La pandilla del East Elmhurst había sido aquella que una vez acosó a Jocelyn Morgenstern cerca de la panadería, y ahora estaba tirada en el suelo de una parada de autobús, inconsciente de borracha. Cuatro chicos que no pasaban de los 18 años y ya sus vidas estaban perdidas para siempre.
Acostumbrados a ser felices y despreocupados gracias al alcohol y a la marihuana, y a tener todo lo que deseaban fácilmente y de mala manera, no les sería nada fácil a esos jóvenes adaptarse a una vida correcta y digna.
Jamás la tendrían.
Esa mañana amanecían los cuatro allí, en la solitaria parada, y la llovizna humedecía sus costosas chaquetas.
Cuando uno de ellos, el líder, pudo abrir los ojos, se encontró con la sorpresiva visión de un grupo de gente ahí parada alrededor de ellos.
Una mujer vestida de negro, según pudo ver el joven en medio de su resaca, se les acerca:
-Mundano- le dice, y la mujer se agacha hasta quedar en cuclillas. No se sentaría en la acera para no ensuciar su bonita ropa –Tú eres de esos que andan por la calle todo el día, conoces a todo el mundo-
El joven de mala gana asintió, aunque no tenía ganas de hablar con aquella gente.
-Mira esta foto- sacó algo de su cazadora negra y el joven entonces distingue que la mujer, de hecho toda aquella gente, estaba armada: había un enorme cuchillo en su plateado cinturón.
Ya no estaba tan tranquilo, el frío del miedo se adueñaba poco a poco de sus miembros. Echó una mirada nerviosa a todos los que los rodeaban y distinguió filosas armas y actitudes peligrosas en cada uno de ellos.
-¿De qué pandilla son ustedes? No queremos problemas- nervioso el joven no recordaba haber visto una pandilla así. Eran todos adultos y los tatuajes que cubrían su piel eran rarísimos.
Los extraños se rieron.
-Somos del Círculo. Pero eso no es asunto tuyo, mundano, mira la fotografía- insistió la mujer haciendo que el joven tomara el papel.
Observó la foto y reconoció enseguida a los tipos de la librería, la mujer era aquella que una vez los había humillado, y el hombre había hecho que no se atrevieran a acercarse más ni a ella ni a la librería.
-Los conozco, son los que trabajan en esa estúpida librería- dijo.
La mujer soltó una exclamación y abrió los ojos como una demente.
-¿Dónde? ¡Dime mundano!- otro hombre de los del Círculo se le acercó con ímpetu.
-Oiga, no me llame "mundano" ¿Qué insulto es ése?- bramó el joven, entonces la mujer sacó su cuchillo y lo agarró por el cuello.
-Qué atrevimiento, niño miserable…- escupió la mujer.
-¡Tranquila, Adriana!- otra mujer que estaba más atrás la detuvo –¡No nos desviemos! Recuerden que él no está lejos- recordó a sus compañeros.
"Él no está lejos", aquella frase hizo que todos recuperaran la compostura pues era como si un fantasma terrible se hubiera cruzado por allí.
-Escuche, señora, yo no sé quiénes son ustedes- balbuceó el joven controlando su miedo- Si buscan a esos, ya les dije-
Los del Círculo fingieron paciencia con el chico.
-Dime, te recompensaremos- canturreó Adriana –Los conoces, a estos dos de la foto-
-Claro, son los marinovios de la librería. Ya se los dije-
Los del Círculo dieron un respingo ante esa palabra. "Marinovios", palabra terrible para quien también la estaba oyendo.
-Sobre todo conozco a la chica…- el chico imprudente, estaba en medio de una enorme resaca –Vaya chica- y recordó la humillación del rechazo de Jocelyn y quiso vengarse –A pesar del novio que tiene, es una zorra, porque anda por ahí meneándose con minifaldas... Claro, es que sabe que está demasiado rica…-
El chico imprudente no se percató de lo que sus palabras causaban ni de quién lo estaba oyendo. Y eso fue lo último que dijo…
Al rato los vecinos del East Elmhurt fueron sacudidos por un espectáculo espantoso: cuatro jóvenes habían aparecido muertos a cuchilladas en una parada de autobús, y uno de ellos estaba decapitado. El horror se adueñó del vecindario.
Un niño de la calle fue el único testigo del hecho, pero era difícil creerle, porque contaba que los cuatro jóvenes pandilleros estaban hablando con cinco adultos vestidos de negro y que en un momento un sexto hombre apareció de la nada que con una espada brillante y decapitó a uno de ellos con una rapidez insólita.
Nadie creyó esa historia del niño que había visto a Valentine Morgenstern quitarse un Glamour para decapitar a un jovenzuelo. Lo que sí era una realidad eran esos cuatro cuerpos brutalmente acuchillados que estaban allí en su vecindario.
Todas esas noches ella soñando con Valentine. Y él sin nunca haber experimentado tal pasión. Lo que ocurrió en ese momento era inevitable.
Ya no eran amigo y amiga, eran hombre y mujer.
El beso de Luke fue embriagador, como nunca imaginó que sentiría tratándose de alguien que siempre fue su amigo. Jocelyn creía que nunca más volvería a amar, pero ahí estaba su cuerpo vivo otra vez, su corazón latiendo fuerte y el cosquilleo en las piernas...
No, no más amigo y amiga sino un hombre y una mujer que sólo se tenían el uno al otro.
Ella se preguntó cómo hubiera sido todo si se hubiera dado cuenta de eso al principio, si Valentine jamás hubiera aparecido. Pero ya el pasado no podía cambiarse y Jocelyn era lo que era, y Luke lo sabía: Se separaron y la oscuridad era casi total.
Y no hubo Cambio, la sangre fluyó ardiente por sus venas pero el amor dominó al lobo.
Un silencio cómplice y un sonrisa ardiente acompañó el momento pero nada más.
Algo nuevo comenzaba entre ellos.
Pero fueron apenas unas horas de magia antes de que la librería fuera invadida por demonios drevak y rapiñadores.
Todo comenzó a las horas de estar silentes en sus cuartos. Alarmado, Luke había presentido todo y fue a buscar a Jocelyn a su habitación. Ella no había dormido en toda la noche, lo vio entrar irrumpir en el cuarto sudando y con su bulto de viaje en la mano. Sabía que debía tomar su cartera y salir de allí.
Ruidos estruendosos, humo, aullidos demoníacos. La librería se había vuelto un infierno porque Valentine los había encontrado.
Y no había otra manera de salir sino por la entrada principal, las ventanas del piso de arriba tenían todas barrotes.
No había alternativa, debían luchar.
Jamás sería una ama de casa, Jocelyn era una Cazadora de Sombras y no podría escapar de eso, pero sin cuchillos serafín las posibilidades de matar demonios eran nulas. No le quedaba más que tomar unos cuchillos de la cocina y enfrentarse a la muerte.
Bajaron las escaleras, sumidas en humo rojo, calor y miedo, los dos, y Luke empezó a cambiar:
-¡No te alejes de mí, Jocelyn!- le ordenó quedarse tras de él, para protegerla.
El hombre lobo se volvió enorme, fuerte y bestial cuando un rapiñador les saltó encima.
-¡Debes huir, por allá cuando veas la puerta! ¿Me oíste? No te detengas por mí-
Lanzó a aquel rapiñador muerto contra la pared de tal manera que el golpe de la gigantesca bestia abrió un agujero, y esa pared daba al local de al lado. Por allí señalaba Luke.
-¡No te dejaré!- gritaba ella inútilmente. Pero ahí estaban rodeados, atrapados en medio de la destrucción, y no le quedó más que huir sola por el agujero de al lado y dejar a Luke atrás reteniendo a los demonios.
Salió por una ventana rota y se cortó las piernas, pero huyó. Afuera no había nada, excepto tal vez una sombra. Jocelyn en su huida creyó ver a un hombre en la acera cubierta de humo, parado frente a la escalera de la librería.
"Valentine", pensó, pero él no la vio escurrirse como un reptil fuera de la ventana del local vecino. Estaban todos concentrados en la lucha dentro de la librería, el humo no les dejaba ver nada, era un lugar cerrado y traicionero para los invasores.
No sabía cómo pudo dejar a Luke, tenía su imagen clavada entre sus párpados, ella dejándolo atrás y perdiéndose entre el fuego.
Si no veía a Luke regresaría a por él.
