Descargo de responsabilidad: Harry Potter y casi todos los personajes son propiedad intelectual de J.K. Rowling.
Traducción al castellano, autorizada por la autora, del original en inglés Gilded Soul
Autora: Digitallace
El alma dorada
Capítulo 21 – El retorno de la marisabidilla
Era el último desayuno que compartirían, para el almuerzo volverían a la disposición habitual de las cuatro mesas de las Casas, volverían a las miradas a distancia de un lado al otro del Gran Salón.
También significaba el final de la paz de esas últimas semanas; nunca habían oído comentario alguno de los pocos alumnos que se habían quedado durante el receso, pero la noticia sobre la curiosa relación entre los dos cundiría rápidamente, esa misma noche toda la escuela estaría al tanto.
Draco ya se estaba preparando para las miradas heladas y el ridículo cuando sus compañeros de Slytherin se enteraran del romance entre Harry y él. No se habían preocupado de ocultar el afecto que se tenían, seguramente alguien los había visto tomados de la mano en los corredores. El pensamiento lo hizo sonrojar un poco. En otras épocas su natural cauto y calculador se hubiera cuidado muy bien de que lo vieran en situaciones como ésas. Ni siquiera con una chica de Slytherin… ¿con un chico de Gryffindor? ¡ni hablar!... ¿con Harry Potter? ¡el acabose!
Había algo en Harry que lo hacía bajar todas las guardias, lo hacía decir y hacer cosas que antes nunca habría siquiera pensado. Las consecuencias adversas de tal temeridad, la reacción de los otros Slytherin, no era algo que estuviera esperando con ansias precisamente.
Miró a Harry que tenía en ese momento la vista fija en otra parte, se preguntó si lo estarían asaltando las mismas preocupaciones. Quizá los Gryffindor serían más comprensivos y no tan agresivos… lo dudaba, sin embargo. Cuando de Slytherin se trataba, los leones eran los más prejuiciosos de todos.
Había una presunción muy común y equivocada de que los Slytherins eran todos malos y crueles. Cierto era que podían serlo si eso servía a sus fines. Pero en realidad todo se reducía a que los Slytherins podían considerarse discapacitados emocionales. Venían de familias sangrepura, ricas en la mayor parte de los casos, y casi todos habían sido educados por tutores privados antes de ingresar a Hogwarts. A todos se les había inculcado el principio de que las emociones constituían una debilidad.
Draco seguía convencido de eso, pero desde que estaba con Harry, cada vez se le hacía más cuesta arriba dominar sus emociones bajo una fría máscara imperturbable. El exasperante Gryffindor era la antítesis de todo lo que siempre le habían enseñado cuando chico. Exasperante sí, aunque también parte fundamental de su encanto personal, de su atracción seductora. Hecho que se había mostrado más patente en los últimos meses, una vez que había tomado conciencia de las hondas fallas que tenían los conceptos rectores que su padre siempre le había imbuido en su pensamiento.
Harry seguía mirando hacia otro lado, Draco aprovechó para estudiarlo unos instantes. Le encantaba ver cómo los negros cabellos siempre despeinados se acomodaban dóciles detrás de sus orejas, sabía que si bien parecían salvajes e indomables, eran tan suaves como la seda. Eran muchas las veces que tenía que contener el impulso de acariciarlos perdiendo los dedos entre ellos. Siempre llevaba el flequillo largo para ocultar la cicatriz. Draco había estado convencido durante muchos años de que Harry tenía avidez de fama, que hacía todo lo posible para estar siempre en el centro de la escena e iluminado por todos los reflectores; ahora que lo conocía se había dado cuenta de que nada había estado más alejado de la verdad que eso.
Entraron dos lechuzas volando y fueron a entregar sendas cartas a unos alumnos. Draco observó cierta decepción en la cara de Harry. –¿Estabas esperando algo?
Harry suspiró. –Había mandado un par de cartas, pensé que podría ya obtener alguna respuesta.
A Draco no le gustaba cuando le respondía a propósito con vaguedades. Generalmente estaba relacionado con él, sintió la urgencia de extraerle la información. –Tiene que ver conmigo, ¿no? –con Harry era siempre mejor ser directo, las insinuaciones o la aproximación indirecta no solían hacerle mella.
Harry esbozó apenas una sonrisa. –Quizá.
–Insisto en que me lo cuentes. Si has estado difamando mi nombre por media Inglaterra tengo derecho a saberlo. –había tratado de poner su característica expresión altanera y desdeñosa pero no le había salido bien.
Harry no se dejó intimidar, sonrió más ampliamente. –Mandé un informe detallado al El Semanario de la Brujas sobre nuestra nueva y floreciente relación.
Draco rió. –Está bien. No me lo digas. Pero tené presente que los Slytherins tenemos medios propios y muy efectivos para obtener información.
–¿Ah sí? ¿Cómo pensás conseguirla?
–Ni te imaginas la cantidad de fuentes de las que dispongo… que obviamente no voy a revelarte. –replicó con un guiño.
–Te aclaro que Hedwig tiene terminantemente prohibido decir nada.
–Vos te creés muy listo… esperá nomás… dispongo de recursos prácticamente ilimitados.
Harry se encogió de hombros despreocupado. –Es algo archisabido que yo soy el cerebro en esta relación.
–¿Eso deja para mí la belleza, entonces? –replicó Draco haciéndole una coqueta caída de ojos.
Los ojos verdes parecieron inundarse de secretos deseos asomando entre las pestañas oscuras. –Obviamente.
oOo
Bajó a la sala común, tenía urgencia de hablar con Hermione, saludó a muchos de los que estaban de vuelta, pero no se demoró en charlas, Hermione acaba de entrar por la puerta retrato.
Corrió a su encuentro para retenerla antes de que subiera al dormitorio. Ella se le tiró al cuello y le dio un apretado abrazo. –¡Harry! ¡No sabés el susto que me diste con esa carta!
Harry se sonrojó. –Perdón, pero tenía que mandarlas. Una vez que estés instalada te voy a contar todo.
–¿Mandarlas? ¿La mía no fue la única?
–No. Quería que hubiera más de una persona que pudiera ocuparse de su seguridad si llegaba a pasar algo.
Lo agarró de los hombros y lo sacudió. –¿A quién más se las mandaste?
La miró confundido. –A Remus… y al señor Weasley.
–¿Supongo que no has leído El Profeta estos días? –preguntó ella con un resoplido fastidiado.
–Sabés muy bien que no leo esa basura.
Ella suspiró dramáticamente. –Pues bien… esa basura publicó ayer tu carta en primera plana. Alguien la filtró… no puedo creer que haya sido Remus, ni el señor Weasley… ¡oh no!
–¿Qué?
Se le acercó y le susurró al oído. –Ron… ¡lo voy a matar!
–¿Vos pensás que fue Ron el que la filtró a la prensa? –no sabía muy bien qué sentir. Había tratado de no pensar en Ron desde que lo habían expulsado, cada vez que se acordaba lo invadían sentimientos de culpa y de traición. Lo que le había hecho a Draco había sido despreciable e imperdonable, pero quizá nada de eso hubiera llegado a ocurrir si le hubiera hablado con sinceridad desde el principio.
–Tiene que haber sido él, no se me ocurre nadie más que pueda haber tenido acceso a la carta y que te odie tanto como para…
–Hay un montón de gente que me odia, Hermione… ¡esperá! ¿qué dijiste? ¿Ron me odia? –preguntó escandalizado, ¿había perdido a su amigo de tantos años para siempre?
Hermione lo miró compasiva. –Te culpa por su expulsión. Piensa que podrías haber hablado con Dumbledore para que reconsiderara su decisión y lo dejara quedarse.
–¿Qué? ¡Eso es ridículo! –aulló Harry, la culpa se le había transformado de golpe en rabia. Ron que lo conocía tan bien debería saber que él nunca se valdría de su fama o influencia para obtener privilegios, ni para él mismo ni para nadie. Y en realidad sí había hablado con Dumbledore para preguntarle si no había alguna otra forma de castigarlo, así y todo el director se había mostrado inflexible: "violencia como la que el señor Weasley utilizó con el señor Malfoy nunca será tolerada entre estos muros".
–Ya sé. –dijo ella tratando de apaciguarlo– Lo que hizo merecía la expulsión. Pero él además piensa que vos preferiste a Malfoy en lugar de a él… está herido y enojado.
–¿Él te dijo eso? –sentía que se mareaba. ¿Acaso era cierto? De algún modo sí… pero Ron lo había obligado a elegir así… había actuado pésimo… si hubiera sido más tolerante, si hubiera entendido, seguiría en la escuela y seguirían siendo amigos como siempre. Sabía que Ron y Draco nunca podrían haberse llevado bien, pero quizá podrían haber logrado una mínima relación de indiferencia cortés.
–No con esas palabras. Le escribí a La Madriguera durante las vacaciones y lo que te estoy diciendo es lo que deduje de su respuesta.
Dejó caer lo hombros. Conocía a Ron y sabía que podía abrigar duros resentimientos. En cuarto año lo había aborrecido durante meses culpándolo por algo que no había hecho. Trató de apartar esos pensamientos y volvió al asunto de la carta. –No entiendo todavía por qué estás tan trastornada por la filtración al diario, no decía nada de malo, sólo que Draco no es un mortífago y que yo deseaba que se lo protegiera.
–Harry, –replicó ella con un bufido de impaciencia como si estuviera hablándole a un nene– hay veces en que sos tan ingenuo. Vos mejor que nadie deberías saber lo siniestros que son; y cuando se trata de torcer los hechos para hacerlos aparecer como una gran y escandalosa noticia no hay quien los supere. Sólo usaron algunas de las líneas y dan a entender que estás en pareja con el hijo de un notorio mortífago, cautivo al presente en Azkaban, y que estás amenazando a la gente para que lo protejan, que oculten su identidad para que no tenga que pagar por sus crímenes.
–¿Cómo mierda pueden sacar eso de mi carta? –gritó Harry muy irritado.
–Ellos saben cómo hacerlo. Y convengamos que frases como: "él es importante para mí, así que si algo llegara a pasarme deben hacer todo lo posible para mantenerlo a resguardo de las garras del Ministerio" pueden manipularse fácilmente para crear en los lectores una impresión equivocada.
Harry se dejó caer en un sillón. –No se qué hacer, Hermione. Ni siquiera puedo escribir una carta a gente en quienes confío… siempre aparece un tercero que la usa para perjudicarme. No es justo.
Hermione se sentó a su lado y le puso una mano consoladora sobre el hombro. –Harry querido, ya lo sé… ya lo sé. Y tenés que ser consciente de que se va a poner peor cuanto más se profundice tu relación con Malfoy.
Harry asintió. –Sí, ya sé. Pero creo que estoy enamorado de él. –dijo en voz baja.
Ella lanzó una exclamación de sorpresa. Varios de los que estaban en la sala común se volvieron para mirarlos. –¿Y él lo sabe? –susurró.
–Se lo dije anoche.
–¿Y qué te contestó?
–Está bien.
–¿Qué!
–Dijo que estaba bien.
Ella lo abrazó. –Harry, lo siento tanto. Es espantoso. ¿Querés que le eche alguna maldición?
Él rió. –No, no va a ser preciso. Más o menos ya lo arreglamos. Creo que él siente igual que yo. Pero está muy asustado o algo así. Y si uno se pone a pensar, quizá sea mejor. ¿Quién sabe cuánto tiempo más me pueda quedar?
–Harry, juro por Merlín, que si no dejas de decir insensateces como ésa, no va a ser Voldemort el que te mate sino yo. –blandió la varita para darles énfasis a sus palabras. Harry levantó apenas una comisura y ella le devolvió una mirada enfadada. –Creo que has estado pasando demasiado tiempo con el hurón. –él levantó una ceja inquisitiva– Se te están pegando algunos de sus gestos, y no precisamente simpáticos… que de esos tiene poco y nada.
La comisura en alto fue reemplazada por una genuina sonrisa y ella se distendió un poco. –Supongo que puedo confiar en vos para que me pongas en vereda. –aventuró Harry.
–Que no te quepa la menor duda. –dijo ella riendo dándole unas palmaditas en la cabeza.
oOo
Estaban los tres en la Sala de los Pedidos. Hermione caminaba ida y vuelta sin parar, maldecía por lo bajo y hablaba a los gritos. –¡Les había dicho que no avanzaran mientras yo estaba lejos!
–Hermione, estamos bien. –le recordó Harry con una sonrisa de disculpa.
–¡Gracias a Merlín por eso! Pero los dos corrieron serios riesgos.
Harry le contó del veneno y de que el laberinto no les había permitido que se quedaran detenidos, que no habían tenido otra opción sino continuar. Ella, sin embargo, no parecía querer entender razones. Y tampoco la conformó toda la investigación que habían hecho esas dos semanas. Siguió de muy mal humor… hasta que vio los libros.
–Harry… ¡estos son magníficos! ¿Decís que son de la colección privada de Dumbledore? –Harry asintió– ¿Vos creés que a él le molestaría si yo…? –susurró acariciando la cubierta de uno de los libros como si se tratara de un amante perdido largo tiempo atrás.
–Pienso que su deseo es que te zambullas en ellos de inmediato. Creo que incluso llegaría a ofenderse si no lo hicieras.
Draco se había mantenido al margen de la conversación entre los dos. Sus pensamientos estaban concentrados en lo que Harry le había contado sobre las cartas, el artículo de El Profeta y Ron. No sabía explicarse qué era lo que había llevado a Harry a escribir esas cartas. Por un lado se sentía muy conmovido de que Harry se preocupara tanto por él al punto de arbitrar medios para protegerlo en el caso eventual de que él llegara a faltar algún día. Por otro lado se sentía algo fastidiado. Él era un mago poderoso por derecho propio y sabía cómo cuidar de si mismo. No obstante, el gesto no hacía sino confirmar enfáticamente lo que Harry le había declarado el día anterior. Harry lo amaba.
El artículo de la prensa le había caído muy mal, y su padre no iba a poder ayudarlo esta vez, tendría que ocuparse él mismo de la cuestión. Iba a pedirle a Hermione una copia de la carta y les escribiría a los del diario intimándolos a que publicaran una retractación.
En cuanto a Ron, suponía que Hermione tenía razón, el Weasley había tenido siempre un temperamento muy inestable y ahora parecía estar enfocando toda su bronca no sólo contra él sino también contra Harry. No era justo… lamentablemente la vida raramente lo es. Respecto de ese aspecto no correspondía que él hiciera nada… y probablemente muy poco podría hacer incluso si quisiera.
Había otra cosa que le había esta dando vueltas en la cabeza esos días y le pareció que era la oportunidad apropiada para plantearla. –Granger, ¿vos sabías que nuestro Harry puede hacer magia sin varita?
Hermione primero miró a Draco algo confundida y luego a Harry cuando captó la importancia de la novedad. –Harry, ¿es eso cierto?
Harry se limitó a encogerse de hombros y fingió concentrarse en el libro que tenía entre manos. Ella le cerró el libro violentamente y empezó a golpear el suelo con el pie requiriéndole una explicación.
Harry permaneció en silencio. –¿Y…? –le exigió ella impaciente.
–Supongo que puedo. –admitió en voz baja sin levantar la vista.
–¿Vos suponés? –preguntó ella con asombro en el rostro, pero mezclado con algo de frustración.
Harry alzó los ojos incómodo y chocó con la mirada severa de ella. –Sí, puedo hacer magia sin varita. –se volvió y miró enojado a Draco– ¡Gracias Malfoy! ¡Tenías que jetonear! –Draco alzó ligeramente los hombros y adoptó una expresión de total inocencia.
–¿Por qué no querías que lo supiera? –demandó Hermione ofendida.
Harry se sentía muy incómodo y torpe. Draco ya había hecho un escándalo por lo mismo días antes. Lo había hecho sentir como un fenómeno de feria. Él lo único que quería era ser lo más normal posible. Mago sí, pero un mago normal –Es otra cosa más que tengo en común con él.
Hermione suspiró. Si había alguien que pudiera entenderlo era ella. –¿Cuánto hace que podés hacer magia sin varita, Harry? –había usado un tono tranquilizador pero en su expresión reflejaba preocupación.
–Ya había hecho magia accidental antes de venir a Hogwarts, pero creo que eso es algo que todos los chicos hacen. Y desde que entré a la escuela siempre pude hacer encantamientos sin usar varita. En general nada complicado, convocar la varita o los anteojos o la escoba para ahorrar tiempo, cosas así. En realidad es algo que no me gusta usar porque consume mucha energía mágica y me deja agotado.
–Quizá no tiene nada que ver con Voldemort, Harry. Bien puede tratarse de un talento innato. ¿Probaste alguna vez con encantamientos o hechizos más complicados?
Draco estaba sentado en el borde del sillón y escuchaba la conversación con profunda atención. Hermione tenía una habilidad sin parangón para hacer que Harry hablara. Sintió un aguijonazo de celos por el vínculo tan estrecho entre ellos. Él había estado intentando hacerlo hablar del asunto durante días, sin ningún resultado. Y a ella le habían bastado unos pocos minutos y lo tenía desembuchando todo.
–Una o dos veces pude convocar un Patronus.
Hermione sacudía la cabeza como si no pudiera creerlo. –¿Dumbledore sabe?
Harry lanzó una risotada. –¿Qué es lo que Dumbledore no sabe?
–Quizá lo sepa, pero yo te conozco bien y te veo a diario y no me había dado cuenta; así que es posible que él tampoco lo haya notado. –respiró hondo y lo miró fijamente– ¿Sos consciente de que se necesita ser un mago muy poderoso para hacer magia sin varita?
Harry asintió. –No lo sabía hasta que Malfoy me lo dijo el otro día. Ahora lo sé. –Draco hizo una mueca de desagrado, no le gustaba que se refiriera a él por el apellido. Pero no dijo nada, obviamente Harry seguían enfadado con él.
Hermione había bajado la mirada y se estaba mordiendo el labio. –Hermione… vos… no tendrás miedo de mí… no podría soportar…
Ella se levantó de golpe y lo envolvió en un apretado abrazo –¡Merlín, no, Harry! Nunca podría tener miedo de vos. –dijo ahogando un sollozo.
Draco los observó juntos y los celos se le intensificaron. ¿Alguna vez podría él llegar a tener con Harry una relación así, tan abierta? ¿Podría abrazarlo así cuando llorara? ¿Podría Harry abrazarlo de esa forma si él estuviera llorando? Bueno… en realidad los Malfoys nunca lloraban.
Sabía que si en ese momento Hermione le decía a Harry que lo quería, él le respondería de la misma forma. Quería que Harry volviera a declararle su amor, para poder decirle que él también lo amaba. Querría gritarlo y hacer cualquier cosa que le permitiera abrazarlo y consolarlo.
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