Ninguno de los personajes me pertenece. Esto quiere decir que no soy J.K.R. , como seguramente supusieron.


Lo siento, no pude contestar sus comentarios pero prometo hacerlo en cuando me haga del tiempo suficiente. Estoy bastante ocupada y cansada de leer sobre Comunicación Institucional para una de mis clases.


Capítulo 20: Tortura (primera parte)

Se despertó alarmado, dando un fuerte alarido de dolor en el mismo momento en que sus ojos se abrieron e intentó moverse. Un tirón había recorrido toda su espalda, escociéndole y sintiendo un líquido caliente que resbalaba de ella. Intentó girarse para quedar boca arriba o simplemente sentarse pero las fuerzas parecían haber abandonado todo su cuerpo. Sólo rogaba mentalmente que la herida que tenía en su espalda no fuera demasiado profunda como para terminar muriendo desangrado. Lanzó un resoplido de frustración. El dolor en su cuerpo era demasiado pero no el suficiente como para hacerle olvidar su principal motivo de agonía: había caído como un idiota en la trampa de los Mortífagos. ¡Por Merlín, rogaba que Hermione estuviera bien! Jamás se perdonaría a sí mismo si le llegaba a suceder algo malo.

Y fue ese pensamiento el que le dio las fuerzas necesarias como para volver a intentar levantarse. Abrió los ojos, respirando con irregularidad, y sólo comprobó que la oscuridad que lo rodeaba era espesa y tan tenebrosa que era lo mismo que mantener los ojos cerrados. Ni siquiera un rayo de luz ingresaba en aquel sitio en el que se encontraba.

Apoyó los codos en el suelo con fuerza, al igual que las palmas de sus manos e hizo fuerza con esa parte para que el resto de su cuerpo se elevara. Le costó mil demonios conseguirlo pero, con los dientes apretados con fuerza, lo logró. Intentó reprimir la mayor cantidad de quejidos de dolor que pudieran salir de su boca. No quería llamar la atención de nadie. Él podía no ver nada pero eso no significaba que allí, en la oscuridad, no había alguien que la estaba observando. La sensación que le ocasionaba aquella idea era escalofriante. Se estremeció levemente, cerró los ojos unos segundos y luego los volvió a abrir, intentando controlar su respiración y los latidos de su corazón.

Estaba sentado en el piso frío sin recordar absolutamente nada de cómo había llegado allí ni cómo se había hecho aquella herida en la espalda, o quién se la había hecho, quedaría mejor. Pero una cosa era clara, debía lograr salir y buscar a Hermione. Sabía que su pequeño estaría bien. Lo había dejado bien oculto bajo una cantidad incontable de hechizos de los cuales sólo lo podría sacar Molly Weasley, Hermione o su mismo padre. A ambos les había mandado un patronus avisándole dónde se encontraba oculto su niño antes de salir de allí para enfrentarse a ese par de malditos…

Agitó su cabeza, dejando esos pensamientos atrás. Scorpius estaba bien. Él sólo debía concentrarse en encontrar a Hermione y que ambos pudieran salir de allí sanos y salvos. Se arrodilló, haciendo caso omiso a los dolores de su cuerpo, apoyando las manos en un suelo rasposo, frío y húmedo, seguramente de piedra. Aspirando fuertemente, sintiendo el aroma a humedad, colocó uno de sus pies bajo su cuerpo y, tomando impulso, se elevó, apoyando su brazo en un muro que por suerte estaba allí. Si no hubiera sido así habría caído.

El dolor de su espalda era tremendo pero no iba a dejarse vencer fácilmente. Una capa de frío sudor cubrió su frente. Apretó las manos en puños y, durante unos segundos no hizo nada más que permanecer parado allí sin hacer nada… pero luego comenzó a caminar. Siempre apoyando sus manos en el muro para darse sostén y, además, tantear su alrededor, intentando encontrar alguna salida.

Pero no hizo ni medio metro cuando un sonido chillante resonó mientras que a la vez una luz casi incandescente invadió el lugar, quemando a sus ojos ya acostumbrados a la penumbra. Los cerró por acto reflejo mientras que una de sus manos se levantó hacia ellos y los tapó en un intento de protegerlos. Sin embargo, cuando sintió una fría risa burlándose de él los dejó descubiertos para ver la persona de la que había salido aquel sonido.

Se trataba de una mujer con una sonrisa maquiavélica en el rostro. Su mirada se le hacía familiar pero aún así no podía conseguir recordar su nombre.

La mujer comenzó a caminar hacia él, bajando una pequeña escalerilla mientras que contoneaba sus caderas de modo exagerado con cada paso que daba. El cabello rubio lo tenía ajustado fuertemente a su cabeza en un apretado rodete pero a pesar de eso parecía sucio y descolorido; pero hacía juego con la palidez mortuoria que lucía su redondeado rostro. Su mirada no era nada más que la viva personificación de la locura.

-Draco Malfoy- dijo la mujer cuando estuvo a su lado, pasando uno de sus dedos por su mejilla con cierto gesto de posesividad- Siempre fuiste mi alumno favorito.

Draco se estremeció notablemente al sentir como lo tocaba.

¿Alumno? ¿Aquella lunática había sido su profesora?, pensó.

Ella pareció ver la confusión en su mirada y, por unos segundos, se mostró sorprendida pero luego el gesto volvió a ser el mismo de antes, con una sonrisa tenebrosa que tiraba de sus labios resecos.

-¿Así que es verdad?- preguntó para nadie en particular-¡No recuerdas nada! – lanzó una carcajada y sus ojos adoptaron un brillo de diversión-¡Esto es asombroso!

Lo miró con codicia mientras toda su mano pasaba por su rostro, acariciándolo descaradamente.

-Eres todo un diamante en bruto listo para ser pulido-musitó ella.

Draco sabía que estaba indefenso pero aún así eso no le impidió mirarla con repulsión mientras se apartaba bruscamente de su contacto. El gesto hizo que su espalda doliese pero de su boca no se escapó ningún quejido de dolor ni su rostro hizo mueca alguna. No iba a demostrar debilidad.

La mujer lo miró con odio, totalmente herida.

-¡Eres un ingrato!- exclamó ella de repente levantando la vista-¿Acaso no te das cuenta que todo se acabó para ti, que no tienes opciones de salir con vida de esto sin mi ayuda? ¡Yo te estoy dando la oportunidad de vivir, de librarte para siempre a las ataduras de esa sangre sucia!

Draco hizo una mueca de desagrado al oír aquella palabra.

Podía intentar librarse de ella, correr, pegarle un golpe procurando dejarla inconsciente pero sabía que estaba demasiado débil y las posibilidades de que eso ocurriesen eran mínimas. Tendría que planear detalladamente o, al menos, recuperar algo de fuerzas, antes de intentar escapar.

-¿A caso piensas negarte?- preguntó la mujer pasando una de sus largas y mugrientas uñas por su cuello.

-No- musitó él en contra de sus deseos.

Ella sonrió nuevamente, estirando sus labios demasiado, haciendo que sus dientes amarillentos se mostrasen, consiguiendo que su sonrisa pareciera una mueca lobuna.

-Muy bien… Le hablaré a Amycus sobre esto- exclamó con entusiasmo pero rápidamente su expresión se volvió calculadora-Por tu bien y el de la sangre sucia espero que no estés engañándome…

Draco negó con la cabeza lentamente.

-No lo haré- aseguró con convicción-Me han hablado del cobarde de mi padre… Yo no quiero ser como él. Ni tampoco como la traidora de mi madre.

-Pero no lo recuerdas, ¿Verdad?

-No recuerdo nada. Ni si quiera sé quién eres.

La mujer estaba por responder pero, de repente, la luz que ingresaba por la puerta abierta fue eclipsada por una silueta oscura de un hombre

-¡Alecto! ¿Qué demonios haces aquí?- preguntó un furioso Greyback.

El hombre ingresó dando grandes zancadas y tomó a la mujer por el brazo con brusquedad, apartándola de Draco.

-¡Por Merlín, te dije que te alejaras de aquí!- exclamó Fenrir.

-Pero tenía que ver a Draco.-se excusó la mujer rápidamente sin intentar zafarse del agarre- Tenemos que convencerlo de que se nos una… ¡No recuerda absolutamente nada!

-¿Y tú, tonta, le creíste?- inquirió el mago con el ceño fruncido- ¡¿No te das cuenta que es sólo un engaño?!

-¿Por qué querría hacer algo así?- inquirió Draco.

Greyback resopló con disgusto.

-Para ganarse nuestra confianza y luego traicionarnos- respondió lanzándole una mirada de odio- Como lo hizo tu asquerosa madre al ayudar a Potter…

-¡Ella no…!

-¿Y cómo lo sabes?- lo interrumpió Greyback- Pensé que no recordaba nada.

-¡Mentiste!- exclamó Alecto mirándolo con rabia-¡Maldito, me las vas a pagar! ¡Crucio!

Nunca supo de donde había salido la varita de la mujer. Él sólo pudo verla en su mano y luego un rayo de luz saliendo de ésta que fue a parar directamente a su pecho. El impacto resultó inevitable. Y la poca estabilidad que su cuerpo poseía terminó por acabarse por completo, haciendo que chocara contra el muro para luego caer sin gracia alguna al suelo frío. Sus gritos de dolor retumbaron aquella habitación pero pronto el silencio se hizo cuando terminó por perder el conocimiento.

Greyback miró con cierto orgullo a la mujer.

-Estás aprendiendo-dijo con un tono bajo pero firme.

Alecto apartó la vista del cuerpo inerte de Draco y lo contempló. Su rostro estaba inexpresivo.

-Yo no quería hacerle esto-musitó.

-Se lo merece. Esto y mucho más. Tiene que sufrir.-dijo Greyback volviendo la vista hacia el joven inconsciente- Por culpa de su familia el Señor Oscuro pereció. Es nuestro deber, como fieles seguidores, cobrar venganza. ¡Es nuestro deber!

-Entiendo- indicó rápidamente ella apartándose unos pasos de él.

Se hizo un silencio entre ellos. Cada uno parecía estar sumergido en sus propios pensamientos.

-¿Qué haremos con la sangre sucia?- preguntó finalmente Alecto-¿Quieres que la mate?

Una sonrisa maligna apareció en los labios de Greyback.

-No- respondió con firmeza-Yo me haré cargo de ella… Déjala donde está y dale algo de agua. No quiero que muera. No aún. Primero voy a divertirme…

-¿Y con él?- inquirió señalando a Draco con un movimiento de su cabeza.

Él pareció meditarlo unos momentos.

-Déjaselo a tu hermano. Lo usará para divertirse con sus juguetes.

Los ojos de Alecto adoptaron un brillo de esperanza.

-¿Crees que me dejará jugar también?- quiso saber.

-No lo sé. Seguramente tendrás que conformarte con sólo mirar.

Despertó tiempo después con un dolor de cabeza casi insoportable. Intentó moverse pero, para su horror descubrió que se encontraba maniatado con unas cuerdas gruesas que aprisionaban sus muñecas. Tironeó con fuerza, sintiendo la desesperación corriendo por sus venas pero sólo logró que su piel comenzara a enrojecer y a lastimarse. Se detuvo inmediatamente. No tenía que lastimarse y perder más sangre si quería salir de allí con vida y recatar a Hermione en el camino.

Lo que le asombró, fue descubrir que la herida que anteriormente tenía en la espalda parecía haber sido curada. ¿Alguno de esos locos lo había hecho? Agitó su cabeza suavemente, negando esa posibilidad, pero se detuvo inmediatamente ya que el movimiento hacía que el dolor aumentara. No importaba demasiado quién lo había hecho, al menos ya no tenía que pensar en ello.

Parpadeó varias veces, intentando acostumbrarse al nuevo sitio, y giró sus ojos, contemplando su alrededor. Esta vez no se encontraba en la completa oscuridad. Estaba en una sala, levemente iluminada con candelabros colocados estratégicamente en las paredes. Las paredes tenían un tapizado oscuro que ya estaba gastado y lleno de telas de arañas, y el techo estaba tan alto que apenas podía verlo. No había ninguna ventana. Pero lo que más lo sorprendió e hizo que su corazón fuera invadido por un terrible temor, fueron aquellos horribles aparatos que lo rodeaban. Elementos de tortura. No supo porqué ni cómo pudo hacerlo, pero los identificó rápidamente: el potro, el aplasta cabezas, jaulas colgantes vacías que se mecían suavemente como si fantasmas ancestrales aún estuvieran prisioneros allí. Casi pudo imaginar a las personas atadas a ellos, gimiendo de dolor e implorando por un auxilio que nunca llegaría.

Y, de pronto, una idea aún más aterradora apareció en su cabeza: Hermione, su Hermione, en una de esas cosas, llorando, sufriendo y culpándolo a él por lo que le sucedía…

Sus ojos ardieron en lágrimas que se negó a derramar.

Por segunda vez desde que lo había atrapado, vio como la puerta que tenía delante de sí se habría. Pero esta vez no fue sólo Alecto quién apareció sino que también Amycus, su hermano. Ambos venían demasiado alegres y, rápidamente, supo que aquello no auguraba nada bueno.

-¡Buen día, dormilón!- exclamó Amycus dando pasos largos hacia donde él se encontraba-¿Cómo has amanecido hoy?

Draco sólo le lanzó una fría mirada. Seguirle la corriente y simular estar de su lado ya no tenía sentido.

-Vete a la mierda.

-Parece que no estamos de buen humor esta mañana… Pero tal vez te dé un poco de ánimos.

Hizo una seña a su hermana y ella, luego de asentir con la cabeza una sola vez, se marchó unos momentos por la misma puerta por la que habían ingresado.

-Estoy ansioso por ver tu reacción- dijo Amycus sonriendo.

Realmente parecía estar ansioso porque no dejaba de mover la varita que tenía en una de sus manos.

-¡Ah! Ahí vienen.

Draco giró el rostro hacia la puerta y lo que vio hizo que su rostro palideciera enormemente. Un grito de horror y rabia se atasco en su garganta. Luchó con todas sus fuerzas contra las cuerdas que lo amarraban pero sus movimientos eran demasiados bruscos, torpes y no lo suficientemente fuertes como para romperlas.

-¡HERMIONE!- gritó su nombre con desesperación, aún removiéndose.

Pero la joven no hizo caso a su llamado. Tenía la vista perdida. Sus ojos estaban fijos en un punto de la sala, viendo nada en particular. Estaba viva, de eso no había duda ya que permanecía levemente de pié, apoyada en el cuerpo de Alecto para no caer. Podía ver también su pecho subiendo y bajando levemente con cada respiración que daba… Pero estaba perdida. La razón parecía haberla abandonado.

Había claras señales en su cuerpo que demostraban que había sido torturada. En su cabeza, varios mechones de su cabello parecían haber sido arrancados a tirones, dejando cuero cabelludo visible. En sus brazos y piernas se venían moretones y cortes que ya no sangraban pero que continuaban abiertos. Estaba pálida y oscuras manchas comenzaban a formarse debajo de sus ojos.

Draco no se dio cuenta en el momento en que comenzó a llorar. Sobre su pecho sentía una aplastante presión, sus ojos escocían y una especie de dura roca había comenzado a anidar en su garganta. Sólo sentía la urgente necesidad de ir y tomarla en sus brazos para sacarla de allí.

La risa divertida de los hermanos lo trajo de nuevo a la realidad.

-¡Esto es mejor de lo que esperaba!- exclamó Amycus-¡Muchos pagarían por verlo!

Hizo otra seña a su hermana y ésta comenzó a llevarse a Hermione que daba pasos lentos, como si cada parte de su cuerpo doliera en su alma.

Draco quiso protestar pero sólo un grito de rabia salió de su boca.

-No, no, no…- dijo Amycus, negando con la cabeza-No te preocupes. Volverás a verla. Pero la próxima vez que lo hagas, estarás igual o peor que ella.

Lo vio darse vuelta y caminar hasta una mesa llena de instrumento. Cuando se dio vuelta, en su mano llevaba una filosa daga que lo apuntaba directamente.

-Sabes, Draco, hay que darle ciertos méritos a los malditos sangre sucias… ¡No hay nada que me divierta más que estos juguetes que inventaron!

Y, volviendo a hacer silencio, se le aceró amenazante.