Capítulo XXI

Miedos

Una semana después, Yuka ya estaba harta de tanto reposo, pero Sesshoumaru se había vuelto muy protector y apenas la dejaba moverse. Se sentía con más fuerzas y podía moverse casi con total normalidad si se lo tomaba con calma y no realizaba movimientos bruscos.

No estaba en el dormitorio de Sesshoumaru. Hacía tiempo que compartía el lecho con él pero también había conservado la que fuera su habitación al llegar al castillo. Ahora se encontraba sola en esa habitación a pesar de que Sesshoumaru le había insistido que su lugar estaba junto a él, pero ella se había negado. Aún recordaba la reacción de él durante aquella conversación:

-No lo entiendo –le dijo él en esa ocasión.

-No insistas, por favor. Prefiero estar aquí.

-Pero¿por qué?

Yuka meditó por un instante y respondió mirándole con picardía:

-Quieres que me cure pronto¿verdad?

-Sí.

-Y tengo que guardar reposo¿verdad?

-Sí –asintió sin saber a qué venía todo eso.

-Pues… ¿crees que podré hacerlo teniéndote tan y tan cerca? –remarcó las últimas palabras mientras se acercaba a él buscando su boca y deslizaba la mano por su muslo.

-Eh… –sorprendido por la actitud de la joven-… yo puedo controlarme –afirmó, y eso era lo que intentaba ahora.

-¿En serio? –disimuló asombro y admiración-. Yo no sé si podré y, además… estoy segura que podría hacer que te descontrolases –le susurró al oído.

Sesshoumaru tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para mantener ese control del que había dicho que estaba en posesión. Con tan sólo unas caricias y unos susurros al oído ya estaba perdiendo el norte, así que decidió cortar por lo sano.

-Ah, ah… quieta ahí, jovencita… No estás en condiciones para eso –le recordó a la joven malherida.

Tras un puchero y una obligada pausa para serenarse, Yuka habló:

-¿Ves? Si llego a poner un poco más de empeño… –no terminó la frase ya que era evidente el final.

El youkai tenía que admitirlo: él sucumbiría siempre que ella quisiera.

-De acuerdo –dijo frustrado-, dormirás aquí. Pero luego no tendrás excusa –una amplia sonrisa se dibujó en su rostro.

Al recordarlo rió y eso le provocó un gran dolor. Exclamó una maldición. Tras recuperar la compostura apartó las sábanas, se levantó y se dirigió a la ventana para observar el paisaje y dejar que la brisa acariciara su rostro. Deseaba con todas sus ganas salir a pasear pero tendría que convencer a cierto youkai.

Al cabo de unos minutos de contemplación reparó en que los vendajes que se ceñían a su cuerpo le apretaban demasiado. Madoka se había encargado, cada día, de cuidar que las heridas sanaran correctamente. Yuka había evitado en todo momento mirar el aspecto que tenía mientras la anciana procedía a cambiarle las vendas. Aunque Madoka le había asegurado que apenas tendría unas pocas marcas sin importancia, la joven temía que le quedaran horribles cicatrices, porque, a pesar de lo que le dijeran, sabía que su cuerpo había sido muy dañado.

Muchas de las heridas había desaparecido sin dejar marca alguna y otras pronto sanarían; sólo algunas requerirían más tiempo, aquellas que estuvieron a punto de costarle la vida.

Pero ya estaba cansada de parecer una momia y en algún momento tendría que comprobar, le gustara o no, con qué aspecto tendría que vivir el resto de sus días. Así que se acercó al espejo de cuerpo entero que había en una de las esquinas de la habitación y se quedó mirando su reflejo a la espera de conseguir el valor suficiente para descubrir su cuerpo y contemplarlo.

Pasó varios minutos observando detenidamente lo que el espejo podía revelar en ese momento. A simple vista todo estaba normal, a excepción de los moretones que tenía en la cara. Pero eso no le preocupaba porque no dejarían rastro. Llevaba una yukata de color gris que le llegaba justo por debajo de las rodillas, por lo que la parte inferior de sus piernas era perfectamente visible. El panorama no era muy desolador; después de once días apenas quedaban unos rasguños y sólo su rodilla izquierda y su muslo derecho –ambos vendados- podían presentar algún problema. El resto del cuerpo estaba oculto bajo las vendas y la yukata.

Respiró profundamente buscando fuerzas para dar el siguiente paso. Con la mano derecha apartó la tela grisácea de su hombro izquierdo, después hizo lo mismo con el otro hombro. La yukata se deslizó liberando sus brazos, pero no cayó al suelo porque aún permanecía atada y no pudo pasar de las caderas. Tenía todo el tronco vendado, brazos incluidos.

Con las manos temblorosas buscó uno de los extremos del vendaje para poder deshacerlo. Empezó por el brazo izquierdo. Recordó que el youkai pantera le había infligido una herida bastante profunda y que había sangrado abundantemente. La extremidad quedó al descubierto; un cosido de unos 15cm., que se iniciaba en el bíceps y que terminaba su recorrido hacia la parte posterior, adornaba su brazo. Una mueca de disgusto acompañada de una exclamación se dibujo en el rostro de la joven. Respiró para serenarse; no había motivo para preocuparse, intentó convencerse. El otro brazo estaba mucho mejor (aunque casi por completo morado) y, a su entender, no le quedaría marca alguna.

Ahora quedaba lo más difícil: ver con sus propios ojos el estado en el que habían quedado su torso y espalda. Por un momento dudó asaltada por el temor a ver su cuerpo desfigurado. Nunca le había dado importancia a su aspecto físico a pesar de que tenía la suerte de contar con una figura que se podría calificar de perfecta, pero ahora no quería verse privada de ella; no quería que horribles cicatrices adornaran eternamente su cuerpo.

-Tranquila, no será para tanto –dijo al reflejo del espejo e intentó sonreír.

Procedió a deshacer el vendaje, muy lentamente y con los ojos cerrados. Una vez hubo terminado contuvo la respiración unos segundos antes de abrir los ojos y mirar el espejo. La impresión fue tal, que por un momento no reaccionó; no creía lo que estaba viendo. Como era de esperar, la mayor parte de la superficie presentaba un color amoratado debido a las muchas contusiones que había recibido, pero la joven no estaba preparada para ver lo que el espejo le reveló. Una gran desolación se apoderó de ella cuando vio que sus pechos estaban llenos de cortes, la mayoría sin importancia y que acabarían desapareciendo, pero cuando vio los puntos de sutura de una de las heridas… tuvo que llevarse una de las manos a la boca para ahogar un grito.

Intentó serenarse, digerir con calma lo que estaba viendo. Su sentido común volvió a ella y, con él, su autocontrol.

-No pasa nada, no es importante, aún necesita tiempo para sanar. Seguro… -decidió dejar de pensar en ello ya que comprendió, que si no todas, la mayoría de lesiones desaparecerían.

Necesitaba saber qué tacto tenían, así que con los dedos de la mano derecha fue palpando una a una las heridas, empezando por las de sus senos para después seguir en trayecto descendente. Sintió cierta impresión al notar las suturas bajo las yemas de sus dedos. Finalmente llegó a la herida del vientre, un corte de poco menos de dos centímetros de diámetro. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo al revivir el momento en que había sido infligida. La observó detenidamente; de todas las heridas que tenía, aquélla era la que más estaba tardando en curar y la más dolorosa y no comprendía el motivo. Dedicó unos momentos para pensar cuál debía ser la causa y qué implicaciones tenía, pero su meditación fue súbitamente interrumpida.

Por el rabillo del ojo vio una imagen moverse en el espejo. Cuando giró para mirar, vio como Sesshoumaru se aproximaba a ella. Lo miró a los ojos aterrada porque él la viera mientras daba unos pasos atrás, como intentando huir, y con las manos trataba de esconder lo que para ella era vergonzoso. Llegó hasta la pared; Sesshoumaru estaba a apenas unos pasos. Estaba acorralada; se quedó inmóvil con los brazos cruzados sobre su pecho intentando que viera lo menos posible.

-¡No me mires! –suplicó casi llorando-. Por favor, no te acerques… no me mires.

Pero el youkai avanzó resuelto hacia ella y la acogió entre sus brazos a pesar de la reticencia de la joven.

-Dime qué es lo que sucede –pidió preocupado.

-No quiero que me veas así –contestó mientras las primeras lágrimas asomaban en sus ojos.

-Pero ¿qué dices, no seas tonta. Ya te he visto desnuda en otras ocasiones –intentó quitarle importancia al asunto ya que creía saber a qué se refería.

-¡Estoy llena de marcas y cicatrices horribles! –argumentó-. No quiero que me veas así. ¡Parezco un monstruo! –rompió en llanto.

-Eres una exagerada –intentó tranquilizarla al tiempo que la separaba de él para poder contemplarla y la agarraba por los hombros para que no intentara irse.

Yuka seguía cubriéndose. Pareció tranquilizarse un poco cuando los dorados ojos de Sesshoumaru consiguieron captar la atención de sus azulados ojos. Con una mirada que intentaba transmitir el amor que sentía por ella, habló:

-¿Crees, de verdad, que eso tiene alguna importancia? –dijo en un tono que por un momento pareció ofendido-. ¿En serio piensas que por unos rasguños de nada ibas a dejar de gustarme?... ¿qué iba a dejar de amarte?

-Pero… –intentó replicar no muy convencida a pesar de lo conmovida que estaba por las palabras del youkai.

-Déjame ver de qué te avergüenzas –demandó y asió a la muchacha por las muñecas para obligarla a apartar los brazos. Tenía que hacerle comprender que por muchas cicatrices que le quedaran sus sentimientos hacia ella no cambiarían.

-No –suplicó pero apenas se resistió. Giró la cabeza a un lado mientras las lágrimas recorrían libremente su rostro, abrumada por la situación.

Dejó caer los brazos a los lados cuando Sesshoumaru la soltó. No se movió; permaneció quieta como una estatua esperando, angustiada, el juicio del youkai.

La espera le pareció eterna pero no se atrevió a mover un músculo. De repente notó cómo uno de los dedos de Sesshoumaru tocaba su piel y dibujaba una línea imaginaria entre sus pechos. La respiración se le cortó. Pero la acción del youkai no se quedó allí. Observó detenidamente el busto de la joven y deslizó los dedos sobre una de las heridas que ahora parecía un simple rasguño y comprobó satisfecho su curación. Continuó con la caricia hasta detenerse en la sutura que presentaba el seno izquierdo.

Yuka había temido que llegara allí, con toda seguridad aquélla se convertiría en una cicatriz bien visible. Respiró alterada y abatida al suponer lo que significaba que el youkai se hubiera detenido; se temió lo peor.

-Diez puntos de nada –acabó diciendo tras la pausa intencionada.

Tras comprobar el tacto del cosido lo besó y después lo lamió, provocando el estremecimiento de todo el cuerpo de la muchacha. Ella aún seguía tensa, no parecía muy convencida, así que Sesshoumaru continuó y acarició su piel con cuidado, empezando el recorrido por el muslo y deslizando muy lentamente sus hábiles dedos en dirección a su cadera, cintura, pecho y, finalmente, la espalda, provocando un agradable cosquilleo. Sus labios recorrieron su hombro izquierdo y se detuvieron a la altura del oído.

-¿Cómo quieres que te lo demuestre? –susurró el youkai y después mordisqueó el lóbulo de la oreja.

Yuka dejó sus temores a un lado, el miedo a ser rechazada. El youkai la amaba, no había duda. Por un momento se sintió estúpida por haber dudado de él. Se enjugó las lágrimas y, después de abrazarlo por el cuello, le besó apasionadamente.

Hacía días que sus cuerpos no se sentían tan próximos y se echaban de menos; cada poro de su ser clamaba por unirse. Yuka anhelaba esas suaves caricias que recorrían todos los rincones de su ser, y Sesshoumaru se consumía en el deseo de tenerla entre sus brazos y saborear su suave piel y sus dulces labios. Se dejaron llevar imbuidos por el deseo de dicho encuentro. El abrazo se intensificó.

-¡Auch! –exclamó Yuka dolorida-. Cuidado con las costillas.

-Lo siento –se disculpó él con presteza pero sin dejar de besarla.

Sesshoumaru deseaba tanto como Yuka dejar aflorar toda su pasión, pero a cada momento a ella se le entrecortaba la respiración por el dolor, así que decidió, muy a su pesar, que sería mejor dejarlo para otro momento.

-¿Qué sucede? –preguntó Yuka al notar el cambio de actitud.

-Aún no estás curada.

-No importa –aseguró ella.

-Sé que te duele, cada vez que te toco te encoges de dolor… y no vayas a decirme que no es verdad –añadió cuando la joven intentó replicar.

-Tienes razón –suspiró-. Pero al menos abrázame durante un rato más…

En realidad no hubiera hecho falta que se lo pidiera. Permanecieron abrazados durante varios minutos hasta que una voz los interrumpió.

-¡Oh! Perdón… no sabía… –se disculpó Madoka, que tras unos golpecitos en la puerta de la habitación entró sin más, pues era la hora de revisar las heridas de Yuka como venía haciendo desde hace tantos días.

-No te marches, Madoka –pidió Sesshoumaru-. No interrumpes nada, sólo vine a hacer una visita.

Mientras, la joven, a resguardo detrás del youkai, se colocó a toda prisa la yukata.

Intentando guardar las apariencias Sesshoumaru abandonó la habitación. En cierta medida estaba aliviado de que la anciana los hubiera interrumpido porque con toda seguridad le habría resultado muy difícil separarse de Yuka. "Es una lástima que aún le duela todo el cuerpo", pensó, en parte abatido.

Transcurridos todos estos días, Madoka y Yuka habían entablado amistad y la joven llegó a considerarla como la abuela que jamás había conocido. La anciana no tenía familia y lo más parecido a ello hasta ahora era Sesshoumaru. Ambas mantenían largas conversaciones mientras Madoka se encargaba de las curas, y aun cuando había terminado continuaban hablando. Yuka estaba muy interesada en conocer los gustos de Sesshoumaru pero no había conseguido lograr gran cosa ya que la anciana le comentó que "el señorito siempre ha sido muy reservado".

En muchas ocasiones hablaron del mundo de Yuka del que sólo echaba de menos la televisión por cable. Pero en esta ocasión reinó el silencio mientras la anciana revisaba las lesiones. Al cabo de unos minutos, Madoka ya no lo pudo aguantar y tuvo que hablar:

-¿Acaso no podíais aguantar? –preguntó al fin muy seriamente disimulando las tremendas ganas de reír que tenía.

Yuka estaba muerta de vergüenza y la pregunta no hizo más que acentuar el tono rojo de sus mejillas. No sabía qué decir.

-No… no es lo que parece –dijo al fin.

-No intentes disimular, jovencita –la reprendió. Hubo una pausa en la que Yuka no se atrevió a hablar-. Ay… –suspiró la anciana-. La juventud de hoy en día es demasiado impaciente –comenzó a reír.

-¡Madoka!... ¡Me estabas tomando el pelo! –exclamó la joven, ahora algo más relajada, y también se echó a reír pero enseguida dejó de hacerlo por los pinchazos en vientre y costillas.

-Ah, ya veo… con algo más fuerte que una caricia ya te duele –razonó la anciana- y no me extraña. A pesar de tu rápida recuperación aún necesitas más tiempo… Así que en realidad no hubiera interrumpido nada¿verdad?

-Verdad… Ganas no me faltaban y al final Sesshoumaru…

-Ay, mi niña… lo vuelvo a decir, los jóvenes sois muy impacientes.

Continuará…

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Hasta aquí el capítulo. Espero que os haya gustado. Y perdonad por la demora.

Gracias a tods los que dedican algo de su tiempo a leer este fic; y también gracias por los reviews, aunque ojalá fueran más.

Paso a contestar aquellos reviews que no tienen dirección de contacto:

Nellycc: gracias por el review. Esta vez te he hecho esperar más de la cuenta la actualización, pero espero sinceramente que te haya gustado.

Hasta la próxima ;)