DISCLAIMER: los personajes de Once Upon a Time no me pertencen.
Nota: ¡Bueno, niñas y niños! Llegó el momento de la tercera fantasía. La cosa es que a esta historia le quedan dos capítulos :( Pero como el último es muy cortito, voy a subir los últimos dos capítulos en el mismo momento, así que estén atentos y no se salteen el anteúltimo (igual les aviso en estas notitas que, como ven, me encanta escribir).
¡Disfruten el capítulo!
DONDE EMPEZÓ TODO
Para cuando Emma llegó a la planta 29, ya tenía el interior de los muslos húmedos, los pezones como piedras contra el tejido del sujetador y los pechos hinchados y pesados. Estaba convencida de que estaba sonrojada y de que tenía las pupilas dilatadas y la excitaba pensar que cualquiera que la viera se daría cuenta de su estado.
Echó un vistazo cariñoso al ascensor antes de salir. Allí era donde Regina y ella se habían besado por primera vez. Donde habían hecho el amor por primera vez. Le traía muchos recuerdos especiales, así que dejó que estos recuerdos inflamaran el deseo que la acuciaba ya entre las piernas.
Recorrió el pasillo hacia el despacho de Regina con una sonrisa radiante dibujada en el rostro. Un hombre joven con perilla iba en dirección contraria, pero en el último momento se paró en seco al verla y, boquiabierto, le dedicó un saludo de cabeza mientras bailaban el uno en torno al otro en uno de aquellos momentos extraños en los que trataban de decidir por qué lado pasar cada uno. Emma contuvo una risita ante la expresión del chico. Los programadores de Regina no eran demasiado sutiles a la hora de disimular su excitación cuando una mujer penetraba en sus dominios. Las contadas visitas de Emma a la oficina solían crear una verdadera conmoción. Su mayor reto de aquel día sería pasar por el embudo, que era como denominaba al estrecho paso entre dos hileras de escritorios que tenía que atravesar para llegar al despacho de Regina y que estaba poblado de frikis informáticos mirones que no le quitarían ojo de encima.
«No finjas que saberlo no te pone un poco, Emma. Intenta ser natural, sabiendo lo que estás a punto de hacer.»
Estaba cachonda, mojada, y por debajo de la falda corta le temblaban las rodillas de puro deseo sexual. Pese a todo, reunió valor y atravesó el embudo. Todas las cabezas se volvieron hacia ella al unísono.
—¿Va a comer con la señorita Mills? —preguntó uno de los monos picadores de datos, pese a la obviedad de la situación.
Emma asintió, amable.
«No, solo voy a comerme a la señorita Mills.»
El tipo no le despegó los ojos de la parte delantera de la camisa, que Emma llevaba desabrochada lo justo para insinuar el escote. Había pasado por casa para cambiarse el uniforme de la clínica veterinaria por algo más seductor antes de salir a comer. Las medias, las había dejado en el apartamento. Después de todo, no iba a necesitarlas.
—¿Regina está en su despacho? —preguntó.
Aquella pregunta tan compleja se ganó varios segundos de silencio estupefacto hasta que la única programadora mujer de Regina contestó.
—Sí que está. Disfrute de la comida.
«Oh, ya lo creo.»
Emma notó un espasmo en la entrepierna solo de pensarlo. Con los ojos de todos pegados al culo, Emma atravesó las hileras de cubículos para llegar ante la puerta cerrada del despacho de Regina. Llamó y entró. Al ver a Regina sentada tras su enorme escritorio de roble, sonrió de oreja a oreja.
—Hola, querida. —la saludó Regina en voz baja. Paseó la mirada sobre el cuerpo de Emma lentamente. —¿Qué tal si cierras la puerta?
Emma se apoyó en la puerta y la cerró con un suave clic.
—Te he echado de menos. —murmuró.
Era la pura verdad, independientemente de que hubieran pasado solo unas seis horas separadas. El cuerpo le ardía bajo la mirada de Regina y se dio cuenta de que esta cerraba los puños sobre el escritorio.
—Yo también te he echado de menos. —le dijo Regina.
—¿Has pensado mucho en mí?
—Ya sabes que no hago otra cosa.
Emma avanzó hacia ella.
—¿De verdad?
La voz de Regina se tornó ronca.
—Me paso el día empalmada por ti. Es difícil que te saque de mis pensamientos.
Emma tragó saliva y rodeó el escritorio para poder verle el regazo. Al estar sentada, la tela de sus pantalones oscuros quedaba ajustada en torno a sus muslos y le marcaba la protuberancia entre las piernas.
—¿Y qué te parece estar empalmada todo el día?
—Muy bien. —Regina se humedeció los labios. —Excelente.
Emma apoyó el trasero contra el borde del escritorio, se inclinó y le susurró a Regina al oído.
—¿Estás mojada bajo ese consolador?
Regina jadeó, caliente y temblorosa sobre su cuello, y le puso la piel de gallina. Emma cerró los ojos un instante para controlar su deseo. Todavía no había acabado de interpretar su escena de seducción, y aquella parte era tan importante en la fantasía como el momento en que finalmente se la follaba.
—¿Lo estás? —repitió, cuando Regina no le respondió.
—Sí. —contestó su amante, con la voz tomada y enronquecida de deseo.
Emma se irguió y se sentó en el escritorio de Regina, a la izquierda de esta. Se levantó el dobladillo de la falda un poco y abrió las piernas.
—Yo también, mira.
Regina soltó un gemido quedo al echarse hacia atrás en la silla para mirarle debajo de la falda. Cuando sus ojos se posaron en el sexo hinchado de Emma y permanecieron allí, Emma se mojó todavía más, Regina alargó la mano y le pasó la yema del dedo por la suave piel de la parte interior de la rodilla.
Justo cuando subía y se acercaba peligrosamente a la raja de Emma, se oyó un golpe sordo al otro lado de la puerta y Emma cerró las piernas automáticamente.
—Traen papel para las impresoras. —le explicó Regina. —Hay un cuarto de material al lado del despacho.
Emma soltó una risita nerviosa, bajó de la mesa y fue a la puerta.
—Esta es la razón por la que el tipo que inventó las cerraduras, inventó las… cerraduras.
—Un genio, sin duda. —repuso Regina con una sonrisa perezosa. Entonces se detuvo, al darse cuenta de lo que estaba pasando. —Espera… ¿aquí?
Emma le dedicó una amplia sonrisa, echó el pestillo y volvió con Regina.
«Supongo que no llegué a especificarle que me la quería follar encima de su mesa.»
Se puso de rodillas en la moqueta y giró la silla de Regina.
Le desabrochó los pantalones, le bajó la cremallera y sonrió, traviesa.
—Dime que nunca te habías imaginado algo así.
—¿En mi despacho?
—Dime que no lo has hecho.
Emma le metió la mano en los pantalones, le sacó el dildo que llevaba atado a la cintura y lo colocó en posición erecta mientras se relamía.
—Pero no te creeré.
—Sí que me lo había imaginado.
Regina gimió desde el fondo de la garganta cuando Emma se inclinó y se metió la punta del dildo en la boca, para lamerlo con fruición.
—Muchas veces.
Emma se lo metió entero. Justo como había esperado, en aquella ocasión iba a poner en práctica una fantasía mutua. Movió la cabeza arriba y abajo, exprimiendo el dildo en toda su longitud con los labios. Le encantaba provocar a Regina de aquella manera. Por mucho que fuera todo mental, a juzgar por el modo en que Regina agitaba las caderas debajo de ella y cómo le pasaba los dedos por el pelo, aquello la estaba poniendo de lo más cachonda.
—Oh, sí, cariño. —gruñó Regina, casi en un suspiro.
Emma no cesó en sus atenciones y le rodeó los muslos con los brazos. La mano de Regina permaneció firmemente asida a su cabello, sin forzarla a moverse pero sin dejar que se alejara demasiado o se distrajera de su tarea.
En ese momento sonó el teléfono.
—Joder. —Regina se dejó caer sobre el respaldo de la silla con un suspiro de decepción. —Mierda.
Emma soltó el dildo con un sonidito húmedo.
—Contesta. —murmuró, y después le dio un lametón perezoso al juguete. —No te preocupes por mí.
El teléfono continuó sonando.
—No puedo contestar así. —siseó Regina. Emma agarró la base del dildo con el puño y le pasó la lengua de arriba abajo. Regina respingó. —De ninguna manera voy a sonar normal mientras tú…
—Lo harás bien. —la tranquilizó Emma, mientras masturbaba el juguete y levantaba la mirada hacia Regina con una sonrisa juguetona. —Eres una profesional.
Se volvió a meter el dildo en la boca, sin despegar los ojos de su amante, que no podía sino jadear. Regina descolgó el teléfono y saludó a su interlocutor con fría autoridad. Nada en su actitud denotó lo que estaba recibiendo de la mujer que había de rodillas detrás de su mesa. A Emma le gustó verla mientras hablaba de trabajo con alguien que, a juzgar por la conversación, debía de ser un cliente. Su cara lo decía todo: el reto de mantener la compostura le había encendido la mirada y tenía los ojos ardientes fijos en Emma. Emma tuvo que echar mano de todo su autocontrol para no dejar escapar un gemido al notar el olor almizcleño del deseo de Regina cerca de la nariz. Aspiró profundamente y chupó y lamió el dildo como si Regina pudiera notar cada una de las caricias de su lengua y la succión de sus labios. Le hundió los dedos en la parte trasera de los muslos, en claro reflejo de su necesidad. Supo que Regina lo había captado cuando empezó a mover la mano sobre su cabello, para guiar sus movimientos. Las dos se miraron a los ojos y Emma se la metió lo más hondo que pudo. Regina tensó los muslos bajo los brazos de su compañera.
—Gracias, Wayne. Nos vemos el lunes, a las diez en punto. —Hizo una pausa y soltó una suave carcajada. —Cuenta con ello, adiós.
Soltó el auricular del teléfono sobre su soporte y agarró a Emma del pelo con fuerza, hasta que esta alzó la cabeza y soltó el dildo que llevaba en la boca.
—¿Todo bien? —le preguntó con un brillo malicioso en los ojos. —¿La llamada ha ido bien?
—Serás desvergonzada… Siéntate encima de mí, anda.
Emma se levantó y montó a horcajadas de Regina; se subió la falda, de manera que el dildo se posicionara entre los resbaladizos labios de su sexo y le dijo al oído:
—¿Va a follarme en su despacho, señorita Mills?
Regina le metió las manos debajo de la falda y le agarró las nalgas desnudas, para atraerla hacia el juguete erecto que tenía entre las piernas. Entonces empezó a mover las caderas adelante y atrás en un ritmo lento.
—A lo mejor sí. —musitó.
—¿Seguro? —Emma le hundió el rostro entre los pechos, para que no la viera sonreír. —Antes me ha parecido que no estabas muy convencida.
Regina alargó la mano con desesperación, y Emma notó cómo le colocaba el dildo en su húmedo agujero.
—Lo haremos rápido. —murmuró Regina. —Y luego saldremos.
Emma sonrió de oreja a oreja. Había sido pan comido convencer a Regina de que se dejara de inhibiciones. Oh, sí, definitivamente había fantaseado con algo así antes. Le pasó la lengua por el lóbulo de la oreja y jadeó.
—Fólleme, señorita Mills. Por favor.
La punta del dildo la penetró; Emma lo encajó despacio, sin dejar de mirar a Regina mientras esta la llenaba.
—¿Así?
Emma asintió con un respingo.
—Sí.
Se agarró del respaldo de la silla por encima de los hombros de Regina y movió las caderas.
—Es perfecto.
Regina le acarició el clítoris excitado con los dedos, en suaves círculos.
—Muévete para mí, cariño. —Echó un vistazo a la puerta, detrás de Emma. —Y no hagas ruido.
Emma asintió con solemnidad y empezó a montar el dildo que tenía metido en el coño. Aquella extraordinaria sensación de plenitud hizo que las caderas le temblaran de placer. Las caricias de Regina, tan atentas e intencionadas sobre su centro lubricado, le daban ganas de gritar. Se echó hacia delante y le comió la boca a Regina para resistir el impulso.
Regina empezó a mover los dedos más rápido, deslizándoselos con presteza sobre la parte superior del clítoris. Sin separar los labios de los de su amante, Emma se movió contra el cuerpo de Regina con fuerza, en busca del clímax. Estaba ya muy cerca y era como si todo contribuyera a excitarla aún más: tener que guardar silencio, notar el borde de la mesa en la espalda mientras se movía, saber que lo único que las separaba de una sala repleta de gente era la puerta cerrada del despacho…
Regina rompió el beso con un gruñido sordo.
—Córrete para mí, cariño.
Emma asintió. Temía que si abría la boca no podría contener un grito de júbilo. Se empaló en el dildo hasta el fondo y jadeó, entre dientes. Las caderas le temblaban a medida que el éxtasis llegaba a su punto más álgido. Notó que Regina le estrujaba una nalga y la embestía con el dildo una y otra vez, hasta obligarla a tomar toda su longitud.
Emma echó la cabeza hacia atrás, abrió la boca y se corrió con un grito silencioso dirigido al techo. El orgasmo la recorrió como una intensa sacudida que le llegó hasta los mismísimos huesos.
—Ha sido rápido. —murmuró Regina, con una nota de orgullo en la voz.
Emma alargó la mano y le dio un par de palmadas en la espalda.
—Ya te doy yo las palmaditas, así no tienes que dártelas tú.
Regina soltó una carcajada y después susurró:
—Tenía la esperanza de que te ofrecieras a tocarme la bocina, para no tener que hacerlo yo y tal.
Emma sonrió.
—Algo se podrá hacer.
—¿Quieres salir de aquí?
—Desesperadamente.
Emma se levantó y se apoyó en los hombros de Regina, pues las piernas le temblaron al sacarse el dildo. Cuando miró hacia abajo, respingó.
—Ay, cariño. Lo siento mucho.
Regina siguió su mirada y se puso como un tomate al descubrir la mancha que le había quedado en la parte delantera de los pantalones.
—Dios mío, esto no lo había tenido en cuenta.
Emma no pudo evitar que se le escapara una risita ahogada.
—Yo tampoco. Cariño, de verdad, lo siento.
Regina negó con la cabeza. Se había puesto todavía más roja.
—Creo que técnicamente es culpa mía.
Se levantó y volvió a meterse el dildo en los pantalones.
Cuando se lo tuvo bien colocado, se subió la cremallera, se puso la chaqueta y se la abrochó. Esperanzada, se miró los muslos, pero frunció el ceño al descubrir que la mancha todavía se veía un poco.
—Genial.
—Casi no se nota. —le dijo Emma. Se alisó la falda con las dos manos para arreglar su propia apariencia. —Nadie se dará cuenta.
—Ya te digo yo que nadie se va a dar cuenta. —afirmó Regina, mientras cogía las llaves del coche de la mesita del rincón. —Porque vas a caminar delante de mí.
—Es lo menos que puedo hacer. —estuvo de acuerdo Emma. —Tú actúa con naturalidad.
—Con naturalidad, claro. —Regina se llevó los dedos a la nariz y aspiró. —No hay problema.
Cuando por fin llegaron al ascensor, Emma se sentía como si hubiera corrido una maratón y Regina sonreía como una imbécil. Fue esta la que pulsó el botón para bajar y luego le acercó los labios al oído.
—No sé por qué, pero esto me ha puesto supercachonda.
A Emma volvieron a temblarle las rodillas y se dio la vuelta para lamerle a Regina el lóbulo de la oreja.
—A mí también. Quiero ponerme el strap-on y follarte hasta que te corras.
Ding.
Emma subió al ascensor en cuanto se abrieron las puertas. Entonces se volvió e hizo una inclinación de cabeza.
—¿Bajas? —le preguntó.
Vio cómo Regina tragaba saliva y asentía.
—Si tengo suerte.
Cuando Regina entró y las puertas se cerraron, Emma se dio media vuelta y le dirigió una mirada juguetona.
—¿Sabes? Podría apretar el botón de parada de emergencia…
—Ni se te ocurra.
Regina enlazó las manos sobre la mancha húmeda de sus pantalones.
—No estoy dispuesta a volver a comprarle a Leroy otra cinta de la cámara de vigilancia.
—Es que me ha entrado un poco de nostalgia. —dijo Emma, dando una patadita en el suelo con la punta del zapato. —¿Sabes? La verdad es que hiciste realidad una de mis fantasías la noche que nos conocimos: que me follaran en un ascensor.
—Y tú hiciste realidad una de las mías. —le dijo Regina, cogiéndole la mano. —Conocer a una mujer preciosa y enamorarme.
Emma pestañeó; por un momento fue incapaz de articular una respuesta coherente. En algún momento, sin que se diera cuenta, Regina se había convertido en una amante muy expresiva. Con los ojos llenos de lágrimas, susurró.
—De las mías también.
Cuando salieron del ascensor y atravesaron el vestíbulo, Leroy asomó la cabeza y les guiñó el ojo, como si compartieran un secreto. Regina le dedicó una inclinación de cabeza al pasar por delante de la recepción principal.
—Hasta la próxima, Leroy.
Cada vez que Emma lo veía, no podía evitar preguntarse si había visto la cinta antes de entregársela. Sin embargo, no quería darle demasiadas vueltas. Esperó a que estuvieran fuera para volver a hablar.
—Una actuación brillante, mi amor. Todo ha sido absolutamente perfecto.
Con las manos entrelazadas, Regina esbozó una sonrisa radiante.
—A mí también me lo ha parecido.
Se arrimó a Emma y le dio un caderazo cariñoso.
—¿Y ahora qué viene, querida?
—El Hilton. En seis minutos si conduces tú; en cuatro si conduzco yo.
Regina le pasó las llaves.
—Vamos.
Tardaron exactamente tres minutos y cincuenta y cinco segundos en llegar al Hilton, en donde Emma había reservado habitación aquella mañana. Como ya se había registrado, guió a Regina hacia las escaleras de servicio, en lugar de pasar por el vestíbulo.
—Una amiga mía trabaja aquí. —explicó cuando Regina la miró interrogativamente. —Conozco otra manera de subir.
Subieron medio tramo de escaleras y fueron a parar a un pasillo corto y desierto. Emma la condujo a un enorme ascensor industrial de color gris al final del corredor y pulsó el botón cuadrado de la pared. Cuando las puertas se abrieron, descubrieron una cabina espaciosa y vacía con un riel de metal en la pared del fondo.
—Montacargas. —aclaró.
A Regina se le dilataron las aletas de la nariz.
—¿Y para qué quieres coger el montacargas?
Emma la agarró de la pechera y la metió en el ascensor.
—Porque no hay cámaras.
—¿Estás segura? —le preguntó Regina, mientras echaba un vistazo circular con suspicacia.
—Lo sé de buena tinta. —afirmó Emma. Se lo agradeció en silencio a Ruby, una ex compañera del club que trabajaba en las cocinas del hotel. —He llamado esta mañana para asegurarme, confía en mí.
—Siempre.
Emma pulsó el botón de parada de emergencia en cuanto empezaron a subir. Puso a Regina contra la pared, con la espalda contra el frío metal, y la besó con toda su alma. Regina le enredó la mano en el cabello y retuvo a Emma contra su boca para devolverle el beso con idéntica pasión.
—Quiero el strap-on. —murmuró Emma en sus labios.
—¿Otra vez, cariño? —preguntó Regina, mientras le cubría de besos el camino de los labios a la garganta. —Eres insaciable.
Emma dejó caer las manos sobre los pantalones de Regina, se los desabrochó y le bajó la cremallera con dedos temblorosos.
—No. Digo que lo quiero. Quiero llevarlo y quiero follarte con él.
Regina la ayudó a quitarle la ropa de inmediato y se bajó los pantalones hasta los tobillos.
—Por supuesto, lo que tú quieras.
—Recuérdalo, cielo, para el futuro.
Regina esbozó una sonrisa lánguida mientras Emma le quitaba la correa.
—Pero, doctora Swan, me da la impresión de que se está usted aprovechando de mí en un momento de debilidad.
—Y a mí me da la impresión de que te encanta. —replicó Emma. Se subió la falda para abrocharse el arnés alrededor de las caderas. —He reservado habitación para esta noche, ¿sabes? —Le dedicó una sonrisa agradecida a Regina cuando esta la ayudó a abrocharse uno de los lados. —¿Qué te parece si nos vemos aquí cuando salgas hoy de trabajar?
El dildo ya le sobresalía entre los muslos y se le insinuaba en la parte de delante de la falda. Emma se ajustó las correas.
—No se me ocurre mejor manera de empezar el fin de semana. Emma sonrió lentamente mientras acababa de asegurar el otro lado del arnés.
—Técnicamente, —dijo, cogiendo a Regina del brazo. —mi fin de semana ha empezado ya. Y no se me ocurre mejor manera de animarlo.
Regina se estremeció.
—¿Cómo quieres que me ponga?
«De cualquier manera en que me dejes tenerte.»
Emma la miró libidinosamente y arrancó una risita poco habitual en Regina.
—Es que hay tantas opciones…
—Estoy segura de que tienes alguna idea específica en mente.
Algo en la inflexión de la voz de Regina hizo que a Emma se le encogiera el estómago y una sensación de deseo ardiente se instaló entre sus piernas. Colocó a Regina de cara a la pared del fondo, contra el riel de metal.
—Aguántate con una mano, tócate con la otra e inclínate para que vea tu sexo.
Regina gruñó ante la cruda petición. Con los pantalones alrededor de un tobillo, se abrió de piernas y se dobló por la cintura. Agarrada al riel con la mano izquierda, vaciló solo un instante antes de meterse la otra entre los muslos.
—¿Así?
Emma gimió y estrujó las suaves nalgas de Regina con las dos manos para abrirla bien y descubrir los relucientes pliegues rosados y los labios internos hinchados, abiertos y tentadores.
—Quieres que te folle, ¿verdad?
—Sí. —respondió Regina, mientras se masturbaba bajo la atenta mirada de Emma. La humedad le resbalaba ya por la cara interior de los muslos. —Emma, por favor.
Emma dejó escapar un gemido ante la imagen de su amante ofreciéndose a ella por completo. Agarró la base del dildo que llevaba puesto, se puso de puntillas y le frotó la punta sobre su sexo; luego, se agachó un poco, en busca del mejor ángulo para penetrarla. La postura era un poco extraña e incómoda, pero Emma no se desanimó. Era una fantasía, maldita sea, y estaba empeñada en lograr que funcionara.
Regina pareció intuir lo que necesitaba, abrió más las piernas y arqueó la espalda. La punta del dildo resbaló sobre los labios de su sexo y se posicionó en su agujero. Emma sonrió, triunfante, y le dio a Regina un suave apretón en el hombro.
—¿Estás lista, mi amor?
Regina se arrimó todo lo que pudo al juguete.
—Deja de jugar conmigo.
Emma le frotó el dildo por el sexo excitado.
—No estoy segura de que en estos momentos esté usted en posición de dar órdenes, señorita Mills. —le dijo, mientras la embestía con la punta del juguete. —¿Usted qué dice?
Regina volvió a empujar hacia atrás, pero Emma retrocedió también y no dejó que el dildo se le metiera más hondo. Tras un momento de vacilación, Regina suspiró, frustrada.
—No. —murmuró.
—¿No qué?
—No, no estoy en posición de dar órdenes. —farfulló Regina.
Emma se sonrió, en silencio. Era embriagador ser testigo de cómo su amante, una mujer segura y controlada, que no perdía nunca la compostura salvo cuando estaba con ella, se volvía lasciva y apremiante y estaba dispuesta a rendirse sin reparos. Le deslizó la mano por encima del hombro y se la puso en la nuca antes de susurrarle:
—Eso no te pasa muy a menudo, ¿eh?
Regina se estremeció.
—No.
—Y te gusta.
Emma agarró el dildo con el puño y lo volteó para abrir a Regina con un movimiento circular lento.
—¿Verdad que sí?
—Sí. —siseó Regina.
—Pídemelo. —le ordenó Emma, incapaz de desaprovechar la ocasión de llevar a cabo otra fantasía: la necesidad de someter a Regina. —Y no te corras hasta que esté dentro de ti.
—Fóllame. —rogó Regina sin titubear. Había dejado la mano casi quieta. —Por favor, date prisa. —Rió y añadió—: Antes de que alguien se dé cuenta que el montacargas está parado.
Emma la penetró con cuidado, sin despegar los ojos de la superficie de silicona que desaparecía en el interior de Regina. Escuchó sus jadeos y notó que arqueaba aún más la pálida espalda.
—¿No quieres que nos encuentren aquí? —preguntó. —¿Quieres que te folle rápido para que nadie sepa que a mi superejecutiva le gusta que la pongan contra la pared y se la follen?
Regina dejó escapar un gemido explosivo.
—Joder, Emma, por favor. Me voy a correr. —avisó. De nuevo, movía la mano con frenesí. —Quiero sentir cómo te mueves dentro de mí.
—Vuelve a decir «por favor».
—Por favor, Emma, por favor.
Emma marcó un ritmo firme y enloquecedor con las caderas. Tenía las manos en las nalgas de su amante para inmovilizarla mientras la embestía con el juguete y no apartaba la mirada del punto en donde las dos se conectaban. Los muslos le temblaban de puro deseo.
—¿Vas a correrte para mí? —respingó, y le dio a Regina con más fuerza, a sabiendas de que su compañera estaba muy cerca del clímax. —Córrete, nena. Vamos.
Regina emitió un quejido lastimero, se tensó y se empaló en el dildo unas pocas veces más antes de echar la cabeza hacia atrás y jadear de placer. Emma contempló a Regina frotarse la entrepierna con fuerza para alargar su orgasmo de manera instintiva, sin pensar. Era tan hermoso que a Emma le dio vueltas la cabeza.
—Para. —respingó Regina al cabo de unos instantes.
Alargó la mano mojada para agarrarle la cadera a Emma de manera férrea. —Por favor, no más. Emma se detuvo después de hundirle el dildo hasta el fondo una última vez. Con una nalga en cada mano, mantuvo a Regina contra su propio cuerpo. En lugar de respirar, dejaba escapar pequeños resoplidos ahogados.
—Ha sido maravilloso. —murmuró tras un momento de silencio compartido.
Emma se retiró despacio y ayudó a Regina a erguirse. Le rodeó la cintura con los brazos y le cogió los pechos con delicadeza.
—Cariño, qué buena estás.
Regina se dio la vuelta entre sus brazos y la abrazó con fuerza.
—Gracias, es porque estoy contigo.
Emma la besó larga y profundamente.
—Vamos un rato a la habitación antes de que te vayas a trabajar.
—¿Crees que nos dará tiempo? —dudó Regina, mientras echaba un vistazo a su reloj de pulsera.
—Haremos tiempo. —le sonrió Emma.
Se vistieron en silencio y Emma le dio el dildo a Regina para que lo escondiera el resto del trayecto hasta la novena planta. No tenía intención de pasearse por el hotel con aquella cosa sobresaliéndole de la falda. Regina llevaba una chaqueta de manga larga y escondieron el juguete en la manga izquierda. Emma se quedó con la correa puesta.
—Esto me ha traído buenos recuerdos. —comentó, mirando a Regina de reojo cuando el ascensor empezó a moverse. —Ha sido el broche de oro para nuestro juego de las fantasías.
—¿Quién ha dicho que se haya acabado? —preguntó Regina, y atrajo a Emma por la cintura. —Yo tengo la intención de llevar a la práctica tus fantasías durante mucho tiempo.
Emma se puso de puntillas y la besó en la sien.
—Tendrás que contarme alguna de las tuyas.
—Cuenta con ello.
Su habitación estaba al final del pasillo y se apresuraron a entrar. Emma cerró la habitación e inmovilizó a Regina contra la puerta para darle un fogoso beso. Regina prácticamente le arrancó la falda, le desabrochó el arnés con manos impacientes y lo tiró al suelo. Entonces le quitó la camiseta por la cabeza y la dejó caer también. Un segundo después, le había quitado el sujetador y lo había tirado a su vez. Ella seguía completamente vestida. Le besó la oreja.
—Tengo que volver a la oficina muy pronto. —murmuró. —Pero antes quiero comerte. Quiero saborearte y seguir notando tu esencia en los labios durante el resto del día.
Emma le rodeó el cuello con el brazo.
—Sí.
En un movimiento que la dejó completamente perpleja,
Regina la cogió en brazos y la llevó a la cama. Cuando la dejó encima, se puso de rodillas en la moqueta.
—Esto es mucho más divertido que la propuesta en la que estaba trabajando.
—Has cambiado mucho, nena.
—He tenido una buena maestra.
Regina le abrió los muslos con la palma de la mano y luego le deslizó la otra bajo el trasero y la acercó al borde del colchón.
—Tienes una pinta deliciosa, cariño. Estás muy mojada y hueles tan bien…
Los ojos verdes de Emma relampaguearon.
—Es hora de que dejes de hablar y uses la boca para otra cosa.
Regina frunció los labios y se puso a silbar.
—Listilla. —le dijo Emma. La agarró del pelo y la obligó a meter la cara entre sus muslos. —Chupa, no silbes.
Regina hundió la nariz en el pliegue entre la cadera y el muslo de Emma y le lamió la piel húmeda. Murmuró y la placentera sensación de vibración le llegó a Emma hasta las entrañas.
—Me encanta cómo sabe tu piel. —musitó.
Emma se llevó los dedos al sexo, a pocos centímetros de donde Regina tenía la boca, y se frotó los labios de su sexo lentamente.
—Aquí sabe mucho mejor. —le dijo.
Regina levantó la mirada.
—¿De verdad?
Emma asintió y se frotó el clítoris con la yema de los dedos para provocar a Regina. Después se llevó los dedos a la boca y, con los ojos cerrados, saboreó su propia esencia.
—De verdad de la buena.
—Supongo que tendré que probarlo yo misma. —le dijo Regina.
Abrió a Emma con los dedos y agachó la cabeza para darle un largo lametón por toda la longitud de su sexo.
—Tienes razón. —aspiró.
Volvió a hundirse en la humedad de Emma y ya no volvió a emerger. Emma cerró los ojos y se concentró en disfrutar de la lengua mágica de Regina. La comía como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Lo único que tenía en mente era darle placer, y el sentimiento lánguido de decadencia que le despertó la sensación la derritió por entero. El cabello de Regina era suave y sedoso bajo su mano crispada y su rostro era cálido entre sus pliegues. Emma gimió y curvó los dedos de los pies. Aquellos dos minutos preciosos la habían llevado al borde del orgasmo.
—Qué bien lo haces.
—¿Demasiado buena? —preguntó Regina, alzando la cabeza con una sonrisa traviesa. —¿Es eso posible?
—Lo es cuando lo único que quiero es alargar la sensación, pero tú estás a punto de hacer que vuelva a correrme. Ahora mismo.
—¿Quieres que pare? —le preguntó Regina, sentándose sobre los talones.
Emma se semi incorporó sobre los codos y negó con la cabeza rotundamente. Notaba el aire fresco sobre su clítoris expuesto y el sexo le palpitaba en ausencia de las caricias de Regina.
—No, solo decía que…
—¿Quieres que sea menos buena? —le preguntó Regina.
Volvió a acercarle los labios y la lamió de manera caótica y desordenada. —¿Así?
Arriba y abajo, de lado a lado, sin quedarse en el mismo punto lo suficiente para inducirle el orgasmo, pero sin dejar de explorar cada centímetro de cada pliegue. Emma agitó las caderas en un esfuerzo desesperado por conducir la lengua de Regina a las zonas que más le gustaban. Notó cómo el filo del placer se desvanecía y quedaba amortiguado, mientras el fuego se acumulaba en su bajo vientre. Aquello no la excitaba menos, en absoluto; tan solo postergaba el final.
—Espera. —respingó Emma. —Por favor.
—¿Quieres que pare del todo? —Regina se apartó, como si se retirara. —Lo confieso, me sorprende. Pero si no quieres que…
Emma movió la cabeza sobre la almohada, mareada y algo frustrada.
—No. No, no pares.
—¿Entonces qué quieres? —le preguntó Regina en voz baja y autoritaria. —Dime qué quieres y lo haré. Haré cualquier cosa por ti.
Emma tuvo un momento de indecisión. Por una parte deseaba alargar aquello y por otra correrse como nunca en aquel preciso instante. Estaba tan mojada, hinchada y pesada... Además, los primeros remolinos del orgasmo se insinuaban ya en el fondo de sus entrañas.
«Podría pedirle que me hiciera correrme ahora y luego intentar alargarlo cuando vuelva del trabajo.»
Emma tragó saliva.
—Haz que me corra. Ahora.
Regina asintió y le metió las manos entre los muslos para abrirla de piernas completamente. Tenía el sexo reluciente de humedad y, bajo la mirada de Regina, su entrada se contrajo como si se anticipara al orgasmo.
Emma tuvo que cerrar los ojos, porque la expresión de intenso y sincero deseo en el rostro de Regina antes de volver a comérselo la emocionó muchísimo. Cuando se corrió, dejó escapar un grito de placer y aflicción. Fue un clímax agridulce, intenso, que hizo que le diera vueltas la cabeza pero también se desvaneció al cabo de unos segundos. En el momento en que los espasmos empezaron a remitir, deseó volver a estar al borde del éxtasis.
Regina se le puso encima y la besó profundamente para compartir el sabor almizcleño de Emma en sus labios. Después la abrazó con ternura y acunó su cuerpo desnudo. Ella continuaba vestida.
—Odio decirlo, —le susurró cuando la respiración de Emma se normalizó un poco. —pero debería irme. Cuanto antes lo haga, antes podré volver contigo.
Emma se las arregló para asentir, aunque con cierta reticencia.
—Ya lo sé.
Rodeó a Regina con sus brazos y la besó en la mejilla.
—Te echaré de menos.
—Yo también te echaré de menos. —farfulló Regina.
Se le había puesto un nudo en la garganta; aquellas palabras le habían salido del corazón.
Emma notó que le pasaba los dedos por los labios de su sexo con delicadeza, cerca de su agujero. Después, Regina se llevó la mano a la nariz y aspiró profundamente.
—Aunque ahora tengo algo para recordarte hasta la noche.
Emma se sonrojó, porque era un gesto de lo más erótico.
—No tardes. Te quiero.
—Yo también te quiero.
Regina la dejó con un último beso y una sonrisa de pura adoración.
—Siempre.
Y al final era cómo decía el título! Qué les pareció?
Estuve a punto de cambiar una escena (esa donde están en la oficina y Regina habla por teléfono) porque no me gusta mucho aquella práctica, pero después pensé que capaz a ustedes si! y además, nunca había cambiado ninguna escena porque la realidad es que no es mi historia así que bueno, la dejé así jajajaja como me gusta divagar en estas notas.
Espero que les haya gustado el capítulo!
