Capítulo vigésimo primero
–Luce, ¿por qué estás mojada? –Le preguntó con extrañeza, luego notó que no eran gotas de agua del lago lo que corría por su rostro–. Estás llorando –no era una pregunta–, ¿qué ocurre?
–Daniel, yo… –pero el sonido de pasos sobre la hierba la hizo callar.
Cam le dio alcance en cuestión de segundos, él también iba mojado y a Daniel no le costó atar cabos de inmediato. Su expresión se volvió tan fría y desalmada que Luce misma se sorprendió.
–¿Quisiera preguntarle si tiene usted que ver con las lágrimas de la señorita? –dijo Daniel fulminando a Cam con la mirada, exactamente lo mismo que hacía el otro. Parecía raro, pero daba la impresión de que fuese un odio casi natural, predestinado.
–Eso es algo que sin duda no le incumbiría, caballero –replicó Cam con aspereza.
–Me temo que sí –se tragó el orgullo antes de decir–: La dama es mi prima y es mi deber velar por su bienestar.
–Su hermano es quien ha de ocuparse de menesteres semejantes.
–Puedo asegurarle que Gerret lo menos que hace es preocuparse por ella –terció.
Luce estaba atrapada en medio de ambos literalmente, pues mientras hablaban cada uno se había ido acercando al otro en ademán agresivo.
–Basta –dijo ella con la voz ronca–. Puedo cuidarme sola, no necesito quien lo haga por mí –se volvió hacia Cam –. Le pido que no se acerque a mi habitación en lo que queda de noche.
Tomando a Daniel de la mano para evitar que se armara una pelea entre ellos, regresó a la casa y subió directo al ático; se encargó de tapar bien la trampilla antes de volverse a su primo, que mantenía una expresión de enojo en el semblante, mirándola tan fijamente que Luce comenzó a sentirse vulnerable.
Ella sabía que era hora de hablar con honestidad.
–Fue a buscarme a mi habitación y me convenció de ir a nadar con él al lago. –Pese a que le sorprendía que ella pensara siquiera en acercarse al agua con ese frío, Daniel no habló–. Él… sabe que me cuesta desligarme de lo que tuvimos en un pasado, quise decirle lo que tenemos tú y yo pero… –cerró los ojos un momento.
–Te escucho –apremió Daniel temiendo lo que ella pudiese confirmar a continuación.
–Estuvo a punto, pero no ocurrió nada –confesó al fin–. Me aparté justo a tiempo para evitar traicionarte.
–¡Vaya!, te prometo que me siento el hombre más afortunado de todo el planeta. Te detuviste justo antes de tener sexo con él, ¡qué maravilla! –espetó sarcásticamente–. Y, a ver, ¿qué milagro digno de mención tuvo que ocurrir para que desaprovecharas una oportunidad así?
–Daniel, me hiere muchísimo la forma en la que te refieres a mí –dijo Luce con la voz quebrada–, como si fuese una zorra. Me alejé porque pensé en ti. Venía corriendo porque el corazón me ardía a causa de lo que estuve por hacerte.
Lejos de compadecerse de ella, Daniel la miraba cada vez con más enojo. Dejando por primera vez el amor que le tenía de lado para enfocarse en el dolor.
–Eso es muy enternecedor, Luce. Mas yo como perfecto morboso que soy me pregunto: ¿qué hubiese sucedido si mi recuerdo no hubiese llegado a ti en ese instante? –Luce sabía a lo que se refería Daniel, y también conocía el desenlace a tal circunstancia, por ello no respondió.
Él dio media vuelta, encaminándose a la trampilla, pero Luce lo detuvo por el brazo.
–Escúchame, por favor –suplicó–. Sabes que te amo sólo a ti, pero estar cerca de Cam me trae muchos recuerdos, muchas sensaciones de cuando todo era diferente, y no puedo evitar que esa brizna de esperanza que cree que todavía tenemos salvación aparezca. Lucho contra ella, pero no es sencillo.
–¿Y qué? ¿Se supone que debo aceptar que le beses y más sólo porque no encuentras cómo resolver lo que sientes por él? ¿Eres tan egoísta como para pedirme que vea a la mujer que amo en brazos de otro, esperando quién sabe cuánto tiempo hasta que se vaya? –Luce lloraba silenciosamente, y Daniel deseaba callarse y consolarla, pero quería darle a entender que la única con sentimientos no era ella–. Soy humano, Luce, mortal. No tengo toda una eternidad para esperar por ti. Tampoco quiero ser plato de segunda mesa.
Se soltó suavemente de su agarre y descendió por la trampilla, regresando a la habitación compartida con Jean, dejando a Luce sollozando en el suelo del ático.
o o o
Al bajar por la mañana para cambiarse de ropa, Luce se topó con Gerret. Ella ni se molestó en hablarle o cuando menos mirarlo, pasó de largo y se encerró en su habitación hasta que hubo pasado el desayuno, luego de lo cual salió de la casa y se encontró con Patrick camino al establo. Patrick era uno de los pocos en la finca Chloster que seguía viendo a Luce como siempre, más allá de la demostración de poder que había hecho al enfrentarse a su hermano por defender a Daniel.
–¿Gustarías acompañarme al establo? –le ofreció su brazo y Luce agradeció que cuando menos una persona no esperara de ella más que compañía.
Descendieron en silencio por los terrenos escarchados de blanco. Luce intentó mirar a cualquier lugar menos a la orilla opuesta del lago, cosa que Patrick notó con cierta curiosidad. Al entrar en el establo de madera (mucho más triste ahora que el señor Chester no estaba para recibirlos) percibieron un aire de tranquilidad completamente ausente en la casa, donde se respiraba tensión a cada momento, y Luce era el vórtice de todo. Ambos amigos cogieron con agradecida calma los cepillos para peinarles la crin a los caballos.
–He de informarte, querida Luce, que en el noble arte de la discreción eres un completo desastre. –Como ella no respondió pese al momento de silencio tras las palabras de Patrick, éste volteó a verla. Luce se veía cabizbaja y cansada–. ¿Cómo se llama? –insistió suavemente.
–Cameron –respondió ella sin apenas alzar la voz.
–No me cuesta suponer que él es el hombre de quien hablabas con mi padre. Sin embargo, me sorprende un poco descubrir que no pareces agradada con su regreso –dijo como quien no quiere la cosa–. ¿Qué te hizo cambiar de parecer, Luce? ¿Acaso tiene relación alguna con tu querido primo Daniel?
El corazón de Luce se resquebrajó un poco más al oír mencionar ese nombre. La pasada noche se había sentido más desesperada que en casi toda su existencia, luchando por no dejar escapar a Daniel y por evitar a Cam. El primero, según creía Luce, había tenido toda la razón al enojarse con ella por lo ocurrido en el lago, aunque verdaderamente no llegara a nada, y ahora sólo quería encontrarlo. Sin embargo, le asustaba un poco lo que él pudiera decirle.
–Siempre es lo mismo –comenzó con rencorosa tristeza–. Cuando Cam aparece, despiertan en mi interior sentimientos, bien sean de alegría o enfado, que convierten mi corazón de hielo en carne nuevamente. Siempre termino cayendo en mi propia fragilidad, y las cosas me afectan muchísimo más que nunca.
–¿De qué hablas? –Patrick estaba impresionado, jamás se le ocurrió que Luce pudiese percibir el mundo a través de los ojos de una chica frágil.
–Cuando la muralla defensora de una importante ciudad es destruida, los daños son mucho más marcados que con los muros reforzados y elevados –volvió la vista completamente a Patrick–. Anoche Daniel se enojó conmigo, en todo su derecho, pero eso fue tan devastador para mí como la muerte de tu padre para ti.
Se sorbió la nariz suavemente para intentar disimular el llanto.
–Luce… –llamó Patrick, compadeciéndose de su amiga.
–Estoy bien –respondió ella.
Sin embargo, su mejor amigo la cogió del brazo y la abrazó con fuerza. Las lágrimas de Luce le mojaban el chaleco.
–Por supuesto que no lo estás –susurró.
Luce necesitó de unos diez minutos para poderse calmar completamente. Requería con urgencia desahogarse, y aunque no había liberado la presión que la tenía prisionera, agradecía a Patrick el preocuparse así por ella.
–Es despreciable no poder mantener control absoluto sobre las demostraciones de dolor que se dan a los demás, sobre todo porque así es más difícil luchar contra ello –comentaba Luce al enjuagarse las lágrimas sobrantes.
–¿Puedo contarte algo? Yo creo que es magnífico que estés en libertad de mostrar lo que sientes y no sólo reflejar frialdad a través de tu mirada.
–Me hace sentir vulnerable –replicó.
–No sé si mi padre te lo comentó… Él me enseñaba de pequeño que la única razón para que los hombres seamos más robustos que las mujeres es que portamos con el deber de amarlas y protegerlas. Para poder cumplir con eso es necesario que la dama abra sus sentimientos. Tú no lo haces, Luce, y Daniel no sabe cómo reaccionar ante el desconocimiento que perdura acerca de ti.
–¡Yo lo amo! –saltó Luce–. Él lo sabe, se lo he dicho, se lo he demostrado.
Patrick se encogió de hombros.
–Aquí entre nosotros, te confieso que yo me sentiría un tanto inseguro si el amor de toda tu vida apareciese justo cuando comenzara a nacer algo entre nosotros, Luce.
Patrick no podía entender a qué se debía que estuviese justificando las conductas de su competencia cuando lo que realmente quería era separar a Daniel de Luce para elevar sus oportunidades. Quizá, pensó a modo de justificación, si lograba que la joven misma lo aceptase, las cosas serían más sencillas.
–Comprendo lo que dices, Patrick. Sé que debería reafirmar lo que siento delante de cualquiera, pero temo lo que Gerret pueda hacerle a Daniel. Lo que ustedes presenciaron el pasado día no fue ni la décima parte del poder de mi hermano, él pudo haberlos matado a todos antes de que yo lograra quitarme el árbol de encima.
Patrick tragó saliva con dificultad.
–¿Cómo terminaron ambos aquí en tierra? –preguntó para alejar la conversación del escabroso tema de su muerte a manos de Gerret.
Ante los impresionados ojos de su amigo, y pese a que al principio él no comprendía qué hacía ella, Luce comenzó a soltarse los botones de la espalda del vestido, quitándoselo también de los hombros y parte del pecho. La respiración de Patrick se aceleraba imperceptiblemente, y por respeto a sus modales intentó mantener la visa fija en el rostro de Luce, pero le costaba un poco.
Finalmente algo increíble captó su atención tan completamente que olvidó el hecho de que su amiga estaba a poco de enseñar sus atributos superiores. Las enormes alas color piedra emergieron de la espalda de Luce y se extendieron primero hacia arriba y atrás y luego a los costados; teniendo mucho cuidado en que Patrick percibiera cada uno de los movimientos, le tocó la frente con la punta del ala derecha y la mente del muchacho se llenó de imágenes, recuerdos que sin duda no eran suyos.
…
Se hallaba en algo así como un jardín muy esplendoroso y exuberante; Luce le mostraba el mismo Edén que había visto Daniel. Patrick, sentado a la sombra de un gran árbol, escuchó que de la tupida copa provenían susurros muy hermosos, como cantos. Sin pensárselo dos veces, y sin comprender qué le llevaba a hacerlo, escaló el tronco hasta ocultarse por completo entre las hojas. Allí descubrió a una Luce llena de vida, resplandeciente, tanto que parecía emitir luz y energía, al igual que el varón que tenía sentado delante, ambos con sendas alas blancas iridiscentes replegadas sobre la espalda. Patrick lo reconoció enseguida: era el joven Monsrey, Cameron. Ambos se miraban tan intensa y enamoradamente que el corazón le quería dar un vuelco al humano sólo de estar allí.
Estaban sentados en las ramas, de frente, y sólo se miraban, sonriéndole al otro de vez en cuando. Finalmente Cam se inclinó sobre Luce y le estampó un beso en la mejilla. Al separarse de ella, Patrick pudo ver que su amiga parecía muy sorprendida y ligeramente ruborizada por el gesto; Cam sonreía muy luminosamente.
–¿Qué ha sido eso? –preguntó ella en voz baja, como la melodía de una canción.
–Se llama beso –respondió Cam muy entusiasmado–. He visto a Adán hacerlo con Eva. Dice que es una forma sutil de demostrarle cuánto la ama sin emitir palabras.
–Beso… –repitió Luce para sí, como sopesando el gran valor de la acción en la sola palabra–. ¿Para que querías verme? –preguntó al cabo de un rato.
Prontamente, y como si no hubiese habido expresión transitoria, el semblante de Cam se volvió más serio, y la energía que flotaba alrededor de él se oscureció un tono.
–Lucifer está enojado –dijo en tono grave–, se queja de que Dios le da más importancia a los humanos que a nosotros, cuando somos parte de su misma esencia. Quiere revelarse –declaró al fin.
Luce lucía desagradablemente sorprendida y preocupada.
–No irás a prestarle tus servicios, ¿cierto?
Él no contestó.
–¿Cam? –insistió–. Por favor dime que no se te ha ocurrido unirte a esa ridiculez de alzarnos contra Dios.
–He estado pensando… –admitió lentamente– Jamás vamos a poder estar libremente juntos porque Dios y nuestros hermanos lo prohibirán. No digo que apoyemos a Lucifer, pero si consiguiésemos escapar de aquí para vivir en tierra, tal vez podríamos alcanzar la tan anhelada libertad para amarnos.
Ella no parecía convencida y mucho menos entusiasmada con la idea de desafiar a Dios, aunque que sí quería estar con Cam.
–No lo decidas ahora, piénsalo, y cuando hayas resuelto algo me avisas –se acercó para estamparle otro beso, esta vez en los labios, momento en el que del semblante de Luce huyó toda preocupación, y luego se fue. Sin embargo, un pequeña arruguita probaba que Luce fruncía el entrecejo.
Prontamente la escena cambió. Los colores, sonidos y emociones se arremolinaban en torno a Patrick, y era casi imposible distinguir nada. Justo cuando el muchacho estaba por perder el equilibrio a causa del mareo, todo volvió a ser estático y sólido, a excepción de dos figuras.
Esa vez se encontraba en algo similar a un bosque a mitad de la noche, completamente silencioso, donde ni la brisa soplaba con fuerza y sus únicos acompañantes eran quienes se ocultaban al velo de la noche, algunos metros por delante de él. Patrick se acercó cautelosamente por miedo a ser visto, aunque eso no podría pasar, y descubrió, a la luz de la luna llena en el cielo, que eran Luce y Cam quienes permanecían en el bosque. Ambos hablaban en susurros, y, curioso, Patrick se acercó para poder escuchar.
–¿Qué hemos hecho? –oyó que se lamentaba tristemente su amiga–. Jamás hemos debido escuchar a Lucifer.
–Tranquila, Cielo mío, estamos juntos para afrontarlo –la consoló Cam, que cogió el atormentado rostro de la chica entre sus manos y la besó extensa y suavemente en los labios. Al parecer, aquello se había vuelto algo más cotidiano entre ambos, puesto que Luce no había reaccionado como la primera vez aunque aún se sonrojaba.
–¡No me dejes nunca, Cam! –sollozó contra su pecho.
–Jamás lo haré, nadie nos va a separar –prometió al estrecharla con fuerza y ocultar el rostro en el abundante cabello marrón de ella.
¡Cómo le envidiaba Patrick! Deseaba ser él quien se encontrara alguna vez en una situación así con Luce, pudiéndola tener tan cerca que el aire y su perfume natural se mezclaran.
–¿Sabes qué también me enseñó Adán? –le comentó Cam suavemente luego de una media hora de silencio, trazando suaves círculos en el cuello de Luce–. Me dijo que el amor cuerpo-alma que le guardaba a su esposa se hacía muchísimo más fuerte cuando se unía a ella, y que podía utilizarse como mensaje de amor más que para el mero hecho de reproducirse.
–¿De veras? –Pese a que la pregunta contenía un matiz de educada curiosidad, la verdad era que a Luce el corazón le latía ferozmente; su respiración se había vuelto un poco más pesada y sentía que la atracción física entre ella y Cam se hacía más intensa.
Patrick no necesitó las palabras para saber qué venía a continuación.
Tal y como supuso, Cam se acercó a Luce para cubrirla de besos desde la base del cuello a la mandíbula, desde los dedos a los hombros, desde los pies a los muslos… y posteriormente todo comenzó a tomar un matiz un tanto diferente al de inocente contacto como los besos del principio. Antes de tener que presenciar nada, Patrick intentó gritar en voz alta para poder ser liberado de aquellas imágenes que amenazaban con perturbarlo en celos por el resto de su vida.
–¡Luce! –gritó por segunda vez, justo cuando los paisajes y demás se disolvían, dando lugar al conocido y tan amado establo de los Chloster.
Luce estaba muy ruborizada; sus suaves mejillas prendidas de un intenso tono carmín, y sus ojos líquidos nuevamente.
–Perdona, Patrick –dijo cuando sus miradas se encontraron. Su amigo aún no conseguía normalizar el ritmo cardíaco–. Me dejé llevar por los recuerdos.
Él hubiese gustado decir No hay cuidado, pero habría preferido no tener que ver nada de eso, sobre todo porque no podía soportar saber a Luce en brazos (y algo más) de otro hombre diferente de él. En lugar de eso, y para ocupar su mente con otra cosa, dijo:
–¿Ése es el motivo de que hoy en día estés atrapada aquí, porque ambos querían amarse?
–Exacto –confirmó Luce y pasó a relatarle la misma historia que le había contado a Daniel sobre su destierro y el vaivén de Cam. Al acabar, Patrick parecía un poco más comprensivo respecto a lo que debía estar sintiendo Luce al encontrarse en tan precaria situación–. Como ves –continuó–, para mí no es sencillo desligarme y olvidarlo del todo, pero no miento cuando digo que ya no deseo que esto siga. Quiero dejar este jueguecito cínico y poder estar con Daniel. –Ante la mención de ese nombre, Patrick arrugó el entrecejo.
–¿Por qué él? –no se abstuvo de preguntar–. ¿Qué tiene él que lo has escogido de entre bastantes hombres que conoces?
Luce no respondió enseguida. No hallaba cómo expresarse adecuadamente.
–No lo sé –reconoció al final–. Es que sencillamente no puedo evitar amarlo y quererlo cuando estamos juntos. No puedo evitar ruborizarme cuando me toca, ni puedo evitar contemplarlo cuando lo tengo cerca y suspirar cuando está lejos. Siento como si fuese algo… que llevara demasiado tiempo intentando florecer por completo.
Patrick la miró entre consternado y receloso.
–A veces intento acceder al completo de mi memoria, pero hay vacíos, como si faltaran recuerdos que, según me parece, son importantes. La primera vez que vi a Daniel me dio la impresión de conocerlo de algo, aunque no pudiese recordarlo. Y la primera vez que nos besamos –Patrick hizo una mueca de irritación. Luce le ignoró– juro que sentí que ya había vivido algo así antes con él. Absurdo, ¿no te parece? –preguntó al cabo de un rato de silencio.
–Yo no aplicaría el término absurdo, sino raro –dijo el muchacho.
Antes de poder intercambiar alguna otra idea o palabra, la señora Brunilda, la doncella más anciana en la finca Chloster, se apareció en el establo.
–Señorita, su padre desea verla en su estudio ahora mismo –dijo al acercarse a Luce.
La joven se despidió de su amigo y siguió en silencio a la señora Brunilda hasta la casa; a partir de allí ambas tomaron caminos diferentes y Luce se internó en el despacho del señor Chloster, donde halló que el hombre la esperaba sentado tras su gran escritorio de madera.
–Hola, padre –se acercó lentamente, pero el hombre no alzó la vista–. ¿Me has mandado llamar?
–Sí, querida, hay algo que deseo darte. Un consejo. Aunque pueda parecer bizarro que un hombre de apenas cincuenta y nueve años como yo tenga comentario valedero qué dedicar a una criatura que desde la creación del mundo ha existido. –Luce aguardó en silencio–. Desconozco la totalidad de la historia que te ha traído a este momento en particular, ignoro lo que ha sucedido en tu vida y qué relación puedas guardar con Gerret y el joven Monsrey, pero sí quiero decirte esto: lucha por lo que quieres. Es mucho mejor provocar una guerra y saber que luchas por lo que deseas que mantener la paz y ser eternamente infeliz. Lo que realmente vale la pena conseguir cuesta, si fuese fácil no tendría atractivo alguno.
El hombre le tomó ambas manos y la atravesó con una mirada cargada de la sabiduría que concede la experiencia. En esos momentos Luce estaba un tanto confundida e indecisa, mas no refutó ni prometió nada.
La puerta del despacho se abrió lentamente. Unos pasos en el suelo de madera anunciaron la llegada de Gerret.
–¿Podrías, padre, dejarme a solas con mi hermana? –pidió con suma naturalidad. A Luce se le erizaron los vellos de la nuca.
–Por supuesto –concedió receloso el señor Chloster, dedicándole a la chica una última mirada antes de salir y cerrar la puerta.
El lugar se sumió instantáneamente en un espeluznante silencio. Cada uno mantenía la vista fija en el otro, sin moverse ni hablar. Gerret inició un paseo lento alrededor de Luce, quien procuró nunca darle la espalda. Eso a él le hizo sonreír.
–Hay algo, querida hermana, que me muero por comunicarte –comenzó tranquilamente–. Cam quiere que tú y yo nos vayamos a vivir con él en su mansión. –Un momento de silencio–. Esta misma tarde.
–¿Qué? –se sorprendió ella.
–Hemos resuelto que ya que volvemos a reunirnos, vivir con los Chloster no es necesario.
–¿Resuelto quiénes? No recuerdo haber sido parte de esa conversación –protestó Luce.
–No sería algo tan extraño, de hecho, puesto que tienes fuertes y hondas lagunas mentales…
–¿Cómo sabes eso?
Gerret calló y la miró tranquilamente. Era imposible que él supiera de sus lagunas mentales, ella jamás se lo había comentado. ¿De dónde entonces sacaba cosas así?
–No quiero ir con Cam –insistió Luce.
–La decisión está tomada.
–Pues vayan ustedes. No se me ha hecho partícipe de una conversación que ciertamente me involucra, así que no tengov intenciones de irme.
–Sé que no te niegas por abandonar a nuestros anfitriones, que por diecinueve años nos han recibido en su hogar, tu rebeldía se debe a la sabandija Grigori. –Luce apretó los labios–. Por eso estoy dispuesto a hacer un trato contigo, querida: si te quedas con nosotros sin oponer resistencia alguna, prometo no acercarme a él de nuevo.
No. Ella no quería. Se negaba a renunciar al único hombre que lograba moverle el piso y arrojar luz sobre su cabeza. Bajo ninguna circunstancia deseaba dejarlo y aprender a subsistir sin el amor de Daniel. Pero la oferta de Gerret era en extremo tentadora: su felicidad a cambio de la vida y seguridad de su amado. Tal vez inclusive, y con la ayuda del tiempo, Daniel acabara por olvidarla y casarse con otra mujer. Sí… era doloroso el pensar algo así, pero sin duda creyó que valía la pena.
Se tragó las lágrimas antes de abrir la boca y decir:
–No quiero que te le acerques nunca más. No podrás hacerle daño de ninguna forma: ni con recados, aliados, venenos ni nada.
Gerret esbozó una media sonrisa.
–¿Tenemos un trato? –inquirió, acercándose a ella y cogiéndola por los hombros.
–Sí.
–Muy sabio de tu parte. Dudo que el imbécil de Daniel se dé cuenta de lo que haces por él, pero yo puedo dar fe de tu gran corazón, Luce –la rodeó hasta situarse a sus espaldas–. Ahora –susurró contra la oreja de su hermana, viendo cómo la puerta se volvía a abrir e irrumpían Daniel y Cam en el despacho–, tú debes ser quien le comunique todo respecto a tu partida.
A Luce se le cayó el alma a los pies.
Daniel y ella se miraron fijamente. El primero con un amor que rayaba en la adoración, con unas ganas desenfrenadas de abrazarla y no dejarla ir nunca más. Luce sólo sentía que se consumía desde dentro.
–Daniel, qué gusto que aparezcas –dijo Gerret sin intentar siquiera ocultar el desagrado en su voz. El joven Grigori también le miraba con odio, sobre todo al recordar lo que le había hecho a Luce–. Mi hermana tiene algo muy importante qué decirte.
Con un movimiento del brazo le invitó a tomar asiento, pero Daniel en lugar de eso caminó lentamente hasta situarse justo delante de Luce, tan cerca que ella podía sentir su respiración en el rostro.
Las lágrimas amenazaron con salir, pero si quería mantener la vida de su amado a salvo, suponiendo que Gerret realmente fuese a cumplir su palabra, Luce debía resucitar la crueldad de su carácter y mostrarse tan distante como fuese posible.
–Me voy –dijo sin más.
–Yo te sigo –respondió el joven.
–No. A donde yo voy tú no me puedes acompañar.
–¿Cuál es el motivo?
Daniel levantó una mano, Luce supo que con la intención de acariciarle la mejilla. Se escabulló a un lado e interpuso entre ellos tanto mobiliario como fue posible.
–Gerret y yo nos vamos con Cam.
Silencio absoluto. Ella procuraba no mirarle a la cara.
–No, no puedes –jadeó Daniel.
–Por supuesto que puedo, soy una criatura libre –replicó Luce. Pero el joven no quería escuchar.
–¡No puedes dejarme, Luce! –insistió–. Me hiciste prometer que jamás te abandonaría.
–Te libero de ello. Ya no cargas con esa responsabilidad. Ve, olvídate de mí, cásate y ten hijos.
–¿Acaso no entiendes lo poco que me importa el legado que deje a este mundo siempre que pueda estar contigo? –Rodeó los muebles, el escritorio, le cogió la cara y la obligó a mirarlo. Luce gimió involuntariamente al observar su propio sufrimiento reflejado en los ojos de Daniel.
–Lo lamento, la decisión está tomada –se apartó y caminó decididamente hacia la puerta.
–Luce… –sabía que Daniel la perseguía y casi le salta el corazón cuando percibió por el rabillo del ojo un veloz movimiento de Gerret.
Se parón en seco. Gerret le cortó el paso a Daniel y lo fulminó con todo su odio.
–Basta, gusano, no acabes con la poca paciencia que he conseguido reunir –lo amenazó.
–Suficiente. Muy hospitalarios se han mostrado los Chloster con nosotros, no consentiré que se deshonre su casa con una absurda pelea que carece de todo fundamento y razón. –Tomó a Gerret de la mano–. Nos vamos esta tarde, no intentes detenerme porque de nada servirá –dijo en dirección a Daniel antes de llevarse a su hermano lejos del despacho. Poco después salió Cam, en extremo contento ante el dolor del otro.
