Capítulo 21

"… una sombra apareció en su corazón, un odio que crecería con los años…"

Glorfindel sabía que Dianna dormía con los ojos cerrados, y eso era para él una ventaja. Lo sabía porque desde aquel día en que había logrado hablar –un poco- con ella, se pasaba las noches viéndola dormir. Sabía que era algo estúpido, pero aun así, no podía dejar de hacerlo. Si lo viera allí, seguramente se asustaría, y no deseaba asustarla ya más, sino cuidarla. Sabía que sufría, y él sufría por ella, y si la viera reír se iluminaría toda su alma opaca. Hizo un esfuerzo y trató de recordar a su madre. Decenas de rostros y cuerpos pasaron por su memoria, y esos recuerdos lo hicieron miserable. Había sido tan desalmado. ¿Quién le decía que no tenía más hijos abandonados por el mundo? Sacudió la cabeza enérgicamente, como callando a su conciencia y tratando de no pensar en eso. Un problema a la vez.

Suspiró, y observó con atención como se inflaba su pecho cuando respiraba profundamente entre sueños. Se mordió el labio sin poder admitir que no la recordaba. Oh sí, Olivia. La madre de Dianna se había llamado Olivia. Y él la había asesinado. Tembló y se envolvió entre sus propios brazos, protegiéndose del frío que venía de dentro de sí mismo. Tuvo la sensación se que alguien se aproximaba, y alarmado se giró sobre sus tobillos pero no pudo ver nada. Se encogió de hombros, pero enseguida volvió a sentirlo, casi podía escuchar los pasos presurosos tras de sí.

-¿Qué haces? –inquirió una voz que parecía salir de todos lados y de ninguno a la vez, pero sólo él podía escucharla, eso era obvio. Se alarmó de veras, temió por su vida, porque sabía que él no le iba a creer sólo con palabras y quizá ya se le había acabado el tiempo para explicarse. Le tembló la voz, pero contestó en un susurro.

-Observo, y pienso –balbuceó Glorfindel, y sintió un peso sobre su hombro, como una mano apretándolo, pero sin poder ver a nadie.

-Me tienes miedo –sentenció-. Genial –y lanzó una risita que le recordó aquellos viejos días con su amigo, de alegría jovial en Valinor.

-Ambos sabemos que eres mejor que yo. Estás aquí y con tanta facilidad me cortarías el cuello si así lo quisieras –confirmó, y Fingolfin volvió a reír.

-Te has vuelto humilde, que increíble –sonrió.

-¿Tanto cómo para no creerlo?

-Un poco –suspiró-. Pero yo también observo y pienso –Glorfindel asintió, pero no dijo nada-. Es bella, ¿no? –suspiró, y volvió a asentir.

-Sí, así es. Quizá algo habremos hecho bien –por primera vez, el capitán sonrió.

-De no haber sido por ti, nunca la hubiera tenido. Te lo agradezco –sentenció.

-No fue intencional –el rey elfo le lanzó una mirada severa, pero acabo riendo-. ¿Sabes algo de Elen? –se atrevió a preguntar.

-Todo –confirmó, dándose aires de superioridad, con justas razones-. Estará bien, no pasa nada. Está en buenas manos –suspiró, y aunque le costaba decir aquello, lo lanzó-. Gracias por preguntar –Glorfindel se encogió de hombros y se quedó en silencio.

La presencia invernal no se había ido, pero ya no tenían nada más que hablar. Pero el capitán no se molestó, ninguno de los dos habían sido demasiado elocuentes, diciendo sólo lo justo, guardándose para sí mismos lo que no fuera absolutamente necesario de consulta. A lo mejor él no lo odiaba, sino que sencillamente era muy, muy cauteloso. No lo creía capaz de odiar a nadie. Ni siquiera a su primera esposa, que tanto daño le había hecho. Eso él lo sabía, pero en aquel momento no le había prestado ni un segundo de su atención. No le había importado el sufrimiento de su amigo, y lo lamentó.

Bajó la mirada hacia sus pies, sintiéndose culpable. Había sido tan injusto. El nudo en su pecho se hizo más grande, sintió como su tráquea se hacía más angosta y le impedía pasar el aire. Supo que ahora estaba solo. Siempre lo había estado. Se acercó hacia donde Dianna dormía sin tener idea de la discusión silenciosa que había ocurrido a metros de su cama, y la observó. Dormía con el seño fruncido, la expresión era de dolor, por su hija, por su esposo, por su padre. De pronto recordó algo que le había dicho Elennim sobre cargar a tu hijo por primera vez. Se imaginó como sería, pesaría lo que una pluma, cabría sólo en sus manos, lo miraría con sus ojos castaños y grandes, llenos de esperanza y de amor, no de miedo y desprecio como ahora. Ya no iba a tener otra oportunidad, lo lamentaba de veras.

La había abandonado. Pensó en lo que habría sido, todos esos años vagando sin nadie a quien recurrir, con miedo de acercarse a cualquier otro ser sobre la tierra. Había estado tan sola. Después volvió a quedarse sola, con una hija y un reino a cuestas, intentando huir en medio de una guerra, en un país destrozado que ya ni siquiera existía sobre la tierra. Se había ido sola con la niña, no intentaba salvar su reino, sino sus vidas. Era su padre y en aquel momento debía haberla protegido más que nunca, y sin embargo se había quedado en una ciudad condenada a desaparecer, peleando contra bestias contra las que –la verdad sea dicha- no tenía mucha esperanza. Le había respondido a Elen que la soledad te salva, pero si se hubiera ido con Dianna, si se hubiera encargado de cuidarla en vez de ir a querer probar su valor frente a los demás capitanes; quizá no hubiera tenido que morirse. Esa revelación lo atravesó. La soledad lo había condenado. El amor lo hubiera salvado, si lo hubiera aceptado.

Se mordió el labio y apretó sus párpados con fuerza. Sin quererlo, derramó lágrimas. Era la primera vez en la vida entera que lloraba, no había sido capaz de hacerlo, no había sido capaz de sentir nada en verdad. Pronto se convirtió en un llanto desesperado, que le impedía respirar, que comprimía su pecho en espasmos veloces y enrojecía su rostro, que ocultó entre sus manos más por vergüenza que otra cosa, hasta que las piernas le fallaron y acabó con las rodillas sobre el suelo. Escuchó un canturreo y eso lo estremeció, pero no se atrevió a observar, pensando en el regaño que le esperaba por estar allí. Sintió entonces algo que no había sentido jamás. Algo jugueteaba con su cabello, era una sensación cálida y acogedora. ¿Era una pequeña muestra de lo que se había perdido toda la vida? Tanto tiempo desperdiciado, esa idea le hizo apretar el nudo en su pecho y en su garganta. Era incapaz de detener las lágrimas. Sólo quería que ese enorme dolor se detuviera, pero en vez se eso se profundizaba, y se sentía morir, pero incluso morir no era tan doloroso.

-¿Lloras por mí? –se atrevió a preguntar, en un susurro, sin dejar de acariciar suavemente su cabeza, ni siquiera se explicaba por qué lo hacía. Sencillamente no le gustaba ver sufrir a la gente, supuso. Glorfindel asintió, pero no le dirigió la mirada, no podía. Estaba avergonzado.

-Lo siento tanto, iell nin –balbuceó, con la voz quebrada, y ella debió hacer un esfuerzo por comprender lo que estaba diciendo.

-Ten calma –le respondió con voz dulce, y era la primera vez que oía una voz como aquella dirigida a él-. Todo estará bien, adar –y con eso no pudo más que asentir despacio, sentía que se ahogaría en sus propias lágrimas y en su propia culpa, hundiéndose en la oscuridad. Esa pequeña palabra significaba tanto que se aferró a ella como un náufrago a una tabla, era lo único que lo sostendría antes de abandonarse al dolor. Se obligó a dejar de darle tantas vueltas a las cosas y sólo repitió esa misma palabra pronunciada con su voz, una y otra vez dentro de su cabeza; hasta que se quedó dormido. Estaba sentado directamente sobre el piso, con su cabeza sobre el colchón, y delicadas manos de ella entre su cabello. Era la primera vez en cientos de años que lograba dormir en paz.


Cuando volvió a llevar sus dedos a la sien ya habían pasado al menos unos días. Pero en la perpetua oscuridad y silencio, y sin ninguna interacción con nadie ni siquiera para comer algo, era difícil distinguir los días. Notó que la sangre ya estaba seca y eso era una buena noticia. Temblaba de frío, se envolvió entre sus ropas e intentó levantarse y dar unos pasos para intentar entrar en calor, pero fue inútil. Se sentía débil, no era capaz de ponerse de pie. Allí descubrió algo sobre sí mismo, y era que en verdad no era el hambre o la soledad lo que más lo atormentaban, sino la sed. Era fuerte y unos días sin comer no iban a matarlo, eso era obvio; pero sentía la boca como arena y anhelaba aunque fuera una mínima gota de agua. O una copa de vino blanco, bien fresco, hubiera sido celestial. Pero lo mismo daría estar en esa celda que en cualquier desierto.

Supuso que no le quedaba demasiado tiempo allí, que iban a usarlo para un propósito en el corto plazo; porque a nadie podía convenirle que el príncipe se muriera. Pero enseguida se sintió más inseguro e intentó enumerar las personas a las que realmente les importaba su vida, más allá de fines políticos. Las contó con los dedos de una mano, y se sintió desdichado. Quería ser apreciado por todo su pueblo cuando fuera el rey. Aunque por otro lado, quizá eso nunca ocurriera. Un escalofrío recorrió su columna y envolvió sus piernas entre sus brazos. Pensó en su amada y en cómo le había suplicado que no se fuera, que consultara con otro método, que hiciera otra cosa. Pero había sido tan testarudo que no la escuchó, y estaba pagando las consecuencias de aquello. Se acostumbró a la más profunda oscuridad, el tacto de su piel se convirtió en sus ojos, y llegó a la conclusión de que las cuatro paredes de piedra no tenían ningún tipo de mobiliario. Por eso eligió el rincón que le pareció menos frío para desplomarse, y allí pasó días sin moverse.

Cuando escuchó un crujido primero pensó que lo había imaginado, pero enseguida una pesada puerta de madera se abrió frente a sí. Sabía dónde estaba, la había ubicado en la diferencia de textura entre la piedra, aliviado de tener una entrada que no implicara un hechizo con palabras secretas. Se sintió encandilado aunque la luz de la antorcha que sostenía aquella figura enana fuera débil. Sintió que sus ojos grises quemaban e instintivamente los cerró. Pero tenía una curiosidad enorme, mezclada con temor, sin saber si la visita era buena o mala para él. Hizo un esfuerzo por abrir los párpados poco a poco, distinguiendo una figura a contraluz. Era un enano, eso era obvio. Enseguida ubicó la antorcha en un soporte en la pared, y volvió tras el marco de la puerta a tomar un objeto que Thranduil no llegaba a distinguir. Si hubiera tenido fuerzas podría haber aprovechado ese momento para salir corriendo, o atacarlo como fuera aunque no tuviera armas. Pero sencillamente seguía en el mismo lugar que hacía días, sin moverse, con los ojos ardiendo y rozando la locura por la sed.

Distinguió a un enano de ojos verdes y cabello castaño, pero llegado un punto todos los enanos se le hacían iguales. Llegó a observar aquellos objetos y distinguió una jarra en una mano y una copa en la otra. Oh, por Varda, si pudiera se abalanzaría sobre él sólo por un sorbo. No supo si estar agradecido o prepararse para una cruel tortura, y eso lo atemorizó pero no importaba, sólo pensaba en el líquido sobre su lengua, resbalando por su garganta. Se relamió los labios, sentía más que nunca la boca seca y pastosa, y sintió que se volvería loco si no lo dejaba probar una gota al menos. Vio al enano servir agua en la copa, y la confirmación de que la jarra efectivamente estaba llena, le dio esperanza. El líquido se veía reluciente, límpido, perfecto y deseable. El naugrim tomó unos sorbos, y el elfo pudo oír claramente el movimiento de los músculos de su garganta al tragar. Se terminó la copa y sirvió otra, para luego estirar el brazo ofreciéndosela al príncipe.

Hizo un esfuerzo supremo para levantarse, mientras el otro lo observaba con expresión burlona, esperándolo. Todo el cuerpo le dolía por la mala postura sobre la roca, sin energía más que nada por la sed. Estiró el brazo y rozó el metal en el momento exacto en que el enano volteó la copa y dejó caer el agua sobre la roca. Thranduil se sintió morir mientras oía las gotas salpicando el suelo, y le hubiera encantado retorcerle el cuello como a una gallina, pero no podía hacerlo. En vez de eso se quedó helado, atónito y sin saber realmente qué hacer. Estiró el brazo una vez más, intentando tomar la jarra; sin saber siquiera si sería capaz de levantarla mientras sentía los músculos como gelatina, pero tenía que intentarlo. Tocó el metal con las yemas de sus dedos, estaba helado y se deleitó con lo refrescante que estaría. Pero enseguida el naugrim repitió el movimiento y derramó toda el agua, mientras el elfo pudo percibir hasta cómo salpicaba sus pies. Si no hubiera sido tan orgulloso hubiera estallado en llanto en aquel momento, pero se contuvo.

-Beba cuanto le plazca, su alteza –ironizó el enano señalando hacia el piso, donde el agua derramada había formado unos pequeños charcos sobre las irregularidades de la roca. Se sintió humillado, su orgullo herido más allá de toda posibilidad de arreglo, pero su desesperación era tal que lo hizo. Con las rodillas sobre el suelo se inclinó y lamió esas gotas sucias que se agolpaban sobre el suelo, como un animal. Una parte de sí le reprochaba, diciéndole que hubiera sido mejor morirse que mostrar tal debilidad, pero sencillamente no podía resistirse. No logró sacar suficiente, apenas para mojarse la lengua, no sintió los grandes sorbos resbalar por su garganta como había imaginado; pero aun así no se detenía. El enano lo observaba complacido, y vio su oportunidad al tenerlo a sus pies. Le pateó con fuerza las costillas y pudo oír un gemido ahogado y sin aire. Para Thranduil, ya había sido suficiente. Tomó sus tobillos e intentó tumbarlo, pero no tenía fuerza para hacerlo, lo que le valió otra patada esta vez en la mandíbula.

Tardó un poco en reaccionar sobre dónde estaba. Respiraba frenéticamente, temblando, pero no tuvo más opción que levantarse. Cuando lo hizo parecía otro. Sus ojos hervían en ira, recordando todas las advertencias de su padre sobre los naugrim, que él no había escuchado; y llegado el momento se lo iban a pagar con creces. Lo juró con solemnidad, para sus adentros. Pero a la vez tenía esa chispa de profesionalismo, que en un momento le hacía dejar de ser sólo un joven; de muchacho a político, a general, a médico. Seriedad, vocación y reglas lo guiaban en su actividad. Sintió un odio infinito hacia todo aquello, que lo había humillado a todos los niveles posibles, que posiblemente habían asesinado a su amigo; eso era obvio, porque de otro modo no lo hubieran callado con una celda cuando comenzó a hacer preguntas. Elfo y enano parecían competir con la mirada, mientras el naugrim supo que eso ya lo había hecho antes, en el salón del trono, con su padre; y había sido lo mismo. Así pues, el rey y el príncipe se parecían más de lo que aparentaban, y eso no era bueno para él.

-¿Quién eres y qué quieres de mí? –inquirió de pronto con hielo en la voz, pero el naugrim sólo pudo reír.

-Ya nos conocemos. Que mala memoria tiene, majestad –Thranduil gruñó, pero hizo un esfuerzo por recordar.

-Yo sé muy bien quién eres –lanzó con aun más agresividad, pero el otro se encogió de hombros.

-¿Entonces por qué lo preguntas? –el elfo apretó los puños y debió morderse la lengua para evitar dedicarle una buena catarata de insultos. Pero dado lo deplorable de su estado y su experiencia de momentos atrás, se contuvo.

-¿Qué quieres de mí, entonces? –el naugrim subió una ceja.

-De ti no quiero nada –eso hizo que el príncipe abriera grandes los ojos, o quizá le estaba haciendo todo aquello por el puro placer de torturar; lo cual no le sorprendía en lo más mínimo viniendo de los enanos-. Lo que quiero es a alguien más, y tu serás mi moneda de pago –lanzó una risita-, ¿qué se siente ser un bien de cambio? Cómo un trozo de piedra preciosa, ya que tanto te gustan –Thranduil volvió a gruñir y se mordió el labio con evidente hartazgo.

-¿A quién quieres? –preguntó levantando la voz, sin demasiada esperanza de que el enano le contestara. Pero aun así la autoridad que desprendía de su voz era notoria.

-A Elennim –respondió con naturalidad, y el príncipe comenzó a comprender; mientras pensaba que el naugrim estaba un poco mal de la cabeza si influía tanto a ambos reinos sólo por su amor. Pero no sería la primera vez que alguien comenzaba una guerra por amor. Por otro lado, si Thror se había dejado convencer de encarcelarlo sólo por el capricho de un don nadie, entonces era obvio que no estaba bien del todo y la codicia finalmente le había ganado al sentido común.

-¿Para qué la quieres? –el elfo tuvo una idea irónica y fiel a su estilo no pudo evitar decirla en voz alta-. Oh, ya lo sé. Te vas a casar con ella para que reclame el título de Reina Suprema, van a unificar a las dos razas y vuelves a edificar Gondolin, y dominas el mundo, ¿verdad? –no pudo evitar reír con sus propias palabras, pero el otro estaba muy serio.

-Nunca unificaría nada con ustedes –resopló de fastidio-. La quiero para que sea toda mía –remató, luego de unos segundos, y Thranduil lanzó una risita.

-Temo que es toda de Aldaril –remató, divertido en el fondo con romper el corazón del naugrim que lo había torturado cruelmente, que había retorcido su mente hasta hacerlo perder la cordura por la sed y la oscuridad. Pero cuando él no se dejó intimidar por aquello, sintió miedo.

-Temo que Aldaril está muerto –retrucó enseguida, y el príncipe debió taparse la boca para no gritar.

No era posible. Su amigo y su hermano, habían pasado tanto juntos que habían sido inseparables; y sin embargo lo había dejado ir solo. Enseguida se sintió responsable, pero si era verdad, no iba a creerlo hasta no verlo. Si era verdad, tenía aun más razones para odiar a los naugrim, para desear despellejarlos y arrancarles la carne de los huesos con sus propias manos como si aquello pudiera calmar el dolor de su alma. En un rápido movimiento tenía sus manos fuertemente clavadas sobre el cuello del enano, observándolo con el más profundo desprecio. Pero el enano fue más rápido y clavó una pequeña daga en el hombro del príncipe, sin saber de dónde la había sacado. Entonces lo empujó, y trastabilló pero no llegó a caer.

-Haz presión en eso, no sirves de nada si te mueres –el naugrim le sonrió, y atravesó el umbral, saludando burlonamente con la mano antes de cerrar la puerta. La oscuridad volvió, mientras el dolorido elfo apretaba los párpados y dejaba salir algunas lágrimas por su amigo y por él mismo. Pero algo era más que seguro, y era que eso no se iba a quedar así.


Bueno ahora sí. Es tiempo de revelaciones, y es bueno saber algo más del muy confundido Gani. ¿Lo odian o lo aman? ¿Amaban a Thranduil también? Pero puede ser cruel. Y el adorable Aldaril puede ser más cruel aun. Espero que les hayan gustado estos dos cap juntos. Me animaron por la cantidad de buenas reviews, realmente estaba muy insegura con todo esto.. Gracias totales! =D

Ahora por supuesto van a tener que esperar, ya que cedí a sus apuradas y además subí dos juntos jajaja ;)

Ciao belli =)