*** ¡Por fin, niños y niñas, el capítulo por el que me preguntáis con tanta expectación!

Tampoco ha sido tan larga la espera… ¿o sí? Además, si me tengo que fijar en el contador de palabras, es el cap. más largo que he publicado hasta el momento. (Para compensar lo cortito del Naraku anterior, lo prometido es deuda)

Hoy os presento por fin el Sesshomaru 2.0 Pero advierto que acaba de salir de la compiladora, está todavía en fase beta y asimilando lo que le ha sucedido durante los últimos tres meses. (Que no es poco) Los planes de su horrible madre no han salido exactamente como ella deseaba y quedan muchos flecos en la lobotomía que le ha practicado, así que igual no os parece tan cambiado como esperabais. Pero las verdaderas consecuencias del tratamiento no se verán hasta que vuelva al palacio del Oeste y retome sus obligaciones.

Pues nada a disfrutarlo, si es que podéis XD***


Warning: Este será un capítulo perturbador. Al pobre Sessho le suceden cosas muy desagradables y creo que es nuestro deber como fans compartir algo de su carga. Yo lo he tratado de dulcificar un poco pero sigue siendo bastante asqueroso. Lo pasé mal escribiéndolo y espero que no os sea muy angustioso de leer. ¡mmmm kimochi warui!

Y ante lo dicho arriba:

Rated MA ( y no por lemon precisamente)


Primera luna de 1502. Sengoku Jidai/Muromachi
Casa de la Luna, residencia veraniega de los Taisho

SESSHOMARU

Trato de gritar pero no me sale la voz. Lo intento otra vez y nada… Estoy ahogándome en un mar de dolor, encadenado a la pared, en una fría jaula… Veo su silueta todavía, pero cada vez más lejos… Grito una vez más y ella se da la vuelta. No tiene rostro. ¿Quién es? ¿Por qué estoy llamándola? Se da la vuelta y desaparece, dejando un enorme agujero en mi pecho. Alguien detrás de mi tira con fuerza de las cadenas. El dolor de antes no es nada comparado con la impotencia que siento ahora. Giro la cabeza para ver quién es mi captor y me encuentro con mi propio rostro…

Abro los ojos gritando y me incorporo en la cama empapado en sudores fríos. Al levantarme tan bruscamente, los innumerables y profundos cortes de mi torso y espalda se abren y vuelven a sangrar. Si pudiera dormir como es debido, ya estarían curados… Si pudiera dormir… ¿Cuánto tiempo llevo sin poder dormir? Al menos una o dos lunas… La cabeza me da vueltas y cierro los ojos tratando de acompasar mis latidos. Debo de tener un par de costillas rotas porque me cuesta horrores respirar…

– ¿Qué ocurre cachorro? ¿Otra pesadilla? – Esa horrible voz chillona me perfora los tímpanos, añadiendo el dolor de cabeza a la larga lista de molestias físicas que estoy sintiendo. Creo que no queda un músculo en mi cuerpo que no me esté doliendo a rabiar.

– Vamos, relájate… Deja que mamá cuide de ti…– Muy a mi pesar noto una mano helada frotar lascivamente mis genitales. No es la primera vez. Durante los últimos tres meses estas "caricias" y muchas más cosas han sido una constante del tratamiento. Primero dolor y después sexo..., una y otra vez. El primero lo entiendo pero con el segundo estoy en blanco. La única explicación es que la muy sádica disfruta humillándome. Cuando era más joven y estaba en la última etapa de mi "educación" también las hubo, pero esta vez eran mucho más persistentes y siempre exigían de mi el llegar hasta el final...

Me entran arcadas…

Abro los ojos para evitar vomitar y miro por la ventana. Es de noche y la luna nueva tiene al mundo sumido en la más profunda oscuridad. Un momento…,¿luna nueva? Hecho rápidamente el cálculo y descubro que es la tercera… El tiempo prometido se ha agotado. No tengo porque continuar aguantando esto… Una sonrisa maliciosa cruza mi cara al darme cuenta de que por fin soy libre. Me levanto de un salto del apestoso lecho empapado de sangre alejándome del blanco y blando cuerpo desnudo que se me antoja muy parecido a un gusano de tierra. De esos gigantes, blancos y ciegos que se alimentan de los niños que juegan en el barro. La escasa luz de la habitación me permite ver la desagradable cara de la que decía ser mi madre, arrugarse en un mohín caprichoso.

– ¿No quieres que mamá te haga sentir bien?

La ira invade cada célula de mi cuerpo mitigando el dolor y el mareo.

– ¿Cómo te atreves a dirigirte a tu Señor con esa desfachatez, mujer? – Bramo fuera de mis casillas. – Ya han pasado las tres lunas que acordamos y Este Sesshomaru no tolerará ni un segundo más tu descaro.

Ella lanza un suspiro poniendo los ojos en blanco.

– Vamos hijo mío, no seas tan irascible…Pensé que podría aliviar un poco tu carga. Con lo bien que nos lo hemos pasado…

¿Bien? Ha sido un millón de veces peor de lo que lo recordaba. Las humillaciones, las palizas, la manipulación, la impotencia... ¿Acaso esa maldita piensa que soy masoquista? La ira aumenta hasta tal grado que veo todo teñido de rojo. Sin poder ni querer contenerme agarro su delgado cuello con una de mis manos y la levanto en vilo, disfrutando de la sensación placentera que me produce hundir las garras profundamente en su piel.

– Lo…hice por ti…hijo…Tú… me lo…pediste… – La escucho mascullar con gran dificultad. Se nota que le falta el oxígeno...

Patalea en el aire y trata desesperadamente de aflojar mi agarre con las dos manos. Aprieto un poco más hasta que me descubro disfrutando el pánico a la muerte en sus ojos.

– Quedamos en que Este Sesshomaru estaría a tus órdenes tres meses. El plazo terminó ayer, por lo que tú presencia en Su lecho hoy es una clara violación al debido respeto que has de ofrecer a Éste, tu Amo y Señor… – Mi voz no es más que un susurro malicioso. Golpeo su rostro congestionado con el dorso de la mano que tengo libre, Todos los músculos de mi brazo izquierdo se endurecen para causar el máximo de daño posible, como si este brazo tuviera vida propia y buscara venganza. Quizá la tuviera, ya que al tratar de arrancármelo se había defendido con fiereza… Ella había hecho lo inimaginable para amputarlo durante tres largos meses pero todo en vano. No pudo hacerle ni un rasguño. Ahora notaba un cosquilleo de placer cada vez que ese brazo entraba en contacto con la blanda carne. Tras dejar su cara hinchada y sangrando me cebo con su pecho, dejando surcos rojos al paso de las garras, y termino propinándole un fuerte puñetazo en el bajo vientre que le roba el aliento y acaba dejándola sin sentido.

Abro el shoji de un zarpazo y tiro el cuerpo desmayado al pasillo como si fuera un trapo, permitiéndome una última sonrisa de satisfacción, antes de volver a cerrar la puerta corredera y colocar una barrera para impedir el paso a mis aposentos.

Una vez sólo, mi cuerpo se relaja y la ira se diluye, volviendo a dejar paso al dolor y al mareo. Conteniendo las arcadas salgo corriendo a mi jardín privado por la puerta que conecta mi cuarto con la terraza, y acabo echando todo el contenido de mi estómago en un matorral. La capa de helado sudor que me cubre la piel hace que los innumerables cortes escuezan a rabiar, por lo que tras vomitar me dirijo tambaleándome al estanque de aguas termales del fondo del jardín. Las cálidas aguas me reciben en su calmante abrazo, aliviando un poco el escozor. Cierro los ojos tratando de relajar los músculos doloridos y me esfuerzo en dejar la mente en blanco…

Ni que decir tiene que tal hazaña me resulta imposible. Los recuerdos de los últimos tres meses, en forma de vividas imágenes danzan frente a mis ojos.

El "tratamiento", como lo llama ella, ha convertido mis días en un maldito infierno, tan sólo superado por las pesadillas que me visitaban cada noche desde que me impuso su maldito sello. Eso por no hablar del resto de las insanas prácticas de hechicería que practicaba con mi mente.

Durante el primer mes se dedicó a tratar de arrancarme el brazo izquierdo con todo tipo de dolorosas técnicas. El no lograrlo la traía por la calle de la amargura y se desquitaba azotándome sin piedad ya que decía que no era capáz porque yo estaba demasiado apegado para dejarlo ir. No es que me apeteciera que me arrancaran el brazo pero lo prefería mil veces antes que aguantar sus reproches...

Al final lo dejó por imposible y pasó a abrir lo que ella llamó el "círculo de la muerte", para sellar la voz de mi bestia. Para ello necesitó del sacrificio de Jaken por mi propia mano, circunstancia que en mi delicado estado de ánimo me supuso mucho más esfuerzo del que suponía. Todavía podía escuchar en mi cabeza el alegre "Sesshomaru-Sama" que soltaba cuando le mandaba llamar. El viejo idiota no perdió el brillo de admiración por mí de sus ojos, ni siquiera cuando le expliqué cuál sería su cometido, y se dejo cortar sin el menor asomo de arrepentimiento. Siempre fiel hasta el final.

Desde el primer momento una parte muy importante del tratamiento consistía en la modificación del comportamiento indigno con respecto a mi raza que según mi madre, había adquirido con el paso de los años. Ella introducía a todas horas en mi mente imágenes de las distintas depravaciones de las que los humanos eran capaces. Me los mostraba destruyendo, violando, matando, traicionándose los unos a los otros… Pude disfrutar de asesinatos, violaciones a niños, canibalismo, necrofilia, torturas y demás lindezas… con las que pretendía modelar mi opinión como si de arcilla se tratase. Durante el último mes había afianzado esas opiniones introduciendo imágenes de humanos en situaciones normales o tiernas en mi mente y azotándome cruelmente cada vez que percibía algún tipo de reacción positiva por mi parte, ya fuera simpatía, lástima o empatía. Toda esa experiencia se unía al silencio que reinaba en mi mente, dejándome una sensación de enorme vacío. La reja de barrotes que habitualmente contenía a Yako, había sido sustituida por un impenetrable muro de piedra. Notaba mis sentidos embotados, como cuando te pasas con el sake y te falla la percepción, dejando de notar la mitad de las cosas a tu alrededor. Al igual que en mi recurrente pesadilla, parecía que tuviera un enorme agujero en el pecho, y ni siquiera era capaz de recordar la razón por la que me había sometido a tan desagradable proceso.

La luz del alba me sorprende todavía tratando de recordar. Salgo del agua a duras penas y me arrastro hacia mis habitaciones, consciente de que sin dormir mis heridas no iban a sanar jamás. Al llegar a mi cuarto me dirijo a la mesilla de noche y saco una botella de poción del sueño que guardaba para los momentos de necesidad extrema. La visión del lecho con sus sábanas ensangrentadas induce más imágenes de la mujer que decía ser mi madre, tratando de excitarme sexualmente y apareándose conmigo cada vez que lograba una erección. Se me revuelven las tripas de asco una vez más y decido dormir fuera. Resulta como mínimo chocante que una de las depravaciones humanas que usaba a modo de imagen correctiva de mi comportamiento fuera la del incesto. Menuda hipócrita.

Me bebo la botella de poción de un trago, me visto y salgo al jardín de nuevo. La nieve empieza a caer a mí alrededor pero soy totalmente ajeno al frío que me rodea. Mis pasos me llevan a una cueva cercana donde finalmente caigo rendido y logro dormirme.

Cuando abro los ojos no parece que el tiempo hubiese avanzado. Es otra vez por la mañana y la nieve sigue cayendo silenciosamente. Pero debo de haber dormido varios días ya que todas mis heridas se han cerrado y cicatrizado. Lo que sigue presente es el vacio en el pecho pero presiento que aunque duerma cien años, no va a desaparecer así como así.

Regreso a la casa y entro por la puerta principal, evitando pasar por mi dormitorio. Los criados que mi madre había despedido hace tres meses para evitar que la molestasen mientras me torturaba, habían vuelto y se afanaban por limpiar el desastre que había en cada una de las habitaciones por donde habíamos pasado. Mis tripas vacías rugen ante el olor de la comida recién hecha que viene de las cocinas. Agarro a un sirviente del brazo y le exijo el desayuno. El pobre diablo me mira con el terror más puro reflejado en sus ojos. No recuerdo haber causado tal pánico a ningún criado con anterioridad. Sí respeto y admiración, incluso algo de miedo…, pero no ese terror tan profundo y genuino que observaba ahora. Achaco su reacción a que el youkai debe de ser un cobarde y ya más calmado me dirijo al comedor.

Mi madre ha debido también de dormir lo suyo ya que apenas presentaba rastros en la cara de la tremenda paliza que le propiné en nuestro último encuentro. Me había preparado para una charla, reproches, lloriqueos y demás molestas representaciones de afecto materno pero en ningún caso esperaba ver la expresión atemorizada que puso al verme entrar al comedor. Al igual que el criado de antes, ella estaba paralizada por el terror y todo su cuerpo temblaba incontrolablemente ante mi escrutadora mirada. "Podría acostumbrarme a esto", pensé mostrando mi sonrisa más cínica. Esa sonrisa tuvo un efecto demoledor y en ella y al momento me llegó un tenue olor a orina. Ni me molesté en reprimir la sonora carcajada. Ella salió corriendo hacia sus habitaciones con el rabo entre las piernas y pensé que sólo por esto había valido la pena el sufrimiento de los tres últimos meses.

Durante el desayuno observé el comportamiento pusilánime de los criados y analicé mi youki buscando el motivo por el cual causaba tal reacción mi presencia. En efecto, mi aura había cambiado de color, pasando del morado oscuro a un casi negro, pero la mayor diferencia tenía lugar en su densidad y tamaño. Era al menos tres veces más grande que antes y su consistencia era pesada y aceitosa. "Un youki terrible" pensé sonriendo, "menos mal que es el mío". Me concentré en replegarlo un poco para no causar un ataque al corazón al próximo criado que viniera a atenderme y encontré un punto óptimo dejaba entrever mi potencial pero sin acojonar a los youkai cercanos hasta la muerte.

Cuando mi madre volvió al salón tras cambiarse de ropa, ya había dejado de provocar ataques de pánico a mí alrededor. Pero en su honor subí un par de grados la presión, lo justo para mostrarle quién era el jefe. Jamás pensé que esa hembra insufrible, la misma que había convertido mi infancia en un infierno, pudiera mostrarse tan humilde y divertirme un rato más volví a replegar mi youki. La necesitaba en sus cabales para lo que nos esperaba a continuación.

Al detener la presión de mi aura sobre ella, noté como sus músculos se relajaban visiblemente y su mirada antes turbia, recuperaba en parte su brillo.

– ¡Mujer! –Elevé la voz para sacarla de su ensimismamiento – ¿Has terminado los preparativos para subir al Takama-ga-hara*?

– ¿Eh? – Ella abrió la boca como un pez.

– Dijiste que cuando termináramos el "tratamiento" tendríamos que subir a consultar con Tsukuyomi sobre una guerra o algo por el estilo…– Aunque mi voz se mostraba plana e indiferente, el tema de la posible guerra me llenaba de desazón. Ya tenía algunos informes en mi poder que hablaban de la precaria situación de los youkai de las tierras del Este y me preocupaba que la situación se hubiera salido de madre durante mi ausencia. La diplomacia siempre ha sido uno de mis fuertes, lo que unido a mi considerable poder, se traducía en la hegemonía del Oeste sobre las demás casas cardinales. Sería tomado como líder natural en caso de que la guerra se extendiese y no podía permitirme estar desinformado. Mi madre, como Inugami que era ostentaba el título de líder religioso de la comunidad youkai, ya que Este Sesshomaru, no había mostrado gran interés en este particular, demasiado ocupado en dirigir los asuntos terrenales. Por lo tanto es a ella a quien seguía correspondiendo la tarea de mantener el contacto con Tsukuyomi-no-Mikoto, creador de todos los youkai, Dios de la Luna y Lector del Firmamento.

– Esto…, si claro… Esta noche subiremos, mi señor. Como usted lo vea conveniente…

La dejé a solas para aclarar sus ideas y salí al jardín. Pase las horas que siguieron hasta el crepúsculo en silenciosa contemplación. Me encerré en mi mente analizando el silencio que la dominaba. Un silencio que todavía se me antojaba imposible, teniendo en cuenta lo animado que solía estar mi subconsciente tan solo tres meses antes. Aunque soy por naturaleza poco propenso a las palabras, en ese lugar interior me permitía sostener inacabables conversaciones (y discusiones) con mi otra mitad. Lugar que normalmente visualizaba como una cómoda habitación dominada por la jaula de Yako al fondo, con pesadas telas y cojines por el suelo y el calor de las llamas de la chimenea como una agradable fuente de luz. Ahora ese sitio se me presentaba lúgubre y oscuro, una fría pared de piedra me impedía el contacto visual con mi bestia y el silencio lo cubría todo cual neblina helada. Bueno, supongo que está así porque yo lo decidí, así que no vale la pena darle más vueltas al asunto…

Al caer la noche me levanté del frío suelo y me sacudí la nieve del cabello, entrando poco a poco en calor de camino al salón ceremonial. Mi madre se encontraba frente al estanque con forma de media luna del Salón del Eclipse. Debía de llevar un buen rato esperándome porque su cara reflejaba bastante enfado. La presioné un poco con mi youki para quitarle de la cabeza cualquier deseo de echarme en cara mi tardanza y me situé a su lado dispuesto a comenzar la ceremonia.

Con ésta serían tres las veces que he subido al hogar de los dioses. De la primera no guardo constancia, ya que por aquel entonces no era más que un cachorro recién nacido. Como Inugami, fui presentado al Dios tras mi nacimiento por mi padre y mi madre, para que me diera su bendición y me leyera la buenaventura. De la segunda vez es de cuando guardo un recuerdo mucho más nítido, a pesar de haber transcurrido más de 200 años desde entonces. Fue al cumplir 16 años, cuando mi formación se daba por acabada formalmente y pasaba a considerarme un hombre. Aquella época fue muy dura, con la estúpida muerte de mi padre dos años antes, y los "tratamientos" constantes a los que me sometía mi madre en aras de mi educación.

Esa visita marcó el final de ese oscuro periodo de mi existencia, al día siguiente me proclamaron Lord del Oeste y comencé mi vida como adulto de pleno derecho y dirigente de todos los youkai que habitaban mis territorios.

Tsukuyomi no me había causado una gran impresión. De rasgos afeminados y cuerpo fino y esbelto, no me parecía tan poderoso como mi mente adolescente se figuraba que debía de ser un dios. Y su mirada pérdida junto con su mecánico y monótono tono de voz se me antojaron como rasgos que demostraban un carácter débil y poco atractivo para un joven guerrero. Su capacidad para revelar los acontecimientos futuros, que le había hecho ganarse el sobrenombre de "lector" era para mí una burla más que un poder, al fin y al cabo uno de los preceptos principales de la religión youkai consistía en el libre albedrío, del que nos habría provisto el propio Tsukuyomi en el momento de la creación. ¿Cómo era entonces posible que si éramos libres para escoger nuestro propio camino, estuviéramos dominados por el destino que el Dios era capaz de anticipar en sus lecturas?

Para alguien como mi yo de 16 años, resultaba mucho más atractiva la figura del terrible Dios del Trueno, Susanoo-no-Mikoto, capaz de sembrar la destrucción y el caos a su paso. Ese si era un dios digno de ser adorado…

Sin embargo ahora, 200 años más tarde, me doy cuenta de lo absurdo de mis observaciones. Al fin y al cabo Tsukuyomi es el creador de la raza youkai, la más poderosa raza que alguna vez piso la tierra.

Nos elevamos en un pilar de luz blanca y pura, que sella nuestro youki para permitirnos el paso a los valles celestiales. Al llegar al Takama-ga-hara, el cuarto creciente parece mucho más cercano, casi da la impresión de poder cortarte la palma de la mano si la elevas un poco para tocar su filo. La luz de la luna baña la figura de Tsukuyomi, que nos recibe al borde de un gigantesco estanque en cuyo reflejo muestra la Tierra de los youkai y los humanos en toda su extensión.

– Bienvenidos al Takama-ga-hara, Inugamis. Os estaba esperando. – Nos saluda con esa voz átona que recuerdo tan bien. Mi madre cae de rodillas en pose de humildad y yo inclino la cabeza, mucho más comedido, en señal de saludo.

– Oh, Tsukuyomi-Dono. Tus humildes servidores se postran ante ti. Venimos en momentos de gran incertidumbre buscando tu consejo… – La voz de mi madre muestra tal nivel de adulación que empiezo a sentir nauseas de nuevo.

– Decís ser mis humildes servidores, pero os presentáis ante mí en pecado…

– ¿A qué pecado os referís, oh Todopoderoso? – Pregunta la muy zorra con una nota histérica en la voz.

– ¿Acaso no es pecado la abominación de sellar a una bestia sagrada, Inugami? Llevo muchos años pasando por alto el sello que mantenéis sobre la vuestra, ¿pero ahora me tiráis a la cara el también el pecado de vuestro primogénito? – Observo divertido como el cuerpo de mi madre comienza a temblar de nuevo. Ya le había dicho que este asunto del sello no le iba a hacer ninguna gracia a la deidad. Por su rostro puedo adivinar la furia que invade a Tsukuyomi y me pregunto si no fulminará aquí mismo a la que se hace llamar mi madre. Por un momento mi opinión del dios se eleva hasta llegar a algo parecido al respeto, pero esa circunstancia se disuelve al momento cuando veo el rostro furibundo tranquilizarse y volver, la expresión de indiferencia.

– Bueno, Inugami… Vos veréis lo que hacéis, que para eso os he dado libre albedrío. No está en las obligaciones de Este Tsukuyomi el juzgar…

Tras recuperar algo de color mi madre le pregunta sobre el asunto que nos ha traído hasta aquí.

– Tsukuyomi-Dono, sus hijos los youkai están en grave peligro. Nos llegan preocupantes noticias del Este. Los malditos humanos, cegados por la envidia nos consideran una amenaza al sistema de terror que pretenden implantar. La Casa Cardinal del Este está a punto de caer y todo youkai en Japón corre grave peligro. Queremos obtener su consejo y guía para cuando las hordas humanas ataquen el Palacio del Oeste…

– La Casa Cardinal del Este ya ha caído, Inugami. Tu información no está al día y no necesito de ella, ya que observo la guerra desde este estanque a la perfección.

No sé qué es peor para mi madre, si oír las malas noticias o el hecho de ser sermoneada por su dios… Para mí está claro: la caída del Este sólo puede significar guerra en mis territorios en breve. Como líder del Oeste y alfa de todos los youkai que lo pueblan se me encoje el alma de preocupación. Debo irme de aquí cuanto antes y preparar a mis generales para la contienda. Agarro a la que se hace llamar mi madre por el hombro indicándole que debemos marchar ya.

Aunque ella tiene otra opinión diferente. Con el ceño fruncido lanza una velada acusación contra el dios.

– ¿Acaso a Tsukuyomi-Dono no le importan sus hijos? Los humanos están asesinando a youkai con la connivencia de Amaterasu, que los guía y protege. Esos débiles insectos no podrían plantarnos cara sin su ayuda…

– Tú lo has dicho, Inugami. Los humanos son tan solo débiles insectos y es natural que su Diosa los proteja… Yo en cambio, creé a mis hijos como los seres más poderosos sobre la tierra, superados sólo por los kami. No voy a intervenir para favoreceros más de lo que ya lo he hecho. Si sois fuertes sobreviviréis.

No podía más que estar de acuerdo, su lógica era aplastante. Pero debía tratar de conseguir cualquier ventaja por mínima que fuera. Se lo debía a mis súbditos.

– Tsukuyomi-Dono, – me dirigí al dios tratando de sonar humilde. – ¿No podría por lo menos decirme cuándo atacaran los ejércitos humanos? Vos leéis el futuro, seguro que algo habéis visto…

– No seréis atacados por ningún ejército, Inugami. Por lo menos no hasta que estéis tan débiles que no podáis defenderos… A ti es a quien más temen los generales humanos y por ello evitarán el enfrentamiento directo. – Mi pecho se infla como un taiko (tambor japonés) del orgullo. Está claro que con mi nuevo poder demoníaco, nadie podrá plantarme cara, ni amenazar mis territorios. Sin embargo la sonrisa de autosuficiencia que adorna mi cara se evapora al escuchar la predicción siguiente.

– Para doblegarte, han enviado una horda asesina imparable y silenciosa. Ya está haciendo estragos en los poblados youkai fronterizos y de aquí a tres lunas la población youkai de tus territorios será prácticamente historia. Entonces acabarán infiltrándose en tu palacio y amenazarán a tus generales y soldados. Es posible que tú mismo acabes sucumbiendo ante su imparable ataque, ya que este enemigo no es uno que tengas la capacidad de combatir.

No daba crédito a mis oídos. No puede existir tal enemigo. Y si existe debe de haber alguna forma de combatirlo. Ese afeminado dios me estaba subestimando.

– Este Sesshomaru es el Daiyoukai más poderoso de los cuatro territorios, no existe enemigo capaz de plantarle cara. Y si lo hubiera, entrenaría más duro todavía y en poco tiempo lo aplastaría.

– ¿Y cómo cortarías con tu espada a un enemigo que no posee un cuerpo que cortar? ¿Uno que atacara a tu espíritu, hasta envenenar tu carne?

Mi madre parece empezar a entender que no se trata de una amenaza tal como yo la veo y trata de sonsacar a Tsukuyomi una vez más.

– Perdonadme, oh Todopoderoso, pero no podrías ser un poco menos críptico. Mi hijo es muy obtuso en lo que a guerra se refiere, ya que fue educado para ser más guerrero que estratega.

Su comentario hace que me hierva la sangre y le lanzo una mirada que promete un futuro inmediato lleno de dolor. Tsukuyomi, en cambio suspira y aclara sus anteriores predicciones.

– El enemigo del que hablo, Lord Sesshomaru es la Enfermedad. Hombres santos y hechiceros se han unido para crear un arma especialmente pensada para acabar con Su gobierno. Un arma implacable, que no entiende de rango, sexo o edad, y que ya se está extendiendo como la pólvora por sus territorios. No puede ser contrarrestada por ningún sanador youkai, ya que no ataca al cuerpo sino al espíritu demoníaco, y sólo cuando lo ha envenenado del todo es cuando se empiezan a notar los síntomas físicos. Para poder luchar contra ese ataque se necesita un perfecto manejo del reiki, o energía sagrada. Esa energía que habitualmente purificaría a los youkai, si es manejada en su beneficio, puede detener el avance de la enfermedad e incluso crear inmunidad para futuros ataques. Pero imagino que sabes que ningún youkai puede manejar reiki debido a su naturaleza demoníaca. Esa energía procede directamente de Amaterasu al igual que yo soy la fuente de todo youki. Tan sólo algunos humanos, educados en lo sagrado pueden usarla.

Toda la confianza y seguridad en mi mismo va desapareciendo, sumiéndome en la desesperación. Lo que el dios trataba de decir es que necesitaba humanos, o lo que es peor aún, humanos monjes o sacerdotes, que quisieran ayudar a salvar a mi raza. Necesitaría de toda mi capacidad diplomática para buscar aliados tan improbables y el "tratamiento" tan reciente, pesaba como una losa sobre mi subconsciente. Tan sólo la idea de hablar con humanos me provocaba punzadas de dolor en las cicatrices. Esas criaturas despreciables jamás me ayudarán a salvar a mi pueblo… el dios lo debe de saber a la perfección. Y aún así me mira esperanzado, como si en mí estuviera la respuesta que él también anda buscando.

– ¿Y bien, Lord Sesshomaru? ¿Tendréis las suficientes agallas para anteponer vuestro pueblo a vuestro orgullo?

Pongo cara de no entender mientras la maldita mujer que me acompaña se mueve con nerviosismo. Incluso trata de tirarme de la manga del kimono al susurro de "vámonos hijo, que aquí no hay nada que hacer". Le pego una cachetada en la mano con la que intenta tirar de mí, sin mirarla y enfrento al dios y sus absurdas insinuaciones.

– El orgullo de Este Sesshomaru nada vale en comparación a su responsabilidad con su manada. Este Sesshomaru es el alfa de todo youkai que habite el Oeste y hará cualquier cosa por proteger a su pueblo. Pero Este Sesshomaru recela de los humanos, sabe lo ruines que son y duda mucho que alguno de ellos quisiera ayudar a los youkai. Este Sesshomaru nunca ha conocido un humano semejante.

El nerviosismo de mi madre ha roto todos los límites y la escucho indignado gritarme ordenando que nos marchemos en este mismo instante. No puedo usar mi youki para dominarla ya que lo tengo sellado, pero tampoco es que me haga falta. Me doy lentamente la vuelta apretando los dientes y le suelto un sopapo de tal calibre que escucho su cuello romperse como una rama seca. Ella cae al suelo pero aún herida pretende invocar un portal que nos devuelva de inmediato a la Casa de la Luna. Tsukuyomi observa indiferente la escena todavía dando vueltas a mis últimas declaraciones, pero al aparecer la luz blanca del portal, levanta la mano con suavidad y con un chasquido de los largos dedos sofoca toda luz cerrando el camino. Otro chasquido y mi madre cae inconsciente sobre la hierba.

– Me decepciona usted, Lord Sesshomaru, – continúa Tsukuyomi impasible, como si no acabara de suceder absolutamente nada. – Puedo entender las razones por las que usted se sometiera a la terapia del olvido pero debo insistir en que abra los ojos. Su libre albedrío me impide relatarle lo que con tanto ahínco se ha empeñado en borrar, pero puedo llamarle la atención sobre lo obvio. Su brazo izquierdo está formado por un concentrado de reiki. El que hiciera semejante obra de arte tiene un dominio extraordinario de la materia sagrada y una estupenda predisposición hacia usted. El reiki no solo no le purifica sino que se ha fusionado a la perfección con su propio youki, dando lugar a un miembro perfectamente funcional y bastante más poderoso que un brazo normal. Ahora que su madre duerme, puedo permitirme encomendarle que reflexione sobre su origen, para que cuando el momento llegue no cometa la estupidez de rechazar la ayuda que tan gentilmente se le ofrecerá.

Ese brazo…, el gran fallo del "tratamiento" de mi madre… Su fracaso a la hora de separarlo de mi cuerpo podría mandar al traste todo lo que había pretendido imponerme con sus poco ortodoxos métodos. Pues a lo hecho, pecho. Ahora tenía muchos problemas por delante a los que plantar cara, no era el momento de dudar o repetir semanas de aislamiento. Tsukuyomi abre el portal mientras yo me ocupo de cargar el cuerpo inerte de mi madre al hombro, como si fuera un saco de patatas. A modo de despedida Tsukuyomi me suelta una última sentencia.

– Procure relajarse, Lord Sesshomaru. El estrés será su peor enemigo de ahora en adelante, sin la bestia ya no cuenta con ningún mecanismo que le pueda ayudar a liberarlo. Su destino es uno de los pocos que he podido leer que no están fijados de antemano, por lo que su futuro depende en gran parte de las decisiones que está por tomar. Ya que la bestia sagrada no podrá guiarle en tan difíciles momentos, sea sabio y escuche los consejos bienintencionados de los seres que se preocupan por usted, sean de la raza que sean...

– Hmn… – Suelto a modo de repuesta mientras me adentro en la luz. La cabeza me da vueltas desbocada mientras viajamos por el cegador torbellino. Al llegar dejo el saco de patatas en brazos de un criado y me dirijo al baño para volver a vomitar. Mis nauseas atacan de nuevo al recordar que tendré que enfrentarme a los humanos tarde o temprano. Supongo que el efecto del tratamiento se irá atenuando poco a poco pero hasta entonces me esperan unas jornadas muy duras. Me tomo otra botella de poción para dormir y caigo redondo en la cama, agotado física y mentalmente.

Al cabo de no más de dos horas me despierto gritando por la pesadilla de siempre.


* Takama-ga-hara (o Takama-no-Hara): Lit. Planicie de los altos cielos. Lugar donde, según la mitología Shinto, habitan los dioses. Conectada antiguamente con el mundo terrenal por el Ama-no uki-hashi (puente flotante del cielo)


***De nuevo, gracias por tu apoyo KnL. Y gracias por el consejo sobre los guiones (no se me había ocurrido lo de find and replace), como puedes ver ya lo estoy aplicando y espero que los diálogos estén más claritos.

En cuanto al papel de Naraku en la rebelión anti-youkai, no te confundas. En ningún momento da a entender que va contra los youkai o a favor de los humanos. Es un maldito abogado del diablo que se arrima al que más le conviene. La razón por la que trabaja junto a los sacerdotes es la capacidad de éstos para rastrear los fragmentos de la perla, además de utilizar sus ejércitos para librarse de youkai poderosos que pudieran incomodarle más tarde. Todavía no tenemos claro las intenciones del hanyou araña (ese es uno de los grandes misterios del fic XD), pero se deduce de momento que se debaten entre ser el demonio más poderoso (¿?) y resucitar a Kikyo (o hacer que ella le ame – Onigumo´s wish). Para ello tendrá que librarse de los lores cardinales y las hordas humanas comparten su objetivo. Pero sigue siendo en un 95% youkai, por lo que tiene claro que debe poner caras a los nombres de los cabecillas de la revolución para saber a quién matar en el futuro. De momento se ha acojonado y escondido en el monte Hakurei, por lo que se deduce que no se verá afectado por la plaga, menudo listillo, XD

De acuerdo contigo: ¡Vivan todos los ayakashi y la madre q los parió! ¡Banzai! ***