XX

- A partir de allí me volví un paria. No hacía más que beber. Pasé un mes borracho, encerrado en mi departamento, envuelto en las sábanas perfectamente impregnadas con su aroma de madreselvas.

En ningún momento intentó comunicarse conmigo. Tampoco intenté llamarla: tan deplorable era mi estado que consideré que lo más correcto era protegerla de mí mismo.

A partir de allí pasamos meses sin vernos. Tan sólo la espié en la Facultad, y quedé cada vez más hipnotizado. Sin embargo, traté de pasar desapercibido. Traté de no tropezarme ni de coincidir con ella en ningún sitio. Por fin nos reencontramos en el cumpleaños de Hirokazu.

Me sorprendió volver a verla de cerca: estaba más hermosa que antes... me sentí miserable, ¿cómo pude perderla? ¿cómo me permití perderla?

Sus ojos claros, su cabello largo, su piel tersa, su aroma..., su inigualable aroma intacto. ¡Cómo la extrañé!

Pero ya el tiempo de hablar se nos había pasado. Y no volvimos a hacerlo.

- ¿Pero han intercambiado palabras?

- Algunas veces. Pero nada de relevancia para ninguno de los dos, o al menos para la relación. Además... ahora ella está en pareja - musité con desgano.

- ¿A sí?

- Sí.

- ¿Y tú?

- ¿Yo qué?

- ¿No te has puesto en pareja desde entonces? - inquirió mordida por la curiosidad.

- No. Ya lo sabes. No puedo ver a una mujer sin dejar de pensar en ella. Sería ruin meterme con alguien teniendo a Rika en mi mente.

- ¿También estás pensando en Rika ahora?

- No tengo más remedio, pues estoy hablando de ella...

- No. Me refiero a cuando me ves a mí... ¿te viene a la mente?

- ¡Mira las preguntas a las que me sometes!- reproché sonriendo - Un poco sí, lo admito. Aunque no tengas ningún parecido físico con ella, me la recuerdas por el simple hecho de ser mujer. Y de ser mexicana.

- Entiendo... - musitó algo seria - porque en sí somos personas diametralmente opuestas en lo que refiere a lo físico. Ella es altísima, pelirroja, blanca, sensual y yo soy petisa, morocha, morena y desgarbada.

- No me gusta que lo digas así... - le dije algo indignado, aunque bien sabía yo que compararse pelo a pelo con Rika era una especie de suicidio si se lo hacía respecto de uno mismo, o de homicidio especialmente agravado si lo hacía otro respecto de uno.

- Pero es la verdad. No me ofende admitirlo. Sus pecas perfectamente pinceladas en su rostro erizan a quien las mira y sus caderas hacen arder de deseos a todo aquel que pasa por su lado... su cintura fina es de antología y sus pechos infartantes parecen querer romper toda aquella ropa que los oprime y comprime... ¡y qué decir de sus piernas! Un metro, o mejor dicho, dos metros de fuego capaz de incinerar a la paupérrima presa abrasada sin escape por él.

- Creo que nadie la ha descripto mejor que tú - admití un tanto admirado ante el discurso de la joven - Sin embargo, aún se te escapan algunos detalles más importantes y ocultos.

- ¿Cuáles?

- Los de su mirada, su voz, sus sonrisas, y su aroma.

- Supongo que eso será digno del experto que compartió casi diez años de su vida con ella... - supuso Leticia, encogiéndose de hombros.

- Así es - afirmé, sintiéndome inexplicablemente importante.

- ... y que le va a contar a su amiga Leticia... - añadió culminando la exposición de sus pretensiones.

- No creo... - negué un tanto titubeante para no sonar brusco - Creo que es algo que prefiero guardarme para mí. "Lo esencial es invisible a los ojos". Y lo esencial considero que debe ser sólo mío, por haber compartido tantos años con ella.

- Está bien. No insistiré. Pero no digas que no te pregunté. ¡Ya vas a venir desesperado a contarme! - advirtió sonriendo.

- Verás que no...

- Verás que sí, y loco de ganas, porque a nadie le has dicho lo que hoy me dijiste a mí.

- ¿De verdad lo crees? ¿Tan segura estás?

- ¿Debería no estarlo? ¡A que ya lo has dicho! ¡Ahora me dejas con la duda! - reprochó graciosamente la joven.

- Es una lástima. Soy muy malo... - declaré entre risas.

- Está bien. No me interesa...

- ...

- ¿No contestas? ¿No vas a decirme nada?

- ...

- Por esa gracia vas a tener que salir conmigo... - comenzó Leticia juntando sus cosas - mañana sábado, a las ocho y media de la noche, en la puerta del Moviecenter. Nos vemos, Ryo - finalizó, emprendiendo el abandono del sitio en que nos encontramos.

"¿Qué?", pensé sorprendidísimo, "¡¿Me invitó a salir?!".