Aurora abrazaba a sus hijos con todas sus fuerzas, en un intento desesperado para que no vieran el sádico espectáculo. Philip estaba arrodillado al borde del agujero, inmóvil, con una mano extendida hacia el ya inerte cuerpo de Joan. No podía apartar la mirada de la repulsiva imagen, y observó como el cuerpo de Joan fue cubierto por el sinnúmero de reptiles, hundiéndose en aquella viscosa maraña. Owein le alcanzó y le sacudió un hombro. En su mano sostenía una antorcha recién encendida.

-No podremos recuperar el cuerpo. Hay que quemarlo todo.

Al oír aquellas palabras, Philip se incorporó y se abalanzó sobre su cuñado.

-¡No! ¡¿Acaso no ves que puede seguir viva?! –bramó.

Owein, a pesar de todo, mantenía la tranquilidad.

-Por eso precisamente. Vamos a evitarle más sufrimientos.

Se apartó de Philip y se dirigió hacia los soldados, a los que les dio una seca orden. Inmediatamente, se dirigieron a la cocina y sacaron un enorme barril lleno de aceite para cocinar y leños. Apresuradamente, vertieron el contenido del tonel en el hoyo, al igual que los troncos. Acto seguido, Owein arrojó la tea.

Philip lo observaba todo sin hacer ni decir nada. Estaba demasiado conmocionado. Joan, quien había sido su mejor amiga toda su vida, ahora yacía frente a él, quemándose viva y medio comida por los reptiles. Jadeando, Philip se llevó una mano a la cabeza, intentando serenarse sin resultado.

Aurora le observaba, conmovida. Por un momento, olvidó todo su enfado hacia Philip. Ahora él estaba sufriendo, y su pena era más importante que cualquier engaño, por grande que fuera. Se separó de sus hijos y fue hacia él. Extendió la mano hacia su rostro y le acarició suavemente la mejilla.

-Philip…-susurró.

Él la miró a los ojos, con la misma mirada de un niño que necesita consuelo. Aurora insinuó una sonrisa y le abrazó. Entonces, Philip se derrumbó en sus brazos, llorando amargamente, mientras ella le susurraba palabras de consuelo. Detrás de ambos, la enorme fogata ardía con una fuerza extraordinaria, danzando vivamente, como un ser dotado de alma propia.


Nadie se molestó en retirar los restos calcinados una vez las llamas se hubieron extinguido, sino que Owein ordenó a los acongojados sirvientes que rellenaran el agujero, tras hacer que liberaran a Neriah. Owein no se ocupó personalmente de gestionar la tarea, sino que dejó a uno de los criados al mando y se internó en la fortaleza para reunirse con su familia. No era el reencuentro que él se había imaginado una y otra vez, pero era un reencuentro, al fin y al cabo.

Por su parte, Philip también disfrutaba de un momento a solas con su familia, aunque de otra manera. Estaban en el enorme dormitorio de Joan, gozando de un breve momento de tranquilidad. Rose y Galen estaban contentos por tener de nuevo a su padre con ellos, y no cesaban de hacerle preguntas sobre sus aventuras en la guerra. El príncipe estaba afligido por la muerte de Joan, sin embargo, intentó mostrarse alegre ante sus hijos, respondiendo a cada pregunta con una sonrisa. Aurora, una vez recuperado Philip, volvía a mostrarse distante con él.

Poco después, tanto Rose como Galen yacían en un lecho, profundamente dormidos. Sentada al borde de la cama, Aurora los observaba dormir con una sonrisa triste. Philip estaba sentado en un confortable sillón, meditabundo. Fue entonces cuando Aurora decidió abordarle con una pregunta que llevaba tiempo queriendo hacer.

-¿Es cierto que te acostaste con Joan? –preguntó a media voz.

Aunque conociera de sobra la respuesta, Aurora quería oír la verdad de labios de Philip. Él, al escuchar sus palabras, se volvió hacia ella y la miró a los ojos. Aurora le observaba completamente seria, y entonces Philip comprendió que ella sabía la verdad. Decidió sincerarse con ella.

-Sí –se limitó a decir. Tras una larga pausa, preguntó- ¿Te lo dijo ella?

Aurora asintió con la cabeza.

-Tiene un hijo, ¿sabes? Me dijo orgullosa que ese niño era hijo tuyo…-prosiguió la princesa en tono sereno, como si todo aquello le fuera completamente ajeno.

Philip suspiró, apesadumbrado.

-No sé si es hijo mío o no –respondió- Y tampoco voy a intentar disculparme por lo que pasó, pues no tengo excusa. Pasó lo que pasó, y ya no hay marcha atrás.

Aurora dejó a Philip solo con sus pensamientos durante un rato. Desvió su mente hacia Joan, sintiéndose un ser despreciable y egoísta. Joan, a su manera, había amado a Philip, desde antes incluso de que él y Aurora se conocieran. ¿Qué derecho tenía Aurora, pues, a decir que Philip era todo suyo? ¿Un documento que proclamaba que estaban prometidos desde la infancia? Eso no servía de nada, de nada en absoluto.

¿Qué derecho tenía Aurora a sentirse herida por que Philip se hubiera acostado con Joan cuando, quizás, su corazón ni siquiera le pertenecía? ¿A quién pertenecía el corazón de Philip?

-Tú la amabas, ¿verdad? –murmuró.

Philip tragó saliva.

-La amé una vez, hace ya mucho tiempo. Éramos los dos un par de críos. La quería como a una hermana...-hizo una pausa- Sin embargo, mi corazón pertenece a otra persona...

Mientras Philip hablaba, Aurora se levantó de la cama y se sentó en sus rodillas, sonriendo, triste y aliviada a la vez.

-¿Quieres ir a dar un paseo? –preguntó.

Él asintió con un gesto, y los dos salieron a hurtadillas del castillo. Se adentraron en el bosque, cogidos de la mano, sin decirse nada, sumido cada uno en sus pensamientos. Pasada una hora, los dos se tendieron a la sombra de un enorme roble. Philip acariciaba suavemente el dorado cabello de su esposa, y ésta se acurrucó junto a él, apoyando la cabeza en su pecho.

-¿Qué vas a hacer con el niño? –preguntó.

-Llevarlo con sus familiares, para que se ocupen de él. Aunque –añadió- yo pagaré parte de su manutención. Te ruego que lo comprendas, pero debo hacerlo. Es el hijo de una amiga, de una buena amiga.

Philip hablaba de ella recordando los alegres momentos vividos a su lado, intentando mantener aquellos recuerdos vivos en su memoria. Aurora hizo un amago de sonrisa.

-Lo entiendo –respondió.

La princesa se recogió aún más junto a él y cerró los ojos.

-Te he echado de menos –susurró tras una larga pausa.


Nota: Siento mucho que el capítulo haya sido más corto que los anteriores, pero es que apenas he tenido tiempo de nada. Sin embargo, puedo asegurar que me he esforzado de veras por ofreceros lo mejor que he podido.

A otra cosa: ¡Veinte capítulos! No me lo creo ni yo... En serio, nunca pensé que podría llegar a escribir tanto en mi vida. Unas treinta y tantas mil palabras dicen mucho, aunque esas palabras sólo sean chorradas salidas de una mente muy fumada. Aunque el fic no acaba aquí, quise hacer un comentario porque, sencillamente y como dije antes, nunca había escrito tanto en mi vida (en una historia. Los apuntes del colegio son otra cosa bien distinta, xd).