Disclaimer: Ni Monster Musume ni ninguno de sus personajes, locaciones o conceptos predeterminados me pertenecen. Lo único mío son el argumento y personajes originales de esta historia, escrita como un simple pasatiempo sin fines de lucro.
Capítulo 21: Argumentos
-¡Zombina!
El campanazo de alerta golpeó fuerte a la chica de desgreñado cabello rojo, casi haciéndole soltar la pila de platos y vasos sucios que iba a poner en el fregadero. Miró a su izquierda y se encontró con la severa expresión de la señora Haruka quien, ataviada en un sobrio kimono verde oscuro con detalles en dorado, estaba apoyada sobre uno de los mesones de la cocina.
-¿Eh…? ¿Qué pasa, señora?
-Te he dicho tres veces que el fregadero está al fondo -la mujer suspiró con ganas-. Eso es el compactador de basura.
-Lo siento, señora -la zombie hizo una torpe reverencia y caminó lentamente para dejar todo en el lugar correcto. Una vez que lo hizo, se dio vuelta y encontró nuevamente los aguileños ojos grises de la dueña de la posada frente a ella. La liminal casi ahogó un grito y retrocedió instintivamente, haciendo rechinar levemente la cerámica contra las barreras del agua y las baldosas cubriendo la pared.
-¿Te sientes mal, Zombina? -inquirió Haruka-. Has andado distraída toda la mañana y ni siquiera fuiste a cortar la leña.
-Hoy le tocaba a Hirohisa, creo.
-No, eso es mañana. Recuerda que ustedes se alternan en ese trabajo y hoy era tu turno.
-Usted perdone, señora -la pelirroja intentó enarbolar una excusa con el poco material del que disponía-. No sé qué me pasa, pero no logro concentrarme en mi trabajo por más que lo intento.
-¿Quieres hablar?
Un incómodo silencio se plantó entre ellas.
-Ahora mismo no tenemos mucho trabajo con los huéspedes, así que no creo que nadie eche en falta nuestra presencia -continuó.
-Este…
-Vamos -la cogió del brazo con autoridad-. Podemos ir a la terraza y sentarnos bajo los quitasoles. Es agradable a pesar del calor.
Por mucho que su conciencia intentara protestar, Zombina se dejó llevar mansamente por la señora Haruka. Ella era una mujer de carácter fuerte y con excelente habilidad para los negocios, parte de la cuarta generación que regentaba esta posada en Nagiso. Su esposo, Hideo, estaba formado más o menos en el mismo molde y ambos habían celebrado 28 años de matrimonio dos semanas antes de que llegara a revolucionar la tranquila vida de aquella pequeña localidad campestre.
Antes de abrir la puerta que daba a la terraza principal, Haruka abrió el congelador del comedor y sacó dos botellas de agua mineral.
-Sé que te gusta con gas -le dijo a la zombie una vez que ambas se sentaron bajo la plácida sombra-. En lo personal, la prefiero al natural.
-Gracias, señora.
Ambas bebieron un trago, dejándose reconfortar por la frescura del líquido y erigiendo una pequeña barrera helada a su alrededor. El clima, al igual que en todas las localidades montañosas, era bastante inclemente durante el verano y no era raro tener días donde el termómetro marcaba casi 40 grados.
-Y bien, Zombina -Haruka decidió mover la primera ficha en su tablero imaginario-. ¿Hay algo que te impida concentrarte o que perturbe tus pensamientos? ¿Tienes dudas? ¿Deseas algún tipo de información privilegiada? Puedes hablarme con total franqueza; mis labios están sellados.
La pelirroja bebió otro sorbo de agua e intentó ordenar el confuso tren de sus pensamientos.
-Bueno, yo… No sé cómo empezar. Todo esto es muy confuso.
-Por el principio estaría bien, querida.
El tono claro y acerado de la veterana mujer no admitía réplicas y desarmó de un plumazo cualquier mecanismo de defensa. Aún así, la más joven sentía vergüenza de revelar el cuadro de horror plasmado en su memoria.
-Yo, yo…
La voz comenzó a cortársele y la represa, una vez más, estalló ante un súbito influjo de pena. Se puso de pie y, a pesar de la incomodidad de los zapatos de madera que llevaba puestos, corrió hasta el borde de la terraza y rompió a llorar, sus gotas corrosivas cayendo sobre el inerte suelo de tierra a fin de no comprometer a nadie más. Por un momento se vio de vuelta en esa casa de las afueras de la ciudad, llorando desconsolada sobre los hombros de Manako. Un enorme estremecimiento la embargó cuando sintió la tibia forma de la madre abrazándola por detrás; era una copia exacta de esas vibraciones tan especiales que su pequeña y fiel amiga le había dado como regalo de despedida.
-¡No me toque, por favor…! -esbozó ella, su voz reducida a un hilillo impotente-. ¡No quiero que se convierta en lo que yo soy!
-¡De eso nada! -replicó Haruka con severidad mientras se ponía a su diestra-. ¿Crees que te dejaría deshacerte de pena así sin más? Ni hablar, querida.
-Señora…
Los ojos de Zombina, escarchados por el fluido conservante que formaba caminos de impotencia en sus bien formadas mejillas, tiritaban de incertidumbre. A pesar de su fragilidad, no tenía la suficiente fuerza para cortar el contacto visual con la mujer.
-Llora lo que haga falta. No está bien que acumules tanta pena -el tono de su superior había pasado a uno bastante más dulce y compasivo-. No me moveré de aquí hasta que termines.
Reduciendo su llanto a un simple gemido, la zombie se arrodilló con cuidado y dejó escapar todo durante veinte minutos. El charco de fluido crecía por momentos bajo ella, desangrando el enorme peso que creyó haber quitado de su alma tras confesarse con su pequeña amiga y obtener un inesperado perdón. Al levantar la vista y mientras su figura aún temblaba levemente, se dio cuenta de que Haruka le había traído una cubeta con agua limpia y un fajo de pañuelos de papel.
-Tómate tu tiempo y lávate la cara. Estaré esperándote en la mesa.
-Sí, señora.
Sintió que se llenaba de energía al sumergir sus manos en el frío líquido y remover de su rostro los restos de esa infausta mezcla de lágrimas y material conservante. Ya de mejor ánimo, usó la última dosis para mojarse un poco el cabello y dejar que algunas gotas rebeldes fueran a descansar sobre su sobrio kimono gris oscuro. Se secó a conciencia con las toallitas y derramó el agua sobre el charco para diluir el fluido y dejar que la tierra hiciera el resto; ya estaba demasiado atenuado como para causar daño alguno a cualquier otro ser vivo y, una vez seco, pasaría a ser tan normal como el mismo barro que se posaba lentamente luego de regar la huerta familiar bajo las primeras luces del amanecer.
-¿Te sientes mejor, querida?
-Bastante mejor -respondió Zombina sentándose en el mismo sitio donde la esperaba su botella de agua mineral-, pero no debió haberse molestado en ayudarme.
-Tonterías -dijo Haruka-. Si no ayudara a mi familia cuando está mal, ¿qué clase de persona sería?
La pelirroja se estremeció un poco. Hirohisa, durante una de sus primeras conversaciones serias con ella, también la había considerado parte de la familia. El sólo recordar su afectuosa sonrisa la hizo deprimirse aún más.
-¿De verdad cree que merezco ese calificativo? -retrucó la liminal-. Llevo muy poco tiempo aquí y sigo equivocándome en algunas cosas que podríamos llamar básicas.
-Con tiempo suficiente dominarás el oficio tan bien como cualquiera de nosotros. Hay una razón especial por la que Hideo y yo decidimos acogerte aquí.
-¿Una razón especial?
Esas tres simples palabras la pusieron automáticamente en guardia. Era uno de los pocos instintos que conservaba a plena capacidad.
-Sabemos que no te sientes orgullosa de muchas cosas que hiciste en el pasado. Conocemos bien tu etapa anterior, al menos según las referencias que nos entregara la agente Smith cuando fuimos a Tokio para completar el papeleo -continuó Haruka-. El no recordar cómo moriste terminó marcándote a fuego y, por añadidura, condicionó tu actitud al regresar a este mundo como una criatura que ronda el límite entre ambos planos de la existencia.
-Tiene razón en todo, señora -contestó Zombina con suma modestia-. Ya he cometido demasiados errores y no quiero… no quiero perder esta segunda oportunidad.
-Tu temor es absolutamente normal, querida. Las segundas oportunidades son algo que muchos ni siquiera pueden rozar con sus dedos. Aún así, siento que hay algo más que deseas contarme.
La chica monstruo se quedó paralizada. "¿Tan fácil es leerme?", pensó. "Pareciera que estoy perdiendo ese toque mágico del que abusaba durante mis días en MON".
-¿Zombina?
-Señora, yo no estoy muy segura de…
-Habla con confianza, hija. Ya te dije que planeo ser discreta hasta el final.
Una vez más, ese tono severo con toques de compasión echó abajo la última cerradura, el último argumento protegiendo esa bomba que amenazaba con echar abajo las paredes de su conciencia. Ante ella se prolongaba un abismo sin fondo y su propio reflejo sostenía el maléfico dispositivo entre sus callosas manos. Tomó aire, retrocedió tres pasos y luego, con toda la fuerza de sus brazos, arrojó el bulto lejos de ella. Lo último que alcanzó a ver fue el brillo rojizo del temporizador perdiéndose en la oscuridad.
Sonrió por primera vez ese día y miró a los ojos a la señora Haruka para luego descargar su corazón sobre la mesa. Le contó absolutamente todo: el temor que sentía al dejar atrás la metrópolis, su gradual adaptación a las condiciones del campo y el pequeño mundo de la posada, lo mucho que había aprendido observando a los clientes, el recuerdo de la pequeña Reina, su pequeño estatus de celebridad local… y variadas impresiones del primogénito. Eventualmente, todo terminó desembocando en el confuso incidente de esa soleada mañana.
-Al verme acostada en la misma cama que él, pensé que me moría nuevamente -hipó un momento y se bebió el resto de la botella de un trago-. El solo pensar que podría haber cometido una atrocidad y no tener ciencia cierta de lo que pasó terminaría sido insoportable. Hubiese preferido que me rociaran con gasolina y quemaran viva.
-¡Zombina! -el tono de la madre tenía un marcado dejo de alarma.
-Perdón por sonar tan brutal, señora, pero le digo la verdad. Sé que Hirohisa es cuatro años menor que yo y recién está comenzando a vivir. Desde que llegué ha sido muy bueno conmigo y es lo más cercano que he tenido a un amigo de verdad a pesar del poco tiempo que llevo interactuando con él.
Haruka asintió en silencio. A ella también le daba gusto que su hijo, usualmente de carácter reservado luego de una infancia bastante más tórrida, encontrara en la liminal alguien con quien hablar y, en suma, compartir todas esas cosas características de las generaciones más recientes.
-Tal vez antes me hubiese dado lo mismo herir a alguien -prosiguió la zombie-, pero ahora, tras experimentar tantas cosas en tan poco tiempo, he cambiado mi modo de verlo todo. Desearía pedirle disculpas a Hiro, pero me da demasiada vergüenza hablarle luego de lo que pasó.
-¿De verdad no recuerdas nada?
-Casi nada -retrucó la del kimono gris con melancolía-. Esta memoria mía siempre ha sido un desastre. Lo último que puedo percibir con claridad es que estábamos riéndonos de algo (tal vez un chiste o un rumor) y nuestras voces parecían hacer eco en las montañas cercanas. De ahí todo se fue a negro y desperté, como ya le dije, en su habitación, totalmente enrollada entre sus colchas. Volví a mi cuarto y las mías estaban ahí, tan guardadas como durante la mañana anterior.
Otra pausa. Haruka terminó de beber de su propia botella y tomó ambas para luego arrojarlas a un cubo de basura no muy lejos de allí.
-Me alegra que me hayas contado esto, Zombina. Y sobre lo de disculparte, te apoyaré en todo.
-¿Eh? ¿De verdad es necesario que…?
-¡Muy necesario! Y quédate tranquila. Una vez que logres hilar tu argumento, el resto saldrá como una hermosa melodía desde una caja de música.
Zombina volvió a sonreír y, en un súbito gesto, abrazó a Haruka con fuerza, dejando que su calor natural la invadiera y reconfortara cada célula de su compuesta figura. Deseaba volver a llorar, pero esta vez de alegría.
-¡Gracias, señora! ¡Muchísimas gracias!
-No me llames señora, Zombina -la miró con sus resplandecientes ojos grises-. Puedes decirme mamá.
Humana y zombie se refugiaron la una en la otra una vez más. "Tal vez Smith tenía razón con lo del cambio de aires después de todo", se dijo la liminal mientras saboreaba la ambrosía del perdón.
-6/D-
El frescor del amplio cuarto de baño, con su tina que más parecía una fuente cuadrada debido a su tamaño, era una de las sensaciones que la Dullahan más apreciaba. Los tenues sonidos de las gotas cayendo desde el techo por la condensación y el aire cargado en tonos de diversos tipos de shampoo y jabón creaban una atmósfera mágica, ideal para estimular el pensamiento. Lala, en lo particular, adoraba el aroma del acondicionador a base de menta que usaba para mantener su larga y sedosa cabellera plateada en orden; también le recordaba a cómo su amado Kimihito solía usarla con frecuencia en las comidas a modo de improvisación.
Envolvió su mojada cabeza con una toalla de secado rápido y se sentó en la orilla de cerámica, pensando en el notorio toque de felicidad que había visto en los ojos de su amado poco después de su vuelta de Tokio. Inhaló una buena dosis de humedad y despejó su mente para pensar en la próxima etapa de su gran plan.
-Tal vez debería ir a verlo una vez que todas las otras ridículas se hayan dormido -dijo en voz baja-. Esta noche será calurosa y se amolda de forma precisa a las cartas que tengo en estas manos.
Sonrió. Era un gesto extraño pero ampliamente justificado; las cosas le habían salido bien hasta ese momento y podía saborear la victoria en sus finos labios. En esos momentos pasaban por su cabeza mil formas de hacerlo feliz. En la noche de su primera cita romántica (más allá de las diferencias de concepto entre ambos), prometió compensarle por las molestias acarreadas por tantos meses y no pensaba fallarle. Quería que fuese una experiencia inolvidable y no pensaba escatimar recursos cuando llegara la hora de entregarse a él por completo e impregnar ese sublime momento en las fibras más profundas de su alma.
La enviada del inframundo se quitó la toalla y la colgó ordenadamente a un lado de la bañera; la amplia barra de hierro que sostenía todo el entramado estaba poblada por toques personales tan diversos como la colección de artículos de higiene personal que descansaba en un armarito ubicado al otro extremo y cuya puerta podía abrirse con una manija o un botón, dependiendo de quién necesitar acceder a él. Era un objeto simple pero pasmosamente práctico, tal como el mismo Kurusu.
-Todo esto terminará muy pronto -su voz hizo eco en la amplia estancia y las minúsculas gotas parecían cantar de alegría.
-Soy de la misma opinión.
Lala se volteó súbitamente, erigiendo de inmediato esa expresión pétrea y tensa que usaba como mecanismo de defensa. Sus ojos dorados y centelleantes se posaron en otra figura que estaba sentada exactamente en el mismo sitio que ella había ocupado hasta hace unos instantes. Su brazo derecho estaba sumergido en el agua de la bañera y, a través de su semitransparencia, podía verse el agua circulando e integrándose con el resto del gelatinoso cuerpo.
-¿Qué haces aquí, limo? -el tono de la Dullahan era derechamente amenazador-. ¿Acaso no sabes lo que significa el concepto de privacidad?
-Lo entiendo perfectamente -respondió su contraparte-. Y por si no lo sabías, Lala, tengo nombre. Me llamo Suu.
-Eso ya lo sé -contestó la aludida secamente.
-Entonces podrías usarlo en vez de echar mano a un recurso tan barato como llamar a todos por su especie. ¿Acaso crees que dos gotas de agua son iguales? Puede parecerlo a primera vista, pero las diferencias, una vez que las miras con más detalle, son notorias.
El tono civil e intelectual de la chica del impermeable sacó a relucir una incipiente veta de irritación en la peliplateada.
-¿Qué pretendes?
-Sólo quiero conversar contigo sobre un tema importante, así que decidí aprovechar la hora en la que te lavas el cabello y todas las demás duermen su siesta para venir hasta aquí.
-No hay nada de qué hablar y mucho menos contigo.
-Lo hay y lo sabes -el tono de Suu se hizo más duro-. ¿O acaso crees que tus coqueteos con Kimihito son un secreto guardado bajo siete llaves?
Por primera vez en mucho tiempo, Lala se sintió descolocada y expuesta. Miró fijamente a la limo y se sorprendió del semblante serio que exhibía. ¿Acaso el agua de la bañera tenía algún efecto especial sobre ella?
-Kimihito me lo contó todo -continuó la gelatinosa liminal-: el primer beso que le diste luego de la noche de luna llena, tus visitas a su habitación en las veladas calurosas, cómo lo ayudaste a dormir mejor e incluso su cándida respuesta a tus sentimientos. Yo misma los vi descansando juntos hace no mucho luego de que él pasara una noche particularmente convulsa. Al principio me enfadé porque sentí que me estabas quitando lo que me pertenecía por derecho.
-¿Cómo te atreves a decir eso? -Lala comenzaba a exhibir rasgos de furia mientras deseaba tener a mano su guadaña-. El chico es mío y de nadie más -apuntó al centro de su rostro con el índice derecho en un gesto amenazante-. Como decidas intentar algo…
-Paciencia -Suu levantó las manos-, que mi intención no es pelear. Ya hay suficientes problemas en esta casa como para causar más. Kimihito siempre termina pagando los platos rotos por nuestra culpa y eso debe cambiar aquí y ahora. Él te ama con todo su ser y deberías sentirte muy afortunada de saber que su corazón se ha prendado al tuyo. Reconozco tus méritos en ese ámbito y te doy mis sinceras felicitaciones.
-Me da gusto ver que admites lo evidente, limo. Tal vez deberías prestarle un poco de tu criterio a las otras locas que viven aquí, porque harta falta les hace.
-Yo también amo a Kimihito en cuerpo, mente y alma -continuó la pequeña, cuya forma estaba a medio camino entre niña y mujer gracias al efecto del agua-. Las primeras palabras que pronuncié declararon eso y fueron gracias a su infinita bondad. Desde entonces he hecho lo posible por ayudarle en lo que necesite a pesar de mis más que evidentes limitaciones. Incluso fue a buscarme al puente ubicado al sur de aquí cuando, sobrecogida por la negatividad y los celos hacia ti, pensé en suicidarme. Me encontró y trajo de vuelta a casa después de que le confesara el real alcance de mis sentimientos.
-Todo esto sería patético si no estuviera cubierto por la salsa de lo conmovedor -dijo Lala, sin ganas de ceder un milímetro de terreno-. Aunque no lo parezca, yo también tengo un poco de empatía para las razas menos favorecidas de la creación.
Hubo una pequeña pausa. Suu se puso de pie y caminó para quedar cara a cara con la Dullahan. Las miradas chocaron y el aire pareció hacerse más denso.
-A diferencia de Miia o Rachnee, soy buena perdedora y jamás se me ocurriría armar una guerra civil por esto. De cualquier modo, sigo amando a Kimihito igual que el primer día y no pienso renunciar a esa conexión que tengo con él. Por eso le pedí formalmente que me tomara como su concubina y así tener una oportunidad de hacerlo feliz.
Las manos de Lala temblaron de rabia. En un rápido movimiento, rodeó el cuello de Suu pero se abstuvo de ejercer presión, frenada por el peso del lado más benévolo de su mente. Se echó dos pasos hacia atrás y comenzó a trinar de furia, sus ojos dorados brillando como si quisiesen invocar una tormenta eléctrica.
-Eres más tonta de lo que pensé por decirme esto, jalea -espetó en un tono tan enrabiado como tembloroso-. ¿Acaso crees que compartiría al amor que he buscado por tantos años con alguien como tú? De eso ni hablar. ¡Ni hablar! Y diría exactamente lo mismo si cualquiera de las otras tontas hiciese esta absurda petición.
-¿Confías en él?
Esa pregunta detuvo el andar de Lala hacia la puerta de salida. Nuevamente se quedó mirándola con rabia.
-¿Qué insinúas, limo?
-Sé que tu especie tiene como axioma el no mentir, Lala. Tu amor por Kimihito es tan sincero como el que él siente por ti. Sin embargo, ¿por qué adoptas una actitud tan defensiva, tan pétrea?
No hubo respuesta por parte de la peliplateada.
-Algo muy importante que he aprendido es que el amor se construye con dos ingredientes clave: confianza y la creencia en un proyecto común -Suu siguió exponiendo como si estuviera en una clase magistral-. Si te cierras ante el más mínimo asomo de un factor externo que puede traer beneficios, ¿cómo pretendes que ambos sean felices? Cuando los sentimientos cruzan los límites de la obsesión, el amor se corrompe y muere.
-Eso es lo que ha pasado con las demás habitantes de esta casa -la Dullahan captó al instante el hilo de su contraparte-. La lamia y la Arachne son los casos más graves y el resto irá para allá dentro de poco.
-Veo que pensamos igual. Para especies como las nuestras, que viven eternamente si las circunstancias lo permiten, el amor es algo que debe cultivarse y cuidarse cada día para asegurar una felicidad igualmente eterna.
Otra vez esa sensación incómoda inundó la conciencia de Lala. Una parte de ella se rehusaba a escuchar, pero la otra sabía que decía la verdad y comenzaba a imponerse poco a poco en este particular tiro de cuerda. Su cuerpo entero comenzó a temblar pero no de rabia, sino de incertidumbre. No le agradaba demasiado el tener que enfrentar una situación con los papeles invertidos y que la dejaba arrinconada ante los argumentos de la usualmente plácida chica del impermeable.
-Pero él me ama a mí…
-Lo sé, querida -ahora Suu eliminó la distancia entre ambas y le refrescó la piel mediante un dulce beso en la mejilla-. Lo sé mejor que nadie. Ambas lo amamos de formas distintas, pero esta es una partida que has ganado en buena lid y siempre tendrás la prioridad.
Lala se sonrojó por un momento.
-Tal como le dije a él en su oportunidad -Suu ahora tocaba sus compases finales-, te dejaré tomar el tiempo que desees para pensar en mi propuesta. Aceptaré tu decisión con hidalguía, sea cual sea. Y recuerda una última cosa: en mí tienes a alguien que nunca te dejará en la estacada. De hecho, me encantaría aprender más sobre ti; tal vez podamos llegar a ser las mejores amigas.
La limo hizo una solemne reverencia y, tras dedicarle otra sonrisa sincera, salió del baño en un silencio sólo roto por el contacto de sus infantiles botas contra el suelo húmedo. Una vez que se cerró la puerta, la Dullahan se aproximó a las quietas aguas de la bañera y contempló su desconcertado reflejo en el líquido espejo. Metió las manos dentro y se lavó la cara con ganas, como si intentara convencerse de que todo esto no había sido más que un sueño travieso causado por su propia tensión.
Pestañeó un par de veces pero, salvo la fría sensación del agua besando su piel azul pálido, todo estaba como antes: la toalla arrugada, las gotas danzando por todos lados, las tenues huellas de las botas apuntando hacia afuera… Al menos su cabello ya estaba casi seco y lo percibía bastante más manejable.
-¿Por qué la confianza es un concepto tan complicado? -suspiró mientras su viva imagen volvía a estabilizarse y el ruidillo se disipaba con las mismas ondas concéntricas-. ¿Es mi propio amor por Kurusu… una obsesión? -sacudió la cabeza con vehemencia-. Estoy llena de dudas y necesito respuestas concretas. Definitivamente iré a verlo esta noche para que me ayude.
Cogió su chaqueta negra del perchero para batas ubicado al lado de la puerta, apagó la luz y abandonó el cuarto de baño sigilosa como las mismas veladas compartidas que tanto amaba. Incluso si esta escena no entró en absoluto en sus cálculos iniciales, la Dullahan no pudo evitar esbozar una nueva sonrisa mientras abría la puerta principal y buscaba la escalera del jardín para subir al tejado. Tenía mucho en qué pensar, así que decidió acomodarse sobre su tibia y perfectamente ergonómica cama de arcilla y revisar los hilos del plan que inicialmente había trazado en su conciencia. La infantil y otrora molestosa mancha de tinta había desaparecido, siendo reemplazada por un rostro gelatinoso de plácida sonrisa ubicado en la parte inferior de la página que estaba viendo en ese instante.
La exquisita brisa de la tarde rodeó su grácil figura, amplificando el delicioso aroma a menta del acondicionador y elevándola a un plano que, tras pensarlo un poco, podría entregarle algunas guías para enfrentar este nuevo camino.
"Supongo que replantearme las cosas de vez en cuando no está mal", se dijo mientras bostezaba y ponía la maquinaria de su imaginación en piloto automático. "¿Quién hubiera imaginado que Suu tendría ideas tan curiosas?"
-8/D-
-Ustedes dos son una auténtica caja de sorpresas -dijo Smith jadeando tras encontrarse con Pachylene y Eddie en el piso 24 del edificio-. Primero el incidente con los racistas, después me entero de que son novios y ahora esto…
Apuntó al cuerpo de la Arachne inconsciente, cuyo corte emanaba un hilillo de sangre azul que amenazaba con descolgarse del rostro y manchar el piso. Tionishia la levantó como si fuese un saco de dormir de gran tamaño y se la echó al hombro. Manako cerró su único ojo por un momento; a ella también la ponían un poco nerviosa las depredadoras de ocho patas.
-Te juro que no sabíamos que había una liminal aquí arriba -dijo el canadiense mientras levantaba su meñique derecho-. Los más sorprendidos, de hecho, somos nosotros.
-Afortunadamente pudimos neutralizarla a tiempo -acotó la arpía-. Y en aras de la transparencia, diré que yo fui quien le pateó la cabeza por ambos lados y el estómago. Eddie sólo la amarró una vez que la dejé aturdida.
-¿En serio? -la agente pelinegra miró al canadiense con curiosidad; este, por toda respuesta, asintió.
-No quiero ni pensar qué habría pasado si hubiésemos llegado un minuto más tarde.
-¿Tiene esto que ver con la llamada que recibiste antes de salir pitando de mi oficina?
-Correcto -respondió Eddie-. Pero no me siento muy cómodo hablando de esto aquí. Además, es un tema bastante sensible.
-Entiendo perfectamente -dijo Kuroko-. Tio, ¿qué tal lo llevas con eso?
-No hay ningún problema -respondió la rubia con una linda sonrisa-. Pesa menos de lo que creí, aunque nos va a costar un poco más de la cuenta bajarla por la escalera.
-Ahora es cuando nos viene a penar la inundación del otro día -señaló el canadiense-. Si los ascensores no estuvieran inutilizados por el agua y el barro, llegaríamos abajo en un par de minutos.
-Habrá que resignarse, mi amor. Al menos ya pudimos sacarnos esto de encima.
-Supongo que tienes razón, querida.
Manako se acercó al grupo una vez que estuvo más tranquila.
-La camioneta que pedimos ya llegó -dijo con su tierna vocecita-. Están esperándonos del lado de la escalera, así que le dije a Sakurada que bajaríamos enseguida.
-¡Estupendo! -dijo la pelinegra-. Pongámonos en marcha.
Y así, el segundo convoy extraño del día se abrió paso hasta la puerta dando a la escalera de emergencia. Tionishia iba a la cabeza, balanceando el cuerpo de la Arachne como un saco de patatas para evitar hacerla chocar contra los peldaños superiores. Detrás de ella iban Manako y Smith, mientras que Pachylene y Eddie cerraban el pelotón. El repiqueteo de sus pasos, amplificado por los vientos que siempre campeaban por el callejón, daba al cuadro un aspecto mecánico. En dos o tres ocasiones debieron parar y retroceder un poco para que la siempre atenta rubia pudiese ajustar la posición de su carga; quizás no fuese muy pesada, pero sus patas ciertamente añadían un volumen bastante incómodo a su intimidante e inconsciente forma.
Eventualmente llegaron a la calle, donde estaba el siempre inefable asistente de Smith.
-¡Anda! ¡Una Arachne! -el hombre, quien llevaba traje negro y camisa blanca sin corbata, parecía bastante sorprendido-. No recuerdo cuándo fue la última vez que tuvimos un 225.
-Siempre puedes consultarlo en los archivos, viejo -Smith le guiñó un ojo-. Lo importante es llegar al cuartel cuanto antes y comenzar a mover la maquinaria. Estamos ante algo muy serio, según nuestros flamantes testigos.
Los ojos de Kuroko se cruzaron con los de Eddie y luego quedaron fijos en Pachylene. Ambos asintieron.
-Bueno, supongo que tendremos que caminar otra vez -señaló la pelirroja-. Adelántense y nos encontraremos allá.
-De eso nada -contraatacó Smith, poniéndose seria de repente-. Ya que el camión está aquí, lo mínimo es que los llevemos para allá después de lo que han pasado.
-¿Estás segura de que esto no va contra la ley? -inquirió Eddie-. Después de todo, nosotros somos civiles.
-No habrá problemas con eso -Manako tiró su carta a la mesa-. El artículo 55 de nuestro Manual de Operaciones dice que los civiles pueden ser transportados en los vehículos de la agencia en casos excepcionales.
-Y esto es una operación excepcional, así que no hay problema -Tio hizo lo propio y lo aderezó con una de sus hermosas sonrisas-. Pónganse cómodos y disfruten del viaje.
Se miraron a los ojos y decidieron, en ese momento, no rechazar la hospitalidad de sus aliados. Una vez que Sakurada terminó de acomodar a la Arachne en el interior del compartimento de carga, deslizó la puerta hacia abajo con un fuerte movimiento de manos y le puso un sólido candado.
-Pueden subir a la parte de atrás de la cabina. Tio irá con ustedes.
-Gracias.
Acudieron prestos y Eddie ayudó a que su compañera se pusiera cómoda en el asiento del medio, donde tendría un espacio bastante pasable si encogía un poco sus alas. La pequeña francotiradora, con expresión contemplativa, ya estaba sentada en el extremo izquierdo y Maxon se acomodó en el derecho, sintiendo al instante cómo Pachylene se arrimaba a él y cerraba los ojos buscando ese calor que adoraba. No cabía duda de que la experiencia había sido casi tan fuerte como la de Okutama y necesitaban poner sus ideas en orden. El notorio rugido de sus estómagos les hizo caer en la cuenta de que aún no habían almorzado y el reloj estaba más cerca de las 14 que de las 13 horas.
Fue un trayecto corto, de no más de cinco minutos. El camión, en vez de parar en la puerta principal del edificio, entró por una calle lateral y luego se introdujo en las entrañas de un amplio estacionamiento subterráneo. Sakurada dobló en la segunda calle a la derecha y cogió el primer sitio libre en la sección más ancha.
-¡Hemos llegado! -dijo en tono de sobrecargo-. No olviden llevar todas sus pertenencias antes de abandonar el vehículo. Transportes MON agradece su preferencia y desea que vuelvan a viajar con nosotros. Recuerden: la mayor parte de nuestros pasajeros salvan con vida.
Todos bajaron casi al unísono, aunque Eddie tuvo que sostener a Manako para que no se cayera; el camión era de ruedas grandes y la base de la puerta estaba a casi un metro del suelo, algo nada agradable para enfrentar con los reglamentarios zapatos de tacón alto.
-Será mejor que nos separemos -Smith tomó la palabra rápidamente mientras esperaban un ascensor que, a juzgar por el tamaño de las puertas, era de los que se usaban en hospitales-. Tio, lleva a la Arachne al sexto piso para que las enfermeras la revisen.
-Yo también iré -acotó Sakurada mientras la ogro asentía e iba a buscar algo-. Quiero verla más de cerca y consultar sus señas para después buscarla en la base de datos.
-Excelente. Apenas sepas algo, envíame la información.
Tio regresó instantes después con una enorme camilla acolchada y que tenía, para asombro de la parejita, cinturones a los costados.
"Me imagino que algunas liminales deben estar realmente locas si hace falta contenerlas así", pensó la pelirroja.
-Manako, Pachylene, Maxon -Kuroko miró a los tres en ese mismo orden-, ustedes vendrán a mi oficina. Tenemos que obtener el testimonio formal y cruzar eso con la información que ya tenemos. Cualquier antecedente que puedan darnos será crucial para esta investigación.
-Pierde cuidado, Smith -dijo la arpía-. Te contaremos todo lo que sepamos.
Eddie, por su lado, sopesó bien las cosas en su mente antes de asentir justo antes de que el ascensor llamado por Manako llegara al subterráneo. Todos entraron en silencio y la amplia caja metálica inició su ascenso hacia las alturas, abandonando los confines iluminados por escrutadoras lámparas de neón y donde el olor a caucho penetraba hasta las mismas fibras de la ropa.
Sakurada salió del ascensor nada más llegar al piso donde se alojaban las instalaciones médicas y acudió a hablar con la recepcionista mientras Tio empujaba la amplia camilla a paso firme y desaparecía por detrás de una puerta abatible que ponía "área restringida". Al llegar a la undécima planta, el resto del grupo entró presuroso en la oficina de Smith, dando las gracias en silencio por el milagro del aire acondicionado. La pequeña pelipúrpura acudió de inmediato a su estación de trabajo y encendió el ordenador, su único ojo expresando una evidente impaciencia mientras la máquina comenzaba a rodar nuevamente. Kuroko, por su parte, abrió el tercer cajón de su escritorio y sacó una pila de papeles más un bolígrafo y una grabadora digital. Con un gesto le indicó a los compañeros que se sentaran frente a ella.
-Dado que esto es un interrogatorio en regla, tendré que grabar sus testimonios. Ya saben que debemos conservar respaldos en audio por si los originales en papel se pierden y todo eso.
-Tranquila, Smith -retrucó Maxon-. Esto nos afecta directamente, así que deseamos más que nadie que se aclare.
-Seremos libros abiertos -añadió la rapaz con solemnidad.
-Ojalá la mayoría de la gente fuese como ustedes, parejita -les sonrió-. ¿Cómo vas con la búsqueda, Manako?
-Recién estoy accediendo a la base de datos de la agencia -mencionó la pequeña-. Hay bastante que filtrar, así que podría tomar un rato. Comenzaré por "Arachnes tejedoras de pelo negro".
-Bien, sigue con eso. Apenas tengas algo, avísame; no me importa si interrumpes la grabación.
Pachylene y Eddie se miraron con sorpresa.
-Créanlo o no -la pelinegra les cortó el pensamiento rápidamente-, Manako puede ser realmente eficiente cuando se concentra en su trabajo. Deberían verla disparando su rifle tranquilizante.
-Mientras no estemos al otro lado, todo bien -señaló el canadiense.
-Lo mismo digo -deslizó su novia.
-Bien, mejor será comenzar con esta ronda de preguntas y respuestas -Smith encendió la grabadora-. Este es el interrogatorio realizado por la agente Kuroko Smith, de MON, el día 8 de agosto de 2016 a las 13:58 horas. Lo primero que necesito es que me digan sus nombres, nacionalidades y ocupaciones.
-Edward Corbett Maxon, canadiense. Resido en el distrito de Ginza hace dos años y emigré a Japón con una visa de trabajo aprobada el 1 de enero de 2014.
-Pachylene, arpía rapaz nacida en Okutama. Vivo con Eddie desde el 20 de julio del presente año y fui asignada como su huésped por la agente Smith, aquí presente.
-Gracias a ambos. ¿En qué trabaja, señor Maxon?
El tono formal de la pelinegra revelaba que, al igual que Manako, se había metido por completo en el personaje cuyo objetivo máximo es establecer la verdad de la situación.
-Trabajo para Nakashima DSE, una empresa dedicada al desarrollo de proyectos y sistemas enfocados a neutralizar armas -dijo Eddie con total franqueza-. Mi labor es la de preparar informes y afinar los detalles más técnicos de los productos que ofrecemos a las fuerzas armadas. Tenemos un contrato vigente con la JSDF a través del Ministerio de Defensa.
-Interesante, sin dudas -continuó la pelinegra-. Supongo que existe una cláusula de confidencialidad en su contrato.
-Efectivamente. Por eso es que no puedo dar más detalles sobre nuestras operaciones.
-Bien, ahí hemos avanzado en algo. En cuanto a usted, Pachylene, ¿tiene alguna ocupación?
-No trabajo formalmente, pero me encargo de ayudar a Eddie en todo lo que puedo cuando está en casa. Actualmente él está en periodo de vacaciones y regresamos de Okutama la semana pasada tras visitar la aldea donde crecí y ver a mi madre.
-Muy bien. ¿Hay testigos de ello?
-Nos alojamos en el hostal Mikawaya -siguió la pelirroja-; una llamada a la dueña bastará para corroborar que estuvimos en el pueblo. También está Talirindë, la lamia que atiende la oficina de información turística y con quien hicimos buenas migas. Tenemos, por lo tanto, una coartada sólida para los últimos siete días.
-Estupendo. Ahora, señor Maxon, ¿qué buscaba la Arachne que encontraron intruseando en las oficinas de su empresa?
Eddie pausó por un momento y miró a Kuroko directamente a los ojos, como buscando una forma apropiada de dar la respuesta.
-¿Puedo referirme a ello en términos generales?
-Ningún problema.
-Está bien -tomó aire y se armó de valor-. Sospecho que era un conjunto de planos alojado en el servidor central de la compañía, ubicado en un cubículo de seis por seis metros al fondo del piso. Antes, de hecho, ya habíamos tenido un problema parecido con el mismo asunto. Trataré de explicarlo brevemente.
Maxon contó, entonces, la situación que experimentó junto a Yuka, Shinya y el viejo Hidetaka al verse amenazados por ese quinteto de Yakuzas y su inteligencia parcialmente correcta.
-Por suerte no revisaron el sobre que les entregué y salieron de inmediato del salón. De lo contrario, se habrían dado cuenta que era mi permiso de vacaciones pagadas.
Smith se encogió un poco en su asiento. "Con lo que yo quisiera tomarme unos días libres…"
-¿Y quién tenía los documentos que buscaban esos mafiosos de medio pelo?
-La señora Yuka -intervino Pachylene-. Eddie se los mandó la noche anterior y los guardó en su bolso. Los criminales sólo se dieron cuenta del engaño cuando cayeron en la trampa que les tendí.
Smith miró a la pelirroja con una mezcla de intriga y curiosidad.
-¿Les tendiste una trampa? ¿Y cómo llegaste a entrar al edificio Asakura, si puede saberse?
La liminal se detuvo de repente y luego reprendió a su conciencia por hablar más de la cuenta. Pero ya se había metido en la partida y no podía abandonar.
-Eddie sabe mi historia al completo, así que no tengo nada que ocultar -respondió la aludida-. Lo seguí por las calles del distrito hasta encontrar el edificio y luego me colé mediante una carretilla de carga que iba al mismo piso. Admito que esto es una infracción grave a las reglas de convivencia, pero estaba demasiado preocupada por él -el tono de su voz comenzó a quebrarse poco a poco-. Se pasó toda la semana trabajando como un poseso durante las tardes y noches, acostándose cerca de las tres de la mañana un par de veces. No podía quedarme en casa y esperarlo así sin más. Necesitaba verlo, necesitaba…
Pachylene rompió a llorar, refugiándose en los amplios brazos de su amado. Smith, enternecida, detuvo la grabación; ya tendría tiempo de unir los dos archivos en uno solo para la audioteca. Acudió al minibar y sacó dos botellas grandes de agua mineral, además de entregarle a la pelirroja un buen lote de pañuelos de papel.
-Lo siento, Smith -terminó de sonarse la nariz y luego secó sus ojos con otra toallita-. Si a Eddie le hubiese pasado algo grave, me… me habría muerto ahí mismo.
-Tranquila, querida. Estoy aquí -volvieron a abrazarse con fuerza-. Estoy aquí. Todo está bien.
-Gracias, amor. No quise interrumpir el interrogatorio, pero mi ansiedad fue más fuerte.
-No pasa nada, querida -dijo Kuroko, aún intentando procesar la muestra de inmenso amor mutuo que recién presenció-. La grabadora está en pausa y, apenas te sientas mejor, podremos continuar.
La respuesta de la liminal fue una tierna sonrisa que le sacó una aún más notoria a la agente de gafas oscuras. El hermoso momento se vio interrumpido cuando Manako apareció con un lote de hojas impresas.
-Perdón por interrumpir, pero estos son los resultados que obtuve basándome en el perfil que hice de la Arachne cuando la encontramos tirada en las oficinas.
-No esperaba menos de ti, Manako. ¿Cuántas sospechosas tenemos?
-Unas doce o trece. Es una suerte que no tengamos demasiadas que cumplan con los requisitos, porque si no…
La pelipúrpura se detuvo al ver que Pachylene aún intentaba sacudirse los efectos de su súbito ataque de llanto. Ella misma era bastante dada a sufrirlos, por lo que empatizó de inmediato.
-No está b-bien que contengas tanta… tanta pena en tu interior -le habló con suavidad-. Eso sólo t-trae muchos problemas a l-largo… plazo.
-Gracias, Manako -la arpía se puso de pie y la envolvió con sus cálidas alas, causando que la francotiradora se pusiera tan roja como la cabellera de su contraparte.
Smith tomó los papeles y comenzó a analizarlos con cuidado, dejando los que ya había visto en otra pila frente a los compañeros y poniendo otra medalla sobre el lento tablero de su transición a la plena competencia y el sentido del deber. Mientras sus ojos escaneaban las impresiones, su expresión iba pasando de la alegría al desconcierto, otra vez a la alegría y de ahí a un "meh" más que evidente.
-¿Podemos echarles una mirada? -preguntó Eddie.
-Ningún problema, mientras no discutan el contenido de estos expedientes más allá de las paredes de mi oficina.
Pachylene arrastró las hojas con cuidado hacia sí y se abocó a extraer toda la información que podía de ella. Si hubiese hecho esto hace tres semanas, habría sentido un poco de miedo recorriendo su organismo, pero las Arachnes ahora equivalían al desprecio más absoluto en su escala de valores. Los primeros papeles no arrojaron demasiada utilidad: dos paticortas que parecían niñas de diez años en todo sentido, una saltarina de cabellera verde oscuro y expresión cabreada con lo que parecía una cruz templaria en su abdomen y después…
-¡Esta! -exclamó de repente, sosteniendo el informe como si fuese un mapa del tesoro-. ¡Esta es!
-¿Seguro? -dijo su compañero.
-Como que me llamo Pachylene y tú eres el amor de mi vida. Fíjate: es exactamente la misma cara, el mismo cabello y la misma marca única. No sé cómo no me di cuenta antes…
Maxon tomó la ficha tras sonrojarse ligeramente y la miró con más detalle. Reconoció esos tres pares de ojos rojizos tan propios de una tejedora, siguiendo el patrón piramidal que le otorgaba un aura intrínseca de pura maldad. Su pelo era negro, liso y le caía más allá de los hombros, formando una especie de capa. La fotografía de cuerpo entero, tomada desde varios ángulos, mostraba el detalle del exoesqueleto púrpureo cubriendo las manos como guantes afilados y dando forma clara a sus ocho patas puntiagudas. Lo más atractivo era, sin embargo, el emblema que había mencionado su querida arpía: una especie de garra blanca extendida de forma grotesca, con un pulgar desfigurado y dedos largos.
-Pues ahora que lo dices… ¡Espera un momento, querida! ¿No es esta la misma Arachne de la que me habías contado cuando tuviste esa pesadilla?
Smith y Manako (quien se había acercado al escritorio principal para no perder detalle) miraron a la parejita con atención.
-La misma. Reconocería esa garra blanca en cualquier sitio. Además, fíjate que tiene una pequeña cicatriz en el hombro izquierdo; eso ya estaba allí antes de nuestra pelea.
-Es un corte hecho con una hoja bastante fina -añadió Manako mientras apuntaba a una microscópica marca en el papel-. Diría que es obra de un bisturí y, a juzgar por la nitidez, no tiene más de tres meses.
-Veamos… -la voluptuosa pelinegra cogió nuevamente el reporte-. Número de identificación 321386-9. Vamos a ver qué nos entrega la base de datos maestra -tecleó un par de comandos en su propio terminal.
-¿No aparecen los nombres en las hojas? -preguntó el canadiense.
-El sistema no los imprime por defecto; así protegemos la confidencialidad tanto de liminales como de anfitriones en caso de que un tercero acceda a nuestros ordenadores sin permiso. ¡Ah! Ya tenemos justo lo que necesitamos.
Todos se desplazaron detrás de la agente para mirar la pantalla con atención.
Número de Identificación: 321386-9.
Nombre: Zynda Satme-Sannika.
Especie/Subtipo: Arachne/Tejedora.
Estatura/Peso: 188 cm. / 78 kg.
Nacimiento: 3 de abril de 1995 (21 años, 127 días) en Abashiri, Subpref. de Ohkotsk, Hokkaido.
Familia: Sin antecedentes conocidos, al menos de lo que se desprendió en su entrevista inicial.
Ingreso al Sistema: 12 de julio de 2016 (llegada a Tokio el 6 de julio), visado por la oficial de registro correspondiente.
Anfitrión Registrado: Kenichi Shoda.
Residencia Registrada: Torre M, piso 24, Nishi-Shinjuku.
Empleo Registrado: Guardia de Seguridad.
Empleador Registrado: TALIO.
Fecha de Ingreso al Empleo: 14 de julio de 2016 (resolución interna M-2235/B8).
Señas Notables: Cicatriz en el hombro izquierdo, marca en forma de garra extendida en la parte superior del abdomen. Timbre de voz dominante. Altamente temperamental, aunque le aterra estar demasiado cerca del fuego. Agilidad inusitada para los estándares de la especie.
Oficial de Registro: Kuroko Smith.
Coordinador/a Responsable: Maki Matsunaga (M-1925)
Información actualizada al 27 de julio de 2016.
-Pues esto sí que es interesante -dijo Smith, pensando si Maki no estaría también de vacaciones-. Nunca me habría pasado por la cabeza que tenía un empleo de guardia de seguridad.
-¿Qué es TALIO? -preguntó Maxon-. Primera vez que veo el nombre de esa compañía en mi vida.
-Es difícil de explicar. Podríamos definirlo como…
-¡Como un auténtico incordio!
Todos miraron hacia la puerta para ver a Tio entrando con semblante muy serio. La rubia movió su silla hacia la zona común, se sentó y luego engulló un bocadillo de merengue de los pocos que quedaban en la bandeja.
-¡Un incordio! ¡Eso es lo que son! -ahora estaba realmente colérica-. Aparecieron en la escena hace un año como una alternativa supuestamente más "eficiente" a los servicios de protección y asistencia que prestamos a la comunidad. Se hicieron famosos una vez que obtuvieron un contrato exclusivo para proteger a la reina de las sirenas, pero sus métodos son bastante cuestionables y rayan en la ilegalidad. No entraré en detalles, pero hemos tenido que amonestarlos varias veces e incluso terminamos llegando a los tribunales en enero por el caso de los turistas australianos.
-¿Y qué tal salió el juicio?
-Ganamos en un fallo contundente; sólo uno de los miembros del jurado votó en contra. TALIO apeló y volvió a perder con el mismo marcador, por lo que tuvo que pagar las costas más la correspondiente indemnización. La multa debería haberlos dejado en quiebra, pero alguien les terminó inyectando un capital nada envidiable y siguieron operando. No me sorprendería que ese montón de tránsfugas estuviese metido hasta el cuello en algo más truculento.
-¿Y si esa empresa fuera una tapadera?
Pachylene, con esa simple pregunta, atrajo las miradas del resto de los presentes. Todos estaban pensando exactamente la misma cosa.
-Todo encaja -dijo Eddie, volviendo a coger el archivo de Zynda y mirando su ácida expresión-. Quien sea que esté detrás de TALIO también contrató a los mafiosos que terminaron empapados de aceite gracias a tu trampa. Si están interesados en secretos de defensa es porque planean venderlos, por lo que estaríamos ante una red de tráfico muy peligrosa y dirigida por una persona a la que, en buena medida, le sobra el dinero.
-Eso sería alta traición -añadió Manako mientras desempolvaba el código penal dentro de su siempre atenta mente-. Aplica por igual para humanos y extraespecies y, según el ordenamiento vigente, la culpabilidad se castiga con la horca. También tenemos el financiamiento de actividades ilícitas, la potencial evasión de impuestos y el uso de liminales como cómplices en crímenes de diversa consideración. Sólo en esas tres cosas ya tienes una potencial sentencia de 60 años tras las rejas.
-¡Pues mayor razón para echarles el guante! -exclamó Tio; el azúcar extra ya le había hecho efecto en la sangre-. Ustedes no se preocupen por nada. Le sacaremos a esa Arachne desgraciada todo lo que sepa y cuando lo hagamos… ya se van a enterar sus jefes de lo que MON es capaz. Ni siquiera sabrán qué les golpeó.
-¿Estás segura de esto, Tio? No quiero que te metas en líos por mi culpa y termines en una posición indefendible -retrucó él.
-Pierde cuidado, Eddie -se puso de pie y lo abrazó con ganas-. Has hecho feliz a Pachy y esto es lo menos que puedo hacer para agradecértelo. Operaremos con total discreción y cuanto antes le pongamos las manos encima a esos desgraciados, mejor. Tenemos que impedir que hagan más daño.
La despampanante rubia se puso de pie y ajustó un poco su apretada chaqueta negra.
-¿Dónde vas? -dijo Smith.
-A comprar más bizcochos -replicó ella enérgicamente-. Tenemos una larga tarde de trabajo por delante: el informe, las pautas de interrogación, notificar al jefe, a la policía y al Ministerio de Defensa, elaborar turnos de vigilancia, etc. Mientras tanto, ve poniendo una nueva jarra de café a preparar. ¡Estamos en guerra y no habrá prisioneros!
Cerró la puerta con tanta fuerza que casi la desencajó.
Logro desbloqueado
40G - El largo brazo de la ley
-Vaya temperamento que tiene -una pequeña gota se deslizó por la nuca de Pachylene-. Y yo que pensaba que estaba repleta de cariño…
-Eso le pasa cuando come demasiado azúcar en un día -respondió Manako, echando un pequeño suspiro y recogiendo las hojas con los perfiles.
-Es una suerte que esté de nuestro lado y no del de nuestros enemigos -Smith lanzó una risita-. Una vez que te acostumbras a ella, el resto viene solo. De cualquier modo, Tio es una gran amiga y colaboradora. Confío plenamente en ella.
-De verdad se los agradezco mucho -el canadiense hizo una pequeña reverencia y le sacó otra sonrisa a la pelinegra-. Igual comprenderás que debo notificar a mis compañeros de trabajo de lo que hemos discutido. El asunto es muy serio y como se llegue a filtrar…
-Nada saldrá de aquí. Tienes mi palabra y la de las chicas. Si me dejas el contacto de tu empresa, estaremos encantadas de ponerlos al día en lo que haga falta.
Una tarjeta cambió de manos y luego el cómodo silencio del progreso se posó en el entorno de la oficina. Kuroko rellenó el jarro con agua y echó otra medida de café fuerte en el filtro. Programó la máquina para que se activara en 15 minutos, tiempo que le tomaría (según sus personales cálculos) a Tio volver de la pastelería del distrito.
-Amorcito.
-¿Qué pasa, querida?
-Recuerda que todavía no le hemos preguntado a Smith sobre… bueno, ya sabes.
Se miraron a los ojos por un momento y el canadiense lo entendió todo.
-¡Anda ya! Con todo el lío de la Arachne y los documentos, casi se me olvida.
-¿Olvidar qué, primor? -la pelinegra había vuelto a sentarse en su mullida silla de ejecutiva.
-¿Recuerdas que te dije que planeaba llamarte esta mañana? La razón es bien concreta -Eddie tomó aire y alistó su nueva mano de cartas-. Bueno, el asunto es que deseaba consultarte si necesito obtener algún documento para que Pachylene pueda acompañarme en un viaje en avión.
-¿En avión? -Smith los miró con curiosidad- ¿Dónde planean ir?
-Teníamos pensado pasar un par de semanas en Okinawa -la pelirroja lanzó su primer triunfo- y habíamos reservado un vuelo para…
-¡¿Okinawa?!
La súbita y desgarradora reacción de Smith los tomó a ambos por sorpresa, reacción amplificada a la quinta potencia cuando ella comenzó a sollozar.
-¿Smith…? -a esas alturas hasta Eddie tenía miedo de hacer nada.
-¿Te sientes mal? -Pachylene estaba igualmente alarmada que su compañero.
La agente se quitó las gafas, mostrando sus ojos rojos y repletos de voluminosas lágrimas. El labio le temblaba cuando se puso de pie y se acercó al hombre.
-Un abrazo -su voz estaba trizada como el cristal de Murano-. Necesito un abrazo.
Los compañeros volvieron a hacer chocar sus miradas y ella asintió.
-Ven aquí. Desahógate. Pero primero quiero decir que lo…
-No, no hace falta que te disculpes.
Kuroko se refugió en la amplia figura del canadiense y deshizo la barrera de rabia e impotencia que se había construido durante tanto tiempo alrededor de su ya cansada psiquis. Fueron siete u ocho larguísimos minutos en los que Manako, desde su escritorio, simplemente se limitó a mirar la escena desde una distancia prudente. En cierto modo, ella se sentía igual de cabreada por no poder tomarse unas vacaciones como la gente.
-¿Te sientes mejor? -la arpía tomó el lote de pañuelos que inicialmente le había prestado a la pequeña pelipúrpura y se los pasó.
-Sí, gracias. Necesitaba botar esta tensión acumulada -se sentó en el puesto originalmente ocupado por Eddie-. Desde que comencé a trabajar aquí no he tenido un solo día de descanso y ya he acumulado seis semanas de vacaciones sin usar por la falta de personal y el exceso de trabajo pendiente. Entonces, cuando ustedes mencionaron lo de Okinawa…
-De verdad lo sentimos. No sabíamos que reaccionarías así.
-Ustedes no tienen la culpa, querida -devoró el último bizcocho de chocolate y menta en la bandeja-. Son los desgraciados de los otros departamentos que siempre andan cogiendo la baja por A/B/C razones y nos dejan con los platos rotos. Lo peor es que la mayoría de ellos no vuelve hasta dentro de diez a quince días y habrá que seguir poniéndole el pecho a las balas, especialmente con este asunto de los robos abortados de información.
-Mejor será que nos vayamos -acotó Maxon-. Ya te hemos quitado demasiado tiempo y siempre podemos consultar en…
-No es ninguna ciencia -la pelinegra le puso la mano en el hombro; detestaba que tuviera que irse tan pronto-. Sólo necesitas mostrar una fotocopia simple del certificado de residencia que te entregué con los otros papeles cuando hagan el check-in en el aeropuerto.
-¿Eso es todo?
-Eso es todo. Ya verán que no hay ningún problema.
Los abrazó a ambos, tratando de empaparse un poco más con esa tibieza tan característica que emanaban. Su corazón pareció agitarse de alegría al sentir el efecto del contacto.
-Muchas gracias, Smith -Pachylene hizo una reverencia-. Prometemos traerles a las tres un recuerdito y tal vez algo más.
Los compañeros se tomaron del brazo y salieron de la oficina para abordar el ascensor de vuelta al suelo. No tenían credenciales, pero a esas alturas les daba lo mismo; sus mentes estaban puestas en un buen almuerzo donde pudieran encontrar una mesa, ir a ver a Yuka al hospital y cerrar el día con la reserva del hotel, los pasajes y la siempre necesaria cena romántica.
La pelinegra, una vez que sus emociones se estabilizaron, volvió a ajustarse las gafas y comenzó a hacer un resumen de la improvisada reunión. Mientras sus dedos danzaban por el teclado con soltura y decisión, la tinta virtual comenzaba a derramarse en torrentes irrefrenables a lo largo y ancho de la pantalla de 21 pulgadas que tenía enfrente. Emitió un suspiro de felicidad y sus mejillas se sonrojaron. Manako la miró con curiosidad, percibiendo el levísimo tip-tap de sus dedos contra el borde de la mesa y el travieso brillo de sus ojos color obsidiana justo cuando Tio anunció su entrada y el aroma de dos bandejas de pastelillos frescos comenzó a invadirlo todo.
"Tenías razón, Smith", pensó Manako, cogiendo el teléfono para intentar comunicarse con la agente Matsunaga. "Esos dos realmente son una caja de sorpresas".
-9/D-
Eddie contempló la pantalla del ordenador portátil con satisfacción, verificó los datos geográficos y pagó para el despacho inmediato de su regalo especial. No solía comprar con frecuencia por Internet, pero agradecía tener la opción después de un día tan agitado como el que se estaba terminando.
Luego de un buen almuerzo en el mismo restaurante tailandés donde Smith tuvo que pagar la cuenta tras el incidente con la pareja racista, acudieron raudos al hospital para visitar a Yuka. Verla no fue gran problema: ya se encontraba mejor del golpe en su cabeza y podía hacer las actividades básicas con normalidad, aunque igual el doctor terminó dándole licencia por el resto de la semana. Sonrió con su proverbial gracia cuando el canadiense le devolvió la tarjeta magnética, aunque su expresión se ensombreció un poco tras ponerla al corriente de todo. Shinya y su padre llegaron en mitad de la conversación, así que también aprovechó de compartir estos nuevos hallazgos con ellos. El diagnóstico fue unánime: dos intentos fracasados de robo ciertamente no detendrían a estos criminales, por lo que había que estar preparados para un tercer ataque en cualquier momento. Pachylene se llevó buena parte de los aplausos por su flamante intervención para neutralizar a Zynda Satme-Sannika, aunque ella insistió en compartir el mérito con Maxon de una forma muy noble. Estuvieron reunidos durante algo más de una hora a pesar de las quejas de la enfermera jefe del piso, una Holstaurus de ademanes severos pero que exudaba profesionalismo y tenía un especial cariño por los niños internados allí.
Hidetaka se mostró dispuesto a colaborar en lo que fuera para esclarecer el asunto, poniéndose en acción mediante una llamada a la división informática de la empresa y luego concertando una cita con la agente Smith para discutir todo en profundidad. Shinya, por su lado, recordó que un amigo de la Policía Metropolitana le debía un favor desde hace años y, tras una breve discusión, lo convenció de indagar oficialmente en los archivos para desenterrar un poco más de información sobre Kenichi Shoda y TALIO. Tenían planeado compartir todo lo que obtuvieran con MON y realizar la clásica maniobra de pinza para dejar a los traficantes en una posición vulnerable. También se pactó que el primogénito pasaría mañana por casa de Yuka para guardar los documentos físicos en un lugar más seguro; lo que más querían evitar era una situación donde Daigo o las hijas de ambos resultaran heridos o muertos. Bien sabido era que los mafiosos (y también las liminales bajo su nefasta influencia) no respetaban a nadie que se les opusiera.
El resto de la tarde no fue más que un simple destello. Pagaron las reservas de los pasajes y el hotel en la agencia de viajes y, tras hurgar un poco en los armarios del departamento, encontraron una maleta plomiza, grande y suficiente para empacar la ropa y enseres de ambos. Ahora descansaba al lado del sillón, cerrada a cal y canto gracias a un mecanismo de combinación tipo TSA.
-La cena está casi lista, cariño -Pachylene se asomó por la puerta de la cocina-. ¿Ponemos la mesa?
-Creo que me apetece más comer aquí mismo -contestó él, cerrando el navegador y apagando la máquina-. Podemos escuchar música y tenemos más espacio. ¿Te parece?
-Me gusta como piensas -dijo ella con un tono travieso en su voz- Ven a ayudarme con los platos y los cubiertos.
Dicho y hecho. Cinco minutos después, dos platos grandes, dos juegos de cuchillo y tenedor y la misma cantidad de copas rellenas de chispeante sidra asturiana descansaban sobre la mesa de centro; el florero había sido apartado hacia la esquina más lejana para darles un poco de espacio extra. Habían decidido optar por algo más sencillo pero no menos delicioso: omelettes al estilo francés con queso, jamón y un poco de espinacas. Se demoraron más en batir los huevos y sazonarlos a gusto con mantequilla y pimienta que en cocinarlos gracias a la siempre fiel sartén. Los aromas danzaban entre sí, invitando a devorarlos con fruición. De fondo, una estupenda selección de Jazz Fusión a volumen moderado hacía aún más agradable el ambiente a media luz.
-Delicioso, como siempre -la pelirroja cortó un trozo con cuidado y se lo echó a la boca sin ayuda-. ¿Esta también es receta de tu madre?
-No, la aprendí estando en la universidad. Las habitaciones del campus tenían pequeñas cocinas y descubrí que era más barato prepararme cosas yo mismo en vez de salir a cenar fuera todas las noches.
-Ah, ya veo. No me sorprende que seas tan buen cocinero.
-Uno hace lo que puede.
Eddie se sonrojó profusamente tras beber un buen trago de sidra; su compañera hizo lo propio y se deleitó con el chispeante gusto a manzanas frescas. Conforme charlaban, sus porciones iban desapareciendo pinchazo a pinchazo.
-No seas tan modesto, amor -se besaron con suavidad y dejaron que la fiesta de aromas estimulara sus sentidos-. Me encantaría que me enseñaras tus trucos; así podría esperarte con la mesa puesta cada día y aliviarte un poco.
-Recuerda que no eres mi sirvienta. Eres…
El nativo de Mississauga dudó por un momento mientras los acelerados compases de Toca Raúl, interpretados por el excelso armonicista Gabriel Grossi y su trío de frecuentes, llegaban a su fin.
-¿Soy…?
-La mujer más maravillosa del mundo. Me siento afortunado de tenerte a mi lado.
Pachylene bajó la cabeza por un momento, sobrecogida ante tamaña muestra de cariño. Este era el lado tierno y generoso de su compañero, conocido y reservado sólo por y para ella. Sintió como sus venas se embriagaban de alegría, dejando una estela ardiente a su paso y causando que sus ojos brillaran como zafiros impolutos. Volvió a mirarlo a los ojos y lo envolvió con sus alas, empujándolo suavemente hacia abajo y uniendo los labios de ambos por unos quince segundos. Fue un gesto tan posesivo como humilde, repleto de entrega y conquista. Una contradicción sentimental que, tras pasar por la batidora, dejó un cofre reluciente al final del arcoiris.
-Eres lo mejor que me ha pasado en la vida -susurró ella, derramando incipientes lágrimas de júbilo-. Te amo. Te amaré por siempre.
-Yo también, querida. Yo también.
Refugiándose en el otro y arrojando sus preocupaciones al viento, continuaron su excelsa sesión de cariño mientras Joab, de John Patitucci, acompañaba el momento con sus suaves tambores y toques de guitarra.
Mientras tanto, en la tranquilidad de Asaka…
-¡Ah…! -Kimihito abrió la ventana de su habitación y respiró el fresco aire nocturno tras cerrar la puerta.
La atmósfera, siguiendo el tono general del día, había pasado de lo agobiante a lo agradable. El día transcurrió sin peleas tontas, problemas insulsos ni llamadas a los bomberos o a la policía local. Devorar el almuerzo preparado por sus huéspedes fue el mejor momento e iluminó su conciencia como un rayo de luz divina. ¿Acaso las chicas realmente estaban dispuestas a limar sus incontables asperezas? Esperaba de todo corazón que así fuera y pudiesen recibir las noticias de mejor forma. Como se había dicho en la mañana, tenía tiempo para preparar todo con calma y exponer sus argumentos de forma honesta.
"Este es el mejor día que he tenido en meses", se dijo mientras sonreía y levantaba la vista hacia la luna cubierta parcialmente por nubes que iban a toda prisa hacia el sur. "Casi extrañaba el escuchar mis propios pensamientos con absoluta claridad".
Bostezó con ganas y terminó de colocarse la camiseta blanca del pijama que había sacado del armario. Encendió brevemente la luz de su escritorio para asegurarse de que no hubiese nada fuera de lugar y luego la apagó. La deliciosa penumbra volvió a reinar de forma suprema en su espacio personal, recordándole a la hermosísima mujer de piel azul que le había robado su primer beso y luego el corazón.
-¿Dónde estarás ahora, Lala? -susurró con un dejo de desesperación-. Me gustaría poder tenerte aquí.
Como si el gatillo hubiese sido accionado en ese preciso instante, el muchacho sintió dos brazos rodeándole el cuello con suavidad y una inconfundible presión en su espalda.
-Aquí estoy.
La voz de la Dullahan sonó cual campana celestial para los oídos de Kurusu. Se volteó y contempló los hermosos ojos dorados de Lala para luego atraerla hacia sí y besarla con ternura. Ella se sonrojó profusamente, dejándose llevar por ese asomo de posesión que usualmente empleaba como su mejor arma. Era bastante irónico el ver que, por segunda vez en unas pocas horas, sus propias tácticas se volvían contra ella.
-No sabes lo mucho que me alegra verte -le dijo él, contemplando su figura ataviada en el atractivo camisón negro de seda-. Estas horas sin ti se me hicieron eternas.
-Lo mismo digo, Kimihito.
El tono modesto con que hablaba dejó sorprendido al muchacho. Además, lo había llamado por el nombre y no por "mortal", como siempre solía hacerlo.
-¿Pasa algo, Lala? Te noto un poco extraña.
-Lo estoy, Kimihito. Lo estoy.
-¿Quieres hablar?
-Eso sería muy apropiado.
El chico se tendió en el lado derecho de la cama sin abrir y dejó que la chica peliplateada ocupara la otra mitad. La fresca brisa entró por la ventana y comenzó a circular suavemente, llenando los corazones de ambos de anticipación. Apenas estuvieron lado a lado, ella se volteó hacia él y lo abrazó, mezclando las huellas de calor en las zonas donde sus cuerpos se tocaban. Kimihito la rodeó con su brazo izquierdo, encerrándola en un cómodo espacio de cariño indeleble.
-He estado pensando en muchas cosas -comenzó a decir la Dullahan-, relacionadas principalmente a cómo veo el amor que siento por ti. Ahora que tengo algo más de experiencia en esto, puede decirse que he actuado como una completa estúpida.
-¿Qué quieres decir?
-Al principio tenía miedo de que me rechazaras y por eso decidí actuar de forma posesiva, apelando a mis argumentos crípticos para ver si conseguía desarmar tu resistencia. Pero cuando me abrazaste esa mañana luego de pasar una terrible noche de sueño, pude ver la verdadera dimensión de tu corazón. Supe que te sentías muy solo y no podría satisfacer tus anhelos si basaba mi amor en la obsesión; no sería mejor que las otras huéspedes de esta casa si seguía por dicho camino.
-Pensé que eso era algo característico de tu especie.
-Nuestro mayor defecto, sin ir más lejos. Por eso es que somos tan pocas: la obsesión por cumplir nuestra misión eventualmente sofoca y destruye el amor que llegamos a sentir por el humano al que hemos elegido -la línea argumental que le había enseñado Suu iba bastante bien hasta ahora-. Y como las Dullahan generalmente nos enamoramos sólo una vez, muchas se suicidan al no poder expresar bien sus sentimientos.
-¿Las Dullahan pueden morir?
-Por mano propia o mediante la ayuda de un tercero. Para eso se requiere un conjuro antiquísimo y que sólo puede usarse bajo ciertas condiciones. No entraré en detalles porque estaríamos acostados aquí hasta fin de año.
-Como si eso me fuera a molestar, Lala. Es una lástima que las noches no sean eternas; así podríamos estar juntos mucho más tiempo -las palabras de Kurusu hicieron que su contraparte se pusiera roja-. Pero no nos apartemos del tema. ¿Qué tiene que ver esto con tu actual situación?
-Deseo cambiar -dijo ella casi a borbotones-. Si voy a pasar el resto de mis días contigo, Gerkhemi, no quiero correr el riesgo de fracturar el amor que ha nacido entre nosotros. ¡Quiero ser una mujer digna de ti! ¡Quiero hacerte feliz!
Kurusu hizo memoria y ató cabos rápidamente: eran las mismas palabras que Suu había usado durante su conversación al nivel de la conciencia. ¿Sería posible que…?
-Kimihito -ahora su voz era un hilo tan titubeante como ansioso-, necesito pedirte un gran favor.
-Por ti haría lo que sea, querida -la miró con placidez y luego depositó un beso en su limpia frente-. ¿Qué deseas?
-Enséñame a confiar.
El muchacho de desgreñada cabellera negra se incorporó para sentarse en el respaldo de la cama. La peliplateada hizo lo propio y lo miró con curiosidad.
-Estaré encantado de ayudarte -contestó él- si me contestas una simple pregunta.
-Claro…
-¿Qué significa Gerkhemi?
Invadida por una buena dosis de ánimo, Lala volvió a abrazar a Kurusu y plantó otro tierno beso en los bien formados labios del adolescente. Sus ojos brillaban de felicidad y parecía volver a ser la misma de siempre.
-Significa "amor de mi vida".
Nota del Autor: Y ahora, algo completamente diferente...
Miré el reloj con satisfacción; había alcanzado a terminar esta entrega a tiempo para colar unas notas antes del compromiso de esta noche. Este capítulo se concibió como un tira y afloja en lo emocional, partiendo por los miedos de Zombina a arruinar su segunda oportunidad y la desinteresada ayuda que Haruka, mujer empática y con la experiencia de muchos años, le ha tendido. ¿Cuántos de nosotros hemos tenido miedo de decir lo que sentimos? Todos, sin excepción, hemos pasado y pasaremos por ello.
Las dos rivales por el corazón de Kimihito por fin han tenido la oportunidad de hablar en Román Paladino, haciendo la distinción clara e indeleble entre la fecundidad y la destrucción. Sin duda es raro ver a la orgullosa Lala en una posición no dominante, pero el episodio le ha servido para replantearse varias cosas y optar por tomar el desafío más grande de todos en compañía de su amado chico: confiar. Suu, mostrando nuevamente esa inusual capa de seriedad, sinceridad y sustento, asume de inmediato el rol de apoyo que llevará en esta relación… si llega a materializarse.
Volviendo al escenario de nuestra pareja, la niebla rondando los documentos confidenciales por fin empieza a despejarse. Meras evasivas del pasado se han transformado en nombres y entidades al concreto. Creo que soy el primero en esta comunidad en dar a TALIO el incómodo rol de fachada, estímulo perfecto para que Pachylene, Eddie, Smith y compañía aúnen sus esfuerzos en busca de la verdad y la neutralización del enemigo sin escrúpulos. La justicia bien administrada no duele, especialmente cuando tienes la potencia y entusiasmo de Tionishia de tu lado. Y para cerrar el día, un momento íntimo no tiene parangón. Ya sea en Ginza o Asaka, el amor fluye a su propia cadencia, tejiendo hermosas melodías en las partituras de la vida. Ahora llegó el momento de ver los correos del respetable público:
Paradoja el Inquisidor: Veo a MON como una balanza: en un platillo está el escuadrón tipo SWAT que mencionaste y por otro el bloque administrativo-burocrático. Su existencia es simbiótica, por lo que si la agencia viese reducidas o inutilizadas sus atribuciones por falta de fondos y el programa de integración cesara, la división militar correría la misma suerte tarde o temprano. Otra cosa: lo de la Circular Nº 11 no depende de Smith sino de la Dirección Jurídica, previa aprobación de la mesa directiva. Es una pastilla amarga de tragar tanto para la pelinegra como para sus invitados, pero las recesiones no se derrotan cerrando los ojos. Ya que mencionaste a Lala, su propio plan y las nuevas directrices de la agencia corren, de momento, por carriles separados, aunque el potencial emocional y explosivo ciertamente está ahí si se llegan a cruzar. Al menos ella está contenta de tener a Kimihito de vuelta y saber que no le pasó nada. ¿Y Doppel? Inubicable, según lo que he podido averiguar hasta ahora.
Arconte: Parto por agradecer tus felicitaciones tras alcanzar esta meseta que alguna vez vi tan lejana. Kimihito está metido en una situación que esperó no enfrentar nunca y tampoco puede eludir; más allá de que su naturaleza empática le haga apreciar por igual a todas sus huéspedes, su reacción favorable a los avances de Lala y esa conversación con Suu dan mucho material para pensar. Suma a ello los alcances de la Circular Nª 11 y tienes, como le contara a Paradoja, ramificaciones profundas. Respecto a Pachylene y Eddie, tienes un punto excelente en eso de que fuesen los últimos en darse cuenta que eran pareja. Su relación, después de todo, es tan especial y profunda que definirla desde los cánones normales es complicado. Lo más cercano es el concepto de Storge o "amistad romántica", ya explicado en notas anteriores. Veamos qué depara el futuro y si son capaces de hacer la transición a un amor con todas las de la ley. Y Smith, cada vez más a gusto en su faceta seria y comprometida, necesitará todas sus cartas para llevar su idea a la realidad; en juego no sólo está MON y su propio trabajo, sino también el sistema de integración al completo.
Falcon Blaze: Más que crueldad, estimado, es una de las máximas de la vida: para hacer tortillas hay que quebrar huevos y Kimihito, tarde o temprano, tendrá que tomar una decisión. Después de todo, la única forma de quitarse los problemas de encima es enfrentarlos, no evadirlos. Sobre tu otro apartado, esperaré pacientemente la sorpresa que tienes preparada.
Apagué las luces y salí del estudio, pasando por una ducha helada y cambiándome de ropa; había decidido optar por pantalones delgados de vestir color negro, zapatos recién lustrados del mismo tono y una camisa de seda rojo oscuro. Usualmente las camisas me daban urticaria y prefería los polos; pero una ocasión tan especial como esta bien valía la pena el sacrificio. Mientras me secaba la cabeza con una toalla, entré en la habitación y quedé anonadado al contemplar a Valaika, mi querida wyvern, frente al espejo: la vaporosa tela obsidiana de su vestido realzaba tanto la majestuosidad de su figura como el rubí de sus ojos, además de combinar perfectamente con su cabello.
Dejé la toalla a un lado y la abracé por detrás, sacándole un leve sonrojo y haciendo que quedáramos frente a frente.
-Te ves hermosa, mi amor -le dije, acariciándole la barbilla-. Más hermosa de lo que mis descripciones más detalladas podrían lograr.
-Lo mismo podría aplicarse a ti, querido -apoyó su cabeza en mi pecho, dejando que se mezclaran los toques de shampoo y perfume a nuestro alrededor-. Parece mentira que por fin haya llegado el día.
-¿Te sientes nerviosa por ir a casa de mi madre?
-Un poquito -replicó ella con franqueza, encerrando mi mirada en la suya-. No me malinterpretes, Endel; aunque he cruzado palabras con ella sólo dos o tres veces, sé que es una estupenda mujer. Por algo te formó como el hombre que eres ahora. Aún así, dar este paso, sin importar quién actúe de testigo, es algo muy delicado.
-Suceda lo que suceda esta noche -ahora caminábamos hacia la puerta principal de la casa, asegurándonos de dejar todo apagado, las ventanas cerradas y la alarma puesta-, nada cambiará lo que siento por ti, Valaika. Nada.
-Oh, Endel...
Aseguré la entrada con doble vuelta de llave y, tras verificar que no faltaba nada, nos besamos bajo la sombra del porche y los deliciosos aromas del jardín que cuidábamos con tanto esmero. El barrio, tranquilo como una taza de leche, pareció abrazar el momentum de nuestros corazones. Dosis idénticas de cariño, confianza y experiencia se mezclaban en el crisol de la vida, perfectamente equilibrado sobre el mechero Bunsen y dando como resultando un líquido mágico, transparente, que encendía las bombillas nada más tocarlas, marcando de forma precisa el camino hacia el futuro que esperábamos construir juntos.
Llamamos a un taxi y en dos minutos estábamos en camino, su ala izquierda abrazando mi espalda y mi mano derecha alrededor de su cintura. Diez kilómetros más tarde pagamos la carrera y descendimos frente a un complejo de edificios enorme, con amplios jardines y vistas estupendas al señorial club del golf ubicado al otro lado de la calle.
-¿Hueles eso? -preguntó ella, levantando un poco su nariz y mutando a una postura más alegre-. Acaban de cortar el césped hace muy poco.
-Es un buen augurio, como me contaste tantas veces luego de conocernos. ¿Las wyverns lo ven así en general?
-La naturaleza, Endel, incluso con esas simples llamadas de auxilio, demuestra que está viva. Y de la vida surgen los mayores cambios. A todo esto -cambió su faceta filosófica por la curiosa-, ¿qué tienes ahí?
-¿Esto? -levanté una caja rectangular y envuelta en papel de regalo plateado con una cinta dorada-. Sólo es una botella de horchata que compré como regalo para mi madre. Tal vez, si tu augurio se cumple, esta noche podamos brindar bajo la dulce influencia de las almendras.
-Así será, mi amor. En nuestras cartas está tejida la mano más poderosa de todas: la sinceridad.
Saludamos al conserje e indicamos el número del departamento para luego desaparecer tras la imponente reja de hierro, mezclándonos con la penumbra apenas cortada por los pequeños y pulcros postes de luz bordeando el sendero de grava. El eco de nuestros pasos hacía vibrar los setos, transmitiendo un mensaje tan sencillo como potente: ya no había vuelta atrás.
Aquí termina este quinto segmento de ese algo completamente diferente. Esta noche bien podría ser el momento bisagra para Valaika y quien escribe, así que sus reseñas tendrán mucho más valor, especialmente si traen adjuntas buenas vibras. ¡Nos leemos en el próximo episodio! O como se dice en japonés, "suerte para todos y para nosotros también".
