De vuelta. Con nuevo capítulo.

DIsclaimer: no poseo pokémon, solo los de las cajas en el juego.


Autor: Lennon/McCartney. Año: 1968. Álbum: The Beatles (también conocido como el álbum blanco.)


— Señores pasajeros, hemos llegado a nuestro destino, el aeropuerto de Moscú. Por favor, permanezcan en sus asientos y no se quiten el cinturón de seguridad hasta que el avión haya llegado a la terminal.

Oculta en una poké ball escondida en lo más profundo del compartimento de equipajes de la aeronave, una silueta sonrió cuando sus oídos captaron aquel mensaje, sobreponiéndose a la distancia y al poderoso ruido de los motores. Ya estaba aquí. Había llegado.

El piloto del avión levantó el dedo del micrófono, que cerró la conversación con un breve chasquido, antes de recostarse en su asiento y exhalar un largo suspiro.

— Por fin en casa, maldita sea —murmuró. Su copiloto, un hombre de mediana estatura, cabello rubio y ojos marrones que vestía el uniforme negro de la compañía, volvió la mirada hacia él y asintió con una gran sonrisa en su rostro.

— Y que lo digas, Sergey. Incluso compartiendo, estos vuelos de catorce horas son un asco.

El piloto rio brevemente, y después contestó:

— Completamente, Andrey. No sé qué es peor, si las catorce horas aquí encerrados o el cochino jet-lag —agregó mientras ponía rumbo a la terminal.

— El jet lag, sin duda —respondió él, estirando los brazos por encima de su cabeza—. Estás unos pocos días mareado, sin saber qué hora es, te pasas las noches despierto y encima no hay modo de quitárselo de encima hasta que se va.

La silueta, que se había mantenido atenta en todo momento a la conversación de los dos hombres a pesar de que sus oídos apenas la percibían como un susurro enormemente amortiguado por el estruendo de los motores, cerró los ojos con impaciencia por aquellas frases tan inútiles e insulsas. No había nada en ellas que no supiera, y estaba ansiosa por sentir de nuevo la libertad de estar fuera de su poké ball.

— Lo sé —murmuró Sergey en tono de resignación mientras pisaba con fuerza el freno del avión; y menos de diez segundos después este se detuvo por completo—. Lo he vivido por lo menos cien veces, pero no hay manera de acostumbrarse.

El copiloto no respondió. Tenía las manos ocupadas en conectar un reproductor de casettes al micrófono del avión; y una amplia sonrisa de picardía adornaba su rostro.

— No fastidies, Andrey —dijo el piloto, aparentando estar molesto aunque en realidad no podía contener la risa—. ¿Otra vez?

El copiloto asintió con brevedad, y en cuanto la conexión estuvo lista pulsó en rápida sucesión el botón que activaba el micrófono y el botón de reproducción. Diez segundos después, los primeros acordes de la canción "Back in the U.S.S.R." sonaban en los oídos de los sorprendidos pasajeros.

Poner aquella canción cada vez que aterrizaban en la Unión Soviética era el chiste recurrente del copiloto. Lo había hecho por primera vez algunos meses atrás; algo que en aquel momento casi le había costado el puesto por poner música capitalista y enemiga en el avión, pero que desde entones la dirección de la compañía aérea había tolerado. Tal vez fuera por la letra y su exaltación de las cualidades del país, aunque nunca habían dicho nada al respecto.

Los labios de la silueta se curvaron en una amplia sonrisa al oír aquellas notas tan familiares. A ella no le gustaba en absoluto la música pop que se había hecho tan popular desde el inicio de la década; pero aquella canción era la excepción a su desprecio por el género. Al contrario que el resto, esta le gustaba. Porque cada vez que la oía, los recuerdos de su infancia en las heladas estepas siberianas volvían a su mente. Recuerdos felices junto a la familia humana que la adoptó antes de que su vida diera un giro de ciento ochenta grados y se separaran para siempre.

Sumergida en sus recuerdos, la silueta movió sus manos hasta encontrar el colgante en forma de corazón que llevaba colgado del cuello, y lo abrió. Aunque en la oscuridad del compartimento de equipajes no podía ver la foto que contenía, la acercó lentamente a sus labios y la besó con ternura.

— Yuri… —susurró, pasando la mano con delicadeza por el cristal que cubría la fotografía—. He vuelto a casa. Estoy en casa.

Un repentino traqueteo resonó en el interior de la bodega, pero solo cuando la luz proveniente del exterior atravesó su pokéball la silueta cerró el colgante y lo dejó caer sobre su pecho. Los nervios se apoderaron de su cuerpo, creando nudos en su vientre y Butterfree que revoloteaban libremente por la boca de su estómago; pero ella trató de suprimirlos lo mejor que pudo, que resultó ser bastante bien.

La verdadera aventura comenzaba ahora.

Un operario se introdujo en el compartimento de equipajes, y sin ninguna delicadeza se cargó al hombro la caja con las poké ball que había al fondo. A pasos rápidos, recorrió la bodega soltando múltiples juramentos en ruso y cuando estuvo fuera la depositó sobre una pequeña estructura de hierro próxima a una cinta transportadora. La silueta sonrió. No era la primera vez que viajaba en avión, y sabía que aquel era el método que empleaban las compañías aéreas para devolver los pokémon a sus entrenadores.

Sin embargo, en cuanto el mismo operario tomó su poké ball y la dejó caer sin cuidado sobre la cinta transportadora, el nerviosismo volvió a ella y con más fuerza aún. Antes de montarse en el avión, en el aeropuerto de Miami, le habían dicho que en Moscú debía encontrarse con un humano joven, alto, rubio y de ojos azules. En un intento por calmarse, comenzó a repasar mentalmente los rasgos del humano que debía recogerla; pero enseguida descubrió que aquello la intranquilizaba más todavía. Si el que abría su poké ball no respondía a esas señas, entonces su aventura habría acabado incluso antes de empezar.

La poké ball que la contenía cruzó una cortina de cintas negras, haciendo que se bambolearan irregularmente, y se adentró en la sección de la cinta que estaba dentro del propio edificio del aeropuerto. Ansiosa, la silueta miró hacia fuera con las manos sobre sus orejas para aislarse del ruido exterior, tratando de descubrir entre la multitud reunida en sus bordes al contacto que le habían descrito. Pero ninguno correspondía a sus señas.

De repente, la silueta sintió que una mano alzaba su poké ball, y su nerviosismo le hizo soltar un pequeño grito de pánico que nadie, excepto ella, escuchó. Su destino estaba a punto de decidirse. Inhaló una bocanada de aire, y trató de calmarse. Si todo debía acabar allí, quería que lo hiciera con ella mirándole orgullosamente de frente.

El humano lanzó la poké ball, y la pokémon sintió que se transmutaba en un rayo de brillante energía roja. En menos de un segundo, salió del interior de la esfera metálica, se condensó hasta adoptar la característica silueta de su especie y se disipó,dejando a la pokémon sobre el suelo de mármol del edificio.

— Vladimira —dijo una voz joven, pero grave y rasposa, como si le costara pronunciar las palabras, detrás de ella.

Al oírla, la pokémon sonrió, completamente tranquilizada. Había oído con anterioridad aquella voz de haber hablado con él por teléfono antes de embarcar en el aeropuerto de Miami con destino a la Unión Soviética, durante la conversación en la que habían acordado que él la recogería y en la que él mismo le había dado sus señas. Con celeridad, se dio la vuelta para quedar frente a frente con el joven y enseguida constató que, en efecto, se trataba de su contacto.

— Iósif —respondió con una sonrisa.

Sin embargo, Iósif no le contestó inmediatamente, sino que estaba ocupado examinando a la pokémon con una expresión de concentración. Una por una, iba examinando todas las características que le habían descrito, asegurándose con minuciosidad de que las cumpliera. Una Audino, de aproximadamente un metro de alto, grandes y brillantes ojos azules, amplias orejas rosas con largas prolongaciones crema, piernas cortas y regordetas del mismo color, una cola blanca y peluda con la punta negra y un colgante de oro con forma de corazón colgando de su cuello. No había duda, se trataba de la pokémon que le habían descrito.

— Así que tú eres Vladimira —dijo, poniéndose en cuclillas y colocando una mano sobre la cabeza de la pokémon—. Encantado. Yo soy Iósif. —Se levantó, giró la cabeza por encima del hombro y echó una mirada a sus espaldas, como si temiera que alguien pudiera oírles—. ¿Sabes qué? Tienes unos preciosos ojos cian.

Los ojos de Vladimira se abrieron de golpe, pero enseguida se forzó a entrecerrarlos y poner una sonrisa pícara en su rostro. Aquella era la contraseña que habían acordado recitar para reconocerse. Ya no cabía duda de que Iósif era el contacto del que le habían hablado.

— ¿Vienes a recogerme o a ligar conmigo? —repuso ella, divertida; pero en realidad su respuesta era la segunda parte de la contraseña.

— De nada, pequeña —respondió Iósif, fingiendo que no había comprendido sus palabras y aceptándolas tácitamente—. ¿Nos vamos a casa? Estarás agotada después de catorce horas de vuelo, y mañana tienes que trabajar.

Vladimira asintió, y no solo porque estuviera exhausta. Antes de salir de Miami, le habían explicado que su contacto le daría los detalles de su misión una vez estuvieran en su casa de Moscú.

— Vamos —dijo.

Como Vladimira, por ser una pokémon, no traía consigo ningún equipaje, pudieron ponerse en camino enseguida. Cogidos de la mano para evitar perderse entre la multitud que discurría por el aeropuerto, pokémon y humano salieron de las cintas transportadoras y se adentraron en el edificio principal.

Sin embargo, nada más entrar por la puerta encontraron la primera barrera: el control de pasaportes.

— No te preocupes, lo tengo todo bajo control —le susurró Iósif al oído, sacando unos papeles del bolsillo de su pantalón al tiempo que se colocaba en la cola reservada a los que introducían pokémon extranjeros en el país—. Me enviaron todos tus papeles por correo antes de que llegaras. Los he comprobado y están en regla.

Vladimira sonrió, más tranquila, y se dedicó a observar al hombre gordo y con cara de pocos amigos que se ocupaba de comprobar si la documentación era válida. Por su rostro y por la manera en que sonaban los latidos de su corazón, suaves y regulares, la pokémon podía decir que estaba aburrido, por lo que con toda seguridad se limitaría a hacerlos pasar con rapidez y no les pondría ninguna dificultad para entrar en el país. De hecho, la cola avanzaba a buen ritmo, y nadie tardaba más de un minuto en pasar la inspección; de modo que en apenas tres minutos se encontraron frente a a ventanilla.

Una vez allí, el hombre les pidió los documentos de identidad de la Audino, que Iósif le entregó con una sonrisa. El hombre los cogió con la mano izquierda, los hojeó durante unos instantes que a los dos se le hicieron eternos, y al fin pidió ver a Vladimira.

— Todo está bien —les dijo en tono neutro y sin mudar en lo más mínimo la expresión de su rostro—. Es solo para comprobar que la pokémon coincide con las fotografías. A veces han intentado robar pokémon y pasarlos por la frontera.

Algo más tranquila, pero aun así bastante nerviosa, Vladimira subió a la ventanilla ayudada por Iósif. Una vez allí, el encargado miró alternativamente a la pokémon y a las fotos incluidas en su documentación, prestando mucha atención a ambas; y tras algo más de medio minuto de escrutinio declaró:

— Sí, son la misma. Todo está en regla. —Devolvió los papeles a Iósif y le ayudó a bajar al suelo a Vladimira—. Puede pasar. Bienvenidos a la Unión Soviética, camaradas.

El joven murmuró una expresión de agradecimiento, y después penetró junto con la pokémon en la sala principal del aeropuerto. Esta era una amplísima estancia de al menos doscientos metros e largo por treinta de ancho, de paredes y techo blancos y suelo de mármol, abarrotada de personas y pokémon, muchos cargados con maletas, que iban y venían en todas direcciones o esperaban su turno para facturar su equipaje en uno de los muchos mostradores que había en la pared del fondo. Encima de ellos, un enorme panel electrónico colgado sobre la pared informaba con grandes letras verdes a los viajeros de las horas a las que debían salir o llegar los vuelos.

Los dos caminaron por la estancia en dirección a la puerta de salida. Iósif lo hizo mirando a los lados cada cierto tiempo como si estuviera buscando a alguien entre la multitud; Vladimira, con los ojos fijos en la puerta y deseando salir de allí cuanto antes. Odiaba las grandes aglomeraciones de gente, no porque le incomodara la cercanía de tantos humanos ni porque al ser mucho más pequeña que ellos pudieran tirarla fácilmente al suelo sin ni siquiera darse cuenta; sino porque su hiperdesarrollado sentido del oído captaba con asombrosa facilidad cualquier sonido cercano. Y en aquel lugar eso implicaba oírun continuo maremágnum de pasos y conversaciones que resonaban en sus oídos y sobrecargaban su cerebro, provocándole un fuerte dolor de cabeza. Dolorida, la Audino trató de cubrirse las orejas para aminorar su sufrimiento, pero los sonidos seguían filtrándose a través de sus manos y entrando en sus oídos.

Por suerte para ella, ambos tardaron menos de un minuto en cruzar la puerta y salir al exterior, pero todavía tuvieron que transcurrir al menos treinta segundos hasta que estuvieron lo suficientemente alejados como para que el dolor de cabeza de Vladimira se redujera considerablemente, a si bien aún no había terminado de desaparecer del todo. Para entonces, ya estaban en el aparcamiento. Vladimira e Iósif caminaron entre decenas de automóviles, todos ellos modelos antiguos de fabricación soviética en colores oscuros o brillante rojo revolucionario, hasta que por fin llegaron al coche de Iósif, un pequeño utilitario negro de dos plazas del año cincuenta y cinco.

— ¿Te gusta? —le preguntó a Vladimira, que se dedicaba a observarlo desde delante—. Tuve que estar doce años en lista de espera, y eso que pagué a uno o dos funcionarios para subir unos pocos puestos. —Introdujo una llave en la cerradura, la hizo girar y abrió la puerta del conductor—. Venga, abre la puerta y siéntate —dijo, señalando la puerta enfrente de la pokémon y el asiento junto a él alternativamente.

Encogiéndose de hombros, Vladimira subió el picaporte e hizo lo que el joven le decía. Se puso de pie sobre su asiento para colocarse el cinturón de seguridad, y volvió a sentarse para ajustárselo bien. Después, lo miró con una mezcla de ligera molestia y resignación. Como el coche había sido diseñado para humanos, no había manera de que a ella le quedara bien, y dudaba mucho que la protegiera en caso de que tuvieran algún accidente. Pero ella prefería pensar que tal vez sirviera de algo.

— ¿Estamos muy lejos de casa? —preguntó ella al tiempo que Iósif introducía la llave en el contacto y arrancaba el vehículo. El ruido del motor era bastante molesto y muy repetitivo, pero por suerte no tenía la fuerza suficiente como para provocarle dolor de cabeza.

—Quince minutos, aunque depende del tráfico —respondió él, metiendo la marcha atrás y dirigiendo el coche hacia la autopista—. Pero en un jueves de mitad de febrero no creo que haya mucho movimiento en las carreteras. Menos mal que vivo en las afueras.

Vladimira cerró los ojos y suspiró brevemente antes de asentir con brevedad. Por primera vez desde que se había montado en el avión notaba lo agotada que estaba. Tenía mucho sueño, se le cerraban los ojos y además se sentía algo mareada; lo que no sabía muy bien si atribuir al paseo en coche o al jet lag. Pero todavía no podía dormirse. Tenía que permanecer despierta al menos hasta que llegaran a casa de Iósif y le dieran los detalles de su misión.

— ¿Estás cansada, Vladi? —preguntó Iósif, y la Audino exhibió una sonrisa cansada ante aquel mote, que no le gustaba demasiado. Ya habían dejado atrás el aeropuerto, y ahora circulaban por la autopista buscando la salida al suburbio en el que estaba la casa de Iósif.

— He pasado catorce horas metida en ese avión, además del jet lag —respondió ella, estirando el cuello para poder mirar por la ventana—. ¿Qué esperabas?

Iósif se encogió de hombros, y Vladimira sacudió la cabeza mientras fijaba su vista en un punto el exterior. Como era de esperar del gélido y riguroso invierno ruso, la nieve cubría los campos con un prístino y virgen manto blanco; y los escasos árboles que se podían ver, pinos y abetos en su mayoría, tenían sus ramas cubiertas de nieve, de la que sobresalían pequeñas agujas verdes. No había ningún pokémon a la vista, y los únicos sonidos que se podían oír eran el motor del coche y sus ruedas rodando sobre el asfalto en mal estado.

La nieve sobre los campos también le traía recuerdos, pero esta vez incluso más lejanos que los que le evocaba la canción que habían puesto los pilotos al aterrizar. La nieve y el frío eran uno de los primeros recuerdos de su vida, tal vez solo posteriores a la madriguera excavada en la tierra en la que había nacido y a los rostros de sus padres. Habían vivido juntos durante algo más de un año, hasta que el invierno hizo acto de aparición; y con él la ventisca.

Vladimira apartó la vista de la ventana, y volvió a fijarla en el salpicadero de plástico negro. Los recuerdos de aquel momento decisivo se habían introducido en su pecho, enroscándose alrededor de su corazón y oprimiéndolo con fuerza. Podía sentir una pequeña fuerza presionando en sus glándulas lagrimales; y sacudió con fuerza la cabeza para librarse de ella.

— Por cierto, ¿Vladi? —preguntó en un intento de dirigir su mente hacia otros pensamientos más alegres.

— Ah, ¿no te gusta? —replicó Iósif, y justo después activó el intermitente para indicar que giraría a la derecha en la próxima salida.

— No demasiado. Me da la impresión de que me están infravalorando.

El joven asintió con la cabeza, tomó la salida de la izquierda en la primera rotonda y dijo:

— Bueno, pues entonces te llamaré Vladimira. No te molesta, ¿verdad?

La Audino no dijo nada, sino que simplemente sonrió y volvió a mirar por la ventana. Ya habían abandonado el campo blanco, y a ambos lados de la carretera comenzaban a aparecer bloques de viviendas en ladrillo rojo de cinco o seis pisos de alto. Apenas dos o tres minutos después, estos comenzaron a ser sustituidos por bloques prefabricados de más de diez pisos y que exhibían en sus fachadas el gris del hormigón con que estaban fabricados.

— Ya estamos cerca —dijo Iósif, y giró a la izquierda para no saltarse una señal de prohibido el paso. Después, giró dos veces a la derecha y salió a la calle de la señal—. Es el que está justo a tu derecha.

Curiosa, la pokémon miró el edificio que le habían indicado; pero enseguida volvió la vista al interior del vehículo. Era exactamente igual que el resto, sin nada, excepto una bandera de la República Autónoma Socialista Soviética de Yakutia colgada en uno de los balcones más bajos, que lo distinguiera del resto.

Vladimira sonrió al ver la bandera. Sin duda, el que viviera allí sería siberiano, como ella. Y eso le gustaba.

Mientras tanto, Iósif ya había aparcado el coche y salido por su puerta. Vladimira lo imitó, y caminó hasta la puerta del bloque a la espera de que él le abriera la puerta. Un segundo después, él llegó e introdujo la llave en la cerradura. A pesar de las dos capas de ropa que llevaba puestas, tiritaba de frío.

— Uf, maldita temperatura —se quejó sin dirigirse a nadie en particular al tiempo que se frotaba los brazos con las manos para entrar en calor—. ¿Tienes frío, Vladimira?

Vladimira negó con la cabeza, intentando reprimir una sonrisilla. Si sus estimaciones eran correctas, la temperatura era de apenas veintidós grados bajo cero; bastante más alta que las temperaturas que había vivido en su infancia.

— Soy siberiana —dijo con suficiencia, pero al mismo tiempo tratando de sonar lo menos despectiva posible—. Estoy acostumbrada a inviernos de cuarenta y tantos bajo cero. Esto no es más que fresquito.

El joven alzó las cejas, sorprendido, para después encogerse de hombros y abrir la puerta del bloque. Humano y pokémon entraron en él, e Iósif se dirigió hacia las escaleras con Vladimira siguiéndolo.

— Es en el décimo piso —dijo él cuando hubieron subido el primer tramo de escaleras—. Lo siento. El ascensor no funciona —explicó en tono de disculpa y resignación, respondiendo con ello a la mirada sorprendida y fastidiada de la Audino—. Hace dos o tres días hubo una explosión, como un cohete, y cuando fuimos a mirar resultó que había sido el ascensor.

Vladimira hizo rodar los ojos en sus órbitas, y se limitó a seguir subiendo sin pronunciar una palabra ni quejarse. Su mutismo se contagió al humano, de modo que cuando por fin estuvieron arriba e Iósif hubo abierto la puerta no habían intercambiado una sola palabra entre ambos.

Pero, por fin, la situación cambió cuando estuvieron sentados en el cuarto de estar del piso. Este era una estancia relativamente grande, con suelo de madera y las paredes pintadas de un celeste tan caro que casi se confundía con el banco. Estas estaban cubiertas por estanterías llenas de libros, principalmente novelas de autores rusos, su bien también podían verse algunos libros extranjeros e incluso un par de enciclopedias técnicas. Junto a la puerta había un pequeño televisor, y enfrente de él había una mesa de pino que ocupaba casi la mitad del espacio, rodeada de sillas de la misma madera y con un sofá tapizado en terciopelo burdeos detrás de ella. Precisamente en él se sentaban Iósif y Vladimira.

— Bueno, Vladimira. ¿Preparada para empezar?

A pesar del cansancio y del mareo que sentía, la Audino se forzó a asentir y prestar atención a lo que iba a decirle Iósif. Sin importar lo exhausta que estuviera y las ganas de disponer de unos días libres para recuperarse que tuviese, su misión debía comenzar al día siguiente; y en ella no cabía clase alguna de retraso.

— Me alegro. ¿Quieres tomar algo? ¿Qué tal un vodka?

Vladimira no era precisamente una fan del vodka. Es más, solía decir que podrían usar las toneladas de trigo y patatas empleadas en su fabricación para dar de comer a más personas; pero lo cierto era que volver a casa con un sabor indudablemente local le parecía una magnífica perspectiva.

— De acuerdo, pero traes la botella y la abres aquí.

Iósif sonrió y entró la cocina. Menos de medio minuto después, volvió con una botella de vodka sin abrir en una mano y dos vasos en la otra.

— Veo que te han enseñado bien, Vladimira —dijo en cuanto se sentó—. Primera lección: nunca confíes en nadie.

Vladimira aceptó el halago con una sonrisa al tiempo que el humano descorchaba la botella de licor y llenaba su vaso. Pero, sin embargo, aquello e suscitaba una incómoda pregunta: ¿podía confiar realmente en Iósif?

— Ya es suficiente. No quiero emborracharme —dijo en cuanto el nivel del líquido llegó a la cuarta parte de su vaso, y empujó ligeramente el cuello de la botella con su mano para enfatizarlo.

— ¿Ya? —replicó Iósif, extrañado, pero no la contradijo y volvió a colocar el corcho en la botella—. No sueles beber mucho, ¿verdad?

— No —respondió ella, cogiendo el vaso en su mano pero sin llevárselo todavía a los labios. Quería esperar a que él bebiera para asegurarse de que no estaba envenenado.

Iósif se encogió de hombros, y después dio un largo trago a su vaso. Inmediatamente, el sabor del vodka y la sensación de ardor propia del alcohol asaltaron su boca, de modo que lo tragó con rapidez y tosió con fuerza para desembarazarse de ella. Sin embargo, sentía el licor ardiendo en su esófago a medida que bajaba.

Solo entonces lo imitó Vladimira, apurando de una sola vez el contenido de su vaso. Al igual que el joven, ella también se vio obligada a toser para hacerlo más llevadero.

— Bien, Vladimira —comenzó Iósif tras beber de nuevo y dejar el nivel del licor por debajo de la mitad—. Ha llegado el momento de decirte en qué consiste tu misión.

La Audino lo miró de arriba abajo con una mezcla de curiosidad y anticipación. Ya le habían dicho en qué lugar trabajaría antes de salir de Estados Unidos en dirección a la Unión Soviética, pero no le habían dicho nada sobre qué era lo que debía hacer.

Pero antes quería plantearle una prueba de confianza, para ver si podía tener al menos algo de confianza en su contacto.

— Muéstrame antes tu verdadera forma —exigió.

El joven la miró con extrañeza, si bien en sus rasgos se podía leer el asombro por haber sido descubierto. Y él que creía que su imitación había sido perfecta… Debía dar las gracias a la Audino por haber descubierto aquel fallo en su camuflaje e impedirle un exceso de confianza que podría haber sido fatal.

— Tienes razón, Vladimira —dijo con una amplia sonrisa en su rostro—. En realidad no soy humano.

Cuando terminó de pronunciar aquella frase, el cuerpo del joven comenzó a brillar de un banco radiante, como si fuera un pokémon que estaba evolucionando. Su tamaño comenzó a menguar al tiempo que sus extremidades y su cebeza se fundían con su tronco hasta crear una figura amorfa de pequeño tamaño que se parecía bastante a un trozo de plastilina moldeado por un niño pequeño. Cuando por fin la luz se disipó, la figura resultó ser un Ditto.

Vladimira sonrió. Había estado segura de que Iósif era un pokémon desde el mismo momento en que había comprendido la segunda parte de la contraseña. Sólo dudaba de si era un Ditto o un Zoroark.

— Esta es mi verdadera forma. —Su voz sonaba completamente distinta. En lugar de grave y rasposa, era aguda y chillona, como la voz de un niño que hubiera inhalado helio de un globo—. Supongo que debería preguntarte cómo me has descubierto.

La pokémon se recostó sobre el sillón, dejó el vaso encima de la mesa y miró a Iósif con una expresión de victoria.

— Comprendías lo que te decía. Ningún humano podría hacer algo semejante.

Las partes del cuerpo del Ditto que estaban encima de sus ojos se movieron hacia arriba.

— Muchas gracias por descubrirme —dijo tras unos segundos de silencio—. Había olvidado por completo que los humanos no pueden hablar con los pokémon.

Vladimira cerró los ojos y sonrió, divertida. Seguía sin fiarse demasiado de él, pero suponía que ahora que ella conocía aquel secreto él no se atrevería a traicionarla por miedo a que ella lo delatara a su vez. Pero, por supuesto, él era un Ditto; y podría huir simplemente transformándose cada vez en un pokémon diferente… ¿O era aquello suponer demasiado?

— Pero ye hemos perdido demasiado tiempo —dijo de repente Iósif, y Vladimira salió de sus pensamientos para escucharlo con atención—. Como sabrás, trabajarás para el centro pokémon de la Plaza Roja. Allí es donde van a tratarse los pokémon de los altos cargos del régimen.

— Ajá —asintió Vladmira, haciendo grandes gestos con la cabeza—. Ya entiendo. Como son los pokémon de los altos cargos, sus dueños tendrán toda su confianza en ellos, por lo que también asistirán a las reuniones del más alto nivel...

— Y conocerán bastantes secretos de Estado —dijo Iósif, completando el pensamiento de Vladimira—. Así que tu misión es arrancárselos por cualquier método. Después me los comunicarás a mí, y yo los pondré en conocimiento de la inteligencia americana.

La Audino se inclinó hacia delante, y se colocó una mano en la barbilla mientras dejaba escapar un largo suspiro.

— Por cualquier método… —repitió, pensativa.

— Eso incluye las amenazas y los métodos de seducción —explicó el Ditto—. Por supuesto, suponemos que gracias a tu oído serás capaz de descubrir algunos datos de interés sin ni siquiera tratar a estos pacientes.

Vladimira permaneció en silencio durante unos segundos, pensando en las implicaciones que tenía aquella frase. Básicamente, quería decir que si tirarse a algún paciente podía reportarle alguna información, debería hacerlo. Después, emitió un largo suspiro, y lanzo una mirada al techo. En este punto, ya no podía volverse atrás sin morir en el intento. Debía, y podría, hacerlo. No sería la primera vez que hacía algo parecido.

— Entiendo.

Iósif sonrió, y continuó hablando:

— Pero aún hay algo más. Puede que en algún momento recibas órdenes superiores de acabar con algún paciente.

— ¿Me estás pidiendo que rompa el juramento hipocrático? —replicó Vladimira, aparentemente escandalizada.

— Técnicamente sí —respondió él, buscando las palabras adecuadas para que sonara menos terrible—. Pero normalmente esto no suele ocurrir. Es sólo una medida de emergencia…

— En tal caso —le interrumpió la Audino, y una sonrisa comenzó a formarse lentamente en su rostro—; es una suerte que contactarais conmigo antes de que hiciera el juramento y pudiera susurrar "no" antes de empezar a recitarlo.

Los ojos del Ditto se abrieron enormemente; y poco después soltó una carcajada, impresionado por el ingenio de la Audino. Es perfecta, se dijo. Tiene muy buena pinta.

— Muy bien. Entonces recapitulemos —dijo Iósif, y Vladimira asintió—: Trabajarás en el centro pokémon de la Plaza Roja, donde tu misión será intentar obtener informaciones importantes a los pokémon de los altos cargos. Preferentemente militares, pero cualquiera que tenga la suficiente importancia nos servirá. Si tienes que tirarte a alguno o acabar con él, lo haces. ¿Ha quedado claro? —preguntó en tono intimidatorio, pero que solo trataba de comprobar si Vladimira estaba de acuerdo con él.

— Ha quedado claro —repitió ella sin vacilar un solo segundo.

Iósif sonrió, y creó una prolongación gomosa de su cuerpo que alargó a modo de mano. El agente americano que la había descubierto en Miami tenía toda la razón: Vladimira tenía madera de espía. Y además, al ser soviética, nadie sospecharía de ella. Era magnífica para su causa.

— Vladimira —dijo con la mayor seriedad que pudo, y la miró directamente a los ojos—, será un placer trabajar contigo.

Vladimira le devolvió la mirada y le estrechó su "mano" con fuerza.

— Lo mismo digo, Iósif —afirmó con una amplia sonrisa en su rostro.

El Ditto asintió brevemente, volvió a adoptar la forma humana de Iósif y se levantó del sofá. Vladimira lo siguió, y poco después entraron en un pequeño dormitorio, en el que apenas había una cama, una mesita de noche sobre la que había un flexo y un armario en la pared del fondo. Ni siquiera había ventanas.

— Este será tu dormitorio. Cuando acabes tus turnos, volverás a esta casa y dormirás en esta habitación —anunció Iósif—. ¿Qué te parece?

Vladimira examinó el dormitorio, y, aunque estaba muy vacío, no le pareció mal.

— Está bien —dijo—. No tendría problema en dormir aquí. Aunque la cama es un poco grande, ¿no?

— Sí, es cierto, pero no es culpa mía —replicó Iósif—. Es de la fábrica; solo hacen colchones de este tamaño.

— Así estaré más cómoda. Por cierto, ¿volveré aquí? ¿Cómo?

— Yo te llevo en el coche. En mi forma humana, trabajo en la recepción del hospital; y tengo los mismos turnos que tú. Así que por eso no habrá problema.

Vladimira sacudió la cabeza afirmativamente, y le lanzó una mirada ansiosa a la cama. Mientras subían las escaleras y hablaban en el sofá había logrado olvidar lo exhausta que estaba, pero ahora que por fin veía una cama el cansancio parecía volver a ella con el doble de fuerza. Iósif lo vio, y juzgó que, a pesar de que solo eran las cinco y media de la tarde, ya podía acostarse. Había tenido un día enormemente duro, y necesitaría toda su energía para descubrir secretos o planes militares en el hospital.

— Bueno, pues te dejo aquí. Puedes acostarte si quieres. —Se dio la vuelta y salió de la habitación, pero antes de que hubiera dado tres pasos se acordó de algo y se volvió—: Por cierto, ¿tienes la píldora?

Vladimira, que ya se había sentado en la cama y descorrido las mantas, no respondió inmediatamente; sino que colocó su mano derecha sobre su barbilla y se quedó mirando al infinito con los ojos fijos en la pared del fondo, que en la oscuridad daba la impresión de ser negra en lugar de celeste.

La píldora, como se la conocía habitualmente, no era más que un comprimido de cianuro potásico con la suficiente concentración como para producir la muerte con rapidez. Todos los agentes debían llevar una, y tenían instrucciones de usarla antes de caer en manos enemigas.

Vladimira inspiró profundamente. Ella misma había aceptado usarla si llegaba el momento, y estaba dispuesta a hacerlo, pero en su interior esperaba que nunca llegara el momento en que tuviera que quitarse la vida.

— Sí —respondió finalmente—. Sí —repitió en un susurro mientras bajaba la mirada por su vientre—. Me la dieron antes de salir.

— Y la tienes escondida en un lugar seguro, ¿no? —preguntó Iósif, ignorando por completo el estado de ánimo de Vladimira. Necesitaba la respuesta.

De nuevo, la Audino pasó un buen rato con la mirada perdida, hasta que al final susurró apenas audiblemente:

— Sí. —Prefería no recordar el momento en que se la habían entregado y la había tenido que ocultar en su cuerpo. Odiaba la perspectiva de que en cualquier momento pudiera recibir la orden de suicidarse—. En el lugar más seguro de todos.

Iósif asintió, satisfecho con la respuesta. Después, dedicó una larga mirada a Vladimira, que parecía haber entrado en estado catatónico. Preocupado, decidió entrar en el dormitorio para comprobar su estado, pero tan pronto como dio el primer paso la pokémon levantó una mano para decirle que no hacía falta.

—Estoy bien —dijo, sin sonar demasiado convencida y exhibiendo una débil sonrisa—. No te preocupes.

El Ditto la miró, dubitativo. No estaba convencido en absoluto, pero prefería dejarla en paz. De todas formas, no sería un riesgo para la misión. Y si alguna vez se convertía en uno, él solo se bastaría para arreglar la situación.

El sonido de la puerta al cerrarse llegó a los oídos de Vladimira, pero ella lo ignoró por completo mientras permanecía sumida en sus pensamientos; los cuales giraban principalmente alrededor de su vida.

Desde luego, nadie podría haber imaginado que una simple Audino siberiana acabaría volviendo a la Unión Soviética como parte de una organización espía americana.

Pero había una razón poderosa para convertirse en lo que todo el mundo calificaría de traidora a su patria. O, más concretamente, dos: el odio y la venganza.

La pequeña mano de la Audino se movió lentamente hasta tocar el colgante que llevaba al pecho; y una vez lo tuvo en la mano lo apretó con fuerza al mismo tiempo que un potente sollozo hacía temblar su cuerpo. El vidrio que cubría la foto del colgante protestó con un chirrido, pero Vladimira no aflojó la presión en ningún momento.

— Yuri… —musitó. El corazón se le encogía solo de pensar en él; y en lo que le había ocurrido—. Por ti, Yuri, por ti.

Yuri era un humano, un chico siberiano. Él era el que la había encontrado cuando era una niña, después de la terrible ventisca que había sepultado su madriguera y congelado a sus padres. Vagaba por los campos, exhausta y aterida, buscando en vano algo que comer y un modo de calentarse en el gélido y cruel invierno siberiano; cuando él la vio.

Él la salvó la vida. Se había apiadado de ella y la había llevado con su familia, que rápidamente la había aceptado como un miembro más. Había sido tan feliz jugando junto a Yuri…

Vladimira apretó el puño izquierdo mientras las primeras lágrimas hacían su aparición. Su vida, su infancia, su felicidad… Todo destruido en un instante por culpa de un vecino paranoico en plena paranoia buscaespías antisoviéticos que se había instalado en el país después de que terminara la guerra. Tienen un Audino, le había dicho a las autoridades. Seguro que lo están usando para recibir órdenes de la inteligencia extranjera.

Por supuesto, aquello era totalmente falso; y además no había la más mínima prueba. Pero aquello no había supuesto impedimento alguno para que la poderosa policía política soviética los hubiera arrestado a todos una fresca y despejada noche de verano que ella no quería recordar.

Los cuatro pasaron varios meses encarcelados, incomunicados entre sí y aislados por completo del mundo exterior en una prisión secreta perdida en la inmensidad de la llanura siberiana; sometidos diariamente a las torturas de los carceleros, el frío y la falta de alimento. Y, cuando al fin pudieron demostrar su inocencia y fueron puestos en libertad, la policía política tomó la decisión de separar a la Audino del resto de su familia.

Nunca más había vuelto a ver a Yuri.

Aquella experiencia la había marcado de por vida. La estancia en una de las prisiones secretas que el régimen soviético reservaba para sus enemigos políticos le había abierto los ojos y le había demostrado que su sistema era injusto. A sus ojos, un país que encarcelaba a alguien solo por vivir con un pokémon no podía ser justo.

Y fue precisamente aquella convicción la que la movió a espiar para el bando estadounidense. Ella no odiaba a su país; sino que lo amaba. Solo quería acabar con un gobierno cruel que encarcelaba a sus propios ciudadanos por motivos triviales.

Ese era su mayor deseo. Y no había dudado ni un solo instante cuando se le ofreció la posibilidad de hacerlo. No por ella, sino por su país. Por los todos aquellos que sufrían bajo su gobierno.

Vladimira apretó su colgante con fuerza; y levantó la mirada al techo de la habitación mientras suprimía un sollozo. Ella solo quería convertir su país en un lugar en el que sus habitantes pudieran vivir tranquilos, sin miedo a ser detenido y torturado arbitrariamente por culpa de una denuncia infundada. Y si espiar para los Estados Unidos le ayudaba a lograr su propósito, estaba dispuesta a hacerlo.

¿La convertía eso en una traidora a su patria? ¿Aliarse con el enemigo en su búsqueda de un beneficio para su país la hacía merecedora de un calificativo tan despreciable como aquel?

Con las lágrimas bajando por su rostro, Vladimira asió su colgante con manos temblorosas, y tras varios intentos fallidos logró abrirlo. Lo colocó con mucho cuidado en la palma de su mano izquierda, y pasó varias veces los dedos de su mano derecha por encima del cristal.

— Yuri… —susurró con voz llorosa.

¿Qué pensaría él si supiera lo que estaba haciendo? ¿Comprendería sus acciones? ¿O la rechazaría como a una sucia traidora?

Vladimira sollozó, y se dejó caer en la cama. ¿Qué más da?, se preguntó con una mezcla de tristeza y autocompasión. ¿Qué más da lo que sea, si todo lo que soy para ellos es una enemiga?

Era en lo que se había convertido voluntariamente. Por Yuri. Por su familia. Y por todos los que habían sufrido la misma situación.

Y no se arrepentía en absoluto de ello.


Espero que os haya gustado. Nos vemos en el próximo capítulo.