Disclaimer: Ninguno de los personajes, lugares, o nombres aquí mencionados son de mi pertenencia. Todos son propiedad de ©Nickelodeon, Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko. Basado en La Leyenda de Korra.


~Cuento de Hadas~

Por: Devil-In-My-Shoes


Capítulo XX

Así fue como Asami se convirtió en una presencia habitual en el pabellón de heridos, porque su extraña habilidad daba mejores resultados que los sedantes de los sanadores a la hora de quitar el dolor o cualquier tipo de padecimiento que hubiera en aquella estancia. A veces sólo tenía que sentarse junto a un guerrero para que éste se calmara, aunque otras veces, por ejemplo, si extraían a un hombre una flecha o al despertarse un herido después de una intervención, hacía falta un esfuerzo mayor.

Había días en que la mente de la joven se repartía al mismo tiempo por varios sitios del pabellón, calmando el dolor donde más falta hacía, en tanto que caminaba entre las filas de pacientes, y buscaba con la mirada a aquellos hombres y mujeres yacentes que más se atemorizaban por el mero hecho de su condición o su inminente muerte. No se trataba de enfrentarse al tipo de pesar autodestructivo que sufrían los cazadores que quedaban tras ver morir a uno de sus compañeros, sino de otras emociones, más insidiosamente negativas, que había que transmutar.

La desconfianza en uno mismo, tan familiar para ella, era una de esas emociones. No había ningún cazador de la Partida Real que no la sufriera. A menudo se avergonzaban de sí mismos por sus heridas o por las muertes y heridas de aquellos a quienes habían tratado de salvar. Todos, sin excepción, compartían de alguna manera la angustia del fallecimiento de la Cazadora Real Izumi. Y al estar solos tanto tiempo, con la única compañía del dolor y los recuerdos, esa desconfianza en sí mismos tendía a crecer.

Tampoco era raro que algunos de ellos desarrollaran fobias, especialmente si habían sido víctimas de un guerrero fey o habían estado solos durante largos periodos antes de su rescate. Una vez, Asami tuvo un encuentro con una cazadora que intentó estrangularla. Habían pasado tres días desde ese entonces y ella aún podía sentir las manos de la cazadora alrededor de su cuello, ahorcándola con una fuerza descomunal.

Tan sólo el terror que le tuvo alguna vez a Kuvira podía compararse con el miedo cerval que se apoderó de Asami en aquella ocasión. Encontrarse frente a la ira pura, incluso el odio que destellaron esos fríos y desesperanzados ojos azules, la desarmó. Quedó petrificada, suspendida contra el brutal agarre de una mujer tan rota y herida, tan cegada por la furia y el rencor, que no sabía lo que hacía.

Quizás fue el sentir cómo le aplastaba la tráquea o el verla sucumbir a la desesperación que le inducía la falta de oxígeno, lo que hizo a la cazadora recapacitar finalmente. De un momento a otro, la mujer la dejó caer y se retrajo contra el muro del pabellón, empequeñecida como un animal acorralado.

El silencio se llenó con el sonido de la incesante tos de Asami y los acelerados jadeos que buscaban compensar la escasez de aire en sus pulmones. Se había encontrado al borde del desmayo, de la muerte incluso.

Temblorosa y pálida como estaba, Asami reunió el valor para voltearse y mirar a la cazadora que la había atacado. Vislumbró el contorno de su cuerpo en medio de la oscuridad de la tienda, hecha un ovillo en el piso, estremeciéndose y llorando desconsolada. Una vez que el miedo en ella se hubo desvanecido, Asami se tambaleó con pasos débiles en aquella dirección, buscando arrodillarse al lado de la quebrantada mujer.

—Lo siento, lo siento mucho —gimió la cazadora—. Eres terroríficamente hermosa… Te pareces a ellos, a los fey…

Todavía no había podido olvidar la impresión que le causó sentir a esa cazadora venirse contra ella en cuanto la tomó por los hombros, en signo de disculpa, y abrazó su torso y se aferró de la tela de su túnica en respuesta, humedeciéndola con lágrimas. En la efímera brevedad de un segundo, la misma Asami sintió cómo sus propios ojos se anegaban.

—No ha sido tu culpa. Lo veo claramente —la tranquilizó.

Y se quedaron allí, de rodillas las dos, por lo que pudieron haber sido solamente unos pocos minutos disfrazados de eternidad. Abrazándose, sollozaron juntas. Entonces la cazadora se separó, aunque sin soltarse de Asami, y recorrió con dedos temblorosos las rojizas magulladuras que habían comenzado a formarse alrededor de su cuello, tras intentar asfixiarla.

—Soy un monstruo, como ellos… —dijo—. ¡Mira en lo que me han convertido!

Entonces giró su demacrado rostro, desviando la mirada. Y sin embargo, Asami alcanzó su largo y reseco cabello, peinando los mechones enmarañados detrás de su oreja, con la intención de despejar su faz y poder contemplarla directamente. Por poco rompió a llorar una segunda vez. Se le partió el corazón al desenterrar la infinita tristeza que guardaban esos, ahora vacíos, ojos azules.

La voz quebradiza y rasposa de la cazadora continuó suspirando lamentos, hasta que por fin, Asami le transmitió la paz suficiente para hacerla dormir.

Después de eso, Asami fue incapaz de abandonar a los cazadores caídos. Aún cuando su brazo herido se había recuperado lo suficiente como para viajar de regreso a la Ciudadela Real, Asami insistió en quedarse. El despertar de su magia la había hecho sensible al dolor de los demás y su necesidad de ayudar era casi instintiva e irrefrenable. Tenía que estar allí para ellos, así vivieran o murieran en sus manos. Para la mayoría de heridos había una compleja confusión de odio y culpa que resolver y tratar.

Odiaban a quienes habían sido los causantes de su dolor, fuese directa o indirectamente, y se sentían muy culpables porque se suponía que los cazadores de la Partida Real no odiaban a nadie. Se suponía que los cazadores comprendían a los demás. Se suponía que eran personas capaces de alejar el odio, y no los que caían presas de éste. No se les pasaba por la cabeza que un Cazador Real no tenía por qué ser una especie de semidiós sobrehumano, ni que un poco de odio pudiera ser sano.

Pero la emoción más insidiosa y más difícil de tratar era la desesperación. Y la desesperación era más que comprensible cuando estaba claro que un cuerpo estaba demasiado grave como para recuperarse del todo. Una noche, Asami se quedó hasta tarde en el pabellón de los heridos para intentar salvar la vida de un hombre. Muy rara vez era capaz de conseguirlo y, si lo lograba, siempre se trataba de cazadores poseedores de una gran fuerza de voluntad que se hallaban al borde de la muerte, algunos de ellos sufriendo mucho, o bien, estando inconscientes.

En el momento en que se rendían, ella les transmitía entereza y valor si así lo deseaban; podía ayudarlos a aferrarse con fuerza a su yo evanescente, pero no siempre daba resultado, porque si un hombre no dejaba de sangrar era imposible que siguiera vivo, por mucha firmeza y resolución que mostrara en su lucha contra la muerte. No obstante, de vez en cuando les daba el impulso suficiente para que lo consiguieran.

Ni que decir tiene que este proceso la dejaba exhausta.

Además, existía el número constante de víctimas del corazón, afligidas por lo que parecía ser un dolor interminable, un dolor como el de Kuvira. Y Asami era aún demasiado inexperta y mentalmente débil como para sanar un dolor semejante, por más que quisiera hacerlo.


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La lluvia resbalaba por los inclinados techos de las carpas y se precipitaba hacia el lodoso suelo del campamento. Era una mañana oscura, que destilaba los primeros signos de la llegada del otoño. Asami se encontraba sentada sobre su camastro, acompañada de Arquímedes, que se había acurrucado en su regazo. El repiqueteo de las gotas en el techo de la tienda y en las hojas de los árboles le estaba dando sueño.

Asami se preguntó cómo estaría el jardín de su antigua casa ese día, con el agua tintineando en los techos de laja, desbordándose por los canalones y vertiéndose por un grueso caño de desagüe pluvial que se deslizaba, sinuoso, por la pared del patio y acababa en una gárgola que vomitaba agua en el estanque de la fuente. En días así, el estanque se desbordaba al piso del patio.

Que el jardín se inundara en los días lluviosos nunca resultaba incómodo. Tenía un diseño extraño, muy fácil de revertir. Y no causaba daños estructurales en un patio que originalmente se había construido para que le lloviera encima; además a Asami le encantaba, cuando era pequeña solía sentarse en las gradas de la entrada para contemplarlo.

Las baldosas del suelo alrededor de la fuente estaban adornadas con mosaicos de peces que parecían saltar y nadar bajo el lustre del agua. La intensión de Hiroshi había sido dar un aspecto espectacular al jardín en días de lluvia, así su hijita podía disfrutarlo aunque no pudiese salir a jugar.

—Voy a la herrería —anunció de repente, demasiado cansada de no hacer más que vagar en sus recuerdos.

¿Con este diluvio? —se quejó el gato—. ¿Es que no puedes quedarte quieta ni siquiera un día?

—Necesito distraerme —dijo simplemente ella—. Para no pensar.

Salió con la capucha de su capa puesta y, en cuestión de segundos, estuvo calada hasta los huesos. Senna y sus cazadores se habían movilizado desde la madrugada, apresurados en conseguir suficiente alimento para abastecer a un creciente número de heridos, por lo cual Asami no se encontró con nadie mientras recorría el campamento. Se desvió un poco hacia el este, lejos de las tiendas de campaña.

Bordeando las dianas donde solían practicar los cazadores aprendices, la joven distinguió un amplio campo de bocas de dragón. Más allá de las flores se alzaba un edificio de piedra achaparrado y construido de forma apresurada, con varias chimeneas por las que salía el humo. El golpeteo musical de metal chocando con metal en diferentes tonos y ritmos sugería que había tenido éxito en su búsqueda de la herrería.

Asami reconoció al hombre que venía en su dirección, pisando con fuerza. Alto, de mandíbula fuerte y gesto comprensivo. Parecía un enorme oso erguido y cuando se detuvo junto a Asami, ella se sintió minúscula en comparación. Al verle bien el rostro, supo que Korra no había heredado sus expresivos ojos de su madre, sino de su padre, el jefe Tonraq.

—¿Qué hace bajo esta lluvia, señorita Asami?

—Esperaba poder echarle un vistazo a la herrería —replicó—. ¿Quizá calentarme un poco y secar mi ropa junto a la forja?

—Buena idea —rió él, e hizo un gesto de cruzar bajo el aguacero hacia la herrería, deseoso por resguardarse de la humedad—. ¿Intentamos llegar de una carrera?

Aquella sugerencia le provocó una amplia sonrisa a la joven.

—¿A la cuenta de tres?

Corrió junto al padre de Korra cuesta abajo hasta internarse en el campo de flores. El macizo de bocas de dragón se había anegado y una de las botas se le hundió profundamente en el barro; faltó poco para que se fuera de bruces al suelo. Cuando Tonraq llegó a su lado y la sujetó por los brazos, con el propósito de sacarla del atolladero, se le hundieron también los pies en el fango. Con una fugaz expresión de desastre inminente, el cazador cayó hacia atrás, encima de las flores, con tan mala fortuna que, al tirar de Asami, aunque la sacó del barro, también la lanzó despatarrada por el aire.

Metida de bruces en las bocas de dragón, Asami escupió lodo. Después de eso ya no tenía sentido guardar las formas. Cubiertos de barro y de flores rotas, se ayudaron a levantarse el uno al otro; tambaleándose, riendo hasta quedarse sin resuello, llegaron al cobertizo que comprendía la mitad delantera de la herrería. Entonces escucharon que alguien salía de la forja y Asami se tensó al ver que era Mila. Tenía las manos manchadas de hollín y llevaba las mangas enrolladas, que dejaban al aire sus musculosos antebrazos.

—¿Qué haces tú aquí? —dijo la cazadora, recorriendo con rapidez su aspecto mojado y sucio, y a continuación hizo otro tanto con Tonraq.

—Quería echar un vistazo —se defendió la joven mientras intentaba quitarse el barro de los pantalones.

—¿Y decides hacerlo bajo este aguacero? —la increpó.

—¿Hay un mejor momento? —repuso Tonraq—. Mientras los demás están de cacería, esta pobre chica debe estar muriéndose de aburrimiento.

—¿Acaso no tiene deberes con los heridos?

—Hoy no —arguyó Asami, frunciendo el ceño ante la terquedad de Mila—. Sé que lo hago voluntariamente, pero también necesito un poco de tiempo para mí o podría desfallecer.

La cazadora no se veía muy feliz al respecto, empero terminó por encogerse de hombros y bufó resignada.

—Bien. ¡Pero no toques nada!

Con esa advertencia, Mila se apartó de la puerta y la dejó entrar en la forja. Antes de seguirla, Asami se volteó hacia Tonraq. Lo observó con detenimiento y descubrió que le quedaban muy bien los manchurrones de barro en la cara. Parecía un hermoso barco de remos hundido.

—¿Acaso Mila es dueña de la herrería?

—No, pero su familia se ha dedicado a forjar armas desde hace décadas. Su padre, Ornik, es el mejor herrero de la tribu. Mila insiste en forjar sus propias armas y trabaja con él de vez en cuando.

—¿Todos los cazadores saben trabajar el metal?

—Sólo algunos, hombres en su mayoría —admitió Tonraq—. Las mujeres prefieren montar sus caballos y concentrarse en cazar. La herrería les resulta demasiado metódica, requiere de cierta habilidad, creatividad e ingenio. Eso suele desesperarlas —rió.

—Hmm.

Al entrar en la forja, Asami se vio rodeada de un agradable calor, producto del fuego que ardía en los distintos hornos. Las paredes estaban repletas de herramientas y utensilios, cada uno más extraño que el otro. La joven los repasó con curiosidad, poseída por un peculiar hormigueo en la punta de sus dedos. Por alguna razón, esto la emocionaba: la posibilidad de crear, de inventar…

Mila sostenía unas tenazas pequeñas entre unas ascuas ardientes y accionaba un fuelle con la mano derecha. Con una rapidez asombrosa, sacó las tenazas del fuego —mostrando así un anillo de hierro candente atrapado entre sus extremos—, pasó el anillo por el borde de una armilla incompleta, colgada encima de un yunque, agarró un martillo y cerró los extremos abiertos del anillo a golpes, entre un estallido de chispas.

—¿Qué fabricas?

—Un detalle —replicó, concentrada—. Para la empuñadura de mi nueva espada.

Dejó el anillo sobre la fragua apagada y sacó de un barril la espada más grande Asami había visto en su vida. La hoja, reluciente como un relámpago, goteaba agua del pilón de templar. Mila empuñó la espada con toda la autoridad de un guerrero. Miró los dos filos del arma y flexionó tanto la hoja entre sus manos que Asami temió que se rompiera. Luego, en un solo movimiento, Mila giró la espada por encima de la cabeza y la bajó de golpe sobre las tenazas que descansaban en el yunque, partiéndolas por la mitad con un resonante tintineo.

—Lo siento por el fey que se atreva a acercarse a mi tribu —sentenció—. El hierro de mi espada los aniquilará.

—¿Pretendes luchar?

—Pretendo defenderme. Y a mi gente también.

—¿Sabes a lo que te enfrentas?

Mila suavizó la severidad de su semblante y le tendió la empuñadura a Asami. Ella la recibió con mucho cuidado y probó cómo estaba equilibrada. La longitud de la hoja era casi igual a la altura de la cazadora, y tan pesada que Asami tuvo que echar el resto con hombros y piernas para lograr levantarla. La movió con esfuerzo en el aire y la contempló llena de admiración, encantada con su brillo uniforme y la sencilla y excelente empuñadura, complacida con la solidez y el peso equilibrado que tiraba de ella hacia el suelo.

—Es muy hermosa, Mila —afirmó, para añadir a continuación—: La estoy llenando de barro y es una verdadera lástima.

La cazadora liberó sus manos del peso de la espada y manifestó:

—Te has ganado una buena reputación entre los cazadores de la Partida Real, y no sólo entre los convalecientes —le dijo—. Una reputación que se ha propagado por todo el ejército, ¿lo sabías? Dicen que tu belleza es tan poderosa y tu mente tan cálida, fuerte y perseverante, que eres capaz de conseguir que haya quien regrese de entre los muertos.

—Mucha gente ha muerto —susurró ella—. Intenté que no se fueran, pero…

Ambas guardaron silencio.

—No eres una mujer normal —concluyó Mila—. ¿Qué demonios haces aquí, perdiendo tu tiempo entre nosotros? ¿Por qué no regresas a la Ciudadela Real, donde estarías más cómoda y a salvo?

—No puedo mostrarme indiferente ante el sufrimiento de otros. Sé que no soy una guerrera, pero siento que también es mi deber participar en esta guerra, de cualquier manera en la que me sea posible hacerlo.

—Entonces, ¿no lo haces sólo por Korra?

—Korra es sólo una de las miles de personas a quienes me gustaría salvar… Estoy cansada de ver morir a la gente que aprecio. Soy capaz de sobrellevar la desgracia de mis padres, si no queda más remedio —se estremeció—. Pero soportar una tragedia más me sería imposible… ¿Por qué mis amigos han de ser siempre soldados?

Mila suspiró y le tocó el hombro, consciente de que sino cambiaba de tema, aquella conversación terminaría en lágrimas.

—Bueno, si vas a vivir entre cazadores, más vale que te enseñe nuestro código de flechas. No lo habías olvidado, ¿o si?

Asami sonrió.

—Por favor —asintió—. Siempre estoy deseosa de aprender cosas nuevas.


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—Desde que las primeras tribus de cazadores abandonaron el reino Aqua para esparcirse por el resto del mundo, nos vimos en la necesidad de crear un método claro e infalible para transmitir mensajes, y que al mismo tiempo, fuese imposible de falsificar. Por eso se creó el código de flechas, que hasta ahora nadie ha conseguido descifrar. Todo empieza con esto…

Con dedos hábiles y expertos, Mila separó con cuidado las barbas de la pluma de una sencilla flecha con una banda de color blanco que había sacado de su aljaba. Asami observó que escogía con precisión las barbas que arrancaba y de qué flechas lo hacía. Sin embargo, cuando hubo terminado, por el aspecto de la flecha daba la impresión de que alguien simplemente la había manejado con demasiada brusquedad.

—Esta es mi marca —dijo—. El código consiste en contar las barbas de la pluma. Sólo cuatro personas saben reconocer las marcas de cada miembro de esta tribu: la Gran Cazadora Senna, el Jefe Tonraq, la Matriarca Katara y otro de los ancianos. Todos los cazadores, de todas las tribus, conocen la marca de la Cazadora Real, y ella debe saber de memoria las marcas de todos.

—Es impresionante —se sorprendió Asami—. La memoria de la Cazadora Real Izumi debió haber sido perfecta.

Hubo un destello de tristeza en la mirada de Mila.

—Así era… —suspiró y volvió a enfocarse en la labor—. En fin. Esta señal indica que el mensaje que se expresa mediante el color de la banda, al final de la flecha, lo envío yo y nadie más. Si fueras una cazadora, Senna te asignaría una marca y tú tendrías que aprender a hacerla con los ojos cerrados y las manos detrás de la espalda. Nunca se sabe bajo qué condiciones estará un cazador cuando necesite enviar un mensaje.

Asami asintió, concentrada y fascinada a la vez.

—Lo que sigue es un poco más complicado, así que presta mucha atención —le dijo—. En general, se basa en el color de las bandas que adornan las flechas. Una banda blanca significa que no hay problemas, «todo está en orden, adelante». Se suele utilizar para indicar que hay otro cazador adelante e identificarlo. El color verde indica que se envíe a un sanador. La banda marrón le dice al receptor que espere otro mensaje; hay problemas, no son graves, pero requieren de su atención. Azul significa «traición». Con el amarillo se solicita ayuda militar. Si un cazador detecta un conflicto armado cerca del territorio de su tribu, enviará una flecha con varias bandas amarillas, dependiendo del número de unidades que solicite. Si las envía todas, pide la ayuda de toda la Milicia Real.

—Entonces —intervino Asami—. Así fue cómo se enteraron de lo que sucedía en el reino Aqua.

—Una flecha de bandas amarillas llegó a manos de Izumi. Ella reportó esto al Rey, y le dio tiempo a la Milicia Real de prepararse. Para cuando un heraldo del reino Aqua llegó a pedir ayuda, el ejército entero ya estaba dispuesto a marchar con él.

—¿Siempre envían las flechas con un halcón mensajero?

—Con un halcón o desde el arco de uno o varios arqueros. Depende de la distancia que necesite recorrer el mensaje. Ahora bien, las bandas rojas significan «gran peligro, vengan a toda prisa». Después, está el color negro.

Mila se detuvo y miró fijamente a Asami.

—Todo cazador ruega a los cielos el jamás tener que enviar una flecha negra, Asami. Significa que se han producido o se producirán muchas muertes o alguna catástrofe. Antes de caer en batalla, Izumi ya había puesto en circulación una flecha de banda negra… Todas las tribus están conscientes de lo que está sucediendo en el reino Aqua.

Asami sintió que un extraño escalofrío le recorría la espalda y de repente, el agradable calor de la forja le pareció inexplicablemente insoportable.

—Hay una variante dentro del código para las flechas negras que también debes conocer —anunció Mila—. Una flecha negra, intacta salvo por la marca de sus plumas indica «desastre total, se pide ayuda o rescate». Si se envía la flecha rota en pedazos, significa «desastre, no hay esperanza. No intentar rescate». Además, si se le quita la punta a una flecha, se está diciendo que aquel cuya marca figura en las plumas ha muerto. La flecha sin punta puede ser de cualquier color, siempre y cuando lleve la marca de un cazador en las plumas.

—Ahora comprendo —musitó Asami, recordando la noche en que se supo del fallecimiento de la Cazadora Real.

—¿Crees que puedes aprenderte todo eso?

—Sí —sonrió ella—. Ya lo he memorizado.

Mila hizo lo imposible por no mostrarse impresionada.

—Bien… Muy bien.


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Asami comenzó a dividir equitativamente su tiempo entre el pabellón de heridos y la herrería. Ver a Mila y a los demás herreros trabajando el metal la llenaba de inspiración. Ella misma empezó a idear y diseñar sobre el papel, mezclando ambos mundos. Pensaba que un guerrero que había perdido una pierna no tenía por qué conformarse con muletas de madera; podía forjársele una pierna. Mila dijo que estaba loca, mas la idea nunca abandonó su cabeza. Podían crearse artefactos que reemplazaran aquello que los cazadores mutilados habían perdido, así como objetos que hicieran de su vida más sencilla.

Incluso podía ayudarlos a evitar esa clase de heridas y desgarramientos en el campo de batalla. Había una razón por la que casi no veía a soldados de la Milicia Real en el pabellón de heridos, en contraste a la incontable cantidad de cazadores caídos: armaduras. La última vez que yació con ella, Korra le había dicho que, antes que nada, ella era una cazadora y usar armadura no se le daba, porque éstas eran demasiado pesadas y ruidosas. Por desgracia, en esta guerra el sigilo y las delgadas cotas de malla de los cazadores, probaron ser una protección insuficiente.

Asami creía que, si le dedicaba varias horas a su diseño, se podía forjar una especie de armadura capaz de amoldarse a los movimientos ágiles y silenciosos de los cazadores, además de ser una coraza sólida y resistente, algo que les ayudara a sufrir el mínimo de daño en una batalla cuerpo a cuerpo. Sin embargo, si tal cosa no se había inventado aún, era porque simplemente no era posible hacerla. De todas formas, Asami no dejaba de darle vueltas al asunto.

Quizá si mezclaba el metal con magia… Por el momento, decidió tachar esto como una teoría. Ella todavía no era capaz utilizar la magia como lo hacían Kya o Kuvira, así que se conformó con limitar el problema al alcance de su ingenio.

El sanador que revisaba la herida de su brazo le dijo que ya era tiempo de que volviera a usarlo con asiduidad. No era como antes, pero se alegró al recibir permiso para cortarse la comida, abotonarse un vestido o recogerse el cabello; y lo practicaba, aunque los movimientos fueran torpes e infantiles al principio. Pidió autorización paro ayudar en otros quehaceres que le resultaran factibles en el pabellón de heridos, como vendar heridas o dar de comer a las personas que no pudieran hacerlo por sí mismas. A ellas no les importaba si se le caía un poco de caldo en las ropas.

Su destreza mejoró, e incluso hizo sus primeros pinitos colaborando en algunas tareas sencillas de cirugía, como procurar luz a los sanadores sosteniendo lámparas, o pasar a los cirujanos el instrumental; y descubrió que aguantaba bien la vista de la sangre, las infecciones y las entrañas al descubierto de los pacientes, aunque las vísceras de los humanos eran bastante más sucias y complicadas que las de los animales abatidos que traían consigo los cazadores.

Cuando caía la noche, Asami se desplomaba sobre su camastro, agotada. Sin hacer ni pensar en nada. Con sus penetrantes ojos verdes clavados en el techo, probablemente buscando formas y figuras imaginarias en la superficie de éste, hasta quedarse dormida. A veces, volvía a leer la misiva de Korra para alejar el peso del silencio con el sonido de sus palabras.

Así lo hizo en esta ocasión. Levantó la almohada para tomar la carta doblada, luego volvió a recostarse y se dispuso a leerla.

»Mi querida Asami, los humanos deseamos cosas incongruentes e imposibles, y a los fey les ocurre lo mismo…

Antes de venir aquí, no creía que las hadas todavía existieran, luego conocí a Kuvira. Tú la enviaste a mí. Eso fue lo que ella afirmó. ¿Por qué nunca antes me hablaste de ella? ¿Por qué no mencionaste a los fey cuando estábamos juntas? Perdóname. No quiero dar la impresión de que estoy molesta contigo. Tan sólo me siento abrumada.

Pensar que un ser así rondaba en tu sombra hizo que me dieran escalofríos. El poder que poseen es devastador y no parecen capaces de siquiera comprender las emociones humanas. Kuvira, sin embargo, te aprecia más que a su propia vida. Es extraño que lo admita, pero estoy conmovida. Conmovida y celosa, por la manera en que ella te ama. No le guardo rencor, sino lástima. Agoniza sin poder morir, y su magia se debilita cada vez más.

Quisiera poder hacer algo por ella…

»¿Sabes? Kuvira me obligó a medir fuerzas con ella durante un año. Conviviendo con ella me di cuenta de muchas cosas, y creo que no sólo me volví más fuerte, sino también, más sabia. Todo este tiempo creí que se había empeñado en humillarme y formarme con un duro entrenamiento, pero hoy supe que Kuvira hizo por mí mucho más que eso.

No puedes alcanzar a imaginar el nefasto paisaje que queda tras una batalla. No ves sólo cadáveres de soldados y cuerpos retorcidos en la tierra; ves también a tus amigos. Cuando regresé al campamento central, luego de que Kuvira me dejara ir, encontré los restos de una de mis compañeras. Su nombre era Anei. Una cazadora de la Partida Real, entrenada bajo el mismo régimen que yo, e igual de fuerte y talentosa.

¿Lo comprendes Asami? Ésa pude haber sido yo. Es imposible negarlo. Mi destino era morir en ese campo de batalla al lado de Anei. Y todo ese tiempo, mientras los fey masacraban a mis compañeros y a la Milicia Real, Kuvira me mantuvo alejada de la contienda. A salvo. No sólo me ayudó a volverme más fuerte, sino que me salvó la vida. A petición tuya.

Asami, te debo a ti y a esa fey mi vida. Y cada vez que pienso en lo que pudo haber pasado, tiemblo de miedo. Mi mayor anhelo es volver a tu lado, cada noche me arrepiento de haber partido. Estoy cansada de luchar, de matar y de ver caer a mis amigos. Quisiera poder escapar de este infierno, pero ahora sé la clase de amenaza que son los fey. Si no acabamos con ellos, ¿qué será de nuestro mundo? ¿Qué será de mi tribu? ¿Qué será de ti?

»Es por eso que decidí quedarme, para luchar en la última batalla. La Milicia Real se está reagrupando y pronto, el número de soldados se duplicará. Nuestra ventaja en número supera por mucho a los fey. El plan es lanzar un ataque masivo contra la reina fey antes de que termine este mes. Todos sabemos que esta batalla decidirá la guerra por el reino Aqua.

Ahora que hemos reunido a nuestro ejército vamos a ganar esta guerra, ¿lo sabes, verdad? Tenemos que ganar. Sin embargo, al mundo no parece importarle quien gane, y no dejará de girar por mucha gente que pierda la vida al final de este mes, ni si morimos tú o yo… Casi desearía que dejara de girar si no nos es dado seguir girando con él.

Pero, te lo suplico, sin importar lo que pase conmigo, quiero que tú sigas viviendo como lo has hecho hasta ahora. Sé que, en el pasado, estuviste tan rota como yo lo estoy ahora. Pero es hasta que nos destruyen, que podemos volver a ver nuestra verdadera esencia. Nuestra verdadera identidad.

Me alegro de haber estado ahí para verte resurgir como la persona que debiste haber sido siempre. Eres otra por completo. Y me cautivaste tanto que me hiciste caer perdidamente por ti. Estoy enamorada, como nunca antes lo había estado. Asami, siento que te conozco desde siempre, como desde hace un centenar de vidas anteriores a ésta, y que lo nuestro era inevitable...

»Siempre voy a estar ahí para ti, y si llegase a morir en la batalla que se avecina, no tengas miedo. ¿Qué importa si te sientes vulnerable? No lo eres. Sé que eres fuerte, ahora más que nunca. Y no me necesitas sobre ti, cuidándote constantemente, ¿cierto? Es este mundo el que está necesitado de personas como tú, y todo lo que puedas ofrecerle. Confío en que lograrás cualquier cosa que te propongas.

Yo creo en ti, Asami.

Y si el destino se apiada de nosotras dos, entonces nos veremos pronto.

Te amo.

-Korra.

Asami dobló la carta y volvió a esconderla debajo de su almohada, sin poder evitar el suspiro que escapó de sus labios. Se sentía perdida y confundida, con el corazón constreñido de preocupación tanto por Korra como por Kuvira. De ésta última no había sabido nada en años, y las palabras de Korra, expresando su lástima por ella, la torturaban. Era claro que la cazadora aún ignoraba que el destino de Kuvira estaba en sus manos.

«Si no puedes amarme, entonces debes matarme».

Asami salió de la cama, se calzó las botas y abandonó su tienda. Las estrellas iban ocupando su lugar en el firmamento una a una, pero ella tenía la cara entre las manos y no las miraba. «Madre» —pensó—, «¿Cómo pudiste hacer algo tan cruel? ¿Por qué no sólo dejaste ir a Kuvira? ¿Por qué no nos ahorraste este sufrimiento a ambas? Lo que sea que haya pasado esa noche no pudo haber sido culpa de Kuvira…»

Comenzó a caminar, buscando la forma de despejar su mente. Se sintió observada mientras se internaba entre los árboles. Anduvo a tientas, a gatas, buscando oscuridad, distancia y soledad. Ya en la espesura, Asami se sentó en un tocón y lloró, furiosa, por la carga que le había impuesto su madre.

Al volver la cabeza hacia un lado y quitarse las lágrimas con un parpadeo, descubrió que cuatro pezuñas de plata estaban observándola atentamente. Asami emitió un jadeo ahogado y, con un gran esfuerzo, se puso en pie. Mirándola con gran curiosidad había un corcel, con un pelaje de un azul tan oscuro que se fundía con la noche, y en su crin se reflejaban las estrellas del firmamento. Superaba a los caballos de la misma manera que las panteras superaban a los gatos callejeros, o los ángeles a los hombres.

—Yo te conozco —musitó Asami, alargando la mano para tocarle la crin.

A pesar de que marchaba sin jinete, el corcel iba ataviado de una manera totalmente formal, con los arreos plata y azul cielo, y las riendas engalanadas con campanillas de oro blanco. Ningún caballo común tenía esa esbeltez, ni esa gracia muscular, ni podía imitar la manera que tenía éste de moverse como si volara, sin dar un sólo paso. Cuando Asami finalmente tuvo el coraje de mirar aquellos ojos zarcos, perdió toda percepción del mundo…

—Eres el corcel de Kuvira, ¿verdad que sí?

El hocico del animal le golpeó suavemente el pecho y le dirigió un amable relincho.

—¿Pero dónde está ella? —se preocupó—. ¿Por qué no vino Kuvira contigo?

El corcel dio un golpe de casco con cierto apremio y agitó sus crines ante ella. Asami sintió la imperiosa necesidad de montarse de un salto en la silla vacía y dejar que aquel animal la llevara consigo.

—¿Necesita mi ayuda? ¿Me llevarás con ella?

El corcel resopló, y alargó el cuello para empujarla con su hocico de terciopelo hacia la silla. Asami subió a su grupa sin ninguna dificultad. En ese instante, el caballo fey se puso a galopar por voluntad propia, más veloz que ninguna otra montura que ella hubiese conocido. El aire fluía agradablemente por delante de ella como agua del río y le retiraba el pelo de la cara. La embriaguez de la sensación borró de su mente todos los demás pensamientos. Fue como si el viento que pasaba por delante de ellos, a toda prisa, hubiese arrasado su infelicidad y la hubiese dejado atrás.

El paisaje había cambiado mientras avanzaban sin darse cuenta. Asami comenzó a reconocer los caminos y los pueblos asentados a la orilla del río Diente de Oso. Estaban adentrándose en la provincia del este, el lugar donde ella había nacido. En una hora habían recorrido la distancia de un día y pronto, Asami pudo divisar las formas de su aldea natal en la lejanía y más allá, la mansión Sato.

Al pasar cerca de su antiguo hogar, Asami notó que una luz brillaba en la ventana de la habitación de Lady Malina y le pareció ver su silueta inclinada mientras leía. La ventana de sus hermanastros, Eska y Desna, estaba a oscuras, así como el resto de la mansión. Entonces el corcel trazó una curva alrededor del jardín trasero que daba con la cocina, sobrepasando el portón que trazaba el límite entre el patio y el bosque.

—Me has traído devuelta —suspiró Asami—. Estos son los bosques de mi infancia… No puedo creerlo. Aquí fue donde todo comenzó.

Pasaron bajo dos árboles fornidos que juntaban sus copas y se detuvieron al borde de un claro vacío. El suelo estaba repleto de densos grupos de flores. El tesoro fugaz de los últimos días de verano se amontonaba en rosas, jacintos y lirios, como si fueran pilas de rubíes, zafiros y ópalos. Sus aromas intoxicantes atraían hordas de abejorros. A la derecha, un arroyuelo borboteaba tras una hilera de rosales, mientras un par de ardillas se perseguían alrededor de una roca.

Sin embargo, mientras más se internaban en lo profundo, más decaía la naturaleza que los rodeaba. Entre la maleza y los árboles resaltaban algunos rastros de muerte, un páramo en el que no quedaba vida, ni siquiera minúsculos organismos en la tierra. Hierba seca, flores marchitas, osamentas de animales…

—¿Qué significa todo esto? —preguntó la joven y en respuesta, el corcel aminoró su paso, recorriendo el terreno yermo con un paso lento y suave.

En ese momento, la vio. Kuvira estaba tumbada boca arriba, completamente despierta, fija la vista en la media luna. Al percibir que se acercaba, la fey se sentó y se quedó contemplándola mucho rato. Había perdido gran parte de aquella belleza etérea que la caracterizó alguna vez; estaba ojerosa, casi en los huesos y su porte sólido se había reducido a una postura torcida, débil y temblorosa.

—Asami —ronca, estrangulada la voz, tuvo que hacer una breve pausa—. No deberías estar aquí…

Ella desmontó del corcel y caminó con precaución hacia la figura decaída de la fey.

—Tu amigo vino a buscarme y me trajo hasta aquí —dijo—. Imagino que debe estar muy preocupado por ti si estaba dispuesto a tomarse tantas molestias.

—Isilión, caballo impertinente —gruñó Kuvira, visiblemente enfadada—. Has hecho mal en traerla. ¡Llévatela!

—Yo quería venir —se apresuró a decir Asami—. También estaba muy preocupada por ti, Kuvira. No he sabido de ti en años y…

Kuvira la miró con ternura, pero no dijo nada.

—Cumpliste tu promesa —susurró la joven—. Mantuviste a Korra a salvo, e hiciste por ella mucho más de lo que yo te pedí. Significa mucho para mí. Estoy profundamente agradecida por tus sacrificios y tu lealtad.

—¿Qué hay de tu parte del trato? —aseveró la fey, con aire indiferente—. ¿Tomaste ya una decisión?

Asami le sostuvo la mirada y le abrió la mente y el corazón para que entendiera lo que sentía, lo que deseaba y lo que no podía hacer. Nunca podría amarla como había llegado a amar a la cazadora, pero el cariño y el aprecio que sentía por la fey eran intensos. En su corazón, sabía que estaba dispuesta a salvarla, a romper esa maldición. Asami era incapaz de matarla, detestaba la simple idea de hacerlo. Tenía que haber alguna otra salida…

—No puedo decidir, Kuvira —sentenció—. No puedo, tan sólo quiero ayudarte. Salvarte. Si pudiera aliviar tu dolor…

—Ambas sabemos que lo mejor que puedes hacer es matarme —la interrumpió—. De todas formas, ya estoy muriendo. ¿Por qué prolongar lo inevitable? No tiene caso intentar salvarme, Asami. ¿Qué no lo ves? Soy veneno. Fui concebida con veneno. Hay veneno dentro de mí, y destruyo todo lo que toco… Mira lo que le he hecho a este bosque: me nutro de su energía como un parásito, tomo lo que nunca devolveré. Si has de tener compasión de mí, entonces termina lo que tu madre empezó. Sólo… termínalo —sollozó—. Por favor…

Asami optó simplemente por dejarse llevar. Y por dejarse llevar, su mano alcanzó el rostro de Kuvira y lo volteó hacia el suyo. Se encontró de frente con sus oscuros ojos verdes, que la miraban suplicantes. Asami se inclinó levemente, acercándose despacio. Inhaló el aliento acelerado de la fey, buscando sus labios entreabiertos con los suyos.

Sus bocas se tocaron, inseguras... suavemente, presionando una contra la otra, fundiéndose.

Asami podía saborear el gusto salado de las lágrimas de Kuvira, la tristeza en cada gota amarga. Pero Kuvira lloraba con dulzura, agradecida. Y la joven deseó poderla abrazar; estrecharla entre sus brazos, acurrucarla en su pecho.

Una parte de ella se sentía culpable por hacer esto. Tal vez porque sabía que sus sentimientos le pertenecían a otra, a Korra. Y este beso era vacío para ella, aunque no para Kuvira. Si podía transmitirle la sinceridad de su cariño, la profundidad de su agradecimiento con aquel dulce gesto, valía la pena intentarlo. Y tan rápido como comenzó, terminó.

—¿Por qué, Asami?

—Yo… Creo que te entiendo. Has pasado por tanto tú sola. Ha transcurrido demasiado tiempo desde la última vez que sentiste a alguien cerca. Íntimamente cerca. Y sólo anhelas sentir el calor de alguien más, el amor de alguien más… Comprendo que estar sola no hace sino empeorar las cosas. Por eso te doy mi palabra de que yo nunca, nunca, te abandonaré…

—Estás jugando con fuego —le advirtió, acongojada.

Asami la tomó de las manos, con gentileza.

—Contra toda razón, yo te quiero, Kuvira. Y voy a liberarte de esta maldición. Tienes que creer en mí. Dame la oportunidad de corregir el error de mi madre —le suplicó—. Resiste un poco más.

Kuvira alzó a verla nuevamente y Asami se sorprendió al percatarse de la fatiga que describían aquellos ojos verdes, brillando con lágrimas reprimidas. Se podía percibir la agonía que se ocultaba detrás de su aparente tranquilidad. La sola idea de aceptar semejante petición pareció agotarla.

En su cabeza, mil pensamientos confusos avasallaban contra las amables palabras que Asami había pronunciado para ella. Había quedado tan sensible y vulnerable. Estaba insegura, asustada; demasiado preocupada como para dejarse convencer. Lo peor, era que no quería arrastrar a Asami hacia su propio dolor.

—Espero que sepas lo que haces, pequeñaja.

En un segundo sintió los brazos de la joven rodeándola, atrayéndola hasta ella. Y acarició su cabello con tanta delicadeza… Era el toque de su humana protegida, trayendo la paz devuelta a un corazón donde solamente había existido la guerra. Y deseó que Asami pudiera quitarle de encima esa terrible carga de incertidumbre y congoja.

—Cree en mí, Kuvira.

»Continuará…