AN: Y este es el final. A los que leyeron hasta aquí, muchas gracias.

Gracias Lyz! Yo también siento un poco de pena de estar subiendo el último capítulo (aunque yo ya sabía hace días que hoy estaría subiéndolo jajaja). Parte de mí también querría seguir leyendo la historia, pero se transformaría en algo sin mucho sentido una vez que la vida de la protagonista haya alcanzado el estado estacionario. Supongo que podría ir contando menudencias que le pasan en el día a día, pero resultaría un poco aburrido.

Gracias Cclarcy! En este capítulo sale en qué quedará lo de la escuela :)

Algo que tengo que explicar: en el final original de la historia la madre biológica de Daniela enfermaba luego de enterarse que Daniela se había "suicidado" metiéndose a un auto en llamas. Luego de eso, terminaba muriendo de cáncer (eso no lo había querido explicar en la historia original). Ese suicidio y esa enfermedad, en los finales alternativos, no ocurrieron.

Capítulo 25

Ya en el auto comencé a sentirme mejor.

-Lo siento –le dije-. Gracias por irme a buscar.

-No hay problema tesoro –me aseguró Esme-. Ahora iremos a cazar, y te sentirás mejor.

-De verdad lo intenté –insistí.

-Lo sé. Los niños no me dieron los detalles, pero Edward aseguraba que no podías permanecer dentro de la sala.

-Creo que se dieron cuenta de que era diferente –reconocí-. Pero te juro que no lo hice a propósito.

-¿Me quieres contar? –Preguntó Esme.

Y le conté todo lo que me había pasado, desde que ellos se habían ido. Cuando terminé ya estábamos fuera de la ciudad, en una carretera.

-¿Vamos a un parque? –Le pregunté.

-Uno cercano –respondió Esme-. Aunque ya no tienes los ojos tan oscuros, de todos modos es mejor que caces algo más grande.

-Me da lo mismo, con el animal que primero aparezca me conformo –le aseguré-. Sólo quiero volver a casa.

-Las cosas salieron mal esta vez –me dijo Esme, tomándome una mano-. Pero lo volveremos a intentar el próximo año. ¿Te parece?

Se me arrugó la cara.

-No quiero volver a esa escuela.

-Buscaremos otra. Eso no es un problema. No te aflijas.

La miré algo amargada.

-Si insistes lo volveré a intentar. Pero de verdad me gustaría poder quedarme en casa.

-Ya hablaremos de eso con tu padre –me dijo, Al parecer no quería tomar ninguna decisión ni prometerme nada en ese momento. Me reí.

-No es mi padre –le respondí, aunque más para mantener la tradición que porque el comentario me hubiera molestado.

-Lo sé hija –me dijo.

-Y no soy tu hija –insistí riendo-. Aunque tendrás mi eterna gratitud por irme a buscar.

Se rio, pero había algo amargo en esa risa.

-Lo sé tesoro.

Esme se estacionó junto a unos árboles, en un terreno boscoso. Reconocí uno de los lugares a los que habíamos ido varias veces durante el verano a cazar. Nos bajamos.

Esme insistió en que cazara algo más, luego de que me bebí un cornudo viejo. Pero ya no tenía sed.

-Te aseguro que podrías cazar más –me dijo-. Lo veo en tus ojos, Daniela.

-El resto de los cornudos escaparon –le dije, con lata-. Y no tengo ganas de seguir buscando. Quiero volver a casa.

-¿Quieres que cace algo para ti? –Insistió.

-No Esme, gracias –insistí yo también, ya que de verdad quería volver a la casa y no saber del mundo exterior por un buen tiempo.

Me quedó mirando. Se veía preocupada, y un poco molesta.

-Estás un poco sedienta aún, y no quiero volver a casa hasta que estés bien.

Me resigné, y olí el ambiente buscando rastros. Pero entre los olores disponibles no había ninguno reciente. Medio cabreada, me puse a caminar. Esme caminó al lado mío en vez de seguirme unos metros más atrás. De pronto sentí un olor a mapache. Eso serviría.

Iba a seguir ese rastro, pero Esme me atajó tomándome la mano.

-Es sólo un mapache –dijo-, prefiero que busques algo más grande.

-Ya me comí un cornudo –le respondí, soltándome-. Con el mapache quedaré bien.

-Daniela, te dije que no –insistió Esme-. Sé que tuviste una mañana complicada, pero no te desquites conmigo.

-Lo siento Esme –me disculpé de inmediato tomándole la mano nuevamente-. Sólo quería volver a casa.

Eso pareció ablandarla, y me acercó hacia ella y me abrazó. Comenzó a hacerme cariño en la cabeza, en la espalda, y a darme besitos en la cabeza. Y no me dio rabia como otras veces en las que comenzaba a besuquearme, pero me dio pena y no pude evitar ponerme a llorar.

-Sólo tuviste mala suerte esta vez, tesoro –comenzó a decirme-. Volveremos a intentarlo. No estés triste.

-Te juro que traté Esme –le dije-. Pero desde que fui a Italia que no me daba tanta sed. Y cuando hice pedazos el lápiz, y todos me miraron, me quería morir. Y cuando me querían llevar a la enfermería me dio miedo que Carlisle se enojara.

-¿Por qué se iba a enojar tu padre? –Me preguntó sin entender-. Lo que pasó fue un accidente.

-Tenía miedo de que creyera que lo había hecho a propósito –confesé.

-No fue a propósito ¿verdad? –Peguntó inquieta.

-¡No! ¡Te juro que no, Esme! ¡Pregúntale a Edward! –Le rogué desesperada.

-Te creo, tesoro –me dijo de inmediato-. Si tú me dices que no fue a propósito te creo. Fue un accidente. Lo volveremos a intentar, y seguro que la próxima vez todo saldrá bien.

-Bueno –murmuré. Eso sería otro año. Había tiempo. Ya me preocuparía de eso cuando ocurriera. Lo importante es que por el momento no tenía nada que temer.

Esme me dio un abrazo apretado y me soltó.

-Iré a cazar algo para ti. Espérame aquí.

-No Esme… No tengo sed. Vamos a casa –le rogué.

-Espérame aquí, es una orden –insistió.

La quedé mirando, algo asustada. ¿Por qué me lo decía de ese modo?

-Te he dicho, de buena manera, en varias oportunidades, que no nos iremos de este bosque hasta que tus ojos vuelvan a estar claritos. Ahora me vas a obedecer, y punto –explicó con calma.

-Ok. Perdóname Esme -murmuré.

Esme me sonrió y desapareció. Como había nieve, no me senté. No quería dejar nieve en el auto, luego.

El bosque se oía muy tranquilo, y me relajé. Y, cuando estaba bastante más relajada, llegaron los problemas. Sentí un caballo acercarse. Ese día no me iba a dar tregua.

Intenté esconderme detrás de un árbol, pero al jinete lo acompañaban unos perros que comenzaron a aullar y a intentar alejarse de la zona donde estaba yo. La actitud de los perros confundió al jinete, que se bajó del caballo.

Maldije mi suerte. ¿Por qué no les hacía caso a sus perros y se alejaba de mí?

Los olores de los perros y del caballo no me produjeron nada, pero el olor del tipo volvió a quemarme la garganta. Esme había tenido razón, todavía estaba sedienta. ¿Y dónde estaba Esme? Deseé que no se hubiera ido.

Intenté pensar en otra cosa. No atacaría al tipo, por muy sedienta que estuviera. Yo era capaz de controlarme. Lo había sido en circunstancias aún más complicadas que esa.

El tipo debe haber estado pedido desde el cielo, porque comenzó a acercarse a la zona donde yo estaba escondida. Lamenté no haberme subido a un árbol. Si seguía caminando terminaría viéndome… El tronco no era lo suficientemente grueso como para cubrirme entera. ¿Qué pensaría de ver a una niña sola, en medio de un bosque, lejos de cualquier camino?

Algo distrajo a los perros, que comenzaron a ladrar en otra dirección. Eso, por suerte, detuvo el avance del tipo. Y, luego de unos segundos de tensión, el tipo se devolvió por donde había venido. Se subió a su caballo, y decidió (sabiamente) hacerle caso a sus perros y largarse.

Esme llegó apenas el tipo estuvo lo suficientemente lejos como para no ver ni oír nada.

-¿Estás bien? –Me preguntó.

Salí de detrás del tronco avergonzada. Probablemente tendría los ojos más oscuros que cuando Esme me dejó.

-Estoy bien –murmuré.

-Mentirosa –me dijo Esme, cabreada-. No estás bien y no quiero que me vuelvas a mentir cuando te pregunte si estás bien. Puedo ver cuán sedienta estás. Esto es serio Daniela –insistió, dejando el cornudo que traía en la nieve. Noté que al animal le vino como un espasmo, y eso me distrajo-. ¡Y mírame a la cara cuando te hablo! –Exclamó enojada.

-Lo siento Esme –le dije de inmediato mirándola a los ojos-. Me distraje.

-Bueno. Es obvio que la presa te distraiga –respondió más tranquila, casi resignada-. Estás sedienta. Bebe, y después hablaremos.

El cornudo que me había traído Esme era mucho más grande que el que yo había cazado. Era más joven, y tenía más sangre. Me sentí mucho mejor cuando terminé, y Esme me ayudó a enterrarlo.

-¿Te sientes mejor? –Me preguntó cuando acabamos.

-Sí –admití-. Tenías razón, estaba sedienta. Gracias.

-De nada tesoro –me dijo-. Y quiero que me prometas que no me volverás a mentir cuando estés sedienta, y que no me darás problema cuando te pida que caces lo suficiente.

-Te lo prometo. Lo siento Esme.

-Está bien. Y te felicito por no haber atacado al guarda-parque –me dijo más contenta.

-Venía para acá, pero por suerte sus perros lo distrajeron. No tenía idea qué decirle si me veía -confesé.

-Eso imaginé. Yo distraje a los perros –confesó ella-. Pensé en acercarme yo, pero no quería tener que explicar cómo había cazado el animal. En todo caso, me alegró ver que eras capaz de no atacarlo a pesar de lo sedienta que estabas.

-Eso puedo hacerlo –le aseguré-. Y te quería decir que tenías razón, cuando me dijiste que no sería capaz de atacar un compañero sólo para que me sacaran del colegio. Cuando estaba en la clase, a pesar de lo sedienta que estaba, me di cuenta de que nunca habría sido capaz de atacar a ninguno de ellos.

-Sí sé, hijita –me dijo Esme, caminando hacia mí rápido y levantándome-. Nunca creí que fueras capaz. Sé que lo decías porque estabas asustada y molesta.

-Gracias –le dije, porque me di cuenta, en ese momento, de lo agradecida que estaba de que ella nunca hubiera dudado de mí.

-Vamos a casa –me dijo más contenta, y corrió (llevándome a mí) de vuelta al auto.

-.-

Esme dejó que pasara la tarde sumergida en la bañera, y disfruté relajándome. Cuando sentí movimiento en el primer piso saqué la cabeza del agua, y pude oír cuando los seis llegaban, a pie. Esme los estaba esperando en la entrada, y pude oír como preguntaban por mí. Eso me hizo sentir bien. Me salí de la bañera, me sequé, me vestí rápido, y bajé.

-Tesoro, estás mojando el piso –me dijo Esme, medio molesta, cuando llegué al primer piso.

No me había estrujado bien el pelo.

-Lo siento Esme.

-¿Y cómo está la vampira con más mala suerte de esta casa? –Preguntó Emmett saliendo de la sala.

-Bien, sobreviví –le dije-. ¡Y por suerte no tendré que ir por todo un año! ¡Wooohooo! -Celebré.

-¿Lo hiciste a propósito, malcriada? –Preguntó Emmett, medio en broma, aunque igual me sentí mal de que pudiera creer eso.

-No –le aseguré, sintiendo que la alegría se había esfumado-. Te juro que no.

-Te dije que no, Emmett –se escuchó la voz de Edward-. Déjala en paz.

-Gracias Edward –le dije.

En ese momento volvió Esme de la cocina, con una toalla, y comenzó a estrujarme el pelo con un poco más de fuerza que la necesaria.

-Bueno, me alegro por ti –dijo Emmett-. A ver si mañana me da también un ataque de pánico a mí.

Esme me sacó la toalla del pelo y le dio con ella en un brazo a Emmett.

-Ni se te ocurra –le dijo.

-Es broma –dijo Emmett, riendo y levantando las manos como para ponerlas de escudo-. ¿Cuándo he dado problemas yo, Esme?

Esme le dirigió una mirada que hizo que Emmett soltara una carcajada.

-Ok mamá. No hay problema -le dijo conciliadoramente bajando las manos-. De todos modos no dejaría sola a mi Rose.

Alice salió de la sala y afirmó (descaradamente) que podía ver en nuestro futuro que veríamos una película todos juntos en la sala, y que Carlisle no llegaría sino hasta pasada la una de la mañana porque un colega tendría un problema personal y tendría que tomar su turno. Y, como nadie apostaba contra Alice, nos apretujamos todos en los sillones de la sala a ver la película que según Alice veríamos. Era de una invasión extraterrestre, como muchos efectos especiales.

Ahora que ya sabía que no habría colegio al otro día, ni a la otra semana, ni al otro mes, me sentía mucho más relajada. Cuando Esme me sentó sobre ella a ver la película, y comenzó a hacerme cariño en la cabeza, hubiera podido ronronear de gusto. Me sentía tan feliz…

Después de la película los seis parecieron evaporarse. Edward y Bella salieron "a caminar" (seguro…), Alice y Jasper se fueron a su cuarto, y aunque no fueron escandalosos igual no pude evitar oír todo, y Rosalie y Emmett salieron en el jeep, probablemente a buscar intimidad vaya uno a saber dónde.

Yo me quedé sola con Esme, en la sala, y aún sin bajarme de encima de ella me estiré para agarrar el control remoto y volví a prender la tele.

-Tesoro… -Me dijo Esme-. Creo que ya viste suficiente televisión por hoy ¿no crees?

La miré como diciendo "no te pongas latera Esme", pero no funcionó. Tomó el control remoto de mis propias manos y volvió a apagar la tele.

-¿Por qué no vemos otra película? –Le propuse.

-Porque ya vimos una hoy –insistió-. No quiero que vuelvas a la costumbre de ver televisión todo el día.

-Una segunda película no es ver tele "todo el día" –le expliqué.

-Dije que no –insistió.

-El día termina en un par de horas. ¿Podemos ver otra película después de medianoche?

-Ya viste una película esta noche –insistió.

-Pero después de medianoche ya es mañana –insistí yo.

-Dije que no.

-Ok Esme, perdón –le dije, aceptando mi derrota. No pensaba hacer nada que me echara a perder el buen humor que estaba sintiendo-. ¿Quieres que hagamos algo, o prefieres que te deje tranquila un rato?

-¿Te gustaría jugar Scrabble? –Propuso.

-¿Te gustaría faenar ratas? –Me burlé. Se rio de mi broma, por suerte.

-Prefiero que tu padre te vea jugando a algo constructivo cuando llegue –me dijo bajito.

La miré preocupada.

-¿Está enojado? –Le pregunté bajito, a pesar de que sólo estaban Alice y Jasper en la casa, y por el ruido se notaba que estaban completamente distraídos.

-No, pero está preocupado por ti. Y no querrás que piense que ahora que te quedarás en casa estarás todo el día frente a la televisión ¿verdad? –me dijo con voz cómplice.

-No. Tienes razón. ¿Se considera constructivo dibujar? –Propuse.

-Sí. Pero prefiero que te vea haciendo algo todavía más constructivo –explicó.

-¿Construyamos un castillo de naipes? –Sugerí, medio en broma.

Se quedó pensando.

-Por qué no… –dijo finalmente.

Así que fuimos a buscar los naipes al mueble de los juegos y comenzamos a hacer un castillo de naipes en la sala.

-.-

Cuando oímos acercarse a Carlisle, afuera, el castillo seguía en pie. Pero, cuando abrió la puerta de calle, se produjo una corriente de aire en el primer piso que lo derrumbó. Lo lamenté, ya que me hubiera gustado que alcanzara a verlo. Pero desde el vestíbulo no se veía el interior de la sala.

Comencé a recoger los naipes y estaba en eso cuando Carlisle entró a saludar a su esposa, que estaba ojeando una revista.

-Hola amor –le dijo, dándole el clásico beso en la boca (para ese entonces ya no me molestaba tanto).

Luego se acercó a mí y lo dejé que me diera un beso en la cabeza.

-Hola hijita –me dijo-. ¿Ordenando?

-Habíamos hecho un castillo con tu esposa, pero cuando abriste la puerta se derrumbó –expliqué.

-Lo siento. Para otra vez sáquenle una foto –sugirió-. ¿Cómo te sientes?

-Bien –le dije, riendo-. La primera mitad del día fue horrible, pero se arregló bastante después. Y vimos una película todos, mientras tú te partías el lomo trabajando. Y, aunque me hubiera gustado ver otra, la latera de tu esposa sugirió que hiciéramos algo constructivo, así que construimos un castillo de naipes.

-Yo no soy "latera" –aclaró Esme, sin despegar la vista de su revista.

-¿Dónde están los niños? –Preguntó Carlisle cambiando de tema. Sólo oigo a Alice y a Jasper.

-Rosalie y Emmett salieron a dar una vuelta en coche –informó Esme-. Bella y Edward salieron a caminar.

-Claro… -me burlé-. Caminar lo llaman ahora…

-Veo que estás de un humor excelente –dijo Carlisle contento-. Perfecto, porque necesitamos hacer planes.

-¿Planes? –Pregunté.

Cuando Esme dejó la revista de lado con cara seria y se fue a parar junto a su esposo, ya el asunto me olió mal. Me paré de inmediato para no seguirlos mirando de tan abajo, pero no sirvió de mucho.

-Para este año –explicó Carlisle-. Como ya no irás a la escuela, Esme y yo pensamos que sería bueno que aprovecharas de aprender francés, además de estudiar en casa las materias escolares que hubieras visto en la escuela.

-Eso es una orden o una sugerencia –pregunté inquieta.

Ambos sonrieron levemente.

-Una orden tesoro –dijo Carlisle con calma.

-Entonces no era que "fuéramos" a hacer planes –dije, aunque en tono neutral ya que no quería pelear con ellos-. Creo que debiste haber dicho "Veo que estás de un humor excelente, Daniela, y eso es perfecto porque te notificaré de los malignos planes que tengo para ti este año."

Ambos se rieron.

-Sí, supongo –admitió Carlisle-. Pero no son planes malignos.

-Lo sé. Era broma Carlisle –le aseguré con calma-. De todos modos ya me dijiste que era una orden, así que me tragaré las quejas y los argumentos porque ya sé que no funcionará. De todos modos estoy agradecida de que decidieran sacarme de la escuela.

-Lo que pasó en la escuela fue un accidente, no le des más vueltas –dijo Carlisle con calma-. De todos modos, no me había gustado tu maestra.

-A mí tampoco. Prefiero a tu esposa, de lejos –le dije, sonriéndole a Esme. Sabía que eso la haría feliz, y efectivamente ella me sonrió-. ¿Tú me enseñarás francés Esme?

-Sí tesoro.

-Entonces está bien –dije, encogiéndome de hombros.

-Y el próximo año volverás a la escuela –agregó Carlisle.

Lo miré con desagrado.

-A otra escuela –aclaró Esme.

A ella la miré con mejor cara.

-.-

Bueno, yo creí que estudiar con Esme sería medianamente agradable, como cuando me había enseñado inglés y me había "nivelado". Pero no fue así. De partida, a Esme se le antojó que tuviera un horario como lo hubiera tenido en la escuela (para que me fuera acostumbrando) y, aparte de eso, después de toda esa tortura diaria, francés por un par de horas. Y aprender francés, aun siendo vampiro, fue una pesadilla.

La siguiente mañana, cuando todos se habían ido, Esme me subió al jeep de Emmett y me llevó a una librería a comprar libros para aprender francés. Yo le pregunté, en el camino, por qué no me enseñaba ella y punto, que no necesitábamos un libro. Pero dijo que con un libro sería más metódico para partir.

Y Esme se volvió Alice. Salimos con una pila de libros de la tienda, para francés y un montón de otras materias. Ella iba feliz. Yo iba inquieta. No tenía ganas de leerme todo eso. Recordé cómo me había dado la lata por días con sus libritos de inglés, y me imaginé las mega-latas que me daría con los mamotretos de francés que había comprado. Incluso había un libro que era de puros verbos. ¿A quién diablos se le ocurría escribir un libro con puros verbos?

Así que a partir de ese día estuve toda la mañana, y gran parte de la tarde, sentada en el comedor, leyendo, haciendo ejercicios, estudiando. Esme no se quedaba todo el tiempo conmigo. Me explicaba, me dejaba enterrada en trabajo, y se iba a hacer sus cosas, tan campante.

A pesar de estar contenta de no tener que ir al colegio fuera de la casa, y a pesar de estar consciente de que no eran más horas de las que hubiera sido torturada de haber ido, de todas formas las mañanas comenzaron a parecerme eternas. Y los cortos periodos de "recreo" no servían para nada, ya que no daba tiempo de dibujar ni de hacer nada en realidad. Al final siempre terminaba conversando con Esme, o aburriéndome sola.

Y francés, como dije, fue una pesadilla. Las palabras eran una pesadilla, con acentos para todas partes, letras que se repetían, y la pronunciación era un verdadero acertijo. No era como el español, en que las cosas se pronuncian prácticamente como se escriben. No. Había toda clase de sonidos nasales que a mí me sonaban prácticamente iguales. Letras que estaban en las palabras pero que no se pronunciaban. Y los verbos… Esos eran prácticamente un mundo aparte ya que, aunque guardaba cierta semejanza con el español, de todas formas era diferente. Y había que aprenderse cada uno por separado, y los casos particulares parecían ser más que los casos regulares.

Ya por la tercera semana de tortura me encontraba completamente hastiada, y le rogué a Esme que olvidáramos lo del francés. Pero ella seguía tan entusiasta como el primer día, y me aseguró que aprendería, aunque pareciera imposible.

Estaba tan desesperada un día que, apenas me liberó por fin, decidí esperar a Carlisle y rogarle a él que me salvara.

Se sorprendió de verme esperándolo, en el garaje.

-Hola Daniela. ¿Qué haces aquí solita? –Me preguntó dándome un beso en la cabeza.

-Te estaba esperando Carlisle –le dije, completamente seria.

Me quedó mirando medio raro.

-¿Qué pasa tesoro?

-Antes que todo –le dije con calma-, estoy muy agradecida de poder quedarme en casa y todo eso. De verdad lo estoy. Pero me gustaría no estar tantas horas al día estudiando.

-¿Hablaste con Esme al respecto? –Me preguntó, un poco desconcertado.

-Sí. Y ella piensa que está todo bien. Pero no lo está, Carlisle –expliqué-. Estoy prácticamente todo el día en eso, y luego más encima viene francés, que es demasiado difícil. A pesar de que ahora tengo mejor memoria que cuando era humana, no está funcionando. Lo estoy pasando mal de verdad.

Carlisle pareció al menos estar pensando en lo que le estaba diciendo. Eso me animó. Había tenido miedo que simplemente estuviera de acuerdo con lo que sea que su esposa decidiera.

-¿Sientes que avanzan muy rápido? –Preguntó.

-No es un problema de velocidad –intenté explicar-. Es que estoy toda la mañana y gran parte de la tarde encerrada en el comedor, estudiando, y odio eso. Antes por lo menos era más relajado, estudiábamos unas horas, luego hacíamos otra cosa, o podía ver televisión un rato, y estudiábamos otro rato en la tarde. Pero ahora Esme se volvió loca. Desde que ustedes se van por la mañana, y hasta que los otros llegan por la tarde, me tiene todo el día ahí sentada, que lee este capítulo, que resúmelo, que has entera la lista de ejercicios, que revisemos, que te equivocaste, que corrígelo, que apréndetelo, que te dije que te lo aprendieras, que deja de hacer dibujitos… ¡El otro día incluso me retó y me hizo copiar veinte verbos en francés, en todo los tiempos y en todos los modos! ¿Sabes lo que es eso Carlisle? ¡Son muchos tiempos y modos!

-Sí, algo supe –confesó-. Entiendo que no habías querido hacer unos ejercicios, y que cuando insistió le dijiste de mala manera que no pensabas hacerlo.

Era verdad. Yo la había sacado de sus casillas esa tarde. Pero igual me dio rabia, porque era ella la que me obligaba a hacer demasiados ejercicios.

-Estoy aburrida Carlisle. No quiero seguir –le dije con decisión.

Carlisle se rascó la cabeza.

-Pero, si fueras a la escuela, también estaría todo el día en clases –razonó.

-Sí. Pero de todas formas encuentro que son muchas horas al día.

-Pero entiendo que te deja descansar un rato, de vez en cuando, como en la escuela ¿no?

-Sí, pero no alcanzo a hacer nada en ese rato. Ni siquiera me deja ir a prender la tele para desconectarme.

Carlisle pareció contrariado.

-Daniela –me dijo al fin-. Necesito que seas muy honesta conmigo. ¿De verdad encuentras muy difícil seguir un horario normal de escuela, o sólo te da lata y preferirías estar haciendo otra cosa?

-No es tan difícil, podría hacerlo un día, dos –reconocí-, pero hacer eso todos los días es deprimente.

-Pero tienes los fines de semana –respondió Carlisle con calma-. Como todos tus hermanos.

-No me vas a ayudar ¿verdad? –le dije, dándome por vencida. Él no entendería. Seguramente, a pesar del entusiasmo de Esme, había sido idea suya lo del horario en primer lugar.

-No es eso hija –me aseguró-. Te quiero ayudar. Pero también me gustaría que te esfuerces un poco e intentes seguir el ritmo normal de estudio de una persona de tu edad.

-¿Puedo al menos no seguir aprendiendo francés? –Propuse.

-No. Yo creo que es bueno que aprendas francés, ya que es probable que pasemos muchos años en Canadá, y aquí es un idioma muy usado.

Estaba claro. No me iba a ayudar.

-Bueno Carlisle, gracias por escucharme de todas formas. Lo seguiré intentando –le dije en la forma más diplomática que pude.

Carlisle parecía amargado, pero me dejó ir. Me fui al lago, ya que no quería volver a la casa. Seguro Carlisle le diría a su esposa que yo había ido a quejarme con él, y ella se sentiría ofendida, y le diría que yo era floja, o burra, o ambas cosas, y él terminaría estando de acuerdo.

El lago tenía el borde congelado, pero no me importó. Tenía ganas de desconectarme un rato, y de todas formas me habían dicho que luego del horario de clases podía hacer lo que quisiera. Quebré el hielo, y me metí adentro, y comencé a nadar sin rumbo fijo. No intentaba escapar de la casa, pero necesitaba sentir que estaba haciendo algo más que flotar.

No me di cuenta de cómo pasó el tiempo, pero en algún momento oí como alguien más se metía al agua. Me preocupó que creyeran que había intentado escapar, así que nadé de vuelta. Me encontré con Esme a medio camino, y pareció contenta de verme, se dio media vuelta y nadó de vuelta a la casa, y la seguí.

-No intentaba escapar –le dije apenas saqué la cabeza del agua.

-Lo sé tesoro, pero llevas muchas horas en el agua.

-Ah, sí… Me puedo resfriar –me burlé, pero en buena onda-. Lo olvidé. Lo siento.

Ella se rio, pero parecía seria a pesar de eso. Recordé la infructuosa conversación con Carlisle y me amargué.

-Ve a secarte –me dijo Esme-. Carlisle y yo queremos conversar contigo antes de que se vaya a trabajar.

-¿Tan tarde es? –Pregunté inquieta, mientras caminábamos de vuelta a la casa-. Todavía parecía de noche desde el agua. No me di cuenta cómo pasaba el tiempo, ni de que ya estaba amaneciendo.

-No hay problema –me dijo Esme con calma-, aunque preferiría que me avisaras donde estarás en vez de simplemente desaparecer.

-Pero seguiste mi rastro y me encontraste de inmediato ¿no?

-Ese no es el punto, Daniela –respondió, molesta-. No quiero tener que estar siguiendo tu rastro para saber dónde estás. Preferiría que te acercaras a mí y me dijeras que vas a estar en el lago.

-Ok, tienes razón –admití-. Perdóname por favor. Te avisaré la próxima vez. O te dejaré un papelito en el refrigerador.

-¿Te estás burlando de mí? –Preguntó, desconfiada.

-No –le respondí de inmediato, asustada-. Eso hacía en mi casa, a veces, cuando salía y no había a quién avisar. Les dejaba un papelito pegado en la puerta del refrigerador a mis padres, con un imán. Te lo juro Esme.

-Ok, perdóname por favor tú, hija –contestó un poco triste-. No debí haber asumido que te estabas burlando.

-No hay problema.

Ya estábamos frente a la casa, y dejé mis zapatos y calcetines mojados en la entrada.

-Ok, me voy a cambiar –le dije, un poco deprimida-. ¿Los busco, luego, o subirán ustedes?

-Estaremos en el comedor, baja pronto por favor que Carlisle tiene poco tiempo.

Subí rápido y me crucé con Emmett y Rosalie que iban bajando la escalera.

-¿Y cómo está el tiburón? –Me dijo Emmett, entusiasta, agarrándome la cabeza y sacudiéndomela un poco más fuerte de lo que hubiera deseado.

-Suéltala amor, le estás haciendo daño –dijo Rosalie, impaciente.

-Gracias Rosalie –le dije, cuando por fin me soltó-. Estoy mojada y apurada, lo siento. Suerte en la escuela –les dije mientras seguía hacia el tercer piso.

-.-

Cuando me acerqué al comedor, los otros seis ya se habían ido a la escuela. La casa se oía muy vacía, y yo sentía una piedrota en el estómago. No tenía idea de si Carlisle y Esme habrían unido fuerzas para ordenarme que dejara de quejarme, o algo así. Dudé un segundo más de la cuenta frente a la puerta. Escuché resoplar a Esme.

-Pasa tesoro –dijo, con impaciencia.

-Lo siento –le dije entrando.

Estaban ambos sentados, así que me senté aunque no me lo hubieran dicho.

-Ok Daniela –dijo Carlisle-. Esme y yo hemos acordado hacer algunos cambios en tu horario. Desde hoy seguirás con las materias escolares normales que hubieras cursado en la escuela, pero sólo durante las mañanas. Y podrás estudiar en el lugar que Esme se encuentre en ese momento. De esa forma esperamos que no te sientas tan encerrada en el comedor.

-Gracias –les dije, sin darme cuenta que lo había interrumpido.

-Déjame acabar, Daniela –continuó Carlisle-. Seguirás estudiando francés por las tardes, pero además Esme te enseñará a tocar el piano.

-Yo no quiero tocar el piano –le dije con neutralidad.

-¿Prefieres otro instrumento? –Preguntó con calma.

-No. A mí no me interesa la música –le dije encogiéndose de hombros.

-Pues será piano u otro instrumento. Pero aprenderás algo de música igual, porque eso mejorará tu concentración –insistió Carlisle.

-¡Pues escojo el triángulo! –Le dije mosqueada.

-Daniela, cálmate –intervino Esme-. Estamos tratando de ayudarte.

-Lo siento. Es que no me gusta el piano.

-¿Cómo sabes que no te gusta si nunca lo has intentado? –Razonó Carlisle.

-No sé… Se ve difícil –intenté explicar-. Tiene muchas teclas y hay que usar las dos manos a la vez.

Vi que los dos intentaron no reírse. Extrañamente no me ofendió. De hecho fue casi relajante ver que ya no estaban tan serios.

-Intenta el piano por tres meses –concedió Carlisle-. Y si luego de intentarlo, pero intentarlo de verdad, no te gusta, entonces podrás escoger otro instrumento. De preferencia uno que te podamos enseñar nosotros.

-¿Es una orden? –Pregunté, a pesar de que ya sabía que lo era.

Me quedaron mirando.

-Ok, perdón –les dije de inmediato.

-Bueno, ya voy atrasado –dijo Carlisle poniéndose de pie. Buena suerte. Y no le des problema a Esme, o además de conjugar verbos te las vas a tener que ver conmigo cuando llegue –me dijo.

Eso no me lo esperaba, e hizo reaparecer la piedra en mi estómago y con vida propia. No conseguí decir palabra, aunque no es que me hubiera preguntado nada tampoco.

Seguimos las dos sentadas en silencio hasta que sentimos a Carlisle entrar al garaje.

-¿Te sientes más tranquila ahora tesoro? –Me preguntó Esme.

La verdad era que no. Pero tampoco quería decirle cuán asustada estaba.

-Vamos a avanzar un poco más lento, pero confío en que puedas disfrutarlo más –continuó.

-Claro Esme –le contesté, forzándome a sonreír.

-¿Qué pasa hija? –Me preguntó Esme, probablemente no tragándose mi respuesta.

-No pasa nada –le dije, restándole importancia-. ¿Cómo va a quedar el nuevo horario? –Le pregunté para cambiar de tema.

-Estaba pensando mantenerlo, pero hacer los bloques más cortos –contestó-. ¿De acuerdo?

-Sí. De acuerdo –le contesté resignada.

-.-

Las cosas avanzaron un poco más fluidamente a partir de ese día, gracias a Dios. Esme se relajó un poco, y avanzamos mucho más lentamente. Carlisle había tenido razón, y gran parte del problema había sido que estábamos yendo demasiado rápido. Y, al ir siguiendo a Esme por la casa, el cambio de escenario me ayudó a no aburrirme tanto.

Aprender piano fue un poco aburrido, pero no fue tan horrible como me lo había imaginado. Era básicamente ir paso a paso, repitiendo mucho ejercicios tremendamente aburridos. Pero Esme era paciente, y el tiempo no pasaba tan lentamente durante esas horas.

Francés también mejoró bastante. Aunque ella seguía insistiendo en que leyera varias veces cada unidad (y en voz alta), no me obligaba a hacer todos los ejercicios el mismo día. Y comenzamos incluso a ver películas en francés para que intentara entender y para que no fuera todo libros. De todos modos, siempre que intentaba escribir lo que fuera, cometía muchos errores. Y cuando pronunciaba, siempre me salía medio raro. Pero Esme era una firme creyente de la técnica del perico, por lo que repetí muchas veces las palabras que me costaba pronunciar y escribí muchas veces las palabras cuya ortografía no conseguía recordar. E hice muchos ejercicios para intentar escribir más o menos correctamente.

Sería mentiría si dijera que nunca volví a pelear con Esme durante sus clases. Tuve que conjugar muchos verbos, en varias oportunidades. Y lo peor era que cuando Carlisle llegaba, y se enteraba (me preguntaba todos los días qué había hecho, y era como un sabueso detectando mentiras), me obligaba a conjugar otros tantos. Yo intenté razonar con él, explicándole que a nadie le podía gustar un idioma si lo castigaban constantemente conjugando verbos. Pero me dijo que esa era la idea, que era un castigo y que no tenía que gustarme, que a ver si así le obedecía a Esme, y que de paso aprovechaba de irme aprendiendo los verbos.

Y así pasaron los meses. Y llegó el verano. Y llegaron las vacaciones… Para los otros. Me quejé bastante cuando Esme siguió con nuestro horario a pesar de que el año escolar había terminado. Pero ella dijo que si quería vacaciones, que esperara a ir a la escuela. La acusé de estarme chantajeando, y me respondió sonriendo (impunemente) que no se podía tener todo en la vida, y que al menos así tendría de qué alegrarme cuando en septiembre empezara en otra escuela. Le dije que era una desgraciada, y me tuvo todo ese domingo encerrada en mi cuarto conjugando verbos irregulares (confirmando, así, lo desgraciada que era). Pero consiguió lo que quería, porque no quería que me dejara otro fin de semana castigada. Al día siguiente, a pesar de que los otros estaban en su primer día de vacaciones, seguí resignadamente con mi horario. Eso fue muy desagradable.

Pero Carlisle y Esme se esmeraron al buscar otra escuela, y me inscribieron en una que parecía colegio para hippies. Casi todos los niños eran hijos de padres un poco alternativos, que creían en el contacto con la naturaleza, el desarrollo del yo interno y otras patrañas. Yo no creía nada de eso, pero al menos la escuela de locos funcionó para mí. Los niños eran agradables, los profesores eran razonables, y los funcionarios me trataron todos bien. Y, cuando el primer compañero tuvo una herida en mi clase, logré controlar mi sed sin que se notara que era un vampiro. Eso hizo muy felices a Esme y a Carlisle. Tampoco tuve problemas con lo del almuerzo: Carlisle me inventó un montón de alergias y (como no parecía andarme desmayando) nadie me miró demasiado raro porque yo no comiera más que en mi casa.

Y, desde ese año, siempre tuve vacaciones de verano. Y los montones de colegios en los que he estado siempre han sido escogidos con pinzas por mis orgullosos "padres".

Mirando hacia atrás, creo que no me ha ido tan mal en esta vida.

Cuando llegó el triste momento en que mis padres humanos murieron (juntos, choque de bus con un camión), mi familia de vampiros no intentó ocultármelo. Sentí pena, pero me alegré de que los tres con mi hermana volvieran a estar juntos. Fue un duelo soportable. Tenía el apoyo de todo un familión que me había amado y apoyado por años.

Después de eso, fue algo natural que con el tiempo tomara la decisión de llamar mamá a Esme y papá a Carlisle. Como mis hermanos. Suponía que, dado que mis padres biológicos habían muerto, bien podía considerar a Esme Y Carlisle mis padres adoptivos. Suponía que mis padres, desde el cielo, no me odiarían por eso.

Me tardé un tiempo entre tomar la decisión y lograr decirles mamá y papá, después de tantos años de llamarlos por sus nombres. Al final la ocasión se presentó sola, cuando estábamos en una estación de servicios todos juntos. Mis hermanos y yo salimos del auto a "estirar las piernas" como los humanos. Alice y Rosalie querían ir a una tienda que estaba un poco más allá de la estación de servicios. Arrastraron a Bella, y los tres maridos las siguieron. Y yo fui con ellos para no ser menos. Entonces Carlisle les recordó, como en muchas otras ocasiones, que no se alejaran demasiado. Y, cuando ellos le contestaron "sí papá" a coro, simplemente me uní al coro. Se produjo un silencio instantáneo después de eso, pero nadie comentó nada. Sólo Bella, que estaba justo al lado mío, me dio unas palmaditas en un hombro como felicitándome.

No le vi la cara a Carlisle, aunque me hubiera gustado. Por suerte, cuando estuvimos dentro de la tienda, Edward nos contó a todos que, a través de los ojos de Esme, había visto como a Carlisle se le habían salido los ojos de las órbitas.

De hecho, cuando volvimos al auto esa vez, Carlisle estaba con una sonrisa de oreja a oreja y me dio un abrazo muy apretado y me dijo "gracias hija" muy bajito.

Y de ahí fue más o menos natural decirle "claro mamá" a Esme cuando me preguntó si me quería sentar junto a ellos dos, aprovechando que Jasper conduciría por un rato. A ella por suerte le pude ver la cara, aunque no se le salieron los ojos de las órbitas como a Carlisle.

Bueno, y esa es mi vida ahora. Y encuentro que no está tan mal.

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FINAL N°2