Capítulo XXI

Otra vez la canción sonando de algún lado. Ya hasta le molestaba. Natasha tomó su teléfono y contestó.

— ¿Quién mierdas habla?

—Tony —. Suspiró y puso los ojos en blanco.

—Claro, ¿Quién más? ¿Qué quieres?

—Creí que estabas muerta —. La puerta de su habitación se abre y entra Tony.

— ¿Quieres dejarme dormir? —preguntó molesta.

— ¿Siempre despiertas con ese humor? Si quieres te traigo una pastilla de la felicidad, te puede caer bien.

—Tony, cállate. Me duele la cabeza.

— ¿Sabes que es lunes?

Los ojos de Natasha se abrieron como platos. — ¿Qué? —dijo asombrada viendo su teléfono que marcaba las seis y cuarenta y ocho del día lunes, 7 de febrero.

—Sí, es lunes. Tan rápido que pasa el tiempo, ¿no?

—Mierda.

La rusa se levantó de la cama de un salto y corrió rápidamente al baño. De la misma manera, se duchó y, después de tener una pelea con Stark porque no quería salir de su habitación, se pudo vestir con lo primero que encontró: jeans, una camisa que no era suya y converses negras. Revisó su cara y lucia como la mierda, con ojeras y más pálida que de costumbre. Se encogió de hombros y salió de la habitación bajando las escaleras. Clint estaba sentado, hablando con Thor y Lauren, y Tony estaba en el sillón, viendo la televisión. Ella vio a su hermano y pasó directo a la cocina, buscando las pastillas para el dolor de cabeza; tomó la caja completa y las guardó en el bolso. Tomó las llaves del Corvette, y salió.

—Tu y yo tenemos que hablar —le dijo a Tony, señalándolo con el dedo índice.

Los presentes se quedaron asombrados, ellos nunca "hablaban". La pelirroja salió de su casa, sin decir media palabra más, se subió a su auto y tomó rumbo a la Universidad, donde corrió directo al edificio de arquitectura.

Dos después de un intenso examen oral sobre la historia de la arquitectura y sus remotos inicios. Luego, fue a la cafetería que quedaba cerca y pidió un café muy fuerte y un panqueque. Tomó asiento en la misma mesa de siempre y comenzó a buscar cosas en su teléfono de manera frenética y tomar notas en su cuaderno. Se desconectó del mundo exterior, hasta que le trajeron su pedido y escuchó una voz que conocía muy bien. Steve. Se estremeció al ver al dueño de la voz, que estaba pasando por su lado, hablando muy amigablemente con Peggy. Sintió como una avalancha le caía encima, pero no de manera externa, sino interna. La cabeza le palpitaba al son del heavy metal, sentía una presión en el pecho que le dolía y sus extremidades parecieron dormirse cuando su mirada azul se clavó en la de ella, dándole un vistazo de pies a cabeza; algo en sus ojos habían cambiado desde ese día en el que discutieron, desde que él se enteró que era una corredora callejera. Quiso salir corriendo de ahí, salir y esconderse del mundo hasta que todo pasara. Sí, hasta las damiselas patea traseros sufren por amor; porque Natasha sentía eso por él, amor. Apartó la mirada de él y siguió con su intento de estudiar para el examen que tenía en la próxima hora. El pedido se quedó en la mesa, a excepción del café, con el que se tomó dos pastillas para calmar el dolor de cabeza que la estaba matando.

Terminó su investigación y leyó un WhatsApp que le había llegado.

Stark: « ¿Dónde estás? » 09:34

Seguido, su teléfono sonó. Era el idiota de su amigo.

—Dime —dijo tosca.

— ¿Dónde está tu trasero ruso? —preguntó Tony.

—En la cafetería que queda a cerca de SHIELD —. Comenzó a escribir algo en su cuaderno.

—Y voy entrando.

Natasha puso los ojos en blanco y colgó la llamada. Tony entró al lugar con Thor detrás.

—Zanahoria —dijo un poco demasiado alto, haciendo como que nunca la había visto en su casa ni la acababa de llamar.

La aludida le lanzó una mirada asesina que no surtió mucho en el hombre. El rubio de cabello largo se sentó a un lado de la mujer, pasando uno de sus musculosos brazos por sobre los hombros de ella y abrazándola.

— ¿Por qué tienes que hacer tanto escándalo cuando entras a un lugar? —bufó la única mujer en el grupo.

—Porque…

—Sí, porque eres Stark. Ya.

Tony suspiró y vio hacia lo que estaba haciendo su amiga. Tomando notas y algo que estaba escrito allí no encajaba con lo demás. Steve, decía en letras pequeñas al borde de la página. El autoproclamado genio recorrió con la vista el local encontrándose con un rubio que conocía bien hablando con una castaña muy animadamente –de parte de ella–.

— ¿Qué con el artista? —preguntó volviendo su vista hacia la exnovia de Steve.

— ¿Qué con él?

— ¿Qué pasó entre ustedes? —preguntó sin mucho tacto.

—Supo que corría.

— ¿Y por eso terminaron?

—Sí —. Cortó la conversación—. Hablemos de Brock.

— ¡Oh, sí! Lady Natasha, tenemos que hablar seriamente sobre él —dijo Thor, quien parecía haberse desconectado del mundo.

—Cuéntenme primero ustedes —dijo ella, cerrando su cuaderno y prestando atención a los dos hombres.

—Estos días hemos estado vigilándolo —comenzó Tony demasiado serio, como muy pocas veces—. Y hemos notado que ha estado distribuyendo una clase de droga que es nueva.

—Se siente como si estuvieras en las nubes, pero cuando deja de surtir efecto, necesitas más —explicó Thor.

— ¿Le diste droga? —. Las manos de Natasha chocaron contra la mesa del local, sonando demasiado fuerte y llamando la atención de casi todo los comensales.

—N-No —. Sacudió su cabeza bruscamente, encogiéndose en su asiento.

—Lady Natasha, Lord Stark no me ha dado nada. Fue un amigo, Volstagg, quien la probó y fue enviado a Asgard de inmediato por órdenes mías —explicó Thor con tristeza—. Volstagg forma parte del equipo de futbol. Ahora me veré obligado a buscar a un arquero, porque el suplente se fracturó una pierna.

Natasha estuvo a punto de reír, pero se contuvo porque encontrar a un buen aquero que no tuviera miedo a un balón en su rostro estaba muy difícil y más a mitad de año, donde todo es era fuerte.

—Bien. Entonces, es adictiva al instante. ¿Por qué crees que sea? —preguntó la pelirroja a Stark.

—Soy un genio, pero debemos tener una muestra para poder examinarla.

— ¿Cuánto tarda eso?

—Uh… ¿Unas cuantas horas? Depende de cómo la distribuyen.

—Es en adhesivos.

—A Volstagg le dieron polvo.

—Y yo vi que eran pastillas con un líquido.

—Mierda. Tendremos que buscar las tres. Esto será más complicado de lo que creí —resopló Natasha, echándose hacia atrás en el asiento.

—Y también tenemos que tener cuidado con no pasar a lo ilegal, Howard dijo que si volvía entrar a la cárcel no me iba a sacar.

—Sé con quien hablar sobre esto.

— ¿Conoces a un policía, Romanoff? —. Tony como siempre tan pervertido y sugerente—. No sabía que te gustaban las esposas.

—No, conozco a un militar, ¿eso es suficiente? —. Arqueó una ceja en su dirección.

—Creo que sí —. Se encogió de hombros.

—Entonces, ¿Qué les parece si hoy buscamos la bendita droga comenzamos con todos eso?

—Como quieras, Lady Natasha —. Thor le dio una sonrisa grande a la rusa y le abrazó por los hombros.

Una sonrisa se curvó a en sus labios y abrazó devuelta a Thor. Él era como un gran oso de peluche, que estaba dispuesto a todo con tal de defender a los suyos, se habían tomado cariño desde el primer momento y eso no se podía negar.

— ¿Por qué Lord Clint anda molesto contigo? —preguntó Thor, tratando de no ser chismoso.

—Porque todos me odian —. Natasha puso los ojos en blanco—. Tuvimos una discusión, ya se le pasará.

—Nadie te odia, Lady Natasha. Solo no te conocen —dijo Thor con ternura acariciándole la mejilla.

—Dios, le diré a Jane que le están robando al novio —bromeó Tony.

—Y yo haré que te muerdas el codo, Tony —amenazó Natasha.

Todos rieron. Sí, Thor era muy tierno con ella. Él era como ese gran hermano mayor dispuesto a golpear a cualquier que le haga daño a su familia.


Al otro lado del café, estaba Steve con la mirada clavada en la mesa, la mandíbula apretada y los celos al máximo. No tenía derecho a estar celoso, Natasha ya no era nada suyo, pero la manera en que Thor la abrazaba y como ella se reía con él, le sacaba de sus casillas. Que estuviera con ellos no le molestaba, le molestaba que Thor le tocara la mejilla, la abrazara y la hiciera sonreír. ¿Por qué carajos estoy celoso?, se preguntaba una y otra vez.

— ¿Steve? ¿Me estás escuchando? —dijo Peggy trayéndolo a la realidad.

—No, lo siento —. Se sonrojó ante eso.

Su amiga tenía rato hablando de sus clases y lo interesantes que era y él estaba concentrado en la chica de cabellos rojizos que estaba al otro lado. Peggy se volvió hacia la mesa donde estaba la exnovia de su amigo y entendió el por qué su amigo no le prestaba ni la mínima atención.

— ¿Quieres hablar de eso? —. Él sacudió la cabeza—. Steve no quieres hablar nunca de lo que te pasa y estás mal, lo sé. Cada vez que la ves, es como si quisieras salir corriendo a abrazarla, pero algo te detiene y quiero saber qué es.

Esto sorprendió al rubio. ¿Tan notorio era que la extrañaba como un loco? Sí, él extrañaba, pero la veía tan normal, como si ellos no hubiesen vivido nada, como si él nunca la hubiese conocido, como si nunca hubiese existido un nosotros entre ellos.

—Peggy, ¿Si la ves? Está normal. No la veo triste, ni enojada, ni siquiera se inmuta cuando estamos cerca. No pretenderás que vaya atrás de ella rogándole que volvamos cuando fue ella quien acabó con esto. Ella fue la que mintió.

— ¿Y tiene que demostrar que está enojada o triste? Steve, puede que ella está mil veces peor que tú y aparenta estar normal.

— ¿Por qué aparentaría estarlo? Suele decir todo lo que pasa por su cabeza.

—Dijiste que era una mentirosa, ¿por qué no mentiría esta vez?

— ¿Quieres dejar de defenderla?

—No la estoy defendiendo, te haciendo ver las cosas de otro punto vista.

—Después hablamos, voy tarde a clase.

Se levantó de la mesa, dejando unos cuantos dólares sobre la mesa y saliendo del local hecho una furia. Le molestaba que ella estuviera tan normal, tan tranquila, también que otro la abrazara, la tocara, y muchos más que Peggy la defendiera. Se suponía que ella tenía que apoyarlo a él, no defender a Natasha.

Se fue a clases, donde apenas y pudo prestar atención. Las imágenes de Natasha con Thor se le repetían en la cabeza como película, tantas veces que quiso faltar a las dos últimas pruebas, pero ya no podía, estaba casi que en finales y no se podía dar lujo, puesto que ya empezaría con la exposición de sus pinturas dentro de poco y tendría que pedir permisos especiales para eso.


Natasha tocó la puerta de la casa y esperó unos segundos, volteó hacia la calle y pidió que no llegara Steve en ese momento. No se veía nada amable cuando salió ni de la cafetería ni de la Universidad. Suspiró y vio hacia el cielo, parecía que iba a llover, la nieve comenzaba derretirse, pero aún faltaba un mes para que el invierno terminase. Siempre era lo mismo, cuando parecía acabar, solo estaba preparándose para venir como más fuerza y acabar con todo. Y ella, tenía solo una chaqueta y su bolso.

— ¿Natasha? —preguntó una voz gruesa que conocía bien.

—Señor Rogers, ¿Cómo ha estado? —dijo ella volviéndose a verlo.

—Pasa, niña. Hace mucho frío ahí afuera —dijo el hombre que parecía ser Steve, pero mayor, abriendo más la puerta para la joven.

—Gracias. La verdad es que no se comparan con los inviernos de Rusia.

— ¿Cómo has estado? Tiempo sin verte.

—Bien, gracias. ¿Y usted? —. Evadió la parte de "tiempo sin verte" no quería hablar de ello.

—Bien. Trabajando en el centro —. Ella frunció el ceño.

Entraron al living y pasaron directamente a la cocina, donde había papeles regados por todas partes. Natasha dejó su bolso en el piso junto a su chaqueta.

—Guao —murmuró.

—Toma asiento. Y, disculpa el desorden, es que aún no logró acostumbrarme a tanto papeleo.

— ¿Quiere que le ayude? Se ve bastante ajetreado.

—No. Mejor dime, ¿Qué te trae por aquí? —. Joseph tomó asiento.

Natasha se sentó frente al señor y suspiró. —Necesito un poco de asesoría legal.

Esto sorprendió al señor Rogers, quien abrió los ojos como platos.

— ¿En problemas te metiste?

Ella negó con la cabeza. —No me he metido en ninguna clase de problema… aún. Es sobre algo que quiero saber si es legal.

—Adelante.

—Pero, prométame que no le dirá nadie.

—Lo prometo —. Levantó la mano y sonrió amablemente.

Ella tomó aire y comenzó a hablar: —Bueno, cuando estábamos en una fiesta, mis amigos y yo descubrimos que alguien que conoces está distribuyendo una clase de droga nueva —. Estas palabras hicieron que Joseph se tensara—. Y hemos iniciado una clase de investigación, solo que no sabemos si eso es totalmente legal…

—Primero que todo, tienen todo mi apoyo y me alegro que ustedes hayan tomado esa iniciativa. Segundo, esa clase de investigación es totalmente legal, siempre y cuando las pruebas sean totalmente verídicas, y ustedes no rompan ninguna clase de ley, porque solo haría que perdiera credibilidad —. Natasha asintió indicándole que entendía todo—. ¿Qué han hecho hasta ahora?

—Solo hemos buscado la droga para investigarla y saber qué componentes tiene. Luego, se supone que iremos recolectando pruebas.

— ¿Estás consciente que esto puede llevar mucho?

—Sí, y estoy dispuesta a correrlo. Valdrá la pena.

—Eres muy valiente, Natasha.

—Eso parece.

— ¿Por qué no has venido más los domingos con Steve?

—Steve y yo… —. Bajó la mirada a sus dedos entrelazados—. Terminamos.

—Eso es terrible. ¿Por qué? ¿Qué hizo mi hijo?

—Nada. Él no tiene la culpa…

—Pero, tampoco lo exonera del todo, ¿no?

La pelirroja apretó los labios y asintió.

— ¿Quieres hablar de lo que pasó? —preguntó con esa dulzura que le caracterizaba a los Rogers.

Los ojos de ella se empañaron y sintió una tormenta de sentimientos caerle encima.

—La verdad —dijo con la voz entrecortada—. No. No he hablado con nadie de eso y no sé ni cómo me siento al respecto. Solo sé que duele —. Su voz se rompió y Joseph le tomó de las manos—. Y no deja de hacerlo.

Pero ni una lágrima salió de sus ojos.

—Cuando te sientas preparada, puedes hablar conmigo. No soy el mejor para dar consejos, pero Sarah decía que sé escuchar.

Esto hizo reír a Natasha. —Nunca estaré preparada, Joseph. Steve…

La puerta sonó y seguida de alguno pasos dirigiéndose a la cocina.

—Hablando del rey de roma.


Steve entró quitándose la chaqueta que estaba empapada a causa de la repentina lluvia que caía, la puso en el perchero, junto al paraguas y pasó directo a la cocina, de donde escuchaba la voz de su padre. Seguro ha de estar hablando por teléfono, pensó el rubio; pero, para su sorpresa, lo que se encontró le molestó a tal punto que su furia se hizo notar, tanto en su expresión como en la forma en que apretaba sus manos, ahora puños.

— ¿Qué haces aquí? —preguntó, interrumpiendo en la estancia.

Ambos presentes se giraron al recién llegado. Sus miradas se conectaron al instante, y lo que la chica vio en ella, le hizo estremecer. Era el hielo puro lo que demostraban sus ojos, la furia siendo expresada en su forma más fría y cruel. Natasha sabía que la odiaba; pero, eso no significaba que le dejaría doler su rechazo y el rechazo que demostraba cada vez le veía.

—Steve —reprendió Joseph molesto por la actitud de su hijo.

—N-No, señor Rogers, no se moleste —dijo Natasha, casi tartamudeando—. Ya me voy. Un placer compartir el té y anécdotas con usted —. Le dedicó una sonrisa afectuosa y tomó su bolso junto a la chaqueta.

Le dio un beso en la mejilla al señor y, con la mirada en su camino, salió de la estancia mordiéndose el labio –prácticamente, torturándolo– para no derramar ni una lagrima frente a ellos y, como si no fuera suficiente para el rubio hacerla sufrir, la siguió hasta la salida donde la tomó del codo sin medir fuerza, y la vio a los ojos.

—No te quiero volver a ver en esta casa —dijo, haciendo uso de su tono autoritario, el de militar que no encajaba con su personalidad.

—No, no me verás —aseguró ella en un susurro. Se soltó de su agarre bruscamente y le lanzó una mirada furiosa. ¿En qué clase de patán se había convertido Steve?

Se metió bajo la lluvia, que caía con fuerza y caminó hasta su auto sin importarle que se estaba mojando. Dio un pequeño salto cuando escuchó el estruendo de la puerta cerrarse. Arrancó el R8 derrapando sobre la nieve casi derretida y se fue de allí pensando en lo que había hablado con Joseph.

Su teléfono sonó, era Tony.

— ¿Si? —contestó, después presionar un botón en el volante.

—Viudita, hay fiesta esta noche. Thor va de segundo en la Red List —escuchó decirle por los altavoces.

— ¿Dónde es? —preguntó, frunciendo el ceño.

—En mi casa, obviamente.

— ¿Va Brock? —inquirió.

—Sí. ¿Está todo listo?

—Sí.

— ¿Me quieres decir que te hizo ella para que la trates así? —regañó Joseph, molesto.

—Ella me mintió —replicó Steve—. Ella corría ilegalmente en las calles y no me dijo nada. ¿Y quieres que le trate normal? Lo siento, papá, no puedo.

—Steve, no te estoy pidiendo que la trates normal. Te un poco de respeto, es una mujer.

Esto hizo que Steve se sintiera avergonzado del trato que le dio a la pelirroja que solía ser su novia. Su padre tenía razón; él no tenía derecho a tratar a una mujer de esa manera. No tenía excusas.

—Lo siento —murmuró. Tomó asiento donde antes estaba Natasha.

— ¿Es a mí a quien debes pedir disculpas?

—No, sé que es a ella.

—Me alegro que aún recuerdes eso.

—Papá, lo siento, ¿sí? Es que tuve un mal día y verla aquí hizo que explotara.

— ¿Tan malo fue?

—Sí. Esta mañana la encontré muy acaramelada con Thor y Peggy me dijo que debería hablar con ella. No pude concentrarme en los exámenes pensando en ella y me pone de mal humor no dejar de pensar en Natasha.

— ¿Estabas celoso?

— ¡No lo sé! Solo sé que tuve ganas de matarlo —. Las mejillas de Steve se tornaron de un rosado intenso y no se atrevió ver a su padre quien sonreía con ternura.

El chico de veintidós años parecía un niño hablándole de por primera vez de sus sentimientos.

—Steve, no quiero que te molestes conmigo, pero considero que Peggy tiene razón.

— ¿Por qué?

—Steve, sé que la quieres. Ella también está sufriendo.

—Pero… Ella no lo aparenta.

—Tu madre tampoco aparentaba estar mal.

—Es diferente.

— ¿Por qué? ¿Por qué estamos hablando de una enfermedad o no de amor? —. Steve suspiró—. Steve, ella me acaba de decir que no sabe cómo siente con respecto a su rompimiento, solo sabe que duele, y, créeme, sé que le duele. Su mirada estaba triste, vacía. Y se supone que no debo decirte nada de esto.

—Se supone… ¿Cómo sabes que es verdad?

—Porque las miradas no mienten.

Esto hizo que el rubio se pensara todo lo que sucedió la noche del veintisiete de diciembre, recordaba su mirada llena de rabia, dolor, tristeza y resignación. ¿Estaba ella resignada a terminar con él? ¿Era lo que ella esperaba de él? Si era cierto que necesitaba el dinero, como dijo aquella noche, ¿por qué había dejado de correr?

¡Dios, qué mujer tan complicada!, pensó él. Pero, aunque fuese menos complicada, no dejaba de quererla, porque era cierto, no la podía olvidar y la quería como nunca. ¿Estaría correcto ir a hablar con ella? ¿Tendría que ser él? ¡Claro que tenía que ser él! Fue él quien dijo la última palabra con respecto a su relación, no sería tan orgulloso como esperar a que Natasha se le acercara, ¿y si no lo hacía nunca? Si él quería salvar eso, que al menos estuvieran enterados los dos, asi no tendrían a quien echarle la culpa; era justo, ¿no?