CAPITULO 20
Isabella
Edward me evitó todo el día, escondiéndose en otra parte del castillo. No apareció para comer ni para hablar. No quería sexo conmigo.
Le di su espacio todo el tiempo que pude, pero mi curiosidad me estaba superando. Su relación con Tanya era mucho más seria de lo que me había supuesto, y debía de haberle hecho algo terrible a Edward. Nunca lo había visto tan enfadado.
Jamás.
Lo busqué por el castillo, y al final lo encontré en la segunda salita del ala opuesta. Estaba sentado a solas, leyendo un libro mientras un puro se consumía en el cenicero, y tenía media botella de whisky al lado.
Entré de puntillas para que no me viera, pero cuando estuve a cinco metros oyó mis pasos y levantó la vista del libro. Me observó con unos ojos más negros que el carbón. No había nada en su exterior que fuese cordial. Me amenazó con su silencio. Me ordenó que me marchase, o habría consecuencias.
—No he venido a hablar. —Me acerqué lentamente, deteniéndome junto a la silla que había cerca de la ventana.
Relajó los hombros un poco al oírlo.
Me coloqué entre sus rodillas y me subí a su regazo, dejando el libro a un lado para que tuviese sitio suficiente.
Cuando dejó caer el libro al suelo, supe que me aceptaba.
Me senté a horcajadas en sus caderas y subí las manos por su pecho, sintiendo el poderoso músculo que había debajo. Lo miré a los ojos, oscuros y sin rastro de la calidez a la que estaba acostumbrada. En aquel momento sólo veía a un hombre enfadado.
Quería saber cada detalle de lo que había pasado con su antigua amante, pero Edward no me daría ninguna respuesta. Tendría que esperar a otro momento o descubrirlo yo misma. Pero si tenía alguna oportunidad de hacer que aquel hombre sintiese algo por mí, tenía que ser su confidente, no su interrogadora.
Ojeé el puro sobre la mesa y lo cogí del cenicero. Me lo llevé a los labios y le di una calada.
Sus labios formaron una sonrisa.
Inhalé el humo hasta que me llegó a los pulmones, pero entonces sentí como me convulsionaba el pecho a modo de protesta. Ladeé la cabeza y lo expulsé entre toses, sintiendo como me gritaban los pulmones.
Edward rió entre dientes.
—Hace falta práctica.
Me bebí su whisky para aclararme la boca, y aunque el licor me quemó la garganta, no podía comprarse en nada al humo.
—Ni siquiera sabe bien. No lo entiendo.
—Te acostumbrarás. —Me cogió el puro de la mano y le dio una calada. Luego apartó la cabeza y exhaló, como un hombre de un anuncio de tabaco. Lo volvió a dejar en el cenicero—. Por fin me has encontrado, ¿eh?
—He tardado un rato, pero he seguido el rastro de puro y alcohol.
Rió otra vez.
—Supongo que te ha traído directamente hasta aquí.
—Sip. —Volví a frotarle el pecho, queriendo sentirme conectada a él.
Edward echó la cabeza hacia atrás y me observó, repasándome las facciones con los ojos. No llegué a preguntar nada, pero él abordó mi curiosidad.
—No quiero hablar de ello, no te molestes en preguntar.
—No iba a preguntar. Te conozco.
Sus ojos no se suavizaron, pero su cuerpo se relajó.
Le masajeé los hombros, notando la tensión.
—¿Ahora qué?
—No entiendo tu pregunta, monada.
En cuanto usó mi apodo supe que ya estaba de mejor humor.
—¿Vamos a quedarnos aquí o volvemos a la isla Fair?
—Nos vamos a Italia —dijo sin más.
—¿Qué hay allí?
—Un amigo que vive en la Toscana. Jacob Barsetti. Suele tener buena información que luego vendo.
—¿Te cobra por ella?
—No. Soy uno de sus mejores clientes.
—¿Qué vende? —Jamás llevaría la cuenta de todas esas cosas.
—Armas.
Seguramente de ahí sacaban los hombres de Edward sus pistolas y munición, y eso sin mencionar las armas que el mismo Edward usaba.
—Es un lugar precioso. Creo que te gustará.
—No he estado nunca, así que estoy segura de ello.
Le dio otra calada al puro y se levantó, llevándome con él. Me llevó hasta la pared y me apresó contra ésta. Se desabotonó el pantalón con una mano, sacándose el miembro antes de levantarme el vestido y apartar el tanga a un lado. Entró en mi interior con violencia.
—Oh, sí… —Usé sus hombros a modo de ancla para moverme de arriba abajo, engullendo su erección cuando me la entregaba. Era una sensación tan buena que ni siquiera tuve que exagerar; era mejor que cualquier otro hombre con el que hubiese estado. De hecho, hacía que los demás pareciesen niños.
Apoyó su boca contra mi oreja, exhalando aire cálido.
—Te voy a follar por el mundo entero, monada.
En lugar de sonar alarmante, me encantó.
—Hazlo, por favor.
No tenía mucho que guardar en las maletas, sólo mi ropa y algunas joyas. No tenía mucho a mi nombre. De hecho, ni siquiera contaba con mi propia libertad. Últimamente mi falta de independencia no había sido tan abrumadora, pero de todos modos pesaba sobre mí.
Edward entró en la habitación, vestido con vaqueros negros y una camiseta negra. Sus brazos eran musculosos, perfectos para agarrarse a ellos, y tenía el culo prieto, como de costumbre.
—¿Lista, monada?
Miré mis dos maletas. Contenían todas mis posesiones.
—Sí. —Me senté a los pies de la cama y pegué las rodillas contra el pecho.
Edward cogió una de sus maletas y se la entregó a Alistair, que estaba al otro lado de la puerta. Me miró preocupado al volver a mi lado.
—¿Va todo bien?
—Sí, sólo estoy cansada. —Pensé en Joseph y en la última vez que lo había visto; había estado al borde de las lágrimas, y ya era decir, porque era uno de los hombres más machos que conocía. No solía mostrar emociones, si es que lo hacía alguna vez. Seguía preocupado por mí, con la esperanza de que pudiese conseguir lo que habíamos acordado.
Pero ahora que había presenciado la pelea de Edward con Tanya, no creía que fuese posible.
Edward estaba aislado del mundo por una razón. No confiaba en nadie por una razón. Tenía que ejercer su control y poder sobre todo por una razón. Había perdido más de lo que podía permitir, y la mujer a la que obviamente había querido lo había traicionado de alguna forma.
¿Cómo iba a dejarme entrar alguien herido tan profundamente? Especialmente cuando no era más que una artimaña.
Edward se sentó a mi lado y me miró.
—Sabes que puedes hablar conmigo, ¿verdad?
—Sí. Y tú conmigo.
—Es que parece que te molesta algo. —Nunca antes había preguntado por mis sentimientos; puede que estuviésemos progresando más de lo que creía.
—Supongo que echo de menos mi casa… y a mi hermano.
Su expresión no cambió; no mostró simpatía alguna.
—Echo de menos la humedad de Nueva York. Y la comida china grasienta.
—La Toscana es muy húmeda, pero no vas a encontrar comida china. —Me sonrió, intentando animarme.
—Seguro que la comida italiana será genial, así que todo irá bien. —Observé los aposentos reales una última vez, ligeramente entristecida por dejarlos atrás. Era un lugar realmente precioso. Contenía más historia que un libro de texto.
Edward me dio una palmadita en el muslo antes de levantarse.
—Estaré esperando abajo hasta que estés lista. —Cogió mis maletas y se fue, reuniéndose con Alistair en el pasillo.
Me quedé atrás y disfruté de la soledad, pensando en el camino que tenía por delante. Necesitaba ponerme seria con mi misión, aprender todo lo que pudiese del hombre que me mantenía prisionera. Necesitaba aprender sus fortalezas y también sus debilidades.
Y necesitaba averiguar cómo conseguir que se enamorase de mí.
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Continuará:
La reina del escocés
Isabella es mía oficialmente. Es descarada, vehemente y sigue increpándome aun a pesar de estar bajo mi control.
