Aclaración: La serie Harry Potter le pertenece a J. K. Rowling.
N/A: Jamás me cansaré de darle las gracias a Nebel_Engel y Claudia Flores por su contribución en la traducción de esta historia. Es una colaboración que espero continue por mucho tiempo.
• La trama se complica, no todo podía ser color de rosas, ¿no les parece? No puedo esperar para saber que piensan de este capítulo.
• Para aquellas que me dejen un comentario, se han ganado el avance del próximo capítulo. El problema es que a veces no tengo la dirección electrónica para enviarlo.
Mis queridas Abril, naraujo, Evelyn, maring, bea y Vampire Cullen Alice: si desean el avance o me dejan saber vuestra dirección o me escriben a mi Yahoo!, el ID es elenapanam, agregan la arroba y punto com y asunto arreglado.
Capítulo 21: Una Semana En La Vida de Hermione Granger. Parte IV.
'Si no hay amor, sólo hay orgullo' (De la canción Givin' Up On You)
Su casa, todo a su alrededor se sentía irreal. Hermione no había llorado durante su camino de regreso a Hogsmeade, ni cuando le pidió ayuda a Neville o cuando Ginny, una muy enojada Ginny, la acompañó para aparecerse en su casa. Lo que Hermione deseaba más que nada en el mundo era sostener a John Albus, por mucho, mucho tiempo.
Papá no estaba en casa aún, Mamá debía estar ocupada en la cocina preparando la cena y su hermoso hijo debía estar o tomando una siesta o corriendo por ahí con su dinosaurio.
Al oír el sonido de las llaves en la puerta, John Albus corrió hacia ella y voló hacia los brazos de su madre. Hermione lo sostuvo contra su pecho como si su vida dependiera de ello. Sus pequeños brazos alrededor de su cuello, sus mejillas suaves como algodón sobre las suyas, su minúsculo cuerpo envolviéndola, eran como un bálsamo para el espíritu atribulado de la joven madre.
––¡Llegaste temprano! No te esp… ––Candice dejó a medias lo que iba a decir.
Todo intención de reprimir sus lágrimas fue olvidada al ver a su madre; Hermione ahora lloraba calladamente. Sin decir una palabra, Candice corrió hacia su hija y la abrazó. Ambas sintieron cómo John Albus se deslizaba al piso, probablemente sintiéndose sofocado entre ellas. Por suerte, al sonido de la canción de su programa de televisión preferido, corrió y se sentó alegremente en frente de la televisión.
––Sabía que esto era una mala idea. ––dijo Candice suavemente, poniendo sus brazos alrededor de los hombros de Hermione mientras caminaba hacia la cocina llevando a su hija consigo.
Hermione se sentó en la pequeña mesa y ocultó su rostro entre sus manos, sollozando quedadamente. Candice puso la tetera con agua en una de las parrillas de la estufa, abrió el armario al lado de la ventana que daba hacia el jardín trasero y tomó dos tazas del mismo, las colocó en la mesada y rápidamente sacó dos bolsitas de té de un recipiente de vidrio transparente. Luego se sentó al lado de Hermione y la tomó en sus brazos de la misma forma que había hecho incontables veces desde que Hermione había vuelto a vivir con ellos. Los gemidos silenciosos de Hermione le dolieron y enfurecieron.
––Tranquila mi amor, mami está aquí. Estás en casa, ahora todo está bien. ––Candice besó la cabeza de Hermione. Cerrando sus ojos deseó que Hermione fuera una niña pequeña otra vez cuando el motivo de sus lágrimas era el haberse caído de su bicicleta o que se le hubiera roto un libro.
La tetera se quejó sonoramente. Candice le dio a Hermione otro beso en la frente y procedió a preparar las tazas de té. John Albus corrió a la cocina, ocultándose debajo de la mesa, riendo mientras salía por debajo poniendo su cabeza entre las piernas de su madre y luego escondiéndose de nuevo. Murmurando para sí mismo, el niño corrió de nuevo para continuar viendo su programa de televisón. Candice colocó las tazas en la mesa, deslizando una hacia Hermione, secando trazos de lágrimas del rostro de su hija. Ambas bebieron de sus tasas en silencio. Hermione sintió algo de paz, protegida ahora que estaba de vuelta en casa; Candice, por el otro lado, deseaba que el bastardo estuviera en frente de ella así podía matarlo. Su cachorro había sido herido y, excepto por matar a Draco, no podía imaginarse ninguna otra opción en su mente.
––Temo preguntar. Si me dices podría agarrar algo de la cocina, probablemente largo y afilado, ¡y matarlo aquí mismo! ––No intentaba ser graciosa, lo decía en serio, pero hizo que Hermione sonriera.
––Dudo mucho que eso mejore mi ánimo; es difícil conseguir niñeras confiables, ¿sabes? ––Otra sonrisa apareció en el rostro de Hermione llegando esta vez a sus ojos marrones, tristes y húmedos como estaban.
Candice le sonrió también y tomó las manos de Hermione en las suyas.
––Supongo que no vendrá más tarde. ––comentó, refiriéndose a Draco.
––No lo sé, Draco es impredecible en este momento. ––Respondió Hermione con sinceridad. Estaba más calmada, con la cabeza clara. Claro que tenía que estarlo. Sabía que había más por venir.
––¿Qué quieres decir? Que se va atrever a venir y hacer una escena en frente de su hijo! No lo toleraré, esta es tú casa, nuestra casa, y él no tiene ningún derecho, ninguno en absoluto… ––Candice se contuvo, casi atragantándose por el esfuerzo.
––Si él viene, pueden suceder tres escenarios: uno, puede venir listo para continuar donde dejamos nuestra discusión, sin importarle un comino los demás excepto él y lo que él quiere; dos, puede aparecerce relajado y en control, como si nada hubiera sucedido, esperando a que baje mi guardia; o, tres podría querer hablar, tener una conversación sincera, de corazón… ––Hermione dejo salir un suspiro––. Francamente no creo que lo último sea siquiera una posibilidad, ni ahora, ni en un futuro inmediato. Si viene, estoy preparada para enfrentarlo. Y si no viene también estoy lista para esa posibilidad.
Su pragmática evaluación de la situación confundió a Candice. La Hermione que pasó a través de la puerta unos pocos minutos antes no era la misma que se encontraba descansando su cabeza sobre los hombros de su madre, dando una evaluación fria y objetiva de su presente situación con el padre de su hijo.
––Cuando entraste pensé… quiero decir, parecía como si estuvieras a punto de tener un ataque de nervios, igual que cuando… ––Candice hizo una pausa, la preocupación reflejada en todo su rostro––. Hoy regresaste al mundo mágico, al lugar cercano a la última batalla. ¡Hace unos meses no hubieras podido hablar sobre ello sin llorar sin consuelo! ¡No puedo olvidarme, lo recuerdo como si fuera ayer, siempre lo recordaré!–– Su voz se desvanecía conforme decía las últimas palabras.
––Te lo dije, mamá, estoy mejor. Te tengo a ti, a papá, a John Albus y… a mis amigos. ––Candice dejó escapar un resoplido.
––Será mejor que te acostumbres. Mucho ha sucedido en la última semana y en los últimos tres años que no puedo ignorar. Extrañé a Harry y a Ginny, son una parte importante de mi vida. En su momento… ––Ella permitió que los recuerdos la llevaran a ese tiempo meses antes de que se marchara––. El tiempo, mamá, el tiempo me ha hecho más fuerte. Harry es mi amigo, mi hermano. Ginny y Harry, los Weasley, estoy lista para confrontarlos. En esta etapa de mi vida los necesito tanto como los necesito a Papá y a ti ––De eso Hermione estaba segura.
––¿Y el padre de John Albus? ––le preguntó Candice arqueando las cejas.
Los ojos marrones de Hermione buscaron los de su madre, haciendo a un lado la fatiga y decepción para darle paso a la determinación y la certeza.
––Lo amo. Él está confrontando a sus propios demonios. Muy pronto tú y papá comprenderán a qué me refiero; es tiempo de que se enteren de todo por lo que pasamos. Lloraré algo más, seguramente la mitad del tiempo tendré ganas de desistir de mi relación con él y la otra mitad tendré ganas de matarlo, y tú me preguntarás por qué y no tendré otra respuesta más que porque lo amo. No puedo evitarlo, es tan simple como eso.
Hermione se levantó y caminó hacia el fregadero. Mirando por la ventana se preguntó qué estaría pensando o sintiendo Draco. Él estaba solo. Solo por elección. Su corazón sufría por él. ¿Por qué tenía que ser tan duro consigo mismo? ¿Por qué no le dejaba acercarse a él?
––Me refrescaré y te ayudaré a poner la mesa. ¡No vamos a dejar que el Señor Malfoy arruine nuestra cena! ––Hermione besó a su madre en la mejilla––. Te quiero mucho, mami.
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John Granger entró a su casa inhalando el maravilloso olor de su plato preferido: asado con papas. Las dos figuras femeninas en la cocina y el sonido de la voz de su nieto le llenaron el corazón de alegría. Echando un vistazo alrededor frunció el ceño; alguien faltaba. Dejó caer su maletín en el sillón a su derecha y silenciosamente caminó hacia la cocina. Candice soltó un gritó, seguido de un golpe sobre el pecho de su esposo cuando él la tomó de los hombros haciéndola girar y plantarle un beso en los labios.
––¡Eso no es gracioso! ––Ella lo golpeó otra vez con fingido enojo, sonrojándose.
––Él cree que si lo es, ¿o no, John? ––Lo tomó a John Albus en los brazos y le preguntó––. ¿No me vas a dar un beso? ––Obedientemente John Albus le dio un beso húmedo a su abuelo riendo a carcajadas cuando se encontró colgando de sus pies. Lentamente John lo bajó al piso donde se quedó observando a los adultos que le sonreían. Dándose vuelta el pequeño se levantó y corrió fuera de la cocina, de regreso a sus juguetes.
––Y tú, ¿ya estás muy grande para darle un beso a papá? Hermione caminó hacia los brazos de su padre y se quedó allí por un largo rato. Candice pensó que sería mejor irse, sus dedos acariciaron el rostro de su esposo al salir de la cocina.
––Draco no vendrá. ––Dijo John.
Hermione todavía se aferraba a su padre en cuyos brazos encontró el valor y el consuelo que solo él podía brindarle.
––Si viene será una visita fuera de lo común, probablemente desagradable. Tal vez ambas cosas. ––Levantó el rostro––. Está lidiando con la guerra, con lo que perdió por ella, con su pasado… nosotros. Puede que esté pidiéndoles mucho a mamá y a ti pero dejen que las cosas sigan su curso natural tanto como sea posible, ¿por favor?
En su mirada suplicante, John vio los fantasmas de antiguas pesadillas bailando libremente, desencadenadas por lo que sea que haya sucedido horas atrás. También vio amor. Amor por un hombre roto, un extraño para él. Otra víctima de una guerra de la que sabía muy poco. Sintió una punzada en el corazón al darse cuenta que niños se vieron obligados a vivir semejante horror; que su propia hija haya experimentado el sabor del miedo, de la muerte y la sangre reservada solo para soldados entrenados para ello. Tristemente la recuperación de Hermione significaba que tenía que enfrentar esas pesadillas otra vez.
La tomó por los hombros y besó su frente.
––No le permitiré que te lastime o te amenace de ninguna forma. Se pasa de la raya, mago o no, no seré capaz de controlarme. ¿Entiendes? ––Hermione asintió con la cabeza.
Mientras el asado se mantenía caliente en el horno y sus padres preparaban la ensalada, Hermione decidió jugar un rato con John Albus en el jardín trasero. Aquellos escasos momentos con su hijo le permitían calmarse. Luego de un rato de corretear con su madre, John se conformó con saber que Hermione, sentada en los escalones que llevaban al bien cuidado jardín, lo miraba jugar en su cajón de arena.
La voz tensa de Candice la hizo saltar.
––Tu invitado está aquí.
Hermione giró su cabeza de golpe. Una cabeza rubia se destacaba detrás de Candice. Draco dio un paso al costado. Llevaba las mismas ropas que vistió en Hogsmeade. Su cabello le llegaba a sus hombros, ya no estaba recogido en una cola de caballo, el gris de sus ojos era casi transparente, sin emoción. Al bajar las escaleras evitó hacer contacto con los ojos de Hermione y caminó directamente a la caja de arena; John Albus miró al extraño que se acercaba y corrió a los brazos de su madre.
Candice había vuelto al interior de la casa, desde donde ella y su esposo observaban a Hermione y a Draco por la ventana de la cocina.
––Él no me recuerda. Me tiene miedo. ––Draco levantó su mano, dejándola en el aire, cerca del rostro de su hijo, inseguro de qué hacer. Los músculos en su rostro se relajaron y sus ojos se suavizaron, dándole paso a algunas vetas azules apenas perceptibles.
––Se esta haciendo de rogar, ¿no es así, John? –Hermione acarició la espalda del niño. Era difícil ocultar la inquietud y el nerviosismo que la abrumaban. John tenía sus brazos alrededor del cuello de su madre, descanzando su cabeza en uno de sus hombros desde donde miraba de reojo al extraño. Sin embargo, el hombre rubio no era un extraño; el pequeño recordaba un paseo bastante agradable encima del mundo, tan alto como el más alto de los árboles, sobre los hombros de ese hombre.
––¿Me recuerdas, John? Soy tu papá, yo… soy. ––Con las puntas de sus largos dedos tocó las mejillas de su hijo. John sorprendió a sus padres cuando tomó el dedo índice de Draco en su pequeña mano. Pronto la timidez del niño dio lugar a un juego de tira y afloja. Draco retiró su dedo y John, riendo, hizo lo mismo.
Hermione luchó contra el nudo que sentía en la garganta. Tanto padre como hijo jugaron su jueguito por un rato y cuando John se bajó y empezó a correr incitando a Draco para que lo persiguiera; ella tuvo que darse vuelta y secar su rostro, enfrentando a sus padres en la ventana.
Hermione había creado imágenes en su cabeza, bosquejos de lo que sería su vida con su hijo y Draco una vez que estuvieran juntos. Se los imaginaba en una casa pequeña y acogedora llena de amor y risas. Habría las peleas típicas entre Draco y ella, seguidas por besos tiernos, y por una muy particular disculpa , propia de Draco Malfoy, pero serían felices. La risa de su hijo que le llegaba desde el fondo del jardín carecía de valor, era hueca. Draco y ella estaban juntos, compartiendo el mismo espacio físico, compartiendo sus cuerpos sólo para erigir una pared tras otra.
¿Cómo podía el amor encontrar su camino a través de semejante laberinto? Pero el amor sí encontró su camino hacía no mucho tiempo. En el momento más oscuro, más doloroso de sus vidas, el amor los escogió y peleó contra el temor y el odio, sin darse por vencido en su batalla. Ellos levantaron un muro y el amor encontró la manera de sortearlo; Draco y Hermione conjuraron otra pared y el amor arremetió contra ella; y así una y otra vez la batalla continuó hasta que el amor finalmente dio con la salida y al encontrarse libre tal cual un alfarero le dio forma a sus almas y a sus corazones hasta que ninguno de los dos pudo reconocerselos.
Draco la amaba. Vergüenza, ira y remordimiento cubrían cada parte de su alma; el amor por ella no podía deshacerse de ellos. Pero sí le dio a Draco el coraje para aceptar y proclamar sus sentimientos por ella. Hermione se aferró a esa certeza. Draco la amó y todavía la amaba. Él la había perdonado. Ella cometió un terrible error al haber huido y alejarse de él. Ella pudo haber hecho todo menos doloroso para él, ayudarlos a ambos a fortalecer su relación y empezar a curar sus heridas, y debido a su decisión Draco se aferró a su orgullo, furia y culpa para arreglárselas. Si él pudo perdonarla, tenía que amarla. Por primera vez desde que ella había puesto los ojos en él días atrás, Hermione sintió que el mundo entero había arremetido contra ella. ¿Sería su amor suficiente para luchar y ganar esta batalla final?
Draco llevaba a John en sus hombros mientras caminaba de regreso a la casa. La tensión mientras tomaban sus asientos era casi insoportable para Candice. Draco ayudó a Hermione y a Candice a sentarse. Cuando John se sentó lo hizo también Draco. John se sentó a la cabeza de la mesa, su esposa a su izquierda, su hija a su derecha, John Albus al lado de Hermione y Draco en el otro extremo de la mesa.
John Granger observó a la joven pareja. Sin decir una palabra, mucho fue dicho. Draco no podía quitar sus ojos de encima de John Albus o Hermione y cuando ella intentó limpiar el rostro de su nieto, Draco, inmediátamente rozó sus dedos con los de ella y se encargó de la tarea de alimentar a su hijo. El encuentro de sus dedos se prolongó por uno o dos segundos, y cuando sus miradas se encontraron, John empezó a comprender mejor lo que Hermione le había pedido en la cocina antes de la llegada de Draco.
––Esto está muy bueno, Señora Granger, usted es una cocinera estupenda. ––Su voz casual y melódica junto con sus pulidos modales desentonaban con la tensión que los rodeaba.
––Gracias. ––Contestó Candice, clavando furiosamente con el tenedor un pedazo de papa.
La expresión de Candice no ocultaba nada. La tensión en sus rasgos, la rígidez de su cuerpo, y la descarada demostración de furia en sus ojos le comunicaban a gritos a Draco lo que Candice pensaba de él. Hermione estaba haciendo un buen trabajo refrenando la ola de emociones que la embargaban y clamaban por ser expresadas. Draco estaba esperando que el dique cediera. Si tenía que pasar, bien, que así sea. Él tenía una misión, una misión de reconocimiento, explorativa, de la cual mucho dependía. Debería haberse dado más tiempo para pensar las cosas y escuchar a la casi imperceptible voz de su conciencia mandando todo tipo de advertencias, pero aquella voz que residia en la parte más oscura y atormentada de su alma fue la que prevaleció.
Draco miró disimuladamente al hombre en frente suyo. Los ojos marrones claros de John Granger tenían un suave brillo. Estaba disfrutando su comida sin haber enunciado una palabra que traicionara sus verdaderos sentimientos. Draco estaba perplejo. Allí estaba alguien, nada más y nada menos que un muggle, manteniéndolo a raya sin esfuerzo alguno. El joven Slytherin se sintió expuesto y sin lugar alguno en el cual esconderse.
Draco procuró una sonrisa encantadora, sus ojos grises se fundieron con los de la furiosa mujer sentada a su derecha y deslizando su mirada hacia Hermione, le regaló una sonrisa débil. Pero ella fue incapaz de percatarse de esos detalles. Cuando no asistía a su hijo con su comida, ella concentraba su atención en su plato, moviendo su comida alrededor del mismo.
––Cocinar no es mi fuerte. Jamás pense en ello. Comida Casera no era un término con el que era familiar. La suya y la de la señora Aisling… ––Draco paró de golpe su explicación. Su desliz fue rápidamente almacenado en la mente de Hermione.
––La señora Aisling. ––Hermione repitió el nombre suavemente mientras llevaba el tenedor a su boca. Sus inquisitivos ojos marrones estaban fijos en los angulosos y afilados rasgos de Draco.
––A él le gusta la carne, ¿no es así? ––La mano izquierda de Draco revolvió el cabello rubio de John Albus, quien tomó de nuevo con su manita húmeda y pegajosa el dedo índice de su padre. Draco se estremeció por el viscoso contacto, reclamando su dedo y rápidamente lo limpió con su servilleta. Candice dio un resoplido de impaciencia; los ojos de su esposo brillaban divertidos.
––Nada de juegos en la mesa, John, come tu comida. ––dijo Hermione.
Imitándolo a su padre, John Albus eligió ignorar a su madre, se inclinó hacia su derecha para jalar del brazo izquierdo de su padre, llegando hasta la mano de Draco. Draco no pudo resistirse.
––Dije nada de jugar en la mesa. ––Hermione dio vuelta a su hijo y le lanzó una mirada oscura y amenazante a Draco. John persistió, lloriqueando.
Hermione volvió a ponerlo en su lugar, sólo que esta vez John empujó desafiantemente los brazos de su madre, y viró bruscamente hacia su padre, presintiendo que había encontrado un aliado.
––John, puedes jugar más tarde, cuando terminemos. ––Sabía lo que estaba por venir y el reloj en su cabeza empezó su cuenta regresiva: diez, nueve, ocho…
John Albus estaba haciendo un puchero, llenando sus ojos con su infinita cantidad de bien almacenadas lágrimas, suplicándole a su padre que tuviera piedad de él. El corazón de Draco se hinchó. Mirando a Hermione de reojo, Draco liberó a John de su confinamiento y lo sentó en su regazo. Como si hubiese alimentado a su hijo varias veces, Draco colocó el plato, taza y la toallita de John Albus en frente suyo y continuó ayudando a su hijo con la cena, bromeando con él, mientras John Albus le ofrecía verduras de su plato o recorría con sus pequeños dedos el cabello largo de su padre.
Hermione se levantó unos pocos centímetros de su silla y estuvo a punto de abrir su boca cuando su padre tiró de su muñeca. Hermione cerró su mano en un puño, el cual su padre cubrió con su enorme mano. 'Déjalo, esta es una batalla que puedes perder.' Casi podía escuchar a su padre diciéndole eso.
––Entonces, ¿la señora Aisling cocina para ti? ––La pregunta era lo suficientemente inocente. John hizo a un lado su plato y esperó por la respuesta.
––La señora Aisling es la esposa de mi supervisor. Cené con ellos un par de veces. ––Draco le dio a John Albus su último bocado y miró a su hijo quien se recostó en el pecho de su padre, empujando a un lado su plato con vegetales sin tocar.
Candice y Hermione intercambiaron miradas. Ambas se levantaron y sin decir una palabra empezaron a limpiar la mesa. John Albus deslizó su cuerpo para bajarse y corrió hacia el sofá, invitando con sus ojos juguetones a su padre para que lo siguiera y Draco lo complació.
––¿Son una familia mágica? ––John estaba sentado en el comedor, observando a Draco y a John Albus sentados en el sofá. Desde la cocina las dos mujeres estaban poniendo suma atención a la conversación aunque pretendían estar ocupadas poniendo los platos sucios en su lugar y preparando la bandeja del postre.
––Oh no, todos ellos son muggles. –– contestó sonriéndole a su hijo que había trepado al respaldo del sofá intentando subirse sobre los hombros de Draco.
––Ya veo. ––John se levantó. Hermione retornó con el postre. Su padre tomó la bandeja de sus manos y la depositó en la mesita de centro.
Hermione no tuvo otra opción que sentarse junto a Draco. Candice se sentó en uno de los sillones mientras su esposo se sentó a su lado en el otro.
John Albus había bajado del sofá y corrió a la caja de sus juguetes y extrajo su adorado dinosaurio, poniéndose cómodo a los pies de su madre. El postre continuaba intacto.
––¿Cómo tomaron la buena nueva? ––La pregunta de Draco fue recibida con pánico por parte de Hermione y con una mirada interrogante por parte de sus padres––. Hablo de los poderes mágicos de John Albus.
Candice se llevó la mano izquierda a su boca reprimiendo un grito. Hermione bajó la cabeza concentrándose en el niño a sus pies y su padre lo miró fijamente a Draco.
––Es hijo de padres con poderes mágicos, era de esperarse.
Si la intención de Draco era intimidar y acorralar a Hermione, John estaba dispuesto a confrontarlo palabra por palabra, gesto por gesto. Él le había prometido a su hija permitir que esta visita se desarrollara tan naturalmente como fuera posible, pero no iba a permitir que Draco arremetiera llevándose el mundo por delante, imponiendo las reglas del juego enfermizo al que los estaba forzando a jugar.
––No les dijiste. ––le reprochó Draco a Hermione quien pasaba nerviosamente sus dedos por el cabello de su hijo mientras miraba airadamente a Draco.
––Tú eres el padre; lo correcto es que hayas sido informado primero. Felicitaciones a los dos. ––John intervino y aceptó el pedido de disculpas de la mirada de Hermione. Sus ojos volvieron a Draco.
––Esto significa… ––La voz temblorosa de Candice vaciló.
––Mami, nada va a cambiar. Él sigue siendo John Albus, tu nieto, al igual que yo soy Hermione, tu hija. ––Las garantías de su hija se encontraron con un par de ojos grises oscurecidos.
––Muchas cosas van a cambiar. Para empezar, te he agregado a mi cuenta de Gringotts. Ambos serán proveídos como debería haber sido desde el principio. Encontré una casa para nosotros en Hogsmeade. Me imaginé que ayudará estar cerca de Hogwarts ahora que vamos a terminar nuestros estudios. ––Sus palabras tuvieron algo del efecto esperado.
Candice se quedó mirándolo con la boca abierta, sus ojos brillando con lágrimas, suplicándole a Hermione que detuviera la locura del monstruo que estaba sentado en su sala. John perforó con sus ojos ámbar, determinados y desafiantes, a Draco y al mismo le obsequió al arrogante joven una sonrisa llena de suficiencia y velada amenaza.
Hermione tomó a John Albus en sus brazos y dando unos pasos lo depositó suavemente en los de su abuela.
––Llévatelo a caminar o a pasear en el coche, no importa. Necesito hablar con Draco y no puedo prometer que será una conversación civilizada.
El alivio se hizo evidente en los rasgos de Candice que no podía tolerar la presencia de Draco ni un minuto más. Aferrándose a su nieto sin decir una palabra, dejó la sala y la casa a través de la puerta trasera en la cocina. Los suaves llantos de John Albus se desvanecieron cuando la puerta se cerró tras de ellos.
Hermione inhaló, enderezó sus hombros y lentamente se dio vuelta. Sus ojos se encontraron con los de su padre; ellos le dieron coraje y algo de bienestar. John no pensaba irse a ninguna parte. Esta era una de las tantas batallas que Hermione tenía que enfrentar pero eso no significaba que tenía que hacerlo sola. Ya de pie, Draco acortó la distancia que los separaba. La mirada de acero de Hermione se encontró con la de Draco. Su mano derecha se aferró al teléfono móvil en el bolsillo frontal de su falda, encendiéndolo, colocando un dedo tembloroso en uno de los botones.
––No es mi intención que vivamos juntos sin estar legalmente casados. El lunes deberíamos reservar el día y la hora de nuestra boda. Entre más pronto mejor. Los Malfoy son conocidos por defender y preservar valores y tradiciones que han permanecido intactos por mucho tiempo, y ninguno de ellos incluye tener hijos fuera del matrimonio o vivir como pareja bajo el mismo techo ignorando la moral y buenas costumbres. Y tú, bueno… hoy tuvimos el gusto de ver qué y quién eres, ¿no es así? No podemos decepcionar a tus admiradores.
Sus palabras hirieron el corazón de Hermione. Clavó profundamente las uñas en la palma de su mano izquierda. Con los dientes apretados dijo:
––Te llenas la boca hablando de buena crianza, valores y tradiciones. En estos momentos ser un Malfoy significa arrogancia y desprecio a los demás. ––Hermione rió burlonamente––. ¡Los valores Malfoy! Vivimos juntos, ¿recuerdas? ¡Tuvimos un hijo fuera de matrimonio! Fiel a los valores Malfoy, manipulas, humillas y controlas a los que te rodean sin tener en cuenta sus sentimientos. No eres nada más que un matón y un cobarde.
Draco avanzó lentamente hacia ella hasta casi rozarla con su pecho.
––Entonces nos merecemos el uno al otro, ¿no? Yo soy un mortífago y tu, Hermione Granger… ¿con qué te comparó El Profeta? ––La mirada suplicante de Hermione lo hizo flaquear, pero no por mucho tiempo––. ¡Oh, claro! Algo sobre la historia muggle… una guerra, Francia… esas mujeres, tú sabes, aquellas que…
––¡Draco, ya basta! ––Hermione se encogió ante el recuerdo de ese artículo en particular. Tanto ella como Draco estaban perdiendo el control.
–¿Un cobarde? ––Ya no quedaba espacio entre ellos, Draco se aseguró de ello––. ¿Quién es el cobarde aquí? Creo haberte demostrado Hermione Granger, que cobarde no soy. No fui yo quien huyó. No soy yo el que pretende ser alguien que no soy. Hermione Granger no es más que un chiste. ¡Yo un cobarde! ¡No me hagas reír!
John se deslizó hasta el borde de su asiento. Draco se encontró con sus ojos.
––¿Le contó ella sobre su rol en la guerra, quién soy, dónde estaba ella cuando me dejó? ––Su mirada de acero retornó a Hermione––. ¿Es por mí? La gran Hermione Granger, la heroína de Hogwarts, la mano derecha del jodido niño que vivió y derrotó al Señor Oscuro, se ha percatado del error de sus actos? ¿Es por eso que no te quieres casar conmigo, ni regresar a nuestro mundo? Porque… ––Hermione casi se lanza a sus brazos. La mirada de Draco le suplicó pero sólo por un segundo––. Estoy orgulloso de ser un mago y tu no tienes derecho de privarme a mí o a mi hijo de lo que somos y a lo que tenemos derecho.
––Yo no estoy avergonzada de ti o de mi amor por ti, Draco, lo sabes, ¿verdad? ––Era su turno de mostrar algo de debilidad. Su mano buscó la de él, pero Draco la rechazó.
––Pruébalo. Casémonos, ven conmigo ––le demandó.
––Yo no pienso ir a ninguna parte contigo. Sabes de qué se trata esto y no es sobre nosotros, es sobre… la guerra, Azkabán, tu madre, lo que sucedió en las Tres Escobas. ¿Por qué no quieres hablar conmigo Draco? ¿Por qué haces esto? ––frustrada, Hermione levantó su brazo haciéndolo girar en el aire––. Tu no eres así y lo sabes. ––le dijo valientemente cuando interiormente se sentía desfallecer. Mordiéndose el labio inferior luchó por controlar sus emociones.
––Aún así, a pesar de ello, parece ser que soy bueno para una cosa, ¿no? El viaje de hoy en el Hogwarts Express es uno que jamás olvidaré. ––En un abrir y cerrar de ojos John se encontró cara a cara con Draco. Uno sólo tenía que ver la mirada de Draco recorriendo lujuriosamente el cuerpo de Hermione para comprender a qué se refería. Ya era suficiente.
Su hija reaccionó aún más rápido. Hermione abofeteó a Draco con fuerza.
––¡Tu, hijo de puta! ¡Bastardo! ––Sus entrañas se revolvieron y comprimieron dolorosamente––. Vete Draco ––le ordenó lívida, quemándolo con su mirada iracunda.
––Váyase, Señor Malfoy. Este es el hogar de Hermione y usted ha extendido su bienvenida. ––Dijo John tomando a Draco por el brazo. Furiosamente, Draco se zafó de la mano en su brazo.
Los ojos grises y helados de Draco desafiaron y amenazaron a Hermione.
––Tu tienes a mi hijo, recuerda con quien estás lidiando, Hermione. Tengo derechos, lo veré cuando quiera, donde yo quiera. Ya sea en el mundo muggle o mágico, yo soy su padre. A mi hijo no le será negado su patrimonio; yo me aseguraré de ello.
Mientras Draco se iba golpeando la puerta detrás de él, Hermione colapsó en los brazos de su padre, llorando inconsolablemente.
