Sábado por la mañana.

Me despierto sin saber dónde me encuentro, no es precisamente que esté en otra habitación, pero seguramente se debe a que amanecí en el otro lado de la cama. La noche me parece borrosa, recuerdo cosas como en pequeños flashes. Afortunadamente no me duele la cabeza pero tengo una sed del tamaño del mundo.

Recuerdo perfectamente bien que cuando Barbra regresó tenía el rostro apagado y parecía enojada, supuse que sería con Marley. No pregunté por obvias razones, sin embargo me reconfortaba que estuviera molesta con su prometida, eso significaba que el paraíso no era perfecto y que evidentemente había problemas que me darían pauta a encontrar el hueco en su pared de "perfección" para así colarme y crear la fractura que debía romperla, desmoronarla, hacerla pequeños pedazos.

No me habló del asunto y a Santana le dijo con señas que le contaría luego.

Recuerdo que se volteó a mí y me llenó el vaso que aún no me terminaba, llenó el suyo y lo levantó.

-Por una noche de diversión-. Le sonreí amplio y levanté mi vaso, chocándolo con el suyo. Ambas le dimos un gran trago y nos quejamos por la quemazón que nos provocó el alcohol en la garganta.

Los chicos de la banda nos invitaron a bailar de nuevo, amenizado el rato, no importaba que no hubiera pista, que el asunto fuera más bohemio, todos y de verdad, todos estaban tan de buen humor que importó poco el espacio reducido y movimos el cuerpo como si estuviéramos en un gran salón.

-No tengo idea todavía de cómo bailar esto-. Dijo Barbra riendo, pegada a mi cuerpo, con su mano entre la mía. El sudor soltó el olor de nuestros perfumes.
-Déjate llevar-. En realidad no supe si se lo dije respecto al baile o a todo, cuando bebo me pongo sincera y coqueta y ayer definitivamente me sentía así.

De ahí en adelante todo se me ha olvidado, no tengo idea de lo que dije o de lo que hice, lo cual me pone nerviosa, espero no haber dicho algo estúpido o haber soltado información impertinente. Sobre todo espero no haberle dicho Rachel a Barbra o Britt a Susan.

Estoy de lado, viendo hacia la ventana, pero me duele la espalda, como que hubiera dormido de ese modo toda la madrugada. Me giro y en cuanto me muevo los músculos comienzan a desentumirse, pero luego me detengo en seco.

Hay una mujer que me está dando la espalda, está profundamente dormida… es Barbra. Como rayo me cercioro de estar vestida. Respiro tranquila cuando veo que ni siquiera me quité la ropa que traía ayer.

Ojalá estuviera de frente a mí para poder verla mientras duerme, pero sólo me quedo viendo como se le mueve el torso cuando inhala y exhala, veo su cabello que es más largo que antes y de otro color, trae mechas californianas, o creo que les llaman así, no estoy segura, yo siempre he estado contenta con mi cabello rubio (o rosa en la preparatoria).

Me siento relajada y no sé en qué momento vuelvo a cerrar los ojos, pero cuando los abro de nuevo ella me está viendo fijamente. Y no se apena cuando la atrapo mirándome.

-Buenos días-. Su voz es queda y tranquila. Yo me estiro antes de responderle.
-Buen día-. Volteo a verla otra vez y me está sonriendo. Me da el presentimiento de que algo sucedió anoche y siento la cara caliente.

-¿Por qué sonríes?-.
-Por nada-. Sé que posee información que yo no recuerdo.
-Por dios, algo dije o hice ¿No es así? Algo absurdo y vergonzoso o… dios-. Me tapo la cara con las manos y me pongo boca arriba.

Siento su mano en mi muñeca y poco a poco me destapa el rostro.

-Eres muy graciosa cuando estás borracha-. Volteo a verla.
-Creo que merezco que te apiades de mí y me digas qué hice anoche-. Se lame los labios y me mira a la boca.
-Me dijiste que era hermosa y aseguraste que eres tú con quien debo pasar el resto de mis días, me diste toda una explicación de por qué somos la una para la otra y que debía reconocer que tu alma pertenecía con la mía-.
-Creí que había sido algo peor-.
-Luego me diste un pico en los labios-.
-Oh… demonios-. Escondo el rostro en la almohada esta vez. –Lamento haberlo hecho, en serio que sí, me siento tan avergonzada, no debí hacerlo no…-.
-Estábamos las dos en el mismo estado y supongo que un pico en los labios no es cosa del otro mundo-.
-Pero estás con Marley-. Levanto la cara y la veo. Ella traga saliva y me desvía la mirada.
-Si bueno… lo sé-. Esa es toda la respuesta que obtengo y no voy a insistir más, no veo que tenga demasiadas ganas de hablar de su relación con Marley.

Y después de todo no somos las grandes amigas, así que no tendría por qué enterarme de ello.

-Yyyy…. Mmm ¿Por qué has amanecido en mi habitación?-.
-Porque tú cama es más cómoda que la mía-.

Se me borra la sonrisa del rostro y me aclaro la garganta aunque en realidad no tenga intenciones de hablar. Recuerdo ese día en el que Rachel me dijo que mis almohadas eran más cómodas.

Pero entonces me regresa la sonrisa y me acerco un poco a ella.

-Lo es-. Y escucho que su estómago ruge. –Tienes hambre-.
-Aunque un poco de asco-.
-Te puedo preparar un plato con fruta y yogurt o podemos salir y ver qué se nos antoja-. Me levanto y voy hacia el closet –Aunque primero deberíamos de darnos un baño-.
-¿Quinn?-.
-¿Mmm?-. Saco unos pantalones térmicos y unos jeans y una playera blanca sin estampado.
-Anoche me dijiste Rachel dos veces-. Dejo de hacer cualquier cosa y me quedo inmóvil con la vista hacia la ropa, dándole la espalda a Barbra –¿Quién es Rachel?-. Tú.
-Es… alguien que conocí y… se parece a ti-. Se levanta y se recarga en la pared, viendo mi perfil.
-¿Una ex novia?-. Rachel nunca fue mi novia.
-¿Te has fijado cómo cambiamos de tema cuando pregunto o digo algo de Marley?-. Asiente -¿Qué tal el clima? Parece que caerá llovizna-. Abro un poco las cortinas y veo el cielo nublado.

Ella se echa a reír muy fuerte y menea la cabeza, caminando hacia la puerta.

-Despertaré a Santana y a Susan-.
-Toca antes de entrar, no creo que estén vestidas-. Vuelve a reír y se marcha.

Respiro por fin, le dije Rachel… pero es que… es Rachel.

Me aprieto el puente de la nariz y cierro los ojos. Agua, necesito agua. Camino a la puerta, pero antes de siquiera tomar la perilla ésta se abre y apenas logro quitarme para que no me golpee.

-Lo siento, lo siento, no pensé que estuvieras detrás de la puerta-. Es Barbra de nuevo.
-Descuida; no me ha pasado nada-. La veo sonrojada y apenas le preguntaré por qué cuando escucho ruidos en la habitación de Santana. –Oh-.
-Si-. Me mira a los ojos –Ya ni siquiera toqué-.
-Desayunamos fuera…-.
-Es un hecho-. Ella se va a darse un baño y yo a la cocina por el tan anhelado vaso con agua.

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Nos hemos sentado en un restaurancillo de comida turca; el lugar es de ladrillo oscuro barnizado con mesas de madera y ventanas amarillas que no dejan pasar mucha luz. Tiene más pinta de taberna que de restaurante, me siento como si estuviera en un bar a donde acostumbrara entrar Edgar Allan Poe o como si antes hubiera estado lleno de marineros y prostitutas.

Caigo en cuenta de que se parece bastante al bar a donde entré cuando quedé de verme con Charles cuando "íbamos a hacer la magia". Sólo que claro, remodelado y acondicionado para otra cosa.

Debo decir que la resaca está haciendo acto de presencia y me siento como Barbra, tengo hambre, pero también un poco de asco, aunque, por un Döner de estos puedo quitarme el asco en un segundo. Son deliciosos.

Se le queda viendo.

-¿Segura que esto es súper rico y no podré dejar de comerlos?-.
-Confía en mí-. Sigue viéndolo extraño.
-Ok-.

Lo mordemos al mismo tiempo. El sabor de un Döner para mí es comparable al sabor de millones de tiras de tocino en mi boca; no, no saben igual, pero es la misma experiencia que vivo cada vez que doy un mordisco.

La carne de cordero le da un sabor distinto a todo lo que he probado, mas la salsa de jitomate que preparan y otro aderezo; no tengo idea de lo que lleva en sí, la preparación exacta de este platillo turco, pero bendito sea el que lo inventó.

La veo masticar y saborearlo, se queda pensando, probando la explosión de sabores que se está llevando a cabo en su boca. La observo atentamente, tratando de distinguir un gesto de aprobación o desaprobación a lo que la he llevado a desayunar.

Suelta un gemido y se cubre la boca que aún tiene llena de comida.

-Está delicioso-.
-Te lo dije-. Contenta de haber escuchado aquello vuelvo a morderlo y lo disfruto mucho más.
-Wow-.

Hablamos poco mientras comemos, no es para menos, con el hambre que tenemos es primordial tener algo en el estómago.

En fin que para hablar, tenemos todo el día.

Cuando estuvimos listas para salir a desayunar supimos que Susan y Santana no estarían jamás disponibles. Así que decidimos salir a pasear las dos solas, y ¿Saben una cosa? Yo no me estoy quejando en absoluto.

Creo que finalmente esa suerte que creí que no tendría está apareciendo, dándose a notar; es bueno tenerla conmigo y para mí sola, sin Marley, sin San y sin Susan. Es la oportunidad perfecta para conocernos y reconocernos, que me hable de ella y yo hablarle un poco de mí. Observarla y saber qué de todo lo que conocí de ella sigue siendo aún en este nuevo cuerpo que se le ha asignado.

Escucho la campanilla del lugar y entra una chica de color que se dirige a la barra y ordena algo para llevar, no pongo mucha atención porque sigo comiendo y viendo a Barbra, pero luego la muchacha se gira, recargando los codos en la barra y la reconozco: Tynice.

Sonrío en seguida, sonrío como si hubiera visto a una amiga que hace años no veo. Barbra se da cuenta y se gira para ver en quie n están mis ojos.

-Es bonita-. Suelto una ricita.
-No es eso; la conozco… aunque ella no me conoce a mí-.
-¿De la escuela? ¿Fue de esos crushes que nunca confiesas en preparatoria?-. Sigo sonriendo y niego con la cabeza.
-No, alguien que me cae bien, nada más-. Su piel es diferente, se le nota más suave y las manos menos partidas, como que si pasara mis manos por encima de ellas se sentirían suaves al tacto. El cabello lo tiene lacio y lleva gloss en los labios. Yo había dicho ya antes que Tynice no era fea, pero vaya que ahora se ve increíblemente linda.

Sus ojos se posan en los míos y me sorprende sonriéndole, pero piensa que es como cualquier sonrisa que te brinda un desconocido con el que te encuentras de frente en la calle o con quien te cruzas de repente en un pasillo de supermercado.

Me sonríe de vuelta y se gira hacia donde el cocinero que le entrega una bolsa de plástico transparente, paga y se marcha.

Si yo no hubiera conocido a Tynice en aquella vida, aunque hubiera sucedido la misma situación yo no hubiera prestado atención a la chica que entró, incluso de haberle visto el rostro hubiera fijado mi atención en otra cosa. Simplemente porque sería una extraña para mí. Aunque, quizás, hubiera experimentado aquella sensación de reconocimiento.

Vuelvo a mencionar pues lo extraordinario que es todo esto. Aquello que sientes cuando vas en el asiento del metro y alguien que nunca has visto te es familiar, que sientes algo en la boca del estómago que no sabes describir bien, o una sensación en alguna parte de tu interior que no sabes bien dónde está, dónde la sientes.

A mí me pasó muchas veces, sólo que no comprendía por qué, ahora lo sé.

-¿Te ha pasado que ves a alguien en la calle, en cualquier lugar y sientes que lo conoces?-.
-Sí, muchas veces, lo hablamos en tu terraza-. Le da un trago a su limonada, cierto, yo y mi memoria.
-Es verdad-. Me da sed también y doy un sorbo a mi agua mineral con limón y sal.
-Me pasó contigo ya te lo dije-. Se me atora la bebida, y comienzo a toser, siento que me ahogo, no logro tomar aire, incluso creo que voy a vomitar, levanto los brazos para que el oxígeno me llegue a los pulmones pero no logro jalar aire.

Barbra se para en seguida y me da golpecitos en la espalda.

-Respira Quinn-. Pero se está riendo, debo de verme ridícula.

Por fin puedo respirar pero me raspa mucho la garganta y me duele el pecho.

-¿Estás bien?-. Asiento, me siento incapaz de hablar -¿Quieres agua natural? ¿De mi limonada?-. Niego –Me asustaste, te pusiste muy roja, creí que te ibas a ahogar-.

Tengo la mano en el cuello y estoy tragando saliva con dificultad, me sigue raspando.

-No creo..-. Comienzo a decir con la voz ronca –Que te hubieras preocupado, estabas muerta de risa-. Finjo estar indignada y le robo un poco de limonada, dándole de sorbitos para que no me arda también el limón. Me pica el agua mineral y el cítrico así que se la regreso en seguida.

Sigue riéndose y me habla entrecortado.

-Debiste de… haber visto tu cara… fue… fue… perdón, es que…-.
-Anda sigue riendo-. Me limpio la garganta de nuevo y vuelvo a comer. -¿Entonces sí te gustó?-.
-Es delicioso-.

Pasan dos minutos en silencio.

-¿Por qué dices que sentiste que ya me conocías?-.
-¿Tú como lo sabes? Cuando ves a alguien ¿Cómo lo sabes?-. Me mira fijamente a los ojos, esta versión de Rachel es… no logro definirlo aún ¿Más despierta? Quizás.
-No sé, siento algo… como… un cosquilleo que no es precisamente en el estómago, es… como si lo sintiera en…-.
-¿El alma?-. Interrumpe, pero tiene la respuesta correcta.
-Sí-.
-Ya lo había dicho y lo digo hoy otra vez, no sé Quinn, simplemente es algo que…-. Deja el Döner sobre el papel encerado y se limpia los dedos con la servilleta –Fue impresionante verte en el aeropuerto y pensar que… o sentir… ese cosquilleo del que hablamos-.
-No se notó-. Digo honestamente.
-No suelo ser demasiado transparente con mis emociones, al menos no con gente que no conozco-. Buen punto.

Me causa mucha curiosidad cómo dos personas pueden llegar a tener la misma conversación que han tenido uno o dos días antes y sentirse igual de impresionadas o nerviosas, cómo, ya teniendo más confianza la una en la otra, están dispuestas a profundizar.

Puedo asegurar que Barbra se siente muy cómoda conmigo, puede decirlo o no, pero me lo demuestra riendo y durmiendo conmigo, incluso en el burdo acto de desayunar. Hay gente que no gusta que extraños le vean comer. Ella sin embargo lo hace con naturalidad, como si hubiéramos tenido cientos de desayunos juntas.

Me quedo de nuevo en silencio, con la mirada sobre la mesa, pero sé que ella me está viendo a mí.

-Y dime Quinn ¿Sales con alguien?-. Lo dice casual, como si sólo quisiera conversar conmigo, romper el silencio. Esas son preguntas que siempre se hacen cuando estas creando lazos de amistad con alguien, es para romper el hielo, conocerse mejor.
-No-.
-¿Te rompieron el corazón?-. Levanto la mirada y me rasco el brazo, es un acto de mero nerviosismo porque no tengo comezón.
-No, en realidad creo que fue al revés. No fue que lo quisiera así, fue culpa de las circunstancias y por cosas del destino no pudimos estar juntas, también fue cosa del tiempo-. Le he dicho la verdad sin contarle toda la historia que seguro no me creería.
-Suenas enamorada de ella-. Eso no es nada bueno, no es bueno que piense o sienta que estoy enamorada de esa persona, porque sí, ok, lo estoy, pero esa persona es… ella misma.

Finjo reír.

-Pero ya no lo estoy-. Vuelvo a comer.
-¿Cuánto tiempo llevas soltera?-.
-Seis meses-.
-¿Sin conquistas?-.
-Ni una sola; estoy esperando a la persona correcta y sé que la tendré… y ¿Qué es esto? ¿Veintiún preguntas con Barbra?-. Me avienta un pedazo de lechuga. Me cae en la pierna y me la quito en seguida.

Me gusta mucho cómo es conmigo.

-Pregunta algo tú si quieres-. Pienso bastante en mi pregunta. Hay tantas por hacer.
-Si tuvieras que cantar cualquiera de estas dos canciones ¿Cuál sería? ¿Gloomy Sunday o Bei mir bist du schön?-. Lo piensa, se da golpecitos con el dedo índice en la quijada.
-Creo que Gloomy Sunday; me parece deprimente, pero es muy sentida, es de un amante que ha muerto o no precisamente un amante, pero es triste, y me gustan mucho las notas que se emplean en la canción-. Se me acelera el corazón, tengo ganas de tomarle la mano y apretársela fuerte.

Recuerdo a Rachel quien la cantó… recuerdo perfectamente bien que…

-Recuerdo perfectamente bien el momento en el que la escuché por primera vez-. Mis pensamientos se ven interrumpidos por su voz –Me encontré llorando como una idiota sin saber porqué-. Trago saliva, se me hace un nudo en la garganta, yo sí sé por qué.

Yo también lloré cuando la escuché con Rach. Aunque dudo que Barbra la hubiera escuchado con ella.

-Estaba en mi departamento- Continúa –Y tenía una estación de radio donde pasan música de diferentes géneros… y salió esa canción. Es una cantante de cabellos rojos y siempre sale con corsé-. Emilie –Fue… wow, se me puso la piel de gallina. Juro que no sé qué me pasó, pero no podía parar de llorar-.
-Me gusta mucho esa canción-. Me sonríe, se limpia las manos y se recarga en su silla. Ha terminado con el Döner.
-¿Quieres otro?-.
-Pff ¿Bromeas? Estoy llenísima-. A mí me quedan dos mordidas –Anda, hazme otra pregunta, es lo justo-. Me le quedo viendo con los ojos entrecerrados, meditando bien qué preguntarle.
-Lo que yo quiera-.
-Sip-.
-¿Cualquier cosa sin que te enojes e intentes responder otra cosa?-. Termino con mi bebida.
-Prometido-.
-¿Por qué estabas molesta anoche después de colgar de con Marley?-. Cruza los brazos, sé que es un acto reflejo, quiere protegerse de lo que sea que haya pasado.
-Porque no va a regresar como había quedado, pasará más tiempo en Connecticut… y… y eso me molestó-. Sé que no me lo está diciendo todo –Creo que deberíamos de pedir la cuenta-.

Levanto la mano y en menos de dos minutos estamos afuera.

Hace un viento fresco, se nos congelan las mejillas y caminamos con las manos dentro de las bolsas del abrigo.

-¿Qué sigue?-. Su pregunta me gusta, no tiene la intención de huir de mí, el plan es seguir conmigo. Miro el reloj, es la una de la tarde. Al parecer nuestro desayuno fue más bien comida.
-Ehm…-. Pienso; quisiera que mi abuelo la conociera, pero no creo que sea la mejor idea, no sé qué pueda pasar si le habla de Rachel, les encontrará el parecido y entonces comenzará con las anécdotas –Tengo una idea-. Respondo.

Le tomo la mano y cruzamos la calle; cuando nos encontramos en la acera de enfrente hago por soltarla pero ella finge demencia y deja su mano en la mía.

-¿A dónde vamos?-.
-Por el auto-.
-¿Y luego?-.
-Manejaremos a las afueras, sé el camino a una casa que le perteneció a mis antepasados, no iremos a la casa, iremos a la playa-.
-Pero está por llover y hace mucho frío-. La jalo de la mano cuando sus pasos se hacen lentos.
-¿Y qué? Será una aventura-. No temo que Barbra enferme. Ella no tiene una presentación que hacer, no tiene que cuidar su voz como tenía que hacerlo Rachel.

Confieso que estoy nerviosa, desde mi regreso no he ido a la casa de campo.

Estamos platicando de cosas sin sentido durante el camino, que si le gusta la serie de Friends, que si no puede creer que me parezca demasiado absurda. Le cuento sobre una serie donde una Súcubo se enamora de un lobo y una humana, sobre los encuentros sexuales, la música.

-Te va a encantar- Le digo entusiasmada.
-No hay nada mejor que Friends-.
-No he visto nunca un solo capítulo, al menos no completo-. Me mira como si lo que hubiera dicho fuera una blasfemia.
-Es épico-.
-Simplemente no es el tipo de programa que me gusta, me gustan las comedias, pero prefiero The big bang theory o… Malcolm-. Tengo una mano en el volante y a otra la uso mientras hablo, me gusta hacer ademanes cuando tengo una conversación.
-¡Quinn! Basta, te estás quitando puntos tú sola-.

Pero no puedo responder a lo que me ha dicho… veo la casa… se me para el corazón, no late, creo que está tan sorprendido como yo.

Está abandonada, maltratada, llena de plantas secas y de escarcha.

-Qué miedo-. La escucho decirme; no he quitado mis ojos de la fachada.

La idea es bajar a la playa pero se me olvida aquello cuando no puedo creer lo que ven mis ojos.

La puerta está entreabierta, lo que da una señal más que consistente de que estos terrenos están más que abandonado: están olvidados.

-Quinn, me da miedo, no quiero entrar-.
-Shh, estás conmigo, sólo echemos un vistazo, uno pequeño… y luego nos vamos-. Casi estoy rogándole.
-No, tengo esa sensación de la que hablamos hace un rato, pero me da miedo entrar, está en muy mal estado-. Le estiro mi mano y la sostengo, viéndola fijamente. –Otch, ¡ok!-. Siento su mano de nuevo en la mía.

La puerta cruje y rechina cuando la abro para poder pasar. Todo está cayéndose, la pintura, el tapiz, el barniz de la madera del pasamanos de las escaleras.

-Subamos-.

Me sigue sin decir una sola palabra; siento un nudo en la garganta.

¿Por qué no había venido? ¿Por qué no había preguntado por ella? Es sólo un síntoma de mi pronunciada negación al hecho de que me encontraba lejos de Rachel. Evitaba a toda costa pasar por la casa de New York, evité esta casa más que nada.

Además creí que estaría ocupada y que sus terrenos me serían prohibidos.

Llegamos a la que era mi habitación, abro también la puerta que rechina del mismo modo, entra la luz del sol que logra colarse por las densas nubes. No hay cama, no hay muebles de hecho, sólo está un espejo encima de la chimenea.

La mano de Barbra me aprieta fuerte.

-Me estoy sintiendo extraña, Quinn-. Todo me parece tan nostálgico que lucho con todas mis fuerzas contra las lagrimas que tengo en los ojos.

Es como si pasara entre fantasmas, puedo sentirlos, pero no los veo, no veo los muebles, no veo las plantas, las cortinas. Lo que sí puedo ver es a Rachel sobre mi cama y más específico sobre mi pecho, contándome historias.

Necesito ir al baño y ver la tina. Ahí está, llena de sarro enmohecido.

-Wow, qué tina tan hermosa. Seguro que en aquellos días ha de haber lucido maravillosa en este baño-.
-Lo era-. Afirmo. Era en verdad una tina preciosa.

Me quedo parada frente al espejo, pensando en las cosas que viví en esta casa, ni siquiera siento cuándo Barbra me suelta de la mano y me deja sola en la habitación.

'Quinn' Puedo escucharla llamándome, es el eco de su voz en mis recuerdos, 'Quinn' de nuevo.

-¿Barbra?-. Salgo de la habitación y hacia el pasillo –¡Barbra!-.
-Aquí-. Está en su habitación; ha abierto las ventanas y podemos sentir cómo entra el viento, fuerte y helado. –¡Qué vista!-.
-Lo sé-. Ella me está dando la espalda pero puedo ver su perfil. Cuando digo 'Lo sé' No estoy hablando del mar que se confunde con el cielo. Estoy hablando de ella aquí, en el balcón.

Su habitación también está vacía, no hay ni siquiera papeles en el suelo, solo hojas que se han colado por las ventanas rotas. Vuelvo a reconocer ese olor a sal, a mar. Escucho las olas rompiendo violentamente contra las rocas.

Solo que no hay gaviotas, eso me falta para tener el escenario completo.

Me paro a su lado, poniendo mis manos también sobre el frío metal de color blanco que se ha oxidado con la sal del ambiente.

-Esta casa debió ser hermosa cuando estuvo en su apogeo-. Se da media vuelta y me preocupa que se recargue tanto en la baranda –Puedo ver una cama en este lado de la pared, y unos burós hermosos de un solo cajón. Un biombo de este lado-Señala a su derecha – Y unas lindas cortinas de terciopelo azul-. Ha atinado a todo menos al biombo.

Se me ponen los vellos de punta.

Vuelve a dar media vuelta y voltea a mi balcón.

-Y te imagino a ti ahí, leyendo o fumado-. Es entonces cuando no puedo más y lloro.
-¿Por qué lloras?-. Me mira preocupada. Desconcertada más que nada.
-Porque me pasó tal y como te pasó a ti cuando escuchaste Gloomy Sunday por primera vez-. Me abraza, su cabeza sobre mi hombro.
-Ven, salgamos; la atmósfera de esta casa es muy pesada-. Es muy pesada en verdad.

Cuando bajamos a la playa me siento triste, no debería, pero fueron demasiadas emociones allá arriba. La arena está apelmazada por la llovizna que hubo antes de que llegáramos, nos sentamos sin molestarnos en poner algo.

-Es pacífico estar aquí-. Volteo a verla y ella hace lo mismo, estamos viéndonos a los ojos –Un poco creepy, pero me gusta, me calma-. Suspira, cierra los ojos y hace su cara hacia el mar, sube la barbilla.
-El viento sobre mi cara siempre me ha dado la sensación de paz, como que con aquello me limpiara todo, me limpiara el alma y se llevara consigo todo el hollín que se le impregna con los años, también siento que me limpia la piel, la existencia-. Abre los ojos y me mira de nuevo.
-¿Por qué no te conocí antes?-. Su pregunta me parece extraña.
-¿Cómo dices?-.
-O quizás te conocí antes-.

Y sin que pueda decir mas, me besa. Mi rostro está en sus manos, sus labios sobre los míos. Apenas tengo tiempo de darme cuenta de lo que está pasando cuando se separa de mí.

'No lo hagas, no te separes de mí, no aún´ Pienso.

-Perdón, yo no debí de… lo lamen…-.

La beso de vuelta, callándola al instante, temo que no vaya a responderlo… y cuando lo hace todo dentro de mí se siente ligero y lleno de luz. Estoy besando a Barbra y lo que es mejor, ella también me está besando a mí.

Cuánta pasión.

Al separarnos del beso, nuestras frentes quedan pegadas.

-No puedo hacer esto-. No quiero responder a lo que acaba de decir, pero al instante vuelvo a sentirme en tinieblas –No DEBO hacerlo-. Se separa de mí por completo –Llévame a casa-.
-Barbra…-. Se levanta, yo sigo sentada, viéndola hacia arriba.
-No, sólo… llévame…-.