Next chapter finally with Helen's POV. I was tired of Amon's POV. It's very difficult.
Blackmailing in the next chapter.
I will answer the reviews later but I publish the chapter anyway.
Esta historia contiene elementos del nazismo y del Holocausto Judío. Para nada apoya ningún tipo de movimiento ultra-derechista, neonazi ect… Si eres sensible a este tipo de fanfics, te aconsejo que no lo leas.
Corría un viento helado aquel día que arrastraba las nubes de niebla oscura y espesa. Yo había vuelto a ponerme mi abrigo largo de cuero para defenderme de aquel frío pero aquel no era el frío verdadero. El verdadero e insoportable frío polaco llegaría con el invierno y el otoño.
La nieve gris que caía lo ensuciaba todo y había cubierto un centímetro de suelo. Yo me llevaba un pañuelo a mi nariz para no aspirar el tóxico humo ni oler el olor dulzón de los cuerpos quemados. Mientras tanto, miraba fijamente la causa de todo aquello. Era una enorme pira de trapos oscuros. Ardía con unas llamas que no dejaban ver el cielo y que desprendían aquel humo espeso. Mis superiores me habían ordenado desenterrar a todos los prisioneros muertos de la última Aktion en el gueto de Varsovia y del campo de trabajo de Plaszow para quemarlos. Los soldados que trabajaban allí casi se habían vuelto locos con aquel cometido.
-Hay cuerpos enterrados por todas partes, Hauptsturmführer Goeth. Va a ser casi imposible encontrarlos todos- me había dicho uno de ellos.
-Pues haced lo imposible. Me han ordenado que no quede ningún rastro.-
Sin embargo, supe que aquello que pedía no iba a ser tarea fácil.
En la base de la enorme de la pira negra había una maquina que ayudaba a los cuerpos a llegar hasta las llamas. Allí era donde llegaban los prisioneros vivos cargando enormes carretillas de prisioneros muertos. También había una concentración de oficiales y suboficiales. Uno de ellos se adelantó hacia la pira con la pistola en la mano y empezó a disparar contra ella y a gritar consignas antisemitas.
-Das ist das Ende der Juden im dritten deutschen Reich! Keine Untermenschen mehr in unserem Land!-
Le oí decir a un hombre de pelo claro con aspecto de suboficial. Siguió gritando y disparando a los cuerpos muertos y los demás oficiales y suboficiales empezaron a reírse. Yo aparté la mirada y observé lo poco que podía ver a mí alrededor entre aquella espesa niebla de humo. Me di cuenta que un hombre muy elegante estaba en una zona inclinada del terreno al lado de un BMW negro y observaba la misma escena que yo. Me costó un poco darme cuenta de que era Oskar Schindler. Como si se hubiese dado cuenta él también de mi presencia en ese momento, se volvió y empezó a caminar hacia mí.
Yo carraspeé amargamente antes de hablar intentando quitar el horrible sabor del humo en mi garganta y me quite el pañuelo de la nariz y la boca a través del cual respiraba.
-¿Puede creer esto?- le pregunté con indignación. –Como si yo no tuviera suficiente trabajo, tengo que encontrar todo trapo enterrado y quemarlo… Se acabo. Van a enviar a todos a Auschwitz.-
Las últimas palabras las dije con pesar. Parecía que no me iba a acostumbrar nunca a perder el poder que me otorgaba ser comandante de Plaszow.
-¿Cuándo?- preguntó Schindler mirando alrededor.
-En cuanto organice los envíos. En 30, 40 días. ¡Qué divertido va a ser!- dije con ironía.
Schindler siguió con la mirada a dos prisioneras que arrastraban una carretilla llena de cadáveres. Cuando volvió a mirarme, observé que sus ojos verdes estaban vidriosos y cargados de un sentimiento extraño. Enseguida apartó la vista de nuevo y la centró en la parte este de Plaszow.
-Usted debería irse de aquí. Respirar este aire no es bueno. Mañana puede venir a cenar a mi casa.-
Él asintió con la cabeza distraído. Me puso la mano en el hombro y se despidió. Mi chofer polaco se acercó cuando él se marchaba.
-¿Cuánto tiempo más estará usted aquí, Herr Kommandant?- le oí preguntar.
-Desgraciadamente sobre una hora,- dije con voz amarga sin ni siquiera mirarlo. –Tengo que supervisar un poco el trabajo. Sí… Dentro de una hora traiga mi coche.-
-¡A la orden, Herr Kommandant!-
Dicho esto, me alejé caminando hacia la parte donde los prisioneros desenterraban los cadáveres. La zona era bastante larga y muchos soldados me habían advertido de que se extendía por casi un kilómetro. Las zanjas que cavaban eran bastante hondas y, en algunas ocasiones, las habían utilizado para enterrar cadáveres en diferentes ocasiones así que había cuerpos en todos los grados de descomposición. El olor que me llegó era más repugnante todavía y volví a hacer uso del pañuelo. Cuando llevaba quince minutos caminando entre las zanjas, oí gritar una voz aguda que conocía muy bien.
-Was machst du? Du musst sie befördern, nicht zerstückeln!-
Volví la cabeza hacia aquella voz y vi como Grün empezaba a pegarle con una porra a un prisionero en las costillas que intentaba arrastrar un cadáver hasta una carretilla que tenía dos ruedas de diferentes tamaños.
-Los cuerpos… están… muy descompuestos, señor- dijo el prisionero entre disculpas y golpes. -Se desmiembran aunque nosotros no queramos.-
-Sag nicht Leichnam! Es ist verboten das Wort „Leichnam" zu sagen!-
-¡Grün!- grité y me encontré con su cara blanca llena de espinillas y sus ojos verdes que hacían honor a su apellido. El pelo color paja le caía sudoroso contra la mejilla derecha.
En cuanto él me vio, no tardó ni dos segundos en ascender de la zanja y saltar entre los montículos de tierra para encontrarse conmigo.
-¿Qué hace aquí?- le pregunté con voz autoritaria.
-Los soldados necesitaban ayuda y yo me ofrecí voluntario. No sabía que estaba usted aquí, Hauptsturmführer Goeth,- dijo y me sonrió.- No es bueno que vaya solo ahora que hay tanta actividad en el campo de trabajo. Yo le acompañare.-
Yo me arrepentí de haberle llamado cuando oí aquellas palabras. Pero reconocí que él llevaba razón con un leve asentimiento de cabeza.
-¿Dónde está el Oberscharführer Hujar? No lo he visto y se supone que lo había dejado al cargo de todo esto.-
-¿No lo sabe? Han enviado aquí un grupo de mujeres. Seguramente fueron sorprendidas en algún lugar de Polonia con papeles arios falsos. Se ha ido con ellas y con un buen número de soldados a Chujowa Górka para ejecutarlas.-
Yo hice una mueca de disgusto. Sentí el sabor dulzón del humo gris en el paladar y carraspeé de nuevo irritado. Después, me llevé el pañuelo de nuevo a la nariz y a la boca y hablé a través de él.
-Típico de Hujar. Le daremos a él alcance.-
Yo aceleré el paso hacia la colina Chujowa Górka. Era un pequeño y discreto elevamiento del terreno donde crecían algunos árboles que se habían olvidado de talar. Era oscuro y a algunos oficiales y suboficiales les parecía un lugar ideal para ejecutar prisioneros. De hecho, era el preferido de Hujar y se corría el rumor de que los prisioneros en vez de llamarlo Chujowa Górka, lo llamaban Hujowa Górka en honor al oficial.
Mientras íbamos de camino, Grün se empeño en darme conversación. Él me habló sobre que en los barracones de las SS se había repartido más alcohol y se habían hecho más fiestas, también de que un viejo sub-oficial era capaz de beberse diez litros de vodka al día y de que en el frente rojo le habían dado a un soldado una cruz de hierro de primera clase por una valerosa hazaña.
Yo no me molestaba en asentir con la cabeza ni en obsequiarle con un monosílabo pero eso no le desanimó en su empeño de seguir hablando. Grün habló durante todo el camino y cuando él me estaba explicando la hazaña que le había hecho al soldado del frente rojo merecedor de la cruz de hierro de primera clase, yo levanté la mano con la que no sujetaba el pañuelo y le mandé callar. Ante nosotros se alzaba la famosa colina. Unos pocos árboles sin talar en el centro le daban un aspecto más sombrío. En la parte derecha de la colina se encontraba Hujar con algunos soldados con metralletas. Disponía a las mujeres en fila para prepararlas para la ejecución. No me paso desapercibido que alrededor de nosotros aun se encontraban zanjas donde cavaban prisioneros y arrastraban cadáveres. Siempre había sido recomendable no realizar ejecuciones delante de otros esclavos pero yo mismo me había saltado esa norma muchas veces.
Yo anduve deprisa y me situé en la parte derecha al pie de la colina esperando a que Hujar se fijase en mí. Él no tardó en hacerlo y no pudo ocultar su sorpresa. Bajó la colina apresurado a encontrarse conmigo.
-Usted debería haberme avisado de esto, Hujar. Si no recuerdo mal, le dije a usted que le ponía a cargo para que vigilara toda la operación.- Mi voz salió ronca de tanto carraspear.
-Lo sé, Hauptsturmführer Goeth, y lo siento pero recibí la orden de los altos oficiales que vinieron con las prisioneras y no me pude negar a obedecer sus órdenes. Esas prisioneras llevaban papeles arios falsos,- dijo Hujar con su aire de constante preocupación.
-Esos altos oficiales entraron en mi campo de trabajo pero no tuvieron la delicadeza de pasarse por mi casa a avisarme,- dije con rencor.- No me vale con un "lo siento". Acabé usted con esto cuanto antes y vuelva a su puesto.-
Hujar se movía con intranquilidad. Él siempre estaba muy nervioso cuando tenía que ejecutar a un prisionero o cuando tenía que dar una orden para que alguien lo hiciera. A pesar de que siempre había sido un hombre muy aficionado a matar, parecía casi como si él no disfrutara con ello.
Lo acompañé un poco colina arriba donde esperaban las prisioneras cabizbajas delante de los soldados con metralletas pero me mantuve bastante apartado. Hujar dio algunas órdenes que hicieron que los soldados se preparasen. Una mujer empezó a cantar el Shema Yisrael y, poco después, las demás la siguieron.
K'shehalev bocheh rak Elohim shome'a hake'ev oleh mitoch haneshamah adam nofel lifnei shehu shoke'a bit'filah k'tanah chotech et had'mamah
Los canticos hebreos flotaban en el ambiente en ese intrincado idioma y me hacían daño en los oídos.
-¡Vaya! ¿No decían que las habían sorprendido con papeles de arias puras? Ahora parece que están orgullosas de ser judías y todo,- comentó Grün y se rió a carcajadas de su propio chiste.
Los soldados abrieron fuego y aquellos horribles cantos cesaron. Vi como los cuerpos se desplomaban y como, poco después, la sangre corría colina abajo. Suspiré satisfecho pero todo no acabo ahí. De nuevo, mis oídos volvieron a chirriar.
Zog nit keyn mol, az du geyst dem letstn veg. Klotsh himlen blayene farshteln bloye teg. Kumen vet nokh undzer oysgebenkte sho, s'vet a poyk ton undzer trot mir zaynen do!
Yo me volví hacia el lugar de donde procedía aquel irritante sonido. Era una de las prisioneras que estaba cavando una zanja donde había cadáveres. Llevaba un pañuelo negro en el pelo y un vestido a cuadros mugriento y desharrapado. Ahora ella se había puesto de pie encima de un montículo cantando motivada por los otros cantos de sus compañeras ya muertas. Yo sentí como la rabia me corría por las venas y como la furia me latía en mi cabeza. Hujar me adelantó, después de descender la colina, con los ojos como platos.
- Hältst du wohl dein Maul!- le gritó enfadado.
A él no le dio tiempo a llegar hasta ella. Yo me llevé la mano a mi cinturón, saqué la pistola, apunté y disparé. La prisionera se desplomó en la zanja que ella había cavado donde estaban los demás cadáveres antiguos. Un cuervo que se había posado cerca de un montículo levantó el vuelo por el ruido del disparo y el Oberscharführer Hujar gritó como si yo hubiese matado a un ser querido. Muchos prisioneros se detuvieron para observar lo que había ocurrido durante un segundo y después siguieron trabajando más rápido.
Hujar volvió de nuevo enfadado colina arriba murmurando algo entre dientes y Grün aplaudió la escena y añadió una de sus bromas.
-Gut gemacht, Hauptsturmführer Goeth! Das ist die richtige Antwort!-
A pesar del éxtasis que me producía matar a un prisionero, seguía estando de muy mal humor y muy furioso. Las bromas de Grün también me habían empezado a cansar. Me replanteé casi seriamente si no debería matarlo a él también.
El Oberscharführer Hujar mandó a los soldados a que cargaran los cuerpos en alguna de las carretillas que estaban preparadas para ser transportadas hasta la pira y, después, se unió a nosotros en el camino de vuelta. De nuevo, Grün se empeño de nuevo en hablar pero, esta vez, contaba con dos personas que no le escuchaban.
Hujar y yo no intercambiamos ninguna palabra hasta que estábamos a casi trescientos metros de la pira. Entonces él se quitó su pañuelo del rostro que también había utilizado para defenderse del repugnante humo.
-Con todo el respeto del mundo, Hauptsturmführer Goeth. No debería usted haber matado a esa prisionera. ¿Ha pensado en como lo explicaremos luego? Era una de las encargadas de transporte y…-
-Maldito seas tú y todas tus putas encargadas judías con lengua afilada,- le interrumpí a él dejando entrever en mi voz toda mi rabia y mi mal humor. –Solo dime que no fuiste tú quien la nombró encargada de algo porque si no es así, no te dejaré que vuelvas a nombrar a un judío ni encargado de limpiar las letrinas.-
Hujar tartamudeó un poco ofendido.
-No… Yo no… Hauptsturmführer Goeth…-
Vi como pestañeaba y como se rascaba distraído debajo de la gorra. Casi pude oler su mentira pero decidí dejarlo pasar.
-Supongo que le habrán informado de lo que planeo hacer con los Chilowicz,- dije yo en un susurro.
-Sí… sí… he sido informado,- corroboró él en el mismo tono.
-¿Puedo contar usted?-
-Sí, claro que puede usted contar conmigo.-
Aquella respuesta me dejó satisfecho. Después me desplacé a cien metros de la pira observando la operación. Hujar estaba muy activo y habló con muchos soldados y oficiales para darles órdenes y para enterarse de todo lo relativo a la situación. Después, se acercó a mí para informarme de que todo marchaba bien y que no había ningún problema. Él calculaba que como máximo en cuatro días estarían todos los cadáveres quemados. Sin embargo, también me informó de que no paraban de aparecer lugares nuevos donde se habían enterrado prisioneros muertos por todas partes. Yo asentí con la cabeza detrás de mi pañuelo y esperé a que mi chofer llegase con mi coche lo cual no tardó en pasar.
Cuando entré en el coche por una de las puertas traseras, Grün me siguió y yo no puse ninguna objeción. Se cerraron las puertas y yo respiré el aire limpio como si yo no lo hubiese hecho en años.
-¿A dónde quiere que le lleve, Herr Kommandant?- me preguntó el chofer polaco.
Pareció como si volver a respirar aire libre de humo hubiese hecho que me llegara toda la sangre el cerebro y recordé la conversación que yo había mantenido con un soldado y que no había olvidado en ninguno de aquellos días después de la Gesundheitsaktion.
-¿De qué fabrica concreta eran los últimos prisioneros que llegaron a la Gesundheitsaktion?- le había preguntado intentando omitir todo interés personal.
-De la fábrica de Bosch, eran todos de la fábrica de Bosch, Hauptsturmführer Goeth. Algunos se dedican a trabajar allí y otros se dedican a limpiar la fábrica pero todos son de allí,- me había contestado un soldado de pelo castaño y ojos azules que no tendría más de veinte años y que parecía estar muy orgulloso de poder hablar con migo.
-Quiero ir a la fábrica de Bosch. Lléveme allí,- le dije al chofer y me hundí en los asientos de cuero.
-¿A la fábrica de Bosch, Hauptsturmführer Goeth?- preguntó Grün. –Pensé que nosotros volveríamos a su casa. ¿Qué tiene que hacer allí?-
El motor del coche tronó y empezamos a movernos.
-Busco a una prisionera,- dije yo decidiendo que era mejor no mentir para no levantar sospechas. –Una niña, con el pelo muy corto, rizado y negro. Los ojos también los tiene muy oscuros.-
-Hay muchos judíos que son así. Casi todos son iguales…- comentó Grün con desprecio.
Una voz en mi cerebro le contestó.
"No, idiota. No todos son iguales. Ella es distinta."
-Y además una niña…- dijo después de una pausa. –Pensé que ya no quedaban aquí niños. Pensé que a todos los niños los habían mandado a Auschwitz.-
-Ella es más una niña que una mujer,- dije yo con una voz que indicaba inequívocamente que yo no tenía ganas de hablar con él.
-Bueno… ¿Y por qué se busca a esa prisionera?- preguntó sin captar mi mensaje.
Yo fruncí el ceño. Grün quería saber demasiado. Pensé la respuesta un momento.
-Quiero interrogarla. Han robado una pieza de la fábrica de Bosch y quizás esté involucrada.-
-¿De verdad? ¿Una ladrona?- preguntó Grün con repulsa. –Tendrá suerte. Bosch colaborara. Él es un buen hombre. Podemos entrar e inspeccionar su fábrica, incluso podemos llevarnos prisioneros y les da igual que no los devolvamos siempre y cuando los cambiemos por otros. En cambio, Oskar Schindler… Él protege a los malditos judíos de su fábrica como si fuesen su familia.-
Aquellas palabras tenían un tinte acusador pero mucha gente muy fiel al nacionalsocialismo había empezado a menospreciar a Oskar Schindler por su trato preferente a los judíos. Sin embargo, eran solo rumores y él no había hecho nada malo. Era cierto que él mantenía relaciones con judíos que estaban muy lejos de ser las apropiadas pero nadie podía dudar de que fuera fiel al partido. Últimamente se hacía acompañar por el judío que me llevaba las cuentas más de lo habitual. Era un tal Stern. Era un judío bajito, con gafas y con aspecto débil y pedante que tartamudeaba de más. La primera vez que lo vi con esos ojos negros nerviosos y esa voz pomposa y entrecortada, me dio ganas de compadecerme de él y mandarlo a matar de un tiro rápido en la nuca. Sin embargo, algunos conocidos me informaron de que había sido un gran contable y que había llevado varios negocios en Cracovia, así que le mandé que se hiciera cargo de mis cuentas en uno de los despachos de los barracones. Stern y Oskar Schindler hablaban y pasaban tiempo juntos últimamente más de lo habitual y algunos me habían informado de que ya eran amigos antes de que Stern llegara a Plaszow. El día anterior, había visto a aquel judío susurrándole cosas al oído al elegante empresario. Yo había estado a punto de decirle a Schindler que muchos empresarios alemanes habían llevado a la ruina sus negocios por seguir el consejo de judíos pero me había contenido.
Grün continuó con su interminable charla.
-No pensará usted que digo estas cosas de su amigo sin tener pruebas. Seguro que recordara usted el día que estábamos juntos en la DEF y usted observaba que había un prisionero que empujaba una carretilla muy lentamente y me ordenó matarlo. Cuando lo puse contra la pared, llegó él corriendo y diciendo que yo no podía hacer eso allí porque si no los demás prisioneros se negarían a trabajar. También me dijo que debía cumplir con contratos de guerra y bla, bla, bla… Al final, consiguió sobornándome ofreciéndome vodka.-
Grün empezó a reírse en medio del relato y yo aproveché para mirar por la ventana trasera del coche y comprobar con alivio que ya estábamos un poco lejos del humo de las piras de los cadáveres.
-¿Se lo puede creer, Hauptsturmführer Goeth? ¡Me soborno con una botella de vodka por un judío! También recuerdo aquella vez que me dijeron que habían traído en un cargamento a un judío del distrito de Erding al campo de trabajo de Plaszow. Yo odio a todos los judíos de Erding porque es donde yo nací, así que fui a matarlo pero Oskar Schindler insistió en salvarlo.-
-El gran y elegante empresario,- continuó Grün con voz burlona. –El amigo de los judíos. Se comenta que ha estado comprando pan en el mercado negro para alimentarlos mejor y que les hace potaje de verduras para cenar todas las noches. Seguro que él también roba mantas para arroparlos por las noches.- La carcajada de Grün me hizo daño en los oídos. –A ellos los trata mejor que a su mujer. Él a ella le pone los cuernos con todas las mujeres guapas que pasan por su lado y…-
-Cállate Grün,- dije yo que no quise consentir que él siguiera insultando de esa manera a Oskar Schindler.- Schindler es un gran hombre. Tiene una actitud un poco peculiar hacia los judíos pero es un alemán muy respetable y un gran amigo. ¿Quién va diciendo esas cosas de él?-
-No lo sé, Hauptsturmführer Goeth,- comentó Grün acobardado por la dureza de mi voz. –Solo se rumorea que compra pan en el mercado negro para sus obreros y cosas así… pero nadie sabe si es verdad… Él es un gran amigo suyo y no creo que él sea un mal hombre.-
Yo fruncí los labios. También dudaba un poco de la actitud de Schindler hacia los judíos pero eso no quería decir que lo considerara un traidor al nacionalsocialismo.
El coche salió del asfalto y levantó nubes de tierra. Allí empezaba un enorme terreno y en el fondo se podía ver la fábrica de Bosch. Era una fábrica de ladrillo y cristal. No era tan nueva como la de Schindler y tampoco daba tantos beneficios económicos a juzgar por la actitud de Bosch hacia el dinero. Schindler decía que tenía a los obreros entrenados pero Bosch no los entrenaba y los cambiaba habitualmente.
Vi un lugar donde se acumulaba un montón grande de madera y se lo señale al chofer.
Aparqué usted ahí,- después me dirigí a Grün.- Iremos hasta la fábrica de Bosch andando. Si los prisioneros nos ven llegar, se esconderán, así que sea prudente.-
Grün asintió y después ambos nos bajamos del coche y empezamos a andar. La lengua de Grün parecía que no se iba a poder estar quieta aquel día.
-Usted se preguntará porque odio a todos los judíos del distrito en que nací,- dijo cuando empezamos a caminar.
Yo estuve a punto de contestar con un "no" pero me contuve y suspiré.
-Yo pensé que al igual que yo, tu los odiabas a todos.-
-Sí, por supuesto, pero yo odio especialmente a los judíos que viven cerca de Münich porque nací en un pueblo cerca de allí y vi su naturaleza malvada. Son unas criaturas avariciosas que solo quieren el dinero para sí mismos y solo tienen aspiraciones egoístas. No me hizo falta leer ninguna propaganda antisemita para saber cómo son.-
Grün hizo una pausa.
-Mi padre tenía un telar en una calle del pequeño pueblo en el que nací.- Yo miré fijamente a Grün durante unos segundos porque yo jamás le había visto hablar con ese tono de voz melancólico. -La tuvo durante toda la vida hasta que unos judíos pusieron otra tienda de telas en la calle paralela. Los clientes dejaron de venir a nuestra tienda y mi padre se hundió poco a poco en la miseria. Él se volvió más oscuro y más triste. Finalmente, un día, la tienda quebró. El único dinero que llegaba a mi casa era el que traía mi madre trabajando como sirvienta. Mi padre no volvió a trabajar nunca. Dijo que si él abriese un nuevo comercio también terminaría cerrando por culpa de los judíos. Le dio por mantener actitudes extrañas y una vez me dijo que había estado observando a los judíos de la tienda del telar. Me dijo que sospechaba que le habían echado un hechizo para que su tienda quebrara. Me contó que los judíos leían un libro que se llamaba Kabbalah. Decía que era un libro muy complicado lleno de misticismo y magia. Decía que si un hebreo era capaz de entender ese libro, era capaz de lanzar un hechizo; un hechizo para siempre. Él estaba obsesionado con eso.-
"Sí, sí, ella también me ha hechizado. Es por eso por lo que no puedo pensar en ella. Es por eso por lo que no puedo evitar mirar la foto de ella en el cajón de mi mesa de noche."
El corazón se me aceleró y me recorrió un escalofrió. También noté que la boca se me secaba así que empecé a palpar en mi chaqueta para encontrar mi petaca. Yo no estaba acostumbrado a sentir miedo y era un sentimiento vergonzoso en cualquier soldado. Me sentí muy incomodo y decidí avergonzar a Grün para que no notara lo que me pasaba.
-En Viena, las mujeres viejas le contaban a los niños historias así para que no pudiesen dormir por las noches,- dije con desprecio y después me llevé la petaca a mis labios para llenarme la boca de vodka cuando la encontré.
-Sí, lo sé, Hauptsturmführer Goeth,- dijo Grün nervioso.- Mi padre era un hombre débil pero yo no soy como él. Si yo hubiese llevado aquel negocio y unos judíos sucios hubiesen puesto uno igual para hacerme la competencia. Habría ido allí con un bote de combustible y lo habría quemado con ellos dentro.-
La fábrica de Bosch se alzó a cien metros de nosotros. Los prisioneros que trabajaban en las afueras se quedaron paralizados al vernos llegar.
-Recuerda…- le dije a Grün repitiéndome. –Buscamos a una prisionera con el pelo corto rizado y negro. Es más una niña que una mujer.
Algunos prisioneros miraban al suelo y otros querían mantenerse alejados de nosotros pero Grün hizo bien su trabajo y se dedicó a observar a todas las mujeres prisioneras. Yo también paseé e intenté sobretodo mirarlas a la cara. Sabía que si la miraba a la cara, la reconocería al instante. No hubo mucha suerte en las afueras, así que entramos en la fábrica para realizar una inspección. Note que los obreros empezaron a trabajar más rápido y que intentaban pasar desapercibidos pero yo me encargué de mirar a la cara a todas las mujeres. Grün vio a una de ellas que era morena y muy delgada y me llamó diciendo que la había encontrado pero no era ella. Después de un cuarto de hora paseándome por la fábrica, sentí frustración y el sudor empezó a caer por mi espalda.
Necesitaba a esa maldita niña. Si la encontraba, mis posibilidades para chantajearla aumentaban. Me di cuenta, en ese momento, lo mucho que lo deseaba y lo mucho que me importaba. Era una locura.
-Grün, salgamos afuera un momento. Necesito un cigarro,- le dije dirigiéndome a la puerta trasera de la fábrica que era la forma más rápida de salir al aire libre.
Estábamos bastante lejos de las piras de cadáveres muertos pero allí el aire aun estaba un poco contaminado y el viento traía el olor dulzón de la grasa quemada. Una prisionera bajita que se tapaba la cabeza con un pañuelo barría hojas de los arboles con una escoba vieja hecha de paja.
Varias gotas de sudor cayeron sobre mis ojos e hicieron que me escocieran mientras me encendía el cigarro en mis labios.
-Parece usted cansado,- comentó Grün.
-Lo estoy,- admití.
-Anímese. Si no encuentra a esa prisionera siempre podremos pedirle ayuda a Bosch para que nos ayuden los encargados a encontrarla. Ellos conocen a todas las mujeres que trabajan aquí.-
-Sí,- dije yo. Yo estaba dispuesto a hacer todo lo que estuviese en mi mano para encontrar a esa maldita niña.
Noté que la prisionera baja que estaba barriendo se movía para meterse de nuevo en la fábrica. La miré caminar. El vestido que llevaba era muy grande y una de las mangas le caía holgada y dejaba ver la piel de su hombro. Aquel vestido no era muy grande para una mujer pero si para una niña. Antes de entrar en la fábrica volvió la cara y nos miró a Grün y a mí. Yo sonreí.
-Es ella,- le dije simplemente a Grün y me llevé de nuevo el cigarro a mis labios satisfecho.
Grün reaccionó como un resorte. Se acercó a zancadas a la pequeña prisionera que se había quedado paralizada con los ojos oscuros llenos de miedo y antes de que ella pudiese reaccionar la cogió del cuello del vestido. Ella protestó pero Grün la levantó del suelo y la llevó hasta a mí. Cuando la dejó en el suelo, ella se revolvió.
-¿Qué he hecho?- preguntó la niña con voz chillona.
-Tú sabes muy bien lo que has hecho.-
Grün la agarró del pelo y la zarandeó. Sin dejar de agarrarla se dirigió a mí.
-Hauptsturmführer Goeth ¿Es ella la ladrona?-
-Es la prisionera a la que quiero interrogar sobre el robo,- aclaré yo apurando el cigarro.
La niña me miró y yo sentí un escalofrío. Ella se parecía mucho a su hermana y yo aparté la cara con desagrado.
-Yo no he robado nada,- ella le dijo a Grün. –Esto no tiene nada que ver con ningún robo.
-Cállate, pequeña puta. Cállate si sabes lo que te conviene. Para empezar, no eres más que una niña así que no deberías trabajar aquí,- le dijo Grün molesto.
Yo reconocí que la prisionera tenía la boca muy grande para ser su hermana. Ella era incapaz de decir una palabra en mi presencia. Me entraron ganas de hacerla callar para siempre pero sabía que la necesitaba a ella.
-Yo no soy una niña. Tengo dieciséis años y yo trabajo en esta fabrica limpiando. Siempre hago lo que me dicen que tengo que hacer y no he robado ni he hecho nada malo.- Se defendió.
Grün le pegó a ella una bofetada en la cara.
-Te dije que te estuvieras callada, judía. No hablarías así si supieras delante de quien estás hablando,- dijo Grün y me miró.
La niña tenía la mano en la cara y miraba a Grün con odio.
-Yo sé quién eres tú,- dijo ella y vi sus ojos negros brillar de rencor. –Eres Grün, el perro faldero del Herr Kommandant. Dicen que matas a familias enteras que sabes que tienen oro o diamantes para dárselos a tu amo porque dicen que estas enamorado de él. Dicen que te gustan más los hombres que las mujeres y que por las noches vas a los barracones de los hombres de las SS para meterte en la cama de los soldados.-
La miré muy sorprendido durante unos segundos y no pude evitar reír.
-¡Vaya lengua que tiene! Habrá que cortársela,- dije sonriendo medio en broma.
La sorpresa de Grün no era menor. La piel pálida se le había vuelto de color amarillo y jamás le había visto tan ofendido. Su respiración agitada hacía que su pecho subiese y bajase y los granos rojos de su cara en la barbilla y en la frente parecían que iban a explotar. Las pupilas se le habían contraído y sus ojos eran más verdes que nunca.
Le volvió a pegar, pero esta vez no fue una bofetada sino un puñetazo. Ella cayó al suelo a un metro de distancia y perdió el pañuelo que llevaba en la cabeza.
-En condiciones normales, yo te dejaría que la mataras,- le dije en un tono carente de toda emoción.- Pero la necesito a ella. Quiero interrogarla en mi casa.
-¿En… su casa? ¿En la villa, Hauptsturmführer Goeth?- preguntó Grün cuando salió de su shock rabioso.
-Sí,- dije yo y arrojé el cigarro al suelo y lo pisé con mi bota.
-Entonces… ¿Nos la llevaremos en el coche?- me preguntó él.
-¿En mi coche?- Yo reí fríamente. –Ningun judío piojoso entra en mi coche. Tú te encargaras de llevarla hasta allí.-
-¿Yo…? ¿Yo me encargare de llevarla hasta allí?- Él pregunto. Casi parecía tan ofendido como un minuto antes.
-Sí. Si no te parece bien, puedes encargar a algún soldado que lo haga,- dije yo y empecé a andar para volver al coche.
-No, la llevare yo,- comentó él en un tono bajo y cruel.
Yo oí un gemido. Cuando me di la vuelta, Grün había cogido por el pelo a la prisionera que aun seguía en el suelo y la había levantado.
-Recuerda,- le dije advirtiéndole. –No la mates a ella.-
Diez minutos después llegué hasta el coche. El chofer polaco tenía la gorra sobre los ojos y se había quedado dormido. Yo golpeé el cristal con mis nudillos y él se despertó violentamente y él me abrió la puerta trasera.
-A mi casa,- le dije, después de cerrar la puerta, antes de que me preguntara.
Sentí una extraña euforia cuando el motor se encendió. Solo tenía que llegar, esperar que la prisionera llegase y comprobar si la relación entre las hermanas era lo suficiente fuerte para poder chantajearle con ella. Yo ya sospechaba que era muy probable que sí y había visto a prisioneros hacer cosas asombrosas para ayudarse los unos a los otros, sobre todo si eran de la misma familia. Los judíos eran unos animales muy sentimentales.
La podría chantajear para que ella hablase conmigo y para que ella no intentara esconderse de mí. Me imagine como sería todo a partir de ahora. Ella me miraba con sus profundos ojos oscuros adornados con pestañas negras. Ella tenía en sus labios la misma sonrisa que mostraba en la foto en blanco y negro del colgante y el sonido de su voz era constante. Sentí pequeños temblores de placer que me recorrían todo el cuerpo.
Me la imaginé a ella entonces con uno de sus bucles negros cayéndole por la cara como el día en que yo la había visto a través de la copa de vino y también me di cuenta que la ropa que llevaba era blanca y se transparentaba como el día en que yo la había visto en la bodega. Yo le pasé mi mano por el cuello de ella. Era tan pequeño que yo casi podía rodearlo con una sola mano. Me imaginé que los labios de ella emitían un suspiro.
"No, no puedes pensar en eso. No puedes hacerlo. Sabes que está prohibido."
Sentí un dolor en mi ingle que yo ya conocía muy bien. Me costaba mucho tener erecciones porque yo bebía demasiado alcohol pero al pensar en ella mi cuerpo siempre reaccionaba. El dolor, la testosterona y la lascivia hicieron que mis pensamientos se volvieran más oscuros y violentos.
Ella iba a morir de todas formas. Tendría que matarla. Daba igual si yo la mataba de una forma u otra. Yo le podría desgarrar la ropa, cogerla del cuello y ponerla boca abajo para no mirarla a la cara y después la tomaría a ella por detrás. Había oído que muchas prisioneras débiles, enfermizas o delgadas habían muerto desangradas por las violaciones. Todo el mundo miraba hacia a otro lado y fingía que no sospechaba que aquello lo hubiese hecho ningún soldado. Un asesinato rápido, íntimo y privado. ¿Acaso no era lo que yo siempre había querido para ella? ¿Acaso no era lo que ella se merecía después de provocarme tanto?
Yo sentí una tristeza de repente y un sabor amargo en mi boca. Era lo que siempre yo sentía cuando yo pensaba en que ella iba a morir. Yo no conseguía sentir ningún tipo de liberación o éxtasis cuando me imaginaba aquello.
Rebusqué en mi chaqueta mi petaca. Tuve que desabrocharme el abrigo y no supe porque lo llevaba puesto porque estaba sudando a chorros. Sin embargo, las manos me temblaban como si tuviera frío. Me bebí todo lo que quedaba de vodka en la petaca de un trago.
El resto del viaje lo pasé mirando por la ventana. Era como si yo estuviera muy interesado en el paisaje pero después no pude recordar nada de lo que yo había visto. Finalmente, el coche frenó y yo me bajé rápidamente del coche sin ni siquiera despedirme del chofer y subí las escaleras todo lo rápido que pude.
En la habitación me duché con agua fría y después estuve un tiempo peinándome. Me puse una camisa que creí que me favorecía y encima el uniforme. No sabía ni porque hacía eso porque no tenía invitados en casa y no tenía la necesidad de andarme con elegancias. Cuando bajé de nuevo a la planta baja, me quedé parado y oí el ruido de movimiento en la cocina. Seguramente ella estaba preparándome la cena.
"Ni te imaginas la sorpresa que te tengo preparada."
Yo me desplacé hasta mi despacho dejando la puerta abierta para oír a Grün cuando llegase. El despacho que tenía en mi casa era más pequeño que aquel del que disponía en los barracones. Pero aun así, era elegante y estaba muy bien amueblado. Había dos estanterías llenas de libros y ficheros y una enorme mesa de roble con una silla también muy cómoda. En la parte frontal muy arriba estaba el retrato del Führer.
Yo decidí aprovechar el tiempo revisando algunas de las intrincadas cuentas que había ideado mi contable judío para camuflar el dinero en negro que tenía pero apenas entendía nada y tampoco conseguía concentrarme. Después pensé en alguna excusa que mandar a mis superiores de Oranienburg por la chica que yo había matado por la mañana. El tiempo pasaba muy despacio y empecé a impacientarme. Me pregunté si Grün habría decidido desobedecer mis órdenes y habría decidido matar a la prisionera de todas maneras. Me puse muy nervioso pero, en ese momento, oí abrirse la puerta principal y un ruido de botas que se aproximaban por el corredor.
Grün apareció en la puerta. Volvía a tener a la chica agarrada por el vestido y la dejó a dos pasos de él. Tenía una sonrisa cruel. Me fijé en que la pequeña prisionera tenía dos marcas violáceas en el rostro que antes no tenía y que ella miraba de reojo con odio a Grün. No sabía si aquello era bueno o malo. Quizás fuese un incentivo para chantajearla pero tampoco quería que se asustase en exceso.
-Aquí la tiene para su interrogatorio como usted ordeno, Hauptsturmführer Goeth. Nos hemos hecho muy amigos por el camino,- comentó sarcásticamente.
Yo asentí complacido con la cabeza indicándole a Grün que había hecho bien su trabajo.
-Vuelve dentro de dos horas y manda a alguien para que venga a por ella y la escolte hasta los barracones.-
Oí el ruido de los talones de Grün chocando y después oí sus pasos dirigiéndose hacia la puerta.
La prisionera juntó las manos. Sin duda se esperaba un interrogatorio. Sus ojos negros tan parecidos a los de su hermana miraban nerviosos a un lado y a otro del despacho. Yo la ignoré y miré fijamente un libro de cuentas.
Cuando oí el sonido de la puerta principal cerrarse, me levanté de la silla bruscamente. La pequeña prisionera reaccionó dando un brinco sobre sus pies.
-Ven conmigo,- yo le dije simplemente.
Yo salí del despacho y empecé a andar por el corredor. Las manos me temblaban de euforia. Oí un sonido metálico en la cocina que me indicó que ella estaba allí. Cuando aparecí en el marco de la puerta, ella estaba limpiando una cacerola con un paño. Al verme, ella la dejó en uno de los muebles de cocina y bajó la cabeza como ella siempre hacia.
-Traigo a tu hermana,- le dije sin andarme con rodeos.
Si hubiese sabido lo que esas palabras habrían provocado, yo ya las habría dicho mucho tiempo antes. Ella me miró fijamente a los ojos y me mantuvo la mirada como nunca antes lo había hecho. Sus ojos negros estaban llenos de miedo y confusión. Yo sentí un estremecimiento de satisfacción que me recorrió todo el cuerpo. Después, me di cuenta que la pequeña prisionera aun seguía detrás de mí. La agarré por el brazo y la arrastré para que ella la viese.
Yo la había a ella visto muchas veces asustada pero jamás la había visto tan asustada como cuando vio a su hermana. Sus ojos negros estaban contraídos y me dio la impresión de que ella estaba a punto de llorar.
-Veo que la conoces,- dije con voz suave.-Te dejaré un poco de tiempo para que lo pases con ella pero no te olvides de traerme la cena.-
Ella volvió a mirarme pero, esta vez, con incredulidad. Yo le dediqué mi mejor sonrisa y me fui.
Sabía que todo había salido mejor de lo que había pensado. Sin embargo, antes de volver al despacho o a mi habitación me quedé parado unos segundos en seco y después decidí retroceder lentamente sin hacer ruido al andar. Apoyé la espalda a pocos centímetros del marco de la puerta y escuché. Si ellas no me habían oído a mí volver, quizás pudiese percibir algo de su conversación. Al principio, me dio la impresión de que si me habían oído porque solo escuchaba el silencio pero después la voz de ella habló en susurros.
-Lo siento Rachel… Todo esto es culpa mía.-
Oí suspiros entrecortados como si alguna de las dos o ambas estuvieran llorando. Me sentí incomodo ante tanto sentimentalismo.
-No es culpa tuya. No dejes de abrazarme. Me duele reconocerlo pero tengo miedo,- dijo otra voz.
-No voy a dejar de abrazarte… No tienes que tener miedo. Mientras yo esté aquí no te pasara nada. Te prometo que no volverá a pasarte nada.-
Aquellas palabras eran precisamente las que yo quería oír. Después hubo otro profundo silencio.
-Te quiero,- dijo la voz que quería escuchar de nuevo con un tono triste. -¿Te acuerdas de la canción que nos cantaba siempre mama cuando nos íbamos a dormir?-
Sheyn vi di levone,
Likhtik vi di shtern,
Fun himl a matone,
Bistu mir tzugeshikt…
Siempre que oía a un judío cantar en yiddish o en hebreo me estremecía de repulsión. Yo había matado a una prisionera por hacerlo aquella mañana. Sin embargo, ahora que yo oía su voz cantar solo podía sentir un extraño placer.
