Hola! Milenios sin actualizar esta historia!
Si lo sé, soy muy mala. Hace mucho tiempo ya quería retomar la historia, pero de repente me ocupaba, se me olvidaba y cosas así... además que tenía que leer TODO mi fic de nuevo para acordarme dónde me había quedado .
Bueno, en fin, si voy a continuar con el fic, pero voy a seguir tardando en actualizar. La verdad no sé qué tanto me lleve, como puede que la otra semana actualice, como puede que actualice dentro de seis meses . La verdad voy a procurar no tardarme tanto, pero ahorita ando con planes de mudanza y eso puede atrazarme. En fin, mejor los dejo con el nuevo capítulo si es que todavía hay alguien por ahí que le interese ver la continuación :P
Ayer por la madrugada y hoy han ocurrido muchas cosas y a decir verdad no tenía ganas de escribir, pero decidí hacerlo porque pienso que es algo que debe estar aquí en mi diario, especialmente porque… mejor comienzo desde el principio.
Después de haber escrito ayer por la noche, no podía dormir, pues Atem nunca llegó a verme como Isis me había dicho, así que en la madrugada me levanté a buscar a Atem para asegurarme con mis propios ojos de que él estaba bien.
Mientras me acercaba al cuarto de Atem comencé a sentirme nerviosa, porque la verdad tenía miedo de que él estuviera grave, y todo por mi culpa, porque no soy lo suficientemente fuerte para protegerlo. ¡Así no puedo aspirar a ser parte de la corte en el futuro!
Cuando pensé en eso se me quitaron las ganas de entrar al cuarto de Atem, donde ya me encontraba frente a la puerta. Me sentía avergonzada, pero al final me ganó más la preocupación y terminé entrando al cuarto sin siquiera tocar la puerta como normalmente hago.
—¿Atem? ¿Estás bien? —me acerqué corriendo a su cama y Atem estaba acostado. Primero creí que estaba dormido, pero usé uno de los hechizos básicos del libro para prender una lucecita con la que vi que tenía los ojos abiertos.
—¿Estás bien? —me preguntó Atem con una sonrisa.
—¡Yo estoy bien! ¿Tú estás bien? —me acerqué corriendo a su cama y por impulso lo abracé— Perdóname, fue mi culpa, yo…
—¡Ay! —me separé espantada— Estoy bien. Y no fue tu culpa —vi que se veía incómodo, al principio creí que fue por abrazarlo tan de repente, pero vi que apenas se movía y supongo que lo miré muy extrañada porque me contestó la duda que no alcancé a preguntar— Sólo es una torcedura.
—Déjame ver —pedí, pero él no me dejó.
—Enserio, estoy bien, y me gustaría dormir —se cubrió con las cobijas— Ahora que sé que estás bien podré dormir. Supongo que tú harás igual.
Cuando lo oí, me sentí peor que antes de entrar a la habitación porque aunque no sabía bien qué tenía, supe que estaba muy lastimado por haberme defendido. Yo no tenía sueño, había estado dormida desde que me desmayé, pero asentí a lo que dijo y me fui de la habitación sin contestar al "Buenas noches" de Atem. No podía dejar de pensar en lo débil e inútil que soy.
Empecé a correr por el pasillo cuando cerré la puerta del cuarto, y llegué al jardín donde la serpiente había mordido a Mahad. Yo seguía siendo la misma niña que lloraba por todo y era protegida por los demás, y toda la culpa era de esas tontas sombras. Bueno no… en realidad es porque no logro ser más fuerte, pero es que me dolía mucho admitirlo.
—¡Tontas! ¡Tontas sombras! —gritaba, aunque más bien me quería gritar a mi misma— ¡Desde que llegaron todo ha ido mal!
—Psss —oí que me llamaban y levanté la vista. No veía a nadie y empecé a buscar con la mirada hasta que vi unos arbustos moviéndose. De repente vi a Bakura.
—Mana —me llamó por mi nombre.
—¡Bakura!
—Shhh
Me tapé la boca y miré a todos lados para asegurarme que no había nadie cerca. La verdad no tenía ganas de hablar con nadie, seguía sintiéndome mal por ser tan débil pero era difícil saber cuándo iba a volver a ver a Bakura, y más después de todo el tiempo que no pudimos estar juntos.
—¿Qué haces aquí a esta hora? —le pregunté en voz baja ya cuando estuve cerca de él.
—¿Cómo estás? —me preguntó— Supe que volvieron a atacar el castillo.
Aquellas cosquillas volvieron, y desde que supe lo que significaban me he dado cuenta que cada día se me hacen más molestas. Bueno, con Atem ya intento olvidarme de todo eso, pero no estaba preparada para ignorar las de Bakura.
—Estoy bien —me sobé la cabeza porque entre mi preocupación por Atem y mi sentimiento de debilidad, no había sentido el chichón que se me hizo; hasta que Bakura me preguntó me di cuenta— Aunque… —se me salió decir y él quiso saber más— No es nada.
—Dime —me ordenó más que pedirme.
—Es que… —si iba a decírselo pero la verdad me arrepentí porque no quería que él se enterara de lo débil que soy— No, no es nada, enserio.
—Si vas a mentirme, mejor no vuelvo –me dijo dándose la vuelta para irse y sentí mucho miedo de pensar en no volverlo a ver.
—¡Espera!
—Shhh —me calló, pero si se detuvo.
—Lo siento —me tapé la boca— Te lo diré —me la destapé— Es que Atem… —chasqueó la lengua y vi cómo perdió el interés.
—Sea lo que sea, vine a hacerte una propuesta —se puso serio cuando dijo la última palabra.
—¿Propuesta?
—Escapa conmigo.
—¡¿Qué?! —exclamé confundida y él me cubrió la boca chisteándome y metiéndome en los arbustos con él.
—Nos van a descubrir —me regañó y luego me soltó cuando se aseguró que nadie venía.
—¿Cómo que escapar? —pregunté aún incrédula y casi gritando, por lo que Bakura volvió a taparme la boca.
—El castillo es atacado y tu estás en él ¿Crees que no me preocupo por ti cuando me entero que atacaron el palacio?
Oírlo no sólo hizo que me regresaran las cosquillas, sino que se intensificaron al grado de sonrojarme completamente. Me sentía muy rara y no sabía cómo actuar ni qué decir.
—¿De verdad? —apenas y yo me oí a mi misma.
—Vámonos ahora que nadie sabe que estás aquí —me dijo. Yo no reaccionaba, sólo sabía que me sentía feliz y no me di cuenta que él me halaba de la muñeca hasta que llegamos a la puerta trasera del palacio —Sólo hay dos guardias, será fácil salir.
—¿Salir? —finalmente reaccioné y antes de que Bakura me halara a la salida lo detuve— ¡Espera!
—Vámonos, es nuestra oportunidad —me haló con más fuerza pero yo opuse resistencia— ¿Qué haces?
—No puedo.
—Claro que si, yo te voy a ayudar.
—No, no es eso. Yo estoy estudiando magia para poder proteger a mis amigos, no puedo huir —contesté soltándome.
—Ya hay muchos guardias en el castillo, no te necesitan aquí —me dijo Bakura enojado, pero sus palabras me estremecieron.
Hasta Bakura sabía que si yo estuviera ausente no pasaría nada, porque no puedo hacer nada bien… ¡No! Más bien todos estarían mejor, porque Atem no estaría lastimado y la Maestra Nefim tampoco habría tenido que intervenir. Sólo podía pensar en cómo mis amigos en un año ya eran aprendices de mago admirados, mientras yo, después de cuatro años entrenando seguía sin ser muy útil más allá de derribar aquellas sombras y hacer hechizos que más bien me servían para hacer travesuras. Pensando en todo ello no pude evitar derramar algunas lágrimas que ya no me importaba ocultar.
—Ya sé que soy una inútil —decía sollozando.
—¿De qué hablas? —Preguntó Bakura muy molesto— Déjate de tonterías y vámonos.
—¡Déjame sola! —grité soltándome de él sin importarme que alguien nos escuchara.
Yo simplemente salí corriendo de ahí tan rápido como pude, y ni siquiera supe hacia dónde dirigía mis pasos, yo sólo quería alejarme de cualquier persona porque ya no podía seguir conteniendo la tristeza y frustración que me causaba no poder mejorar, así tampoco podía aspirar a resaltar.
Lo último que recuerdo de aquella noche es que me escondí en un enorme jarrón de alguno de los pasillos cuando oí que llegaban unos guardias. Ahí adentro lloré en silencio hasta quedarme dormida y no porque los guardias no se hubieran ido, sólo no quería ver a nadie y que nadie supiera de mí.
Al otro día desperté porque oía que gritaban mi nombre. No quería salir y me quedé escondida hasta que me di cuenta que era raro, no era la primera vez que me escondía por alguna travesura o algo por el estilo, pero podía oír cómo prácticamente todo el palacio me buscaba.
Después de un rato ya no oí que me llamaran, y todo quedó en completo silencio.
Sólo podía pensar en que se cansaron de buscarme y que poco a poco se olvidarían de mi, después de todo yo no era de gran ayuda, al contrario, siempre hacía travesuras, quizá hasta se sentirían aliviados. Y entonces pensé, que quizá irme del palacio como Bakura me había dicho no era mala idea, pero tampoco quería irme con él, más bien sería mejor irme sola para no estorbar a nadie.
Pensar en ello me hizo volver a llorar, y aunque quería arrepentirme me dije a mi misma que debía ser fuerte al menos una vez, pues así ya no estorbaría a nadie y ayudaría más a mis amigos yéndome. Cuando estuve más tranquila salí a escondidas del enorme jarrón y a hurtadillas anduve por los pasillos hasta llegar a mi habitación.
Tomé las pocas pertenencias que tenía, obviamente entre ellas mi diario, y así como llegué a mi habitación pretendía salir del palacio. Estaba tan triste con mi decisión que ni siquiera me puse a pensar en que no había desayunado, que conocía poco la ciudad y que no sabía a dónde ir, pero no me di cuenta de ello hasta que ya me encontraba caminando por el bazar y un agradable aroma pasó por mis narices.
—¡Qué rico huele! —exclamé al tiempo que mi estómago rugía cual león.
Quise acercarme al lugar de donde provenía el aroma, quizá podría pedir un poco de comida, pero un alboroto llamó mi atención, y quizá de haber sido otra cosa lo habría ignorado de inmediato porque tenía mucha hambre, pero pude darme cuenta de que eran soldados del palacio y también pude ver al Maestro Koem.
No tenía idea de qué hacían en la ciudad, pero no iba a dejar que me encontraran, así que corrí a buscar dónde esconderme cuando al voltear atrás para asegurarme de que nadie me seguía, choqué con alguien.
—¡Ay! —exclamé en el piso y al levantar la vista me encontré con una joven muy guapa y muy rara, pues tenía una piel y cabellos blancos.
—Lo siento, tengo que irme —alcancé a escuchar lo que la chica dijo antes de levantarse y salir corriendo
Estaba muy impresionada con esa chica que era como de la edad de Atem, pero al recordar a los guardias que no estaban muy lejos y ver que unos hombres iban tras esa chica, me levanté de un salto y eché a correr.
Me costó mucho trabajo encontrar dónde esconderme, pero finalmente logré esconderme entre unos juncos en el río, hasta que los guardias se fueron.
No sé qué hacían todos esos guardias y el Maestro Koem en la ciudad, pero me dio la impresión de que estaban buscando algo o a alguien. Claro que pensé que quizá me buscaban a mi como lo había oído en el palacio pero lo raro de todo eso fue que no me llamaron ni oí que preguntaran por mí.
Le di muchas vueltas al asunto hasta que decidí que debía olvidarme de eso.
—Ya no vivo más en el palacio —me dije a mi misma— Así que ya no debo preocuparme por eso… —me quedé fría al decir eso— ¿Entonces ya no debería preocuparme por mis amigos?
De nuevo me querían dar ganas de llorar, pero un grito agudo y otros más graves llamaron mi atención.
—¡Te atrapamos! —exclamó un hombre que sostenía una red con la que habían atrapado a la chica albina con la que había tropezado hacía una hora.
—¡Suéltenme por favor! —suplicaba la chica— ¡Auxilio!
—Nadie va a ayudarte pequeña rata —se burló otro de los hombres que lanzó una patada a la chica.
—Es mejor que no te resistas —dijo el tercero lanzando otra patada— No tienes escapatoria.
Vi cómo iban a volver a patearla, pero no pude quedarme con los brazos cruzados, así que salí de mi escondite.
—¡Déjenla en paz! —les grité llamando su atención.
—Largo de aquí si no quieres tener el mismo destino que ésta rata —me advirtió uno de esos maleantes, pero yo no iba a dejar a la pobre chica ahí.
—Y yo les digo que si no la sueltan se las verán conmigo —repliqué.
—¡Atrápenla! —ordenó el hombre que sostenía la red y los otros dos iban a correr hacia mi, pero yo lancé enseguida el hechizo que me sabía mejor que ningún otro después de tanto haberlo practicado en batalla.
—¡Se los advertí! —exclamé cuando quedaron congelados y me acerqué a cada uno de ellos a lanzarles patadas en las espinillas antes de ayudar a la chica a salir— Tranquila, voy a ayudarte.
Esa chica parecía tenerme miedo y por un momento creí que echaría a correr cuando la sacara de la red, pero cuando la vi de cerca más bien parecía confundida.
—¿No me tienes miedo? —me preguntó tímidamente.
—Parece más bien que eres tu la que me tiene miedo —contesté aún confundida por su actitud— Pero no tienes por qué, ya estás a salvo y yo no voy a hacerte nada.
—Deberías alejarte de mi antes de que te de desgracias.
—¿Darme desgracias? —quise preguntarle a qué se refería, pero noté que mi hechizo comenzaba a desvanecerse, después de todo estaba cansada y hambrienta, así que mis hechizos no eran tan efectivos— ¿Te parece si nos vamos antes de que se liberen?
La tomé de la mano sin esperar respuesta y la jalé para echar a correr lejos de esos abusivos.
Cuando estuvimos lejos y escondidas de la mirada de la gente al otro lado de la ciudad, me volví a ella y me dejé caer al piso.
—Ya no puedo más —dije jadeante.
—¿Por qué me ayudas? —me preguntó la chica agitada.
—¿Cómo que por qué? ¡Te estaban haciendo daño! —contesté— ¿Por qué te perseguían? Eran los mismos que te perseguían cuando tropezamos ¿Verdad?
La chica bajó la mirada, parecía triste y pensativa, y de no ser que me encontraba muy cansada, seguramente le habría insistido en que me contestara.
—Eso hombres, al igual que mucha gente de la ciudad, quiere atraparme —contestó la chica— Nacía con la piel y el cabello blancos, y la gente dice que por ello traigo mala suerte a quien se me acerque. Es por eso que deberías alejarte de mi.
—¿Sólo por eso? —pregunté incrédula, no porque pensara que ella me mentía, sino de pensar que la gente actuara así con ella— Pues a mi me gusta tu color, especialmente tu cabello.
Por un momento vi que sonrió, pero enseguida volvió a verse triste.
—El color de mi piel y mi cabello representan la infertilidad del desierto, es por eso que traigo mala suerte. No cualquiera nace como yo —dijo— Has sido muy amable al ayudarme, pero sería mejor que volvieras a casa, tu no deberías estar vagando sola por la ciudad. Me gustaría acompañarte, pero temo que al verme, la gente del pueblo quiera volver a atraparme y no quiero que quedes involucrada en esto.
—¿A casa? —murmuré porque sentí una punzada en el pecho. Sacudí la cabeza y contuve las ganas de llorar— Yo no tengo casa —dije sin mirar a la chica— Sólo soy alguien que vaga por la ciudad.
—No pareces ese tipo de persona —me contestó la chica— Viste ropa fina y joyería, y si sabes magia debes vivir en el palacio o ser pariente de algún noble.
Cuando empezó a decirme todo quería inventarme algo, pero me miré de pies a cabeza, la miré a ella, recordé la vestimenta de Bakura y del resto de la gente que había visto en la ciudad. Jamás me había dado cuenta que era tanta la diferencia en esas cosas y no supe qué decir al respecto.
—Yo… —no sé cuántas veces repetí esa palabra tartamudeando.
—Lo siento, no quise meterme en tus asuntos. Sólo te lo digo antes de que mi mala suerte te alcance.
Me quedé callada un tiempo, la verdad no sé si fue por mucho o poco, pero al pensar en casa y el problema de la chica, recordé al Maestro Kazuke.
—No puedo hablarte de mi casa, pero ahí hay mucha gente muy inteligente y muy buena —comencé a llorar sin darme cuenta, pues además de que estaba dejando mi hogar, volvió a mi la nostalgia por el maestro Kazuke, así como el pensar que por culpa de esas sombras, pudiera pasarla algo a todos en el palacio— Uno de ellos decía que las únicas personas que traen mala suerte a los demás, son aquellas de corazón oscuro sin importar las apariencias.
—¿Estás bien? —se acercó dudosa a mi.
—Si… sólo se me metió una basura en los ojos —contesté tallándome los ojos y tratando de reprimir mis gemidos— Ya no debo llorar —me decía mentalmente.
Empecé a ver todo borroso, pero creí que era por las lágrimas, y de repente todo se puso negro.
Abrí los ojos, estaba como en una cueva y me asusté muchísimo, pero una voz llamó mi atención al momento de que me sentaba en el suelo.
—¡Al fin despertaste! Me preocupaste mucho.
Era la chica albina que parecía aliviada de verme despierta e intentaba encender una fogata. Me sorprendí mucho al ver que su ropa estaba rasgada y tenía un rasguño en la mejilla.
—¿Qué pasó?
—De repente te desmayaste y te traje a mi casa —contestó la chica— No sabía cómo atenderte o si estabas enferma. Si tan sólo fuera normal, te habría podido llevar a un doctor.
—Creo que me desmayé de hambre y cansancio —dije avergonzada por causarle molestias—Pero ¿a ti qué te pasó?
—¡Oh! ¿Esto? —actuó como si no recordara que estaba lastimada— No, nada, sólo fui a buscar algo de comer —sacó un par de manzanas y me entregó una junto a un pan.
—Pero…
—Es normal que cuando busco comida me lleve algún rasguño o golpe —me interrumpió la chica— No te preocupes.
—Gracias —dije sorprendida por lo que me había dicho.
—No es nada. Yo lamento no haber podido traer más de comer, pero creo que con esto al menos recuperarás algo de fuerzas.
—¿Es por tu color? —pregunté triste, todavía no podía creer que la gente fuera así.
—Si y bueno, porque en realidad lo robo —me sorprendí mucho y creo que el gesto en mi cara la avergonzó— No es que yo quiera robar, es que… nadie quiere darme un trabajo, así que no tengo dinero para comprar comida.
Noté que ella no comía pan, al parecer me había dado el único que había. Me quedé pensativa y comencé a sentirme muy mal. Ella es perseguida por algo injusto, seguramente comía así muy seguido y hasta me horroricé en pensar que quizá a veces no comía nada; mientras tanto yo sólo no había comido en todo el día, y con lo débil que soy me desmayé.
Me volvieron a dar ganas de llorar, pero me aguanté tanto como pude, y mientras luchaba contra mi misma, tomé el pan y se lo entregué a la chica.
—Toma, tu deberías comerlo.
—No, adelante, necesitas recuperar fuerzas.
—Pero…
—Si no lo comes no tendrás fuerzas para regresar a casa.
Cuando dijo eso estuve a punto de ya no aguantar más el llanto, pero al mismo tiempo me sentí feliz, pues aunque éramos extras se preocupaba por mi. Tomé el pan y lo partí en dos y le ofrecí una mitad a ella.
—Las dos necesitamos fuerzas —le dije dando mi mejor sonrisa— Y por cierto, me llamo.
—Me llamo Kisara —me devolvió la sonrisa y aceptó el pedazo de pan.
—Mucho gusto Kisara ¿Cuántos años tienes?
—Tengo 13 años.
—Y entonces ¿esta es tu casa? —pregunté después de un rato estar callada, porque aunque yo hablo mucho, no tenía nada que decirle que no se refiriera al palacio ni el por qué me fui.
—Si. Sé que es un poco lúgubre, pero aquí estoy a salvo, es un lugar secreto.
—¿Qué te parecería que me quedara contigo? Claro, si tu quieres —propuse después de darle unos bocados al pan y la manzana— Yo podría ir por comida, así no tendrías que arriesgarte a que te hagan algo.
—Pero tienes que volver a casa, seguramente tu familia…
—¿Sabes? No me gustaría hablar de eso, además por ahora no puedo volver a casa —dije volviendo a contener mis ganas de llorar— Necesito un lugar donde vivir y si me aceptas, yo puedo ayudarte.
Le pedí insistentemente que me dejara quedar, realmente no quería estar con alguien a quien no pudiera ayudar y si bien al principio me sentí más débil que ella, porque si lo soy, al menos podría ayudarla un poco. Sólo podía pensar en lo espantoso que podía ser vivir siendo perseguida sólo porque la gente no se detenía a conocerla.
—Pero ¿qué hay de mi mala suerte?
—Ya te dije que tu no tienes mala suerte.
—Dijiste que los de corazón oscuro lo eran ¿cómo sabes que yo no lo soy?
—Bueno, tu tampoco sabes si yo lo soy, pero yo sé que tu no lo eres porque me ayudaste y yo quiero ayudarte a ti también.
La vi quedarse pensativa, creo que se preocupaba más por mi que por el hecho de que yo pudiera hacerle algún daño.
—De acuerdo —me sonrió— Pero prométeme que si algo malo pasa, te irás.
—¿Algo malo? —le pregunté confundida— ¿Cómo qué?
—Lo sabrás si ocurre —decía preocupada— Pero quizá no pase —no me miró la cara hasta unos segundos después— Lo siento, es que sigo pensando en la mala suerte.
—Aunque tuvieras mala suerte no nos pasará nada —le sonreí tocando mi collar— Porque tengo un amuleto muy fuerte y mientras lo lleve, ya verás que siempre estaremos a salvo.
Me sonrió, aunque aún no parecía convencida. Sin embargo, ya no le pregunté más, y ella tampoco me preguntó ya nada de mi casa.
Terminamos de comer y acomodamos un poco la cueva con mis pocas. Por la noche usamos la manta donde llevaba mis cosas para acostarnos y cuando la oí dormida, me levanté a escribir.
Ahora tengo una nueva casa y una nueva amiga y podré serle útil. Espero que con el tiempo pueda hacerme más fuerte, porque si quiero volver al palacio, pero lo haré cuando no sea un estorbo. Sólo espero que el día que vuelva aún me quieran.
Bueno, aquí una pequeña nota... la verdad es que originalmente Kisara no iba a aparecer en el fic, pero cuando releí mi fic (aunque la idea base va a ser la misma), decidí hacerle unas modificaciones que espero mejoren la historia :P
Ahora si, me despido, y haré lo posible por no tardarme tanto, pero en serio, no esperen tan seguido .
