No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Sarah J. Maas. Yo solo me divierto un poco.

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Bella cerró el libro y dejó escapar un suspiro. Qué final tan terrible. Se levantó de la silla sin saber bien adónde ir y salió del dormitorio. Había deseado pedirle disculpas a Jacob cuando la encontró entrenando con Rosalie esa misma tarde, pero su comportamiento... Comenzó a pasearse por sus aposentos. El capitán tenía cosas más importantes que hacer que vigilar a la criminal más famosa del mundo, ¿verdad? Bella no disfrutaba siendo cruel, pero... ¿acaso el capitán no se lo merecía?

Bella había hecho el ridículo al mencionar lo de los vómitos. Y le había dicho cosas muy desagradables. ¿Jacob confiaba en ella o más bien la odiaba? Bella se miró las manos y se dio cuenta de que se las había retorcido tanto que tenía los dedos rojos. Ella, que había sido la prisionera más temida de Endovier, ¿cómo se había convertido en alguien tan sentimentaloide?

Tenía cosas más importantes de las que preocuparse, como la prueba del día siguiente. Y el campeón muerto. Ya había modificado las bisagras de todas sus puertas para que crujiesen cada vez que alguien las abriera. Si alguien entraba en su habitación, lo sabría de antemano.

Y había logrado ocultar algunas agujas de coser en una pastilla de jabón para poder disponer de una improvisada pica en miniatura. Era mejor que nada, sobre todo si aquel asesino tenía debilidad por la sangre de los campeones. Puso las manos en jarras para librarse de su intranquilidad y entró en el salón de música y juegos. No podía jugar al billar ni a las cartas ella sola, pero...

Bella miró el pianoforte. Antes lo tocaba... Le encantaba tocarlo, le encantaba la música, y cómo la música podía romperlo y curarlo todo y hacer que todo pareciese posible y heroico.

Con cuidado, como si estuviese acercándose a una persona dormida, Bella se aproximó al enorme instrumento. Sacó la banqueta de madera y se estremeció al oír el ruido que hacía al arrastrarla. Levantó la pesada tapa y apoyó los pies en los pedales para probarlos. Miró las suaves teclas de marfil y las teclas negras, que se parecían a los huecos que quedan entre los dientes.

Antes era buena; mejor que buena, incluso. Charlie Smith le hacía tocar para él cada vez que se veían.

Se preguntó si Charlie sabría que había salido de las minas.

¿Intentaría liberarla si se enteraba? Aún no se atrevía a enfrentarse a la pregunta de quién podía haberla traicionado. En el momento de su captura todo había sido muy confuso: en cuestión de dos semanas había perdido a Sam y su propia libertad; y también había perdido algo de sí misma en aquellos días borrosos.

Sam. ¿Qué hubiese pensado él de todo aquello? De haber estado vivo en el momento de su detención, la habría sacado de las mazmorras reales antes de que el rey se hubiese enterado de su encarcelamiento.

Pero Sam, al igual que ella, había sido traicionado..., y a veces su ausencia le resultaba tan insoportable que se le olvidaba respirar. Tocó una nota grave. Era profunda y vibrante y estaba llena de ira y de dolor.

Con cautela, con una sola mano, tocó una melodía lenta y sencilla. Los ecos... o los jirones de recuerdos se alzaron en el vacío de su cabeza. Reinaba tal silencio en sus aposentos que la música parecía molesta.

Movió la mano derecha y tocó bemoles y sostenidos. Era una pieza que solía tocar una y otra vez hasta que Charlie le gritaba que tocase otra cosa. Tocó un acorde, luego otro, añadió unas cuantas notas con la mano derecha, empujó un pedal con el pie y lo demás llegó solo.

Las notas se le agolpaban en la punta de los dedos; vacilantes al principio, pero cada vez más confiadas a medida que la emoción iba adueñándose de la música. Era una pieza triste, pero a ella la hizo sentir limpia y renovada. Le sorprendió que sus manos no hubiesen olvidado tocar, que en algún lugar de su cabeza, después de un año de oscuridad y esclavitud, la música siguiese viva y palpitante. Y que en alguna parte, entre las notas, estuviese Sam. Se olvidó del tiempo al pasar de una pieza a otra, expresando lo indescriptible, abriendo antiguas heridas, tocando y tocando mientras el sonido la perdonaba y la salvaba.

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Edward POV

Apoyado en la puerta, Edward estaba completamente paralizado.

Bella llevaba un rato tocando de espaldas a él. Se preguntó cuándo repararía en su presencia y si dejaría de tocar en algún momento. No le hubiese importado quedarse escuchándola eternamente. Había entrado en sus aposentos con la intención de avergonzar a una asesina insidiosa y se había encontrado a una muchacha que vertía sus secretos en un pianoforte.

Edward se apartó de la pared. A pesar de toda su experiencia asesina, Bella no reparó en él hasta que se sentó en el banco que había junto a ella.

—Tocas muy bi...

Los dedos de Bella resbalaron sobre las teclas y sonó un vibrante y horrible ruido metálico. Ya estaba a mitad de camino de la pared, donde se encontraban colgados los tacos de billar, cuando lo miró. Edward hubiese jurado que tenía los ojos húmedos.

—¿Qué hacéis aquí? —miró hacia la puerta. ¿Estaría planteándose usar uno de aquellos tacos de billar contra él?

—No me acompaña Jacob, si es eso lo que te preguntas —dijo sonriendo—. Discúlpame si te he interrumpido —dudó si la habría incomodado, ya que Bella se puso colorada. Parecía un sentimiento demasiado humano para la Asesina de Adarlan. Quizá su anterior plan de avergonzarla aún no se hubiese frustrado del todo—. Pero estabas tocando tan bien que...

—No pasa nada —echó a andar hacia una de las sillas. Él se quedó de pie, bloqueándole el paso. Bella era de altura mediana; Edward la miró desde arriba. Independientemente de cuál fuese su altura, sus curvas eran tentadoras—. ¿Qué hacéis aquí? —repitió.

Edward sonrió con picardía.

—Habíamos quedado en vernos esta noche. ¿No te acuerdas?

—Pensaba que era una broma.

—Soy el príncipe heredero de Adarlan —se dejó caer sobre una silla ante el fuego—. Nunca bromeo.

—¿Tenéis permiso para estar aquí?

—¿Permiso? Soy un príncipe, puedo hacer lo que me plazca.

—Sí, pero yo soy la Asesina de Adarlan.

No lograría intimidarlo ni aunque pudiese agarrar el taco de billar y ensartarlo en cuestión de segundos.

—Por cómo tocas, yo diría que eres mucho más que eso.

—¿Qué queréis decir?

—Bueno —dijo intentando no perderse en sus extraños y hermosos ojos—. No creo que nadie que toque así pueda ser solo una criminal. Parece que tienes alma —bromeó.

—Pues claro que tengo alma. Todo el mundo tiene alma.

Seguía estando colorada. ¿Tan incómoda la hacía sentir? Intentó no reírse. Aquello era demasiado divertido.

—¿Qué te han parecido los libros?

—Estaban bien —contestó Bella en voz baja—. Es más, eran maravillosos.

—Me alegro.

Sus miradas se cruzaron y ella retrocedió hasta quedarse detrás de la silla. Si el príncipe no hubiese sabido qué papel representaba cada uno, podría haber llegado a pensar que el asesino era él.

—¿Cómo va el entrenamiento? ¿Tienes problemas con algún competidor?

—Genial —contestó, aunque las comisuras de sus labios se volvieron hacia abajo—. Y no, después de lo que ha sucedido hoy, no creo que ninguno de nosotros dé más problemas —Edward tardó un segundo en comprender que estaba refiriéndose al competidor al que habían matado cuando intentaba escapar. Bella se mordió el labio inferior y un segundo después preguntó—: ¿Ha sido Jacob quien ha dado la orden de matar a Sven?

—No —contestó el príncipe—. Mi padre mandó a todos los guardias que disparasen si alguno de vosotros intentaba escapar. No creo que Jacob hubiese dado nunca esa orden —añadió, aunque no estaba seguro de por qué. Pero al menos cesó la desconcertante calma de la mirada de la muchacha. Como no dijo nada, Edward le preguntó con toda la indiferencia de la que fue capaz—: Por cierto, ¿cómo os lleváis Jacob y tú?

Por supuesto, era una pregunta de lo más inocente.

Bella se encogió de hombros y el príncipe intentó no buscar demasiadas pistas en el gesto.

—Bien. Creo que él me odia un poco, pero teniendo en cuenta cuál es su puesto, no me sorprende.

—¿Por qué piensas que te odia?

Por algún motivo, él no quiso negarlo.

—Porque soy una asesina a sueldo y él es el capitán de la guardia, que se ve obligado a rebajarse a hacerse cargo de la aspirante a campeona del rey.

—¿Desearías que las cosas fuesen de otro modo?

Edward le dedicó una sonrisa perezosa. Aquella pregunta ya no era tan inocente.

Bella rodeó la silla y se acercó a él. Al príncipe se le encogió el corazón.

—¿Quién quiere que lo odien? Aunque prefiero que me odien a ser invisible. Pero eso no cambia las cosas.

Sus palabras no resultaron convincentes.

—¿Te sientes sola? —preguntó Edward sin poder evitarlo.

—¿Sola?

Bella negó con la cabeza y por fin, después de tanta persuasión, se sentó. Tuvo que resistir el impulso de salvar la distancia que los separaba para comprobar si el pelo del príncipe era tan sedoso como parecía.

—No, puedo sobrevivir por mis propios medios... siempre que me suministren buen material de lectura.

Edward miró el fuego, intentando no pensar dónde la había encontrado tan solo unas semanas antes... y qué clase de soledad debía de haber experimentado. En Endovier no había libros.

—Aun así, no puede ser muy agradable tenerse a uno mismo por única compañía en todo momento.

—Y ¿qué pensáis hacer? —preguntó, y se echó a reír—. Preferiría que la gente no pensase que soy una de vuestras amantes.

—¿Qué tiene eso de malo?

—Ya soy famosa como asesina a sueldo. No me apetece ser famosa por compartir vuestra cama —al príncipe se le escapó una carcajada, pero ella prosiguió—: ¿Os gustaría que os explicara por qué, o basta con que diga que no acepto joyas y baratijas como pago por mi cariño?

Edward soltó un gruñido.

—No pienso debatir sobre moralidad con una asesina a sueldo. Matas a gente a cambio de dinero.

La mirada de Bella se endureció y le señaló la puerta.

—Podéis marcharos ya.

—¿Me estás dando permiso para marcharme? ¿A mí?

No sabía si reírse o ponerse a gritar.

—¿Debería llamar a Jacob para preguntarle qué opina él?

Bella se cruzó de brazos; sabía que había ganado. Quizá también se había dado cuenta de que podía divertirse irritándolo.

—¿Por qué me echas de tus aposentos por decir la verdad? Básicamente, me has llamado putañero —hacía una eternidad que no se divertía tanto—. Cuéntame cosas de tu vida... ¿Cómo aprendiste a tocar tan bien el pianoforte? Y ¿qué pieza estabas tocando? Era muy triste. ¿Estabas pensando en algún amante secreto? —preguntó, y le guiñó un ojo.

—Estaba practicando —se puso en pie y echó a andar hacia la puerta—. Y sí, estaba pensando en eso —le espetó.

—Esta noche estás muy quisquillosa —contestó el príncipe siguiéndola. Se detuvo a medio metro de ella, pero el espacio que los separaba le pareció curiosamente íntimo, sobre todo cuando añadió—: No estás tan habladora como esta tarde.

—¡No soy una mercancía a la que os podéis quedar mirando embobado! —se acercó a él—. ¡Tampoco soy una atracción de feria, así que no me usaréis como parte de ningún deseo insatisfecho de aventura y emociones fuertes! No me cabe duda de que fue por eso por lo que me elegisteis para ser vuestra campeona.

Edward se quedó boquiabierto y retrocedió un paso.

—¿Cómo? —fue lo único que alcanzó a decir.

Ella pasó a su lado y se dejó caer en el sillón. Al menos no pensaba marcharse.

—¿De verdad creéis que no me daría cuenta de por qué habéis venido esta noche? ¿Como alguien que me dio a leer La corona de un héroe, lo cual presupone la existencia de una mente imaginativa que anhela una aventura?

—Para mí no eres una aventura —murmuró el príncipe.

—Ah, ¿no? ¿El castillo os ofrece tantas emociones que la presencia de la Asesina de Adarlan no es nada extraordinario? ¿Nada capaz de atraer a un joven príncipe que lleva toda la vida encerrado en la corte? Y ¿qué da a entender esta competición, ya puestos? Ya estoy a merced de vuestro padre. No pienso convertirme también en el bufón de su hijo.

Ahora fue él quien se sonrojó. ¿Alguna vez lo había reprendido alguien así? Sus padres y tutores quizá, pero desde luego no una muchacha.

—¿Es que no sabes con quién estás hablando?

—Mi querido príncipe —dijo arrastrando las palabras mientras se miraba las uñas—, estáis solo en mis aposentos. La puerta del pasillo está muy lejos. Puedo decir lo que me plazca.

Edward soltó una carcajada. Bella se incorporó en el asiento y lo miró con la cabeza ladeada. Se había sonrojado y sus azules ojos resultaban aún más brillantes. ¿Acaso sabía lo que habría querido hacer con ella de no haber sido una asesina a sueldo?

—Me voy —dijo Edward por fin evitando pensar si podría arriesgarse a ser el objeto de la ira de su padre y de Jacob, y qué podría suceder si decidía no pararse a pensar en las consecuencias—. Pero volveré. Pronto.

—No me cabe duda —contestó ella con sequedad.

—Buenas noches, Swan —miró a su alrededor y sonrió—. Dime una cosa antes de que me marche: tu amante misterioso... no vive en el castillo, ¿verdad?

Inmediatamente supo que había dicho algo indebido cuando los ojos de la asesina dejaron de brillar.

—Buenas noches —respondió ella con frialdad.

Edward negó con la cabeza.

—No quería...

Bella le hizo un gesto desdeñoso con la mano y miró el fuego.

El príncipe entendió que lo estaba echando y se dirigió hacia la puerta; cada uno de sus pasos retumbó en la habitación, sumida en el silencio.

Casi había llegado al umbral cuando ella habló a lo lejos:

—Se llamaba Sam.

Bella seguía mirando el fuego. Se llamaba Sam.

—¿Qué sucedió?

La asesina lo miró y sonrió con tristeza.

—Murió.

—¿Cuándo? —preguntó Edward.

Nunca la hubiese provocado así, nunca hubiese abierto la boca de haber sabido que...

—Hace trece meses —contestó a duras penas.

Le recorrió la cara una sombra de dolor, tan real e interminable que hasta el príncipe la sintió en su interior.

—Lo siento —susurró.

Bella se encogió de hombros, como si eso pudiese reducir la aflicción que Edward seguía viendo reflejada en sus ojos, tan brillantes a la luz del fuego.

—Yo también —dijo ella entre dientes, y volvió a mirar el fuego.

Edward intuyó que esta vez sí que había dejado de hablar definitivamente y se aclaró la garganta.

—Buena suerte en la prueba de mañana.

Bella no contestó mientras él salía de la habitación.

Edward no pudo dejar de pensar en aquella música desgarradora, ni siquiera mientras quemaba la lista de posibles esposas que le había dado su madre, ni siquiera mientras leía un libro hasta bien entrada la noche, ni siquiera cuando por fin logró conciliar el sueño.

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