Advertencia: violencia gráfica y menciones a abuso sexual.
Capítulo 21. Hasta que se rompa.
No había sido el cañonazo lo que asustó tanto a Lanna Peters hasta hacerle apretar los dientes por el miedo, ni siquiera cuando, varias horas después de haberse ido Miles, solo el silencio respondía a su llamada. Tampoco le asustó que, en el momento del sonido del himno, un pájaro, probablemente un charlajo porque había oído de ellos, llegara hasta su cueva y, con la voz de Hefestus Fein, le dijera los nombres de Nayerly Reyne y de su aliado muerto. obvio que lloró, menos de lo que la gente habría supuesto porque su corazón es más frío de lo que cualquiera se haría a la idea, pero aún así lloró. Miles Near era un buen chico y sobre todo, Lanna valoraba –y todavía valora– su vida, y él había sido su pasaporte a llegar lejos.
Aprieta los dientes de miedo y ansiedad cuando sale de la cueva que fuese su refugio, el tercer día de juegos. Los aprieta porque no tiene ni la más pálida idea de adónde ir, qué hacer, cómo conseguir comida. Su distrito es una ciudad, está acostumbrada al sonido de las fábricas y hasta se puede mover sola por él, hacia los lugares conocidos –la escuela, el trabajo, la casa de sus amigas–, pero en aquel desierto frío no tiene ni idea de por dónde fue y cómo volver al bosque del que Miles y ella habían huido. Sabe que hay abetos que golpean porque ella misma había recibido un buen golpe, pero su localización le es ajena y ni siquiera hacen ruido como para advertirlos. El viento es tan fuerte que sacude su cabello castaño, y al menos haciendo ruidos con la lengua o con su vara podría guiarse un poco, pero ni punto de comparación con las oportunidades del resto, aquello es evidente.
Tiene frío, pero se mueve, porque así al menos no morirá de hambre en la cueva en la que fue abandonada. Se niega a ser descartada todavía, tiene a su hermana, su madre, su casa y su vida. No pretende dejar que los juegos del hambre se la arrebaten, aunque lo tenga todo en contra. Tiene que sobrevivir.
Los cuatro profesionales, en ropa de invierno, llevan paseándose por el sector del hielo desde el amanecer. El día anterior habían peinado la zona del bosque y encontraron poco, además de un jabalí medio agonizante con tantos batacazos como hojas hay en los árboles y huellas de alguien, no había mucho más. Fue Connor quien se tomó como empresa personal recorrer el hielo, le parecía evidente que debía haber tributos allí, la cuestión era encontrarlos y eliminarlos.
–Y Alabaster… esa rata –había murmurado con su voz nasal acostumbrada teñida de desprecio, los ojos marrones le chispeaban de odio puro.
–Preferiría que me lo dejes –Mikah, sonriendo, se toca sus cuchillos que lleva en bandolera–: tengo un tratamiento especial para ese chico en cuestión.
Mikah y él son muy distintos, piensa Connor, recordando aquello, pero ambos tienen el apego a la alianza en común, al menos. Eso le alegra, pues Alexander es volátil y Dahlia en extremo orgullosa, de hecho es seguro que ese orgullo les terminará pasando factura. Mikah, aunque parece despiadada cuando se pone en ese plan, también asemeja valorar la unidad de la alianza y como él, no tolerar la traición tan pronto en los juegos. Eso le gusta. Igual podría dejar un trocito del malnacido de Faraday para los cuchillos de su compañera.
No… en realidad no, se dice, molesto. sería incapaz de matarlo de una forma tortuosa, eso cree en aquel momento, mientras cazan tributos o lo intentan, porque parece que lo único que pillarán será un buen resfriado considerando lo desierto que está todo. Nuevamente siguen sin tener demasiada suerte, y el día anterior sólo propiciaron una muerte a la mañana. Como les apareciera un muto pingüino, se rajaba el estómago con la espada, ha dicho.
–Tengo la nariz fría –se queja Alexander, frotándosela con la mano izquierda–: siento que respiro puro hielo.
–Yo siento fríos los dedos –Mikah opina, agitándolos algo para desentumecerlos–: y los pies. Madre mía, cómo me duelen los pies…
–en mi caso, las mejillas se me están escarchando –Dahlia intenta sonreír, pero se ve que le cuesta, en parte por su carácter reservado y también por tener la cara rígida por el frío.
–Ninguno joda… yo tengo carámbanos en la calva. ¿alguien me presta su gorra?
Dahlia Fey, con una risa, saca la gorra de su chaqueta y se la tiende. Connor, más que agradecido, se la cala hasta las orejas y siente la delicia del calor subiendo la temperatura de sus ideas. Suspira de alivio y el resto de la alianza sonríe, la tensión de no encontrar nada por fin aligerada, aunque por poco. Es desesperante, piensa, casi parecen un grupo de excursionistas y no los profesionales que son
–Opino que nos separemos –dice Mikah, por enésima vez–: pongamos un punto de encuentro, Alexander y yo por un lado y ustedes por otro.
Los ojos verdes de la chica, parecen urgentes. Connor se había resistido a la idea de separación el día anterior y se resiste todavía, pero han pasado horas sin encontrar nada, y tal vez cubran más terreno separados. Todos están de acuerdo con Mikah, hasta Dahlia, que no opina a no ser que sea de importancia. Tiene que ceder, aunque no le guste.
Teme a Alabaster Faraday, por supuesto, más si se ha hecho con un arco porque de ser así, cualquiera de ellos estaría perdido. Aún no descarta que la alianza repugnante esa que quiso hacerles frente cuente con ese en concreto en sus filas, ellos pueden ser bastante desdeñables, muertos de hambre y poca cosa, además de minados, pero con un profesional la cosa cambia. Teme por sus compañeros más que por él mismo, aún así... la alianza, piensa, enojado con la resolución que piensa tomar, pero tampoco quiere pasearse todo el día como el anterior, soportando el extremo frío y con la cantinela de por favor separémonos a cada tanto.
–De acuerdo. Al anochecer en la cornucopia, ¿Vale? Si no llegan, asumiré que han muerto y si los veo más adelante, es que se han convertido en fantasmas –dice, seriamente–: vamos, Dahlia.
La chica asiente, despidiéndose de sus aliados con un gesto de cabeza, el rostro serio y la espada atada al cinto. Lo mismo hacen los otros dos, dispuestos, como ellos, a ir de caza. A saber qué encuentran en aquel sitio tan frío, Connor espera que algo más que un catarro por el viento o un golpe de abeto.
De haberla encontrado Connor Edgeworth y Dahlia Fey, o incluso Alabaster Faraday y Sunny Tyson, Lanna Peters hubiese recibido una muerte bastante más piadosa de la que tuvo. Por desgracia, no es así.
–Hola –La saluda Mikah, parándose frente a ella. está sola, Alexander la espera un poco más allá porque es demasiado ruidoso, parece como si golpeara el suelo en lugar de caminar. Mikah puede pasar más desapercibida.
La chica ciega tiene una vara en la mano, y golpea hacia delante con bastante más agilidad de la que le habría agenciado cualquiera, sin responder. Mikah da un par de pasos hacia atrás, sin embargo el bastón de madera le roza el brazo. Gruñe, enfadada. Odia que le peguen, lo odia mucho mucho.
–Eres una profesional –dice, con miedo pero también con valor.
Mikah tiene tiempo de preguntarse cómo demonios es que lo sabe, no es que lo tuviera escrito en la cara o algo, cuando Alexander, que viene por detrás, la aferra en un abrazo de oso, atrapándole los brazos junto al resto de su delgado talle. La chica ciega se debate contra él, enojada, araña como una fiera y le muerde el antebrazo a su aliado rubio, pero él le da un tremendo puñetazo con su poderosísima mano derecha, que le arranca de cuajo dos dientes. la chica del 8 grita, dolorida, escupiendo sangre y sus dientes destrozados. También tiene destrozado el labio, que comienza a hinchársele ante el tremendo impacto. Alexander la sigue sosteniendo, con la espalda bien pegada a su cuerpo, los brazos juntos y la respiración acelerada.
–Bravo, me dio en el hombro –Mikah suspira, en un puchero, mientras ve que la chica intenta pisarle los pies a Alexander. Él la apega más contra su cuerpo, frotándole la erección contra la espalda. Mikah sabe lo que le está pasando, conoce bien esa reacción en cierto tipo de hombres.
La chica ha comenzado a llorar, la boca seguro le debe doler horriblemente. Mejor se lo hubiese pensado antes de atacarla, piensa Mikah con rencor. Podría haberle dado una mejor muerte, pero ahora que se joda. Está segurísima, al menos, que Alexander la va a joder pero que muy bien, y ella piensa sentarse a mirar.
–Mikah –Alex sonríe–: se me ha ocurrido que podría divertirme algo con ella.
Son las palabras que ella estaba esperando. Sonríe, asintiendo complacida, acercándosele más. Casi da saltitos de alegría, solo le enturbia un poco pensar en que Connor y Dahlia se estén perdiendo la diversión, pero en fin, ella se divertirá por ambos.
–Puedo enseñarte a dislocar las articulaciones de los dedos –se ofrece ella, suspirando–: tenemos dos manos y dos pies para practicar.
Lo hacen. Lanna intenta morder, grita, llora y patea, hasta que Alexander le da otro puñetazo, al menos para que deje de moverse. La primera mano la disloca ella, adora el sonido de los huesos al salirse, crujientes, deliciosos, especialmente cuando son acompañados de un gemido de dolor. Lo había oído solo en vídeos y cuando le rompió la muñeca a la rubita del 12, esa estúpida con cara de mosca muerta que parecía tener inquina a los profesionales. La otra mano la disloca Alexander, aprende rápido y encima es más brutal, eso le gusta. Habría valido perfectamente para profesional, de hecho, el chico le cae bastante bien, especialmente porque se le ocurren frases ingeniosas para decirle a la provinciana esa mientras le pega en la cara, le disloca el dedo meñique de la mano izquierda o simplemente está.
Mikah le muestra cómo dislocar muñecas, codos y hombros, aunque esa es su parte favorita así que lleva a cabo ambos brazos. ella está llorando, suplicándole que paren, por favor, por favor paren, pero ninguno le hace caso, es demasiado divertido y solo podrán hacerlo una vez en la vida sin repercusiones, ahora que están aquí, más adelante cualquiera de los dos que haya vencido no tendrá cómo hacerlo. Los gritos seguramente se estén oyendo hasta el desierto, piensa ella con una sonrisa, pero mira hacia todos lados para que no los vayan a tomar desprevenidos. Especialmente ese malnacido de Alabaster Faraday, maldita fuese su estampa.
Alexander está ganoso, ella lo sabe, por lo que después de un restregón en la mano terriblemente hinchada de Lanna Peters, Mikah se sienta al lado para ver cómo él se satisface con ella. cuando la estúpida de distrito pobre oye lo que le van a hacer, grita, gime y se debate, más desesperada que nunca, también muerde, patea, llora y suplica, le suplica a ella, a Mikah, que la ayude, diciéndole que ambas son mujeres, por último sigue luchando hasta que Alexander Rheon le separa las piernas y entra en ella con brutalidad. Empuja hasta que se rompe el interior de ella, expulsando la sangre de su virginidad brutalmente ultrajada, y sigue moviéndose. La chica grita al principio, sigue jadeando, mordiendo, pero él le pone la mano en la boca, solo disfrutándola de esa manera. Mikah se pone a dibujar un paisaje en la nieve, aunque de vez en cuando mira. Sin embargo, cuando su aliado parece que va a terminar, oye gritos y pasos a lo lejos.
–¿Mika? ¡Alexander? –va preguntando la voz de Connor Edgeworth.
–Mierda –jadea Alex, excitado pero asustado.
–Sal de ahí, la voy a acabar ahora –Mikah saca uno de sus cuchillos de la cintura.
Eso parece excitar más a Alex, porque suelta un gañido bastante patético en opinión de Mikah, pero que parece ser la apoteosis de su placer, ya que pone una cara de éxtasis supremo y se tensa. Ella, en cambio, se acerca a la chica que todavía grita y lucha pero más débilmente, y le abre la garganta sin ningún miramiento. Tarda en morir casi lo mismo que Alex en eyacular en ella. las dos operaciones han terminado rápido. Menos mal, porque Connor Edgeworth se acerca y seguro que no le gustará nada ver lo que han hecho.
(Alabaster Faraday) en rosa.
–Tengo una vaca lecheeera, no es una vaca cualquieeera, me da leche con frutilla, ay qué vaca más sencilla tolón, tolón, tolón tolón –entona la voz de ella.
Alabaster se despereza. No es una mala forma de despertar, piensa, aunque el fuego ya se ha apagado y no hace tanto calor como cuando se durmió. Además, la canción es ridícula a morir. Abre un ojo azul y mira a su aliada, ella está incorporada sobre un codo, jugando con una rama y cantando ensimismada.
–… –Alabaster se mueve, para darle a entender que está despierto. Ella se gira y deja que la canción muera en su boca.
–Buenos días tengas, Alabaster –saluda, cortés y cordial. Él le hace un gesto con la cabeza.
Es una buena forma de despertar, cierto, pero al chico no es que despertar le guste mucho. Siempre siente que podría haber dormido más de lo que durmió, reconoce que es insensato pero no puede evitar experimentar malhumor matutino. Su madre, Allumina Faraday, se reía mucho de aquello y le revolvía el pelo con una mano, hasta que conseguía sacarle una sonrisa. Hace más de tres años que nadie le revuelve el pelo y las sonrisas casi murieron.
–Tengo una vaca lechera –sigue ella, jugando con su ramita–: no es una vaca cualquiera… me da leche condensada, ay qué vaca más pesada, tolón, tolón…
–Tsk… –él no puede evitar chasquear la lengua–: ¿todas tus canciones hablan sobre animales?
Ella se gira, aún con la canción en los labios. Alabaster recuerda la canción con que se despertara horas atrás, cuando la chica le preparó la pasta de huevo y atún.
–Muchas, ciertamente –suelta una ligera risita educada–: conozco bastantes sobre caballos. Si quieres te canto una.
Alabaster se encoge de hombros, le es indistinto si canta o no. tiene sueño, se frota los ojos para seguir durmiendo pero sabe que no puede. Es la mañana del tercer día y ambos tienen que seguir su camino, él lo sabía perfectamente cuando se metió a aquello. La chica entona una canción sobre un unicornio azul que se perdió ayer, y que daría lo que fuese por volverlo a recuperar porque era su único amigo. La letra es tristona y más aún la forma en que ella la canta, como si de verdad hubiese perdido al animal.
–Mi unicornio azul, se me ha perdido ayer… se fue… –termina, extendiendo la última letra en un la sostenido que baja a re y asciende en una escala menor.
Le está dando pena, maldición. ¿qué demonios? El unicornio ni siquiera existe pero es como un sueño imposible que alguien ha extraviado. Quizá sea la cercanía de esa chica dramática a tal punto de limpiarle las botas pero se siente raro. Tiene sueño y está enojado, triste y todo. Maldición necesita orden. Orden. Ya.
Respira un par de veces y se da cuenta de que la muerte de Miles Near apenas le afecta. Un chico muerto, solo y desesperado lejos de casa para que vivan cientos, quizá miles. Es un buen precio a pagar, se autoconvence de ello. La chica sigue cantando, esta vez sobre "una alazana que galopa como el viento, llévame a ver a mi amada, la que me roba el aliento", parece una canción bastante dicharachera. Alabaster se ve dedicando una ligerísima sonrisa, imaginando un tambor o quizás un instrumento de cuerdas, y una taberna llena de gente, felices porque al fin tienen paz y lo que siempre desearon. La sonrisa se torna más grande aún.
–Supuse que aquella canción animaría tu semblante –ella se aprieta un segundo las manos, quizá de frío o nervios.
Él asiente, y cuando toman las galletas de desayuno ninguno dice nada. Solo comen en silencio, bebiendo los restos del jugo de granada y con la certeza de que tienen que marchar. Se siente cómodo así, hablando solo de vez en vez y sabiendo que en lo esencial es comprendido. Cuando terminan el desayuno, ella sale reptando de la cueva, mirando a su alrededor con la honda a punto, y él la sigue, con el resto del equipaje y el florete en la mano. No hay nada cerca.
–Iré a cazar algo, creo que necesitamos carne o proteínas sustanciosas –dice la Joven, incorporándose. Es sumamente pequeña, piensa Alabaster. Apenas le llega al pecho, vamos.
–… –él mueve la cabeza, mirándola fijamente.
–¿Irás por leña? –pregunta. Él asiente, aliviado–: de acuerdo. Juntémonos aquí… y si te necesito, gritaré como un chotacabras.
El profesional enarca una ceja. No se quiere perder por nada del mundo la imagen de aquella seria e impávida chica aullando de esa manera, de hecho hasta sonríe de solo pensar en ello. La del 10, entendiéndole, se lleva las manos a la boca y suelta una especie de grito, risa y lamento de pájaro, que por lo que él sabe es bastante exacto. Alabaster da unos pasos hacia atrás, un poco asustado pero sobre todo bastante divertido. Ella tiene los ojos marrones aún más abiertos y su cara…
–aquel sonido emitiré, pero más fuerte –dice.
–…
–¿Y si llegases a necesitarme, qué harás? –Pregunta ella con su apariencia imperturbable.
–Tsk… –chasquea la lengua con desprecio de solo imaginar que podría necesitar a esa niña bajita y rara.
Ella le entiende, pues le sonríe con burla y ni rastro de amabilidad.
–Te las arreglarás, pues –dice, y se marcha hacia la derecha, erguida, un poco molesta.
Él vuelve a dejar su rostro carente de cualquier expresión y se interna en el bosque de sauces o abetos. Menos mal que se ha ido, porque quiere hacer sus necesidades fisiológicas. Asume que esa separación la planteó porque ella también requería de aquellos mmomentos de soledad, pero, obviamente, ninguno sería tan directo como para decirlo, en aras del decoro. Después cortaría toda la leña que quisiera.
Sunny Tyson termina sus menesteres corporales, limpiándose con hojas de sauce e intentando lavar sus partes privadas empleando nieve. No quiere oler mal, de hecho lo detesta, por aquello se bañaba en el río cada día y mantenía su melena negra y todo su cuerpo en perfecto estado, quizá no tan elegante, pero sí limpio. Con frío pero decisión, también se moja con nieve las axilas y debajo de sus pequeños pechos, para limpiar de cualquier olor a sudor su fisonomía. Se daría un baño, pero la única fuente de agua que conoce es el lago cercano a la cornucopia, y exhibirse frente a la alianza profesional casi en pleno está descartado. Otra es el río helado que había visto con Alabaster, pero tenía una capa de hielo cubriéndolo y… se le eriza la piel de pensarlo. Además debería quitarse la ropa, lo cual es anti supervivencia a más no poder, más en ese lugar. Quizá en el extremo norte haya algo, piensa, tiritando y por un segundo añorando el resplandor ígneo que había esquivado, pero se le pasa pronto cuando recuerda lo mal que se le ha dado siempre el calor.
Mientras se incorpora y se encamina rumbo al río, piedras en la mano y honda bien sujeta en la izquierda, vuelve a pensar en Alabaster Faraday y sus tablas. Sigue viva, obviamente, él no ha hecho nada para perjudicarla y lo cierto es que ella tampoco. No son amigos, no se estiman ni mucho menos, pero funcionan bien y está segura de que su inhabilidad para comunicarse le ha dotado para comprender mejor a Alabaster y para que no le bufe tantas veces como, ella sabe por haberlo visto, hacía con otros. Se pregunta si a él le pasa algo similar a lo suyo, la ansiedad en la boca del estómago, las palabras en la garganta, el discurso estructurado y lenguaje pragmático, pero no lo cree, tan arrogante y despectivo, de hecho cada vez que habla parece ser breve y lacónico. Debe ser mero capricho, se dice de él, o tal vez tener una explicación más profunda como un terrible trauma de infancia con las palabras que se curaría con el amor verdadero. Así sería si fuese una historia, piensa, intentando bajar de las nubes. Como fuere, no deja de pensar en los tres, él, Thomas y ella, en un trío inseparable que comentara sobre libros, debatieran o simplemente se quedaran en silencio. Alabaster conjuntaría bien con ellos en otro momento y lugar. Es tonto pensarlo, en última instancia es su rival, pero no puede evitarlo.
Cuando piense en alguien, cuando mire a una persona a los ojos y se pregunte sobre cómo matarla en lugar de confraternizar, el Capitolio habrá ganado. No le dejará ganar, lo da por seguro. Luchará con todas sus fuerzas para no permitir que le quiten aquella capacidad suya para hablar con la gente, tanto que le costó obtenerla… años… no se la arrebatará un juego a muerte, o al menos eso quiere y espera de sí misma.
Deben haber animales, de seguro. De hecho, había pingüinos, en su caminata del día anterior con Alabaster Faraday los vio en el río helado y hacia allá se dirigen sus pasos, siempre atenta, silenciosa y con sigilo. Sus pies apenas hacen ruidos en la nieve, aunque el que provoca es un crujido leve y suave. Intenta no resbalar y lo consigue, sabe que va dejando huellas pero confía en que la nevada las cubra de nuevo, pues perdería demasiado tiempo en borrarlas. Camina por la orilla del bosque de abetos, por media hora más o menos antes de llegar al río. Allí están los pingüinos, de hecho, con sus pasitos torpes y sus miraditas tiernas. No sabe si serán ricos –no ha comido jamás pingüino–, pero de hambre al menos no se va a morir. Toma una piedra, tensa la honda extendiendo el brazo izquierdo y con la mano derecha agarrando tanto cuerda como piedra, apunta como puede y suelta. La piedra le llega en la cabeza a su víctima, que con un graznido cae desplomado en el hielo. Sunny, decidida, comienza a pisar el río congelado en búsqueda de su presa. Solo le basta eso, poner un pie en la superficie inestable y blanco azulada, cuando un temblor sacude el lugar todo, y desde las profundidades del lago aparece él.
Es enorme, quizá del tamaño del profesional del distrito 2, del color del hielo sucio. Sus ojos son pálidos, sus brazos desproporcionadamente grandes en relación al resto del cuerpo y en una de sus manazas lleva una porra dantesca, quizá del tamaño de Sunny. ella carga otra piedra a toda velocidad y la suelta, le llega a la cosa en la frente. Se quiebra algo, como si fuese de perfecto hielo, pero ni se inmuta, sigue avanzando, implacable, hacia ella, sacando su cuerpo congelado de las profundidades donde dormía.
Los pingüinos le abren paso, entre reverencias, como si fuese su rey, piensa ella hipnotizada por un segundo. El río congelado se va resquebrajando a medida que la cosa se dirige hacia Sunny, los pasos del monstruo resuenan parecido al cristal rompiéndose. ella, aterrada, recupera por fin la movilidad de sus piernas, que estaban clavadas al sitio, y lo primero que hace es salir corriendo, pero el rechinar del hielo haciéndose trizas y los pesados pasos del gigante le dejan ver que el muto va a ser rápido en darle alcance. Sunny se mete al bosque hecha un bólido, esperando despistarle o con el simple deseo de perderle de vista, ya que sus piedritas no le harán daño, pero la cosa, que ha roto la lisa superficie del río y que sale por completo pisando suelo nevado, la mira con esos ojos pálidos y emite un rugido feroz, que suena como el viento silvando contra los aleros de la casa de Thomas Rocheford. Sunny carga otra piedra, temblando algo por el miedo, sabe que de poco le servirá correr si el bicho aquel es rápido y los vigilantes quieren que le dé alcance. La cosa está agitando la porra en su dirección, es colosal, tiene púas azules y seguramente es tan dura como el hielo o más. No tiene ninguna gana de comprobarlo en su propia cabeza, muchas gracias señor gigante, pero mejor no, piensa tontamente, temblando de miedo.
Sin embargo, no puede dejar que la domine o de lo contrario perderá la vida, algo que no permitirá que suceda. Con el pulso un poco tembloroso pero intentando que sea firme, lanza otra piedra, queriendo darle al ojo de la cosa gigante, pero falla, como en alguna ocasión, y le da en la mejilla. Suelta una maldición grandilocuente (algo como oh, caramba o una sandez por el estilo, se dice desesperada consigo misma) y, mordiéndose el labio, ve cómo esquirlas de hielo se le desprenden de la cara al muto gigante, que vuelve a rugir de esa manera que recuerda al viento quejándose. Sunny se muerde el labio inferior y sale corriendo, ya sin saber qué hacer, sus piedras no le hacen gran cosa y encima falló la última. La mutación o lo que fuese viene detrás, les pega tanto a sauces como a abetos, los árboles chillan literalmente de dolor, algunos hasta se doblan. Sunny, por la visión periférica, ve cómo un sauce se encoge sobre sí mismo ante el poder de la porra del guardián del hielo, (los árboles están vivos, oh por lo sagrado estos árboles viven nos ven hablan sobre) y mientras corre rebusca otra piedra en su bolsillo, solo siente la caja de cerillas en el derecho y vuelve a soltar una maldición, con la respiración ya entrecortada tropieza brevemente con una raíz, lo que provoca que se muerda la lengua fuertemente y suelte un gemido sanguinolento. Escupe, asustada, sin dejar de correr y ve que su saliva es roja. Duele, duele pero tiene que correr, al menos hasta encontrar algo. Un círculo de árboles le corta el paso y ella pasa por entre dos abetos, por los pelos una rama no le da en la cabeza y menos mal, se dice, que no tiene su larga trenza, o se le habría enganchado. Está muerta de miedo, la cosa ha recortado mucho las distancias y ya por último siente la porra rozándole la cabeza. Se lanza al suelo, rueda unos metros, se pone rápidamente en pie con agilidad y sigue corriendo. La porra se estampa contra un abeto que le da pelea, pero el ser, con otro rugido, sacude el brazo y le atiza una, dos, tres veces, hasta que el pobre árbol cae muerto con un golpetazo. La joven siente temblar el suelo bajo sus pies, tiene un jadeo de sorpresa atravesado en la garganta y cada fibra de su cuerpo rogándole que por favor siga corriendo.
El aire es demasiado frío, se le están cayendo los mocos por lo helada que tiene la nariz y no hay tiempo para limpiarse, le duele respirar, ha corrido demasiado. En el bolsillo izquierdo por fin halla una piedra, y menos mal, porque se encuentra entre otro círculo de árboles. Sunny se gira, encarándole, ve que hay ramitas y hojas en su pelo azul pero sigue andando, corriendo más bien. Oye una especie de zumbido peligroso y pesado, justo antes de que el muto tropiece, enredado, con las rodillas siendo impactadas por dos enormes piedras unidas a una cuerda. Su silvido grito o gemido es más fuerte que nunca, las rocas han hecho daño a su piel, carne, hielo o lo que fuese, rompiéndole en parte las piernas. Sunny las mira, bastante maltrechas, el muto intenta liberarse de la cuerda que le tiene las extremidades inferiores inutilizadas, mientras la porra se sigue moviendo de aquí para allá.
Ya que eso está en el suelo, la chica puede ver tras del muto. Allí, parado con cara de que no sabe bien lo que está haciendo, un chico alto, de pelo sucio y desordenado y grandes ojos color caramelo tras enormes lentes, la mira directamente. La porra se sigue moviendo, el otro chico está desarmado ya y el monstruo, aunque enredado, se arrastra hacia ella, bajita, temblorosa y que respira ya por la boca, jadeante.
Sunny, en una última medida desesperada, lanza su piedra, dándole en el centro mismo del ojo al muto, menos mal porque no lo tiene ni a cincuenta pasos. Gime de nuevo de manera bestial y estremecedora, golpeando a lo loco, casi le da pero ella consigue esconderse tras un abeto, con tan mala suerte que la rama le golpea en la cabeza, esta vez sí. Dolorida por la corrida, con el flato punzándole de forma molesta, la nariz moqueando y la desesperación y el mareo del golpe de la rama, solo se le ocurre una cosa, en su feroz aturdimiento. Una sola cosa…
Alabaster puede salvarles, espera.
Está cortando los maderos en trozos perfectamente simétricos, pensando en aquellas cosas complicadas y bastante superiores a cualquier intelecto que las pueda comprender, cuando oye, a lo lejos, ese grito, lamento, risa de pájaro o lo que fuese, que le hizo sonreír un par de horas atrás pero que ahora sugieren intenso peligro. Ha soltado los leños sin darse cuenta de que lo ha hecho y se ha puesto a prestar oído. El lamento se repite una vez más, transportado por el viento, da una sensación bastante tétrica en aquel paraje permanentemente nevado y desolado.
Mierda, piensa. Mierda. Mierda. La chica del 10.
(Alabaster Faraday)
(Buenos días tengas, Alabaster Far)
Todo se ha teñido de rosa por un segundo, uno que podría significar la perdición de su aliada, y le ha dado un ligerísimo mareo. Mira los maderos, ya mojados por la nieve pues los ha dejado caer, para que el rosa se desvanezca, pero la preocupación (¿Preocupación?) persiste. ¿qué sería? ¿Los profesionales? ¿Un muto? ¿Dos mutos? ¿Otra alianza? Está seguro de que ella lo necesita en aquel momento. Se le pasa por un señor momento al que manda a paseo pronto, la idea de dejarla tirada; pero no puede hacerlo. No después de que le haya limpiado las botas de sangre, arrodillada ante él. Fue la primera en reconocerle su poderío, la primera que le…
(Alabaster Faraday)
No importa. La primera en algo. Lo que fuese. Tiene que ayudarla, ¿Pero dónde está? El ruido sonó más o menos a su izquierda, pero puede venir de cualquier lugar, solo sabe que está relativamente cerca. Por un segundo, lamenta no haberle dado una señal sonora, porque ahora no tiene nada qué hacer para comunicarse con la chica.
¿qué hacer? Ya está corriendo, florete en ristre y expresión ida en los ojos, la que le acompaña siempre antes de matar, diría el que le hubiese visto las tres veces. Julio Jansen lo está pensando, de hecho, sentado en la sala de control, llorando de emoción porque sí, señores, el frío Alabaster Faraday irá a socorrer a su aliada. La imagen del chico alto y rubio corriendo hacia donde ella está, se transmite ahora mismo por cadena nacional. Thomas Rocheford está viéndolo en aquel momento, pensando en qué idiota es él, se preocupa demasiado, pues Sunny lo tiene todo solucionado. Está comiendo papas en aquel momento, solo con una ligera inquietud porque espera que el muto no la magulle demasiado. ¿Matarla? Tse…
Necesita saber en qué dirección ir, no quiere correr a ciegas, es tan estúpido que no pretende seguir esa disposición. ¿Y si se ha equivocado de camino? Si va a correr como un tonto para salvar a alguien, que sea al menos por algo con sentido. Solo se le ocurre una cosa, algo para minar por fin la inseguridad que le acomete y además ese sentimiento de estar actuando como idiota.
–¡Suunnyyyyy! –Grita, a todo pulmón.
(se está destrozando la garganta)
Aquello piensa Sunny, encogida en el suelo, dispuesta a tirarle al otro ojo. El chico del 3 está sacando su última arma, un cuchillo de piedra que se pasó una tarde entera tallando, pero ella no lo ve, perdida en sus pensamientos, con una expresión ida, impávida, imperturbable. Sammy Dean conoce esa expresión como "la de Sunny cuando está pensando en algo raro" y Thomas de una manera un poco menos vaga: "Sunny teniendo una idea". Cuando él mira esa expresión, se relame de gusto los labios salados y piensa por fin, por fin ha caído en cuenta de aquello, mientras la ve, decidida pero lejana.
Deja caer piedra y honda, y se quita la bufanda. Ha tenido una idea, una tan buena y a la vez tan simple y tonta que no puede creer no haberlo pensado antes. Claro, la cosa es de hielo, de sobra lo vio. Sunny palpa con su mano derecha el bolsillo, hasta dar con la caja de cerillas, pero mientras la saca, a toda velocidad, el chico del 3 ha dado un par de pasos hacia el muto, intentando clavarle su cuchillo de piedra, y la cosa se ha movido, su porra ha ascendido… el chico aparta la cara a toda velocidad y el impacto de la porra le da de refilón en el hombro derecho. Zachary Bayer grita de dolor, retrocediendo a trompicones, medio desesperado porque la chica que le había ayudado en el centro de entrenamiento se va a morir, y después, oh cuando venga ese después… será su turno. La cosa, aún enredada de las piernas, ha fijado toda su atención en él, lo cual a Sunny le viene fantástico.
–¡Aquí! –Grita, mientras raspa la cerilla en el borde de la cajita y la acerca a su bufanda, que se prende fuego. Ella, dando un feroz salto, se la pone en el cuello al monstruo mientras a toda velocidad enciende otra para prender el otro extremo de la bufanda. Lo consigue, prendiéndola también. Una tercera cerilla es velozmente encendida, corriendo la misma buena suerte.
El efecto es instantáneo, ella quita sus manos inmediatamente de allí porque el frío le quema incluso por sobre los guantes, además de tener miedo de que algo salga mal. Pero no es la única que se ha quemado, el gigante de hielo está ardiendo también por aquella bufanda de fuego. Arde poco, pero en contacto con la piel de hielo es suficiente. Su garganta se comienza a derretir de inmediato, el sonido, silvido o gemido es tremebundo y agónico, lo que hace que el vello del cuello y brazos de la joven se ponga de punta, y en menos de dos minutos, la cabeza se ha separado del tronco y la cosa ha caído inerte en el suelo, todavía con las piernas enredadas en el arma de confección casera de Zachary. Él se queja de dolor todavía, pero sus ojos se abren como platos al ver al gigante ya tirado en el suelo, inerte.
Sunny tiembla de adrenalina, mareo, miedo y sobre todo, de alivio. Se encoge, en su pose defensiva típica que Wendy Dean de sobra conoce, mientras con la mano izquierda se limpia los mocos y con la derecha se abraza a sí misma. Aún tiene que calmarse, aunque eso ya esté muerto, muerto por fin. El corazón aún le va a toda prisa, intenta respirar por la nariz, pero no puede, necesita más aire, así que la boca le tendrá que servir por lo menos en aquel momento. El alivio es tan grande… se deshicieron de… y en cuanto a…
Todavía encogida, alza sus enormes ojos oscuros hacia Zachary, que también está sentado en el piso, sujetándose el hombro lastimado. Sunny, importándole poco su malestar, se pone en pie y, pasando por encima de la cosa congelada y horrenda, se acerca al chico que la ayudó hace tan poco. Él la mira con precaución, intentando leer sus intenciones, pero ella solo quiere saber si está bien. Se pone junto a él, sin tocarlo, lanzándole una mirada de agradecimiento, aunque sabe que no es suficiente.
–Te ruego que aceptes… mis más sinceros… agradecimientos –la voz se le entrecorta todavía a causa del cansancio, aún se estremece por todo lo vivido. Se vuelve a abrazar a sí misma, pero ahora más cerca de él.
Zachary tiene los ojos empañados de lágrimas pero sonríe, de pura alegría al ver a eso caído por fin.
–No… no agradezcas, tú ayudaste, quiero decir me ayudaste. En el centro entrenamiento, digo de entrenamiento –el chico fija su mirada en sus dedos, que se retuercen para aplacar el dolor del hombro–: nadie más… nadie más me ayudó. Te lo debía.
Sunny, conmovida y enternecida, niega con la cabeza. No lo había hecho por eso, así como no le había descrito a tantas personas a Lanna Peters con el fin de ganarse un favor o había compartido sus conocimientos con alabaster Faraday para granjearse sus simpatías. Ella solo… solo… piensa, aunque no sabe qué. Un sentimiento cálido le germina en el pecho al mirar al joven, que se limpia las lágrimas calientes de su rostro y la mira con franca amistad.
–Descuida, era lo mínimo que podía hacer –ella se incorpora un poco, aún tiembla y siente frío en el cuello, donde solo tiene la corbata de Thomas ahora–: déjame ver tu hombro, hazme el favor.
Por no decir que en los juegos del hambre no deberían darse esos lujos, piensa. Ni él puede pagarle un favor hecho de buena fe en el centro de entrenamiento, ni ella mirar su hombro, los vínculos y la cercanía con una persona había sido una de las más fuertes razones por las que terminó rechazando a lanna y cualquier otra alianza fuera de la arena. Pero allí y ahora, con él arriesgando su integridad por ella…
Zachary se muerde el labio, mirándola. Hay complicidad entre ambos, sienten en aquel momento. Se salvaron mutuamente las vidas contra esa bestia gigante y humanoide, además de haber compartido los almuerzos en el centro de entrenamiento y ser dos promesas solitarias. El chico está más que dispuesto a sacarse la chaqueta para mostrarle el hombro a su reencontrada conocida, cuando unos pasos apresurados se dejan oír. Él, intentando mover la mano derecha aunque el hombro le estalle de dolor, toma su cuchillo y se intenta incorporar. La chica tiene ya una resortera hecha con una rama y un material flexible que a saber de dónde sacó, si hasta en eso se parecen, piensa él con un sentimiento cálido, en la mano, y una piedra a punto. Los árboles se abren y dejan paso a…
–¡Ah! –Zachary, gritando, se pone en pie–: ¡Corre, es un profesional! Yo te cubro –dice, de todo corazón, al verlo.
Habría estado dispuesto a dar su vida por ella en aquel momento, Sunny lo sabe y los espectadores también. Cada corazón capitolino lo está amando en ese instante. Si tan solo supiera…
–Mantén la calma, es un amigo –ella, con toda tranquilidad, baja la resortera–: hola, Alabaster Faraday. Mis excusas por haberte hecho venir.
El profesional del distrito 1 echa una mirada rápida a su alrededor, desde Sunny bastante cerca del chico del 3 (y su corazón salta porque oh, la providencia o el destino que pone las cosas a su favor, tiene a los dos exactamente donde quería), el gigante en el suelo, sin cabeza y con el cuerpo chamuscado, la enorme porra y los abetos muertos. Chasquea la lengua de su modo característico, algo que suena como a tsk…
–Pero… –el joven del distrito 3 parece perdido–: es un profesional, ellos...
Sunny siente un arrebato de ternura hacia él, que ojalá pudiese expresar con algo que no fuese su rostro imperturbable o sus frases pre hechas. Se clava las uñas en las palmas de las manos, nerviosa y sobre todo con ansiedad.
–Es una larga historia –ella sonríe un poquito–: pero somos aliados. El ruido de pájaro que solté… fue para atraerlo hacia mí, solicitando su asistencia.
–Que no necesitabas –el profesional tiene una expresión despectiva en su rostro.
–Durante un segundo pensé que sí –ella suspira, todavía temblorosa–: fuiste tú, apreciado alabaster, quien me dio la idea con tu grito desesperado pronunciando mi nombre. El fuego.
–Tsk… –sus mejillas se oscurecen un poco por un sonrojo no deseado, baja la mirada y luce incómodo.
Eso también le parece distinto a Thomas. Él no se hubiese sonrojado, piensa con infinita añoranza. Thomas le hubiese mirado a los ojos, y habría dicho "en verdad que hago pensar incluso a las piedras, tse…" o algo de ese estilo, a lo que Sunny hubiese contestado algo sin dudas ingenioso, y así hasta el infinito.
–Bueno, yo… –Zachary se mueve, nervioso–: si son aliados y todo está bien, será mejor que me…
No se siente cómodo, los ojos del rubio profesional son extraños, demasiado fríos, y su rostro le provoca desconfianza. Sunny está bien, piensa él, y seguramente ella piense que él igual está bien porque lo ve en su cara. Pero él… no deja de darle miedo, mucho miedo.
–Ven con nosotros –ofrece el rubio, con voz átona.
Zachary da un respingo, él le está observando fijamente. Azul contra el dulce color caramelo del otro, se miran a los ojos.
–¿P…p…puedo negarme? –tartamudea, aterrorizado. Comienza a mover rítmicamente uno de sus pies, profundamente inquieto, y pensando en la boleadora, todavía enredada en las piernas del monstruo.
Sunny se acomoda a su lado, tiene ganas de ponerle una mano en el brazo, pero no se atreve, por supuesto, ni siquiera con Thomas había podido en el distrito. Se queda con las ganas de eso y mucho más.
–En efecto –dice ella, seria–: no obstante… preferiría que nos acompañases un tiempo. Una alianza temporal, podríamos ayudarnos…
Él la mira, anhelante. Sunny está segura de que, en caso de ser ella sola, Zachary no lo habría dudado ni por un segundo, pero está Alabaster Faraday. Si le hubiesen preguntado, ella habría pensado que al profesional le desagradaría la idea de alianza con el del 3 y no justo al contrario.
–Pre…preferiría que no, pero g…gracias –el chico fija la mirada en sus inquietos pies.
Hace una mueca de dolor, ella vuelve a recordar lo del hombro. Quiere verlo, al menos antes de que se vaya, como un pálido favor para pagarle la deuda aunque de sobra sepa que no se debería hacer. Entonces, suena un cañonazo y los tres pegan un respingo, mirándose a los ojos. alguien ha muerto, piensan, y queda la mitad todavía. Once si no se cuentan a ellos mismos. Parecen tantos, tantos… a mediados del tercer día son demasiados. Sunny se pregunta, inquieta, quién podría ser. ¿sería acaso algún profesional? ¿Alan Blake? ¿la chica bonita del distrito 7? ¿Quizá Lanna? El pecho se le hace un nudo al pensar en la chica ciega, sola y desprotegida después de la muerte de Miles. A no ser que lo hubiese matado ella.
Como siempre, intenta no pensar en lo que no puede arreglar y centrarse en aquello que sí.
–Al menos permíteme ver tu hombro lastimado –ella se le aproxima un poco, tímida pero servicial, como siempre esto último opaca a lo primero cuando ambas se juntan.
El chico niega con la cabeza, mirando a Alabaster, que está inclinado examinando la enorme porra del gigante caído. Sunny entiende lo que le está pasando y lo siente, de veras. Pero por otro lado no se podría ir con él, pensándolo con frialdad se da cuenta de que, como a Lanna, ha descartado a Zachary de plano. Prefiere al profesional, con quien no surgirá ningún vínculo afectivo; a Zachary, a quien está segura de que podría llegar a querer por muy poco tiempo que pasase a su lado. Con tristeza, se muerde el labio inferior para aguantar alguna frase acartonada de las suyas. Se detesta por no poder convencerlo, por querer conservarse entera, y porque piensa que el chico del 1 le es bastante más útil, al menos por ahora.
–Bien, pues –dice–: yo… he de retirarme… te extiendo mis calurosos agradecimientos…
–Sí, no preocupes de eso, ya te dije que te lo debía –él sonríe un poco, aunque parece triste–: voy a desenredar mi boleadora… bueno, tengan suerte de su parte y todo eso.
Se mueve con cautela, el hombro todavía le molesta al parecer. Se inclina, desenreda la boleadora con asombrosa facilidad, se levanta, y tropezándose con sus propios pies, se despide con la mano y comienza a alejarse. Sunny sabe, así como ese presentimiento atroz que la acometió la última noche de su estancia en el centro de entrenamiento, que no le verá de nuevo. Quiere correr, despedirse con un beso en la mejilla, algo, ¿pero para qué? Solo lo hará más difícil, piensa. Maldición, ¿por qué les hacen esto? Se pregunta, dolorida, un par de lágrimas corren por sus mejillas. ¿Por qué les ponen en situaciones tan al límite? ¿No se dan cuenta de que su instinto primordial es la ayuda y no la matanza? En los que todavía somos humanos, se dice, en los que aún sentimos, en los que somos más personas que animales hambrientos por un poco de vida, o que únicamente quieren hacer cualquier cosa por sobrevivir… en eso quieren transformarme, piensa, recordando los dedos del chico del distrito 11 bajo su pie, y el cómo persiguió a Miles Near.
Deja las lágrimas correr libremente, mientras oye los pasos torpes y nada sigilosos de Zachary Bayer alejándose. Le gusta poder sentir esa tristeza, ese dolor y esa ansiedad en el pecho. Todavía no la han roto, piensa. Aún no la han destrozado como a otros vencedores, egoístas, que aseguran a veces "siempre supe que éste no tenía ninguna posibilidad" con carencia total de expresión. Las lágrimas corren, Zachary le ayudó, pero tiene que morir si ella desea vivir. Y está segura de que, si lo vuelve a ver, tendrán que matarse.
Tendrá que matarlo.
Ella llora y Alabaster cree entender por qué. Seguramente está pensando en que para que ella viva, el chico tendrá que morirse, y eso sin dudas la está sometiendo a una gran tensión. Así son las chicas de distrito, o al menos así parece ser ella, más reflexiva, en tanto otros caerían en cuenta cuando el momento llegase, recién, como los insectos despreciables que son. A los profesionales les toma menos de sorpresa, van mentalizados de antemano, después de todo se presentan voluntarios sabiendo que su compañero de distrito no volverá a casa si son ellos los que desean regresar, quizá por eso les duela menos, el mentalizarse ayuda.
Alabaster también piensa en ello, pero se siente profundamente ofendido por haber sido rechazado de esa manera, y no atina a explicarse por qué, a no ser que Zachary Bayer sea un bruto descerebrado, que a juzgar por cómo habla, parece ser esa la opción más viable. La chica y él le ofrecieron alianza, y es obvio que él está más a gusto con ella de lo que jamás lo estaría con él. Visto así, menos mal que se encontró con la del 10 primero, sino…. Podría haberlo matado, pero por lo que entendió de la corta interacción, ayudó a su aliada. Además, todavía teme a la pedrada en las gónadas que le había prometido recién el día anterior. Por esta vez, pequeña niña 10, dejaré vivir a tu amiguito. Pero si lo veo de nuevo… piensa la frase a la mitad, porque cree que la próxima vez que se lo encuentren, si pasa, no estará tan amistosa.
Deja de llorar en un tiempo corto, las lágrimas se le hielan en las mejillas, y se cubre más porque no tiene bufanda. Él no la culpa, también siente lástima por los veintitrés restantes. Le provoca compasión que tengan que morir para que él gane y obtenga el dinero y su plan. Maldito y desalmado Capitolio y sus leyes ridículas, piensa con rabia. Ah no, pero no se quedarán así…
–En las novelas que suelo leer –dice ella, con la voz casi inexpresiva–: está la chica, dos intereses amorosos, el chico bueno y el malo, ambos la aman locamente, con la fuerza de los mares y el ímpetu del viento; ella siempre se queda con el bueno.
Alabaster enarca una ceja, la entiende perfectamente. Ni Zachary ni él la aman con la fuerza de los mares o el ímpetu del viento, ella tampoco lo cree, supone, pero el paralelismo es curioso.
–Tsk… soy el malo –bufa.
Él no se ve así, claro, en realidad no se considera de ninguna manera. Quizá una mala persona con buenas intenciones, si eso existe, o una buena persona dispuesta a hacer lo que fuese para conseguir el bienestar de la mayoría. No lo había pensado hasta ahora.
La chica suspira, eso y no más.
–Eres más negro que gris, sí –dice–: creo que Thomas es gris.
–Thomas…
Ni idea de quién será Thomas, ni le importa. Un nombre absolutamente vulgar, el palafrenero que tiene loca a la vaquera, seguramente.
–Te contaré algo, si a bien tienes –ella tiene una sonrisa en su cara–: te le pareces un poco, ¿sabes? A Thomas
–… –pero la está escuchando. Quizá le sirva en la final, cuando se enfrenten, si es que sucede. ¿Quién sabe? Ese parecido podría salvarle la vida, ¿no? el cerebro humano es curioso y las personas sentimentales totalmente manipulables. No como él, claro, frío y sin sentimientos, por supuesto.
–He pensado –ella sonríe, avergonzada–: que nos llevaríamos bien los tres. si… si las cosas fuesen distintas. Si pudiésemos…
Hay una profunda tristeza en su rostro moreno, la de la despedida de Zachary Bayer acrecentada por aquellas otras reflexiones. Quizá está pensando en un mundo distinto, sin juegos, sin distritos, o quizá con distritos pero con más libertad. Un mundo en donde los palafreneros llamados Thomas no se mueran de hambre ni tengan que pedir teselas, donde las chicas pequeñas llamadas Sunny no estén tan flacas por la falta de comida, un mundo donde a los chicos llamados Alabaster no les roben a los padres. Es eso, el recuerdo de Gold y Allumina Faraday, lo que le impulsa a su acto rebelde abierto, cuando intentó siempre ser menos evidente.
–Algún día las cosas serán distintas–le dice, solemne, no chasquea la lengua ni la mira con desprecio. En realidad, se lo está diciendo al país entero–: te lo aseguro. Un día… serán diferentes.
Aunque no puedas verlo, piensa, y entonces siente una profunda tristeza amargándole el alma, y convirtiendo en hiel lo que debió haber sido solo miel para él. Pobre chica, se le cruza por la cabeza. Intentará darle un apretón de manos a ese tal Thomas, si es que lo ve después de ganar. Quién sabe, quizá hasta se lleven bien, se dice, incrédulo porque no se imagina intimando con nadie además de… además de ella, se dice, asombrado.
Ella, con solemnidad, se yergue en toda su pequeña estatura.
–Te creo –dice, seria.
Aquel intercambio no es transmitido a los distritos, claro está, pero no le importa a ninguno. Para ellos, está todo dicho.
Los vigilantes les dejan en paz, al menos por ese día. No vuelven a ser transmitidos hasta el siguiente, cuando las cosas se ponen realmente desagradables.
Dahlia Fey había examinado el cadáver de la chica, mientras Connor mantenía entretenidos a Alexander Rheon y Mikah Odair. No solo la profesional del distrito 4 sabe fingir, le había dicho su compañero y líder, cuando los dos solos estaban buscando leña, y ella, acostumbrada a seguir órdenes, le dio la razón. Edgeworth había jugado a ser más tonto de lo que en realidad era, siendo Dahlia la encargada de mostrarse fría, calculadora e inteligente. En aquel momento, cuando inspeccionó el cuerpo sin vida de la chica del distrito 8, lo lamentó profundamente.
–Connor –su voz es un susurro tenso–: por eso gritaba tanto. Le dislocaron las articulaciones de los dedos de ambas manos, las muñecas y los codos. Y… la violaron, Connor. La violaron.
Aquellas últimas palabras suenan terriblemente angustiadas en su voz de adolescente de diecisiete años. Dahlia había tenido su primera vez no hacía mucho, concretamente la última noche que pasó en el centro de entrenamiento, con el vencedor y amor de su vida Ray Bashet, el Martillo. Dolió, cierto, pero fue bonito, él la amó en aquel momento y lo sigue haciendo, y fue suave y gentil. Alexander Rheon no lo fue, ella pudo constatarlo en el cuerpo delgado y bonito de la chica de dieciséis años.
–Demonios –Connor Edgeworth tiene el ceño fruncido, se ve bastante afectado–: ¿Cómo pudo…?
Dahlia no lo sabe, pero en realidad no le importa cómo pudo sino simplemente que lo hizo, y que se lo hará pagar, lo jura sobre su espada y todos los conocimientos que tiene sobre ese arte, sobre el nombre de su hermanita Pearly y sus padres, y por el amor que le profesa a Ray Bashet. Alexander Rheon no verá la luz del sol otra vez.
–No sé… pero son peligrosos –dice, con sus ojos verdes brillantes tras sus pequeñas gafitas–: Connor, debemos hacer algo ahora…
Incluso antes de terminar de hablar, sabe que su compañero no atenderá a razones en ese aspecto, al menos. En su rostro hay idéntica expresión obstinada que lucía cuando rebuscó por el desierto, el día anterior, durante horas hasta que encontraron a la pelirroja del 6 que él ni siquiera mató. Esa arruga entre las cejas, esos labios prietos, la cuadratura de sus hombros…
–Cuando llegue el momento de que nos separemos… se lo haré pagar, te lo prometo –le dice, con su voz nasal bastante seria–: pero todavía quedamos muchos, entiende que no podemos actuar.
Dahlia le cree, por supuesto, Connor es serio, disciplinado y un chico de honor. Pero a ella le da repugnancia el solo pensar en tener que compartir un minuto más con ese asqueroso, cerdo y horrible ser. Desde que ha sido entrenada, ha desobedecido dos órdenes directas, la primera fue al ser cosechada, cuando Ray Bashet y otros mentores le dijeron que se echara para atrás, que había una voluntaria dispuesta a remplazarla.
La segunda es esperar hasta que la alianza caducase por el tiempo. No piensa esperar, la alianza se acabaría pronto.
Habiendo causado la muerte del día, vuelven al bosque. Connor Edgeworth es un líder metódico rayano en lo obsesivo, y está empecinado con que, aunque no haya nada, la cornucopia es un símbolo de poder. Llevan caminando horas, pero ni a Dahlia ni a los demás les importa, están entrenados y en el caso de Alexander, durante su trabajo como leñador tenía que recorrer mayores distancias y esforzarse bastante. Además, bien podrían toparse a algún tributo de camino, pero no es así. Connor y Mikah mueren por encontrarse con Alabaster, ella no deja de hablar de las cosas que le gustaría hacerle si de casualidad se lo cruza, y Dahlia Fey tiene que contener sus ganas de saltarle encima, espada en mano, y clavársela en su horrible corazón de arpía.
Duda que Mikah hubiese ido al baño, o estuviera inconsciente mientras Alexander Rheon violaba a esa pobre chica, lo duda de verdad. Seguramente miró todo el proceso, cómo le abrían las piernas, cómo la abofeteaban, cómo forzaban su intimidad, insertándole el miembro de forma agresiva… de solo pensarlo, la náusea se apodera de ella. Dahlia había intentado asesinar a sus víctimas de manera concisa, si bien el chico del 11 no le resultó del todo bien, con la chica del 6 lo hizo. No puede entender… son los juegos del hambre, la idea es matar a los adversarios, no hacerlos sufrir. Además llevan ventaja, piensa con vergüenza, la ventaja de profesionales, que no sirve para dar un espectáculo sangriento que no es del agrado de nadie en los distritos, sino para dar muertes rápidas e indoloras, al menos tal es la política en el distrito 2, ignora cómo sea en los demás.
Ray siempre le decía que la mejor manera de honrar a sus oponentes, al menos los que no saben pelear, era dándoles una muerte rápida y digna que no les hiciera suplicar. "suplicar es tan malo para tu contrincante como beberte un café con sal", le decía, con su ropa oliendo a ese brebaje y su sonrisa resplandeciente. Honrarlos con una muerte rápida también era una forma de demostrar lo buena guerrera que ella era, y sus conocimientos. Los no profesionales montaban tremendas carnicerías a menudo, por el hecho de no saber matar podían montar chapuzas y dejar agonizando durante días a sus oponentes.
Extraña a Ray, lo hace tan intensamente que mientras camina, con la determinación de matar en el corazón, añora sus brazos y consejos. Era burlón con ella, y la golpeaba en los entrenamientos hasta dejarle morados, pero había sido un buen profesor y un mejor amante. A Dahlia, seria, circunspecta y disciplinada, la vuelve loca aquel vencedor. Le encantaría preguntar acerca de la decisión que ha tomado, mas sabe que, si Ray estuviese de acuerdo con Connor, se vería decepcionada de él, y prefiere actuar según criterio propio.
Llegan a la cornucopia, en silencio. Pese a que habían aceptado la idea de volver con entereza, los cuatro se hallan cansados, de manera que, ya con ropas de verano y expresiones un poco tensas, se acuestan a dormir, descansar o lo que pudiesen hacer. Dahlia no consigue dormir mucho, cada vez que cierra los ojos recuerda el cadáver de la chica, y se le espanta cualquier cansancio que le pudiera quedar, así que se queda haciendo guardia, mientras los restantes duermen a pierna suelta. Piensa en hacerlo entonces, la mano le pica por tomar su espada, desenvainarla y rajarle la garganta a Alexander Rheon. A punto está de llevarlo a cabo, decidida, cuando advierte que Connor Edgeworth tampoco duerme. Un ojo, abierto y vigilante, mira a los demás y a ella misma. Suspira. No es el momento, aún no.
El bosque huele a eucalipto y otros árboles, eso la relaja un poco, le gustan los aromas fuertes. Espera un par de horas, hasta que el sueño la vence también, y se acurruca para dormir abrazada a la espada, única amiga que tendrá de aquí en más. Tiene un sueño inquieto en donde vuelve a casa, y tanto Ray como Pearly y el resto de su familia están enfadados con ella por haber asesinado a Alexander. Pearly… espera que su hermanita de diez años no haya visto tamaña atrocidad. De hecho, más vale que ni la hayan transmitido, por el bien de esa pobre familia. Si la chica del distrito 8 tenía padres, hermanos, amigos…
Suficiente, se dice, temblorosa. Ya basta.
Mikah Odair y Connor Edgeworth iban a quedarse pescando una, y limpiando el pescado el otro. A Dahlia le repugna cocinar, lo dijo bastante claramente el primer día, quemaba hasta el agua y no es mentira. En cierta ocasión, arruinó el café de grano de Ray y hasta ahora no se explica cómo. Así que, con toda inocencia y sin haber sido siquiera la primera vez, ella y Alexander van a por leña. El gigantón rubio de la cicatriz en la cara tiene los ojos sonrientes, como cada vez que la mira. Dahlia sabe que tiene los pechos demasiado grandes, que son notorios, que saltan y rebotan cuando corre, pero siente ganas de pinchar ojos cada vez que un hombre le dedica miradas demasiado pervertidas, no tienen derecho a hacerlo. Y él menos que ninguno.
Pero en aquel momento, hasta sonríe con dicha mirada. Es una sonrisa leve y un poco tensa, cierto, aunque a Alexander Rheon parece bastarle. El joven le comenta sobre qué putada, los juegos, "pero estar con ustedes, los pro, es cojonudo. A ver si mañana se encuentran con Alabaster Faraday o cualquier imbécil y se encargguen de él, pero que esta vez le dejen, porfa, que no quiere volver a luchar con mutos de nuev…"
Es en aquel momento, lo suficientemente lejos de Mikah y Connor como para que ninguno intervenga, cuando Dahlia Fey, rápida y letal, desengancha la espada de su cinturón, la toma con la mano derecha y, con ella envainada, le da un golpe con la hoja cubierta de cuero en la mandíbula inferior, con todo el impulso de su cuerpo que previamente había echado hacia atrás. Un crujido suena en la cara del chico, la sangre y saliva escapan de su boca entreabierta. Ella sabe que le ha roto la quijada, por el golpe, por el sonido, por los ojos azules, desmesuradamente abiertos de Alexander y por sus gritos inarticulados de profundo sufrimiento y sorpresa.
–Mmphh –el joven, dolorido, se lleva las manos a la cara, gimiendo espantosamente. Ni siquiera puede hablar por el dolor, y claro, porque la mandíbula se le ha roto.
Dahlia le vuelve a pegar con la espada envainada, esta vez en la rodilla izquierda, aún más fuerte. El chico cae al suelo, sacándose las manos de la cara y volviendo a gritar pavorosamente. No han transcurrido ni cinco segundos de intervalo entre cada golpe y el rubio leñador está pasándola realmente mal. Dahlia siente la ira siendo expulsada de su cuerpo con cada golpe, cada chas de la espada envainada es música para sus oídos.
–Perro desgraciado –Dice, casi gritando, pero con frialdad. Desenvaina la espada, el chico tiene una mano en su rodilla y Dalia, enojada, entierra la punta en mano y rodilla, atravesando ambas en una sola puñalada.
Retuerce la hoja y el sujeto grita de nuevo, con lágrimas en su rostro y se intenta apartar, pero eso hace que ella mueva más la espada. Con un tirón, haciendo pala con el pie y la parte superior del cuerpo, la extrae, y con la mano derecha tomándola desde más cerca de la hoja, y la izquierda más apegada a su cuerpo, ella se pone perpendicular al sujeto, por su costado derecho, y carga todo su peso sobre la punta de la espada, clavándosela en el corazón.
–zo…rfaaaaa –termina lloriqueando, pero ella finge no entenderle, además, su escupo sangriento le quita el efecto dramático que pudo haber tenido.
Dahlia es pragmática a más no poder, así que, ni bien detonado el cañonazo, vuelve a llevar a cabo el efecto pala para extraer su arma ensangrentada, y se agacha justo cuando un cuchillo le pasa silvando junto a la oreja derecha. Se incorpora, mirando hacia atrás brevemente, solo para ver a Mikah Odair, con los ojos abiertos de par en par, la expresión homicida en su cara y a la vez el horror pintado en ella. el cuchillo ha ido a parar a un árbol, la profesional del 2 no sabe cuál ni le importa. Solo sabe que tiene que correr. Si Mikah y Connor le dan alcance…
–¡Mataste a Alex! –Grita la chica en un tono incrédulo y desesperado.
Ella no le responde, solo sale huyendo en dirección al bosque, ignorando el camino real pues le supone una desventaja enorme considerando que mikah utiliza proyectiles y ella solo tiene una espada. Embadurnada de sangre, con el cabello negro apelmazado y los lentes sucios de tierra y una mancha roja que le obstruye algo la visión, Dahlia Fey corre, perdiéndose de vista entre los árboles, muchos y muy extensos. Mikah le va a la zaga, ella la siente todavía, lanzándole cuchillos de vez en cuando con descomunal enfado. Eso le conviene, pues tiene que detenerse de vez en vez para sacarlos de los árboles o bien recogerlos del suelo, pues ninguno da en el blanco. Gracias, Alabaster Faraday, por robarnos todos los cuchillos, piensa Dahlia con una risa histérica, sin dejar de correr.
La profesional le sigue los pasos por más de cuatro kilómetros, donde ella no ha dejado de correr, avanzar y volver sobre sus pasos, para luego retomar camino y seguir avanzando, hasta que por fin, extenuada, la pierde de vista en el hielo. Dahlia corre mucho, asustada y cansada, pero con la certeza de que Connor no le sigue los pasos, lo cual está bastante bien, piensa, sujetándose las costillas que le pulsan ya. Le duele todo de tanto correr, ha sido un día intenso. Al menos, la nieve le ha limpiado la sangre de los lentes, porque había sido molesto correr con la visión un tanto enturbiada.
Hay cosas buenas, pero también malas. Por empezar, muere de frío en aquel lugar, no trae su ropa de recambio… en realidad, no tiene nada consigo salvo la espada corta con la que hizo justicia. Temblando de frío, decide volver al bosque aunque esté Connor, pero primero pasará al menos unas horas allí. agua la tiene gratis, piensa con ironía, juntando copos de nieve entre sus dedos y metiéndoselos a la boca. Es una nueva etapa, se dice con desafío, una etapa en donde quedan diez y tiene que arreglárselas por su cuenta. No puede echarse a morir, los juegos del hambre son así de impredecibles y jamás pensó en quedarse con sus aliados hasta el final, eso le pareció siempre demasiado peligroso. Pues bien, se dice, mirando la nieve, el cielo profundo y oscuro y la soledad de aquel paraje. Aquí estamos, avanzando pues.
Suspira. No se arrepiente ni por un segundo de haber hecho lo que hizo.
Connor Edgeworth mira las presas de pescado ya descabezadas, sin entrañas y dispuestas que tiene en un lecho de hojas, así como los fideos instantáneos que ha cocinado y que yacen en el cazo que aún tiene. Observa el cielo, la luna brilla llena, las estrellas están hermosas, son muchas, la inmensidad abruma, y él está total y completamente solo.
Han pasado horas, un cañonazo sonó y le pareció oír la voz de Mikah, diciéndole a alguien que era una perra y que las pagaría, pero en ese momento él estaba metido en el lago, dándose un baño, y cuando ya estaba listo para ir y por fin se personó en el sitio donde, suponía, había oído los gritos, solo vio un enorme reguero de sangre y lo que parecía ser un diente que había saltado completo de una boca. Era un tipo inteligente, había atado solito los cabos pero ese diente fue una confirmación.
Debió haber sido más astuto, piensa, con dolor. Ha perdido al 100% de la alianza, por su negligencia. Debió ver que Dahlia no se quedaría tranquila, honorable como es. Vamos, ni él estaba tranquilo y los puños le ardían por golpearle, pero decidió esperar. Y solo tiene que mirar cuánto le ha costado…
Vuelve a echar una ojeada al campamento solitario, al pescado, los fideos que solo él tendrá que comerse, la cornucopia que únicamente él tendrá que defender, y su estrepitoso fracaso hace que las lágrimas le piquen en los ojos. nunca debí aceptar a Alexander, se dice. Debí fijarme más en Alabaster, es lo siguiente. Soy un imbécil y seguro ni cumplo la apuesta, termina sacándole las lágrimas que había estado conteniendo.
Llora porque se había imaginado con su alianza profesional hasta el final, porque siempre se tuvo como un líder capacitado, y porque se da cuenta de que todo cuanto idealizó no sirvió de nada. Estos juegos le han llevado por donde han querido y ninguna previsión suya le valió. Llora con desconsuelo, temblando, encogido sobre sí mismo, las manos en la cara y la expresión infantil y desamparada, hasta que no le queda más que derramar, frustrado, enojado y sobre todo triste porque todo se le fue al garete. Solo es un chico de dieciocho años con ganas de cumplir una apuesta, un chico que creció oyendo que la alianza profesional de ordinario está junta hasta el final y que suelen guardarse las espaldas, siendo el líder fundamental. Pues vaya líder, se dice.
Se calma después de un rato, decidiendo que alguien tiene que comerse ese pescado, y será él, no piensa desperdiciarlo. Luego, buscará uno a uno a sus antiguos aliados y los matará. Y a los demás tributos, los encontrará y los matará también. Hasta ganar. Podrá ser un líder de mierda, se dice, pero la apuesta la va a cumplir. Ya no para decir un absurdo te lo dije sino por su vida.
Quiere vivir. Curiosamente, recién ahora se da cuenta de eso. quiere vivir más que nada.
Encomios:
Puesto 12º Lanna Peters, f8 – Alexander Rheon/Mikah Odair.
Lanna: cómo sufriste… no fue tanto como en el fic original, pero aún así. No lo merecías, ni mucho menos. Solo querías vivir y tenías una vida tan normal…. U.u
Puesto 11º Alexander Rehon, m7 – Dahlia Fey.
Alexander: Aredian Vetinari y Terrance Wallace, los pro del 2 que estaban contigo en el fic original, te dejaron pasar muchísimas cosas, porque eran unos personajes to' incoherentes que me dan tanta vergüenza que aquí ni aparecieron. Pero yo sabía que Dahlia no te iba a dejar pasar ni una, por como es. No tuviste una muerte tan fea como la que merecías, pero sufriste. Aunque no lo creas, Alex, te tengo bastante aprecio.
Quedan diez tributos.
Alabaster Faraday, m1 y Sunny Tyson, f10.
Dahlia Fey, f2
Connor Edgeworth, m2.
Zachary Bayer, m3
Mikah Odair, f4
Alan Blake, m5
Marcus Armitage, m6 y Collie Rush, f7
Milaryon Lestrange, m9.
Nota:
Capítulo intensísimo, si los hay. Espero que lo hayan disfrutado, me costó bastante pero estoy conforme con el resultado.
Saludos, Reyes y Reinas.
