Hola.

Despúes de tanto tiempo, he regresado con un capítulo en puerta.

Por el momento no ahí beta para esta historia, una amiga me hizo el favor y estoy agradecidisima!

Aclaro que está historia llegara a su final, lento pero lo hara.

Capítulo beteado por Eve Runner, Beta FFAD: www facebook com / groups / betasffaddiction


Capítulo 21: Nuevas oportunidades.

BELLA

Me quedé asimilando todo lo que me había dicho. ¿Me estaba dejando para que sea feliz? ¿Cómo llegó a esa conclusión?

Obvio, Isabella, demuestras a los demás… ¡Qué estás bien! ¡Qué no pasa nada! Fuerzas tu mejor sonrisa y cuando estás con él te escudas para que no vea que sufres. Mientras que en las noches te las pasas llorando, en silencio, para que Alice no se preocupe, eso responde a cómo llegó a esa conclusión.

—Bella, ¿estás bien? —escuché la voz de Alice. Ni siquiera había oído cuando abrió la puerta.

—Sí, Alice —respondí—. Debo hacer algo. —No le di tiempo para que preguntara y emprendí camino en busca de Edward.

Mi vida sin él no sería vida. Estos días me habían servido para ver las cosas de manera clara, actué de modo exagerado. Él se había equivocado pero todos cometemos errores. Ahora, él estaba ahí, demostrándome que estaba arrepentido. Cada mañana tenía un hermoso detalle, su preocupación porque me alimentara bien, por nuestro bebé, sus sonrisas sin el brillo de sus ojos; estaba ahí para mí, ocultando su dolor, demostrándome que ante todo siempre sería yo.

Cuando llegué el Volvo seguía aparcado, miré a la derecha y nada. Giré a la izquierda y visualicé a Edward a una media cuadra, caminando con la mirada al piso.

—¡EDWARD! —grité con el poco aire que me quedaba.

Se giró en cuanto escuchó mi voz, ambos corrimos en la dirección del otro para reunirnos.

—¡Edward! —exclamé cuando me atrapó entre sus brazos. Sentí mis lágrimas caer. Al fin regresaba a donde pertenecía—. No me dejes —le susurré entre sollozos.

—Mi Bella —susurró. Lo miré. Sus mejillas estaban bañadas en lágrimas—. Jamás te dejaré, Bella. Jamás podría hacerlo... solo que yo pensé... que habías dejado de amarme —me dijo enterrando su cara entre mi cabello.

—Eres un tonto, Edward Cullen. Jamás podría dejar de amarte, ¡eres mi vida!—le dije, dejando una suave caricia en su mejilla—. Es junto a ti donde pertenezco. —Tomé su rostro entre mis manos para besarlo.

En el instante en que nuestros labios se tocaron me desconecté del mundo. Éramos solo Edward, nuestro bebé y yo.

Juntos para siempre.

Mis labios buscaron profundizar el beso, su lengua pidió permiso para buscar la mía. El permiso que fue concedido. Enredé mis manos en su cabello mientras él me acercó a su cuerpo, tomándome de la cintura. Sus labios eran tan suaves y carnosos, jamás me aburriría de besarlo, era la mujer más feliz sobre la tierra... ¡Podría explotar la tercera guerra mundial y no me enteraría! Nos separamos, jadeando por falta de oxigeno, uniendo nuestras frentes, esperando que nuestra respiración se normalizara.

—Te amo tanto, Bella. Temí perderte. —Su confesión me dejó desarmada.

—¿Puedo saber cómo llegaste a esa conclusión? —Yo le había dicho que lo amaba y que no nos separaríamos, así que no lo entendía.

Pareció avergonzado y a la vez disgustado al responderme. Respiró profundamente y me miró a los ojos.

—Te vi tan feliz con James… a pesar de todo lo que estábamos pasando. Él estaba ahí cada que podía, siempre estabas sonriendo y riendo. —Suspiró mientras su ceño se fruncía—. Parecías tan cómoda con él —terminó, encogiéndose de hombros.

Una sonrisa cruzó por mis labios.

—¿Estás celoso? —le pregunté intentando comprenderlo.

—La verdad es que... algo... bueno, no... —tartamudeó—. Mucho... demasiado... Bella, no tolero que esté cerca de ti —manifestó, bajando la mirada—. ¡Muero de celos! —confesó.

—Mírame —le pedí. Esos hermosos ojos verdes posaron su mirada en mí—. James, sólo es un amigo, nadie importante, pasamos tiempo juntos porque es un compañero de clase. No te voy a negar que me cae bien pero algo no termina de encajar... no me siento del todo cómoda con esa amistad. —Él iba a interrumpirme pero lo hice guardar silencio—. Pero no puedo ser grosera, él no me ha dado motivos para que lo trate mal. —Me acerqué rodeándolo con mis brazos—. Te amo, Edward... más que a mi vida, entiende esto —Puse mi mano a la altura de su corazón—, solo tú me haces feliz, me transmites amor —Él sonrió poco a poco—, solo tú haces que mi cuerpo vibre cuando lo rozas... eres tú quien me da tranquilidad. —Deposité un pequeño beso en sus labios—. Contigo me siento protegida, amada... eres tú quien será el único hombre en mi vida... al menos que... el bebé sea un niño. —La sola idea de un pequeño Edward me hinchaba de felicidad.

—Te amo, Bella, tú también eres la única mujer en mi vida... aunque deseo que sea una hermosa mini Bella —me dijo colocando su mano en mi vientre—. ¿Vamos a casa? —preguntó esperanzado.

— Sí, hay que ir por mis cosas donde Alice. —Asintió y empezamos a caminar de regreso tomados de las manos, se detuvo un momento y me besó, delineando con la lengua la comisura de mis labios. Solté un gemido por la excitación que se albergaba en mi sexo.

Si seguíamos besándonos de esa manera terminaríamos haciendo el amor en la mitad de calle y dudo mucho que a la gente no le importará. Además, Alice debía de estar muy preocupada por mí, salí de su casa sin darle una explicación. Ambos nos separamos con una sonrisa, regresando a casa de su hermana.

Me alegraba que las cosas terminaran aclarándose entre nosotros.

Cuando llegamos a casa de Alice le explicamos lo sucedido. Ella no paraba de regañar a Edward por haber metido la pata, pero al final terminó felicitándonos por la noticia del bebé y porque las cosas entre nosotros ya estuvieran resueltas.

Nos despedimos de ella y volvimos a nuestro hogar. Se sentía tan bien llamar a ese lugar hogar, porque de ahora en adelante sería el lugar donde criaríamos a nuestro bebé.

—Ahora, señor Cullen terminemos lo de hace un rato —comenté con mi mejor sonrisa malvada.

—Encantado de complacerla, señora Cullen. —Edward me mostró una sonrisa bastante pícara.

Después de eso no hicieron falta las palabras. Demostramos cuanto nos amábamos fundiéndonos en un sólo.

Aunque debo admitir que fue una muy buena reconciliación, "creo que sería bueno discutir más seguido con Edward", porque la recompensa era mucho mejor, demasiado, diría yo.

.

.

Al día siguiente a ambos se nos notaba la felicidad. No parábamos de sonreír y Edward no dejaba de murmurar en mi vientre plano un "Te amo, bebé", eso hacía que mi felicidad se incrementara.

Llegamos juntos a la universidad. Me dolió tener que despedirme de él en el estacionamiento pero cada quién tenía que regresar a clases. Quedamos de vernos a la hora del almuerzo.

Cuando estaba a punto de entrar al salón de clases sentí que alguien me tocaba el hombro. Exaltada me giré para encontrarme con James brindándome su mejor sonrisa.

—Lo siento, Isabella, no trataba de asustarte —se disculpó.

—No te preocupes. —Sonreí.

—¿Puedo hablar contigo? —Se notaba nervioso.

—Claro, ¿te parece en otro momento...? Está a punto de iniciar la primera clase —mencioné cuando vi entrar al profesor.

—De acuerdo, te veré en el almuerzo. —Sonrió.

—Voy a almorzar con Edward.

—¡Ah! —fue lo único que dijo. Noté como su rostro cambiaba de expresión, no entendía por qué, después de todo Edward es mi esposo y ahora el padre de mi bebé, era lógico estar con él.

La clase estuvo bastante aburrida. En algunas ocasiones sentí que mis párpados se cerraban. Creo que con esto del embarazo me producía más cansancio de lo normal.

Mis demás clases fueron más tranquilas aunque a cada momento veía el reloj, quería que el tiempo pasase muy rápido. Moría de hambre y de ganas de ver a Edward.

Gracias al cielo escuché el ruido de la campana. Era hora del almuerzo. Pude ver como muchos de mis compañeros soltaban suspiros y oí el azotar de sus libros al estar cerrados. Poco a poco el salón quedó vacío. Me demoré un poco en guardar mis cosas.

James se acercó de nuevo, pidiendo unos minutos para hablar conmigo.

—Terminé con Victoria —lo dijo así como si nada, parecía no afectarle la ruptura de su relación.

—Lo siento mucho, James. —No sabía que más decirle, en verdad lamentaba su ruptura. Supongo que después de tanto tiempo de mantener una relación y que de repente todo se termine es algo difícil.

—Gracias pero… —Se veía indeciso—. Hay una razón por la que lo hice. —Me miró, traté de descifrar que decía su mirada pero no lograba comprender que era.

— ¿Por qué lo hiciste?—pregunté, supuse que él quería contarme sobre eso. De no haber sido así no hubiera insistido en hablar conmigo.

—Porqué... tú me gustas mucho, Isabella. Sé que eres pareja de Edward pero quisiera que me dieras una oportunidad —pidió.

Yo no sabía que responderle. Sus palabras me dejaron en total silencio. Lo que me acababa de decir no era lo que esperaba, siempre había considerado a James como un amigo; nunca le di esperanzas o le hice creer que podía tener algo con él.

—Ja...mes —tartamudeé—. Yo... no sé qué decir. —Suspiré—. Quiero decir, yo amo a Edward con todo mi corazón. —Estaba muy nerviosa.

—Pero Edward y tú algún día pueden separarse. —¿Acaso sonaba esperanzado?

—Lo lamento, James, pero lo que siento por Edward es muy fuerte, dudo mucho que se pueda romper. —Era verdad no solo Edward y yo nos amábamos como locos, ahora tendríamos un bebé, fruto de nuestro amor.

—Tal vez no sea así, Isabella, quizá en un futuro las cosas cambien —insistió.

—No, James, las cosas no van a cambiar. —Tenía que dejarle las cosas en claro—. Edward y yo nos amamos. Él es mi esposo y ahora vamos a tener un bebé. —Instintivamente llevé mis manos a mi vientre—. Siento mucho si sueno muy directa pero es la verdad y creo que lo mejor es que las cosas entre tú y yo estén claras... solo puedo ofrecerte mi amistad. —Sentía mucho lastimar a James pero él tenía que entender. Debía estar confundido.

—¡Vaya!— contestó, sorprendido por lo que le acababa de decir.

Desvié mi vista hacia el reloj de pared. Había perdido quince minutos del almuerzo, seguro Edward estaba preocupado por mí. Era mejor que me fuera antes de que decidiera venir a buscarme.

—James, lo siento pero tengo que irme. —Tomé mis cosas y caminé hacia la puerta.

—Isabella, es solo una oportunidad. —Me miró suplicante.

—James, creo que lo mejor para ambos será que dejemos de tratarnos. —Me di la vuelta y salí del salón de clases, dejando a James de pie, solo.

Literalmente, casi volé a la cafetería. Busqué con la mirada por todos lados a Edward. Tardé unos minutos en encontrarlo. Estaba sentado solo en una mesa con expresión preocupada. Caminé hacia él.

—Lamento la tardanza —dije mientras me sentaba frente a él.

—Estaba muy preocupado por ti, un par de segundos más y hubiera ido a buscarte. —Acarició la palma de mis mano.

—Tuve un pequeño inconveniente —murmuré, recordando lo de hace unos segundos.

—¿Te sientes mal? —Se levantó de inmediato, rodeándome con sus brazos.

—No… más tarde te cuento lo que pasó. —Acaricié su mejilla, restándole importancia—. Ahora vamos a comer, me muero de hambre. Recuerda que ahora tengo que comer por dos. —Me reí. Él sólo sonrió pero notó como sus ojos reflejaban que seguía preocupado.

Terminamos de almorzar. Y con un profundo beso nos separamos para ir a nuestras respectivas clases.

Rebecca me dijo que James no dejaba de mirarme pero que su mirada no era nada agradable. Le conté lo que había pasado y gritó diciendo un ¡YA LO SABÍA!

Me quedé intrigada y terminó contándome que ella estaba segura que James sentía algo más que una simple amistad por mí, pero que había algo de él que no le gustaba. En eso coincidíamos, parecíamos tener un sexto sentido. En mi caso creo que nunca me sentí del todo a gusto con esa amistad, puesto que él sentía y siente algo más por mí… algo en mi interior me advertía que no confiara en él.

Al terminar las clases Alice me esperaba. Me llevó a casa. Cuando la invité a pasar me dijo que tenía mucho trabajo, así que nos despedimos con una sonrisa.

Se me antojó un caldo de pollo y me puse manos a la obra. Cuando terminé de hacerlo me dispuse a esperar a Edward pero mis planes terminaron siendo otros porque me quedé dormida.

Sentí que acariciaban mi mejilla, abrí los ojos lentamente para encontrarme con mi Dios Griego con una sonrisa. Sus ojos volvían a tener ese brillo especial.

—Hola, pequeña, ¿tuviste una buena siesta? —me preguntó besando mi frente.

—Mmm… sí, ¿comemos? —sugerí.

—Claro, amor. La princesa ya tiene hambre —dijo acariciando mi vientre.

—Algo —le respondí—. ¡Oye! También puede ser príncipe —comenté.

—¡Ya Veremos! —respondió, guiándome hacia la cocina.

Comimos entre pláticas. Al terminar Edward me elogió por la comida, cosa que le agradecí. Se negó a dejarme recoger, diciendo que él lo haría; una vez terminó se dispuso a hacer su tarea, mientras yo estudiaba para un examen. Después de horas repasando nos tomamos una ducha, estábamos muy cansados.

—Bella —me llamó saliendo del baño.

—¿Sí? —pregunté, terminando de secarme.

—¿Me vas a contar por qué la demora de esta mañana? —preguntó cauteloso.

Dudé unos segundos.

¡Entre nosotros no hay secretos! Recordé.

—Claro…ven —le insté—. Siéntate conmigo. —Y así lo hizo. Se acomodó en la cama.

—James me pidió unos minutos para hablar. —Frunció el ceño mostrando lo desagradable que le resultó la idea.

—¿Qué quería? —preguntó molesto.

Respiré varias veces tratando de tranquilizarme, pues ya sabía lo que se avecinaba.

—Me dijo que le gustaba…

—¡QUÉ! —exclamó Edward, cerrando las manos en puños.

—Déjame terminar, ¿de acuerdo? —le pedí. Él asintió—. Me resumió que quería una oportunidad. Le dejé en claro que no podíamos tener nada, que yo te amo a ti, que estoy felizmente casada y que tendremos un bebe. —Miré a Edward. Su cara era todo un poema—. Insistió y le dije que era mejor que dejáramos de tratarnos, porque no podíamos ser amigos y salí de ahí. —Me encogí de hombros, esperando su reacción.

—¡Tenía razón! ¡Yo tenía razón! —exclamó enojado.

—¿De qué hablas? —le pregunté confundida.

—Yo lo presentía… ¡Lo quiero lejos de ti, Bella! —Su ceño se frunció—. Muy lejos… Le dijiste que estás casada y que esperas un bebé, y eso no le importó, ¡es un maldito! —gruñó—. Sus intenciones no son buenas, no quiero que se te acerque —terminó diciendo y pasando sus manos por su cabello.

—Así será, amor —le dije, rodeándolo con mis brazos—. Te amo —susurré en su oído.

—Y yo a ti, pequeña. Prométeme que si te vuelve a decir algo me lo dirás. —Su rostro mostraba preocupación.

—Sí —le respondí, para unir mis labios a los suyos—. Te lo prometo. —Mis labios se abrieron paso entre los suyos, había descubierto que era una adicta a los labios de Edward.

—Vamos a dormir —me susurró, atrayéndome hacia él.

.

.

.

Habían pasado dos semanas desde la última vez que hablé con James, pareció haber entendido porque no me volvió hablar, cosa que agradecí.

Rebecca me había contado que Laurent, un amigo de él, le había dicho a Kate que nunca terminó con Victoria, había sido toda una farsa para ver si yo caía. Como no había dado resultado Victoria jamás se enteró, estaba totalmente cegada por James, pobre la compadecí.

Olvidando eso incomodo tema… Edward no me dejaba hacer nada que demandara demasiado esfuerzo porque le hacía daño al bebé; los antojos empezaron, adoraba el chocolate; los vómitos se hacían frecuentes, sobre todo en la mañana. Ahora íbamos camino a la ginecóloga, en parte era porque así me sentiría más cómoda y la otra parte era porque Edward no quería que nadie más me viera, ¿celoso? Demasiado, diría yo.

Iba jugueteando con mis manos, cosa común en mí cada vez que moría de nervios. Esta vez eran nervios de felicidad, ¡vería a mi bebé!

Edward había sacado una cita lo más temprano posible para regresar a las demás clases. Decidimos venir a la cita antes de decírselo a la familia, temíamos la reacción Charlie, ¡estallaría! Podría jurar que lo veía abordar el primer vuelo disponible, seguido por Emmett.

—Bella, hemos llegado —anunció Edward, sacándome de mis pensamientos.

Con una sonrisa le tomé la mano para bajar del auto y luego caminamos por el hospital hasta llegar al área de Ginecología.

—Buenos días, tenemos una cita —informó Edward a la señorita que estaba a cargo de la recepción.

—¿Nombre? —preguntó amablemente.

—Isabella Cullen —le contestó Edward con orgullo. Cada vez que decía mi nombre con su apellido mostraba su sonrisa de "Mi esposa, Mi mujer".

La señorita buscó en el ordenador.

—Sí, aquí está —confirmó—. La doctora Mackenna la espera en el consultorio diez, pasen por favor —nos dijo con una pequeña sonrisa.

—Gracias —respondimos al mismo tiempo. Nos reímos por la coincidencia y caminamos tomados de la mano, buscando el consultorio. Cuando llegamos Edward tocó la puerta, se escuchó un "pase" y entramos. Sentada en una silla, detrás de su escritorio, se encontraba una mujer de cabello negro con unos impresionantes ojos azules, complexión delgada, leyendo unos documentos.

Cuando nos vio entrar, posó su mirada en ambos.

—¿Isabella Cullen? —preguntó suspicazmente.

—Sí —respondí.

—¿Eres algo de Carlisle Cullen? —cuestionó sorprendiéndome.

—Es mi suegro, su papá —dije señalando a Edward.

—¡Oh! —exclamó alegre—. Tu padre y yo estudiamos juntos —informó mirando a Edward—. Siéntense por favor, ¿con quién tengo el gusto? ¿Cómo está tu padre? —inquirió amablemente.

—Edward Cullen —se presentó estrechando su mano—. Mi padre está muy bien, sigue trabajando en Forks —contó Edward con una pequeña sonrisa.

—¡Qué bien! —expresó—. Dile que Mackenna le envía saludos a él y a Esme.

—Será un placer —respondió Edward.

—Bueno… los análisis que me mostraron están en lo correcto, ahora vamos a hacerte un ultrasonido y te voy a ir preguntando datos para llenar el expediente, ¿te parece? —preguntó infundiéndome confianza.

—Está bien —le respondí, sintiéndome cómoda.

—¡Perfecto! Pasa al baño a ponerte una bata y regresas —me pidió.

Asentí yendo hacia el baño. Cuando vi el tipo de bata hice un mohín, no me agradaba mucho pero era necesario. Me la coloqué y salí.

—Recuéstate aquí —dijo apuntando hacia una especie de silla.

Y así lo hice. Edward se situó a mi lado tomándome de la mano.

—Vas a sentir frío. —Asentí. Era verdad, sentí un frescor pero no era incómodo, puso una palanquita sobre mi vientre y prendió el monitor.

Una imagen apareció, yo no le hallaba forma. Edward apretaba mi mano, en señal de nerviosismo.

—Miren aquí. —Apuntó Mackenna hacia un manchón blanco—. Ese es su bebé. Tienes ocho semanas —nos informó—. Aquí se aprecia su cabecita, es muy pequeñito, mide 9 milímetros, pesa 0.5 gramos. —Mis lágrimas salieron sin previo aviso cuando le encontré la forma, era mi bebé, nuestro bebé. Miré a Edward, quien tenía los ojos irritados y una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Está bien? —pregunté con miedo.

—Sí, no tienes de que preocuparte, está muy bien. Ahora, ¿quieren oír el corazón de su bebé? —nos preguntó.

—Sí —le respondimos al mismo tiempo, con un toque de emoción en nuestra voz.

Con una sonrisa oprimió un botón y un repiqueteo llenó la habitación. Era un ¡bum bum! ¡Hermoso! Volví a llorar, extasiada de felicidad.

—Gracias —me susurró Edward con lágrimas en sus ojos.

—Tú también contribuiste —le dije, dándole un casto beso en los labios.

—Isabella —me habló la doctora.

—Solo Bella, por favor —le pedí.

—De acuerdo, Bella. Te voy a recetar vitaminas, ácido fólico y hierro; deberás comer sanamente, nada de esfuerzos en este trimestre que es el riesgoso, nada de alteraciones, podrán seguir teniendo relaciones —cuando dijo eso sentí mis mejillas arder y bajé la mirada, ¡qué vergüenza! Pensé para mí—. Sentirás náuseas, vómitos, sensibilidad en los senos, fatiga, ganas frecuentes de orinar, acidez; si son persistentes llámame y te recetaré algo para ayudarte, ¿de acuerdo?

—Sí, está bien —respondí con una sonrisa.

Sonrió mirando a Edward.

—Las hormonas harán de las suyas, así que Edward… paciencia y mucho amor —aconsejó.

—Así será —aseguró Edward.

—Aquí están las fotos de la ecografía, el video y la receta —me dijo, entregándome una carpeta—. Los veré el próximo mes. —Se levantó y estrechó nuestras manos a manera de despedida—. Cuídate, Bella. Edward, un gusto conocer al hijo de un buen amigo.

—Gracias —le contesté sinceramente.

—Gracias, fue un placer conocerte, Mackenna —le dijo Edward.

Salimos del consultorio abrazados, irradiando felicidad.

—Es hermoso. Nuestro bebé es una bendición. Te amo, Bella. —La felicidad era real en estos momentos.

—También te amo y tienes razón, nuestro bebé es hermoso —le dije, atrayéndolo hacia mí para besarlo.

Cuando llegamos a la universidad nos despedimos con un beso.

Después de dos clases nos reunimos en la cafetería. Alice, Jasper, Rebecca, Kate y Riley, nos esperaban impacientes. Les contamos cómo nos había ido. Jasper y Riley se encargaron de hacerle bromas a Edward sobre cuando las locas hormonas desatadas.

Edward tenía fruncido el ceño y bufaba, tratando de ignorarlos. Las chicas ya estaban pensando en comprar ropita de todos los colores existentes.

—¿Eres Isabella? —preguntó una chica de cabello rojizo, ubicándose frente a la mesa.

—Sí —le contesté, tratando de acordarme si la conocía, pero no.

—Vengo a advertirte. Aléjate de James, es mi hombre y me he enterado que estás persiguiéndolo, ¡engatusándolo! Deja de ser una ofrecida o te daré tu merecido —me dijo, fulminándome con la mirada y dejándome en shock ante sus palabras.

—¡Qué diablos te pasa! —Edward se levantó, liquidándola con la mirada—. ¿Por qué le hablas así? —gruñó.

—Imagino que tú eres su novio. —Me miró una vez más—. Amarra a tu novia y dile que deje de andar persiguiendo a James, él ya está cansado de que esta… —dijo señalándome despectivamente—. ¡Sea una zorra! —dijo burlándose.

—La zorra aquí eres tú —contestó Rebecca, tratando de defenderme.

—Vete Victoria, no molestes —le dijo Kate.

—Pero veo que ni siquiera se puede defender, necesita a su patético "novio" y a sus "amigas" —comentó sarcásticamente.

Salí de mi transe, había sido suficiente, ¿que yo andaba atrás de James? ¡Por favor!

—Escúchame bien porque solo te lo diré una vez —le dije poniéndome de pie y fulminándola ahora con la mirada—. Yo no sé qué cosas te habrá metido en la cabeza, pero ni aunque fuera el último hombre en la faz de la tierra lo miraría. —Mi ceño se frunció—. Antes besaría a un sapo… así que deja de meterte conmigo y ve a cuidar a tu "hombre"… No soy ni ofrecida, ni zorra, soy una mujer felizmente casada —le dije, enseñándole el anillo—, y no pienso cambiar lo que tengo por un… ¡idiota como James! —exclamé enojada.

—No lo insultes, perra. —Levantó su mano, dirigiéndola a mi cara, esperé el impacto pero no llegó. Alice la detuvo con una mirada que jamás le había visto desde que la conocí.

Edward se puso delante de mí, protegiéndome.

—Ha sido suficiente —Alice elevó su voz, sujetando el brazo de Victoria fuertemente.

—¡Me lastimas! —se quejó chillando.

—Esto es poco. Si te metes de nuevo con Bella te juro que sentirás mil veces este dolor —le dijo, soltándola bruscamente.

—Estás advertida, Bella. Si te metes con James nadie te salvará —dijo marchándose indignada.

Me di cuenta que varios espectadores miraban la escena. Una vez se marchó mis lágrimas escurrieron sin cesar, oculté mi cara en el pecho de Edward, instintivamente sus brazos me rodearon.

—Tranquila, amor. Shhh…—susurró—. Esa mujer está loca, tiene suerte que sea mujer, pero James no la tendrá —me dijo, abrazándome más fuerte.

—No, Edward, ¡por favor! —le dije sollozando—. No te metas en problemas, puede costarte los estudios ¡promete que no harás nada! ¡Promételo! —le exigí con miedo.

Oí un suspiro de su parte.

—Lo prometo, Bella… Ahora, tranquilízate que le hace daño al bebé, ¿quieres pequeña? —Asentí, mientras él limpiaba mis lágrimas—. Ahora mejor vamos a casa. ¿Jasper, podríamos disculparnos en las siguientes clases? —le pidió.

—Claro, vayan tranquilos. Yo recojo su tarea y Bella, tranquila, estamos contigo —me dijo con una sonrisa.

—Gracias —expresé devolviéndole la sonrisa.

— ¿Estás bien, Bella? —preguntó Alice, abrazándome cariñosamente.

—Mejor —contesté—. Gracias por defenderme… pero tendré en cuenta que no debo hacerte enojar. —Sentí escalofríos de solo pensar en una Alice como la de hace unos instantes.

—Te quiero, Bella… nadie se mete con mi familia. —Sonrió—. Tú también me enorgulleces. —Rio—. Vaya manera de defenderte… le diste su merecido —me dijo sonriéndome.

—No sé ni de donde salieron esas fuerzas —comenté, encogiéndome de hombros.

—Deben ser las hormonas —dijo Kate.

—¡Benditas hormonas! —exclamó Rebecca, provocando que una risa saliera de mis labios.

—Esa es la actitud, positivismo —dijo Riley guiñándonos un ojo.

—Bueno, nos vemos el lunes, chicos —indicó Edward despidiéndose.

En el camino a casa iba pensando en James. ¿Cómo alguien puede inventar cosas tan perversas para lastimar a las personas? Ahora comprendo, él nunca fue lo que aparentaba por eso no terminaba de caerme bien.

—Bella —Miré a Edward—, fuiste muy valiente, amor. Te amo, princesa. —Besó mi frente una vez que llegamos a nuestra casa.

Sonreí por el amor que me tenía.

—Yo también, te amo y tienes toda la razón, sentí la necesidad de protegerme —me corregí—, de protegernos… cuando te mencionó algo en mi explotó y me llenó de coraje, no me pude contener. —Me dieron unas ganas atroces de acabar con ella por decir tantas estupideces—. Pero… ahora tengo hambre —le dije haciendo un puchero.

—Mi Bella —susurró en mi oído—. En un momento te prepararé algo, les prepararé —se burlo de mí—. ¿Crees poder soportar la explosión que dará la familia cuando les comuniquemos las buenas noticias? —preguntó frunciendo el ceño ante lo que se avecinaba.

— ¡Uff! Eso… —exclamé—, será peor que cinco pelos de zanahoria juntas. —Sonreí ante el apodo—. Pero lo intentaré —dije abrazándolo.

—Bien —murmuró—. Disfrutemos de los últimos días antes de la tormenta —instó, atrayéndome a sus brazos para besarme dulcemente.


Bueno estos tortolos se han reconciliado, que hermosoooo!

Y la pelos de zanahoria, ups que diga Victoria esperemos no de lata, y tanto ella como James se alejen.

Bueno, espero sus comentarios.

Y quiero agradecer a las personas que aún son fieles a está historia.

Espero poder actualizar pronto.

Karina Castillo.