Bebitas!! hola!!! bueno aquí está el chapter. Ya comencé clases en la universidad por lo que mi tiempo se ha reducido nuevamente :( así que les pido perdón por esta vez no haberles respondido una por una sus reviews. Los he leído todos, créanme, pero de verdad que no me da el tiempo ahorita. Prometo que la próxima sí responderé. A las bebitas que me dejaron sus correos y no les he escrito, pues, hay algunos que creo los escribieron mal o algo, porq me rebota al mail. Y hay algunas que simplemente no me sale el mail porq fanfiction borra cuando lo escribes unido, nuevamente escribo mi mail para que quien quiera hablarme o preguntarme algo me escriba:
larevoluciondelasbestias arroba gmail punto com
espero que les guste el capítulo :)
Capítulo XIX
Cuidado, Luna
1.-
-Nunca debiste haber pronunciado esas palabras, Niobe.
Hermione dio un paso atrás de forma instintiva. Su respiración se volvió pesada, casi intolerable. Podía escuchar el ruido de su propio corazón latiendo de forma furiosa dentro de su pecho. Se había jugado absolutamente todas sus cartas; si perdía, lo perdía todo. Draco parecía tener un demonio por dentro, algo tan sórdido y tenebroso que se reflejaba en cada una de sus facciones perfectas, angelicales, de forma paradójica.
Draco la miraba de una manera cruel e implacable. Ahí estaba ella, como un animal asustado; lo podía sentir, le temía. Y con justa razón. Pero aún así no suplicaba ni se doblegaba. Así eran los Gryffindors, se tragaban su miedo y enfrentaban lo que fuera necesario de enfrentar. Siempre había detestado esa actitud estúpida que a lo largo de los años había llevado a tantos gryffindors a la muerte. Eran como suicidas. Draco sentía una furia desconocida, miles de sentimientos encontrados que dominaban sobre él como una bestia oscura, como otro Draco que estaba ahí, oculto, y que cuando salía era mortal. Todo lo que había querido era alejarse, pasar por lo menos la mañana solo, lejos de todos, lejos de Malina y de Hermione. Suficiente había tenido con levantarse y encontrarla a su lado. Y ahora ella ingresaba de esa forma intempestiva y lo desafiaba. Era mucho más de lo que su carácter y su humor podían tolerar.
Draco elevó su varita y la apuntó. Hermione paró de respirar.
-¡Mátame! ¡Aplícame cuantos dolores quieras! ¡Crucio! ¡todas las maldiciones! ¡Lo que quieras! ¡Ni siquiera necesitas de esa varita! ¡Puedes hacerme sufrir sin ella con la mordida del dragón que tatuaste en mi espalda! ¡Puedes hacer lo que sea pero no vas a doblegarme! No hay nada que puedas hacer que me sorprenda ya.- exclamó ella con los ojos brillantes, como dos aves fénix que iluminaban la habitación de algo indescriptible.
-¿No lo entiendes, verdad? Tu vida, tu presente, tu pasado y tu futuro me pertenecen. Nada es tuyo. Tú no tienes nada.- le dijo con desprecio.
-Te equivocas: mi presente y mi futuro son tuyos. Mi pasado es mío y lo voy a reclamar. Era nuestro trato.
-Trato que cumpliré cuando a mí me dé la gana.
-Entonces también sabrás lo que dice en ese cuaderno cuando a mí me dé la gana.
Hermione empalideció casi al instante de pronunciar aquello. Una media sonrisa oscura y tenebrosa se dibujó en el rostro de Draco. ¿Por qué se estaba demorando tanto en agredirla? ¿Qué era lo que planeaba? Ya no podía soportar más aquella tensión.
-¡Haz lo que tengas que hacer de una buena vez!- le gritó. – Empieza ya, porque mientras más rápido acabemos con esto, más pronto te haré entender que ni con todos los dolores que puedas aplicarme te daré la traducción de ese cuaderno.
Draco mantenía la varita apuntándola. Sus ojos eran de acero y brillaban amenazadores.
-No voy a agredirte; eso lo harás tú misma…y después, me darás la traducción.- le dijo, y ella al escucharlo lo comprendió todo. Su piel se erizó sin poder creer lo que estaba a punto de suceder. No, no podía ser…no podía hacerle eso.
Draco levantó un poco más su varita.
-¡Imperio!
2.-
Elisa y Agatha habían pasado toda la noche hablando. La hechicera ahora conocía bien que ella había sido capturada y llevada a una mansión de mortífagos de apellido Malfoy. Sentía, por alguna razón, de debía guardar muy bien ese nombre en su memoria. Elisa había sido lanzada al bosque sin piedad alguna, a merced de todas las bestias y todos los peligros. La madrugada las había alcanzado y ahora la mañana era clara y las dos estaban agotadas, pero ninguna parecía dispuesta a detener el relato. Era ahora de saberlo todo.
-Estuve días vagando en el bosque.- continuó Elisa con la mirada perdida en algo distante, lejano. – No había comido, ni bebido nada desde que fui expulsada de la mansión Malfoy. Entonces llegué a una cascada justo detrás de unos robles. El agua caía de lo alto y formaba una nube de agua que se levantaba en gotas pequeñas. Me lancé sobre el agua con las pocas fuerzas que me quedaban, pero me apresuré demasiado. Estaba tan débil que no podía mover bien mis piernas en el agua…no podía nadar. Empecé a ahogarme y supe que era el fin, pero entonces apareció ella…
Elisa hizo una pausa. Agatha la miraba impaciente.
--¿Quién?- dijo la hechicera intentando que retomara el relato.
Elisa fijó sus ojos oscuros en ella.
-Una mujer de cabellos rubios y ojos claros. Me sacó del agua y me arrastró hacia la orilla. Yo no tenía fuerzas para hablar, ni siquiera para mantener los ojos abiertos por mucho tiempo. Me desvanecí. Cuando desperté, estaba justo detrás de la cascada, en un túnel pedregoso. La mujer ya no estaba. En lugar de salir, de atravesar la barrera de agua y exponerme al bosque, decidí caminar por el túnel cavernoso. Mientras me iba adentrando, la luz iba disminuyendo hasta que me quedé en las sombras. Podía escuchar el eco de mis pasos, eran duros contra las piedras. Tras unos minutos de vagar en la oscuridad una luz tenue comenzó a iluminar mi camino; al principio pensé que eran mis ojos que se estaban acostumbrando a aquella negrura, pero la luz se fue haciendo cada vez más intensa, hasta que llegué al exterior…al otro lado de la cascada.
-La tierra de los ángeles oscuros…- completó Agatha.
-¿Cómo podría haberlo sabido?- dijo Elisa mientras todo su cuerpo se contraía. Sus venas parecían brotar de su piel en relieves. – Estaba agotada. La luz directa me cegó por unos instantes, pero luego pude ver que estaba en un lugar sin árboles, cubierto por muros de piedra grises. Más allá, sobre una especie de piedra llana y pulida, descansaba la mujer que me había salvado. Llevaba un vestido negro rasgado, viejo, pero su cuerpo era de un esplendor magnífico; toda ella era hermosa. Entonces…
Elisa pareció abstraerse. Agatha tuvo que insistir.
-¿Entonces qué?
-Entonces…¿alguna vez has sentido esa sensación que recorre tu espina dorsal cuando, de forma inexplicable, sientes que estás en peligro inminente? Yo no solía creer en aquello. Ahora lo creo. Lo sentí. La angustia me hizo comenzar a sollozar sin saber exactamente por qué. Buscaba alrededor algún sitio en dónde esconderme, pero no hallé ninguno. No había nada a mi alrededor, solo aquella mujer dormida; pero yo sabía que algo terrible estaba a punto de sucederme, que tenía que salir de allí de forma inmediata. Me di la vuelta y corrí hacia la entrada del túnel por el que había ingresado, pero no pude llegar.
Elisa se levantó y caminó hacia la ventana. Agatha comprendió que no quería que viera su rostro mientras relataba la historia de su conversión.
-Un hombre, de mediana edad, cayó desde el cielo a mis pies. Lo tenía frente a mí, sus brazos estaban rotos, torcidos hasta su espalda; sus piernas dobladas de formas imposibles…sus ojos permanecían abiertos, como cubiertos por una ligera tela blanquecina. Fue como si la muerte me viera directamente a los ojos.
La voz de Elisa se quebraba a veces; estaba tan introducida en la narración de su historia, que era como si la estuviera reviviendo nuevamente.
-Me di la vuelta con un grito ahogado que nunca pude soltar. Sentía una presión en el centro del pecho; el aire no ingresaba a mis pulmones. Estaba aterrada. Ni siquiera podía pedir ayuda. Miré hacia arriba: por lo menos unas cinco aves gigantes volaban y agitaban el viento sobre mí. Me protegí con ambos brazos, sintiendo la fuerza de aquel viento cada vez más fuerte. Entonces paró, y supe que aquellas aves tenían que haber aterrizado a unos pocos metros de donde me encontraba. Al descubrirme…me di cuenta de que no eran aves.
-Los ángeles oscuros.
-Estaban frente a mí: dos con forma masculina y tres con forma femenina. Tenían aspecto humano, y a la vez de bestia; su piel era traslúcida y acuosa, las venas brotaban de sus pieles, sus cabellos eran blancos en su totalidad, y sus ojos negros, como dos agujeros, dos pozos oscuros. Había algo violento en ellos, no sé cómo explicarlo. Cuando me vieron, no me observaron como un ser viviente; sino como un pedazo de basura, algo descartable que invadía su territorio. Fue entonces cuando la mujer sobre la piedra despertó.
Agatha cerró los ojos. De repente sintió muchas imágenes correr de forma veloz dentro de su mente. Estaba recibiendo una visión clara de lo sucedido en aquel espacio, una revelación. Veía a Elisa aterrada, pero viva; su cabello era castaño y su piel blanca con tonos rosados de juventud. Uno de los ángeles oscuros, de sexo femenino, avanzó hacia la mujer sobre la piedra de forma amenazadora.
-Tú la trajiste…Narcisa.- le dijo peligrosamente.
La mujer permanecía inmóvil con sus cabellos rubios cayendo a lo largo de su espalda. No parecía asustada.
-Estaba en peligro, tuve que resguardarla. La dejé en la gruta, no la traje hasta aquí.- dijo con una voz débil. Agatha vio la palidez de su rostro; sus labios estaban morados.
El ángel avanzó con la mano derecha extendida hacia Narcisa. De sus dedos habían salido grandes uñas, garras negras y afiladas, y sus venas brotaban de forma grotesca. Justo antes de que pudiera lastimar a Narcisa, un ángel de sexo masculino lo impidió tomándola por la muñeca. Aquel ángel era alto, y su rostro tenía una dureza que superaba a la de los demás.
-¿Qué es lo que pretendes, Galadriel? ¿Matarla?
Galadriel dio un paso hacia atrás sin dejar de observar a Narcisa.
-¿No es eso lo que hacemos con ella todos los días?- le respondió. Sus voces eran graves, casi no había diferencia entre la voz femenina y masculina.
-Todavía nos sirve.- le dijo el ángel oscuro, el de aspecto duro.
-¿Qué hacemos con la humana?- preguntó otro ángel.
-Yo me encargo de ella.- dijo el ángel masculino que hasta entonces no había tomado parte. Tenía una característica peculiar; en su hombro derecho, poseía una cicatriz.
Agatha vio cómo el ángel voló hacia Elisa y la tomó con fuerza de los brazos, elevándola en el aire y alejándose del lugar. Su visión acabó de forma brusca. Abrió los ojos: Elisa seguía junto a la ventana.
-No sé cuánto tiempo volamos. Cuando descendimos, vomité. Exhausta, incapaz de defenderme, caí sobre la tierra y él se colocó sobre mí. Recuerdo sus ojos negros mirándome de una forma espeluznante. No sé por qué no me eliminó del todo, como a aquel pobre hombre. Su mano se hundió en mi estómago, lo perforó por completo con sus garras. Para mi sorpresa, el dolor duró solo unos segundos. Luego no hubo dolor, sino algo mucho peor; el vacío. Sentí mi cuerpo vaciarse, y mis pulmones hundirse…pensé que esa debía ser la muerte, que así debía sentirse. Me desvanecí. No sé cuánto tiempo estuve inconsciente. Cuando desperté…vomité sangre en grandes cantidades. Creí que era una pesadilla; que había muerto y en mi muerte soñaba que moría eternamente. Sólo escuchaba los ruidos del bosque haciendo eco sobre mi cabeza. Todo lo veía doble. Constantemente sufría espasmos, y el enorme agujero en mi interior…estaba hueca.
-Y luego te encontramos…
-Luego me encontraron.
Agatha no podía creer el terrible destino que había caído sobre la cabeza de aquella joven. Sin embargo, ahora que habían hablado, no sólo comprendía su desgracia; sino que también tenía una pista importante qué seguir. Sí, Elisa había caído en sus manos por una razón, lo supo en sus visiones. Aquella mujer llamada Narcisa; la vio, sí, era humana, y los ángeles oscuros parecían tenerla prisionera. ¿Por qué? ¿Por qué no la mataban como lo hacían con cualquier humano? ¿Qué había de especial en aquella mujer? ¿Por qué la necesitaban?
-Elisa. Lo que te voy a pedir sé que es terrible, y estás en tu derecho a negarte, pero con toda mi alma espero que no te niegues; que aceptes y me ayudes a desenredar éste mensaje que mis visiones intentan revelarme.
Elisa la observó detenidamente sin mover ni un músculo. Se mantuvo en silencio, en espera de que Agatha hiciera definitivamente su propuesta.
-Úneteles. Únete a los ángeles oscuros y descubre por mí quién es esa mujer, Narcisa.
3.-
Hermione recibió el hechizo como un golpe doloroso en el occipital que se extendió por todo el interior de su cerebro. Cayó aturdida de forma violenta y comenzó a revolcarse por el intenso dolor que experimentaba dentro de su cabeza. Era como si una mano ingresara en su cerebro y clavara las uñas dentro de él. Draco escuchó los gritos de Hermione y de repente, sintió algo que nunca antes había sentido, una especie de desesperación. ¿Qué era aquello? No era la primera vez que había aplicado el hechizo imperio en alguien, y nunca nadie había sufrido de tal manera, durante tanto tiempo. El dolor era de cinco segundos, máximo, luego la persona era un juguete que seguía instrucciones de forma precisa. Pero ya había pasado más de un minuto, y el dolor continuaba agrediendo a Hermione y por el nivel de sus gritos, parecía volverse cada vez más intenso. Draco entendió casi al instante que ella estaba resistiéndose; estaba resistiendo el hechizo Imperio y era eso lo que la estaba lastimando tanto.
-¡Deja de resistirte y el dolor terminará!- le gritó con desesperación mientras se arrodillaba en el piso junto a ella. - ¡Deja de resistirte!
Hermione escuchaba en su mente dos voces: la voz del imperus que le ordenaba hacerle caso, dejar de resistirse,y la otra que le ordenaba levantarse, entregar la traducción, y hacerle caso a Draco en adelante. Pero no, no podía ceder ante ninguna, y dentro de sí misma batallaba con una fuerza que no sabía poseía. De repente tuvo una imagen que se mezclaba con el sufrimiento del que estaba siendo víctima; era un sótano oscuro, y estaba ella rodeada de muchas más personas, todas con ropas raídas y sucias. Frente a ella estaba un señor de quizás cincuenta años, la miraba fijamente y le decía: "La única forma de salvarse del imperius es combatirlo mentalmente…claro que los resultados pueden ser terribles. Te puedo enseñar, si estás dispuesta." Pero el dolor in crescendo eliminó el resto de la imagen, que se desvaneció con la misma rapidez con la que apareció.
Draco sentía una opresión en su pecho y no podía explicar de dónde provenía. No, no podía seguir viéndola sufrir de aquel modo. ¿Por qué? ¿Qué había cambiado tanto en él si antes bien había sido capaz de torturarla y golpearla? Escuchar sus gritos, verla experimentar un dolor grandioso antes lo complacía, ahora sólo le provocaba una angustia intolerable. La tomó por las muñecas y se las pegó en el suelo, sentándose encima de ella para impedir que siguiera golpeándose contra el suelo. Los gritos no cedían.
-¡Deja de resistirte! ¡Para!- le gritaba, pero sentía que ella no lo escuchaba.
Rápidamente volvió a empuñar su varita y apuntó a Hermione con ella.
-¡Finite!
Los gritos pararon de forma brusca, pero Hermione seguía en el suelo con los ojos cerrados y todo su cuerpo temblaba de forma espasmódica. Draco la observaba sin poder comprenderlo: ¿cuándo había aprendido a poner resistencia sobre un hechizo como el imperio? Aquel era un hechizo que había vencido a grandes magos, y ella, una bruja brillante pero de tan solo dieciocho años, ¿cómo había podido desarrollar tanta fuerza mental como para resistirlo durante tanto tiempo? Estaba consciente de que de haber continuado, seguramente ella hubiese cedido; pero se le había hecho imposible de tolerar sus gritos y el dolor que experimentaba. ¿Qué le estaba pasando?
Draco la tomó entre sus brazos y la levantó del suelo para llevarla hasta el mueble de cuero negro en donde la colocó delicadamente. Hermione continuaba temblando, y sus ojos no se abrían. Parecía no distinguir todavía la realidad física, no haberse recuperado del todo del hechizo. El rubio la observaba con preocupación. Despierta, vamos, despierta, repetía mentalmente mientras clavaba sus ojos grises en ella. Permanecía sentado junto a la castaña, pero Hermione sólo temblaba y su semblante estaba pálido, como el de un cadáver. Él rozó su mano; estaba helada. La tomó nuevamente entre sus brazos y la apretó contra su pecho, abrazándola con fuerza, intentando transmitirle calor a aquel frágil y pequeño cuerpo. Despierta, por favor despierta. Sentía algo terrible, una desesperación que no conseguía explicarse. Toda su ira, su rabia, su rencor, su odio,…todo lo que había sentido hacía apenas unos minutos atrás hacia ella, se había desvanecido. Todo lo que quería era que abriera los ojos; ver esos ojos grandes y marrones y que éstos le devolvieran la mirada.
Hermione salió de una oscuridad profunda y dejó de temblar. Con cierta dificultad abrió los ojos. Podía sentir los brazos de Draco alrededor de ella, abrazándola contra sí. ¿Qué había sucedido? Lo último que recordaba era estar debatiéndose en el suelo, poniendo todo de sí para no ceder ante el Imperio. Y ahora estaba en el mueble de cuero negro del estudio, y su agresor la abrazaba. Hermione respiró el embriagador aroma del cuerpo de Draco; era un olor masculino que la embelesaba. Desde allí escuchaba los latidos del corazón del mortífago y el calor de su pecho. ¿Cómo podía un cuerpo tan cálido y armonioso ser también tan peligroso? Pero no; él le había puesto término al Imperius. ¿Por qué? ¿Por qué la abrazaba? Hermione salió de su trance al sentir las manos de Draco agarrarla por los hombros y alejarla de él unos centímetros. Sus ojos grises se clavaron en los de ella, y ésta vez tenían una expresión distinta a la de antes, casi no podía reconocerlos. Parecía confundido, pero había algo más; algo que no conseguía descifrar.
-¿Vas a volver a lastimarme?- le preguntó ella casi en un susurro; no con miedo, sino más bien como si se tratara de una pregunta cualquiera, una banal.
Draco no respondió; tenía sus ojos clavados en los de ella, y sólo bajó la mirada para fijarse en los labios que tantas veces había ya besado. Nunca se había sentido tan atraído hacia ellos como ahora. El rubio dejó que su mano corriera por la espalda de Hermione, y ella sintió un escalofrío que la obligó a temblar. Para sorpresa de la castaña, de repente él la atrajo hacia sí y la besó con una profundidad hasta entonces desconocida. Hermione sintió cómo todo su cuerpo se rindió ante aquel beso; la lengua de Draco penetraba en su boca despertando cada uno de sus sentidos. Su cuerpo instantáneamente se pegó al de él sin ofrecer ningún tipo de resistencia. Un ardor en el pecho de Draco se extendió dentro de sí, quemándolo, sofocándolo; era un deseo que lo hacía arder, era una explosión. Hermione colocó su mano en el pecho del rubio mientras ambos se besaban con una pasión irrefrenable; sintió el corazón de Draco latir fuertemente. ¿Era acaso posible que ella fuera la causa de aquella reacción física en él?
De repente Draco tomó la mano de Hermione y la retiró de su pecho como si ésta fuera fuego que le estuviera incinerando la piel , pero la castaña no permitió que él la alejara. Pegó su cuerpo aún más al de él, y lo sintió estremecerse; sí, él luchaba para no dejarse llevar. Hermione elevó su pierna y rodeó la cintura del rubio con ésta. Draco soltó un gemido y se dejó caer encima de Hermione mientras le abría el kimono con desesperación. Sus manos corrieron por el cuerpo de la castaña y masajearon sus senos para luego besarlos mientras que con la otra mano apretaba la pierna que lo rodeaba. La castaña sentía su propio corazón latir a mil y su sangre bombear de forma estrepitosa. Sus manos corrían por la espalda del rubio, sintiéndolo, y fue desabrochándole la camisa hasta quitársela y poder así acariciar su piel.
Era la primera vez que Hermione acariciaba a Draco mientras tenían relaciones. Sintió al rubio estremecerse entre sus piernas cuando ella dejó correr sus manos por su espalda. La castaña colocó sus labios en la oreja de Draco y la besó pasando su lengua por ella. El rubio pareció enloquecer ante aquello y, sin que ella supiera cuándo había sucedido, se desabrochó el pantalón y la penetró.
Hermione dejó salir un gemido sonoro y para callarlo, mordió el hombro desnudo de Draco. El rubio no podía contenerse; sentía una ola de deseo golpeándolo, una marea en la que le era imposible tomar el control. Aquel fuego, aquel ardor que sentía cada vez que ella lo tocaba era tanto doloroso como inmensamente placentero. Había luchado contra sus propios deseos pero ahora se rendía ante ellos. Nunca había disfrutado tanto estar dentro de ella como en aquellos momentos en los que sentía sus besos y sus caricias. Ya no era sólo un objeto, era una persona, era una mujer que encendía cada uno de sus sentidos. No quería pensar; sólo quería seguir penetrándola, seguir estando dentro de ella cuanto le fuera posible.
Hermione gemía debajo de él mientras Draco besaba y mordía su cuello. ¿Qué era aquel sentimiento? Era la primera vez que la castaña sentía aquella conexión mientras tenían relaciones; era una atracción indescriptible y por primera vez ambos cedían a ésta totalmente. Draco ya no intentaba frenarla ni evitar sus caricias, parecía envuelto en la misma pasión que la envolvía a ella. ¿Cómo era posible aquello? ¿Una impura y un mortífago sintiéndose mortalmente atraídos el uno hacia el otro? ¿Qué era aquello que él encontraba en ella, y qué era lo que ella encontraba en él? ¿Qué era eso que ambos parecían necesitar el uno del otro de forma desesperada? Hermione sentía que el placer embriagaba cada espacio de su cuerpo y para entonces era incapaz de articular pensamiento coherente. Sólo sentía el placer y el corazón de Draco y el suyo, los dos latiendo como tambores en sus pechos. Hermione abrió los ojos y se chocó con los grises del rubio, que la miraban mientras seguía moviéndose dentro de ella; la miraban tan profundamente como si fueran dos dagas que se clavaran en su interior, era como si sus ojos también la estuvieran penetrando, como si le hiciera el amor con solo observarla.
El orgasmo llegó como una ola chocándose contra ellos y desorientándolos.
Hermione tardó unos minutos en volver en sí totalmente, y se sorprendió al percatarse de que habían pasado ya algunos minutos y Draco no se había movido. Seguía sobre ella en aquel mueble. Estaba acostumbrada a que apenas terminaba, él se levantaba y desaparecía bruscamente, como si tuviera la necesidad imperiosa de alejarse. Sin embargo, ahora podía sentir la respiración cálida del rubio sobre su pecho, y la sensación era agradable, aún a pesar de que no sabía qué o cuál podría ser su reacción siguiente. Con Draco Malfoy no había certezas.
Draco estaba obnubilado. No podía entenderse, ¿por qué había sentido todo aquello al acostarse con ella? Antes había sido solo sexo. ¿O también se había engañado al respecto? Nunca había experimentado lo que acababa de experimentar, con nadie, ni siquiera con Pansy. Había querido frenarla, impedir, como siempre, que lo tocara, pero no pudo hacerlo porque lo deseaba. En ese momento no la quiso como un objeto, sino viva, móvil, que ella también fuera parte. ¿Qué le estaba pasando? Ni siquiera había podido ser capaz de torturarla; no había soportado sus gritos, gritos que antes lo complacían o en todo caso, le resultaban indiferentes.
Hermione vio cómo Draco se levantó y se colocó la camisa. Mientras se la abotonaba, habló:
-Puedes irte. Necesito resolver unos asuntos y ya me has quitado demasiado tiempo.
La castaña se incorporó y mientras se volvía a acomodar el kimono, fijó sus ojos marrones en el cuaderno de Narcisa que descansaba sobre el escritorio. Draco notó de inmediato lo que le preocupaba.
-Voy a decirte todo lo que sé de tu pasado esta tarde.- le dijo. – Y tú me darás lo que te pida.
Hermione sintió como si aquellas palabras fueran irreales, inventadas por su propia imaginación. ¿En verdad iba a decirle lo que ella necesitaba escuchar? Draco tomó su varita y deshizo el hechizo en la habitación. La luz de la mañana volvió a iluminar la sala de estudios y la puerta se abrió de par en par.
-Ahora, vete.- dijo Draco dándole la espalda y volviendo al escritorio.
Hermione tomó el cuaderno entre sus manos y salió sin pronunciar palabra alguna.
4.-
Al despertar, lo primero que hizo Ron fue bajar y tomar una manzana del bodegón de frutas que descansaba sobre la mesa de la cocina de Rufus Demiens. No había podido dormir bien pensando en la charla de la noche pesada. Había muchas cosas por finiquitar, y sentía que el camino se volvía cada vez más espinoso. Por la ventana pudo ver el amplio jardín y un gran árbol del que colgaba un columpio. Luna estaba en él, meciéndose, y su cabello rubio brillaba más que nunca con la luz dorada de la mañana. Ron sonrió.
El pelirrojo mordió la manzana y salió para reunirse con ella. Se detuvo cerca del columpio mientras Luna continuaba meciéndose.
-Moría de hambre…- comentó Ron y lanzó la manzana en el aire para volverla a atrapar entre sus manos. - ¿Ya desayunaste?
Luna no respondió y siguió columpiándose. Tenía los ojos cerrados, como si quisiera abstraerse del lugar que la rodeaba. El pelirrojo recordó lo duro que había sido para ella lo de ayer. Luna era tan frágil, tan sensible. Si él estaba afectado, estaba seguro de que ella lo estaba el doble.
-Escucha…, sé que esto es duro. Pero voy a protegerte; estoy aquí para ti…para todos. – completó Ron sonrojándose levemente. –Vamos a encontrar la manera de…
-¡Ron!- gritó Alexis desde la entrada del jardín. - ¡Ven! Te voy a mostrar mi lugar favorito de Rewenbel.
Ron miró a Alexis y la saludó de lejos con la mano. Al volver hacia Luna, notó que ella ya no se columpiaba y que había abierto los ojos.
-¿Quieres venir?- le preguntó el pelirrojo.
Luna se levantó del columpio.
-No, vayan ustedes.- dijo con un tono de voz bajo y suave. – Estoy bien, no te preocupes. Sé que encontraremos la forma.
Y con esto caminó hacia el interior de la casa, cruzándose con Alexis.
Llegó pronto a su habitación. Sentía una presión en el pecho. Antes de poder pensar en nada más, vio que junto a su ventana descansaba una lechuza negra y de grandes ojos amarillos. La rubia caminó hacia ella y tomó el sobre que ésta cargaba en su pico. La lechuza voló lejos sin esperar ninguna contestación.
Luna abrió el papel:
"Estoy seguro, Señorita Lovegood, de que recuerda haberme visto en Rewenbel, entre las sombras. Necesito hablar con usted. Diríjase ésta noche a la Avenida Cela, allí me encontrará.
S.S"
Luna arrugó el papel y lo metió en el bolsillo de su vestido. Hacía ya mucho tiempo que no hablaba con Severus Snape. La última vez que mantuvieron una charla fue cuando aún estaban en Londres, antes de internarse a Tirania; cuando Dumbledore le encomendó la misión.
Cerró los ojos.
¿Qué tendría Snape que hablar con ella?
5.-
Jack entró por la puerta principal a la casa de Zabini seguido por dos mucamas bastante atractivas que lo escoltaron hasta el salón central. Allí encontró a Blaise sentado en uno de los muebles, tan solo con un salto de cama negro que contrastaba con la palidez de su piel. Su cabello negro caía ligeramente por su frente. Con una mano sostenía una copa de vino, y con la otra acariciaba a una chica de cabello largo y castaño. A sus pies, estaba otra chica, rubia. Blaise le sonrió a su amigo cuando lo vio aparecer.
-Jack, no sueles venir acá tan temprano.- dijo Blaise.
La chica rubia que estaba a los pies de Blaise miró a Jack de forma seductora. Él la ignoró y se pasó la mano por su cabello castaño claro. Se sentó en uno de los muebles de forma arbitraria y colocó los pies sobre la mesa de centro. Vestía una chaqueta de cuero negro y un pantalón del mismo color. Sus ojos verdes oscuros resaltaban como dos faros en una tormenta.
-Vine porque tenemos que concretar lo que acordamos.- dijo Jack. – Los ángeles oscuros son peligrosos, hay que ayudar a Pansy.
-El Señor oscuro se lo encargó a ella. A ella le toca hablar con ellos y convencerlos de unírsenos. Además, no sé de qué te preocupas; se nos van a unir, les conviene.
Blaise había ya soltado a la chica de su derecha.
-Claro que se unirán, pero antes pueden lastimar a Pansy y lo sabes.
-Pansy es más astuta de lo que crees. Además, es una excelente bruja. Esos ángeles sufrirán mucho antes de atreverse a tocarla.
Jack dio un respingo. Blaise sonrió.
-Está bien, está bien. La ayudaremos.- dijo son borrar la sonrisa burlona de sus labios. – Parece que viejos fuegos nunca se apagan del todo…
Jack le dirigió una mirada ácida, temible, pero no pudo pronunciar palabra porque Pansy llegó. Aún cojeaba levemente por la mordida que había recibido. La morena pasó sus ojos de Jack a Blaise, y luego a las chicas que estaban a su alrededor. Arqueó una ceja mientras se cruzaba de brazos.
-Tan temprano y ya haciendo porquerías, Blaise.- dijo de forma venenosa.
-Y claro, princesa.- dijo Zabini y luego les ordenó a las chicas que se fueran. – Ya vengo, iré a cambiarme. No puedo recibirte así, tan inapropiadamente.
-Te he visto en peores situaciones.- dijo Pansy mientras él se alejaba. – Qué edonista.
Pansy se dejó caer en uno de los muebles y su cabello negro se esparció por la superficie de éste. Jack la observó durante algunos minutos sin decir nada. Luego habló:
-Blaise y yo vamos a acompañarte a hablar con los ángeles oscuros.
-Me parece bien.- acotó ella. – Lo convenciste para que lo hiciera, ¿cierto?
-No sé a qué te refieres. Te conocemos desde siempre, nos importa.
-Te importa.
Jack miró al techo. Pansy se incorporó y clavó sus ojos negros en él.
-Ni siquiera a Draco le interesa. Pero eso es normal. Estoy más que acostumbrada.
-Draco tiene su carácter.
-Si estoy con él es por tú culpa.
Jack clavó sus ojos verdes en los de la morena. Parecía irritado.
-No volvamos sobre ese tema, Pansy. Estás con él y punto.
-Claro, no vale la pena volver sobre el pasado.- dijo la morena volviendo a su posición inicial. – Ni a cómo me pusiste en los brazos de tu mejor amigo.
Jack esbozó una sonrisa forzada, rencorosa.
-No te quejaste cuando lo hice.
Pansy volvió a fijar sus ojos en los él. Ambos estaban en silencio. Zabini apareció vestido y se detuvo paseando la mirada por sus dos amigos.
-¿Me perdí de algo?
6.-
Ginny estaba en la sala de Rufus Demiens, revisando libros de historia de Tirania, empapándose de las experiencias de otros que decidieron escribir sobre el bosque. No se sentía bien, ni física, ni emocionalmente. Su cuerpo le pesaba, y sentía los músculos adoloridos, un ardor incesante en los ojos y falta de apetito. Cada vez que se veía al espejo, observaba a una joven pálida que nada se parecía a la que era antes. Era Samantha, lo sabía. La estaba debilitando y tomando cada vez más fuerza sobre ella. Pero, ¿cómo detenerla? Y si algo le causaba preocupación al máximo era que si Samantha quería volver para tomar control sobre los poderes del bosque, ¿eso significaría que se uniría a la causa mortía? ¿Conocería Voldemort la historia de Samantha y el bosque? Claro, tenía que conocerla. A Voldemort no podía escapársele nada; por algo había seleccionado ese bosque para llevar a cabo sus planes.
Un repentino ruido la desconcentró. Miró alrededor: no había nadie, pero ya no pudo estar tranquila. Sentía una presencia innegable. Caminó rodeando la mesa central y observando todo lo que estaba al alcance.
-¿Hola?- dijo con la voz oscura que tampoco se parecía a la de ella, pero que ahora se había anidado en su garganta.
No hubo respuesta, pero entonces Ginny sintió más que sólo una presencia, sino una amenaza; una sensación tenebrosa, el aura de algún tipo de bestia. ¿Era eso posible? Estaban en una ciudad fortificada. ¿Podría haber penetrado alguna bestia a Rewenbel? Ginny dio dos pasos hacia atrás de forma instintiva, y sintió su espalda topar contra el pecho de alguien. Su piel se erizó y se volteó de inmediato para chocarse frente a frente con un hombre desconocido. Alto, de cabello castaño y ojos grandes y turquesa. Su piel era tan pálida que causaba una impresión lo suficientemente fuerte como para alertarla. Era joven, pero el aura letal que se expandía sobre él era reconocible. Ginny tomó su varita la extendió hacia él.
-Eres un vampiro. Más te vale que te alejes, o te irá muy mal.- dijo la pelirroja.
-No voy a alejarme hasta que hable con Harry Potter y sus amigos.- dijo él con una voz fuerte, de temple. – Mi nombre es Dante. Estoy en contra de la revolución de las bestias y vengo a unirme a su causa.
Ginny no bajó la varita. A pesar de que las palabras de Dante parecían sinceras, directas y bastante firmes, sus ojos turquesa seguían siendo amenazadores; la observaban como una presa, y aunque sabía muy bien que existían vampiros que decidían refrenar su voraz apetito, también conocía que el deseo por la sangre nunca se evaporaba de ellos. Podía verlo y saber que en el fondo, Dante la consideraba todo un banquete, y no un ser humano.
La pelirroja escuchó ruidos de pies bajando las escaleras. Sintió algo de alivio al saber que pronto no sería ella sola frente a ese vampiro.
Harry, Fred, George y Ron aparecieron y se quedaron paralizados al ver al Dante en el centro de la sala, y a Ginny apuntándolo con una varita. No tardaron en comprender de quién se trataba, pues su aura era inconfundible. Harry corrió y se colocó frente a la pelirroja, extendiendo su varita.
-Lárgate.- le dijo el moreno. – Ve a alimentarte a otro sitio.
Dante esbozó una media sonrisa que parecía más una mueca. Sus colmillos aparecieron ante los ojos de todos pero él pronto los ocultó.
-No vengo a alimentarme.- les dijo. – Vine porque pienso unirme a su causa. No quiero que la revolución de las bestias se lleve a cabo. Es preciso que nos pongamos de acuerdo sobre lo que podemos, y no podemos hacer al respecto.
Todos se miraron unos a otros. Parecieron comprender que necesitaban de toda la ayuda posible, y mejor aún de algún miembro de los clanes involucrados. Harry bajó la guardia, y lo mismo hizo Ginny. Ron fue el primero en hablar:
-¿Dónde está Luna?
7.-
Luna caminaba rápidamente por las calles de Rewenbel aledañas a la Avenida Cela. Estaba próxima a llegar, pero quería apresurarse porque la noche ya la había alcanzado, y aquellas calles estaban alejadas del centro de la ciudad; en ellas no transitaba ni un alma y todo lo que había a su alrededor eran ruinas de lo que parecían haber sido castillos de reyes. En un minuto llegó a la avenida, y pudo darse cuenta de que un hombre encapuchado permanecía en la entrada de las ruinas de un castillo de piedra gris. El hombre se internó en las ruinas.
Luna lo siguió.
Adentro la luz de la luna penetraba por los grandes agujeros o espacios rotos de la construcción, y era suficiente como para iluminar el lugar. El encapuchado reveló su rostro, y Luna fijó sus ojos azules nuevamente en los negros de Severus Snape.
-Me alegra verlo, Profesor.- dijo Luna. – Pero no comprendo…
-Soy yo el que debe hablar.- dijo Snape con un tono de voz duro, el que siempre había tenido, incluso en Hogwarts.
Severus caminó hacia la rubia pero mantuvo su distancia. Tenía que comentarle asuntos importantes, pero no por ello estaba dispuesto a tolerar escucharla. No estaba de ánimos, ni de humor como para lidiar con charlas casuales, mucho menos con Luna Lovegood.
-Señorita Lovegood, creo que ya debe haber experimentado grandes cambios desde aquella vez que sucedió lo que sucedió en el Ministerio…
Luna asintió.
-Los cambios van a seguir apareciendo, y son duros de tolerar, lo sé. Pero no es de eso de lo que quiero hablarle. – Snape hizo una pausa corta. – Ya vamos al tercer mes desde lo sucedido en el Ministerio, y la evolución de su transformación, está llegando a un nivel elevado. De ahora en adelante debe tener cuidado. Las bestias lo saben, y lo primero que intentarán hacer será herirla.
La mirada de Luna se ensombreció por el temor, pero mantuvo su temple sereno.
-Me refiero a que incluso la buscarán y andarán tras sus pasos. Creo que entiende que representa para ellos un gran peligro. Van a intentar, por sobre todas las cosas, quitarla del camino.
Luna bajó la mirada por unos instantes y jugó con los dedos de sus manos. Un mechón tubio cayó ocultando parte de su rostro, pero lo colocó atrás de su oreja y volvió a mirar de frente a Snape.
-Eso tenía que suceder, ¿no es así?
Snape se mantuvo en silencio unos segundos. Quisiera o no reconocerlo, encontraba en aquella chica aparentemente débil y frágil, una mujer valiente dispuesta a enfrentar lo que fuera necesario, y aquello lo sorprendía. Así como se horrorizaba del mal que poblaba el mundo mágico, también se asombraba de encontrar de vez en cuando personas que fueran capaces de dar sus vidas por una causa justa. No podía evitar sentir respeto hacia Luna.
-Quizás no puedan lastimarte. No sabemos exactamente cómo ha evolucionado el poder en ti.- dijo Snape arrastrando las palabras. – Aún así debes cuidarte.
-Lo haré. No se preocupe.- contestó la rubia.
-Hay algo más.- le dijo él. – Creo que sabes bien que Voldemort tiene una conexión con Harry, una conexión de sangre.
Luna asintió.
-Eso hace que Voldemort pueda ingresar a la mente de Harry. Hubo un tiempo en el que lo entrené para que lo detuviera, pero en ese entonces Voldemort estaba recién cobrando fuerza. Ahora es otro cantar. Necesito que me hagas saber si notas algo raro en Harry, porque si es así tendré que tomar medidas.
-¿Cómo podría avisarle?
-Por medio de esto.
Snape le extendió a Luna un cristal de color negro azulado. La rubia lo tomó entre sus manos.
-Para llamarme sólo tendrás que hablarle al centro de la piedra. Me llegará el mensaje de inmediato. Recuerda no mencionar tu nombre, ni tu locación; yo me encargaré de hallarlos.
Con esto Snape dio media vuelta haciendo volar su capa negra y se dirigió a la salida. Justo antes de desaparecer se detuvo, y sin voltear, le habló:
-Tenga mucho cuidado.
Y se fundió con la oscuridad de la noche.
8.-
Draco caminaba por el pasillo hacia su habitación cuando vio la puerta del cuarto de Malina entre abierta, y los guardias a los lados inmutados, como si nada sucediera. Avanzó hacia ellos y antes de preguntar lo que le intrigaba, obtuvo respuesta al escuchar la voz de Lucius en el interior de la habitación. Empujó aún más la puerta y se colocó en el umbral; su padre enfrentaba a Malina y los dos parecían desafiantes, molestos, iracundos.
-Quieras o no, mañana te llevaré con los elfos oscuros y les dirás lo que te diga. Si ellos tienen tu aprobación para unirse al Señor Oscuro y a la revolución, pues lo harán. Ellos harán todo lo que les digas, y tú harás lo que yo te ordene.
-¿Es que acaso tengo otra opción?- dijo Malina con la voz alzada, casi gritando. – Monstruo.
Lucius esbozó una sonrisa oscura.
-No soy yo el que se ha relacionado con monstruos, sobrina.- le dijo de forma venenosa.
Malina lo miró con desprecio y levantó su mano para golpearlo, pero Lucius la tomó fuertemente de la muñeca. La morena intentó soltarse forcejeando y al no poder conseguirlo le escupió en el rostro. El silencio fue mortal. Lucius se limpió la saliva de Malina; su mano temblaba y en sus ojos estaba anidada una ira poderosa e irrefrenable. Enloquecido por la furia sacó su varita. Draco lo detuvo interponiéndose entre ambos.
-¡Quítate Draco! ¡Es hora de que esta niña malcriada aprenda una lección!
-¿Acaso vas a golpearme como a tía Narcisa? ¡Vamos! ¡Hazlo!- gritó Malina fuera de sí.
-Necesito hablar de algo importante contigo, Padre.- dijo Draco en un tono de voz duro y oscuro, como si intentara ignorar lo que había escuchado hace algunos segundos atrás.
Lucius fijó sus ojos en los de su hijo, y comprendió que éste le hablaba en serio. Sintió una especie de escalofrío momentáneo que no supo definir, como si la mirada de Draco fuera la de un enemigo, pero pronto comprendió que aquello no podía ser. Respiró profundo y caminó hacia la puerta. Draco lo siguió sin voltear a ver a su prima.
-¿De qué me quieres hablar?- preguntó Lucius una vez en el pasillo y caminando por éste.
-Potter y sus amigos están en Tirania.
-Lucius se detuvo justo al nivel de la puerta de la habitación de Draco.
-¿Y crees que el Señor Tenebroso no lo sabe?
El rubio arqueó una ceja. Aquello, sin duda, lo había sorprendido.
-Querido hijo, él sabe que Harry Potter y sus compinches están en Tirania. De hecho, es necesario que estén. Todo está planeado ya. Vamos a ganar, no hay forma alguna de que nos venzan. Están perdidos.
Tras pronuciar éstas palabras, Lucius desapareció a lo largo del pasillo. Draco permaneció estático. Había deseado otra respuesta: una que le asegurara de que los mortíos se encargarían de alejarlos de Tirania, y por lo tanto, de Hermione. Aquello no lo tranquilizaba. Su cercanía, así fuera variable, le molestaba profundamente.
Caminó hacia la puerta de su habitación y la abrió. Se topó de frente con Hermione, quien evidentemente había estado escuchando la conversación entre él y su padre. Lo observaba de una forma distinta. Había algo extraño en sus ojos, algo parecido a la confusión y a la marea fue aparece justo antes del desastre.
-¿Quién es Harry Potter?- preguntó ella con la voz casi en un hilo.
