Dejó el segundo cuaderno ya acabado en sus rodillas. Suspiró pesadamente, notando cómo la cabeza le daba vueltas, mientras que sus pensamientos bullían como un remolino en su mente. En ninguna de las veces que había estado con Sarah, se hubiera imaginado que esa adorable anciana había luchado en la Primera Guerra Mágica y que hubiera trabajado en Hogwarts. Y luego estaba el simple hecho de que era pariente casi directa del famoso Niño que Vivió. Cogió el tercer cuaderno con la intriga atenazando su garganta. Lo abrió y comenzó a leer con avidez.
Los alumnos habían vuelto a sus respectivas casas por vacaciones, brindando al colegio la tranquilidad característica ante la ausencia de los mismos. En ese año, muchos profesores habían optado por quedarse a pasar las fiestas en Hogwarts, pues tenían que organizar muchas clases y corregir varios exámenes, además de que Dumbledore les había pedido, a los que pudieran, asistir al banquete de Navidad que se celebraba la noche del 24 de Diciembre. Yo me quedé en el colegio también. Me encantaba el ambiente que se respiraba en él en esas fechas tan señaladas.
Ayudé encantada con la magnífica decoración del castillo. Algunos integrantes del coro se habían quedado también en la escuela a pasar las Navidades. Mientras adornaba con ellos los inmensos árboles que Hagrid conseguía del Bosque Prohibido, cantábamos alegres villancicos o hablábamos de las posibles canciones que podíamos cantar en nuestros próximos conciertos.
Todas las vacaciones transcurrieron con paz, armonía y alegría, sentimientos típicos en esos días. En mi interior, sentía cierta pesadumbre, pues a pesar de que los meses habían calmado mi corazón herido de las consecuencias de la Primera Guerra, no podía evitar echar de menos a mi familia, tanto la que estaba viva como los fallecidos. Digamos que estaba en proceso de superar todo lo vivido en los años anteriores. Mi mente aún no estaba del todo acostumbrada a la paz que vivíamos en ese tiempo, la cual prometía ser duradera, por no decir indefinida. Sólo me quedaba la opción de aceptar que era una superviviente, aunque en lo más profundo de mi ser, sabía que no era así.
Una tarde a finales de las vacaciones, estaba preparando el aula para un nuevo trimestre. Engrasé los martillos del piano de cola, el cual seguía sonando todas las noches. Llegué a imaginar incluso de que se trataba de la Dama Gris, el fantasma de Ravenclaw, pues cada vez que impartía las clases de música, siempre aparecía silenciosa mientras escuchaba los cantos de los niños y la melodía de los instrumentos. A mí no me importaba, mientras que no fuera Peeves, cualquier ánima atormentada con su pasado tenía plena disposición de los instrumentos musicales para calmar sus desgracias.
Estaba acabando de acicalar las teclas blancas como perlas del instrumento cuando, en un descuido, di un golpe al frasco de poción engrasante el cual cayó con un estrepitoso ruido, derramando su contenido y rompiéndose en mil fragmentos. Murmuré varias maldiciones ante la torpeza de mis actos mientras recogía y limpiaba el estropicio con un suave movimiento de varita. Suspiré decepcionada al ver que no quedaba más poción y caí en la cuenta, de forma desagradable, que tendría que ir a pedir más al profesor de Pociones. No es que tuviéramos una relación muy estrecha, pero tampoco era tan mala como la del año pasado. Digamos que nos tratábamos con respeto, sin lanzar indirectas sarcásticas ni críticas envenenadas. Era simplemente un compañero más.
Salí del aula con paso decidido. Tenía entendido que el despacho del profesor se encontraba en las mazmorras del castillo también. Nunca antes había visitado esa zona, no por nada, sino porque había otras zonas de Hogwarts en las que me sentía realmente a gusto en lugar de estar rodeada de piedra mohosa y humedad.
No me costó mucho trabajo encontrar las mazmorras, simplemente tenía que bajar las escaleras pasando la planta del vestíbulo. Me encontré con un pequeño vestíbulo iluminado débilmente por antorchas que eran sostenidas por dos serpientes. Había entrado en el territorio de Slytherin. Tragué saliva, sintiendo un gélido escalofrío recorrer mi espalda. Pasé por un arco de piedra, adentrándome en un alargado y ancho pasillo el cual enraizaba con otros pasillos más estrechos, convirtiéndose en un extenso laberinto que me imaginé que ocupaba la mayor parte del castillo.
En el pasillo había varias puertas de color negro con rótulos que indicaban el número de mazmorra que se trataba. En un cruce, vi una de las puertas abiertas en el pasillo que doblaba la esquina. Un enorme letrero donde rezaba "Despacho profesor S. Snape" coronaba una puerta un tanto diferente al resto. Una pálida luz centelleante salía de la pequeña rendija que dejaba la puerta. Abrí con cuidado empujando la madera.
-¿Profesor Snape?-pregunté en voz alta y clara. Mi voz retumbó en las paredes, formando un leve eco. Daba la impresión de que estaba en el interior de una bestia que dormitaba, pues me daba la sensación de que mi voz había estremecido las paredes de ladrillo de la estancia.
Entré en el despacho, observando todo a mi alrededor. Un fuerte olor me dio la bienvenida. Era una mezcla de humedad y especias extrañas, además de putrefacción. Las paredes oscuras estaban llenas de estantes con grandes jarras de vidrio las cuales contenían cosas viscosas, repugnantes… como, por ejemplo, trozos de animales y plantas flotando en pociones de diferentes colores, incluso animales enteros sumergidos. Había una pequeña ventana con un caldero en la repisa y varios instrumentos que supuse que eran para pociones. Justo en frente, un escritorio sencillo tenía varios libros encima, junto a plumas y frascos de tinta. Para ser un muchacho recto y serio, el orden de su despacho no lo describía como tal. En el fondo, había un armario, suponía que era de ingredientes y más herramientas. Al otro lado de la sala, dos sillones estaban en torno a una fría chimenea, la cual parecía que no hubiera sido encendida nunca.
El lugar presentaría un aspecto lúgubre y poco iluminado si no fuera por la luz brillante que procedía de una especie de cuenco de metal que recordaba a un plato de sopa ovalado. Estaba sobre uno de los sillones que había junto a la chimenea. Había oído hablar de esos objetos mágicos, pero nunca había visto uno con mis propios ojos. Me acerqué a él con cautela, mirando a todos lados. No había rastro del pocionista. Recordé que él mismo había entrado en mi despacho y se había esperado a que volviera de mis asuntos. ¿Por qué no iba a hacer yo lo mismo?
Miré la superficie líquida/gaseosa que se arremolinaba en el recipiente. Saqué mi varita y la moví por ésta, haciendo que los remolinos dieran lugar a varias imágenes difusas. Tragué saliva y volví a mirar a mis lados. El corazón me latía con fuerza en mi pecho y mi mente elaboraba una idea con tintes de locura. Acerqué mi mano abierta al fluido que recordaba al mercurio y mi dedo corazón rozó sutilmente el plano de remolinos. Como si alguien me hubiera empujado por la espalda, caí al vacío. Grité de sorpresa, mientras unas hebras de plata tejían una escena. Caí al suelo, escuchando el ruido de lo que parecía una taberna. Me levanté del suelo sin ningún rasguño ni contusión y miré a mi alrededor.
Me encontraba en una especie de taberna. La única que conocía era las Tres Escobas, la cual solíamos visitar los Potter, Sirius, Remus, Peter y yo cuando estábamos en Hogsmeade vigilando que los mortífagos no atacaran el pueblo ni el castillo. Aquella en concreto no tenía nada que ver con la que frecuentaba hacía ya cuatro años. Los magos con aspecto desaliñado que visitaban la taberna pasaban a través de mí sin percatarse de mi presencia. Al fondo, había un pasillo con varias habitaciones. En una de ellas, había una silueta negra pegada a una de las puertas llamó mi atención. Me acerqué, notando un ligero vuelco en mi estómago al ver de quién se trataba.
Era Severus Snape.
Su rostro no tenía nada que ver con el Severus que había conocido en mi ingreso en Hogwarts. Sus facciones eran lisas, brillantes bajo la luz de la antorcha. Su característica nariz aguileña seguía estando, aunque en aquella ocasión, todo en conjunto, daba un aspecto más juvenil que el que tenía en la actualidad. En una de sus manos, agarraba un periódico arrugado, quizás de haberlo usado para ocultarse de miradas indiscretas. Me acerqué al noticiero para ver la fecha. Diciembre de 1979. Sentí cierto malestar en el estómago al recordar que en esa fecha estaba en Hogsmeade, preparándome para la boda de Lily y James. Un nudo apareció en mi garganta.
Snape tenía la cabeza pegada a la pared, como si estuviera escuchando a través de la puerta. Hice lo mismo, apoyándome ligeramente mi oído en la madera. Reconocí la voz de Dumbledore, el cual hablaba en voz un tanto confidente con una mujer a la que reconocí en cuanto habló. No era nada más ni nada menos que la profesora Trelawney.
-…Nacido de los que lo han desafiado tres veces, vendrá al mundo al concluir el séptimo mes... Y el Señor Tenebroso lo señalará como su igual, pero él tendrá un poder que el Señor Tenebroso no conoce…-logré escuchar de la boca de la profesora. Tragué saliva e intenté entrar en la habitación, pero había una especie de lazo que me lo impedía. Caí en la cuenta de que estaba en los recuerdos del pocionista, por lo que no podía hacer otra cosa diferente a lo que él hizo en su momento.
-¿Qué haces aquí? ¿Espiando a escondidas, muchacho?
La voz de un camarero hizo que Snape se levantara de golpe, tirando el periódico al suelo.
-No le incumbe lo que esté haciendo aquí-respondió mientras se metía la mano bajo la túnica, buscando posiblemente su varita. El camarero frunció el ceño, molesto ante la contestación del joven.
-Deberías de marcharte de aquí. No se te ha perdido nada.-dijo secamente, señalando la salida del local. Severus hizo una mueca, lanzando una mirada amenazadora a su interlocutor, como si estuviera a punto de lanzarle una maldición. Pero ocurrió todo lo contrario. Con su característico paso firme, caminó por el pasillo, a la salida del local. Parecía que no quería problemas. El camarero fue tras él para impedir que volviera al lugar donde se lo había encontrado.
Las hebras plateadas volvieron a hacer acto de presencia mientras seguía al profesor de pociones a la salida. No me dio mucho tiempo para reflexionar con lo que había visto, pues inmediatamente, estaban tejiendo otra escena. Cuando me di cuenta, paré de caminar. Estaba en el interior de una mansión.
La figura de Severus apareció en escena. Le seguí subiendo las escaleras. Entró en un enorme salón, decorado con ricos tapices. Una mesa alargada estaba en el centro de la sala, mirando hacia la enorme chimenea que había en el fondo. La estancia no presentaba otra decoración más que los tapices. Todo estaba cubierto de polvo. Las ventanas estaban cerradas con unas gruesas cortinas.
-Severus…
La voz procedía de un sillón de respaldo alto que estaba mirando al fuego. El sonido sibilante de esas palabras hizo que el vello se me erizara y el miedo me invadiera. Conocía bien esa voz. Me perseguía todas las noches en mis pesadillas, acompañada de su gélida risa. Tragué saliva y me quedé clavada en el sitio, respirando entrecortadamente. Sabía que Lord Voldemort no podía advertir de mi presencia, pues estaba en un recuerdo… pero la escena era tan real, que parecía que estaba allí de verdad.
Snape, que estaba a mi lado, se acercó al sillón. Clavó su rodilla izquierda en el suelo e hizo una leve inclinación de cabeza, en señal de respeto y, sobre todo, sumisión.
-Amo…-susurró sin cambiar su postura. Al escuchar esa palabra con tal devoción, hizo que un regusto ácido se instalara en mi boca-Le traigo una información que puede interesarle… He hecho lo que me mandasteis, he espiado a Dumbledore y he escuchado algo que le incluye a usted. Una profecía…
-Te escucho-vi la mano blanca de Voldemort apoyarse en el reposabrazos.
-Alguien nacido en el séptimo mes dentro del seno de unos magos que le han desafiado tres veces, tendrá un poder que usted no conocerá… y que puede acabar con su vida.
Voldemort se removió en el sillón. Vi que su mano se convertía en un puño.
-¿Sabes de quién se trata?-siseó de forma peligrosa, pudiendo percibir la furia que destilaban sus labios inexistentes.
-No, mi señor… casi me descubren… y… y…-en las palabras del Snape pude notar el miedo que seguramente sentía en su interior. Nunca había visto así al pocionista. El mago oscuro hizo aparecer su varita y apuntó con ella al profesor.
-¡Sectumsempra!
Un grito de dolor inundó la estancia, el cual me sobrecogió por dentro. Yo seguía en mi sitio mirando la escena con los ojos como platos. Severus se retorcía en el suelo, con un gesto de verdadera aflicción en el rostro, lo cual hizo que un leve sentimiento de lástima apareciera en mi interior por unos instantes. La moqueta del suelo empezó a mancharse de sangre de la herida que cruzaba el pecho del joven.
-No has hecho bien tu trabajo…-dijo el Lord mientras escondía de nuevo la varita tras el respaldo. Severus se incorporó y se arrodilló junto al sillón. Era un amasijo de tela oscura que temblaba.
-Lo si… sien…-comenzó a musitar, pero el mago oscuro le hizo una señal con su mano. Agarró la barbilla del joven, alzándole la mirada. El rostro del pocionista estaba pálida como la cera y en sus ojos oscuros aún se veía la sombra del pavor reflejada en ellos.
-… pero has sido muy útil-le cortó Voldemort-Me has proporcionado una información importante, lo que me demuestra que eres un siervo fiel y bueno… puede que te utilice para encargos de alto nivel si sigues así, Severus.
El rostro de Snape pasó de ser doloroso a aliviado. El mago oscuro soltó su barbilla casi con desprecio.
-Gracias, amo… es un… un… honor.
-Dame tu brazo… tenemos que llamar a los demás.
El joven se remangó la túnica, dejando ver una calavera oscura y grotesca en su antebrazo, con una serpiente saliendo de su boca. El dedo delgado y pálido del Lord la acarició levemente, haciendo que se oscureciera al instante. La escena volvió a deshilacharse a causa de las fibras plateadas. Cambié de escena, estando en el mismo salón. Ahora había varias figuras sentadas en la mesa alargada.
-Gracias al magnífico trabajo de Severus…-la voz de Voldemort volvió a sonar. Vi a Snape sentado con una cara de satisfacción y orgullo, curvando sus labios en una pequeña sonrisa de triunfo-…sé a quién debo de aniquilar para conservar mi poder y así evitar que cualquier profecía se cumpla…
-¿Qui… quién amo?-preguntó uno de los hombres sobre el murmullo que se había formado ante tales palabras. Tenía el pelo largo, plateado y sus facciones eran afiladas. Voldemort rió de forma que el miedo que tenía se acentuó más.
-Necesito una partida para buscarles…-siguió hablando, haciendo caso omiso a la pregunta-Después de mucho meditar, he llegado a la conclusión de que son un matrimonio joven, cuyo hijo ha nacido a finales de Julio…-todos lo observaban expectantes. Snape estaba henchido de orgullo.-James Potter y su esposa…
El rostro orgulloso de Severus desapareció, haciendo que una palidez mortal lo invadiera. Se derrumbó un poco en su asiento, como si fuera un globo desinflándose. Al parecer, nadie notó su cambio de comportamiento. En ese instante, la escena cambió. Estaba en una casa diferente, aunque no tanto como en la que había estado Lord Voldemort. Había cinco personas de pie, cuchicheando. Pero yo sólo escuchaba sus voces, sin prestar demasiada atención. Mi mente había empezado a funcionar, encajando las piezas de todas aquellas escenas, rozando con la punta de mis dedos la verdad que contenían y que dolorosamente me costó aceptar.
-Tenemos a tres de sus miembros en las mazmorras… tenemos que hacer algo con ellos…-susurró una mujer de pelo oscuro y rostro delgado. Sus ojos eran el vivo reflejo de la locura y su voz me resultaba desagradablemente familiar: Bellatrix Lestrange.
-Hay que sacarles información del paradero del Señor Tenebroso… no hay tiempo que perder…-dijo un hombre con el pelo color pajizo y un tic en la lengua-Sino, él nos castigará…
-¿Y si no colaboran?-preguntó una tercera voz.
-Los mataremos, por supuesto…-dijo una sobresaltada Bellatrix, sacando una afilada daga de plata.
-A mí me dejáis a la chica…-dijo la voz de Severus.-Es demasiado valiosa para el Señor Tenebroso…
De pronto, sentí unos dedos clavándose en mi brazo. Ahogué un grito de dolor, mientras veía la estancia alejarse. Cerré los ojos con fuerza, sintiendo todo darme vueltas. Mi cuerpo cayó sobre la fría piedra del suelo, sintiendo un dolor en mi costado.
-No sé si alguna vez le han enseñado no meter las narices donde no le importan, profesora…-la voz pausada del verdadero Snape se clavó en mis oídos, cargada de furia peligrosamente contenida.
Abrí los ojos y me encontré al profesor de pie, junto al pensadero. Su rostro estaba contraído en un rictus de furia y sus ojos brillaban amenazadoramente. Respiraba profundamente, haciendo que las aletas de su nariz se abrieran y se cerraran agitadamente.
Tragué saliva, presa del pánico.
Sin pensarlo, me incorporé torpemente y salí corriendo de la estancia, con todas mis fuerzas.
