NdA: el final (de la primera parte) cada vez está más cerca. ¡Espero que os guste el capítulo!
CAPÍTULO XIX
LA MÁSCARA
Los demás siempre pelean y mueren por mí, y no puedo evitar sentirme culpable por eso —Nápoles.
Primavera de 1534, Argel
—Un sitio pintoresco…—murmuró Francia, tratando de reprimir su asombro mientras se abanicaba con una mano.
En la costa norteafricana hacía más calor del que había esperado y estaba cubierto de sudor, de arriba abajo. El pelo se le pegaba a la nuca y a las sienes, el roce de la ropa le irritaban la piel. Pero cuando puso los pies en la orilla, se olvidó del calor, la sed y la incomodidad para observar aquella ciudad de la que tanto había oído hablar.
Tenía una muralla inmensa, con nueve puertas y un puerto impresionante, repleto de actividad.
«¿Pero qué se supone que está haciendo Castilla?» se preguntó, perplejo. Se suponía que el reino debía controlar la costa para impedir cosas así. Pero, al parecer, la situación se le había ido de las manos y Argel estaba creciendo por su cuenta.
Eso era una buena noticia para él. Cada vez comerciaba más con el pequeño pirata y habían establecido una relación amistosa que protegía a su gente de las razias berberiscas. Pero no podía evitar revolverse al ver a tanto musulmán prosperando. Nunca podía ser una buena señal.
—¡Bienvenido a mi humilde hogar, Francia!
Argel se acercaba escoltado por un grupo de grandes negros, ¿eunucos, quizá?, que daban miedo con sólo mirarlos. Francia dirigió al joven una mirada apreciativa y le gustó la armonía de sus rasgos, los vivos ojos castaños, el dulce color de su piel, incluso los cabellos negros que se le escapaban del turbante. Bajo las elegantes ropas debía tener un cuerpo firme, sin una pizca de grasa. Cazar cristianos le mantenía en forma, pensó con sarcasmo.
Sonriendo, Francia avanzó, pero no se separó de sus propios hombres, que se habían llevado las manos a las empuñaduras de las espadas. Argel abrió las manos a los lados y dijo de buen talante:
—Oh, vamos, Francia. Eres uno de mis socios, ¿cómo iba a hacerte daño?
—Disculpa que sea desconfiado. Uno de mis socios me traicionó hace un par de años —respondió con acidez.
—Ah —la sonrisa de Argel se volvió afilada—. Génova. Estoy seguro de que vamos a hablar largo y tendido de él esta tarde, ¿no crees?
Francia se relajó ligeramente.
Dejó que su anfitrión lo llevara por el interior de la ciudad y no pudo resistirse a mirar con curiosidad la capital de la piratería berberisca. Las calles eran angostas y estrechas, aunque no tanto como las de Toledo —Francia apartó con desagrado los recuerdos de sus paseos con Castilla por aquella ciudad—, casi ninguna casa tenía corral, y no eran aptas para ser recorridas a caballo. Incluso era un poco incómodo para dos personas ir al paso. Sólo en la calle del Zoco, Francia encontró el suficiente espacio para respirar tranquilo. Dobló el cuello para contemplar las casas, todas blancas, pequeñitas, con terrados en los que la gente colgaba la ropa. Argel le comentó que se podía recorrer la ciudad por los terrados, de tan juntos que estaban unos con otros. Es más, Francia vio a varias mujeres charlar y pasar de una casa a otra sin necesidad de utilizar una sola puerta; sólo había que extender las piernas y pasar al tejado de la casa vecina. Lo único que Francia encontraba extraño era la ausencia de ventanas; las pocas que había estaban veladas, puesto que las casas tenían patios y zaguanes por los que les entraba toda la luz necesaria.
Argel lo llevó hasta un bonito palacio. Como a casi todas las personificaciones, le gustaba tener su espacio propio y no vivir con su gobernante, así que aquel lugar era exclusivamente suyo. Francia admiró el blanco de las paredes, el bonito jardín en el que había varias fuentes de agua transparente, y donde aspiró de inmediato un aroma a jazmín y demás flores que le hizo recordar que él apestaba por culpa del viaje.
Como si le hubiera leído la mente, Argel, una vez en el interior del pequeño palacio, le ofreció darse un baño.
—Te aseguro que el agua no tiene ácido ni nada por el estilo —añadió, socarrón.
Francia lanzó una carcajada seca, pero consintió. Y de la nada aparecieron unos jovencitos que, sin emitir una palabra, lo llevaron hasta un baño precioso, con la bañera llena de agua caliente y que desprendía olor a perfume. Antes de que Francia pudiera decir nada, empezaron a desvestirlo con callada eficiencia. Examinándolos, sospechó que se trataba de esclavos cristianos y sintió que sus mandíbulas se ponían rígidas.
Pero no podía decir nada. La esclavitud era un hecho tanto entre cristianos como musulmanes, así que dejó que le frotaran la espalda y los brazos, sintiéndose casi igual de mimado que si fuera una mujer. Lo que ya no les permitió es lavarle algunas partes concretas. No tenía nada en contra de bañarse una vez cada cierto tiempo, pero de ahí a que se le restregaran como si estuviera en un burdel era una cosa muy distinta. Con todo, se le pasó por la cabeza que si Argel recibía esos servicios cada día, tenía que pasarlo muy bien (1).
Lo ataviaron con una túnica de color celeste, unos pantalones suaves como la seda y un cinto para que pudiera anudarse a la cintura, además de unas babuchas decoradas. Cuando lo llevaron a través de la casa, Francia se sentía ridículo y a la vez divertido por aquellas ropas. Había visto a muchos piratas berberiscos de ascendencia cristiana, y también, paseando por la ciudad, encontró a mucha gente rubia como él. Así que debía pasar claramente por un renegado.
Argel lo esperaba en el patio interior de la casa, sentado sobre unos cojines y con unas viandas y bebidas preparadas.
—No te queda mal —señaló.
—A mí todo me queda bien —respondió Francia de forma ambigua, de modo que Argel no pudo saber si bromeaba o hablaba en serio—. Vaya, vino. ¿Es que no cumplís con nada de vuestra religión?
—¿Tengo que recordarte si obedecéis a todo lo que os dijo Cristo? —se rió Argel.
Hablaron un rato, lanzándose alguna que otra pulla, intentando distender el ambiente, sin mucho éxito, hasta que al final Argel decidió pasar al grano:
—¿Te gustaría vengarte, Francia?
Removiendo su vino en la elegante copa, Francia entrecerró los ojos.
—Te escucho.
—No os ha tenido que hacer mucha gracia que Carlos se corone Emperador con el reconocimiento de la Iglesia, ¿verdad? (2)
Francia emitió un gruñido de disgusto. ¡Claro que no le había hecho la más mínima gracia! ¡El Imperio no hacía más que ganar poder!
—Mi rey, al que tú llamas Barbarroja, también está en contra de la alianza entre Italia, España y el Imperio. Y sabe que vosotros estaríais predispuestos a aliaros con nosotros.
—¿A cambio de qué?
—Mantendríamos la protección de tus costas.
—No es suficiente. Mi rey nunca aceptará colaborar directamente con vosotros —se mordió la lengua para no soltar «sarracenos»—. El Papa podría condenarle por traidor.
—Si no lo ha hecho hasta ahora…
—No lo va a hacer. Lo conozco.
—Mi rey estaba convencido de que me dirías eso —sonrió Argel—. Por eso te proponemos un respaldo todavía mayor.
Francia pensó de inmediato en él.
—¿Hablas de… la Sublime Puerta? —sacudió la cabeza, de mal humor—. No, ya he comprobado cuánta ayuda puede ofrecerme alguien que está tan lejos.
—Pero cada vez más cerca. Y no puedes olvidar que Fernando ha firmado la paz—ante aquello, Francia no pudo reprimir una sonrisa maliciosa y escuchó a Argel con mayor interés—. Al igual que Venecia, ahora Austria es subordinado de la Puerta. Si vuestro Papa no les castiga, a ti, que eres su mano derecha…
—Era —gruñó de mal humor.
—Tonterías, sabes que no se atreverá a condenar a tu rey por miedo a iniciar una nueva guerra. Y el Emperador tiene suficientes problemas en el imperio para poder enfrentarse de nuevo a ti.
—Estáis muy bien informados, por lo que veo.
—Es lo que tiene estar en el mismo bando que Venecia.
—Sigo sin saber en qué me va a beneficiar aliarme directamente con vosotros.
En ese momento Argel dejó su vaso en el suelo, se incorporó, rodeó la mesa que los separaba y se dejó caer aparatosamente al lado de Francia. Le pasó un brazo por los hombros, atrayéndolo hacia sí, y le susurró al oído:
—¿No te he dicho que hablaríamos de Génova? Mi rey le odia tanto como tú y está dando muchos problemas a Otomano… Así que creo que podríamos salir todos satisfechos —se separó, cogiéndole por la barbilla, y sonrió:—. ¿Qué me dices?
El corazón de Francia se había acelerado y de repente sentía una nueva fuerza latirle en las venas. La fuerza de la venganza. Apartó la mano de Argel, con una desagradable sonrisa, mientras pensaba «no te pases, niñato».
—Soy todo oídos —y apretó entre sus dedos la muñeca del pirata (3).
Junio de 1534, cerca de las costas de Sicilia
Otomano tenía que admitirlo, era una flota impresionante. Ochenta galeras, veinte fustas, ochocientos jenízaros, ocho mil soldados turcos. No estaba ni siquiera seguro de que pudiera llamarse a aquello una «operación de corso». Era una guerra en toda regla.
El cálido aire de finales de primavera acariciaba el rostro de Otomano, arrastrando consigo el rancio olor de los miles de remeros que aguardaban en las partes inferiores de las galeras. Al contrario que los cristianos, al menos ellos trataban de refrescarse con agua de mar. Pero era imposible permitir que salieran todos a menudo para mantenerse con un mínimo de decencia, así que las galeras musulmanas terminaban siendo tan apestosas como las cristianas. Otomano no quería bajar ahí a bajo a menos que le obligaran. Y más pensando en todos los fluidos y deposiciones que había en las zonas más bajas. Así que se concentró en separar el agudo olor a sudor del salitre del mar y prepararse para la batalla.
—¿Todo bien? —preguntó una voz grave.
Otomano se volvió para mirar cara a cara a Hayrettin, bey de Argel.
O, más bien, kapudan pasha, Almirante de la flota otomana.
Pues ese mismo año, Süleyman lo había reclamado en la corte de Constantinopla y lo había convertido en el Almirante de su flota, reconociendo sus méritos por encima de los de cualquier otro navegante que fuera parte directa del imperio (4).
Y Otomano estaba completamente de acuerdo con la decisión del Sultán. No creía que existiera mejor marinero que aquel que vivía cada día batallando contra los cristianos… y venciendo.
¿Cuánto años tenía? Rozaba ya los sesenta, pero se mantenía bien: recio, firme, cruel. Como debía ser un corsario. O un general. Era como si en su espíritu ardiera una llama inextinguible que le impedía rendirse y su agudo genio le permitía superar todo tipo de problemas. Otomano lo admiraba con sinceridad y sólo lamentaba que no se hubiera convertido en almirante de su flota mucho antes.
—Todo bien —respondió al final.
Hayrettin abrió la boca, pero al final se acarició la barba, plagada de hebras plateadas, asintió y continuó con su ronda. Otomano lo siguió con la mirada y suspiró.
Sabía que todos le miraban con una mezcla de recelo y respeto. Süleyman podía haber entregado una maravillosa flota a Hayrettin y fingir que todo estaba bien, pero lo cierto era que habían intentado tomar Viena otra vez…
Clavó los dedos en la amura con tanta fuerza que se saltaron un par de astillas.
¡Dos veces! ¡Dos malditas veces había caído ante las murallas de Viena! ¡Y esta vez ni siquiera habían conseguido que los austríacos y alemanes que se habían reunido en su interior presentaran batalla! ¡Los muy cobardes no pusieron un pie fuera de la ciudad! (5)
Pero en seguida se relajó y sonrió para sí mismo. Habían pasado tantas cosas en tan poco tiempo…
Por ejemplo, la coronación de Carlos V, el «bey de España», como insistía en llamarlo el Sultán, en Roma. Desde entonces, el acerbo de Süleyman contra este reino se había disparado.
«¿Cómo que Emperador de los romanos? ¿Quién tiene Constantinopla, la verdadera herencia del antiguo imperio romano? ¡Yo soy el heredero de Roma, yo ocupo el trono del último Emperador romano! ¡Cómo se atreven a decir que hay otro Emperador!».
Ahora Carlos era Emperador de hecho en la Cristiandad, pero aquello sólo volvía más delicioso el hecho de que hubiera estado negociando con la Sublime Puerta para conseguir la paz.
Sí. El Emperador había intentado conseguir la paz con él, el Imperio Otomano. Todavía se estremecía de placer y satisfacción cuando pensaba en los viajes que habían obligado a hacer a los embajadores de los hermanos Habsburgo. La Sublime Puerta había sido la primera en ofrecer la paz, cierto, pero también había impuesto sus reglas. Carlos había intentado regatear, ofreciendo entregar a Argel y Hungría —Otomano no tuvo corazón para decirle a la muchacha que sus antiguos dueños estaban dispuestos a venderla por un precio razonable— a cambio de Corón, que el maldito de Andrea Doria había conquistado en 1532 (6). Además, Carlos quería formar parte de la tregua pero no aparecer como firmante, negociándolo todo a través de su hermano Fernando.
«—Será hipócrita» dijo Ibrahim, que se ocupó de las negociaciones, cuando lo supo. Argel era un sancak (7)y Hungría ya les pertenecía por fuerza de conquista. Con todo, la actitud del cristiano era comprensible. ¿Cómo iba el Emperador a firmar treguas con la Sublime Puerta, cuando había criticado tan duramente a los franceses y los venecianos por sus relaciones con los turcos? Pero, ah, necesitaba esa paz. Y Otomano no.
La sonrisa se le borró de pronto.
Süleyman en seguida había fijado los ojos en el este, en el hereje de Safávida, por eso había pensado que el tema del Emperador quedaría olvidado o, al menos, retrasado hasta dentro de varios años. Sin embargo, las negociaciones habían continuado adelante a pesar del estallido de furia de Carlos cuando comprendió que, si quería conseguir la paz, se le obligaría a figurar en el tratado únicamente como «rey de España» y como inferior al Sultán. Sólo entonces el Padishah lo trataría como «un hermano», tal y como ahora denominaba a Fernando, archiduque de Austria… Y vasallo del Imperio desde el momento en que aceptó a firmar.
Süleyman sabía de antemano que Carlos no se avendría a aceptar una posición tan humillante: al fin y al cabo, no era él quien tenía a los turcos encima. Pero insistió, porque su plan era ganar tiempo mientras preparaban la campaña contra Safávida… y contra España.
Otomano sólo supo esto último cuando el Sultán le mostró la carta con la que invocó a Hayrettin a Constantinopla, para convertirlo en su Almirante:
Deseo una campaña contra España.
No había tenido tiempo para discutir la decisión del Sultán, pues lo envió a la frontera de Safávida junto a Ibrahim, que dirigió una violenta campaña tras la que llegó a tomar la capital del reino. Fue una experiencia durísima que les obligó a atravesar los Montes Zagros en persecución del Shah Tahmasp, que no presentó batalla, sino que se limitó a huir. ¡Igual que el maldito de Austria, en vez de enfrentarse a él, prefería escapar y dejar que las tropas enemigas se desgastaran en territorio enemigo! Y en esta ocasión había sido infinitamente peor, porque había pasado el invierno recorriendo Persia. Pero al final, Otomano se hizo con Bagdad, la antigua capital de los abasíes. Un gran triunfo para Süleyman, aunque coronado por los esfuerzos de Ibrahim, que tuvo que hacer el recorrido más duro con el ejército mientras el Sultán viajaba por Anatolia atendiendo las quejas de sus súbditos y visitando los santos lugares que se le cruzaban en el camino…
Otomano no permaneció mucho más en Bagdad, a pesar de que se regodeaba durmiendo en las habitaciones que pertenecían a Safávida, porque en seguida fue enviado a Constantinopla a acompañar a la armada de Hayrettin. Ya se habían ocupado del frente oriental, ahora tocada el occidental.
Necesitaban una victoria. Una victoria rápida, fulminante, catastrófica. Rotunda. Por eso Süleyman había apostado por Hayrettin. Y por eso había enviado a Otomano, para que no quedara duda alguna de que aquello ya no era ninguna empresa privada de Argel o cualquier pirata, sino del mismo Imperio.
Así pues, se dirigían a saquear Italia. Génova, para empezar. Ese traidor, que había vuelto la guerra en contra de Francia, iba a pagar las consecuencias de haberse unido a los imperiales. Hayrettin, además, le tenía una ojeriza personal a Andrea Doria que era recíproca, de modo que acudía a la batalla con una sonrisa de ansiedad.
Iban a saquear Italia, sí. Pero no las costas directamente españolas. Cuando Otomano conoció el recorrido que iban a hacer sus barcos, no pudo evitar suspirar de alivio. Desde que Hayrettin convenciera al Sultán de la ambiciosa empresa que iban a llevar a cabo, había sabido que el objetivo principal era España: después de todo, era el enemigo de Francia, y quien controlaba los territorios del sur de Italia, así como las pequeñas ciudades africanas que todavía se resistían a Hayrettin. En particular, Túnez, que era su objetivo final.
España perdería casi definitivamente su control sobre la costa africana. Pero en ningún momento iban a atacar directamente al reino y Otomano dio gracias a Alá, porque había estado convencido de que Süleyman querría hacerlo. Hayrettin, sin embargo, el convenció de que sería más productivo ocuparse de África.
—Dejadme que conquiste la costa. Nadie quiere verdaderamente el dominio español; Túnez suplica que lo libremos del yugo castellano.
—¿Y entonces? —inquirió Süleyman.
El viejo pirata, respetuoso, se había inclinado antes de añadir:
—Y entonces pasarían a estar bajo vuestro control, Padishah. Y de ahí a Gibraltar sólo hay un paso.
Ambos hombres se habían sonreído, cómplices, mientras Otomano se preguntaba qué habría pensado Granada de aquella conversación. La idea de saltar a la Península Ibérica, como antaño hicieron sus antepasados bajo la bandera del Profeta era muy tentadora…
Pero primero, por suerte, venía Italia.
Mesina, Sicilia, Nápoles
—¡Todo el mundo preparado! —bramó Génova, tan fuerte que sintió que le escocían los pulmones.
La actividad en las galeras era frenética. Llevaban meses esperando una respuesta de los turcos o los berberiscos por la aventuras de Doria en el Mediterráneo Oriental, pero aquello superaba con creces sus expectativas. La mente de Génova trabajaba a contrarreloj. Dudaba que aquella armada estuviera dirigida únicamente a su persona. No, simplemente ocurría que él era quien poseía la flota más potente de Occidente, por eso querían derrotarlo en primer lugar. Porque, una vez cayera él, toda Italia quedaría desnuda ante los piratas.
«¡No voy a consentirlo!» pensó, empujando a un marinero para que se diera prisa y se apartara de su camino.
No ahora que trabajaba para el Emperador y que Andrea Doria era el general de la flota cristiana y tenía la obligación de defender los territorios españoles.
—¡Vamos a mostrarles que no pueden jugar con nosotros! —escuchó gritar a Antonio Doria, primo del gran marinero—. ¡No les dejaremos pasar! ¡No van a pasar!
Génova trató de imprimirse el furor de aquellas palabras, pero no fue capaz, pues era dolorosamente consciente de que sólo contaban con siete galeras. Sintió una presencia a su lado y miró con seriedad a Sicilia.
Era un hombre maduro, que rondaría los treinta y pocos años humanos, con una cabellera gruesa y castaña, casi negra, recogida en una coleta baja. Tenía la piel tostada, los ojos oscuros enmarcados por unas pestañas largas y una nariz recta, picuda. Todo en él, desde su elegante ropa, hasta los anillos de sus dedos, hacían pensar en riqueza y elegancia. Sicilia tenía muy buen gusto para la ropa, algo que Génova siempre había apreciado pero, además, era un gran navegante y un comerciante nato. Los siglos le habían enseñado a defenderse a sí mismo de las incursiones enemigas, pues sus tierras eran ricas y un foco constante de problemas.
En ese momento, aunque se esforzara por disimularlo, estaba verdaderamente tenso y angustiado. No era de extrañar. Gracias a la voz de alarma de Venecia, que se apresuró a informar de la movilización de la flota otomana, todas las ciudades de Sicilia llevaban en vilo meses, a la espera de un ataque musulmán. Sicilia había desarrollado un profundo odio por aquellos piratas que no dejaban de hundir sus barcos, saquear sus costas y secuestrar a sus gentes, pero también sentía un sano temor por ellos. Había experimentado demasiadas veces en sus carnes la brutalidad de los berberiscos para no sentirlo.
Por eso, sabiendo que esta vez se acercaba una armada excepcionalmente grande…
Génova le puso una mano en el hombro, duro bajo los suntuosos ropajes, y apretó con firmeza. Sicilia, que no era mucho más bajo que él, respiró hondo.
—No luches directamente contra ellos. Acabarán contigo —dijo con aplomo, y una voz grave pero sinuosa como la miel.
—Lo sé. Sólo vamos a poder escaramuzar —masculló Génova—. No te preocupes por mí. Estaré bien.
—¿Me odiarás si te digo que ahora mismo no puedo dejar de preocuparme por todo y por todos? Creo que sólo me queda rezar a Dios.
—No seas estúpido —le reprendió con suavidad, a pesar de la tensión que agarrotaba sus músculos—. Saldrá bien.
—Bien, eh…
Génova apartó la mirada; no había duda de que los berberiscos se dirigían contra Sicilia, que estaba, dentro de lo que cabía, desprotegido. Pero él haría lo que estuviera en su mano por protegerle.
—Baja, Sicilia.
Sicilia suspiró y le deseó suerte en voz baja. Luego bajó ágilmente por la pasarela, a pesar de las ropas, al puerto y desde ahí contempló como las siete preciosas galeras se alejaban hacia el estrecho…
Quizá a encontrar la muerte.
Nápoles
—¡Pero tengo que ir!
—¡Que ni se te pase por la cabeza, Nápoles! ¡Aquí estás a salvo! ¿Por qué no lo entiendes?
—¡Cómo voy a estar a salvo si los piratas sólo tienen que entrar en el puerto para saquear la ciudad!
España lanzó un gruñido de frustración y elevó los ojos al cielo, como pidiendo a Dios que le diera inspiración para convencer a aquel cabezota de que no debía salir de la ciudad.
Pero Nápoles no escuchaba. Estaba desesperado porque nadie le entendía. ¡Tenía que ir a Fondi! ¡Debía hacerlo! ¡No podía dejar a Giulia sola! (8) Los rumores acerca de que los piratas querrían capturarla habían llegado desde Venecia hacía unos pocos días y desde entonces Nápoles no podía pegar ojo, imaginando a la hermosa joven secuestrada por Barbarroja y llevada a los harenes del Sultán Solimán. No se lo merecía. ¡No una mujer tan encantadora e inteligente!
Pero España se negaba a dejarle marchar y Nápoles sólo deseaba estamparle la cabeza contra una pared y salir corriendo. Lo habría hecho de no haber sabido que España era muchísimo más fuerte que él, y que un puñetazo suyo le habría sentado como la patadita de un bebé.
Con los ojos arrasados por las lágrimas, dio la espalda a España y se encerró en su cuarto entre sollozos de rabia.
—Nápoles… —España llamó a la puerta con suavidad—. Por favor, no te enfades conmigo. Sólo lo hago para protegerte.
—¡Vete al infierno!
Pensó que el chico insistiría, pero sólo le escuchó soltar un suspiro de resignación. No volvió a llamar. Cuando Nápoles abrió un resquicio de la puerta, vio que lo habían dejado solo y un aguijonazo de decepción le atravesó el pecho.
Se quedó mirando la habitación vacía un momento, pensando, pensando, pensando…
Y tomó una decisión que lo aterrorizó.
Avanzó a buen paso hasta su arcón y se despojó violentamente de sus elegantes ropas. España y su virrey podían decir lo que quisieran, pero allí el reino era él, y nadie se iba a atrever a decirle que no paseara por su propia ciudad. Así que se puso su ropa más pobre —aun así, de buena calidad—, consistente en unas calzas, un jubón oscuro, un sayo y una capa. Rechazó zapatos delicados y escogió unas botas gruesas, pues sabía que iba a tener que montar a caballo durante mucho rato. Fondi estaba cerca pero, aun así, sería un viaje cansado.
«No me importa lo que digan. No voy a dejar que se la lleven» pensó Nápoles.
Giulia no sólo suponía un orgullo para la corte, sino que era impresionantemente hermosa, tanto que, por lo que decía Venecia, Barbarroja la quería por considerarla una segunda «Scherezade».
«¡Pues no la tendrá!».
Le horrorizaba la idea de toparse con los piratas por el camino, pero, si se daba prisa, podía llegar a Fondi mucho antes de que estos alcanzaran Nápoles. Sacaría a Giulia, la llevaría tierra a dentro, donde no los encontraran…
Esperó a que pasara la hora de la comida, rumiando su plan para sus adentros. Entre tanto escribió una nota y la envió a unos cuantos soldados de la guardia de palacio con los que simpatizaba especialmente. Le alivió comprobar que no parecía que España hubiera dado orden alguna de que le impidieran salir. No se le debía haber pasado por la cabeza lo que iba a hacer… De inmediato se sintió culpable, pero se negó a rendirse tan pronto.
Bajó a las cocinas, donde las criadas le dieron un par de raciones de queso y pan mientras le acariciaban la cabeza. Nápoles se las guardó en un fardo y luego, cerrando los dedos en torno a la empuñadura de la pequeña espada que llevaba al cinto para infundirse valor, salió corriendo por el patio del palacio y se dirigió hacia las caballerizas reales. Allí cogió su caballo y, cuando uno de los mozos trató de detenerlo, Nápoles le dirigió una mirada fulminante.
—¿Sabes quién soy?
—M-mi señor, Nápoles… ¡Disculpad, pensaba que…!
—No pasa nada. Vete. Y no le digas a nadie que me has visto.
El chico arqueó una ceja, extrañado, pero obedeció en silencio mientras Nápoles maldecía para sus adentros. No tendría que haberle dicho aquello. Ahora llamaría todavía más la atención…
—Oh, qué más da. Para cuando se den cuenta, estaré muy lejos —farfulló mientras montaba con habilidad y tiraba de las riendas del caballo para encaminarlo, a buen paso, hacia la salida. Allí, como habían prometido, lo esperaban seis soldados. No era la escolta más grande del mundo, pero tenía prisa y no podía confiar en nadie más.
—Señor, ¿estáis seguro de que no debemos avisar a nadie? —se adelantó uno de ellos, con la duda asomando a sus ojos.
—No, Chiaro —le aseguró Nápoles con seriedad, tratando de ocultar las manos temblorosas. Si le traicionaban ahora… Por una parte, lo deseaba. De repente la perspectiva de abandonar las murallas de la ciudad se le antojaba una temeridad. Pero, a su vez, no podía dejar de pensar que tenía que salvarla. Y para eso necesitaba ayuda. No era tan fuerte como España, Francia o Génova. Si los bandidos se encontraban a un niño solo por el camino, lo asaltarían y dudaba que pudiera hacer nada por evitarlo—. Os aseguro que no seréis castigados. El virrey no puede pasar por encima de mí en algunas cosas. Os protegeré a cualquier precio si me acompañáis.
Chiaro sonrió y Nápoles, aliviado y asustado a un mismo tiempo, entendió que no le iban a denunciar.
Nadie les dijo nada cuando atravesaron las puertas de la ciudad, en contrasentido de las riadas de gentes que, desesperadas, buscaban refugiarse en el interior de Nápoles ante el inminente ataque de los piratas.
Se volvió hacia atrás para mirar el palacio, con sus resplandecientes ventanas iluminadas por la luz del sol, y tragó saliva. Podía imaginar la cara que pondría España cuando se enterara de lo que había pasado.
«Seguramente no volverá a confiar en mí…»
Apretando los labios, miró al frente y se dijo con amargura que ningún reino que hubiera estado a su cargo había confiado en él de verdad. Así que daba igual. Picó espuelas y se alejó de las murallas levantando una cortina de polvo.
Frente a Nápoles
—Preciosa ciudad —dijo Hayrettin, inclinado sobre la amura mientras la flota pasaba por delante de la capital del reino—. Una pena que no vayamos a atacarla.
Otomano sonrió de medio lado, jugueteando con la máscara entre sus dedos. El kapudan pasha tenía otros objetivos en mente, además de que el saqueo de una capital, por desprotegida que estuviese, les restaría un tiempo valioso.
Y no podían arriesgar su armada. Sólo pretendían castigar a sus enemigos y alejar su atención de Túnez.
—Encontraremos más riquezas adelante. Además, no hay nadie que pueda detenernos de momento —respondió él, pensando en Génova y ampliando su sonrisa al recordar que, a pesar de que había actuado con valor, la república no había podido hacerle frente. Sólo escaramuzar y huir antes de que su número les sobrepasara. Todavía sentía su mirada cargada de rencor en él mientras se remaban a toda velocidad para ponerse a salvo.
Se imaginó la cara que debió quedárseles a Génova y a Sicilia cuando pasaron de largo. Seguramente todo el mundo pensaba ahora que Nápoles era su destino. Contempló el brillo de las armaduras en lo alto de las murallas. Estaban lo bastante lejos para que los cañones no les alcanzaran, pero sabía que el tamaño de su flota era aterrador.
Y que todos los napolitanos tenían el corazón en vilo, esperando que de un momento a otro comenzara el ataque.
Rió para sus adentros.
«Hoy Alá os perdona. Quién sabe lo que ocurrirá mañana».
Después de todo, ya habían quemado un par de ciudades como Reggio de Calabria y acabado con las flotas de otras tantas, capturando, de camino, a todos los esclavos que se pudieron permitir (9). Podía ser que en una próxima expedición, Nápoles no tuviera tanta suerte.
España aguardaba en lo alto de la muralla con el corazón en un puño y sin atreverse a respirar. No conseguía contar todas las galeras que se perfilaban en el horizonte y no dejaba de preguntarse cuántos piratas sedientos de sangre estaban afilando sus espadas, dispuestos a destruir otra ciudad.
«No mientras yo siga con vida» se dijo, llevándose una mano al crucifijo que le colgaba del cuello y comenzando una oración.
El tiempo parecía arrastrarse de pura lentitud y España no supo cuánto permanecieron las murallas en absoluto silencio, como si una voluntad general temiera romper un sortilegio. Porque todos sabían que en el momento que comenzaran los gritos, significaría que la batalla había empezado.
Los guanteletes se le hincaban en la carne de la fuerza con la que estaba aferrando su crucifijo. Podría haberlo reducido a pedazos. Le dolían los pulmones por la falta de aire, pero no se atrevía a respirar.
Entonces frunció el ceño, extrañado.
No, no podía creerlo.
Un murmullo, tan ligero como el soplar del viento sobre la arena, se extendió por las murallas. A medida que pasaba el tiempo y el sol recalentaba sus armaduras, los soldados cambiaban incómodos de postura y la sed atacaba la garganta, comenzó a surgir un rumor de voces y choque de placas metálicas que lo llenó todo.
—Siguen de largo —susurró España, tan bajo que no pudo escucharse a sí mismo.
Un clamor de alegría estalló a lo largo de la muralla. Los capitanes se apresuraron a imponer el orden, a no bajar la guardia por si se trataba de una trampa y España tuvo que hacer un inmenso esfuerzo por no dejarse arrastrar por el gozo general, permaneciendo en su sitio, dando ejemplo. Pero, en su interior, gritaba de puro alivio, y daba gracias a Dios por no tener que contemplar un nuevo asedio.
¡Estaba harto de la guerra!
Sólo quería descansar durante varios años, volver a su casa, olvidarse del mundo. Que todo volviera a ser como antes. Sin sangre, sin muertes, sin cargar en la conciencia con el peso de cientos de miles de vidas…
Ver a Sadiq…
Cuando estuvo claro que los piratas se dirigían al norte, España bajó apresuradamente por la muralla y se dirigió al palacio. Sin duda ya debían estar enterados de lo ocurrido, pero quería darle la nueva noticia en persona a Nápoles.
No lo había visto desde que le cerró la puerta en las narices. Una parte de él se sentía dolida, porque no creía merecer algo así cuando intentaba protegerle por todos los medios. Pero otra parte entendía que Nápoles estaba preocupado por esa muchacha y que sólo quería ayudarla, así que no podía evitar perdonarle. Era un buen chico, estaba claro.
Llegó a sus aposentos jadeante por haber subido las escaleras a todo correr, con parte de la armadura a cuestas.
—¡Nápoles! —llamó a la puerta—. ¡Nápoles, abre! ¡Tengo una gran noticia para ti!
No respondió nadie. ¿Le estaría ignorando o no se encontraría en la alcoba? España llamó un par de veces más y finalmente abrió la puerta, algo indeciso. No quería que Nápoles se le echara encima por invadir su intimidad.
—¿Hola? ¿Nápoles? ¿Sigues enfadado conmigo? —pregunto, asomando la cabeza.
La estancia estaba completamente desierta, con las ventanas cerradas. Nadie parecía haber aireado la habitación desde hacía horas. Extrañado, llamó en voz alta al chico, comprobando que la cama estaba deshecha y que el arcón estaba abierto, rodeado de ropa que Nápoles había tirado descuidadamente al suelo.
Se agachó y cogió uno de los jubones, desconcertado.
Entonces tuvo un mal presentimiento. No estuvo seguro de porqué, pero supo algo malo había ocurrido. Sin molestarse en cerrar la puerta, bajó a todo correr hasta las cocinas, donde preguntó a voces si habían visto a Nápoles. Uno de los cocineros comentó que esa mañana el pequeño se había pasado a pedir algo de comida.
—¿A dónde fue después? —exclamó España.
—¿Y cómo voy a saberlo? —lo miraba como si hubiera perdido el juicio.
Algo normal, por otra parte: era un hombre de armas plantado en medio de la cocina. Ni siquiera se había despojado de la armadura, y sudaba a chorros de puro calor.
España tardó una hora en recorrer el palacio; prácticamente toda la Corte y la servidumbre lo vio —o escuchó su armadura— subir y bajar escaleras, interrogar a sirvientes, llegando a sacudirlos de pura desesperación, hasta que se plantó en las caballerizas y comprobó que faltaba el caballo de Nápoles.
Pálido, España tuvo que apoyarse en una pared para no caer al suelo.
—Se ha ido —comprendió, sintiéndose desfallecer—. ¡Oh, Señor, se ha ido!
Se quedó aturdido casi un minuto. Luego sacudió la cabeza y llamó a gritos a los mozos de caballo, que acudieron temerosos.
—¡Quién estaba cuidando de los caballos esta mañana! —gritó.
Tras un titubeo, se adelantó un joven.
—Yo, señor… —ahogó un grito cuando España se abalanzó sobre él y le clavó los dedos envueltos en hierro en los hombros.
—¿¡Viste a Nápoles!?
Durante un segundo, el mozo pensó en Nápoles advirtiéndole que no le dijera a nadie que había pasado por allí. Pero luego miró el rostro desencajado de España y sintió que sus dedos no dejaban de hacer presión sobre sus hombros. Hablaría, quería conservar la vida:
—¡Se marchó esta mañana, señor!
—¡Maldita sea! —bramó España—. ¡Traed mi caballo! ¡Ya!
Ni siquiera consideró en coger comida para el camino. Sólo podía pensar en que Nápoles le había dicho que los piratas querrían capturar a esa Julia o como se llamara, y que Fondi se encontraba al norte. Hacia donde se dirigían las galeras.
Llevó el caballo por el patio exterior y en cuanto vio a un oficial lo llamó con brusquedad:
—¡Que el virrey organice de inmediato una expedición! ¡Nápoles ha partido sólo hacia Fondi! ¡Yo voy a buscarlo ya! ¡Date prisa!
Y sin esperar a que el desconcertado hombre pudiera responder, España ladró una orden y su caballo, obediente, galopó hacia la salida del palacio y bajó como un bólido por la calle principal de Nápoles, rumbo a la muralla.
«¡Por favor, señor! ¡Por favor! ¡Que no le pase nada!»
Nápoles soltó un grito de rabia:
—¡Puedo hacerlo yo solo!
Se levantó, apartando las solícitas manos de Chiaro y los demás, y apoyó la pierna herida en el suelo, sin hacer caso del violento latido de sus venas, ni de la hinchazón que se estaba tornando violeta, del gemelo derecho. Le ardía la cara de vergüenza. Por culpa de las prisas habían puesto al límite a sus caballos, arrastrándolos al borde del puro agotamiento: Nápoles quería alejarse de su ciudad cuanto antes para que no pudieran encontrarles, porque sabía que mandarían a buscarle. Entonces ya podrían ir algo más tranquilos. Pero no había tenido cuidado y su caballo había tropezado. Por un momento, estuvo convencido de que se iba a matar, pero todo terminó en un fuerte golpe en la pierna.
¡Nada para hacer tanto drama!
—Perdóname —le susurró a su caballo, cubierto de sudor, acariciándole el cuello—. Lo siento, no te lo haré pasar tan mal de nuevo. Te lo prometo.
Sintió una mano en el hombro y vio que Chiaro le sonreía a través de la poblada barba.
—Vamos, señor. Fondi no queda muy lejos —contempló el cielo y calculó la distancia que habían recorrido—. Si dejamos descansar un rato a los caballos y luego los ponemos a un galope ligero, llegaremos en una hora o poco más.
Nápoles asintió, sintiéndose fatal por su pobre caballo y, a pie, el grupo buscó un arrollo donde dejar que los animales bebieran. Aprovecharon para refrescarse ellos mismos y saciar su sed. Luego Chiaro le pidió que le dejara ver la pierna.
—No es nada, ¿cómo quieres que te lo diga? —gruñó Nápoles.
—Señor, si no es nada entonces no tiene que importaros mostrármelo —se rió Chiaro, al que ya no impresionaban los arranques de Nápoles.
El niño abrió y cerró la boca un par de veces y, al no ser capaz de replicar, se sentó de mal humor y le mostró la pierna, donde se había desgarrado las calzas. La piel se le había puesto morada y sangraba un poco, pero aunque escocía como mil demonios, no le dio demasiada importancia: sabía que en un par de días estaría curada.
Chiaro tenía unas manos sorprendentemente suaves para alguien que se dedicaba a las armas, y le lavó la herida sin apenas hacerle daño. Luego le refrescó la pierna y, aunque Nápoles no quiso admitirlo, se sintió un poco mejor.
Al cabo de un rato se puso en pie, ya nervioso, y empezó a pasear de un lado a otro tratando de disimular la cojera.
—Tranquilo, señor. ¡Los barcos de Barbarroja todavía están lejos!
—¡Ya lo sé, pero no puedo esperar! Las mujeres son muy lentas para transportar cosas, seguro que les lleva una eternidad marcharse de la ciudad…
Aunque Giulia tenía sentido común. Seguro que si se le presentaba agotado en su palacio, además herido, y pidiéndole que escapara, entendería la gravedad de la situación y le haría caso.
Y quizás incluso le diera un abrazo y un beso como agradecimiento. Después de todo, se estaba arriesgando mucho por ella y…
—¿Señor? Creo que los caballos ya se han recuperado lo suficiente.
—Ah… Vale, vale. Montemos… —farfulló Nápoles, rojo hasta las orejas, sintiendo que cualquiera podía leer lo que le había estado pasando por la mente.
Obedeciendo a la sugerencia de Chiaro, pusieron a los caballos a un trote ligero y recorrieron una de las vías principales alejadas de la costa: no querían arriesgarse, no se hubiera adelantado alguna galera pirata. Además, preferían mantenerse cerca de los pueblos para evitar que los asaltaran.
Nápoles maldecía entre dientes por culpa del ardor de la pierna, pero no se quejó en ningún momento, preocupado por llegar de una maldita vez a Fondi, poner a salvo a Giulia y respirar tranquilo. Pero el camino se le estaba haciendo eterno. Nadie diría que habían galopado como si les persiguiera el mismísimo diablo…
Estaba empezando a quedarse adormilado sobre la silla cuando escuchó una exclamación de sorpresa. Uno de sus hombres señalaba una columna de humo que se elevaba por encima de los árboles. El corazón se le subió a la garganta y apretó los flancos del caballo para obligarle a ir más deprisa. Cuando superaron la barrera de aires se quedó sin aliento:
Fondi ardía.
Y el puerto estaba lleno de naves berberiscas.
Fondi
—Así que al final tu Sherezade no estaba —sonrió, burlón, Otomano.
Hayrettin se encogió de hombros, de buen humor a pesar de que la presa se le había escapado de entre los dedos. Parecía que la cristiana había sido lista y que, en cuanto escuchó que los piratas se encontraban cerca de Sicilia, abandonó Fondi y se dirigió tierra a dentro, donde sabía que no la seguirían. Se consolaron diciéndose que Süleyman sólo tenía ojos para Hürrem y que una mujer más en su gran harén no habría supuesto ninguna diferencia. Luego Hayrettin dio vía libre a sus hombres para llevarse cuanto botín desearan. Luego enviarían todo lo que pudieran a Constantinopla para complacer a Süleyman. El viejo zorro era listo, sabía perfectamente cómo ganarse el favor de su superior.
Otomano había participado en el asalto, por supuesto, pero en el momento en que rompieron las defensas y comenzaron los saqueos, regresó a la orilla. No tenía ningún interés en violar a nadie, ni tampoco en matar a niños inocentes con sus propias manos. Suficiente con que sus vidas pesarían en su conciencia porque, al fin y al cabo, eran sus hombres los que cometían esas barbaridades.
Pero la guerra era así y hacía tiempo que lo tenía asumido. Por eso pudo permanecer junto a las galeras sin inmutarse cuando vio a un par de jenízaros arrastrar a un par de muchachas, y a un muchacho, abrirlos de piernas y servirse de ellos.
—¡Mi señor! —gritó entonces un oficial desde una galera cercana, señalando con un dedo hacia la costa—. ¡Unos jinetes!
Preguntándose quién sería lo suficientemente estúpido como para acercarse a una ciudad que estaba siendo saqueada, Otomano tomó un catalejo y enfocó en la dirección que le indicaban. Se trataba de siete personas cubiertas con capas que aguardaban en el linde de un pequeño bosque, haciendo aspavientos entre ellos. Estaban demasiado lejos para que pudiera jurarlo, pero Otomano se convenció de que se trataba de gente importante por esas ropas y, ante todo, por los caballos.
¿Quizá una avanzandilla de un ejército? ¿O unos nobles?
Cerró el catalejo sintiendo un hormigueo.
—Kapudan pasha, ¿me dais permiso para detener a esos hombres?
Hayrettin dirigió una vaga mirada hacia los jinetes y se encogió de hombros.
—Si no son nadie por los que podamos pedir un rescate, mátalos.
—A la orden. ¡Traedme un caballo!
—¡Oh, Dios mío, Giulia! —gritó Nápoles, pálido por la impresión.
Cuando intentó galopar hacia la ciudad, Chiaro se adelantó y cogió a su caballo.
—¡No, mi señor, debemos dar media vuelta!
—¡Pero de qué hablas! —gritó Nápoles mientras el animal, nervioso, empezaba a relinchar sin saber qué hacer porque ambos tiraban de las riendas y su jinete no se estaba quieto—. ¡Tenemos que bajar a Fondi!
—¿¡Para qué, para que nos maten los piratas!? ¡Fondi está perdida, señor! ¡Y nosotros lo estaremos si no damos media vuelta!
—¡Maldito bastardo, no vamos a irnos sin más!
—¡Señor! —bramó Chiaro, severo como nunca se había comportado con Nápoles—. ¿Sabéis lo que nos harán esos piratas si nos cogen? —sin esperar a que el chico respondiera, dijo con voz dura:—. Nos venderán en un mercado de esclavos si no deciden matarnos por el camino. ¡A vos os capturarán y os llevarán a los baños de Argel o a la misma Constantinopla a la espera de que paguen un rescate! ¡Y eso si deciden devolveros!
Nápoles se le quedó mirando con los labios apretados y los ojos empañados. Tenía razón. Por supuesto que tenía razón. ¡Pero Giulia…!
En ese momento, uno de los soldados lanzó un grito de alarma y señaló colina abajo. Todos volvieron la cabeza en la dirección de su dedo y Nápoles sintió que se le helaba la sangre en las venas.
Un grupo de jinetes, unos diez, se acercaba a velocidad trepidante.
Se olvidó de Giulia, del cansancio del viaje y del dolor de los músculos y la herida de la pierna. Ni siquiera tuvo que gritar retirada. Los siete picaron espuelas y dieron un rodeo a los árboles para lanzarse por el camino que habían seguido.
De repente no cabía en su cabeza otra cosa que rezar atropelladamente a Dios.
Durante un minuto que se le hizo eterno, pareció que huyeran de la nada, pues entre los árboles no se acertaba a ver nadie.
Hasta que de repente aparecieron a lomos de sus caballos, como dioses paganos emergiendo de la tierra. Nápoles habría gritado si no hubiera tenido la garganta agarrotada de puro terror.
Contra su voluntad miró por encima del hombro y se encontró con que, al frente de sus perseguidores, montaba un hombre enmascarado, con un amplio turbante, que se inclinaba hacia delante con una sonrisa que le puso los pelos de punta.
«¡No!» pensó al borde de las lágrimas. «¡No puede ser!».
No podía creerlo, no quería creerlo, pero casi podía sentir el aliento de los piratas a su espalda y…
—¡Por Nápoles!
Se giró bruscamente para ver cómo tres de sus hombres hacían volver grupas a los caballos y se arrojaban sobre los piratas.
—¡Pero qué hacen…!
—¡Sigue corriendo, Nápoles! —gritó Chiaro—. ¡Sigue, sigue! ¡Que su muerte no sea en vano!
Nápoles cerró la boca cuando el galope le hizo morderse la lengua y de pronto se emborronó todo el campo que se abría ante él mientras las lágrimas brotaban sin control. No conseguirían escapar a tiempo. Sus caballos estaban agotados, mientras que los de sus perseguidores debían estar frescos. Se escuchó un grito y alcanzó a ver cómo uno de sus soldados caía de su montura.
«¡Yo los hice venir hasta aquí!» pensó, horrorizado.
—¡Al bosque, al bosque! —gritaba Chiaro, desde algún lugar lejano. Era como si Nápoles no estuviera cabalgando entre sus hombres, sino que lo viera todo desde lejos.
Pero el miedo continuaba ahí, comprimiéndole los pulmones.
Frente a ellos se levantaba una arboleda.
Entonces les dieron alcance.
Nápoles soltó un alarido cuando una mano se cernió sobre él. Sus torpes dedos tropezaron con el pomo de su pequeña espada, pero no tuvo fuerzas para aferrarlo. Sintió un tirón que por poco lo arrancó de la silla del caballo. Pero, de pronto, oyó un aullido de dolor y la sangre le salpicó el rostro.
Chiaro le había cercenado el brazo al pirata que lo había atrapado y ahora se enfrentaba cara a cara al enmascarado.
—¡Corre, Nápoles! ¡Al bosque!
Sus soldados estaban intentando por todos los medios detener a los sarracenos, pero todavía les superaban en número y Nápoles tenía la suficiente experiencia para saber que no iban a ser capaces de vencer. Dudó. Podían llamarle cobarde. Sabía que era un cobarde. Pero, si se entregaba, ¿podría salvarles la vida…?
Como si le hubiera leído la mente, Chiaro volvió, arriesgando su retaguardia, hacia él con los ojos inyectados en sangre y rugió:
—¡Vete, ahora! ¡Por favor!
Rompiendo a llorar, Nápoles tironeó de las riendas de su montura y picó espuelas, arrancando a huir hacia el bosque tan rápido como podía permitirse el pobre animal. Nunca, nunca se había sentido tan despreciable.
Cuando miró hacia atrás, ya en el lindero del bosque, vio que Chiaro ya no estaba en pie. A decir verdad, sólo quedaban los aterrorizados caballos, los piratas, que de diez habían sido reducidos a cuatro, y unos bultos en el suelo a los que acuchillaban con sus espadas.
Tragándose las lágrimas, obligó al animal a internarse entre los árboles siguiendo una estrecha calzada. La cabeza le latía violentamente y era incapaz de dejar de temblar. Su montura sintió su indecisión y cuando quiso darse cuenta, Nápoles perdió el control. El caballo corcoveó y él cayó de espaldas al suelo. Sin aliento, se incorporó con un gemido de dolor y se apartó a tiempo de evitar que una coz le destrozara la cara. Se levantó de un salto y trató de coger las riendas, pero el animal salió despedido antes de que pudiera sujetarlo.
—¡No, espera! —chilló Nápoles, creyendo que el corazón se le iba a salir por la boca.
¡Sin caballo no llegaría lejos!
De repente se había quedado solo en medio de los árboles. Se habría sentado a llorar de pura frustración si no hubiera escuchado los cascos de los caballos de sus perseguidores. Espoleado por el miedo, echó a correr, internándose entre los árboles, maldiciendo su pierna, plenamente consciente de que no iba a servir de nada, de que no tenía escapatoria. El corazón le martilleaba en el pecho y los oídos, podía escuchar su respiración rasposa y le parecía estruendosa. Pero estaba demasiado asustado como para intentar respirar hondo y no era capaz de convencerse de que no iba a acabar ensartado por afiladas espadas.
Entonces se le enganchó el pie en una raíz y cayó de bruces. Apenas se dio cuenta de los raspones que se había hecho en la cara y se puso de pie con desesperación.
«¡Dios! ¡Dios! ¡Oh, Dios mío, no puedes dejar que pase esto!»
Se abrió paso entre unos matorrales y salió a un pequeño sendero. Sin aliento, se detuvo unos segundos para tragar saliva y retuvo como pudo las arcadas.
De súbito percibió por el rabillo del ojo un borrón en movimiento: por el sendero se acercaba a toda velocidad una sombra negra. Lanzó un grito de pavor y se arrojó a un lado, aunque no lo suficientemente rápido y el caballo le golpeó en las piernas. Cayó rondando por un terraplén, clavándose todo tipo de piedras, ramas y hojas. Quiso coger impulso para levantarse, pero la muñeca le falló y escuchó un crujido que le dejó aire en los pulmones. El dolor le subió por el brazo, poniéndole los tendones como cuerdas de arco, y Nápoles se encogió sobre sí mismo, incapaz de gritar. Ni siquiera se movió cuando escuchó las patas del caballo aplastar la hojarasca ni los ollares exhalar un cálido aliento sobre su cabeza.
Alguien descendió de un salto y se arrodilló a su lado. Nápoles reconoció de inmediato la sensación que experimentaba cada vez que se le acercaba alguien como él y se estremeció de horror justo antes de que una mano firme lo volviera boca arriba.
El hombre de la máscara se inclinaba sobre el reino, con una sonrisa torcida.
—Vaya, vaya, vaya. ¿Será verdad que eres Nápoles, chaval? —le preguntó en italiano con acento veneciano.
Paralizado, Nápoles miró con los ojos como platos a aquel hombre y lo único que pudo hacer fue tartamudear:
—¿Quién eres?
El otro soltó una carcajada ronca.
—¿Yo? Yo, niño, soy el Imperio Otomano. Y tú te vas a venir conmigo.
Nápoles apenas presentó resistencia. Cada movimiento le hacía estremecerse de dolor y gritó cuando el Imperio lo levantó en volandas y lo cruzó sobre el lomo de su caballo como si de un fardo se tratara.
—¡Quítame las manos de encima! —dijo, sin fuerzas.
—No te preocupes, cuando te lleve al barco veremos esa mano —respondió el otro de buen humor, subiéndose a la silla con agilidad y sujetándolo por la espalda para que no pudiera escapar.
—¡Suéltame! —lloró Nápoles.
El Imperio no le hizo caso y puso al trote al caballo. Pero en cuanto se le escapó un grito desgarrado, redujo el paso. Sorprendido, le miró entre los sudorosos cabellos, que se le habían pegado a la frente.
Era estremecedor, no parecía ni siquiera humano con la mitad de sus rasgos ocultos pero, ¿no acababa de preocuparse por su mano?
«Claro. Yo soy un reino. Me quiere entero» pensó, mientras empezaba a llorar de nuevo al pensar en Chiaro y los demás. Su corazón parecía estar sangrando y su mente trabajaba a toda velocidad, atropelladamente, sin poder creer que todo se hubiera venido abajo en cuestión de, ¿qué?, ¿diez minutos?, ¿menos?
Regresaron al sendero y el Imperio comenzó a llamar a sus compañeros, que debían de haberse separado para buscarlo. A medida que avanzaban, el terror se hizo dueño del cuerpo de Nápoles. Se lo iban a llevar. Era verdad. Se lo llevarían a Argel o a Constantinopla, y sería la vergüenza de los estados italianos.
Todo por culpa de su estupidez. Porque había salido cuando debió haber escuchado a España y quedarse protegido en la ciudad.
«España…» pensó, emitiendo un largo gemido de desesperación. «Lo siento tanto…».
¡Era demasiado bueno para ser verdad! Otomano no cabía en sí de satisfacción mientras sujetaba al chiquillo y dirigía al caballo de vuelta al lindero del bosque. No podía ni imaginar la cara que pondría Hayrettin cuando se presentara con aquel maravilloso botín. Reprimió las ganas de romper en estruendosas carcajadas. ¡Nunca habría pensado que Nápoles en persona vendría por su propio pie a caer en sus manos! ¡Y justo cuando habían optado por no ponerle ni un dedo encima!
Le hubiera gustado ir más rápido, ardía de impaciencia de mostrar su captura a Hayrettin, pero consideró que Nápoles había venido a él por gracia de Alá y decidió ser considerado: el niño se había hecho bastante daño al huir, y tampoco quería hacerle sufrir innecesariamente. Ya lo pasaría mal cuando lo alejara de su reino. Pero, si podía evitarle dolor físico, mejor.
Cuando escuchó de labios de aquel italiano que el mocoso era Nápoles, en un primer momento no lo asimiló. Sólo luego, cuando yacían a sus pies los cadáveres, se preguntó por qué tanto interés en defender a un niño, y por qué dirigirse a él como «Nápoles» si no haría más que atraer la atención sobre él. A menos que, realmente, se tratara del reino.
—Niño —le llamó la atención—. ¿Por qué has venido hasta aquí? —le preguntó, sinceramente interesado.
El muchacho le lanzó una mirada salvaje, que era una furiosa mezcla de vergüenza, miedo y rabia.
—¡N-no te importa! ¡D-deja que me marche!
—Bueno, bueno, no te pongas tan gallito —sonrió. Ni aunque se pusiera a patalear le pondría de mal humor. Además, no creía que el niño tuviera fuerzas ni para dar un paso.
Había sido tan fácil que todavía no se creía que llevara a Nápoles rumbo a sus galeras.
Entonces el chico se rebeló, quizás dolido por su tono burlón.
—¡Suéltame! —gritó—. ¡Quítame las sucias manos de encima, maldito sarraceno! ¿¡Por qué has tenido que matarlos!?
—Eh, eh. Quieto. ¡He dicho que te estés quieto! —gruñó Otomano, clavándole los dedos en la espalda. Como siguiera así se iba a caer, y estaba poniendo nervioso al caballo.
—¡Socorro! ¡Socorro!
—Nadie te va a escuchar —intentó razonar con él Otomano. Y aunque le oyeran, no se atreverían a ayudarle.
Pero el niño continuó desgañitándose, chillando cada vez más alto, y Otomano exhaló un suspiro de resignación. Cuando llegó a la calzada encontró a sus hombres esperándole y les sonrió, señalando con la barbilla su premio.
—¡Volvamos antes de que nos deje sin oídos! —rió uno de ellos.
Otomano respondió con una carcajada de buen humor, aunque pensó para sus adentros que esperaba que el crío no tuviera tanta fuerza en los pulmones o les haría el viaje muy largo…
Pero no, no parecía que fuera así. Se le estaba acabando el fuelle. Ahora hipaba y gritaba cada vez más bajo…
—¡Maldita sea…! ¡España…! —gimió entonces—. ¡Eres un maldito mentiroso…!
Otomano se quedó sin aliento y miró al niño con los ojos abiertos de par en par.
—¿Qué has dicho…?
Nápoles continuó hablando como si no le hubiera escuchado.
—Me dijiste que no dejarías que me hicieran nunca daño. Me lo dijiste, me lo dijiste, me lo dijiste…
Otomano detuvo su caballo casi sin darse cuenta, con el corazón encogido por un dolor agudo. Sus hombres le miraron extrañados, pero él no podía explicarles que, con sólo oírle nombrar, sentía que su mundo se descolocaba, que su mundo…
—¡NÁPOLES! —rugió una voz a su espalda, sobresaltándolos a todos.
Por un momento creyó que no había oído bien.
Porque conocía perfectamente aquella voz.
El rostro de Nápoles se iluminó y se irguió, extendiendo la mano, mientras gritaba desesperadamente:
—¡ESPAÑA!
España sólo tenía dos objetivos en su mente:
El primero, salvar a Nápoles.
El segundo, degollar al Imperio Otomano.
Se abalanzó con un aullido salvaje sobre uno de los turcos y lo golpeó con tanta fuerza que su espada atravesó el brazo de este y le sesgó la cabeza, que salió despedida por los aires. Sin detenerse casi a coger aire, saltó de su caballo, que se desplomó lanzando espumarajos por la boca, y arremetió contra el siguiente. Hasta hacía unos minutos sentía el cuerpo pesado, la armadura le destrozaba el cuerpo como si fuera un castigo de Dios, y la cabeza le latía violentamente por culpa de lo que tenía pinta de ser una insolación.
Ahora no había nada más que el odio en sus venas, infundiéndole unas fuerzas desconocidas. Con su espada cortó las patas de la montura de su enemigo y el animal cayó de lado entre relinchos de agonía, aplastando la pierna de su jinete. España podría haberlo matado si el último de los compañeros del Imperio no se hubiera arrojado contra él: tuvo que rodar a un lado para evitar que lo ensartara con su espada. Pero se levantó como si la armadura no pesara y cuando cargó de nuevo, arriesgándose a ser arrollado y derribó al hombre atravesándole por el estómago. Sintió el impacto del golpe como un latigazo que le subió hasta el hombro, y la espada se le escapó de entre los dedos.
Rechinando los dientes, se volvió y se quedó horrorizado: Otomano estaba haciendo retroceder a su caballo.
¡Iba a huir!
—¡España, España! —gritaba Nápoles, ronco.
—¡Ya voy! —arrancó la espada del estómago del hombre y corrió con unas zancadas que habría considerado imposibles en cualquier otra circunstancia. No entendía de dónde sacaba la energía.
Lo único que tenía por seguro era que nunca permitiría que se llevara a Nápoles.
El Imperio picó espuelas y el caballo se alejó al galope. España, en vez de desesperarse, fue a por el animal del pirata que había derribado y se subió a él de un salto. Asustado, intentó derribarlo, pero España lo controló con firmeza.
—¡Arre! ¡Arre o te juro por nuestro Señor que te cortaré en pedazos! —gritó, fuera de sí.
Por fin lo obligó a salir en persecución de su enemigo. Descendió a toda velocidad por la calzada y saltó por encima de un tronco que había caído, seguramente derribado por alguna tormenta. Entonces sintió un pinchazo, algo intentó emerger en su mente, el eco de un recuerdo. Tenía la sensación de que ya había vivido algo así. Pero no hizo caso y se enfocó en espolear al caballo, que parecía volar bajo sus piernas, acortando cada vez más la distancia entre él y su presa.
De no haber estado tan preocupado, España habría sonreído, embargado por la seguridad del cazador.
Diez metros. Siete. Cinco metros. La máscara se volvió hacia él y pudo observar un rictus de tensión en la boca de su enemigo.
Y por fin logró ponerse a su altura. En vez de amenazarlo con su espada, el Imperio Otomano levantó la mano en su dirección e intentó hablar. España no escuchó. Emitiendo un rugido, cargó contra él y trató de desmontarlo. El otro gritó algo que, por el tono, debió ser una maldición en su idioma nativo y desenfundó la espada. Pero para ello tuvo que soltar a Nápoles, que tendió las manos hacia España.
Lo agarró por el antebrazo y, de un salvaje tirón, lo subió a la grupa de su animal y asestó tal patada al turco que lo hizo caer de la silla.
Obligó al caballo a frenar y lo hizo volver grupas, mientras veía cómo el Imperio se incorporaba al borde del camino.
Sólo entonces fue consciente de que le costaba respirar, que la armadura le aprisionaba los pulmones como una maldita jaula, y que no podía con su alma.
De pronto sintió unos bracitos en torno a su cuello y un aliento en la oreja.
—¡España! —sollozó una vocecita.
Le devolvió el abrazo a Nápoles, primero débilmente, después con tanta fuerza que le hizo daño al clavarle los hierros de sus guanteletes.
—¿Estás bien? ¿Estás bien, Nápoles?
El niño asintió con la cabeza, emitiendo un prolongado gemido.
España le besó la mejilla y lo volvió a estrechar contra sí, aliviado de que estuviera a salvo, dando gracias a Dios por sentir su menudo cuerpo entre sus brazos.
—Gracias, Señor, gracias…
—Tenía tanto miedo… —gimoteó Nápoles.
España no contestó, sino que se quedó mirando al Imperio, notando cómo la ira brotaba de su corazón con una fuerza desmedida.
Él le había intentado arrebatar a su padre. Él había sido la pesadilla de Europa durante décadas. Si lo hubiera matado en Hungría… Si lo hubiera hecho, Austria no habría tenido que sufrir dos malditos asedios. Y ahora… ¡Ahora se atrevía a intentar arrebatarle a Nápoles!
Levantó al chico como si fuera una pluma y lo sentó bien sobre la silla. Entonces bajó de un salto.
—¿¡Qué haces!? —exclamó Nápoles.
—Vete. Debes avisar a las tropas que ya están de camino desde tu ciudad —le dijo, sin mirarle. Sólo tenía ojos para aquella máscara—. ¡Ponte a salvo con ellos!
—¡Ven conmigo!
—¡No! —gritó España, clavándole los ojos llenos de odio. Nápoles se estremeció—. ¡Esta vez hazme caso, Nápoles! ¡Vete, yo iré más tarde! ¡Me encargaré de él!
—¡Pero…!
—¡Vete! —España dio una palmada tan fuerte al caballo en los cuartos traseros que éste se encabritó y Nápoles tuvo que aferrarse como pudo a las riendas antes de que se precipitara hacia delante.
Una vez perdió de vista a Nápoles, España entrecerró los ojos y se dirigió con paso firme hacia Otomano, que había conseguido incorporarse y lo apuntaba con su espada. Era una espada elegante, bonita…
Desde luego, aquello le sonaba. Algo en su interior trataba desesperadamente de advertirle. Pero no tenía tiempo para pensar en ello.
—Sucio hereje. ¿Por qué intentas arrebatarme todo lo que amo? —dijo con gravedad.
En realidad no esperaba ninguna respuesta. Había visto demasiado horror como para creer que alguna vez pudiera comprender por qué Dios permitía tales barbaridades. No entendía cómo ningún reino podía mantenerse cuerdo después de ver una y otra vez cosas así.
El turco, como esperaba, no respondió, sino que mantuvo los labios firmemente pegados.
Aquello lo irritó hasta extremos inimaginables y cargó contra él.
El Imperio se deslizó ágilmente a un lado para evitar su estocada y respondió con golpe lateral que alcanzó de plano a España en todo el costado. Si no hubiera llevado la armadura, seguramente le habría partido las costillas. Pero aquello no era nada. España se revolvió y lo obligó a retroceder. El turco perdió terreno. Los golpes del chico le llovían por todas partes, violentos pero secos, rayando el descontrol, lo suficiente para que costara verlos venir y resultaran difíciles de detener.
España en seguida se dio cuenta de que algo no estaba bien.
Recordaba perfectamente la lucha, hacía ya tantos años, en la galera de los piratas contra aquel monstruo en la que en cuestión de minutos volvió las tornas en su contra.
Ahora, el turco se mantenía a la defensiva, igual que en Hungría.
—¡Qué es lo que te pasa! —gritó, furioso—. ¿Por qué no te enfrentas a mí con todas tus fuerzas?
—Si lo hiciera, te mataría —respondió Otomano con esfuerzo.
Algo en el timbre de su voz tocó una fibra interna de España. Pero estaba demasiado concentrado en encontrar un hueco en las defensas de su rival.
—¡Demuéstralo! ¡O juro que te mataré yo mismo!
Y arrojó una estocada que alcanzó al turco en el brazo izquierdo. El hombre trastabilló y se dio de espaldas contra un árbol. España se abalanzó sobre él y extendió una mano para arrancarle esa maldita máscara.
El Imperio pegó un respingo y España sintió un latigazo de dolor en el brazo. Retrocedió, sin aliento: le había asestado un espadazo en el antebrazo, que sentía dormido. Seguro que le había partido algo.
—¡Eres un cobarde! ¡Qué pasa, que no te atreves a enfrentarte a mí cara a cara! —gritó, con el rostro congestionada por el dolor y el cansancio.
Otomano guardó un instante de silencio y luego dijo:
—Ya tienes lo que querías. Vete ahora y regresa con tu gente a proteger a ese chico.
—¡No! ¡No volveré a dejarte marchar! ¡No dejaré que huyas para recuperar fuerzas y que sigas destrozando nuestras vidas! ¡Te mataré!
—¿Es que no ves que no quiero luchar contigo? —gritó el otro con un timbre de desesperación que cogió por sorpresa a España.
¿Desesperación? ¿O dolor?
¿Y por qué aquella voz…?
El turco intentó retroceder y España reaccionó por acto reflejo. Volvieron a intercambiar estocadas y golpes. Sentía que no se movía con la misma fuerza que antes; el brazo izquierdo casi no le respondía. Pero el otro continuaba reteniéndole, sin devolverle ni un lance, a pesar de que podría haber aprovechado cualquier distracción para matarlo.
No entendía. No lo comprendía.
¿Por qué no quería luchar contra él?
En ese momento, el turco tropezó y España le hizo un placaje en el estómago, tumbándolo de espaldas sobre la polvorienta calzada. Entre toses, consiguió sentarse sobre él, le arrancó la espada de la mano y la arrojó lejos. Levantó su propia arma y…
Su brazo se detuvo.
Al Imperio se le había caído el turbante y ahora, por fin, podía ver parte de sus rasgos. Un cabello alocado, negro como el ébano, la piel oscura, la barbilla firme… Y los ojos verdes a través de la máscara.
Una idea sin nombre, pero fría como las profundidades más oscuras del océano, empezó a abrirse paso en su interior.
Le acercó la punta de la espada a la garganta, obligándole a elevar el mentón.
—Si te mueves, te mato —le advirtió, casi sin voz.
—No lo hagas —le pidió.
Esa voz…
No podía ser.
Pero, entonces, ¿por qué dudaba?
Tiró de la máscara.
Durante los primeros instantes no fue capaz de entender lo que tenía ante sí. Después el mundo se le vino encima.
—Oh, Dios mío… No es verdad. No es verdad. No es verdad
La mano le temblaba violentamente y, sin fuerzas, la apartó de la garganta de Sadiq, que lo miraba con una mueca de dolor.
El hombre se incorporó, todavía con él sobre su regazo, y tendió los brazos.
—Antonio, yo…
—¡No me toques! —chilló, incorporándose de un salto y enredándose con las piernas de Sadiq, de modo que cayó de espaldas. Pero se revolvió rápidamente y lo apuntó con su espalda—. ¡No te me acerques!
Desolado, Sadiq se quedó con las manos extendidas pero, luego, las bajó lentamente.
—Lo siento, Antonio. De verdad que no quería que lo supieras. No quería que…
—¿Has sido tú todo este tiempo? —musitó España, incapaz de creerlo. Sadiq apartó los ojos y España rugió—: ¡Responde!
Sobresaltado, Sadiq le miró de reojo y se encogió ligeramente antes de asentir.
La mirada se le nubló por culpa de las lágrimas, mientras todos los recuerdos le bombardeaban frenéticamente la mente.
Cuando estuvo en Granada él debía saber quién era. Y en Italia fue a buscarle. ¿No fue entonces cuando Francia hizo un pacto con los turcos? Y luego, el tiempo que habían pasado juntos… Pensó en los besos y en las burlas, en la ternura de sus brazos al estrecharle contra su pecho, en la dulzura de sus labios. En su paciencia y en su cariño. Y miró al hombre que estaba delante de él, vestido con las ropas de los otomanos, y no pudo relacionarlo con Sadiq.
Pero era él. Era su cara, sus ojos; sus intensos y preciosos ojos. Eran sus mismos labios fuertes y su mentón decidido. Era el pelo en el que tantas veces había hundido los dedos.
El horror creció en su interior con un alarido de horror.
—¡No es verdad! —sollozó—. ¡No puede ser! —gritó a pleno pulmón.
—No lo entiendes, Antonio —Sadiq intentó avanzar hacia él—. Yo también te quiero, yo…
—¡Todo este tiempo…! —bramó España, clavándole la punta de la espada en el pecho para que no diera ni un paso más—. ¡Todo este tiempo…! ¡Todo este tiempo…! —Lanzó un gemido gutural, incapaz de terminar la frase.
—¡No podía decirte la verdad! —gritó él también, desesperado.
—¡Eres un monstruo! ¡Me mentiste, te aprovechaste! ¡Te lo mostré todo, todo! ¡Te lo dije todo! —rugía España sin escucharle.
El mundo se estaba volviendo negro. El frío le penetraba por todos los huesos.
—¡Por favor, escúchame! ¡Aún estamos a tiempo, todavía podemos…!
Su corazón estaba sangrando, se desgarraba. Nunca había pensado que pudiera sentir cómo algo se partía en mil pedazos sin necesidad de que hubiera una herida. Pero se sentía morir, hundirse en la nada. No sólo se había enamorado de un reino musulmán, sino que era el Imperio Otomano. Su enemigo.
Tendría que haberse dado cuenta. Siempre supo que no podía ser su aliado si no le contaba nada de su pasado.
Pero había hecho oídos sordos.
Ahora el Señor le mostraba la verdad.
Rompió a llorar, desconsolado.
—Antonio…
Uno de sus cálidos dedos le rozó la mejilla. Le sentó como si un rayo le hubiera dado una caricia.
—¡Si me tocas, te mataré! ¡Lo juro por Dios, Nuestro Señor! ¡Si vuelves a tocarme a mí, a Nápoles, a mi familia, te mataré y echaré tu cuerpo a los perros!
Sadiq le miró con tal expresión de dolor que por un momento estuvo a punto de tirar la espada al suelo y lanzarse a sus brazos, suplicando perdón.
Pero el momento vino y pasó.
Su espada continuaba apoyada contra el pecho del hombre. Sólo tenía que apoyar el peso de su cuerpo en el pomo y lo atravesaría. Todo se habría acabado. Fin a su pecado.
Temblando, se incorporó, cerrando las dos manos en torno a la empuñadura del arma. Sadiq lo miró y pareció comprender, pero aun así no se movió.
«Ni siquiera va a intentar escapar. Sólo tengo que dar un pequeño empujón» pensó, con la boca seca.
El pago por sus pecados. Tenía lógica. Sólo debía hacerlo. Sería fácil, más de lo que le había resultado cortas las patas de ese caballo. No habría resistencia, podía leerlo en sus ojos. Y él, al contrario que esos animales, no tenía ni una pizca de inocencia en su interior.
Era un sucio sarraceno.
Sólo un golpe y todo habría acabado.
España cogió aire y, con un grito de frustración, se derrumbó.
—¿Por qué no puedo hacerlo? —lloró, mientras lanzaba la espada a un lado y caía sobre los codos, enterrando la cabeza bajo sus brazos.
No podía. No podía hacerlo. No era capaz. ¡Había segado la vida de tantas personas, pero a él no podía matarle! Aunque sabía que se marcharía con sus piratas y volvería para arrasar todo aquello que él conocía y amaba. Aunque sabía que Dios no se lo perdonaría, porque era su misión, la misión de sus padres, el legado de Visigodo y de Hispania. Era su destino.
Pero no podía.
—Vete —sollozó, aspirando polvo del camino y tragando arena—. Vete y no vuelvas a tocarme. No vuelvas a hacerlo. Nunca más. Nunca, nunca, nunca…
Por unos instantes creyó que Sadiq no le haría caso. Que le tocaría los cabellos, que le cogería entre sus brazos y le diría que todo había pasado, que todo estaba bien. Que lo arreglarían juntos.
Pero no lo hizo.
—Lo siento —le oyó susurrar, junto con el crujido de la arena bajo sus botas cuando se levantó. Podía sentir sus ojos clavados en él.
Si se levantara y le dijera que no se fuera, sabía que obedecería. El estómago se le encogió de asco. Débil. Era débil. Era un monstruo anormal. ¿Cómo podía desear que el responsable de tanta maldad le abrazara?
Sus pasos se alejaron y poco después los cascos de un caballo que se aproximaron a no demasiada distancia de él.
—La próxima vez que nos veamos, seremos enemigos —le escuchó decir con voz apagada.
España no respondió.
Los cascos del caballo se alejaron al paso, al trote y, luego, al galope, hasta perderse en la lejanía.
NdA: me siento mala persona...
(1) La homosexualidad se practicaba de forma extendida en el mundo musulmán durante esta época. Parece que en el norte de África era bastante habitual. En la Topografía de Argel, una de las principales fuentes para estudiar el mundo de Argel en los siglos XVI-XVII, se incluye la sodomía entre los "vicios" típicos de los argelinos. Claro que también la Topografía era una obra en parte publicista —instigando a la conquista del reino pirata—, que resaltaba esos aspectos que los cristianos consideraban negativos de una sociedad.
(2) La coronación fue en 1529. No sé si os acordáis, pero la coronación de Carlos V fue en el imperio y no en Roma, como era la tradición, por su enemistad con el Papa. Tras el Tratado de Barcelona de 1528, el Pontificado tuvo que mostrarse fiel al imperio así que Carlos pudo obtener su ansiada coronación en Italia, aunque no en Roma, sino en Bolonia. Es decir, sí, Carlos V fue coronado dos veces.
(3) La alianza entre Francia y Argel, así como el Imperio Otomano, como ya hemos comentado, es oficial. Los emisarios de Barbarroja eran recibidos en Francia, y los emisarios franceses viajaban a Argel. En 1533 una embajada argelina fue recibida por el rey francés y un famoso diplomático francés, completamente antiimperial, Antonio Rincon, conoció a Barbarroja. En 1534 llegó a firmarse un tratado comercial de tres años de duración.
(4) Süleyman organizó una ceremonia bastante impresionante para recibir a su corsario predilecto y este correspondió llevando tigres, leones, camellos, plata, oro y brocados muy elegantes, además de numerosos muchachos y doncellas y al hermano del rey de Túnez (el rey era siervo de los monarcas españoles). Vamos, que organizó un inmenso desfile para ganarse el apoyo de la gente de Constantinopla y lo consiguió. La decisión del Sultán de nombrarlo almirante de la flota fue lógica, pues era el marinero más reputado de su tiempo. Süleyman le encargó la reforma de su armada, que se llevó a cabo en las atarantas de Gálata y el corsario consiguió construir una flota en la capital turca digna de su nombre: construyó 61 naves, teniendo un total de 84 con las que habían venido de Argel (18) y de manos de otros corsarios (5)
(5) Segundo Asedio de Viena, 1532.
(6) Se pretendió que fuera un bastión cristiano en tierras enemigas para controlar a los otomanos, pero pronto se comprobó que los esfuerzos no habían valido la pena. Pero sí valió para subir los ánimos cristianos durante un tiempo.
(7)Sancak: Una provincia.
(8) Giulia Gonzaga o Julia Gonzaga fue una mujer que gobernó el condado de Fondi tras la muerte de su marido. Impulsora de las artes y el conocimiento, convirtió su condado en un centro cultural. Era muy hermosa, y amiga de Juan de Valdés, erasmista español.
(9) Aparte de iniciar una campaña de terror que tuvo mucha repercusión, Barbarroja quemó Reggio, capturó ochocientas personas, saqueó la villa de Sperlunga, en Fondi masacraron a muchísimos hombres y, técnicamente, se llevaron a todas las mujeres y niños —teniendo en cuenta que el libro que me da esta información no me pone todas las referencias y que se basa en muchas crónicas cristianas, podría tratarse de una exageración—, quemó numerosas galeras en distintos puertos —en Nápoles, al regresar rumbo a África, se llevó por delante seis que estaban en construcción y en Cetraro quemó 18. Fueron pérdidas muy graves—.
