* *** La Historia No Es Más Que Una Adaptación al final, el nombre del autor y el nombre original, de la Historia ****
**** Los Personajes Hijo Propiedad de Stephanie Meyer ****
** Contenido Muy sexual con temas de violación y maltrato **


CAPÍTULO 20

YA habían transcurrido dos días desde que perdiera a Isabella, y ahora, bien pasado el crepúsculo, Edward salió de París, donde los restos del Teatro de la Ópera seguían ardiendo y consumiéndose. A pesar de la hora, la luna llena le daría bastante luz en el trayecto hacia la propiedad donde se había criado.

Al acercarse al límite sur de la inmensa propiedad Black, miró atentamente hacia el horizonte occidental, hacia donde estaban las puertas en la distancia, y vio salir a dos jinetes. Se apresuró a llevar a César hasta un grupo de árboles que bordeaban un bosque más denso. No podía saber de cierto que esos hombres lo buscaban a él, pero venían de la casa de Sam, y era raro que alguien saliera de ahí a esas horas.

Si no iban en su busca en esos momentos, no tardarían en hacerlo.

Aunque César llevaba varias horas soportando su peso, de todos modos respondió a la urgente presión de sus rodillas y aceleró la marcha hasta casi medio galope. Sería muy peligroso cabalgar a galope tendido por ese denso bosque, pero tenía muy claro que debía poner la mayor distancia que pudiera entre él y sus posibles perseguidores mientras daba un rodeo en dirección al pueblo de Black.

Había quedado en encontrarse con madame Esme detrás del establo de La Vache Dormante, la única posada del pequeño pueblo situada en el llano que se extendía al pie de la colina donde se elevaba el castillo.

Cuando llegó al lugar del encuentro, fue a situarse con César detrás de un grupo de árboles, lo bastante cerca para observar el establo y ver a las personas que entraban o salían. Tenía frío y hambre, pues no había comido nada aparte de un trozo de pan rancio desde que abandonó su casa dos noches atrás.

La luna llena arrojaba un resplandor azulado sobre los campos. Pasado un buen rato, vio una figura erguida, envuelta en una capa oscura, caminando a toda prisa hacia él. La reconoció inmediatamente, a pesar de la capa. Gracias a Dios, había venido.

Cuando Esme ya estaba bastante cerca del establo, él arrojó una piedra desde su escondite para que le cayera cerca. Ella miró hacia ese lugar, y él se asomó por un lado del arbusto y le hizo una seña.

—Por aquí —dijo ella, pasando a su lado como si no hubiera visto su gesto.

Él la siguió y bajaron por la ladera de una pequeña colina, alejándose de la posada y su establo, hasta llegar a una pequeña cabaña.

—Aquí estaremos seguros —le dijo, abriendo la puerta cuando él llegó a su lado, e indicándole que entrara.

La cabaña, que era una sola habitación muy pequeña, quedaba oculta del camino principal, y daba la impresión de que nadie la ocupaba desde hacía mucho tiempo.

—Una de las chicas del castillo me contó que su hermano dejó esta cabaña cuando se embarcó de tripulante en un barco mercante. Aquí por lo menos estarás protegido del frío y no te verá nadie —le dijo Esme, haciendo entrar al caballo. —César tendrá que quedarse aquí dentro contigo por un tiempo, porque ese pelaje blanco se ve desde cualquier parte.

—¿Isabella? ¿Has visto a Isabella? —le preguntó él, antes que ella terminara su explicación.

—La he visto y he hablado con ella. Está bien. Tienes las manos congeladas, Edward, y das la impresión de estar a punto de desplomarte. Lo empujó hacia un pequeño jergón. —Siéntate.

Cuando ella ya se dirigía al hogar, él la detuvo.

—No, el humo les advertirá que esta casa no está deshabitada; no necesito fuego. Ahora háblame de Isabella. Sabía que no le convenía oírlo, pero debía.

—No está herida, lesionada ni dañada de ninguna manera —le dijo Esme, metiendo una mano bajo la capa. —Venga, come algo, so tonto. Y he traído un poco de vino también. No le servirás de nada si estás debilitado por el hambre. ¿Por qué no cogiste algo antes de salir de París?

Sacó un envoltorio de paño que contenía queso y carne, y luego un trozo de pan y una pequeña botella de vino.

—Gracias por venir —dijo él, obligándose a pasar la atención a lo que tenía entre manos; ya sabía que Isabella estaba bien; después ya podría sufrir enterándose de los detalles. —¿No has tenido ningún problema?

—La verdad es que no. Todo ha ido sobre ruedas. A la mañana siguiente del incendio, salí de París, como lo habíamos planeado, y me vine a este pueblo. Le envié recado a Rose, y ella se encontró conmigo y luego me llevó al castillo para recomendarme para el puesto de camarera de la planta noble.

—No le dijiste por qué.

—No, no, sólo sabe que el Teatro de la Ópera se incendió y que yo necesitaba un empleo, al menos por un tiempo.

—¿Nadie sabe quién eres, aparte de Rose?

—Nadie. He sido muy discreta y me he mantenido muy ocupada trabajando. —Se miró las manos enrojecidas sin ocultar su fastidio. —No estoy acostumbrada a hacer esos trabajos. Pero, Edward, tenemos que actuar pronto. Jacob no podrá mantener a raya a Sam mucho tiempo.

—¿Jacob ha protegido a Isabella?

Por todo él pasó una oleada de alivio mezclado con celos. No era mejor darle vueltas a una imagen de Isabella con Jacob que a una de Isabella con Sam, aunque por lo menos con Jacob era menos probable que le quedaran marcas de cicatrices.

Pero ¿qué más podría darle ella al vizconde de Black? ¿Su corazón? ¿Qué sería de su amor por él ahora que estaba lejos del Teatro de la Ópera, alojada en comparación con la pobreza de su habitación, en el lujoso castillo, bien atendida en todas sus necesidades y deseos, con criadas, ropa, toda la comida que quisiera, un dormitorio para ella sola, joyas, un hombre que podía caminar por las calles a la luz del día y acompañarla a fiestas y a las tiendas de París? ¿Un hombre que no llevaba diez años oculto en la oscuridad, amedrentado y encogido de miedo?

El queso comenzó a desmigajarse entre sus dedos y cayeron trocitos al suelo. Sería mucho más fácil para Isabella decidirse por un hombre que vivía de día. Sería mejor para ella. ¿Qué futuro podía tener con un hombre que se mantenía oculto?

—Basta, Edward —ladró Esme, como si le hubiera leído los pensamientos. —Has llegado muy lejos para renunciar ahora. Te juro que ella es la más fuerte de los dos en estos momentos, lo que me sorprendió muchísimo. Pensé que la iba a encontrar llorando en un rincón, asustada como una gatita, pero no, está resuelta a hacer lo que deba hacer hasta que tú vengas a buscarla. Te quiere, te ama de verdad.

Esme tenía razón, sin duda, y lo fastidió haber caído por un momento en el desánimo, desviando la atención de lo importante.

—Lo sé —dijo en voz baja, repentinamente desesperado por Isabella.

Se obligó a comer un poco de queso. Le supo poco mejor que el papel, pero al menos era comida. Y se fiaba de Esme como no se fiaba de nadie, porque ella había sido la única madre que había tenido desde que murió la suya hacía ya casi quince años. Fue Esme la que lo ayudó a encontrar el refugio en el subterráneo del teatro cuando finalmente tuvo que huir de los Black. Desde el comienzo, ella había estado en contra de su amor por Isabella; por eso, si ahora lo apoyaba, es que era lo correcto.

Esme le tocó la mano; sintió calientes sus dedos en la piel fría.

—Estás tan acostumbrado a esconderte del conde y sus amenazas que no me extraña que vaciles.

—Pero ya han pasado diez años desde que me obligó a esconderme; he pasado diez años viviendo bajo tierra debido a algo que no hice. Siempre me han perseguido las imágenes de los cuerpos de esas tres mujeres, no, de esas niñas, porque no podían tener más de quince años. Fue abominable lo que les hizo.

—¿Qué pruebas asegura tener que te implicarían en esos crímenes? Edward se encogió de hombros y tomó otro bocado del queso.

—No las he visto, lógicamente, pero ¿quién creería en la inocencia de un monstruo horripilante, contra la palabra de un Black rico y poderoso? —dijo, furioso. —No he pasado un solo día sin pensar si debería darme a conocer y correr el riesgo, e intentar recuperar aunque fuera la humilde vida que llevaba y por lo menos poder llamarla mi vida, en lugar de seguir escondido en la oscuridad debido a mi malvado hermanastro. Pienso en todos esos años que he perdido a causa de mi miedo, de él, con su riqueza y poder, y me reprendo por mi debilidad.

Esme cerró la mano en su muñeca, y el contacto fue absolutamente consolador para un hombre que había tenido tan poco afecto.

—Fuerte en la mente y en el corazón; eres muy, muy fuerte en muchos sentidos, Edward, pero tienes una enorme debilidad, por algo que no has estado dispuesto a arriesgar, tu libertad, o volver a una vida de ridículo y de perderte a ti mismo. Eso no es sorprendente ni es un gran defecto. ¿Quién de nosotros no haría lo que debe para mantenerse libre? Eras muy joven entonces, ¿lo recuerdas, Edward? No podías tener más de diecisiete años, tal vez dieciocho, cuando tuviste que buscar refugio. ¿Y cómo era tu vida antes de eso? Todo burlas y sufrimiento. No es de extrañar que optaras por hacer lo que hiciste. No es de extrañar.

—Incluso ahora, cuando está en peligro la mujer que amo más que nada en el mundo, me escondo. Me escabullo por los rincones como un escarabajo, y dependo de ti para que me traigas noticias, para que hables con ella y la tranquilices.

Esme lo miró con un destello en los ojos desconocido para él.

—Edward, ¿hace falta que te diga que estás haciendo todo lo que puedes? —Negó con la cabeza. — No, creo que no. Te ayudo porque te quiero y porque deseo que tengas algo «bueno» en tu vida, después de todos estos años de angustia. Cuando llegue el momento oportuno para que abandones la oscuridad, lo harás.

Él había terminado de comer el queso y bebió un trago de vino para aliviar la garganta, que de repente sentía oprimida. Nadie le había hablado jamás con tanta amabilidad y confianza.

—Gracias —dijo, asintiendo.

Se quitó el manto de las dudas y oscuridad que había caído sobre él, y puso a trabajar su ágil mente.

—Conozco todas las entradas y maneras de entrar en el castillo —dijo—, pero no me cabe duda de que mi hermano estará esperándome. Estará vigilante. Tenemos que encontrar una manera de sacar a Isabella de ahí. Dime, ¿se pasa la mayor parte del tiempo… sola? ¿En su habitación? ¿O…?

Bebió otro trago de vino, con los dedos tensos sobre el liso vidrio de la botella.

—Anoche cenó con los hermanos Black y la condesa, pero hoy ha pasado mucho tiempo en su habitación, sola. Aunque no creo que dure mucho porque, como he dicho, Sam se está impacientando.

—En el instante en que Jacob se dé la vuelta, hará lo que desea —dijo Edward, hincando el diente en el último trozo de pan. —Isabella debe escapar antes que ocurra eso. Quizás en algún momento en que Sam esté muy ocupado o distraído por algo.

—Oí decir que mañana espera visitas. Tal vez cuando esté reunido con esas… Edward ya estaba asintiendo.

—Sí, sí. Ese será un buen momento. A Sam le gustan los gestos grandiosos; él y la condesa comerán con ellas, pero ¿y Jacob? Si está ahí, es probable que Isabella vaya cogida de su brazo a sentarse a la mesa.

—Jacob debe volver a París mañana por la mañana, por algo que tiene que ver con su enrolamiento en el barco y su próximo viaje.

Eso significaba que Isabella se quedaría sin su protector.

—Entonces debemos hacerlo mañana. ¿Sabes a qué hora llegarán los invitados? Ella estaba mirando por la ventana.

—A última hora de la mañana, he oído. El conde dio la orden en la cocina de que prepararan una comida abundante. Edward asintió.

—Estupendo. Jacob no estará y eso lo hará más fácil. Necesito que montes alguna cosa, algo que distraiga la atención de los guardias para que ella pueda escapar. Un incendio en el establo iría bien. Los caballos estarán fuera paciendo, pero el fuego será un peligro de todos modos.

—Puedo encargarme de eso —dijo Esme, asintiendo.

César relinchó nervioso, levantando y agitando las orejas y dando unos saltos por la pequeña cabaña. Edward se le acercó a darle palmaditas en las ancas.

—Tranquilo, muchacho —le susurró, pensando si no habría detectado la presencia de un lobo. — Vigila el camino de vuelta; siempre ha habido lobos por aquí, y no tienen miedo.

—Lo haré.

Él volvió la atención a los detalles.

—Si el incendio se inicia en el establo durante la comida, hará salir a Sam y a sus invitados. Comiénzalo un cuarto de hora antes de que sirvan la comida, en la parte de atrás, en el altillo. Cuando lo noten, las llamas ya se habrán elevado. Que Isabella salga de su habitación por el pasadizo del que te hablé; desde ahí puede salir del castillo por el lado sur, al otro lado del establo. Yo estaré esperándola con César.

Esme le cogió la cara entre las manos, algo que no había hecho nunca; sintió frescos sus dedos en la piel de la parte desnuda, y en la parte desfigurada, la presión sobre su máscara.

—Eso haré —dijo. —Cuídate, Edward. Él asintió y se dejó abrazar.

—Gracias, Esme. Gracias por todo lo que has hecho.

En la puerta de la cabaña la detuvo, con el oído atento. El suave crujido que había creído oír no se repitió. Pasado un largo rato de observar y esperar en silencio, y viendo que César continuaba

tranquilo, le dijo:

—Ahora vete y ten cuidado con los lobos.

—Hasta luego, Edward —dijo ella. Y desapareció en la oscuridad.


Hola a todas mil disculpas por no actualizar pero no se preocupen mañana subiré otras 4 capitulo para terminar rápido con la adaptación y pasar a la siguiente que ya la estoy preparando gracias a todas por sus comentarios nos vemos mañana.