Capítulo 18
Apareció en la chimenea de un antiguo bar muggle cerca de casa de Remus. Salió por una vieja ventana abierta antes de que alguien acudiera al ruido del crepitar de llamas en el piso de abajo y se dirigió a casa de Remus sacudiéndose el hollín de los hombros y el pelo, que estaba empezando a crecerle demasiado. Podría haber reconocido la casa entre un millón sin saber la dirección; el jardín era minúsculo, muy bien cuidado, igual que la casa, con sólo dos pequeñas plantas y un balcón en el que apenas cabían dos adultos sin moverse al que se accedía desde la habitación de los padres de Remus. Había luz sólo en una ventana, ligeramente abierta, que dejaba entreoír la música de Miles Davis sonando desde un gramófono viejo. Las cortinas estaban corridas, y contra ellas se recortaba la silueta de alguien sentado en una silla con un libro en frente de los ojos, sujetándolo con unos finos dedos.
Se estremeció en su camisa; no había pensado en coger nada más de ropa, y hacía mucho frío… En el momento en que levantó la cabeza al cielo, el primer copo de nieve de la noche le cayó en la mejilla y se deshizo, deslizándose en una gota de agua por su barbilla. Metió las manos en los bolsillos y encontró un trozo de pergamino arrugado; las sacó con decisión y lo lanzó a la ventana. Maldijo entre dientes; el pergamino había golpeado la pared a unos centímetros del cristal. Al segundo intento golpeó el vidrio, y vio como la silueta de detrás de las cortinas apartaba la vista del libro y la volvía a dirigir al frente un instante más tarde. Lanzó el último trozo de pergamino que le quedaba, golpeando de nuevo el cristal. Finalmente, la silueta se levantó de la silla, dejó el libro en la mesa y descorrió las cortinas.
El rostro de Remus, pálido y con ojeras, apareció detrás de las cortinas tras su mano, y sus ojos se encontraron con los de Sirius casi de inmediato. La forma en que entreabrió la boca delató un asombro que no le era posible expresar totalmente por el cansancio. Apartó la mano y desapareció de la habitación.
Por un momento, Sirius creyó que iba a ignorarle y a dejarle fuera, en la nieve, sin abrigo y con la camisa ya húmeda, pero segundos más tarde de que apartara ese pensamiento de su cabeza, la puerta principal de abrió en silencio.
- ¿Qué haces ahí de noche y sin abrigo, hombre de Dios?
- Venir a verte… - sonrió el moreno, tratando no temblar mientras hablaba.
Remus se acercó y abrió la valla del jardín con un chirrido que intentó disimular.
- Mi madre ya duerme. Procura no hacer ruido al subir las escaleras. El cuarto escalón cruje, será mejor que lo saltes - se giró tras abrir la verja, dándole la espalda a Sirius, quién pensó que la nieve no parecía tan pálida al lado de Remus.
- ¿Qué…?
- Luego. Quítate los zapatos - dijo, quitándose los suyos -, así no mojamos el suelo.
Tras imitar a Remus y dejar su calzado en la entrada, subieron las escaleras saltando el cuarto escalón, como Remus había dicho.
- ¿Cómo es que tus padres duermen ya tan temprano?
- Ven, siéntate. Estás congelado - dijo, tras rozarle los hombros para sentarlo en la cama. Se giró y abrió un armario, sacando una manta y lanzándosela a Sirius - Tápate con eso… Pero será mejor que te quites la camisa.
- ¿Qué pasa, Remus?
- No deberías haber venido.
- Dumbledore no quería decirme qué coño pasaba - replicó empezando a enfadarse. ¿Es que no me tiene suficiente confianza como para explicármelo todo? se preguntó, pensando en que él siempre se lo contaba todo a sus amigos.
- Yo se lo pedí.
- Remus, ¿vas a decirme qué ha pasado?
- Si he venido aquí sin decíroslo es porque no tengo intención de hacerlo.
- ¡Vale, perfecto! - contestó Sirius, levantando la voz - ¡Ahora resulta que el señorito no tiene intención de hacerlo!
- No grites, por favor. Mi madre necesita descansar.
- Tú también, Remus. Las ojeras te llegan hasta el suelo, estás más blanco que la nieve y podría jurar que has perdido bastante peso.
- …no es de vuestra incumbencia - contestó. Sabía que no tenía sentido, sabía que no iba a hacer más que enfadar a Sirius, pero era lo único que podía decir, apartando la cabeza y con los ojos húmedos de nuevo.
- Joder Remus, tienes pinta de ir a romperte a la más mínima brisa que te dé y resulta que no es de la incumbencia de tus mejores amigos y de tu… bueno, de mí. Ostia, no me jodas…
- Sirius, de verdad…
- Dumbledore me ha dejado venir - dijo, levantándose, dejando la manta en la cama; no llevaba camisa pero ya estaba seco y la calefacción estaba encendida en la casa - Adoras a Dumbledore. Lo sabe todo, ¿no? Si Dumbledore me ha dejado venir será por algo - miró a Remus, frente a él, pero apartándole la mirada. Estaba seguro de que, además de peso, había perdido altura.
- Dumbledore también se equivoca.
No sabía de dónde sacaba la energía y la estupidez para seguir diciendo semejantes sandeces. Sirius, James y Peter tenían razón, y él no hacía más que distanciarse para protegerse. Pero una vez más allí estaba Sirius, recordándole que los cuatro eran uno sólo, a punto de pillar una pulmonía por andar por las calles en invierno, nevando y sin abrigo en plena noche.
- Sabes que estás diciendo sinsentidos.
- Lo sé…
- ¿Por qué continúas?
- Por que no sé qué más decir.
- Lo que quieras. Como si no quieres decirme nada. Pero deja que te mire a los ojos, Remus. Por lo menos deja que haga eso.
Sonrió con amargura. Lo que menos necesitaba era mirarle a los ojos. Sabía que si lo hacía lloraría, y no quería llorar.
No iba a llorar.
Sirius le había cogido de los hombros y a pesar de haber estado congelado fuera ahora el roce de sus manos era tan cálido como siempre, y Remus se dio cuenta de cuánto había echado de menos esas manos desde que se había ido del colegio aquel día. Tembló de repente; Sirius le aferró con más fuerza pero él se deshizo de sus manos y se sentó sobre la cama, dándole la espalda. Sintió el peso de Sirius en el colchón inmediatamente después, detrás de él. Los brazos del moreno le rodearon los hombros, desde detrás, su cálido pecho reconfortándole en la espalda. Notó luego sus labios cerca de su cuello, susurrando algo, sin palabras, antes de besarle.
Sintió las lágrimas recorrer sus mejillas antes de poder lamentar romper su promesa con él mismo. Gotearon en los antebrazos de Sirius, quien le abrazó más fuerte y separó los labios de su cuello. El moreno sabía que aquel momento iba a llegar; lo había sabido desde que había visto la silueta de Remus recortada contra las cortinas, leyendo y con Davis de fondo, y lo sabía porque el libro que Remus había dejado en la mesa antes de bajar a recibirle era el mismo que estaba leyendo en Hogwarts antes de irse, y no había avanzado ni una sola página desde entonces. Bajó sus brazos para abrazar a Remus por la cintura, percatándose de que realmente había perdido peso y de que temblaba mientras lloraba.
Empezó a comprender cuando vio la fotografía de su mesa oculta, bocabajo en la madera. Cuando vio el desorden en la habitación, su baúl con la ropa arrugada, sin colgar en el armario como siempre hacía al llegar e irse de Hogwarts. Cuando vio una pila de libros en el escritorio, separados de los otros. Cuando vio en el respaldo de la silla la primera corbata que había llevado en su vida; a los once años, en su primer día de colegio; había sido la corbata de su padre.
Oyó un gemido ahogado. Remus se había cubierto la cara con las manos. Le abrazó sintiéndose estúpido por no poder hacer nada más que susurrarle,
- Shhh, cariño, ya está… No te preocupes más… No te preocupes, cariño…
Lentamente, poco a poco, paso a paso, canción a canción, fue recostándole en la cama. No sabía cuantas horas habían pasado cuando Remus finalmente se durmió, con los ojos hinchados y el rostro húmedo. El gramófono dejó de sonar y Sirius lo apagó; quiso hacer lo mismo con la lámpara de la mesa, pero se dio cuenta de que Remus dormía abrazándole, y de que no había dormido en dos días como mínimo. Había reconocido sólo la última canción de Davis, pues era una de las preferidas de RemusDecidió que la tenue luz no importaba, y cerró los ojos él también.
Sin embargo, no se durmió, escuchando la respiración del otro hasta que el sol inundó la habitación con la timidez de los días de invierno.
Tempus fugit…
Sonaba una y otra vez en su cabeza.
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- Entonces… - dijo James.
Estaba sentado en el sofá de la sala común. O había estado sentado, porque quejándose del aburrimiento de las vacaciones había ido escurriéndose hacia el suelo, dejando las piernas fuera del sofá y la espalda en él. Tenía el cuello doblado, y contemplaba las llamas, crepitando, en la chimenea de la torre.
- ¿Entonces…? - preguntó Peter, sentado en la alfombra, mirando a James con el mismo gesto de aburrimiento.
- Me aburro.
- Lo sé.
Silencio.
- Voy a escribirle a Lily.
- …suicida.
- ¿Qué?
- Nada hombre, nada.
- Ése ha sido un comentario propio de Sirius, Colagusano.
Peter se levantó sonriendo, henchido con orgullo, acercándose a la mesa en la que James estaba ya escribiendo en un pergamino.
- ¿No estás preocupado por Lunático y Canuto, Cornamenta?
- No del todo. A Remus le pasa algo, pero Sirius está con él. Y ahora que Sirius está con Remus, no tenemos que preocuparnos por él. Creo que ha sido lo mejor que podía hacer Sirius.
- Me habría gustado ir a mi también… - dijo Peter, preocupado.
- No esta vez, Peter. Ha sido mejor que vaya sólo Canuto… Y no me distraigas más, estoy escribiendo un poema.
Peter contuvo la risa.
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Lo primero que vio al abrir los ojos fue el cabello de Sirius en la almohada. Los cerró de nuevo; era una mañana demasiado clara para su gusto y su ánimo. Escondió el rostro en el cuello del moreno.
- Buenos días… - aventuró la voz de Sirius, cerca de su mejilla, susurrándole al oído.
Remus no contestó.
- Debes de tener hambre - continuó el otro - Voy a preparar el desayuno - dijo, levantándose con cuidado.
- No te molestes… - dijo débilmente.
- No me molesto, hago el desayuno - dijo, poniéndose la camisa sin abrocharla y saliendo por la puerta.
Remus le oyó saltar el cuarto escalón. Sonrió de forma casi imperceptible, entre las mantas, por primera vez en mucho tiempo.
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Diez minutos más tarde estaba abajo, preguntándole a Sirius si necesitaba ayuda, pues no estaba acostumbrado a cocinar. El moreno insistió en que se sentara y le dejara hacer, con las consecuencias de unas tostadas quemadas y unos huevos un poco pasados, pero más que otra cosa aquello sólo hizo reír a Remus. Una hora más tarde bajó su madre, en silencio y también con ojeras, sorprendiéndose al ver a Sirius, pero encontrándose capaz de sonreírle débilmente cuando él insistió en hacerle el desayuno también a ella. Aquella vez, por suerte, sólo los huevos quedaron un poco mal.
Tras el funeral, al que Sirius se había empeñado en acompañarles, el ánimo del moreno había empapado la casa. Todo parecía un poco más claro, y la madre de Remus les insistió en volver al colegio para el fin de año, diciendo que aquí os aburriréis y Sirius ni siquiera tiene ropa limpia. Remus no quería dejar sola a su madre, pero ésta insistió con una sonrisa en los labios; los dos chicos sabían que volvía a llorar por las noches, pero al verla sonriendo Sirius supo de dónde había sacado Remus su fortaleza. Cedieron finalmente, e informaron a Dumbledore de que llegarían al día siguiente a media mañana si no le ocasionaba molestias. El director les recibió con los brazos abiertos, alegrándose de que hayan vuelto para el banquete de fin de año; no hay muchos alumnos estas vacaciones, pero los elfos domésticos han descubierto una nueva receta de tarta de calabaza que Minerva quería prohibir por causar excesos de alegría en algunos estudiantes…
- ¡Por fin, los desaparecidos!
- ¡Cornamenta, tío, te he echado de menos, pero Remus me había secuestrado y no me dejaba marchar!
- Al igual, en todo caso serías tú el que le secuestraría a él.
- ¿Por qué nunca me crees?
- Porque sé que no puedo hacerlo. ¿Te hace algo de marihuana antes de la cena?
- ¡Ven que te bese…!
Remus y Peter dejaron de hablar cuando James pasó corriendo entre ellos, huyendo de Sirius, que le perseguía gritando ¡Sólo un besito, Jamie…! Poco después bajaron a cenar, cuando Remus hubo deshecho el poco equipaje que llevaba, y se sentaron a la mesa, redonda, con los profesores, pues había tan pocos alumnos que no los habían repartido en las mesas de las casas. Remus supuso que, en un momento en el que estuvo solo, Sirius había escrito a los otros dos para decirles que no preguntaran demasiado. James y Peter le dirigían miradas fugaces, y desviaban la mirada para reír alguna broma cuando Remus les veía mirándole, pero no habían hecho ni una sola pregunta. Remus se lo agradecía, aunque sabía que no iba a ocultárselo para siempre, y que ahora ya casi estaba listo para que lo supieran.
- Oh, Severus - dijo Dumbledore, saludando al último estudiante de Slytherin que se había quedado ese invierno en el colegio - Siéntate, siéntate… Ya estamos todos. Que empiece el banquete… Cuanto antes empecemos antes llegará el postre…
La comida apareció en la mesa justo cuando Severus Snape se sentaba en el banco con sus andares angulosos. Miró a los cuatro Gryffindors de reojo antes de sentarse a un extremo apartado y bajar la vista a su plato para servirse una cucharada de estofado. Inmediatamente después, con un gesto de la mano de Dumbledore, empezó a sonar una música que Sirius no conocía pero que parecía que a Remus le encantaba; debe de ser esa cosa a la que llaman jazz. A pesar de las pocas personas que había sentadas a la mesa, la noche fue divertida hasta que, pasadas ya las diez, empezaron a levantarse. Los alumnos se fueron a sus dormitorios, pero tras suplicar durante un rato, James consiguió que sólo durante aquella noche, Dumbledore les dejara pasear un rato por los terrenos del colegio, sólo hasta las 12, bajo la atenta y reprobatoria mirada de Minerva McGonagall. Subieron a ponerse el abrigo, y en cinco minutos bajaban los escalones, Sirius y James de tres en tres, a la carrera.
- Son como críos… - murmuró Remus, sonriendo débilmente. Notó la atenta mirada de Peter sobre él.
- ¿…estás bien? - preguntó en voz baja, casi inaudible, desde su corta estatura, como un ratoncito asustado.
- Sí. No te preocupes.
- ¡Cuidado!
Una bola de nieve se estrelló contra la sien de Peter, que acababa de cruzar el umbral de la puerta con Remus. James se disculpó sonriendo mientras Sirius reía y Peter de quejaba de que ¡en el fondo no lo sientes, Cornamenta!
- ¿Ah no? ¡Esto es la guerra! Ven, Remus, tú y yo contra Peter y Sirius.
- Sí hombre, yo quiero ir con Remus - contestó Sirius.
- Te aguantas, yo le he visto an… - pero no acabó la frase; Peter había llevado a cabo su venganza y James se encontró con la boca llena de nieve.
- ¡Buena, Colagusano! - dijo Sirius, corriendo a esconderse detrás de un árbol y haciendo una bola de nieve con cada mano.
- Te vas a enterar…
- Toca a Peter y te corto los huevos, Cornamenta.
Remus se agachó a tocar la nieve. No había cogido guantes… Se fijó en que ninguno de sus amigos llevaba. El funeral parecía lejano, perdido en los recuerdos. A pesar de eso, algo le dolía mucho en el pecho; quizá fuera el corazón. Antes de que pudiera pensar más en ello, un puñado de nieve le golpeó en el pecho, allí donde dolía. Oyó reír a sus tres amigos; levantó la cabeza y les vio cerca del árbol donde se había escondido Sirius. Al parecer se habían aliado momentáneamente para sacarle de su ensimismamiento.
- ¡Empanado! - gritó James.
Sonrió de nuevo antes de coger un puñado de nieve y lanzárselo a su supuesto compañero de equipo. Allí donde le había golpeado la última bola, el agua le traspasaba el abrigo y la camisa. Se le pegaba a la piel, aquella nieve que sus tres amigos le habían lanzado juntos. La sentía entrar dentro de él y acariciarle el corazón; quería curarle. Llegó el momento del que Dumbledore les había hablado a los merodeadores; Remus se echó hacia delante, alargó la mano, y tomó la de sus amigos entre una lluvia de bolas de nieve.
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- ¿Qué hora es…? - dijo James, estirado en la nieve de una colina en los terrenos del colegio.
- ¿Tienes miedo de llegar tarde y desobedecer a los profes, Jamie? - le provocó Sirius.
- Son casi las dos… - dijo Remus, antes de que James contestara.
- Nos dijeron a las doce - dijo Peter, con un deje de preocupación en la voz.
- Qué más da. Dumbledore sabía que no íbamos a volver a las doce - razonó Cornamenta.
Remus pensó que James tenía razón. La forma en que Dumbledore les había sonreído al darles permiso… Qué hombre tan misterioso. Habían pasado la última hora estirados en la hierba cubierta de nieve, mirando al cielo oscuro, ahora casi despejado por completo, dejando que el silencio les envolviera. Había dejado de nevar y casi no hacía ni viento, y los cuatro tenían algo de frío y los cuatro estaban empapados, pero ninguno de los cuatro quería volver al castillo. Era un uno de enero demasiado emotivo como para dejarlo escapar entre los dedos, y Remus aprovechó la ocasión casi inconscientemente. No supo que lo había dicho hasta que lo hubo hecho.
- Mi padre ha muerto.
Ninguno de sus amigos se movió. Podía sentir a Sirius a su lado, quieto, respirando en silencio, y supo que no estaba del todo tranquilo. James y Peter no dijeron nada; era obvio que habían estado pensando sobre qué podía ser aquello tan grave que había ocurrido, y sin duda, aquella posibilidad les había pasado por la cabeza, dada la permanente situación delicada de su padre. Pasaron unos minutos, y el primero en hablar fue James.
- Yo estoy aquí, Lunático.
Y Peter le siguió.
- Y yo, Remus.
Y Sirius cerró el círculo.
- Coño, y yo, no te jode.
Volvieron al dormitorio en silencio. Dentro de poco volvían todos los estudiantes; iban a disfrutar de las últimas horas de aquella noche. Seguramente no dormirían hasta que rompiera el alba… Conociendo a James y a Sirius, tendrían un arsenal de botellas de alcohol escondidas en los colchones para la ocasión. Tenía las manos congeladas y no se notaba los dedos; los calcetines, mojados, se le pegaban a los tobillos, y arrastraba los pantalones por la nieve.
Once a Marauder…
Se acercó a Sirius y metió su mano izquierda en el bolsillo derecho del abrigo del moreno.
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- ¿Lily?
- Ah… lo siento, mamá… - guardó el trozo de pergamino en el bolsillo, algo sonrojada.
- ¿Estás lista? Vamos a ir ya para la estación… - dijo su madre, mirándola con ternura, echando un vistazo a los libros de hechizos que su hija tenía en la mesa, fascinada.
- Sí. Sólo estaba algo distraída…
Cogió su baúl por un asa, arrastrándolo, mientras se metía la otra mano en el bolsillo del pergamino. Lo apretó con el puño, escondió las mejillas en la bufanda mientras salía al frío invernal.
Querida Lily,
Los días sin ti son como los fines de semana sin Quidditch. No estoy seguro de que eso haya quedado muy romántico, pero ya sabes que amo el Quidditch. Bueno, te amo más a ti… Bah, la cuestión es que me aburro. Me gustaría que estuvieras aquí conmigo, echo de menos la forma en que agitas tu melena pelirroja, se ve realmente preciosa a la luz del fuego de la torre… Pronto es San Valentín, Lily. ¿Sabes qué significa eso? Te pido con antelación que vengas conmigo a Hogsmeade. Iremos donde tú quieras, me portaré bien, lo prometo, si no fuera en serio no llevaría seis años persiguiéndote… Sirius dice que me hago pesado, pero he decidido no hacerle caso, porque a él las novias le duran menos de una semana. De hecho, no estoy seguro ni de que sean novias, porque de algunas ni recuerda el nombre. El caso es que voy a hacer las cosas a mi manera. Si te agobio sólo dímelo y dejaré de enviarte cartas. Pero no me ignores; te aviso, si no contestas me lo tomaré como un "No me importa que me vayas detrás".
Te quiere,
James Potter
P.D.: Me gusta como suena Lily Potter. ¿Te gusta el nombre de Harry para ponerle a nuestro hijo? Sirius quiere que se llame como él pero no quiero crearle un trauma de nacimiento. Si es niña, puede llamarse como tú quieras. Porque estoy seguro de que te gusta Harry si es un niño. O quizá son gemelos… entonces tendríamos un problema adorable.
Lily no había contestado a la carta. Pensó en qué excusa ponerle. "No te hagas ilusiones, Potter, he estado demasiado ocupada como para contestarte, eso es todo…"
Sí, aquello valdría.
