Disclaimer: Los personajes de Fullmetal Alchemist me pertenecen.
21/26 (Epílogo incluído)
¡Hola a todos! ¿Cómo están? Espero que bien. Y espero que hayan pasado bonito su comienzo de 2012, con amigos, familiares y seres queridos a sus respectivos lados. Dicho eso, aquí está el capítulo 21 de esta historia, que espero disfruten. Y, como siempre, gracias. A todos los lectores. Por haberle dado una oportunidad a mi historia y por haberla seguido hasta ahora. Más aún, a todas esas sumamente amables personas que se fueron molestando en hacerme saber su opinión. Muchísimas gracias. De verdad. De todo corazón. Saber que hay alguien al otro lado. Más aún, saber qué perciben de mi historia, me alegra el día y me alienta a seguir escribiendo.
A: Rukia Kurosaki-chan, Sangito, Inma (jaja, no me mates. Y no, no te preocupes =) Feliz año a ti también =D), HoneyHawkeye, Andyhaikufma (ah, de verdad, no tienes por qué disculparte. Es perfectamente entendible, además, soy yo quien debe agradecerte a ti y a todos ustedes por sus tan bonitas palabras. No ustedes disculparse conmigo =). Y espero que lo hayas pasado bien. Respecto a los capítulos, me alegra que te hayan gustado, y no te preocupes, Riza cederá =P. Gracias. Y, a ti también, ¡feliz 2012!), laura-eli89 (me alegra que te haya gustado. Si, con ellos siempre hay demasiado en el medio, y desgraciadamente no son otras personas o cosas de ese estilo. Pero están intentando rodear los problemas, poco a poco, aunque no se note tanto o ellos mismos no lo vean de esa forma. ¡Feliz año a ti también!), fandita-eromena (pobre Fuery, creo que es el chivo expiatorio de todo el grupo, solo por ser el más joven. Esas son cosas que pasan =D En cuanto a la dignidad de Roy, Riza le deja poca, por no decir nada. ¡Feliz año a ti también! Que la felicidad te acompañe durante el 2012), mariana garcia (jaja, tienes una gran paciencia, que se agradece. En cuanto a darse cuenta. Si, lo saben. Y están envejeciendo. Así que es esperable que empiecen a resentir más ese tipo de cosas. Y creo que el día prometido fue un quiebre para los dos), Lucia991, inowe (si, es cierto. Fue muy difícil para ambos. Aunque creo que más para Riza. Dado que él se fue a cumplir su sueño mientras que ella se quedó perdiendo la única persona que le había importado. Y si, yo también habría preguntado aunque fuera un poquito más... =D), Akamaruwolf323, Arrimitiluki, Darkrukia4, pilar, Desahogada (si, logré conseguir, salvo las almendra... u.u... y son mis favoritas... qué se le va a hacer... =) Y respecto a disculparte, no tienes qué. De verdad. Te agradezco cada ocasión que me dejaste un review. No es una obligación, ¿sabes? Pero me hace feliz así que no te disculpes por nada. Con todo, yo debo agradecerles a ti y a todos quienes me escribieron. Respecto al capítulo, me alegra mucho que te haya gustado tanto. Si, al final llegó el esperado beso, que no será único, o únicos en este caso, evidentemente. Y respecto a la actualización, prometí que lo haría y de hecho me gusta hacerlo. Creo que los humanos solo tenemos nuestras palabras, a pesar de que algunos crean que el dinero y otras cosas nos hacen más importantes, y sin nuestra palabra no somos nada =) Supongo que soy una idealista yo misma u.u También, qué se le va a hacer...), Alexandra-Ayanami (si, totalmente de acuerdo, el equipo Mustang en la cocina son una amenaza. Y ah... si habré arrojado cosas al aire, o a otras personas, en la cocina =P Feliz año a ti también), Haru D'Elric y Beli (me alegra que te haya parecido que mereció la pena. Y, no, tienes razón. A Riza ya no le queda mucho. Respecto a lo de escribir por toda la eternidad... ¿Por qué me imaginé encadenada al suelo, escribiendo? Jaja. No se si por toda la eternidad. Pero un poco más tiro...)
Gracias a todos. Espero, si no es mucha molestia, me hagan saber lo que piensan. ¡Nos vemos y besitos!
Cosas que dejamos atrás
XXI
"Sobre esfuerzo y autocontrol"
Pasándose la mano por la frente, bajo el ligeramente más corto flequillo azabache, y secándose el sudor, se inclinó quitándose el bolso que llevaba con una mano al hombro y lo depositó en el suelo de tierra, enderezándose y observando finalmente hacia el frente. El calor en el pueblo era intolerable, tal y como lo recordaba y a juzgar por lo que había ido observando desde que había vuelto a arribar allí, no muchas cosas habían cambiado. De hecho, parecía el mismo pueblo que había dejado un año y medio atrás, detenido en el tiempo. Estancado en la misma provinciana rutina a la que él mismo eventualmente se había acostumbrado. Y la casa de su sensei, desmejorada y desvencijada, no era la excepción de dicha contemplación. En realidad, todo parecía igual, salvo una cosa. Allí, erguida e inmóvil, de pie en la entrada y con expresión estoica, se encontraba la hija de su sensei, luciendo aún más como una mujer a cómo lo había hecho cuando él se había marchado, todo ese tiempo atrás. Se abstuvo de verbalizar dicha contemplación en voz alta, por supuesto. Y en vez de ello, permaneció en silencio un segundo más, observándola, sin saber realmente qué decir. Repentinamente, sentía la garganta seca.
Ella le hizo el favor de romper el silencio por él. Su voz, como la recordaba, perfectamente calma y constante. Sin embargo, había algo en sus ojos que indicaba un profundo cansancio, y Roy no quería imaginar qué habría debido tener que soportar desde que él se había marchado, especialmente considerando que la salud de su padre había empobrecido notablemente y de forma rápida. Sin embargo, agradeció que sus primeras palabras no fueran relacionadas a la salud de su sensei, o el motivo por el que se encontraba allí —Tiene el cabello más corto, Mustang-san.
Roy alzó una mano y tomó un mechón de su flequillo entre sus dedos —Ah... Si. Me vi forzado a cortarlo corto cuando ingresé a la milicia y al comienzo de este año también. Afortunadamente, ya está creciendo —la observó. Riza lucía exactamente igual, a pesar de los sutiles cambios—. Tu cabello sigue corto.
Riza asintió, secamente —Me pareció apropiado —bajando la mirada a sus manos superpuestas calmamente a la altura de su falda. Llevaba un suéter, sobre una camisa blanca y una falda tubo larga hasta las rodillas, haciéndola lucir aún más adulta, pensó Roy. Suspiró. Y Riza lo vio dar un paso dubitativo hacia ella, pero se detuvo tras hacerlo. Alzando su mirada caoba una vez más, ella reparó en el uniforme negro que vestía—. Veo que finalmente ha podido unirse a la milicia.
—Así es. Soy cadete aún. En realidad, privado segundo —indicó la señalización de su hombro—, dado que aún me queda poco menos de medio año para terminar la academia.
—Lamento haber interrumpido su entrenamiento, Mustang-san —se disculpó. Había sido renuente a escribirle, pero sabía que el aprendiz de su padre querría tener la posibilidad de hablar una vez más con su maestro, antes de que fuera demasiado tarde, y no era su lugar el decidir por él. Además... tocó por encima de su hombro su espalda—, mi padre...
—Entiendo. ¿Cómo se encuentra? —inquirió, preocupado.
Riza bajó la mirada, cerrando los ojos con pesadez, y negó con la cabeza. Él comprendió y una repentina tristeza lo invadió. Por la salud de su sensei, por la vida que pronto se apagaría, y por ella, que parecía ser –aún entonces- el epítome del abandono, el descuido y el desamparo. Y aún así, de alguna forma, lograba lucir firme y fuerte. Pero sus hombros y ojos la delataban. Estaba cansada, exhausta quizá, de toda la situación.
—Ya veo... Así de mal... —bajó la mirada, cerrando las manos en puños. Y luego, la alzó una vez más. Sus palabras sinceras—. Lo lamento.
Riza únicamente asintió. No había demasiado más qué decir al respecto y ambos lo sabían. Caminando los pasos restantes, ella se agachó a tomar el bolso de él por él, pero Roy se adelantó y lo tomó también. Sus nudillos rozando los de ella —No tienes qué. No soy más el aprendiz de tu padre ni vivo aquí.
Ella alzó la mirada, su rostro a escasos centímetros del de él. Si anotició esta proximidad, su rostro estoico no lo manifestó. En vez de ello, simplemente cerró los ojos con suavidad y asintió —Lo sé. Aún así, quiero hacerlo.
—¿Estás segura? —se preguntó si no estaría usando aquello de excusa para eludir la realidad por unos segundos. Si tal era el caso, él no era quien para juzgarla, así que lo soltó.
—Así es, Mustang-san —se enderezó, cargándolo con ambas manos delante de su cuerpo.
Él la vio inclinarse ligeramente hacia delante por el peso y se apresuró a tomarla por los hombros y enderezarla. Sonrió, viendo la expresión perpleja de ella por lo súbito del actuar de él y su escasa reacción a ello y al hecho de que había perdido por un instante el equilibrio —En la milicia entrenan tu capacidad de reacción y acción. ¿Sabes? Creo que será mejor que yo cargue esto. Es considerablemente pesado.
Pero ella no soltó el bolso, en vez de hacerlo, negó con la cabeza, enroscando más firmemente los dedos alrededor de las manijas y presionó su frente contra el pecho de él, sorprendiéndolo. Sin decir realmente nada. Él reafirmó su agarre en sus hombros, dándole un suave apretón a modo de consuelo. Suspiró, sonriendo con tristeza. Riza no estaba llorando, como sería esperable de una persona de su edad en aquella situación, y no parecía tener intenciones de hacerlo tampoco. Simplemente parecía necesitar un instante para descansar, recuperarse, y volver a reanudar su firmeza habitual. De hecho, podía sentir su cuerpo relajándose a duras penas bajo su agarre. Inclinándose hacia delante, le susurró en el oído —Lamento haberme marchado. Lamento haberte dejado con toda la carga una vez más.
Riza únicamente se tensó al sentirlo tan cerca, y negó con la cabeza. Cerrando los ojos suavemente cuando su aliento chocó contra los pliegues de su oreja —No. No lo hagas, fue mi decisión —después de todo, había sido ella quien había decidido dar un paso al costado aquella última noche para evitar que él se sintiera obligado en alguna forma a ella. Y aún sostenía esa posición. No deseaba, en ninguna forma, retenerlo ni atrasarlo en su camino hacia aquello que pretendiera alcanzar. No pretendía convertirse en una carga para él. Ni ella, ni toda su situación personal. Él no tenía ninguna obligación para con ella. Y Riza prefería que las cosas permanecieran de esa forma.
Roy exhaló suavemente —Creo que deberíamos entrar, Hawkeye-sensei...
Ella se enderezó súbitamente, comprendiendo exactamente qué había hecho. Inclinó la cabeza —Lo lamento.
Él le quitó el bolso de las manos, se lo arrojó al hombro —¿Por qué? —y comenzó a caminar al interior de la casa, seguido de ella un paso más atrás, observándolo con caución.
Esa misma mañana él había subido las escaleras para hablar con el que una vez había sido su sensei, ambos habían discutido –Riza había podido colegir parcialmente desde abajo- sobre la milicia y la investigación de su padre (como solían hacer antes de que Roy se marchara), y tras una serie de carraspeadas y palabras entrecortadas su padre había fallecido, en los brazos de Roy, mientras ella no había podido hacer nada salvo contemplar horrorizada toda la situación desde la puerta del despacho. Él había gritado su nombre, la había llamado "Riza", por segunda vez. Y ese mismo mediodía, él había hecho los arreglos para un modesto entierro al que sólo habían asistido ellos dos. Antes del anochecer lo habían enterrado.
Posicionándose junto a él, observó a su superior de reojo. Esa noche también, le había entregado los secretos de su espalda, la alquimia de su padre. Y todo lo demás que había poseído al momento. Suspiró. Bajando la mirada a la roca delante de ambos. Berthold Hawkeye 1860-1905. Y optando por permanecer en absoluto silencio proveyéndole únicamente su compañía. Si él deseaba decir algo, lo haría, tal y como había hecho durante el funeral del general de brigada Hughes. Sino, ambos se contentarían con sólo permanecer en silencio de aquella forma, apoyándose en la confortable presencia que el otro otorgaba. Riza casi prefería la segunda opción, considerando todo.
—Me preguntaba, qué habría dicho si le hubiera solicitado tu mano.
Ella bajó la vista a la roca y suspiró, cerrando los ojos con calma —Posiblemente pensaría que habría perdido perspectiva, coronel, considerando que mi padre estimaba más la alquimia que cualquier otro tipo de aspiración en la vida —o incluso su vida misma.
Roy metió ambas manos en los bolsillos —Me pidió que cuidara de ti.
—Aún así, coronel. Estoy segura que no se refería a eso.
—No —concedió—, posiblemente no, teniente. Pero se cruzó por mi cabeza —admitió, con calma.
Riza se permitió curvar un poco las comisuras hacia arriba —No pensé que fuera tan protocolar, coronel. Y no pensé que necesitara algo así como el consentimiento de mi padre para hacerlo.
—No lo hacía y hubiera seguido adelante de haber tomado la determinación de hacerlo, y de haber recibido una aceptación de tu parte, así hubiera refutado mi petición, pero hubiera hecho la petición formal de todas formas o Madame Christmas me lo hubiera reprochado eternamente —sonrió, imaginándose a la brusca mujer que lo había criado reprochándole que no era así como lo había hecho—. No hubiera sido algo novedoso tampoco, de todas maneras, Hawkeye-sensei parecía tomar particular placer refutando todas mis peticiones. Al menos las relacionadas con mi aprendizaje de alquimia.
—No piense demasiado en eso, coronel —le sugirió, con calma. No tenía sentido remover los "qué hubieran sido si..." de su pasado. Ellos habían elegido el camino que habían tomado y no veía practicidad en traer a la superficie cosas que sólo pudieran entorpecer su camino a la cima.
—Supongo que tiene razón, teniente. No tiene demasiado sentido ya.
Riza asintió —No lo tiene, coronel. Creo que es mejor concentrarnos en nuestro trabajo, que tenemos demasiado, y en el futuro. En la reconstrucción de Ishbal.
Roy se pasó una mano por el cabello azabache —Se está prolongando demasiado —concedió—. Había contado con tener el proyecto aprobado a estas alturas, pero las reconstrucciones en Central se están tomando demasiado también y ahora el mayor general nos mandó hasta aquí.
—Eso parece, señor. Al parecer, el daño recibido en el cuartel de Central fue mayor al percibido inicialmente. Las reparaciones también están resultando más costosas de lo esperado. Así como también los funerales a los oficiales caídos en combate.
Ellos habían tomado particular cuidado en no herir mortalmente a nadie, deliberadamente apuntando a partes del cuerpo que no comprometían ningún órgano (como pies y manos) y usando sólo explosiones de escaso alcance para mantener alejados a los enemigos, y habían resultado airosos en dicho objetivo. Sin embargo, y como era esperable de su persona, la mayor general Armstrong no había tenido la misma delicadeza y no lo había hecho la gente de Briggs tampoco, dejando atrás un considerable saldo de fallecidos en servicio. Peones, jóvenes soldados ingenuos que habían quedado atrapados entre los planes de los homúnculos y su golpe de estado para detener dichos planes y habían resultado en el lado equivocado del fuego. Habían fallecido con honor, y tratados como tales y todas sus familias recibirían los beneficios militares por sus muertes, pero nada de eso quitaba que muchas de ellas habían sido muertes en vano. Muertes que hubieran podido ser prevenidas con las medidas de precaución adecuadas.
—El número de caídos es también mayor al esperado.
Riza torció el gesto —Eso parece —en una expresión de lamentación respetuosa. Ellos mismos habían previsto los costos de una operación como la que habían llevado a cabo, e incluso habían contemplado la posibilidad de que fueran ellos quienes murieran durante ésta, pero no habían deseado más víctimas inocentes por culpa de ello.
—Al menos aquellos que murieron por el círculo de transmutación nacional fueron traídos de regreso —concedió. No era un consuelo, no realmente, porque como alquimista había aprendido que sólo una vida equivalía a otra, en términos de intercambio equivalente. Y como humano había aprendido que sin importar quien muriera, cada vida era irreemplazable. Aún así, era algo. Al menos no eran todos piedras filosofales en aquel preciso momento, viviendo en el interior de aquel que se había hecho llamar a sí mismo Padre. Al menos sus almas no habían sido usadas como ingredientes.
—Así es. El padre de Edward-kun y Alphonse-kun se encargó de ello —confirmó con calma.
Roy alzó la vista al cielo, una sonrisa arrogante en el rostro —Acero continuaba llamándolo padre bastardo.
Riza curvó las comisuras de sus labios con serenidad también —Esa parece ser su palabra favorita, coronel, en lo que respecta a ciertos hombres.
Él la observó de reojo —Si, Acero nunca fue realmente elocuente con las palabras. Aunque —concedió—, tenía sus momentos.
—Los tenía, coronel.
—Y ahora sólo estamos nosotros, teniente.
Riza suspiró con calma —No me diga que está teniendo el síndrome del nido vacío otra vez, coronel. Creí que era más apropiado a la crisis de los cuarenta, y permítame recordarle que aún le faltan diez años para alcanzarla. Además, recuerde que tiene a los tenientes Havoc y Breda y al sargento mayor Fuery de su lado.
—Todos hombres, teniente.
Negó con la cabeza —También me tiene a mi, coronel. Si mal no recuerda, afirmé que no iría a ningún lado. Ni siquiera cuando se torne tan anciano que no recuerde su propio nombre.
Roy torció el gesto —Esperemos no llegar a eso, teniente.
Riza asintió, sonriendo con calma —Por supuesto, coronel. Me aseguraré de dispararle con mis propias manos si su senilidad no le permite recordar su propio nombre ó el de sus nietos.
Él enarcó ambas cejas —¿Tendremos nietos, teniente?
Ella presionó los labios en una línea. Lo había dicho a modo de comentario ligero pero comprendiendo la posible imposibilidad de ello, se forzó a si misma a silenciarse. Él suspiró —Tendríamos magníficos nietos.
Ella lo observó de reojo, relajándose visiblemente —Los tendríamos, coronel. Y estoy segura que usted se cercioraría de malcriarlos hasta el hartago.
—¿Y qué me dice de usted, teniente?
Negó con la cabeza —Alguien tendría que mantenerlos realistas y centrados, coronel. Y me temo que no puedo confiar esa tarea a usted.
—No —sonrió—, supongo que no, teniente —hizo una pausa, dejando pesar entre ambos la dura realidad de que las posibilidades de que algo así fuera siquiera viable eran ínfimas para ellos. La sonrisa se esfumó.
—Lamento haberte involucrado en todo esto.
—Yo no, coronel. Aunque pienso que es un hermoso futuro, no me arrepiento de haber decido seguirte —tomó aire—. Lo que me recuerda, coronel, permítame advertirle que los tenientes segundos Havoc y Breda y el sargento mayor Fuery están al tanto de que mi padre solía enseñarle alquimia.
Roy enarcó una ceja —¿Y cómo es que lo saben, teniente?
Riza no manifestó nada al respecto —Yo misma me vi obligada a informárselos, coronel. Estaban haciendo demasiadas preguntas.
—Ah... Si, me temo que tengo un puñado de subordinados entrometidos, teniente. Me disculpo por las conductas de mis hombres.
—Si mal no recuerda, coronel, es esa cualidad la hizo que los solicitara bajo su comando en primer lugar. Además, estoy convencida de que lo sacaron de su superior.
—No veo cómo, teniente. No tiendo a entrometerme en las vidas de los demás.
Ella enarcó una ceja —¿No es acaso eso pretender convertirse en el líder de este país, coronel? —su expresión se suavizó y una pequeña sonrisa apareció en sus habitualmente severas facciones—. Si me lo permite decir, creo que es esa cualidad la que lo hace admirable.
—Ah, y yo pensando que se trataba de mi irrefutable atractivo, teniente —bromeó, dándose exagerados aires de importancia.
Riza negó con la cabeza —Lamento informarle que no es tan atractivo, coronel. Sólo a duras penas por encima de la media —no era del todo cierto, y no lo creía plenamente tampoco, pero su superior no necesitaba que nadie más, especialmente ella, le insuflara el ego más de lo que habitualmente lo estaba.
—Tengo un gran grupo de mujeres que gustosamente disentirían con esa afirmación, teniente —objetó.
—Con todo respecto, coronel. He visto el tipo de mujer con que suele salir y lamento informarle que no confío en el criterio de las mismas.
—¿Pero si tiene en alta estima su propio criterio, teniente?
Ella frunció el entrecejo —Me considero una mujer considerablemente racional e imparcial, coronel, si —preguntándose a qué intentaba apuntar con ello.
—¿Y no me considera en absoluto atractivo, teniente? —sonrió, satisfecho.
Suspiró —No dije que no lo hiciera, coronel. Simplemente afirmé que su imagen de sí mismo está demasiado recubierta por su ego como para reflejarse apropiadamente en el espejo.
—¿Entonces debo desconfiar del criterio de todas las mujeres con que he salido en mi vida porque no se aplican a sus estándares, teniente?
—No dije eso, coronel. Puede creer lo que desee de quién desee —afirmó, seria.
—¿Y si quiero saber su opinión, teniente?
Por supuesto, sabía que toda la discusión había sido manipulada por él para alcanzar aquel punto —Tendrá que permanecer insatisfecho, coronel.
—Entonces déjeme reformular, teniente. ¿Cuándo fue la última vez que un hombre la cumplimentó apropiadamente?
Riza frunció el entrecejo —No llevo la cuenta, coronel. Si mal no recuerda, tengo demasiado trabajo y cosas más importantes que hacer que recordar trivialidades como esas.
—En resumen, no lo recuerda, teniente —sonrió, arrogante.
—No veo el propósito de esta conversación, coronel —objetó, ligeramente irritada por el rumbo que él le había dado. No era por nada que había ascendido tan rápidamente en la cima, no con su inusual capacidad (para una persona de su edad) de torcer las palabras y doblarlas a antojo para manipularlas y convertirlas en lo que él quisiera.
—Sólo estoy intentando establecer cuándo fue la última vez que un hombre le dijo algo agradable, teniente. De lo contrario me veré en la obligación, como su superior, a decirle que se encuentra particularmente hermosa el día de hoy.
Riza soltó un bufido de resignación —Estoy segura de que eso no forma parte de sus obligaciones como mi superior, coronel —lo amonestó—. Y apreciaría que deje de decir cosas inapropiadas, sin importar cuán agradables encuentre los elogios condescendientes y genéricos de su parte —añadió la última parte con sarcasmo.
—No veo qué tienen de genéricos, teniente —objetó.
—Si los repitió a otras cientos de mujeres, coronel, creo que encaja perfectamente en la descripción de genérico —retrucó, con calma.
—Anoche intenté decir algo que no era genérico y me censuró, teniente. Si mal no recuerda.
Ella se tensó —Preferiría no hablar de anoche, coronel —hasta el momento, había salido exitosa en retomar la calma y constante rutina que ambos llevaban, ateniéndose al profesionalismo y a las limitaciones de sus rangos. Sin embargo, estaba completamente segura de que no era capaz de continuar aquella conversación.
—¿Entonces pretenderá que nada sucedió, teniente? ¿Cómo siempre?
Si, se había vuelto una experta en hacerlo, en mentirse a sí misma, y continuaría haciéndolo hasta que no pudiera hacerlo más —¿Acaso hay otra opción, coronel? —suspiró, resignada.
—No —concedió con amargura—, supongo que no, teniente.
—Tenemos trabajo que hacer —le recordó, en un intento de disipar el aire sombrío que se había asentado entre ambos.
Él asintió, observando una última vez la tumba de su sensei y dando media vuelta, listo para marcharse —Así es. Será mejor que nos pongamos en marcha.
—Si, señor —lo siguió. Observando con calma su nuca; mientras caminaba unos dos pasos más atrás que él, sobre su flanco derecho; y notando cómo sus cabellos azabaches comenzaban a curvarse ligeramente hacia adentro. Suspiró, con pesar, conteniendo la súbita necesidad de extender sus dedos y enterrarlos entre dichos mechones. Claramente ese tipo de acciones estaban caratuladas en las regulaciones del ejército y el código de honor de la milicia como inapropiadas entre superior y subordinado y ella, mejor que nadie, estaba perfectamente al tanto de ello.
Más aún, tenía memorizado palabra por palabra el contenido de éste y sabía sin lugar a dudas que dicho código y dichas regulaciones eran estrictas al respecto. "Ningún oficial, dentro de la misma cadena de comando, está autorizado a establecer contacto del tipo personal, íntimo o sexual, con su superior y/o subordinado. Las sanciones frente a dichas conductas inapropiadas serán: suspensión sin paga, degradación del rango, traslado a una nueva cadena de comando e incluso expulsión de la milicia dependiendo el grado de compromiso de dichas conductas inadecuadas". Sin embargo, dicho contacto entre oficiales estaba aprobado –si bien no necesariamente aprobado o bien visto- entre miembros de la milicia de diferentes cadenas de comando, dado que no comprometían directamente la misma. Pero ella no estaba dispuesta a dejar su lado y dejar su espalda descubierta, y fallar a su promesa de protegerlo, velar por sus mejores intereses y cerciorarse de que no se desviara de su camino simplemente por sus propios motivos personales y egoístas. No podía consentirse tal cosa, por todas las razones que podía enumerar en su cabeza en tan solo segundos y que desde Ishbal enmarcaban la relación con su superior, no por el bien de esa ambición que ambos aspiraban alcanzar.
No obstante, Hawkeye sabía que no era el soldado perfecto que todos la catalogaban ni mucho menos. Y aunque sí podía mantener su mente fría en circunstancias en que muchas personas no podían, y aunque su puntería era lo más próxima que había a perfecta en gran parte de la milicia –razón por la cual había ganado la denominación de "Ojo de halcón"-, admitía que en ocasiones su lado humano la superaba. Seguro, ella siempre intentaba mantenerlo a la raya, especialmente estando de servicio, y generalmente resultaba exitosa haciéndolo y cuando lo lograba lo hacía casi impecablemente. Era severa, con su persona y exigente consigo misma y generalmente no se permitía deslices. Y aún así, éstos sucedían. Tal y como había sucedido cuando se había enfrentado al homúnculo llamado Lust y renunciado a su voluntad de continuar viviendo y luchando tras ser notificada –falsamente- de que su superior había sido asesinado. No había sido su mejor momento, y no estaba orgullosa de ello tampoco, pero no había podido mantener la compostura habitual. Y como humana, a veces, se sentía sola.
Y él era esa ese constante recordatorio de ello. De la vida que había elegido, y de todo a lo que había debido renunciar por ello. No se arrepentía, no había mentido al respecto, pero en ocasiones las cosas eran más difíciles de lo que ella misma dejaba entrever. Y sospechaba, a veces, que él también lo sabía. Que lo comprendía. Y que había debido encontrar su forma de lidiar con ello al respecto. Por esa razón, llenaba su cama ocasionalmente con alguna mujer aleatoria que hubiera podido cortejar tras un par de citas, pero nunca adquiría compromiso alguno con ninguna de ellas. Alegando alguna que otra tontería que realmente carecía de fundamento. En todo caso, no era asunto de ella. O, al menos, había tomado la determinación de que no lo fuera. De que nada de todo ello le importara. E imaginaba que con el tiempo había llegado a insensibilizarse, casi por completo. Enfatizando en el casi.
—Estás callada —lo oyó decir, deteniéndose y observándola por encima del hombro. Manos en los bolsillos.
Ella se detuvo también y espiró suavemente —Lo lamento, coronel. Admito que estaba algo ensimismada.
Roy asintió y retomó el paso, ahora más lento, sabiendo que ella lo seguiría —¿Ishbal? —inquirió, ésta vez dándole la espalda.
Riza negó con la cabeza —No, coronel. No estaba rememorando la guerra, no en esta ocasión.
Hizo otro asentimiento, comprendiendo. Rostro inexpresivo, calmo —Entiendo —hizo una pausa—. ¿Acaso no te incomoda?
Ella se detuvo en seco, mirada inquisitiva —Me temo que no lo sigo, coronel. ¿A qué se refiere?
Roy alzó la mirada al cielo, manos aún refugiadas en los bolsillos —Que los tenientes segundos Havoc y Breda y el sargento mayor Fuery sepan... Me refiero... —se aclaró la garganta con un carraspeo, cubriéndose la boca con el puño, inseguro de cómo proceder— a que serán sin lugar a dudas capaces de deducir unas cuantas cosas respecto a nosotros que no creo quiera que deduzcan, teniente.
Sus antes severos ojos caoba se llenaron de entendimiento. Negó con calma la cabeza —Admito que no tengo ningún deseo de que los tenientes Havoc y Breda y el sargento Fuery comprendan que dormimos juntos, coronel. Sin embargo, creo que es más seguro proveerles la información nosotros mismos a tenerlos preguntando e intercambiando información fuera de su círculo de confianza.
Roy suspiró —Supongo que tiene razón, teniente. Aún así...
Riza asintió, comprendiendo —Incluso entonces, coronel, si lo deducen, no tendrán forma de saberlo certeramente. Y estoy segura de que podemos contar con que guarden sus especulaciones para sí mismos. Aún cuando no siempre lo parezca, son hombres de confianza.
—Estoy perfectamente al tanto, teniente. Si mal no recuerda, los seleccioné yo mismo para conformar mi equipo y a éstas alturas no puedo dudar de su lealtad.
Su expresión se suavizó —Entonces no veo qué le preocupa, coronel...
—No, nada, teniente. Sólo estoy siendo egoísta —masculló, enterrando las manos aún más en los bolsillos y hundiendo los hombros. Lo era, lo admitía. Por años –no, toda su vida- se había asegurado de separar todo lo referente a ella del resto de su vida profesional y personal con esmero, casi acopiado celosamente dichos recuerdos. Al punto de no habérselo comentado ni siquiera Hughes, jamás, incluso cuando el hombre había sido la persona en quién más había confiado –después de Hawkeye- y aunque admitía que sospechaba que su amigo lo había deducido, incluso entonces, jamás lo había puesto en palabras para él. Y ahora... ahora se sentía menos que complacido de tener que revelar esa parte de su relación con ella que tan celosamente había guardado por tantos años. Era un pensamiento arrogante, egocéntrico e incluso quizá algo posesivo, que iba perfectamente con su persona, pero por años esa había sido la única forma que había tenido de retener algo de Hawkeye consigo. Y ahora era todo de dominio público. Y, en cierta forma, le fastidiaba.
Malhumorado, se acercó a la casa de Hawkeye donde se encontraban, en la entrada, Havoc –fumando un cigarrillo y sentado en los tres escalones que llevaban al pequeño pórtico de madera, Breda –junto al rubio comiendo un sándwich- y Fuery –con la radio, oyendo lo que sucedía en el resto de la región y en el cuartel general-. Todos ellos conversando. Sin embargo, cuando se percataron de que sus superiores se acercaban, se silenciaron. Dedicándoles a ambos una silenciosa mirada. Roy notó, la misma que les había dedicado la teniente segunda Catalina días atrás. Como si fueran la más deprimente tragedia de todo Amestris. Suspiró. No tenía los menores deseos de recibir lástima de sus subordinados –no la necesitaba-, menos aún de hombres (al menos dos de tres) cuya vida romántica era prácticamente nula hasta el momento.
—¿Todo bien, jefe? —Havoc fue el primero en hablar. Sin embargo, no había tono de satisfacción o diversión en su voz, como habitualmente, cuando encontraba algo jugoso que le proveía la posibilidad de fastidiar a su superior. En cambio, lucía sereno, sincero. Breda y Fuery también le estaban dedicando la misma mirada de empatía y comprensión. Roy sintió enormes deseos de borrarles la expresión empática de un chasquido. Sinceramente, no necesitaba lástima y menos aún la quería de los hombres que se suponía debían seguirlo y respetarlo como a un líder, en vez de sentir patética compasión por su situación y mirarlo como si su actual novia lo hubiese dejado. O fuese un pobre adolescente enamorado y no correspondido.
Se dio media vuelta —Tenemos trabajo que hacer —molesto. Y, sin decir más, comenzó a marcharse en dirección a la zona donde las vías del tren debían ser reparadas. Ese día habían arribado los materiales y la mano de obra. No obstante, había dado su palabra de que él mismo supervisaría la reparación y tenía intenciones de cumplir su palabras. Especialmente porque quería ganarse un cierto favoritismo de aquel pueblo sobre su persona. Eventualmente, deducía, dicha imagen positiva le resultaría beneficiosa. Y tenía la posibilidad de alejarse de las miradas lastimeras de sus subordinados. Cómo si él necesitara la compasión de un hombre como Havoc, que no era siquiera capaz de retener ninguna mujer y menos aún admitirse a sí mismo que tenía cierta inclinación hacia la amiga de su teniente primera, ó Breda, que pasaba más tiempo apostando contra la vida amorosa de Havoc que descuidaba la suya propia. Fuery era un tema aparte, concedía. Pero aún así no le gustaba que un soldado y subordinado mucho más joven que él lo mirara como si fuera la persona más desdichada del mundo. NO lo era. Seguro, había una serie de cosas que cambiaría –la mayoría referentes a Hawkeye-, pero su vida era plena. Tenía una buena posición en la milicia y económica –como alquimista estatal y coronel- y tenía una cita noche por medio entre semana y era perfectamente capaz de conseguir la mujer que quisiera, exceptuando una.
Y si, admitía que en ocasiones y ciertas noches tenía sus altibajos y se sentía plenamente insatisfecho con lo que poseía. Y si, sabía que por más grande que fuera la lista de cosas que poseía ninguna lo complacía del todo. Pero sabía también que había sido su decisión. Y la había tomado, cuando se había marchado por segunda vez de la casa de ella para convertirse en alquimista estatal, y no pretendía mirar ahora hacia atrás. Ella misma lo había dicho, que no tenía sentido pensar en las cosas que podrían haber o no haber sucedido de haber cambiado sus elecciones de vida, y él acordaba plenamente con el pragmático punto de vista de su teniente primera. Así que no necesitaba ninguna condenada lástima.
Bufó, dejándose caer sobre una roca y observando el panorama delante suyo. Una considerable cantidad de personas enviadas por el cuartel del Este estaban trabajando en las vías, cargando aquí y allá los rieles y aplacando el balasto bajo la misma. El trabajo iba bien, de momento, y relativamente rápido. Afortunadamente, en un par de días, todo estaría concluido y podrían regresar a Ciudad del Este y al cuartel general. Especialmente porque la vida provinciana ya lo estaba agotando y el sol allí, y en aquel momento sobre su cabeza, parecía arder tres veces más que lo hacía en la ciudad. No era sorprendente, por otro lado, considerando que el pueblo se encontraba bastante más cerca de la frontera con el desierto y Xing, que la ciudad. Y, de hecho, Roy lo había sabido cuando había ido allí a estudiar alquimia. Aún así, eso no significaba que debiera soportar todo aquello una vez más a sus treinta años de edad. No estaba dispuesto a hacerlo. No por mucho más. Y no lo haría.
Removiéndose la chaqueta militar, y desabotonándose las mangas de la camisa, se las arremangó hasta los codos. Desabotonándose también los primeros botones del cuello. Se estaba sofocando, literalmente, y no ayudaba en lo más mínimo el pensamiento que, de estar Acero, lo podría haber enviado a hacer su trabajo por él sin sudar siquiera una gota (o comprometer su sanidad mental). Desgraciadamente, Acero se había retirado, tras perder su capacidad de realizar alquimia y había retornado a su pueblo natal, dejándolo a él sin subordinado de quien abusar. Además, admitía que había encontrado interesantes y entretenidos sus encuentros con el joven alquimista. Ahora tenía que hacer tres veces su trabajo, contando los trabajos que Acero y Alphonse solían hacer por él sin realmente saberlo.
—Aquí tiene, coronel. Beba —Roy parpadeó, notando un vaso de agua delante suyo y unos largos y esbeltos dedos enroscados alrededor del cristal transpirado. Alzó la mirada, para encontrarse, sin sorpresa, a su leal asistente y teniente primera.
Asintió, aceptando el líquido y bebiéndolo casi de un sorbo —Gracias, teniente —llevaban una hora ya allí, y Havoc, Breda y Fuery, que habían llegado unos minutos después que él, se habían sumado a la mano de obra. Todos ellos, igual que él, habían desechado sus chaquetas militares tiempo atrás. Hawkeye, por otro lado, continuaba perfectamente uniformada. No obstante, podía ver las gotas de sudor deslizándose por su nuca desnuda y frente, adhiriéndole el flequillo a la misma.
—De nada, coronel —aseguró, enderezándose de pie a su lado. Roy la observó de reojo, notando el ligero bochorno en sus mejillas causado por el calor y suspiró, recordando que sólo una vez había visto algo similar en su pálida piel, y que posiblemente no debería estar recordándolo en aquel momento.
—¿No tiene calor, teniente?
Ella bajó la mirada a él y negó con la cabeza —Lo encuentro tolerable, coronel. Además, me temo que no resulta gran diferencia el removerme la chaqueta —no con la remera adherida, oscura y de cuello alto que llevaba bajo el uniforme. De todas formas, podía tolerarlo. Sólo serían unas horas más.
Roy metió la mano en el bolsillo y retiró un pañuelo, ofreciéndoselo a ella con calma y la mirada clavada en la reparación que estaba siendo llevaba a cabo delante suyo —Tome, teniente.
—No es necesario-
—Insisto —dijo, dedicándole una breve mirada de reojo.
Riza asintió, aceptando el gesto y tomando el pañuelo, con el cual se secó delicadamente la frente, el rostro y la nuca. El habitual recogido de su cabello, tirante y firme detrás de la cabeza, comenzaba a aflojarse por el peso adicional del cabello mojado por el sudor. Aún así, todavía lograba permanecer sujetado, exceptuando unos pequeños cabellos que se habían soltado y caían ahora pesadamente por su nuca y los lados de su rostro —Muchas gracias, coronel —se lo devolvió. Y él la imitó, secándose la frente y guardándolo una vez más en su bolsillo. Cuando volvió la vista al frente, sin embargo, se percató de que algo iba mal.
Alguien gritó—¡Cuidado! —y una de las vigas, que estaba siendo transportada y colocada por medio de un mecanismo de polea, se soltó –dado que una de las sogas se cortó por la resequedad del clima- y comenzó a caer sobre un grupo de personas. Roy se puso de pie, casi instintivamente, y chocó las manos –palma con palma- y las golpeó contra la tierra seca. La cual se levantó y curvó, adquiriendo la forma de una mano con la palma hacia arriba y formando una barrera entre la viga que caía y las personas bajo ésta, las cuales, a modo de reflejo, se habían cubierto el rostro con los antebrazos. Al ver que el impacto que acabaría con sus vidas nunca llegó, abrieron los ojos y se animaron a observar, viendo la tierra seca cubriéndolos y haciendo sombra sobre sus cabezas. Muchos se derrumbaron cuando sus piernas cedieron.
Roy espiró, aliviado, y depositó con calma la viga sobre el suelo. Pasándose el dorso de la mano por la frente, limpiándose el sudor —Muchas veces vi a Acero hacer este tipo de cosas, ahora veo que sin un círculo de transmutación es considerablemente más sencillo.
Riza lo observó de reojo, de pie, erguida, sin decir nada; mientras una gran cantidad de personas se acercaban a agradecerle sentidamente y a estrecharle la mano. Incluidos habitantes del pueblo que habían decidido cooperar con la milicia a pesar de su oposición a la misma –y solo por el bien de la reparación del tren que serviría nuevamente a su pueblo- y se habían unido a la reparación. Incluso, notó Riza, a pesar de la aversión abierta que siempre habían manifestado hacia la alquimia. Tras un par de horas más, y en vistas de que comenzaba a oscurecer, dieron por terminado el día de trabajo y decidieron continuar al día siguiente.
—Buena reacción, coronel —lo elogió Breda, de camino a la casa de Hawkeye.
Havoc asintió —Lo hiciste como el jefe de Acero, ¿cierto?
Roy asintió —Aparentemente, eso es lo que sucede cuando uno abre la puerta —a su lado, pudo ver a Hawkeye tensar la mandíbula y presionar sus labios en una fina línea.
Fuery se acomodó las gafas —Si no hubiera hecho eso, coronel, muchas personas hubieran muerto...
Mustang se abstuvo de señalar que muchas personas ya lo habían hecho, debido a su alquimia. Si bien de forma abismalmente diferente. De todas formas, se sentía complacido de haber podido reaccionar a tiempo y prevenir tantas muertes innecesarias. Y continuaba creyendo que aquello, a pesar de las consecuencias que le había supuesto y a pesar del precio que había debido pagar –sus ojos- continuaba siendo ampliamente conveniente. Pero todavía no lo dominaba del todo. De hecho, se había sentido extraño haciéndolo durante el día prometido, cuando había erigido una pared entre él y Hawkeye y aquel que se hacía llamar Padre, para protegerlos a ambos del ataque de fuego que éste les había devuelto. Pero aún así había admitido la conveniencia que resultaba el no necesitar un círculo de trasmutación. Y lo irónico era que había utilizado su alquimia para el bien de las personas, pero le había tomado una masacre empezar a hacerlo.
Con paso lento, debido al cansancio y a los restos de calor que aún quedaban en el aire, arribaron a la casa que una vez había pertenecido a su maestro. Havoc, Fuery y Breda, fueron los primeros en exclamar que tomarían un baño, y se marcharon apresuradamente a la segunda planta. Mustang apostaba que pronto dos de los tres se quejarían de no haber obtenido el baño primero y Havoc seguramente sería uno de ellos, ya que llevaba la desventaja. Si bien había decidido dejar las muletas ese día, aún no conseguía que sus piernas funcionaran como lo habían hecho en el pasado, y culpaba a sus meses de permanecer en silla de ruedas por ello. Hawkeye, por su parte, permanecía en la cocina con él, dándole las espaldas y llenando un vaso con agua del grifo. Tras hacerlo, le dio un sorbo, y le entregó el resto a él. El sofoco aún permanecía asentado en sus habitualmente pálidas mejillas, y su cabello permanecía aún más suelto de su agarre que antes, atrayéndolo de manera descomunal. De hecho, estaba haciendo acopio de todas sus fuerzas e integridad para no tocarla o besarla allí mismo, sudada o no.
Inclinando la cabeza ligeramente, aceptó el vaso de agua —Ah... Si, gracias —y le dio un sorbo, notando cómo los ojos caoba de ella permanecían clavados en él, firmes y prudentes y sus pupilas considerablemente dilatadas. Mientras que sus hombros permanecían tensos y sus labios presionados en una firme línea. Se ahogó y, de forma bastante poco elegante, comenzó a toser. ¿Acaso...?
Riza frunció el entrecejo, dándole una seca y fuerte palmada en la espalda —¿Coronel, se encuentra bien? —lo observó, viéndolo cubrirse la boca con el puño. Suspiró, negando con la cabeza, al verlo empezar a calmarse—. Beba con cuidado, por favor.
—Si, si. Lo siento, teniente —se excusó, tosiendo una última vez y enderezándose, clavando sus propios ojos negros en ella. En un silencioso instante, ella comprendió y su cuerpo se tornó aún más rígido.
Él, con caución, extendió su mano y la deslizó por su nuca una vez más, tal y como había hecho la noche anterior, tomando el broche entre sus manos y soltando su cabello de su habitual agarre. Húmedo y sudado, cayó pesadamente, de forma desprolija y aún en una ligera torsión, sobre su espalda y entre sus omóplatos. Ella separó los labios, posiblemente para amonestarlo por su conducta, y él aprovechó la circunstancia para inclinarse y besarla, presionando su propio cuerpo contra el de ella y la espalda de Hawkeye contra la encimera. Sus labios sabían a sal y pólvora. Su piel caliente y pegajosa. Y aún entonces, no pudo obligarse a importarle.
Así que simplemente la besó. Y cuando vio que ella no lo apartaba, no inmediatamente al menos, ladeó la cabeza y profundizó el gesto, sonsacando de entre los labios de ella un suave gemido sordo. Al percatarse de esto y del hecho de que Havoc, Breda y Fuery se encontraban allí y podrían aparecer en cualquier momento, Riza lo apartó. Soltando algún que otro corto y suave jadeo en el proceso de recobrar su habitual calma y compostura. Su entrecejo fruncido.
—Lo lamento —se excusó, voz ahogada, ronca y profunda. Aunque no se arrepentía de haber hecho lo que había hecho y sabía perfectamente que si ella lo consentía, lo haría de nuevo y de nuevo hasta hartarse—, no pude evitarlo.
Ella le dedicó una mirada de reprobación más no dijo nada. No había demasiado qué decir, después de todo, dado que ella no había hecho nada para controlar la situación o desalentar su avance tampoco. Y eso era lo que más la perturbaba. El hecho de no haber sido capaz de mantenerse centrada, enfocada en las razón por la que ellos no hacían eso: su común objetivo de que él alcanzara la cima. Exhaló —Buenas noches, coronel.
La observó marcharse, frustrado. Y asintió —Si, buenas noches, teniente.
Sabía que era lo más sensato, separarse en aquel momento, o de lo contrario podría terminar haciendo algo de lo que luego ella se arrepentiría y no podía –¡Dios!, simplemente no podía- causarle ese inconveniente. Adosarle esa carga también. No cuando sabía que ella estaba haciendo todo su esfuerzo para mantenerse apartada de su camino y empujarlo a la cima.
De hecho, admitía, estaba siendo egoísta. Buscándola y acorralándola cuando sabía el esfuerzo y autocontrol que le estaba suponiendo a Hawkeye también el mantener la situación dentro de los parámetros aceptables para la milicia. Algo que, evidentemente, hacía por él y su ambición de forma desinteresada, ya que ella no ganaba nada a cambio. Y él, en cambio, le pagaba comprometiéndolo todo por un mero instante.
Pero no podía evitarlo. Lo había intentado. Dios sabía que lo había hecho, pero había llegado a una conclusión:
Simplemente no podía hacerlo.
