Capítulo veinte

La fortuna es veleta: nunca se está quieta

O, lo que es lo mismo,

Negociando con Julián


Alrededores del Santuario de Atenea


No supo cuánto tiempo duró el "apagón" en su mente, pero cuando dejó de escuchar campanas, todavía estuvo desorientado un rato más. En otro momento haría encontrado humillante la forma en que perdió el equilibrio y cayó de rodillas pero estaba demasiado ocupado tratando de recordar dónde era arriba y dónde era abajo como para prestar atención a detalles.

Una tercera persona se acercó, sujetó su quijada y lo examinó detenidamente con una mueca de disgusto.

-¡Este, precisamente! Hubiera jurado que su padre destruiría el Olimpo antes de permitir que alguien lo usara como avatar.

-Si su destino es serlo, su familia no puede evitarlo –replicó Fobos.

-Como sea. Tráelo, Deimos.

-Sí.

-¿"Sí", qué?

-…Sí, señor.

Después del golpe resultaba incongruente la delicadeza con la que el dios de la Huida lo levantó del suelo y lo cargó en pos del otro, al que Afrodita, todavía aturdido, logró a duras penas identificar como el daimon que había visto en Rodorio unos días antes.

Mientras se alejaban de ahí, escuchó a Aioros, todavía gritando.


El Santuario de Atenea (específicamente, alrededores de la Casa de Géminis)


Julián se sentía fuera de lugar.

Kanon no le dejó más opción que subir con él hasta la Tercera Casa; la mirada de asombro del Caballero de Aries y la sonrisa preocupada del de Tauro cuando cruzaron los templos respectivos como si fuera cosa de todos los días, con saludos al estilo de "hola, estoy de visita" lograron ponerlo nervioso. Para colmo, Kanon n siquiera se molestó en mencionar su apellido (ni a Poseidón) cuando lo presentó con sus antiguos compañeros de armas, como si un simple "este es Julián" fuera más que suficiente.

-¿No debería alguien anunciarle a Atenea que estoy aquí? –preguntó cuando estaba a medio camino entre Tauro y Géminis.

-Si todavía no lo sabe, perderé toda mi fe en la eficiencia de Mu.

Quizá tenía razón, porque cuando llegaron a la Tercera Casa la madre y las hermanas de Kanon los recibieron como si estuvieran esperándolos.

Los padres de Julián habían muerto cuando él era muy pequeño, no tenía hermanos y la relación con el resto de su familia se reducía a desconfianza mutua y una lucha constante por poder y dinero. Al ver a su Shogun reuniéndose con una parte de su familia a la que había llegado a creer perdida para siempre, se dio cuenta (cada vez más incómodo) que hasta ese momento no se le había ocurrido pensar que tal vez Kanon realmente deseaba ver de nuevo a sus parientes.

Fue retirándose cada vez más hasta que quedó fuera de la habitación, luchando por no ver ni escuchar. Fue ahí donde lo encontraron Saori y Seiya.

-Hola –lo saludó Saori con una sonrisa-. Gracias por traer a Kanon.

Julián le dirigió una mirada fugaz.

-Él me trajo a mí –corrigió.

-¿Se quedarán unos días?

-Espero que no.

-Hum…

Julián se obligó a mirarla.

Había tenido tiempo más que suficiente para superar lo que (según Poseidón) era un simple (y patético) enamoramiento juvenil.

"Te llamó la atención porque no cayó rendida a tus pies desde el primer momento" había dicho el dios en una de aquellas largas conversaciones. "Se te ha dicho siempre que la gran mayoría de quienes muestren interés en ti realmente están pensando en tu fortuna y te ilusionaste con la idea de que ella quizá podría interesarse en la persona que eres más que en tu billetera, pero no habría funcionado, créeme. La conozco bien y estoy seguro de que no habrías tardado en aburrirte con ella. Es dulce, amable, valiente y de carácter firme, lo sé, pero no es la persona que buscas: ella solo piensa en proteger a los que ama y tú quieres alguien con sentido de la aventura."

Probablemente tenía razón; podía recordar claramente lo frustrado y ofendido que se sintió cuando Atenea prefirió ahogarse en el Soporte Principal antes que concederle una oportunidad de cortejarla. No era tanto el rechazo en sí como el hecho de que ni siquiera se lo había pensado un par de segundos antes de despreciar su oferta de matrimonio.

Mientras todas las aguas del Diluvio caían sobre ella y sus Shoguns se esforzaban en vano por impedir la destrucción de los pilares, Julián pudo rumiar su decepción y preguntarse, molesto, por qué había invertido tantas horas y esfuerzo en tratar de conquistarla, si con cinco minutos de diálogo estaba dispuesto a matarla.

Hasta le había sido menos complicado el enfrentamiento con aquella Amazona que irrumpió en el palacio e intentó atacarlo en su propio salón del trono. Aquella chica lo había enfrentado y eso resultó fastidioso (¿para qué negarlo?), pero al menos no se sintió ofendido; en realidad, había sido mucho menos irritante que Atenea con su "yo me sacrificaré por la humanidad".

Curioso, no había vuelto a pensar en aquella chica, ¿cuál sería su nombre?

-Dime una cosa –dijo, mirando de nuevo a Saori-. ¿Por qué la diosa de la Guerra no tomó las armas contra Poseidón mientras estaban ante el Soporte Principal? Un combate singular habría sido una forma mucho más rápida de poner fin al Diluvio.

Era una pregunta a la que venía dándole vueltas desde hacía algún tiempo, pero no estaba seguro de si era buena idea planteársela a Poseidón.

-Él nunca ha sido mi enemigo –respondió ella-. Yo sabía que no estaba despierto entonces, porque no me habría amenazado sin un buen motivo. Si hubiera decidido atacarlo, habría peleado contra Julián, no contra Poseidón, y Julián no habría tenido oportunidad.

Aquello se sintió demasiado similar a una patada en el hígado, desde el punto de vista del muchacho.

-Con más razón entonces –insistió-. ¿Por qué no luchaste contra mí, si yo no tenía oportunidad de ganar?

-Me refería a oportunidad de sobrevivir.

Por segunda vez en menos de dos años, Julián deseó matarla.

"Cálmate, muchacho" susurró Poseidón. "Está siendo honesta contigo. Si te hubiera atacado, le habría resultado muy difícil no matarte. La guerra, incluso la Guerra Inteligente, en el fondo es siempre destrucción y muerte. Es su naturaleza y no puede negarla. Tienes suerte de haberte cruzado en su camino después de que juró proteger a la humanidad. Aracné y Tiresias no fueron tan afortunados."

Julián decidió guardarse su opinión y aceptar lo más serenamente que pudo la respuesta de Saori, pero de todos modos estaba severamente pisoteado en su amor propio.


El Areópago


Cuando todo dejó por fin de dar vueltas, Afrodita se sintió agradecido.

-Bueno, ¿en dónde se supone que estoy? –preguntó en voz alta, mientras se sentaba lentamente.

-En el Areópago.

El adolescente que había visto en Rodorio, su futuro sucesor, estaba sentado a los pies de la cama donde lo había dejado Deimos. ¿En el Areópago? ¿A menos de dos kilómetros de los límites del Santuario?

-Meliseo dice que eres el avatar de Niké –dijo el muchacho.

-No por mi gusto ni por el de ella.

-Se suponía que yo iba a ser su avatar.

Afrodita lo miró más atentamente. Era flaco y larguirucho, como si hubiera crecido mucho en muy poco tiempo. Tenía el cabello rubio, largo hasta la cintura, y los ojos grises. La mueca de disgusto y decepción que tenía en la cara resultaba francamente desagradable. No podía ser que realmente quisiera haberse convertido en el vehículo de la diosa, ¿o sí?

-Ser un avatar no es la gran cosa –sentenció Afrodita y se levantó de la cama procurando que no se notara el cuidado que ponía en no marearse de nuevo y caer redondo.

-Seguro que no, pero Meliseo me recogió de la calle con el único propósito de que fuera el avatar de Niké, ¿para qué sirvo ahora?

Una buena pregunta.


Santuario de Atenea (específicamente, las escaleras)


A Saori y Seiya (mejor dicho, a Saori, porque Seiya guardaba un silencio que tenía mucho de obstinado) no les costó mucho convencer a Julián de acompañarlos hasta el palacio mientras Kanon se quedaba un rato más con su madre y hermanas.

El camino se había hecho bastante largo, no solo por la distancia sino también por lo difícil que les resultó entablar una conversación. Realmente no tenían mucho en común y eso hizo que Julián pensara de nuevo en la Amazona que había peleado contra él en el Santuario Submarino.

La imagen de aquel rostro de expresión terca y decidida pasó de nuevo por su mente y entonces cayó en la cuenta de un detalle que había pasado por alto hasta entonces: aquella chica tenía los ojos verdes y poco o ningún respeto hacia los dioses. ¿Cabía alguna posibilidad de que fuera pariente de Kanon? ¿Una prima o algo así?

-Una de tus Amazonas me atacó la última vez que nos vimos –le dijo a Saori.

-Shaina de Ofiuco –respondió ella, con una sonrisa divertida.

-¿Así se llama? ¿Qué ha sido de ella?

-¿Por qué preguntas? –intervino Seiya, hostil. Julián lo miró con aire de sorpresa, como si hubiera olvidado que estaba con ellos.

-Me parece recordar que rompí su máscara. Espero no haberle hecho mucho daño.

Saori dejó escapar una risita, al mismo tiempo que Poseidón, y Julián no tuvo más remedio que preguntar qué era lo gracioso.

-Mis primeras Amazonas eran hijas de Ares. Como descendientes del dios de la Guerra Apasionada, tenían una serie de tradiciones que les permití seguir practicando cuando entraron a mi servicio. Por ejemplo, no aceptan un pretendiente que sea menos fuerte y hábil que ellas: quien aspire a casarse con una de ellas debe probar su valor en combate y… bueno… Shaina regresó de tu Santuario con un serio dilema.

-¿Ah?

-Rompiste su máscara y viste su rostro: la tradición exige que ella te mate o que se case contigo.

-…¡¿Qué?

-Tú preguntaste, yo solo contesté. Si no hubieras mencionado lo de la máscara, yo podría haber seguido fingiendo que no sabía al respecto…

-Pero…

Saori sonrió y le dio una palmadita en el brazo, cosa que les ganó una mirada irritada por parte de Seiya.

-Para colmo de males, no eres el único en su lista negra.

-¿Su lista…?

-Seiya y otros Caballeros está en la misma situación. Al paso que vamos, el honor obligará a Shaina a exterminar a la mitad de la Orden.

-No hablarás en serio.

-¿Eso crees?

Julián tuvo la impresión de que (muy repentinamente) su vida acababa de complicarse.


El Areópago


-¿Ves a qué me refiero? El lugar no termina nunca, se puede caminar y caminar durante días y no llegar a ninguna parte. Ellos saben cómo hacerlo, pero yo solo he podido salir si me acompaña Meliseo.

Afrodita asintió, procurando poner una expresión de razonable desaliento. Había notado desde el principio que Astarté lo guiaba dando vueltas por el mismo lugar, en un patrón que repetían sin desviarse un solo paso. Alguien mantenía una ilusión en aquella parte del edificio, de manera que quien entrara no pudiera salir.

Astarté estaba, por supuesto, completamente perdido, pero Afrodita no caía en ilusiones. Había descubierto ese detalle luego de la muerte de Ixión, cuando Saga se hizo cargo de su entrenamiento.

Saga hablaba con tanto orgullo del talento de Afrodita para escaparse del laberinto de la Tercera Casa que su pupilo no había encontrado cómo decirle que simplemente cruzaba la Casa de Géminis en línea recta, sin desviarse entre las imágenes.

Se daba cuenta de que MM no podía hacer lo mismo, que más bien era capaz de quedarse atrapado en el Laberinto de Espejos hasta que Saga lo desactivara, mientras que él veía el Laberinto solo como una imagen superpuesta a la realidad que no resultaba lo suficientemente "sólida" como para desorientarlo.

Las únicas ilusiones de Saga que le parecían realistas eran los peces involuntarios.

Eso lo llevó a leer cuando pudo encontrar sobre las técnicas de ilusiones, en ese momento probablemente sabía más que el propio Saga sobre los aspectos teóricos de esas técnicas, aunque aplicar cualquiera de ellas le era imposible; sin embargo, no encontró en ninguno de esos textos una explicación para el curioso fenómeno.

No fue sino hasta su mal encuentro con Ikki y la Ilusión del Fénix que comprendió lo que pasaba: el don de Apolo le permitía ver la verdad detrás de las ilusiones de la misma manera en que escuchaba la voz del Oráculo de Delfos detrás de los murmullos incoherentes de la Pitia cuando esta proclamaba una profecía.

Podía ver a través de las ilusiones de Géminis porque estas eran mentiras; muy elaboradas, sí, pero mentiras a fin de cuentas.

Ikki había podido "transportarlo" al pasado porque su técnica trabajaba con algo real: el lado oscuro de su corazón. Probablemente Shaka también podría atraparlo con facilidad porque la Palma de Buda trabajaba con el estado del alma y las reencarnaciones, sin necesidad de engaños. Pero las ilusiones que simplemente "doblaban" la luz para mostrar algo que en realidad no estaba ahí, ni formaba parte de su mente o de su corazón, no podían engañarlo a menos que quisiera caer en el engaño.

Se detuvo y desenfocó la vista para apreciar mejor la imagen falsa que luchaba por "tapar" la realidad.

Lo que Astarté sin duda veía como una sucesión interminables de pasillos casi hizo reír a Afrodita (lo que no habría sido conveniente, probablemente los estaban observando). Era como el fondo en cualquier serie de dibujos animados que quisiera reducir costos haciendo que los personajes recorrieran "largas distancias" en el mismo escenario: los muebles, adornos, cuadros y ventanas de cada pasillo eran idénticos a los de los demás, el patrón de mosaicos del piso era geométrico (no escenas de batallas ni animales y plantas, como antes de entrar a la ilusión) y se repetía hasta el infinito.

En realidad estaban en un inmenso salón (¿una sala de banquetes?) y llevaban casi una hora trazando hexágonos mientras caminaban.

Los hexágonos por sí solos habrían bastado para delatar a Meliseo como el autor de la ilusión aunque Afrodita no hubiera sabido de antemano que estaba implicado en el secuestro: eso y los patrones repetitivos eran detalles característicos de su técnica, el Panal Infinito, que uno de los libros propiedad de Saga analizaba con todo detalle.

Definitivamente, el Laberinto de Espejos era mucho mejor… por lo menos no resultaba tan monótono.


El Palacio del Patriarca


Saludar a Hyoga del Cisne, Shiryu del Dragón e Ikki del Fénix había sido un poco extraño, aunque no tanto como el viaje hasta el palacio en compañía de Saori y Seiya.

Para el momento en que llegaron a lo que parecía ser la sala de estar de los Cinco (en opinión de Julián, bastante menos acogedora que la suya), estaba casi convencido de que Saori quería negociar algo con él, pero la presencia de Seiya le estorbaba un poco para hablar. Finalmente, teniendo cerca a los otros tres, la muchacha se decidió a invitarlo a viajar con ella… a Tokio.

-¿A Japón? –Julián no lograba convencerse de estar escuchando correctamente-. ¿Cuándo?

-Hoy sería un buen momento.

-¿Cómo? ¿Ahora?

-Pues sí, eso mismo –respondió Saori, paciente.

Por el camino había explicado con lujo de detalles su problema con la familia Kido, así como los dos o tres planes que tenía para enfrentarlos, pero ninguno le parecía muy practicable al muchacho. ¿Que él viajara a Tokio tendría que ver con sus planes a medio formar?

-¿Y mi presencia ahí te va a ayudar, cómo?

-Ya me cortejaste antes…

La mala cara que estaba poniendo Pegaso se acentuó.

-Eso fue un acto de inmadurez de mi parte y no volverá a suceder –replicó Julián, muy serio.

-…Te lo agradezco -curiosamente, Saori lucía como si acabara de herirla en su amor propio-. Tu sola presencia en Japón bastaría para hacer especular a los Kido y eso es justo lo que quiero.

Julián miró de reojo a Pegaso, los otros Caballeros de Bronce parecían más interesados de lo razonable en el programa de televisión que estaban viendo, pero él no les quitaba la mirada de encima. Desconfiado y celoso. Mala combinación.

-Si creyeran que existe alguna posibilidad de unir las fortunas de nuestras familias, podrían poner un alto, aunque fuera temporal, a sus planes para casarte, mientras esperan que yo te proponga matrimonio.

-Justamente –Saori le regaló una sonrisa.

Julián se cruzó de brazos.

-¿Y qué beneficio saco yo de esto?

-¿Eh?

-Tienes una deuda conmigo, ¿quieres agrandarla más todavía?

-¿Estás amenazando a Saori? –demandó Seiya.

-No. Estoy iniciando una negociación –Julián se dio el lujo de mirarlo con desdén, aunque sabía que no era muy educado de su parte y aunque sabía que incluso podía resultar peligroso.

-Dime tú el precio –dijo Saori, luego de hacerle una seña con la cabeza a Ikki, Shiryu y Hyoga para que alejaran un poco a Seiya antes de que diera inicio a otra guerra.

-Eres mala comerciante. Ya deberías saber que nunca se ofrece un cheque en blanco a un rival. ¿Qué tal que se me ocurriera pedir que me cedas a la otra mitad del signo Géminis?

-En ese caso, empezaría a preguntarme cuál es exactamente tu relación con Kanon, si vas a regatear conmigo solo por reunirlo con su gemelo sin tener que renunciar a él.

-…¡¿Qué?

-Fue una broma Julián –Saori se echó hacia atrás el cabello, con una sonrisa burlona-. Pero no negarás que me la pusiste muy fácil. Pídeme una cosa, Julián, no una persona.

-¿Por qué insistes tanto en repetir mi nombre?

-Para estar segura de con quién hablo.

-¿Prefieres negociar con Poseidón?

-No. Una vez le gané Atenas, pero dejó de hablarme durante siglos –Saori sacudió la cabeza-. No quiero regatear con él de nuevo. Por eso te digo que fijes un precio. Pídeme una cosa, no una persona, y si es razonable, lo tendrás.

Julián sonrió.

Por fin se estaba empezando a sentir a gusto.


El Areópago


El Caballero de Piscis de cualquier generación pasaba mucho tiempo estudiando. Para comprender algunos detalles del protocolo y la diplomacia entre los dioses, era necesario saber la historia detrás de esos detalles.

Por eso, cuando Meliseo (en una parodia burlona de buen anfitrión) le dio permiso de pasear por uno de los jardines interiores en compañía de Astarté hasta la hora de la cena, supo de inmediato en dónde buscar.

Milenios atrás, la diosa Niké había alabado el jardín de la Casa de Piscis y Atenea, gentil como siempre, envió a su Caballero de Piscis de aquel entonces (Umbriel) a sembrar algunas de sus mejores plantas en los jardines del Areópago.

Nadie se había tomado el menor cuidado con los jardines en siglos (cuando menos) y los rosales que podía ver en medio de aquella maraña salvaje estaban tan muertos como los de la Doceava Casa, pero otras de las plantas descendientes de la sangre de Medusa seguían ahí.

Sin dejar de fingir que escuchaba atentamente el parloteo de Astarté, se las arregló para pasar cerca de un arbusto de lágrimas de sangre y arrancó una baya madura; la contempló un instante y sintió un nudo en el estómago.

Ya había intentado otras veces reiniciar el largo y complejo proceso de convertir su sangre en una sustancia tóxica. Sus pruebas anteriores habían sido con lo más básico: pétalos secos de sus rosas menos venenosas. El resultado en cada ocasión fue realmente desagradable: el alicorno reaccionaba de inmediato ante el veneno y lo expulsaba de su cuerpo en la forma más rápida posible, es decir, con una náusea incontrolable.

Las lágrimas de sangre eran el último paso. Tres de ellas eran más que suficiente como para matar a un hombre adulto que no hubiera desarrollado tolerancia consumiendo pequeñas dosis a lo largo de unos cuantos años.

Teniendo la baya en la mano, sintió (¿o imaginó sentir?) un leve calor concentrándose en la piel que estaba en contacto con la fruta. Tuvo la impresión de que era el alicorno reaccionando a la simple cercanía del veneno y se preguntó si la presencia de Niké le ayudaría a consumir aquella baya sin vomitarla de inmediato.

Era una forma demasiado brusca para tratar de recuperar su veneno, pero muy probablemente necesitaría rosas para escapar de ese sitio.

Estaba llevándose la baya a la boca cuando la voz de Astarté lo hizo detenerse.

-Te aviso: esas parecen dulces, pero en realidad son amargas.

-…¿Las has probado?

-Como de vez en cuando –Astarté se encogió de hombros-. Al principio me enfermaba cuando lo hacía, eso ponía histérico a Meliseo y por eso seguí haciéndolo, pero ya no me enfermo; creo que me acostumbré.

-¿Y sigues comiéndolas?

-Oh, sí –Astarté se echó unas cuantas a la boca, masticó y tragó-. Meliseo le pone miel a todo lo que cocina y hay días en que estoy desesperado por algo que no sea dulce. Luego de comerte una de estas, hasta la miel pura sabe amarga durante unas horas.

Afrodita guardó la baya en uno de sus bolsillos y, mientras continuaban el paseo, empezó a hablarle a Astarté sobre las plantas que había en ese jardín.

Curiosamente, la conversación empezó muy pronto a parecerse a una lección de botánica y, de alguna manera, acabaron hablando sobre técnicas de combate de la Orden de Atenea.

En particular, sobre las técnicas de los Caballeros de Piscis.


Palacio del Patriarca


A Saga no le gustaba la sala de la que se habían apropiado los Cinco (o al menos cuatro de ellos, Shun solía pasar más tiempo en Cáncer o Piscis que ahí). Siempre que tenía que entrar a aquel refugio evidentemente decorado por y para adolescentes, se sentía como un intruso.

Y un intruso viejo, además.

Pero Atenea lo había llamado discretamente a través del Cosmos para pedirle que la visitara ahí y no tuvo más remedio que obedecer, así que entró, procurando no mirar los posters que decoraban las paredes.

-¿Deseaba verme, Alteza?

-Pasa, qué bueno que nos visitas, acompáñanos.

Saga enarcó una ceja. Saori hablaba en plural, ¿estaría usando el plural mayestático? Ah, no, ahí estaba Seiya también, con muy mala cara… ¿acaso acababa de interrumpir una escena romántica?

Al Caballero de Géminis le preocupaba hondamente la relación entre la joven y el muchacho, a todas luces mucho más cercana de lo que era habitual entre una diosa y su caballero, o por lo menos entre la diosa Atenea y uno de sus caballeros. Otros dioses no tenían ningún problema en mantener romances (incluso relaciones largas y estables) con alguno de sus servidores de cuando en cuando, pero nunca se había sabido que Atenea hiciera algo así. Se acercaba la hora de hablar muy seriamente con aquellos dos y Saga tenía la incómoda sensación de que acabaría tocándole a él ser quien les hablara, porque Shion parecía no darse cuenta de lo que estaba pasando frente a su propia cara.

Pero acercarse a donde estaba la diosa comprendió que la situación era todavía más bizarra de lo que había pensado al principio: Julián Solo, el avatar de Poseidón, también estaba ahí, junto con algunos de los Caballeros de Bronce, y miraba el televisor con aire aburrido.

-Por fin llegas –dijo Julián al notar que estaba ahí-. ¿Ya pudiste hablar con toda tu familia? Si es así, vámonos, ¿quieres?

-¿Perdón…? –dijo Saga, confundido.

Julián lo miró con sorpresa y enseguida se puso rojo como un tomate.

-No te preocupes, es un error muy común –dijo Saori-. Yo también los confundo todo el tiempo.

-No es cierto –gruñó Seiya.

Julián fingió no haberlo escuchado.

-Géminis –dijo, saludando con corrección-. Lo siento, te confundí con tu hermano.

A Saga le dio un vuelco el corazón, pero logró mantener una fachada de tranquilidad.

-Suele suceder, Alteza… ¿Kanon está aquí?

-Te dijo que vendría, ¿no? Eso me pareció entender –Julián miró su reloj, nuevamente con aire aburrido-. Debe estar todavía hablando con tu madre.

-Démosle un tiempo más –dijo Saori-. Realmente deben tener mucho de qué hablar.

Julián puso cara de resignación y volvió a concentrar su atención en el programa.

Bastante confundido, Saga aceptó la invitación de Saori para sentarse y miró intrigado la pantalla por un momento. No le gustaba nada ese programa. El conductor era un crítico de cine famoso por la acidez de sus comentarios y él lo encontraba bastante difícil de soportar, pero sabía que Atenea lo encontraba divertido.

Miró de reojo a los dioses. Ambos parecían bastante contentos, mientras que Seiya tenía cara de estar deseando matar a alguien. Era una buena cosa el que los dioses estuvieran en los extremos del sofá, porque si estuvieran juntos probablemente la situación resultaría todavía más tensa.

-No pude ir al estreno, así que envié a un ayudante. Aprendí que nunca se debe enviar a alguien que no lee ni va al teatro a hacer un reporte sobre una película basada en una obra de teatro basada en una leyenda. Muy especialmente, no se debe enviar a alguien que sabe más sobre Superman y Batman que sobre Zeus y Hades a ver una película relacionada con la mitología griega. Oh, sí, aprendí mucho. Lo que no logré fue enterarme de si la película es buena, regular o mala. ¿Tú qué opinas? –decía el conductor del programa en ese momento, con aire de falsa resignación.

-¿Yo?

-Estabas ahí cuando se filmó la película, ¿no?

-Pues sí, fui la actriz principal.

-Esa actriz se parece a Piscis –dijo Shiryu.

-¿Estás de broma? –replicó Ikki-. Es morena, por si no lo habías notado.

-Mírala bien, me refiero a los rasgos. Piscis podría pasar por hermano suyo.

Involuntariamente, Saga fijó su atención en la actriz, que en ese momento respondía ironía contra ironía al presentador del programa, y comparó sus facciones con las de Afrodita. Shiryu tenía razón.

La nariz, la barbilla, los pómulos, la forma de la boca, aunque los labios de la actriz eran más gruesos...

-El padre de Afrodita es griego –dijo Saori-. Tal vez tienen algún antepasado común.

Era una teoría aceptable, pero Saga tuvo la seguridad de que no era así. Esa mujer y Afrodita no compartían ni una gota de sangre, la sola idea era ofensiva… Entonces la recordó maquillada en exceso para parecer de piel más clara, con el cabello decolorado y con lentes de contacto para crear la ilusión de que sus ojos eran azules, y supo quién era.

Se trataba de Dido, sacerdotisa de Afrodita (la diosa, no el Caballero), una de las amantes de Arles.

Saga empezó a sudar frío.

Galatea había hablado de "hetairas". Las hetairas eran una clase aparte de las prostitutas comunes, eran mujeres que recibían una educación exquisita, podían darse el lujo de ser independientes económicamente e incluso llegan a tener influencia política. Aspasia, el gran amor de Pericles, fue una hetaira que contribuyó en buena medida a la grandeza de Atenas. Eran, en suma, más parecidas a lo que había sido Madame de Pompadour que a las pobres criaturas que sobrevivían a duras penas en los prostíbulos que funcionaban en Rodorio.

Pero Galatea había usado "hetairas" en forma despectiva, un sarcasmo que daba a entender que Arles prefería a las chicas "baratas", las pornoi, que se vendían en las calles del puerto para mantener a sus familias. Eran analfabetas en su mayoría y ninguna poseía los requisitos (o el valor) para intentar convertirse en Amazonas. Sin una profesión, sin quién las protegiera y sin esperanza de valerse por sí mismas, eran fáciles de explotar.

Ahora recordaba claramente que Dido era la única hetaira que frecuentaba Arles, el resto habían sido pornoi.

Con el estómago revuelto, se levantó lo más discretamente que pudo y fue hacia la puerta, pero al momento de abrirla tuvo por un momento la impresión de estar frente a un espejo. A su "reflejo", sin embargo, se le borró la sonrisa y puso cara de preocupación nada más verlo.

-¿Saga? ¡Estás pálido! ¿Qué tienes? ¿Estás enfermo?

-Estoy… bien. Ahora estoy bien…

Con la excusa de abrazar a su hermano, Saga pudo cerrar los ojos unos instantes para recuperar el control. Cuando decidió que estaba lo bastante recuperado como para interrumpir el abrazo, Kanon seguía mirándolo con inquietud.

-¿Seguro que estás bien?

-Sí, por supuesto.

Entonces se dio cuenta de que Kanon no solo lo miraba directamente sino que parecía ver a través de él. Conocía eso.

Era la forma en que miraba una persona cuando veía a través de una ilusión.

La expresión que solía tener Afrodita cuando fingía resolver el Laberinto de Espejos pero en realidad simplemente pasaba a través de las imágenes falsas, caminando en línea recta.

Cuando había empezado a usar la ilusión en sí mismo, se había felicitado porque ni siquiera Afrodita parecía haberlo notado.

¿Cómo era posible que Kanon, el menos hábil para las ilusiones entre todos los discípulos que había tenido Shion a lo largo de los años, resultaba ser el único capaz de descubrir precisamente esa ilusión a primera vista?

-Bueno, ya que estamos todos, pongámonos de acuerdo –interrumpió Saori-. Si podemos usar la Otra Dimensión…

-Eso, no –protestó Julián.

-…Podríamos llegar a Tokio en cuestión de minutos y resolver un par de cosas…

-Tomaré un avión desde Atenas. Tú vienes conmigo, Kanon.

-Eh, pero…

-Tendrás todo el tiempo del mundo para hablar con tu hermano en Tokio.

-Pero...

Kanon no terminó la frase. La expresión obstinada de Julián parecía una señal muy clara de que el muchacho se encontraba al límite de su paciencia. Al Shogun no le quedó más remedio que ceder

-Tienes un par de preguntas que deberás responderme –le dijo a Saga en voz baja antes de acercarse a los dioses para averiguar qué era ese plan tan repentino de viajar a Asia.

Saga tragó saliva con dificultad.

Iba a ser bastante incómodo de explicar, pero al menos tendría tiempo de pensar cómo decírselo.

Media hora después, Julián y Kanon abandonaban el Santuario con rumbo a Atenas mientras Saori, Seiya, Shiryu, Hyoga e Ikki seguían a Saga a través de la Otra Dimensión para viajar a Japón.

Se reunirían todos en Tokio al día siguiente.


Atenas


-Tenemos que regresar a casa –insistió Arturo.

-No.

Antares no había hecho otra cosa que caminar sin rumbo, al menos en opinión de su hermano, pero estaba convencido de ir en la dirección correcta… solo que no sabía cómo explicarle a Arturo que estaba siguiendo una corazonada.

Realmente necesitaba llegar a la Acrópolis.

-¿Están perdidos, niños?

El anciano sacerdote debía tener un don especial, si con solo mirarlos se daba cuenta de que estaban en problemas.

Arturo lo miró esperanzado, tal vez podría convencer a Antares de volver a casa.

El padre Elías tenía muchos años de vivir en los alrededores de la Acrópolis. Había visto más de una vez a los servidores de Atenea entrar y salir en diversas misiones. Incluso había conversado unas cuantas veces con el Patriarca Shion.

Apenas habían pasado unos dos años desde que tuvo que tranquilizar a un par de turistas que habían tropezado con un aprendiz, unos cuantos Caballeros y un par de Amazonas que discutían sobre si el aprendiz había o no intentado escapar la víspera de su prueba final para convertirse en Caballero.

Y ahora esos dos muchachos de aspecto preocupado que llevaban rato dando vueltas por el mismo lugar.

Había visto a otros hacer lo mismo. Jóvenes que buscaban el Santuario, aprendices que habían salido por accidente y no encontraban el camino de vuelta, la mayoría temerosos de enfadar a sus Maestros si tardaban demasiado en volver.

Cuando eso pasaba, él simplemente los guiaba a la puerta que usaban la mayoría de los Caballeros, cerca del pórtico de las Cariátides.

Era un simple favor, igual que orientar a cualquier turista.

Sonrió ante la mirada confusa de los dos cuando los llevó hasta allá. La gran mayoría pensaba que debían mantener en secreto la existencia del Santuario y se asustaban cuando comprendían que alguien "del Mundo Exterior" estaba enterado, así que no se sorprendió cuando fingieron (admirablemente) no saber de qué les hablaba.

Después de todo, cruzaron la puerta sin problemas y todavía no anochecía. Su Maestro probablemente ni se habría dado cuenta de que se habían ausentado.

Arturo miró a su alrededor, sorprendido.

En un momento estaban hablando con el sacerdote (que debía estar un poco loco) y al siguiente estaban en un lugar que definitivamente no era la Acrópolis de Atenas que él había visitado antes en un viaje escolar.

Habían pasado junto a las Cariátides y al doblar la esquina…

Las ruinas habían desaparecido y ahora estaban en medio de un prado.

Frente a ellos, se alzaba la silueta de una montaña, en la que trece edificios blancos relucían al sol.


El Santuario de Atenea (específicamente, cerca de la entrada a la Casa de Aries)


Misty observó a MM con atención y adelantó una mano para tocar su cabello. MM apartó la cabeza rápidamente y sujetó la muñeca de Misty como si estuviera parando un golpe.

-¿Qué pretendes, lagartija?

-Nada, solo quería comprobar algo que me llamó la atención.

-¿No puedes hacerlo sin tocarme?

-En este momento, eres tú quien me toca a mí.

MM lo soltó como si quemara.

-Di de una vez qué es lo que quieres y deja de fastidiar.

-Creo que necesitas retocarte el tinte.

-¿Ah?

-Se te notan las raíces. No pongas esa cara, mejor agradece que te aviso antes de que alguien más lo note.

MM soltó un par de maldiciones en italiano.

-¿Para qué te lo tiñes? Tu color natural es muy bo…

-¡Este es mi color natural!

-"Era", pretérito simple del verbo "ya no", y desde hace años.

-Bah.

-Ni que fuera un gran secreto. ¿O ya se te olvidó la vez que te falló el tinte y tuviste el cabello lavanda durante semanas?

-¿"Lavanda"? ¿Por qué no dices "morado", como la gente normal?

-Porque lavanda era el tono exacto.

MM resopló.

-No me gusta tener el pelo gris –refunfuñó.

-Estás en tu derecho, pero sería bueno que cambiaras de tinte, el que usas no cubre bien las canas.

MM resopló otra vez. Llevaba rato buscando a Afrodita por todo el Santuario y había terminado por sentarse a esperar cerca de la Casa de Aries, seguro de que el Caballero de Piscis no se atrevería a desafiar las órdenes de Atenea alejándose demasiado. Tenía que volver a alguna hora.

Era realmente una mala suerte el que Misty anduviera por ahí y se le antojara la pésima idea de hacerle compañía mientras esperaba. Luego de su conversación con Mara, Misty era realmente la última persona que deseaba ver. No había logrado convencerla del todo sobre el hecho de que su hijo estaba vivo, pero al menos la dama (o antigua dama, ahora era su encargada de la limpieza) había prometido que iría al Santuario al día siguiente.

Debería avisarle a Misty.

Pero no le daba la gana.

-¿Qué es eso? –dijo Misty de repente.

MM miró hacia donde señalaba y luego corrió. Llegó justo a tiempo para sostener a Aioria antes de que se desplomara.

-¿Qué pasa, Leo? –preguntó, alarmado.

-Nos atacaron –Aioria le dirigió una mirada de desesperación-. Se llevaron a Piscis.

Eso no podía ser bueno.

Continuará…


Notas:

El anciano sacerdote: ¿Recuerdan el primer volumen del manga? Digamos que es el mismo sacerdote ;D