Hola!

Ante todo, avisar que el motivo por el que estamos tardando en actualizar es, por parte de la maravincreiblástica fanclere (ya, no existe y cuesta leer esa palabra, pero es que aquí la amiga es maravillosa e increíblemente fantástica, qué se le va a hacer) está en plena época de exámenes y os libros me la tienen secuestrada...

Y yo me he fastidiado la muñeca derecha (con baja médica y todo) y me cuesta más de lo normal escribir una sola página (teclear con la izquierda sólo, no es fácil...).

Por lo tanto, mil disculpas por la pequeña pausa que va a sufrir este fic hasta que volvamos a tener tiempo y estemos en condiciones (físicas y mentales) de poder seguir.

Gracias por vuestro apoyo y espero que estéis disfrutando de nuestra parejita y sus aventuras en Letian.


CAPÍTULO 20: El Bosque

Han conseguido evadir al ejército humano.

Lexa levanta la mirada hacia los cielos y agradece a todos los dioses que recuerda, ya sean suyos o no, que a Nia no se le haya ocurrido mandar asegurar los caminos circundantes a Polis. Seguramente confiando en que el cerco a la ciudad fuese suficiente.

Echa una mirada a su alrededor.

Observa a sus compañeros y compañeras de viaje.

Orcos, elfos, enanos... jura que todas las razas, incluso la humana, están representadas en ese grupo de supervivientes que avanza sin descanso, buscando la protección del Bosque, del Reino Élfico. Son una metáfora viviente de lo que le está haciendo a Letian esta maldita guerra.

Suspira, agotada.

Agotada como todos y cada uno de los miembros de ese grupo en busca de refugio, incluidos los niños, ancianos y heridos que viajan en el único carro que un granjero ha podido dejarles, a las afueras de Polis.

Es lo malo de huir por túneles bajo la ciudad, que no caben los caballos.

Y no desea pensar en aquellos que han intentado salir por los caminos... no es buena señal que no se hayan cruzado a ningún jinete proveniente de Polis.

- Nos queda aún medio día de camino -comenta Anya, tendiéndole un odre con agua.

Lexa no habla, se limita a asentir antes de beber un trago e intentar devolverle el odre a su guerrera, quien hace ademán de que se lo quede.

- Deberíamos parar a descansar -comenta Lexa-, estamos lejos de Polis, y los hombres de Nia nos habrían localizado ya si estuviesen tras nosotros. Si no recuerdo mal, hay un claro más adelante.

Anya asiente.

- Voy a avisar a la vanguardia del grupo entonces -indica, antes de acelerar su paso y alejarse.

Vuelve a dejar volar su vista entre el grupo que la rodea, encontrando con facilidad esa rubia cabellera cuya dueña se gira en ese mismo instante, conectando sus miradas, obligándolas a sonreír pese a las circunstancias.

La ve acercarse, dejando al grupo de jóvenes con Octavia y Raven, quienes parecen contar algo a base de movimientos exagerados de manos, y que tiene ensimismados a sus oyentes.

- Hola -saluda Clarke, poniéndose junto a la elfa.

- Hola -le devuelve Lexa, pasándole el odre-. Vamos a parar más adelante. Y estoy pensando en adelantarme hacia el Bosque con los caballos del carro, si no están muy cansados.

- Te acompaño -indica Clarke, sin pensarlo, tras refrescarse con un trago del odre.

- No es necesario.

- Lo sé, pero deseo acompañarte. Además, alguien debe proteger a la reina elfa, quién mejor que Wanheda -termina la rubia, alzando una ceja y con sonrisa divertida en los labios.

Sonrisa que amplía aún más la que dibuja la cara de la morena.

- Que no te oigan Anya u Octavia -indica, aprovechando que, por fin, la mano izquierda de Clarke está libre para cogerla con la suya.

Siente como la rubia le da un ligero apretón, y se lo devuelve, pegándose a su costado.

- Deseo llegar a la capital de una vez -susurra Lexa-. Deseo llegar a palacio, dejarnos caer en mi cama y dormir durante una semana.

Oye el sonido que Clarke hace a modo de aprobación, y decide seguir.

- Luego, deseo enseñarte cada rincón del palacio, cada calle de Tondc, cada casa. Deseo mostrarte los lugares mágicos y sagrados del Bosque. El lago O'Si que dio vida al Bosque, los grandes árboles, el claro del que te hablé en nuestro primer paseo... y, sobre todo, deseo volver a hacerte el amor, lentamente, sin prisas, hasta que el calor funda nuestros cuerpos.

Las caricias en su mano por parte del pulgar de la humana se detienen, y siente como la humana se para, deteniendo sus pasos también. Y Lexa ríe al verla apoyar su frente en el hombro de la elfa.

- No es justo -le murmura Clarke-. ¿Cuándo dices que iremos a caballo a tu reino?

Lexa ríe, moviendo sus manos unidas con el fin de besar el dorso de la de su amada.

- En cuanto podamos -le responde, besando la cabellera rubia.

- ¿Lo prometes?

Lexa se mueve en el sitio, girando hacia Clarke, obligando a esta a despegarse de ella (aunque lo justo, gracias), y sujetando su barbilla, le susurra:

- Lo prometo.

Y va a besarla cuando un "siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii" a su izquierda les parar, haciéndolas girarse para descubrir a Octavia (culpable de la afirmación intensa de hace unos segundos, y quien mantiene sus manos unidas y parece dar saltitos en el sitio) y Raven (la cual se dedica a mirar a Clarke con media sonrisa y una ceja alzada).

- ¿Octavia? -llama Lexa.

La semi elfa carraspea, poniéndose firme.

- ¿Sí, mi Heda?

- ¿Puedo ayudarte en algo?

- No, mi Heda.

Nota la risa de Clarke contra ella, e intenta que no se le contagie luchando por mantener su rostro impasible.

Cree estar consiguiéndolo.

- ¿Raven? -oye a Clarke.

- ¿Sí, Wanheda? -sonríe esta.

- ¿Pasa algo?

- Uy, pues muchas cosas. Por ejemplo: los niños del carro os han votado Mejor Pareja de la caravana. Es un gran honor.

Octavia asiente, incapaz de dejar de reír.

- Eso y que se acerca un grupo de jinetes -completa Ontari, quien se ha unido a ellas

Lexa y Clarke se tensan, separándose, casi llevando sus manos a sus armas.

- ¡Uo! ¡Hey! Tranquilas, son elfos. Vienen del Bosque -explica Ontari, señalando hacia donde vio al grupo de jinetes.

Del Bosque.

Los suyos.

- Han debido de enterarse del ataque a Polis -comenta Octavia, avanzando tras ella cuando Lexa se pone en marcha.

- Y tampoco es que seamos un grupo pequeño -indica Clarke, a su derecha.

Avanzan entre la muchedumbre, la cual empieza a pararse y murmurar.

Nota el miedo, lo huele.

Por eso cambia su postura, se yergue.

No debe ser otra superviviente más, debe ser la reina que es, debe ser Heda.

Y funciona.

Empiezan a girarse, a hacer un pasillo para dejarla pasar.

Algunas cabezas se agachan, otros adelantan sus manos a modo de reverencia. Y ella, ellas avanzan.

Se gira, y su mirada se cruza con la de Clarke, quien sonríe. Le tiende la mano y la humana la acepta sin pensarlo.

Apenas avanzan un poco más antes de ver a los jinetes, parados junto al claro en el que los refugiados se detenían. Y ve la figura de Anya, hablando con uno de ellos, al que no hay forma de no reconocer. Gustus.

Gustus rodeado de los que parecen ser treinta de sus guerreros.

Gustus, quien baja de su caballo y clava rodilla en tierra al verla avanzar hacia ellos, y los demás jinetes le imitan, al grito de:

- Heda.

- Oímos lo del ataque, majestad -explica Gustus, alzándose de nuevo-. Rezamos a los dioses porque no hubiesen conseguido...

Lexa alza su mano libre y el semi gigante calla.

- Este grupo está bajo la protección del Bosque -indica-. Quedaos con ellos y aseguraos de que estén bien. Quiero seis caballos y cuatro hombres más para volver a la capital y mandar a más hombres para custodiarlos hasta lugar seguro.

Ve a Gustus observar a Clarke, y mover su mirada a algún punto tras ella. Sabe que está contando.

Seis caballos.

Lexa, Anya, Octavia y... tres humanas.

"Adelántate a tu adversario, Lexa", oye la voz de su padre, "ya sea en el campo de batalla o en la sala del trono. Adelántate y gana la batalla antes de que empiece."

- Que sean los caballos más veloces Gustus. No hay tiempo que perder, hay una guerra que ganar.

La mirada de Gustus vuelve a ella, y asiente, comenzando a dar órdenes y, en apenas un minuto, galopan hacia el Bosque.

Y ese medio día de camino pasa a ser un par de horas.

Oye el grito de júbilo de Octavia cuando, por fin, el Bosque aparece en su campo visual. Y ríe, y se gira hacia Clarke. Ve su expresión seria, y espera unos segundos a que sus miradas se cruzan.

Y cuando verde y azul conectan, amplía la sonrisa, esperando transmitir su tranquilidad a Clarke.

No va a dejar que le pase nada.

No va a dejar que nada las separe.

No piensa permitir que nada, NADA, borre la sonrisa de la cara de la rubia.

Desea su felicidad.

Necesita que sea feliz.

Vuelve a clavar su mirada en el camino, que ya serpentea entre los árboles. Y su pecho se llena de orgullo cuando gritos de "¡Heda!" llegan desde los árboles.

Por fin, llegan al acantilado cuyo único puente de madera viva trenzada da entrada a su Tondc, su capital, su ciudad. Casas de madera con diseños élficos rodean el Palacio Real, de mármol blanco, tintado con vetas doradas, del que cae, por uno de sus laterales, una cascada cuya agua golpea las rocas en la parte baja del acantilado.

Por fin, están en casa.

Los habitantes de la ciudad les dan la bienvenida con más gritos de "¡Heda!", además de una lluvia de pétalos multicolor que, la verdad, se pregunta de dónde sale. La inconfundible risa de Clarke llega a sus oídos, por lo que se gira para poder verla tintar la expresión de la chica.

Y no paran su galope, Lexa ansía preparar rápido la llegada de los refugiados, mandar a un grupo con agua y comida que, además , les custodie hasta Tondc y, tras mandar un mensaje a sus consejeros para reunirlos mañana, piensa encerrarse en sus aposentos con Clarke y no salir hasta el último momento posible.

Esos son sus planes.

El hecho de que todos y cada uno de los consejeros parezcan esperarla en las escaleras de Palacio, indica todo lo contrario.

¿Cómo demonios se han enterado?

- Anya, Octavia -llama, pasando a un trote más tranquilo.

- Heda -las oye responder.

- Entrad sin deteneros, acompañadlas hasta mis aposentos y que os lleven agua, comida... lo que necesitéis.

- Sí, Heda.

- ¿Lexa? -oye a Clarke.

Y se gira hacia ella, a tiempo de coger el zurrón con su corona, que la humana le ha lanzado.

Y asiente, a modo de agradecimiento, parando, por fin, justo en el comienzo de la escalera.

Oye como cinco jinetes descabalgan tras ella y, como algunos consejeros las observan subir hacia el interior de Palacio.

- Consejeros -llama su atención-, me alegra encontrarles aquí. Hay asuntos importantes que tratar.

- ¿Como por ejemplo quienes son esas humanas? -pregunta el consejero Titus.

Abre y cierra los puños.

Estupendo, no se lo van a poner fácil.