Disclaimer: The story doesn't belong to us, the characters are property of S. Meyer and the plot belongs to Elise de Sallier.We just translate with her permission.
Disclaimer: La historia no nos pertenece, los personajes son de S. Meyer y la trama de Elise de Sallier, solo nos adjudicamos la traducción.
Restoration
By: Elise de Sallier
Traducción: Flor Carrizo
Beta: Yanina Barboza
Capítulo 21
La última vez que Bella había estado en el gran salón, había estado intimidada por su entorno y aterrorizada por la exposición. En todos los otros aspectos, asistir al baile del rey había sido un sueño hecho realidad, sin embargo uno que ella nunca se había atrevido a permitirse. El lugar podía ser el mismo, pero hoy los procedimientos no podían ser más diferentes. Con todos los ojos sobre ella, juzgándola, y las acusaciones que caían sobre ella cada vez más severas, sentía que estaba atrapada en una pesadilla. Aunque estaba determinada a apoyar a Edward mientras él explicaba ante su padre sus acciones, ella no había esperado que el rey eligiera una audiencia pública.
El corazón de Bella dolía al ver el dolor en los ojos de Edward por la traición de su padre. Las acusaciones de Victoria no eran menos de lo que ella esperaba, pero el rey tenía una reputación de ser un hombre justo y razonable. Edward siempre había sido leal a su padre, obediente, había trabajado duro en su rol como príncipe. Cuando compartió su corazón con ella, había admitido que su naturaleza reservada hacía que cumplir sus obligaciones fuese difícil a veces y que, entre los asesores de su padre, había quienes cuestionaban su habilidad para gobernar.
¿Era esta una especie de prueba a su carácter?
Si lo era, Bella cuestionaba el juicio de su padre y se preguntaba cómo Edward podría recuperarse del insulto. Lo que ella no cuestionaba era la aceptación del rey a las mentiras de Victoria, ella conocía muy bien lo encantadora y manipuladora que su madrastra podía ser. En los años después de la muerte de su padre, ella no había tenido otra opción que soportar los desaires y los abusos de Victoria, pero el momento de sufrir en silencio había pasado.
—Mi madrastra está mintiendo. —La voz de Bella tembló, mientras forzaba a las palabras a pasar el nudo en su garganta—. Nada de eso es verdad. Los sirvientes solo dicen lo que dicen porque están asustados de ella, de ser castigados o de perder sus posiciones.
—Más mentiras. —Victoria gesticulaba salvajemente—. Esta es la clase de cosas sobre las que le estaba hablando, su Alteza. No puede creer una palabra que salga de la boca de esa miserable desagradecida.
Negándose a retroceder, Bella se encontró con la mirada severa del rey.
—He vendido mis artículos en el mercado del pueblo por muchos años, su Alteza, por las órdenes de mi madrastra. Usted puede preguntarle a cualquiera de los otros vendedores y ellos le dirán que yo siempre hice cualquier cosa que ella me ordenó.
Los labios del rey se fruncieron, mientras parecía considerar las palabras de Bella, y ella suspiró por no haber sido despedida inmediatamente. Cuando él giró su atención a Victoria, su madrastra contuvo visiblemente su temperamento, reasumiendo el falso aire de gentileza que le gustaba aparentar.
—¿Usted creerá la palabra de una plebeya sobre la de una dama? —preguntó ella, poniendo una mano sobre su corazón.
La esperanza de Bella cayó en picada. Ella no había considerado el riesgo para la gente del pueblo si ellos hablaban en su defensa, en particular el daño a Alice. Con el buen nombre de su padre restaurado con el regreso del rey Carlisle, la posición de su viuda como un miembro confiable de la corte estaba asegurada. El falso testimonio sobre un miembro de la burguesía o de la nobleza era una gran ofensa, una amenaza que Victoria no vacilaría en usar para acallar cualquier oposición.
El cuerpo entero de Bella temblaba, estaba a punto de retirar su declaración cuando Edward le apretó gentilmente el brazo.
—Pensé que la habilidad individual de decir la verdad estaba determinada por el carácter y no por la posición social. —Él miró a su padre intencionalmente y otra ronda de murmullos surgió de la corte.
La corte estaba compuesta en su mayoría por personas que se habían beneficiado de las reglas de Aro. Bien establecidos en su percepción de seguridad, los rumores decían que ellos estaban intranquilos por los cambios que Carlisle estaba instigando y atemorizados por un levantamiento de la gente común que habían explotado durante tanto tiempo. Darle paso al testimonio de un mero vendedor de mercado sobre el de alguien de alta posición sería un serio cambio del status quo, y Edward puso a su padre en una difícil posición.
Antes de que el rey pudiera responder, Edward continuó:
—Pero como lo expresó lady Swan tan elocuentemente, un miembro de la corte merece un tratamiento especial, ¿no deberían explorarse todos los caminos en defensa de Isabella? Después de todo, ella también es una dama.
—Su posición es irrelevante. —Victoria elevó su voz, un poco de alarma en su tono—. Yo soy su guardián. ¿Se debería cuestionar la palabra de un niño sobre la de sus padres?
—Cuando el padrastro no se merece el título de guardián, entonces sí. —Edward le lanzó a Victoria una mirada de puro desdén, pero antes de que Victoria pudiera argumentar, el rey les hizo un gesto para que hicieran silencio.
Con su ceño fruncido, el rey se recostó y acarició su barba bien recortada. Tomando ventaja del muy necesitado descanso, Bella miró a Edward, esperanza y miedo entrelazados para formar un nudo en su estómago. Había pasado tanto tiempo que ella se había olvidado que tenía derecho a ser tratada como una dama, pero Victoria todavía parecía tener la ventaja.
—Todo está bien —murmuró él mientras esperaban la respuesta de su padre—. Cualquier cosa que pase, tú y yo sabemos la verdad. No dejaré que nos separen por las mentiras de tu madrastra.
—Lo que no entiendo es que fuimos casados por un cura. ¿Qué importa lo que ella diga sobre mí?
—Importa, señorita —intervino el rey Marcus, su voz fuerte a pesar de que su salud estaba fallando—, porque eso prueba que usted actuó rebeldemente, atrapando a Edward en su engaño. Bajo esas circunstancias, el matrimonio sería fácilmente anulado, liberando al príncipe, al que usted se aferra tan inapropiadamente, para hacer lo que tendría que haber hecho en primer lugar y casarse con mi hija.
Bella se tambaleó sobre sus pies y Edward apretó su agarre en ella. Él no quería casarse con Rosalie, de eso ella estaba segura, pero sin otra forma de combatir las mentiras de Victoria, ella temía que fueran separados de todas formas.
O tal vez no.
Había una forma de probar su inocencia, una que no pondría a sus amigos del pueblo en riesgo, pero un miedo persistente la hacía cuestionarse si podría hacerlo. La primera vez que se dio cuenta de que quería a Edward, ella había considerado actuar respecto a la atracción que sentían uno por el otro. Pero todo lo que ella esperaba era conocer el tacto gentil de un amante antes de que tuviera que someterse a quienquiera que su madrastra eligiera para ser su esposo. Cuando perdió esa oportunidad, ella se atrevió a soñar con la libertad, pero nunca se imaginó pasar su vida al lado de Edward. En los tres días que habían pasado juntos, ella experimentó más alegría de la que se creía capaz. ¿Era justo querer más?
Mirando alrededor, Bella no dudaba que su audiencia pensaba que lo honorable de parte de ella sería sacrificar su futuro por el bien mayor para el Reino. Pero no era solo su felicidad la que estaba en juego. Mirando a Edward, la severa determinación grabada en sus gestos, ella supo lo que tenía que hacer.
Edward la amaba. Él pelearía por ella, algo a lo que ella no se arriesgaría. Y si ellos eran separados, él también estaría destruido. Ella tenía que confiar en que sus promesas de antes eran correctas y que, a pesar de sus amenazas y su fanfarronería, el rey Marcus quería la paz tanto como el rey Carlisle. Si eso era verdad, entonces seguramente los dos soberanos podrían encontrar otra manera de formar una alianza que forzar un matrimonio entre sus hijos.
Tomando una respiración profunda, Bella dio un paso hacia el estrado.
—¿Confías en mí? —le preguntó cuando Edward trató de empujarlos hacia atrás.
—Siempre.
La expresión de él suavizándose, compartieron una sonrisa. Entonces ella se giró para darle la cara al padre de él, sus rodillas temblando bajo su falda.
—¿Puedo acercarme, su Alteza?
—¿Con qué fin? —preguntó el rey alzando una ceja.
—Para mostrarle algo que probará que no soy una mentirosa, que no soy la persona que mi madrastra quiere hacer creer que soy.
El rey no respondió de inmediato y ella temió que la rechazara, pero entonces le dio un asentimiento. Ignorando las protestas de Victoria y los susurros de la corte, Bella levantó cuidadosamente su falda y subió los escalones alfombrados del estrado.
Antes de esta denuncia pública, ella hubiera estado mortificada con el simple pensamiento de lo que estaba por hacer. Pero con su futuro y el de Edward en juego, ningún grado de humillación sería demasiado para soportar. Una vez parada frente al trono del rey, ella respiró profundamente y comenzó a tirar de las puntas de sus largos guantes blancos.
—¿De qué se trata todo esto? —gruñó el rey Marcus—. He tenido suficiente de estos disparates y más que suficiente de esta mocosa que estropea mis planes. Esto es una parodia, se lo digo.
—Por favor, su Alteza, dele un momento a la joven dama.
La reina Esme sorprendió a Bella con su apoyo y ella le dio una sonrisa agradecida.
Cuando sus guantes fueron removidos, ella los apoyó sobre su brazo y después estiró sus manos temblorosas para que los padres de Edward las vieran.
—¿Son estas las manos de una dama, su Alteza, una dama consentida y mimada?
El rey retrocedió, la respiración de su esposa era claramente audible en el silencio que había caído sobre su audiencia.
—Eso es su culpa. —Victoria levantaba sus manos en negación—. Ella tiene hábitos ridículos. Como excavar en el barro… solo para divertirse. Ella lo hace para fastidiarme, como sabe que eso desalienta a los pretendientes.
—Silencio, señora —ordenó el rey Carlisle y Bella tomó valor al ver su expresión suavizarse mientras le hacía señas para que se acercara a él. Tomando gentilmente su muñeca, él miró de cerca sus cicatrices y sus maltratadas manos antes de girarlas para estudiar las palmas. Tres días no fueron ni de cerca suficientes para que sus uñas rasgadas volvieran a crecer, para que las ampollas y cortes se curaran o para que los callos desaparecieran. El descanso de tener sus manos casi constantemente en el agua significó que la erupción que dividía la piel a lo largo de sus dedos y que se extendía parcialmente hasta sus muñecas no luciera tan mal como siempre. Pero no se podía negar que las suyas eran manos de un sirviente… el más bajo de los sirvientes. Al menos Bella esperaba que esa fuese la conclusión a la que él llegara. Si el rey elegía creer la última acusación de Victoria, por ridículo que fuera, ella no tendría más recursos que caer sobre sus rodillas y rogar.
Su cabeza plateada se mantuvo inclinada sobre sus manos por un largo y tenso momento mientras Bella contenía la respiración. El padre de Edward era un hombre guapo a pesar de su avanzada edad, pero cuando finalmente se encontró con la mirada preocupada de Bella, él parecía haber ganado otros diez años. Ella estaba más que conmocionada por ver el brillo aguado que cubría sus ojos azul grisáceos.
—Mi querida niña. —Sus amplios hombros, tan parecidos a los de sus hijos, subieron y cayeron con un suspiro—. Parece que, en efecto, ha ocurrido una farsa, una que comenzó hace muchos años. También parece que he sido gravemente engañado. —Su voz se endureció, él miró a Victoria, Jessica y Lauren, quienes estaban paradas no muy lejos de su madre. Su mirada después se desplazó a Demetri y Felix, quienes habían empezado a abrirse camino entre la multitud.
»Deténganlos a todos —ordenó el rey y los guardias rápidamente reunieron a los prisioneros en un círculo. Felix hizo un intento de escapar, pero se encontró con el extremo puntiagudo de varias espadas que lo detuvieron rápidamente. Demetri se mantuvo firme, sus ojos brillaban con odio, mientras la madrastra de Bella chillaba y sus hermanastras estallaban en lágrimas.
Ignorando el escándalo, Bella se giró hacia Edward, aliviada cuando él se le unió. Primero entrelazó sus brazos y después él esperó que el ruido disminuyera antes de dirigirse a su padre.
—¿Eso quiere decir que aceptas nuestra unión?
El rey se frotó la cara con las manos antes de mirar al rey Marcus.
—No voy a dejarla —agregó Edward, su mandíbula apretada—. Aceptaré el destierro si lo decretas, aunque tenía la esperanza de seguir trabajando a tu lado.
Los ojos del rey se ensancharon.
—Por supuesto que continuarás a mi lado… eres mi hijo y mi heredero. No volveré a escuchar más charlas sobre destierro.
—Tan pronto como dejes esta charla sobre la anulación. —Edward empujó a Bella más cerca a su lado, su tono no admitía argumentos—. Haré todo lo que sea necesario para restaurar la paz en el Reino, pero Isabella es mi esposa. No me quedaré y permitiré que le falten el respeto de esta manera otra vez.
La alarma que había aparecido en los ojos del rey fue reemplazada con respeto y él le dio un asentimiento.
—De acuerdo —dijo, antes de mirar a Bella, su expresión suavizándose una vez más—. Acepto tu elección de esposa, Edward. También comienzo a entender por qué la elegiste. Sir Charles era un hombre valiente, un rasgo que parece que su hija heredó. Él estaría horrorizado de saber cómo ella ha sufrido a manos de su viuda… —Él se giró hacia Victoria—. Quien está por experimentar algo de sufrimiento por ella misma.
—¿Yo? ¿Sufrir? ¡No puede estar hablando en serio! —La mirada de Victoria fue de lado a lado—. Esto es todo un malentendido, su Alteza. No fue Isabella la que sufrió, fui yo. Estaba casada con un hombre que no era ni de cerca tan rico como me habían hecho creer y después murió y me dejó una hija que criar. La mantuve alimentada y vestida. ¿Qué más se me podría haber pedido, su Alteza?
—Decencia común, señora, de la que parece no tiene nada.
Victoria comenzó a maldecir, luchando para liberarse de los guardias que sostenían sus brazos. Jessica y Lauren comenzaron a llorar otra vez y Bella se estremeció ante el sonido del llanto de sus hermanastras.
—Su Alteza, ¿qué pasará con ellas? —preguntó ella después de que el rey les ordenara hacer silencio.
—Yo creo que un período de encarcelación está a la orden, ¿no?
Bella tragó, el sonido de sus latidos golpeteando ruidosamente en sus oídos. Ella no podía contar el número de veces que había soñado con ver a su madrastra y sus hermanastras rindiendo cuentas por sus acciones, pero ¿una mazmorra? Terribles historias de las cámaras de torturas de Aro habían circulado por el pueblo por tanto tiempo como ella pudiera recordar, un estremecimiento la recorrió.
—Usted no va a lastimarlas, ¿no? —susurró ella.
El rey inclinó su cabeza hacia un lado, su ceño fruncido.
—¿Estás proponiendo que tenga clemencia?
—Bella, tu madrastra te trataba como una esclava —intervino Edward—. Ella te descuidó, trató de venderte. Y por lo que me has dicho, tus hermanastras eran un poco mejores.
—Por no mencionar que las tres mintieron a su soberano, su testimonio contribuyendo significativamente a este fiasco. —El rey frunció el ceño y apuntó hacia Demetri—. Uno instigando por este hombre con quien no se tendrá ninguna amabilidad.
—Entiendo que ellas deben ser castigadas. —Bella miró primero a Edward, después a su padre, su mirada suplicándoles que sean misericordiosos—. Pero no podría vivir conmigo misma si ellas fueran torturadas por mí.
—¿Torturadas? —El rey se echó hacia atrás—. Yo no torturo a las mujeres. Estaba pensando más en unos años pasados en una triste celda para tu madrastra, y después ella puede pasar sus días como una sirvienta contratada… un castigo adecuado por sus crímenes, creo. En cuanto a tus hermanastras, estoy preparado para mostrar clemencia si lo deseas, pero ten en cuenta que ellas no dudaron en hablar mal de ti. —Mirando hacia abajo, a las manos de Bella, él hizo una mueca—. ¿Qué dirías de que ellas pasen una temporada trabajando en la lavandería del palacio?
Bella parpadeó, aturdida por el giro de los acontecimientos. El rey parecía haber cambiado por completo su corazón, pero ella difícilmente podía consentir que él le pidiera su opinión. Ella miró a la reina Esme, quien la vio con una sonrisa amable. Después Bella miró a sus torturadoras.
La barbilla de Victoria estaba alzada con desafío y Bella sintió un poco de lástima por su madrastra. Pero Jessica y Lauren todavía eran jóvenes, y tal vez no era muy tarde para que aprendieran de los errores a su manera. Bella no se imaginaba que el cambio fuera fácil, cuando incluso temblando con terror porque sus destinos estaban en sus manos, ellas la observaban con dagas en la mirada. Recordando todas las horas que había pasado lavando su ropa y su ropa de cama, los años de insultos y quejas, y, lo peor de todo, la forma en la que ellas se regodearon por su compromiso con el señor Felix, Bella tomó una decisión. Ella no podía darle la espalda a sus hermanastras completamente, pero una cucharada de su propia medicina no les haría mal.
Enfrentándose al rey, ella asintió.
—Sí… la lavandería y tal vez pasar algo de tiempo como ayudantes de cámara.
—¿Qué? ¡No! —chilló Jessica—. Somos damas. No pueden pretender que lavemos la ropa y limpiemos los pisos. Todo eso lo hizo nuestra madre. Castíguenla a ella, ¡no a nosotras!
—Esto no es justo —agregó Lauren entre sollozos histéricos—. Deberíamos tener nuevos vestidos, sirvientas propias de una dama y dotes generosas del dinero que obtuvo mamá por vender a Bella al señor Felix. ¡Ella lo prometió!
—¡Oh, cállense! —Victoria golpeó a Lauren en el rostro antes de girar hacia Jessica, pero antes de que pudiera pegarle a su otra hija, los guardias intervinieron. Con un asentimiento del rey, la madrastra y las hermanastras de Bella fueron arrastradas, gritando y maldiciendo, por el pasillo.
En el silencio que siguió, Bella se esforzó para tranquilizar su respiración. Sus nervios se sentían como si se hubieran desgastado por la escena que acababa de ocurrir y la sensación de cientos de ojos sobre ella. Ella no estaba acostumbrada a ser el centro de atención, habiendo perfeccionado el arte de desvanecerse en su entorno para evadir la ira de Victoria. Pero como la esposa de Edward eso necesitaba cambiar. Tomando fuerza de la sensación del brazo de él todavía en el suyo, Bella se dirigió a su padre.
—Gracias por creerme, su Majestad. Me doy cuenta de que no soy su primera opción para nuera, pero me importa sinceramente Edward y prometo hacer mi mayor esfuerzo para apoyarlo a él y a las necesidades del Reino.
—Estoy seguro de que lo harás, Isabella, parece que mi hijo tiene un excelente gusto. —El rey miró a Edward con tristeza—. También parece que le debo una gran disculpa, varias en realidad, pero este no es el momento ni el lugar. ¿Qué les parece movernos a un lugar más privado para continuar con esta discusión?
—Oh, no lo sé… —La reina Esme se paró—. Tú fuiste quien insistió en hacer de esto un espectáculo público, así que me gustaría aprovechar la oportunidad para darle públicamente la bienvenida a Isabella a la familia. —Ella abrió sus brazos, pero antes de que Bella pudiera abrazar a su suegra, fueron interrumpidas.
—¡Esperen un minuto! —El rey Marcus se soltó del brazo de su esposa y se paró—. Usted me dijo que se desharía de la chica, así Edward podría casarse con mi hija. ¿Usted quiere mi apoyo para terminar esta guerra con Cayo o no? Siempre puedo aliarme con él, sabe. Él tiene muchos hijos a los que les gustaría poder gobernar por su cuenta y apuesto a que no vacilarían en acostarse con ella. Ella es una muchacha hermosa, incluso si su Edward está demasiado ciego como para notarlo.
—¡Padre! —Rosalie, que había estado sentada y callada, se paró. Su implacable máscara se había caído y las lágrimas llenaban sus ojos.
—Oh, no me digas "padre" —gruñó Marcus—. Sé que crees que puedes gobernar sola, pero una mujer necesita un hombre que la guíe, tanto como mi Reino necesita un rey, un rey fuerte. Todos sabemos que no voy a estar mucho tiempo más en esta tierra y estoy determinado a verte casada antes de morir. Si no te puedes casar con Edward, ¿qué más se supone que debo hacer?
—Permítame casarme con su hija. —El príncipe Emmett se levantó de su asiento y se paró junto a Rosalie—. Cuidaré de ambos, de ella y de su Reino.
—Emmett, este no es momento para una de tus bromas —gruñó Edward y su hermano lo miró, la sonrisa que Bella le había visto más temprano fue reemplazada por una mirada de determinación.
—Nunca he sido más serio en mi vida —dijo Emmett, sus labios se crisparon hacia Edward antes de que se girara otra vez hacia el rey Marcus—. Mi hermano tal vez no quiso casarse con la princesa Rosalie, pero yo quiero.
La expresión del soberano visitante cambió a una calculadora mientras su esposa miraba preocupada. Rosalie abrió la boca para protestar, sospechaba Bella, pero entonces Emmett bajó su cabeza y murmuró algo cerca de su oreja. Los ojos de ella se ampliaron y lo miró por un momento antes de asentir. La sonrisa de Emmett era triunfal, pero su actitud se volvió seria cuando se giró para dirigirse al padre de Rosalie.
—La princesa está dispuesta, su Majestad. Tal vez no fui su primera opción como sucesor, pero tiene que admitir que soy un mejor candidato que cualquiera de los hijos de Cayo. A menos que, por supuesto, prefiera que su Reino sea absorbido por nuestro enemigo. Usted se lo estaría entregando en bandeja… junto a su hija.
Sus palabras fueron duras, casi provocativas, y Edward siseó el nombre de su hermano. Ignorándolo esa vez, Emmett miró a Rosalie, un destello de vulnerabilidad en la expresión de él llamó la atención de Bella. No estaba ni de cerca tan seguro de sí mismo como aparentaba y, si Bella no estaba equivocada, él tal vez incluso podría estar enamorado de la hermosa hija de Marcus. Él era protector con ella, al menos, aunque ella no podía decir lo que Rosalie sentía.
Bella sintió mucha pena por la majestuosa princesa, parada con la cabeza orgullosamente en alto a pesar de lo avergonzada que se debería sentir porque su padre hablara tan cruelmente. Emmett prácticamente la había acorralado para que aceptara su propuesta, ¿pero qué otra opción tenía? Él no podía ser un marido peor que un príncipe enemigo… no que Bella pensara que el rey Marcus fuera a cumplir su amenaza. Sería una locura. Pero, otra vez, el hombre parecía un poco desquiciado.
Tomando una rápida decisión, ella le hizo una seña a Edward para que se acercara.
—Tienes que respaldar a tu hermano —susurró en su oreja y él retrocedió.
—Pero Emmett...
—Se preocupa por la princesa. No la dejará caer.
Edward la miró escéptico y Bella apretó sus manos.
—Confía en mí —susurró y Edward miró a su hermano. Ellos compartieron una larga mirada, la expresión de Emmett inquebrantable y la de Edward comenzó a cambiar lentamente de desaprobación a un respeto reticente.
—¿Tienes algo que agregar? —preguntó el rey Marcus y Edward tomó una profunda respiración.
—Emmett tiene mi apoyo, su Alteza, al igual que la princesa —dijo, haciendo una ligera reverencia en su dirección.
—La mía también —agregó el rey Carlisle, aunque su ceño estaba fruncido.
El rey Marcus, con su rostro sonrojado y sus piernas fallando, se dejó caer sobre la silla. Él miró cara a cara a Emmett. Después de un largo momento, él imitó el gesto que hizo su hija más temprano y dio su propio asentimiento decisivo.
—Muy bien entonces. El asunto está resuelto. Ahora saquemos a la chusma de la habitación, nosotros tenemos preparaciones que discutir para la boda y no hay tiempo que perder.
—Primero lo primero —dijo el rey Carlisle, antes de pararse en el borde del estrado y dirigirse a la corte—. Ustedes fueron llamados aquí como testigos de la disolución del matrimonio de mi hijo mayor, un error por mi parte y uno por el que me disculpo totalmente. Motivado por mi enojo que fue alimentado con mentiras, yo estaba equivocado de hacer de este un evento público. Los perpetradores de este engaño, que ahora veo que fue un evidente intento por manipular mis decisiones, serán castigados, todos ellos.
El rey miró a Demetri y Felix, después observó a varios de los otros. Una ola de ruido viajó a través de la corte, mientras expresiones preocupadas aparecían en numerosos rostros. Bella recordó entonces las burlas de Demetri sobre cómo el reinado de Carlisle sería corto y cuán fácil sería controlar a su hijo cuando fuera rey. Con todo lo que había pasado, ella se había olvidado de decirle a Edward de las amenazas del hombre.
Viendo el ceño fruncido en el rostro de ella, Edward giró su cabeza para acercarse a la oreja de Bella y murmuró:
—No te preocupes. Estás a salvo ahora.
No era su seguridad por la que estaba preocupada, pero antes de que Bella pudiera explicarse, el señor Felix comenzó a luchar contra sus captores.
—Ustedes no tienen derecho a detenerme —gritó—. No hay nada ilegal de mi parte por querer casarme con la chica. Soy la parte perjudicada aquí y tengo derecho a exigir una recompensa.
Bella se estremeció y estuvo agradecida cuando Edward la puso detrás de él, protegiéndola de la mirada enojada del hombre. Edward nunca le permitiría acercarse, pero ella no pudo parar el temblor cuando imágenes de lo que podría haber sido su vida con el señor Felix como esposo inundaron sus pensamientos. Bella sintió lástima por la pobre chica que fuese a ser su esposa en su lugar y se tensó con la anticipación de que el rey ordenara su liberación.
—No tan rápido —habló lord Whitlock desde su lugar a un lado del estrado. Caminó por el pasillo central hasta que se encontró con otro hombre, vestido como un caballero, quien había llegado recién. Ellos hablaron un momento y después lord Whitlock volvió a donde el rey esperaba—. Tengo razones para creer que el intento del prisionero de casarse con lady Isabella era un medio para tener acceso a la corte de Volterra.
—¿Y? —dijo Felix con un gruñido—. No mantuve en secreto mi deseo de hacer negocios con el palacio.
Lord Withlock sonrió y levantó el pergamino que sostenía.
—Sí, pero le faltó mencionar que usted es un espía del enemigo. Tengo pruebas, su Majestad.
Felix comenzó a defenderse y Demetri palideció. Bella dudaba que él lo supiera, ya que estaba desesperado por ver la alianza formada y a Cayo derrotado. Pero no sería bueno para el hombre que había traicionado a Edward si se encontraba con que también se estaba asociando con el enemigo.
El rey ordenó que ambos hombres fueran llevados para ser interrogados después y Bella se hundió contra el costado de Edward.
—¿Estás bien? —preguntó y ella se las arregló para darle un tembloroso asentimiento.
—Regresando a asuntos más placenteros… —La sonora voz del rey Carlisle llenó el gran salón, mientras movía las manos para llamar la atención de la corte—. Me gustaría invitar a todos los presentes a ser testigos del compromiso de mi hijo, el príncipe Emmett, con la princesa Rosalie, un resultado inesperado de la reunión de hoy, pero uno que nos hace sentir bendecidos a ambos, al rey Marcus y a mí. Con nuestros dos reinos unidos, la esperanza de conseguir una paz perdurable está muy avanzada. Les pido que se unan a mí para ofrecerle a la joven pareja nuestras felicitaciones.
Emmett tomó la mano de Rosalie y juntos caminaron hasta el borde del estrado. La expresión de él era inusualmente sombría y la de ella, una vez más, inescrutable, y se encontraron con aplausos tentativos. Murmullos recorrieron la corte y Bella se estremeció al escuchar a los miembros de la corte cuestionarse cómo se podría esperar que al hijo menor de Carlisle, un bueno para nada, lo tomaran como un gobernante serio y si algo podría descongelar a la princesa de hielo.
—También me gustaría ofrecer mis felicitaciones a mi hijo Edward por sus recientes nupcias —continuó el rey—. Pero primero quiero ofrecer mis más sentidas disculpas a la principal víctima del procedimiento de hoy, mi nueva nuera, a quien le doy, con entusiasmo, la bienvenida a la familia. Una joven dama valiente, que rescató a Edward cuando los hombres de Cayo le dispararon y lo dejaron para que muriera en el bosque. La hija de sir Charles Swan, ella deberá, de ahora en adelante, ser conocida como la princesa Isabella… y un día será su reina.
Ellos dieron un paso al frente para recibir aplausos muchos más fuertes de la multitud que ahora desbordada el gran salón, el número de personas había crecido por el personal de la casa, que había ido para ser parte de los eventos trascendentales. Cuando el ruido eventualmente se apagó, Edward se giró hacia Bella. Levantando su mano hacia sus labios, él besó sus nudillos y después dijo en voz lo suficientemente alta para que todos escucharan.
—Mi amada esposa, has salvado mi vida en más de una forma.
—Como tú salvaste la mía. —Ella le devolvió la sonrisa, el alivio la invadió cuando se dio cuenta de que los obstáculos para que estuvieran juntos habían sido superados.
El futuro no era completamente seguro, ella se imaginaba que tomaría tiempo para que Edward y su padre se ajustaran a los nuevos parámetros de su relación. De alguna forma ella dudaba que su esposo fuera tan complaciente como lo había sido en el pasado y ella esperaba verlo probando su lado opositor.
El camino de Emmett y Rosalie seguro sería tumultuoso, y Bella esperaba que ella tuviera la oportunidad de ofrecer su apoyo… tal como iba la cosa. Ella necesitaba encontrar su propio camino antes de poder ser de ayuda para alguien más.
Mirando a su alrededor al mar de rostros nobles, una ola de ansiedad cayó sobre ella. Entonces Edward apretó su mano y el calor de su sonrisa impulsó su coraje vacilante. Pasara lo que pasara, lo enfrentarían juntos.
