XX
"...y la representación diplomática en la Confederación Internacional de Magos ha presentado sus disculpas a la delegación española, junto con el compromiso de no volver a traspasar sus fronteras sin autorización previa, así como indemnizar a los brujos y brujas perjudicados por lo que, según sus propias palabras, ha sido un lamentable error que no volverá a repetirse..." – Katalinxte dejó el periódico sobre la mesa.
Habían pasado unos días y Amparo había autorizado a Sara a levantarse de la cama un rato después de comer. Katalinxte, Santi y ella estaban en un patio cubierto por una parra, sentados en tumbonas de rayas azules y blancas, bebiendo granizado de limón y horchata.
"Pues no termino de entenderlo" – dijo Sara – "Si hasta prácticamente ayer estaban buscando el brazalete en el lago de la lamia, y ahora piden disculpas..."
"No dicen que no vayan a volver a intentarlo" – dijo Katalinxte – "Sólo que pretenden no volver a cometer los mismos errores".
Santi y Sara intercambiaron una mirada que, en el fondo, reconocía que la astuta observación de Katalinxte podía perfectamente corresponderse con la realidad.
"Hay algo más" – Katalinxte volvió a hablar y ellos dejaron de mirarse para centrar su atención en ella. "He estado haciendo algunas averiguaciones y no he encontrado un solo indicio de que Grindelwald tenga ninguna prisión de magos ingleses...no quiere decir que no los haya...pero alguna pequeña pista...alguna mención a una desaparición...no he encontrado nada de nada..."
"¿Qué quieres decir?" – preguntó Santi, que se sentía más y más despistado por momentos.
"Que me parece que no era la parte de un trueque. Pero no se me ocurre una razón convincente para explicar por qué el brazalete era tan importante."
"Ahora soy yo la que se ha perdido" – dijo Sara. Santi la miró y emitió un débil suspiro.
"Bueno, a lo mejor es que estamos mirando demasiado un árbol y nos estamos olvidando de ver el bosque en su conjunto..." – concluyó Katalinxte, y se acercó la pajita a los labios - "O tal vez estamos mirando el árbol desde el ángulo equivocado."
"Ya..." – dijo Sara con una voz un poco cansina –
"Hmmmm" y Katalinxte movió la cabeza arriba y abajo mientras tragaba un sorbo de su limonada. "Veamos" – volvió a hablar – "olvidemos que es una joya y pensemos en un objeto mágico. Se trata de un signumservi, y eso...¿para que sirve?"
"Para esclavizar a alguien" – dijo Sara.
"Bien, y, esclavizar a alguien implica anular su voluntad" – dijo Katalintxe. "Hay otras formas de anular la voluntad" – añadió como quién no quiere la cosa – "Algunas pociones, por ejemplo, pero deben administrarse periódicamente para mantener los efectos..." – dijo mientras hacía como si contara con los dedos – "También está la maldición imperius" y levantó dos dedos -
"¿Qué tiene que ver la maldición imperius?" – preguntó Sara.
"La posesión" – dijo Santi de repente.
"Si, también la posesión" –Katalinxte dijo moviendo la cabeza en un gesto afirmativo. "Buena observación." Ahora tenía la mano alzada con tres dedos extendidos.
"Creo que por ahora me superáis totalmente" – Sara dijo con voz frustrada – "Me habéis dejado agotada..."
"Además es hora de que te tomes tu poción" – dijo Katalinxte cambiando de tema tranquilamente.
"Tienes razón" – Sara se levantó despacio y entró en la casa. En el pasillo se cruzó con su primo Vicentet. A Sara le dio la impresión de que la miraba con cierta frustración, pero no le dio demasiada importancia. Al fin y al cabo, aquella parecía la tarde de las frustraciones.
Cuando regresó al patio, Santi estaba solo. Mientras Sara volvía a acomodarse en la tumbona, Santi se apresuró a acercarle una banqueta para que pusiera las piernas en alto.
"Gracias. ¿Dónde está Katalintxe?"
Santí tardó un segundo en contestar – "Dentro. Consultando algo en la Enciclopedia de Magia, creo".
Sara recostó la cabeza y cerró los ojos. Todavía se sentía débil, y tratar de recordar lo ocurrido la noche de las hogueras le producía cierta confusión, con la excepción del recuerdo de aquel lugar verde donde se oían aguas cantarinas. "¿Sería un bosque?" – Pensó – "Sí. Seguramente se trataba de un bosque, aunque distinto a los que conozco…"
"¡Vaya¡Escuchadme¡Esto es muy interesante!" – Katalinxte la sacó de golpe de su ensimismamiento. Abrió los ojos y vio el rostro sonriente de su amiga. Llevaba en los brazos un libro sobre Suiza de páginas un tanto amarillentas.
Katalintxe abrió el libro por una marca y señaló con el dedo excitada.
"¡Aquí habla del brazalete!¡Y dice que fue un regalo de Grindelwald a su madre!"
"¿Y? Eso ya lo sabíamos…" – empezó a decir Sara –
"¡Sara!" – exclamó Katalinxte – "Todavía no te has recuperado del todo" – añadió en tono comprensivo."¡La versión de ahora es que fue su padre quién se lo regaló a su madre!"
"Igualmente horrible" – dijo Sara –
"Espera, dice que fue un regalo de cumpleaños…y lo más intrigante es que la señora no llegó al siguiente" – dijo Katalinxte.
"¿Sugieres que la poseyó y después la mató¿Y que ahora vende una historia que deja su imagen inmaculada?"
"Te estás recuperando, Sara" – dijo Katalinxte con una media sonrisa.
"¡Oh, vamos¿Y de qué nos sirve todo esto? Tal vez la espía inglesa nos contó una trola para despistar, y realmente quieren el brazalete para hacer evidente ante la comunidad mágica internacional que es un monstruo…"
"No, todavía no te has recuperado del todo" – la interrumpió su amiga. Sara puso cara de ofendida. – "Es de conocimiento mundial que es un monstruo. No hace falta presentar el brazalete. ¿No dijo Estefanía que guardaba sus secretos? Sara, tal vez debamos hablar con tu tatarabuela."
"Bueno, creo que vendrá el fin de semana para verme".
"¡Estupendo!". Katalinxte se sentó contenta en su tumbona y siguió hojeando el libro sonriente. Sara pensó que, efectivamente, no estaba del todo recuperada. Y además, por alguna razón, no había sido capaz de mencionar en alto el nombre de Eleanor.
