no conozco su nombre…

─¡No se conocen! ─Exclamó Lúthien con gran asombro antes de que la castaña pudiera decir algo─. Eso tiene rápida solución; Barahir, ella es Ainariël, hija de Orel ─decir que los ojos del capitán casi se despenden de sus cuencas por la impresión es poco, pero con una sonrisa que siempre tenía a la mano, se inclinó a manera de reverencia─. Ainariël, él es Barahir, capitán del Norte.

Ainariël dio un leve asentimiento con la cabeza, a pesar de estar sorprendida no demostró lo más mínimo, pues ella siempre consideró que aquel elfo no podía llegar a ser algo más que un simple "levanta copas".

Por su parte el capitán repasó rápidamente cada uno de los rasgos de la elfa, que a pesar de todo lo veía sin ni una sola expresión y solo eso bastó para que el capitán cesara su tarea. Sin haber perdido su sonrisa se giró de nueva cuenta en Lúthien que simplemente observaba cómo los más grandes se veían fríamente.

─Mi princesa ─apenas centró sus ojos miel en la pequeña, su sonrisa se anchó siendo más franca y con un deje de ternura─; ¿me permitiría estar junto a usted esta mañana?

─Conoces la respuesta ─hasta ese momento Ainariël se percató del inmenso cariño que se tenían los dos, y lo que le vino a la mente no fue nada gratificante─. Ainariël, estaré con el capitán; puedes tomarte el resto del día.

─Como guste ─inclinó ligeramente la cabeza.

La castaña, aunque no demostró nada, no estaba nada conforme con lo que sucedía; no era necesario conocer a fondo a los dos, pues el cariño que se tenían se podía apreciar con gran facilidad, solo era cuestión de ver cómo cruzaban las miradas y el cómo pronunciaban las palabras hacia el otro… pero lamentablemente si la princesa ordenaba que los dejara solos, con mucho pesar tenía que acatar la orden. Y así, indignada se fue por otro de los pasillos.

El capitán se había avergonzado de sí mismo al no reconocer a la hija de su gran amigo… aquella elfa de los ojos negros más hermosos que en su vida viera; su parecido con Orel era muy poco, casi nulo, pero ahora que ponía atención ella había heredado el carácter del General.

Físicamente solo se le podía adjudicar la forma de la nariz y la determinación en la mirada… su mirada, aquellos profundos ojos negros que lo incitaban a descubrir sus secretos, tan inexpresivos, tan diferentes a los de Lúthien…

Esa princesa que tanto quería, de mira tierna y el semblante alegre; las expresiones de su rostro y la sonrisa de sus labios… sin saber cómo se encontró pensando en las dos elfas, tan diferente una de otra.

Lúthien los más bellos amaneceres y Ainariël las noches discretas. Cuando las dos estuvieron juntas, primero se perdió en la hija de Orel, pero sin saber cómo la hija del rey sin más se había adueñado de su mente e hizo que se olvidara por completo de la otra elfa… Sí, era eso; Ainariël sólo lo hacía sentir invadido de curiosidad, pero Lúthien despertaba el más puro instinto de protección, ternura y… cariño.

Tanto Lúthien como Barahir comenzaron a caminar mientras entablaban una amena conversación; lo primero que hizo la princesa fue reclamarle al capitán su tono formal de hacía unos momentos, como siempre él se escudaba diciendo que frente a otros no era propio tutearla.

Continuaron su caminata entre risas como si la guerra no fuera más que un vago pensamiento. Apenas se cruzaron con el primer sirviente, la joven ordenó que dispusieran los alimentos para ambos en el jardín.


Se levantó de la silla; sencillamente no fue capaz de sostener por más tiempo aquella mirada acongojada que ocultaba tras la curva de su sonrisa. Por más que se obligara así mismo le era imposible permanecer impasible como si nada sucediera, tenía miedo como hacía tiempo no había sentido, quería decir tantas cosas… pero su boca se negaba a obedecerlo y sin pretenderlo contrario a todo lo que en verdad sentía, su figura se vistió de la más fiel indiferencia.

Sus ojos de hielo incapaces de demostrar su enorme sufrimiento; su postura rígida, insensible al dolor de su alma y su rostro imperturbable, necio a dejar ver sus sentimientos.

Había pasado la mayor parte del día con su hijo y aunque al principio creyó que todos aquellos momentos le darían más fuerza para decir adiós, no fue así; con cada segundo que pasaba se volvía más inseguro y quería que todos aquellos momentos quedaran congelados… no quería despedirse, no después de una de las mejores tardes con su pequeño.

Colocó ambas manos en la barandilla del balcón dejando que su peso cayera sobre ella ligeramente; sus cabellos cual cascada de oro danzando con el soplido del viento; el crepúsculo vespertino acariciaba su suave piel.

Adar* ─susurró Legolas colocándose silenciosamente a su costado.

─Ha llegado el momento de que demuestres ser un digno heredero de la casa de Oropher ─la autoridad de sus palabras no podía ponerse en duda y de inmediato (muy a pesar de Thranduil) Legolas se irguió como un orgulloso guerrero─. En mi ausencia, serás quien lidere el reino ─no era capaz de explicarse cómo era posible que continuara hablando sin siquiera demostrar la menor prueba de flaqueza─. Tu deber es proteger a los civiles, distribuir los alimentos y mantener en la medida de lo posible la calma en el pueblo.

─¿Son todas sus órdenes, aranya*? ─pronunció después de unos segundos de silencio en los cuales el rey parecía estar meditando.

─No permitas que tu espíritu se extinga ─esto tomó por sorpresa al príncipe que sólo atinó a fijar la vista en su padre─; continúa luchando, todos obedecerán tus órdenes y no puedes mostrar debilidad, tienes que darles la certeza de que todo mejorará. Confío en que harás lo correcto.

─No sé si sea capaz de afrontar…

─No hagas eso; no te permitas subestimarte a ti mismo ─tomó los hombros de Legolas─. ¿Sabes por qué sé que no fallarás? ─el joven negó con la cabeza─, porque eres mi hijo y… siempre he estado orgulloso de ti ─los azules ojos de Legolas se encontraron con su padre llenos de asombro─. Eres justo, bondadoso, amable, pero sobre todo con un espíritu que transmite paz… Confía en ti…

─Te voy a extrañar mucho ─sin pensarlo se había lanzado a los brazos de su padre, soltando aquellas lagrimas que había reprimido en todo el día.

─Y yo a ti… mi pequeño ─acarició el cabello de su Hojita Verde obligándose a no soltar una sola lágrima─. Pero es necesario…

─Lo sé ─susurró con pesar─. Sólo prométeme que te cuidarás.

─Lo prometo ─soltó solemne.

Ambos se abrazaron por un largo rato; Thranduil casi podía jurar que Legolas se había encogido al tamaño de un niño; hacía tanto tiempo que no lloraba en su pecho y se aferraba a él con tanta necesidad, que le parecía que todo aquello solo era un sueño.

Legolas era un adolescente y a pesar de ser capaz de soportar la adversidad; el solo pensar que posiblemente su padre no volviera a regresar lo atormentaba grandemente. Nunca antes se había planteado la idea de un día ya no tener a su ada* y ahora que lo hacía, un profundo hueco se hacía en su corazón y la vida la veía gris… su padre lo era todo, ¡todo! para él; sin él quedaría completamente solo en el mundo.

Ya había perdido a su madre… pero perder a su padre; no, no era tan fuerte como creía. Siempre necesitaría de sus consejos, de aquellas palabras frías y de esas horas a su lado; de sus abrazos y terribles regaños; de su olor al tenerlo cerca… siempre, siempre… siempre lo necesitaría.

Las lágrimas volvieron a brotar con aquellos pensamiento; con sus manos se aferró a la túnica de su padre, con la esperanza de que todo fuera una pesadilla, que aquel abrazo no terminaría y que ada* no tendría que marcharse.

─Legolas ─el hilo de su voz amenazaba con romperse─… te amo…

Pasarían siglos antes de que esas palabras volvieran a salir de los labios del rey… una lágrima nació en sus ojos y descendió por su mejilla para morir en la comisura de sus labios.

Haciendo uso de todo su valor, se atrevió a separarse de él el cuerpo tembloroso de Legolas; limpió, quizá por última vez, las lágrimas que salían de sus ojitos y acomodó sus cabellos tras su oreja.

─Eres más valiente de lo que crees ─e inclinándose un poco, besó con fervor la frente de su pequeño.

Con toda su fuerza de voluntad caminó a otro de los extremos del balcón contemplando con tristeza el resplandor de la luna. A los pocos minutos el príncipe se marchó dejando solo a su padre; pero no sin antes susurrar un "te quiero" para después cerrar la puerta.


Las risas de dos elfos contrastaban increíblemente con la soldad del jardín; la princesa sentada en la barda que rodeaba el lugar quedando unos centímetros ligeramente debajo de la estatura del capitán que luchaba por contener su risa, sus pies colgaban ligeramente y los rayos del sol amenazando por ocultarse iluminaban el rostro de la joven.

Sin previo aviso la risa del capitán se dejó de escuchar y su rostro se tornó sombrío al tiempo que la sonrisa desaparecía; la princesa dejó de reír de inmediato.

─Lúthien ─susurró mientras bajaba su vista─; quiero que me hagas una promesa.

La joven sólo atinó a asentir al ver la perturbación de Barahir.

─Prométeme que me recordarás…

─No digas eso… ─un dedo del capitán se posó sobre los labios de la joven y con gran esfuerzo levantó su mirada mientras el sol se ocultaba.

─Prométeme que no sufrirás si… ─su voz se cortó─; prométeme que siempre me recordarás con una sonrisa y pensarás que solo he ido de viaje…

─Pero no será así ─pequeñas lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas─; no puedes pedirme que piense que estás de viaje cuando conozco la verdad, no me puedes exigir que no llore cuando día con día te instalaste en mi corazón…

─No me hagas esto ─rogó─; ¿no ves que me lastimas?... no quiero hacerte daño…

─¡Pero lo estás haciendo!... ¿Por qué no me prometes que regresarás?

─No tengo el poder de cumplir con esa promesa.

─Ni yo el valor de enfrentarme a tu ausencia.

─Lúthien ─suspiró con el nombre en sus labios.

La princesa, sin pensarlo y sin la fuerza de seguir escuchando las palabras del capitán, saltó a los brazos de Barahir aferrándose con fuerza a su cuello. El elfo sólo pudo estrujar a Lúthien entre sus brazos; el destino era cruel, nunca antes había tenido la posibilidad de abrazarla… su delgado cuerpo despegado del piso aferrado al suyo. Inhaló el aroma de sus cabellos y poco a poco la fue bajando hasta que sus pies quedaron de puntitas.

─Me eres más querida de lo que crees ─susurró en su oído; ambos se separaron para poder verse a los ojos, la luna comenzaba a salir.

─Barahir ─sostuvo la mirada al capitán mientras una lágrima caía de sus ojos─, yo… no puedo…

Se zafó del abrazo del capitán para salir huyendo del jardín, dejando a Barahir completamente solo sin saber qué fue lo que ocurrió mientras veía cómo la princesa desaparecía.

Corrió, corrió y corrió con lágrimas en los ojos por los pasillos sin importarle nada; sólo quería estar sola en su habitación…

─Luciérnaga ─Joshufel la tomó del brazo al ver su pésimo estado y sin pensarlo dos veces la estrujó contra su pecho─; tranquila ─acarició su cabello.

Lúthien comenzó a llorar desconsoladamente en el pecho de su amigo; quería sentirse protegida y saber que nadie partiría a la guerra… la guerra; negó con su cabeza y se aferró con más fuerza.

─No te vayas ─suplicó entre el llanto─, no te atrevas a dejarme sola ─no hizo falta más, su amigo de toda la vida comprendió todo de inmediato.

─Sabes que tengo que irme ─ella asintió─. Mi vida ─tomó su rostro entre sus manos sin importarle todo el llanto─, confía en que regresaré… ¡Hey! ¡Escúchame! ¿Acaso no soy el mejor guerrero? Dime, ¿que no he sobrevivido a cientos de batallas? ─tenía que hacer que dejara de llorar─. No voy a morir ─dijo con tal convicción que casi parecía tener toda certeza de victoria.

─Quisiera creerlo.

─Pues créelo, mi niña; nadie es lo suficientemente fuerte como para partir mi cabeza dura ─sonrió entre lágrimas─. ¿Ves?, nadie se atrevería a rasguñar a un elfo tan guapo como yo ─esta vez la sonrisa fue sincera─ sería un desperdicio para la especie.

Las lágrimas de la princesa cesaron, pero la tristeza era evidente en sus ojos. Joshufel, que odiaba que la niña de sus ojos derramara una sola lagrima, se propuso el hacerla sonreír lo que quedaba del día, aunque su propio corazón se oprimía con la tempestad.

Comenzaron a caminar con tranquilidad por los extraordinariamente solitarios pasillos. Lúthien al principio pensó que irían a otro de los jardines, pero se sorprendió viendo que recorría el camino a su propia habitación… Annatar; no lo había visto en todo el día…

─¿Y bien? ─cuestionó el elfo.

─¿Qué? ─respondió de lo más inocente y completamente confundida.

─Ignorado por mi única amiga ─fingió estar ofendido, incluso hasta se cruzó de brazos y alzó el cuello.

─Vamos, no soy tu única amiga ─Joshufel negó con la cabeza y dio un bufido.

─Te decía que si no querías que te trajera la cabeza de un orco como recuerdo ─la joven lo vio incrédula─; ¿Qué? Hablo en serio… quizá no; no me veas así, tú eres la distraída ─Lúthien no dejó de verlo penetrantemente─. Está bien, está bien, tú ganas. Te decía que… ya hemos llegado ─dijo de inmediato con una sonrisa picaresca.

─¿No me vas a decir? ─soltó sorprendida.

─No; ya llegamos a nuestro destino…

─¡Joshufel! ─reclamó cual niña pequeña.

─¿Queeé? ─imitó el tono de voz que había usado la princesa.

─Eres muy cruel ─hizo un puchero.

─Gracias ─mostró una sonrisa; Lúthien simplemente negó con la cabeza─. Tienes que entrar; buenas noches mi niña mimada, descansa mi pequeña luciérnaga ─besó con rapidez su coronilla y se dio media vuelta.

La sonrisa de la joven fue desapareciendo conforme iba abriendo la puerta; aunque su "despedida" con Joshufel la reconfortó de cierta forma, aun le quedaba su hermano y esa no la soportaría.

Temía encontrarlo ya en su habitación… suspiró aliviada, el lugar estaba completamente solo. Encendió un par de velas; deshizo sus trenzas y se cambió el vestido por un camisón de dormir; cepilló sus cabellos y… nada, seguía completamente sola.

Con pesar salió al balcón y se sentó en una banca aferrándose a una de sus piernas con la vista al firmamento para admirar el manto de estrellas; tenía que encontrar el valor para enfrentarse a su hermano sin soltar una sola lágrima, tenía que transmitirle tranquilidad y esperanza. Tenía que ser fuerte… por él.

Pidió a la luna que le diera el valor y la entereza de continuar, de soportar la espera; Annatar era el mejor guerrero que jamás conociera, él saldría vivo de la batalla… pero la espera la carcomería lentamente hasta volverla loca.

Siglos junto a su gemelo y ahora le parecían escasos minutos con él; se lamentó el no haber pasado todo ese día junto a Annatar; poder abrazarlo y peinar sus cabellos dorados; sentir su calor…

─Las estrellas brillan con tal fuerza, ignorando la penumbra de los corazones de los primeros nacidos ─Lúthien saltó sorprendida y el rey le brindó una tenue sonrisa.

Thranduil había entrado silencioso en la habitación de la joven, pues al no recibir respuesta había decidido entrar y esperar a que regresara.

Con tranquilidad y peso meditado, el rey elfo se fue acercando a donde se encontraba la joven y se sentó junto a ella.

Silencio.

Ninguno de los dos pronunció alguna palabra, simplemente observaban las estrellas; la princesa repasó cada rasgo de su padre. Aunque toda la figura de Thranduil parecía estar relajado, para Lúthien los ojos del rey eran tan claros como el agua y podía leer fácilmente su nostalgia a través de ellos.

─Una sombra crece en tu mente ─habló la pequeña viendo a la nada─, poco a poco la esperanza se agota en tu corazón y la cordura cae en un abismo profundo ─Thranduil volteó a ver a su hija y con gran asombro observó que no había ni una sola emoción en su rostro─. Sé que sufres ─dijo al tiempo que fijaba su vista en los zafiros del rey─ y que la culpa carcome tu alma… puedes confiar en mí, no diré nada… puedes desahogarte —Lúthien acomodó con cierta ternura un mechón de cabellos tras la oreja del rey, posando su mano en su mejilla.

Esas últimas palabras lo dejaron completamente congelado y aquella última acción terminó por robarle el calor de su cuerpo… su mirada tan idéntica a la de su esposa, pero esas palabras ¡por Eru!, que eran las que Luinil usó el día en que se conocieron.

─¿Qué haces? ─su corazón dolido atoró las palabras en su garganta y cerrando sus ojos con fuerza giró su rostro para evitar esa caricia que su hija le propinaba en la mejilla.

No es necesario que ocultes tus sentimientos, pues ya lo he visto todo ─negó incrédulo, quería gritarle que se callara pero las palabras se negaban a salir al igual que su lagrimas─; ada*, he visto a través de tus ojos todo el dolor y desesperación… te has esforzado por mantener el reino a salvo; pero la guerra es inminente.

─¡Basta! ─gritó dolido mientras de un salto abandonaba su asiento.

Thranduil había dejado de escuchar la voz de Lúthien y juraba era la de Luinil; el cómo movía sus manos, sus gestos al hablar y aquel mirar… pero seguía siendo el rostro y las facciones de su hija.

La elfa se exaltó al ver lo tenso que se había puesto su padre y abandonando aquella frialdad que utilizó para poder brindarle apoyo al rey, como Ainariël le había sugerido; equivocadamente pensó que él creía que ella ya no le tenía aprecio al mandarlo a la guerra y aunque la princesa había usado aquella postura para no hacerle más difícil la partida, la realidad era que nunca antes había sentido tanto miedo de perder a alguien en una guerra.

No quería perder a su padre; ese elfo que con solo un abrazo la hacía sentirse segura y protegida… sin pensarlo dos veces se levantó y corrió a abrazar la cintura de su padre.

─¡No quiero que te vayas! ─lloró en el pecho del rey mientras este no era capaz de reaccionar─. Te amo demasiado ─susurró con un hilo de voz apenas audible, no tuvo tiempo de meditar sus palabras, su corazón habló por ella.

Los ojos del rey se abrieron de más; nunca antes ninguno de los dos había pronunciado aquellas palabras en voz alta. Lo amaba…, aquella pequeña ya lo amaba; pero lamentablemente él no podía corresponderle de la misma manera. Acarició los cabellos de la elfa que lloraba a lágrima viva en su pecho. Le hubiera encantado poder corresponderle de la misma manera, pero no era así…

─Tengo miedo de perderte ─continuaba llorando─; no tolero la idea de estar lejos de ti… quisiera creer que es un mal sueño, pero veo en tus ojos y sé que es real ─guardó silencio mientras se aferraba más al cuerpo inamovible del rey─. Lo que más amo está a punto de perderse en la obscuridad de… ─no pudo continuar hablando, Annatar y Thranduil estaban al filo de la muerte y nada podía hacerse para evitarlo.

─Veme a los ojos ─ordenó con suavidad el rey, pero la elfa era incapaz de dejar de llorar.

La separó de él con delicadeza y con las manos le subió el rostro obligándola a que lo viera a los ojos; Lúthien se rehusó a subir sus ojos nublados por el llanto y Thranduil lo único que hizo fue buscar su mirada.

─Escúchame. ¡Lúthien, escúchame! ─la elfa no tuvo más remedio que acallar lo más que pudo sus sollozos y ver a los ojos del rey─; te prometo que regresaré…

─No mientas ─ordenó con más lágrimas en sus ojitos azules gríseos.

─Mi pequeña niña ─limpió sus lágrimas con sus pulgares─; ¿recueras lo que te prometí cunado llegaste? ─Ella sólo asintió lentamente─. No pienso faltar a ella, no te dejaré sola. Lucharé hasta mi último aliento ─Lúthien cerró sus ojos reprimiendo su llanto─… necesito que confíes en mí. No llores más… no borres de tu rostro esa sonrisa que tanto te caracteriza; tienes que ser fuerte… yo no puedo irme si tú no estás bien; dame la fuerza y la esperanza de un mundo nuevo. Sé mi luz en la oscuridad y la alegría de mis días ─a pesar de todo Lúthien no dejaba de sollozar.

No lo dudó y se lanzó a los brazos de su padre, necesitaba sentir la calidez que el rey siempre le había brindado y aquella fuerza que impulsaba a su espíritu.

─Te has convertido en una parte importante de mi vida ─continuó hablando en susurros mientras acomodaba su barbilla sobre la cabeza de su hija─; no quiero que te pase nada y por eso tengo que irme, quiero asegurarme de que estarás a salvo… nîn mir nim*.

Con mayor fuerza la pequeña aferró su delgado cuerpo al de su padre. Inhaló el aroma de rey guardándolo en mente, acarició la suavidad de su túnica y atesoró cada una de las caricias que recibía.

El rey continuó abrazando a la elfa hasta que reguló su llanto; besó su coronilla y sin decir más abandonó la habitación, dejando a Lúthien completamente sola. La princesa no tuvo la fuerza para seguir en pie y casi de inmediato se metió entre las sábanas buscando el calor que la había abandonado cuando el rey se marchó.

Abrazó una de sus almohadas recordando cada una de las palabras de Thranduil, Joshufel y… Barahir. No pudo evitarlo, simplemente las lágrimas comenzaron a descender por sus mejillas y mientras la luna subía, su espíritu poco a poco se rendía a la conciencia y cayó dormida con una profunda tristeza.


Era media noche, pero ni la luna ni las estrellas le reconfortaban. Su pesar era grande y no había vuelta atrás; más que nuca se sintió preso del miedo y la nostalgia inundaba lo que un día fue un alegre espíritu de las estrellas.

Una lágrima brotó de sus ojos al recordarla; revivir la poca calidez de su cuerpo, la delgadez de su figura, el volumen de su cabello y el aroma de su piel… cuánto la amaba; ¡Qué no daría por verla sonreír de nuevo! Ya la extrañaba y aun no se iban.

Se atrevió a soñar con tenerla a salvo entre sus brazos en una tierra lejana, donde no existiera el dolor ni el sufrimiento, viendo cómo la luz regresaba a sus ojos… abrazarla y trenzarle coronas de florecillas.

Suspiró.

Tomó una rosa del jardín y sin importarle nada fue hasta su habitación; recorrió todo aquel obscuro pasillo ayudado por el fuego de una pequeña antorcha. Abrió la puerta y casi de inmediato se encontró con el cuerpo de la princesa aferrado a una almohada.

Silencioso, apenas rozando la suela de sus zapatos con la piedra pulida fue acercándose a la cama de la joven. La admiró en silencio como tantas veces había hecho y colocándose de cuclillas observó con mayor detenimiento durante unos minutos cómo caían los caireles por su espalda.

Dejó la rosa en el mueble que estaba al lado de la cama y se puso de rodillas. Su mano por fin se atrevió a rozar la fina piel de su mejilla aun húmeda por el llanto; alisó sus cabellos acomodándolos con esmero detrás de su oreja.

Tras un pequeño suspiro la elfa se giró y despertó con delicadeza encontrándose de inmediato con la sonrisa del elfo.

─Hola ─susurró sin dejar de acariciar sus cabellos.

─Creí que…

─Sh…; lo sé, y lo lamento mucho ─ambos se sostuvieron la mirada─, pero no encontré el valor para enfrentarte…

─Te amo ─susurró sin escuchar las últimas palabras del elfo.

─Y yo a ti ─tomó una de sus manos y comenzó a besar con fervor cada uno de los dedos de la princesa─. No quiero irme, prefiero mil veces quedarme a tu lado… no quiero separarme otra vez de ti… mi alma ya no lo soportaría ─una lágrima descendió de sus claros ojos y se vio obligado a bajar la mirada.

Lúthien se reincorporó y aunando el rostro de elfo entre sus manos limpió con dulzura su lágrima; solo hicieron falta escasos segundos para que el elfo se levantara de inmediato y abrazara a la princesa como si no hubiera mañana… y así era, para ellos ya no existía un mañana.

Nadie sabe por cuánto tiempo permanecieron abrazados; nadie nunca logrará descifrar cuántas caricias más compartieron, ni cuántas palabras… ni siquiera sería posible calcular cuántas lágrimas se derramaron esa noche. Solo la luna fue testigo del último adiós de dos seres que estaban destinados a ser uno mismo… el último adiós de Annatar.


La temida mañana llegó tan lúgubre como los propios corazones de los primeros nacidos. El Bosque Negro se llenó de los lamentos de las familias al ver a sus seres queridos partir a la guerra.

Thranduil al frente, portando orgulloso su armadura y montando con altivez su caballo negro; Orel imponente cual fuero guerrero a la derecha del rey, y Annatar a su izquierda con el rostro cubierto y la mirada mordaz; tras ellos Joshufel y el resto de los capitanes, seguidos de los tenientes y para culminar los subtenientes.

Era triste el ver cómo tan gloriosos seres pronto encontrarían un destino funesto; Legolas sólo pudo ser el soporte de su hermana, aguantando estoico la partida de su padre.


Hîr nîn* ─ Mi señor

Eithel rilfëar*─ Fuente der espíritu destellante

Nana*─ Mamá

Aranel*─ Princesa

Aranel nîn*─ Mi princesa

Adar*─ Padre

Aranya*─ Mi rey

Nîn mir nim*─ Mi joya blanca

Lo sé y antes de que me quemen como a una bruja por desaparecer de la faz de la tierra por más tiempo del que había pensado; déjenme pedir una enorme gigantesca disculpa por haberme ausentado excesivamente mucho (cualquier reclamo estoy completamente disponible)

Bueno, dejando un poco de lado mi excusa… aquí tiene el capítulo "Fin…", sí, sí es el Fin no me he equivocado; el Fin ha llegado al Bosque Negro y solo Eru sabe lo que sucederá…

No esperen, no comiencen a apedrearme; me refiero a que ha llegado el Fin de una etapa para comenzar otra, una (lamentablemente) de guerra y dolor, mucho dolor…

Este capítulo se lo dedico a una fiel lectora, mi querida Martha Duran esto es para ti, espero lo hayas disfrutado.

Besos desde México.