Capítulo 20: Septiembre
Disclaimer: Harry Potter y compañía no me pertenecen, yo sólo se los tomo prestados a JK Rowling porque es una forma muy original de perder el tiempo.
Advertencia:este fic es slash, yaoi, temática hosexual, como te de la gana llamarlo. Si te resulta ofensivo, tienes un botoncito en la esquina superior derecha de tu pantalla que sirve para cerrar ventanas. Agradezco mucho que haya tantos anónimos interesados en salvar mi alma, pero, en serio, vuestras opiniones no me interesan.
Advertencia (2): en este fic muere gente. Es lo que suele pasar en las guerras. Lo aclaro ahora porque parece que hay quien aún no se ha enterado: soy una asesina en potencia. No obstante, y para evitar al mismo tiempo no ser asesinada yo misma, la mayoría de mis historias largas suelen tener un final más o menos decente.
Nota de la autora: mil gracias a los que me han apoyado durante estos duros meses, a los que siguen leyendo esto, a los que me mandaban de vez en cuando una lechuza para recordarme que aquí tenía aparcado un proyecto en vías de crecimiento. Y diez mil gracias a Saphira, que no sólo hizo lo anterior sino que además me revisa todo lo que escribo y me da buenos consejos cuando los necesito (siempre, vamos).
Mucha gente me ha preguntado que si voy a meter spoilers de Deathly Hallows, el fic de esa tía tan rara a la que no le gusta el slash. Repito: esto es una versión alternativa al séptimo libro, no tiene nada que ver conDeathly Hallows, juro solemnemente que ninguno de mis personajes se llamará Scorpius. Si no habéis entendido lo de Scorpius, no importa; sois afortunados.
Las hojas del Sauce Boxeador ya amarilleaban ante el inminente otoño. El verano, entre inesperadas muertes, ataques, cotraataques y alguna sorpresa que otra había pasado en un abrir de ojos y, a las puertas de Hogwarts, Minerva McGonagall esperaba con una mezcla de tristeza y nostalgia, los ojos fijos en las riadas de estudiantes que ya se dirigían hacia el castillo.
Sería el primer año sin Dumbledore. Aún se sentía extraña al no escuchar, casi siempre en un cuchicheo confidencial, la voz amigable y sosegada de Albus. Dumbledore era ya tan parte del castillo como lo eran la Torre de Astronomía, los invernaderos de la Profesora Sprout o el campo de Quidditch. Se hacía impensable sentarse en el Gran Comedor y no verle en el centro de la mesa de profesores, presidiendo la enorme estancia con esa naturalidad tan suya, la naturalidad de quien ejerce el poder como si de una obligación más se tratara.
Ahora que estaba frente a Hogwarts, Minerva se sorprendía y al mismo tiempo se irritaba consigo misma cuando, mecánicamente y cada cierto tiempo, esperaba escuchar la voz del fallecido director retumbando en el vestíbulo. Cuando los ojos se le humedecían cuando dejaba vagar la mirada por el lugar donde había desaparecido su tumba, su tumba blanca. Pero pese a ello, y, como nueva directora del colegio ratificada apresuradamente por un agobiado Rufus Scrimgeour, Minerva había decidido abrir el colegio después de todo. Porque a medida que el verano pasaba y las masacres se sucedían, había comprendido que la única esperanza que les quedaba a sus jóvenes, inexpertos y aterrorizados alumnos era convertir Hogwarts en una fortaleza inexpugnable.
- Ejem...
Minerva se giró. Lupin, ataviado con sus mejores galas, le ofrecía una deslumbrante sonrisa de disculpa.
- Sé que es tu costumbre, pero no es correcto que sea la directora en persona quien espere a los nuevos alumnos.
Filch asintió hoscamente a sus espaldas. Llevaba a su gata en brazos, y por la expresión de su arrugado rostro se adivinaba que a él no le parecían correctas ninguna de sus decisiones, empezando por la de meter un hombre lobo en Hogwarts.
- De acuerdo -murmuró la directora, haciendo caso omiso al conserje, y sin una palabra de despedida se dirigió con desgana al Gran Comedor. Allí la esperaban los demás profesores, y se sintió extraña al ocupar un sitio que siempre había sido de Albus. A su derecha había un asiento vacío: antiguamente suyo, ahora del profesor Lupin, subdirector y profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. Poco más allá, destacaba el enorme sillón, también desocupado, de Hagrid. Los restantes profesores estaban todos allí, arropando a su nueva directora, que les devolvió una mirada de agradecimiento.
Allí estaban los viejos y fieles Flitwick y Sprout, discretos pero valientes como ninguno. La jefatura de la casa de Gryffindor recaía ahora en Lupin, quien la había aceptado de buen grado. Cerca estaba su nueva y flamante -y también extraña, para qué negarlo- incorporación.
A Horace Slughorn lo habían matado durante las vacaciones. La enseñanza de Pociones era difícil y requería mucha práctica, pero después de un mes de intensa búsqueda Minerva creía haber dado con el hombre adecuado. Era uno de los muchos alumnos de otros colegios que habían buscado ese año refugio en Hogwarts, con la diferencia de que él ya estaba licenciado. A falta de una alternativa mejor, Viktor Krum era el nuevo profesor de Pociones. Y, al igual que harían los recién llegados en breves momentos, se le había solicitado que pasara la prueba del Sombrero Seleccionador, la cual arrojó un resultado que no había sorprendido a nadie: Slytherin. Así pues, y también a falta de otra opción mejor, Viktor había asumido el cargo de jefe de su casa. Un cargo que, después de haber sido propiedad casi exclusiva de Snape durante tantos largos años, se le antojaba demasiado grande para aquel grandullón recién licenciado a quien incluso el Barón Sanguinario observaba con mal disimulada extrañeza.
En ese momento las puertas del comedor se abrieron, y los antiguos alumnos con menos barullo que el habitual. Minerva notó un desagradable cosquilleo de inquietud en su estómago al ver a Ronald Weasley, perdido en sus propios pensamientos mientras caminaba de la mano de Hermione. Durante muchos años se había acostumbrado a ver la mesa de Gryffindor repleta de cabezas pelirrojas. Ahora sólo habría una; la muerte de Ginny había sido un trago difícil de superar.
Y hablando de Ginny, pocas personas habían sentido su pérdida más que Neville Longbottom, que en ese momento entraba acompañado de Luna. Ambos se separaron al llegar a sus respectivas mesas; Luna igual de distraídda que siempre, Neville más serio que de costumbre. Se le veía más alto, más delgado y más seguro de sí mismo, como si el fallecimiento de la pelirroja hubiera precipitado su madurez.
Poco a poco se les fueron uniendo los restantes miembros de la Orden. En el Gran Comedor había bajas, aunque no demasiadas, pues los padres sabían que lo más seguro para sus hijos era permanecer internos en Hogwarts. La excepción, como de costumbre, la constituía la mesa de Slytherin, que se había quedado medio vacía. Muchos de los Slytherins hijos de mortífagos, sobre todo pertenecientes a los tres últimos cursos, habían sido llamados a filas y sólo unos pocos habían decidido volver al colegio.
Pansy Parkinson sonrió a Krum desde el centro de la mesa. Minerva frunció el ceño: todavía no acababa de ver con buenos ojos que el profesor de Pociones saliera con una potencial alumna. Volvió a mirar a Krum, quien se le antojó más inexperto, más joven y más bruto que nunca, y se preguntó por enésima vez si su decisión habría sido la correcta.
En ese momento Hagrid llegó a la mesa, y pocos segundos después Remus Lupin hizo su aparición, escoltando a una oleada de niños ...y no tan niños. Ese año el Sombrero iba a tener mucho trabajo, porque a los de primer año se les unían alumnos de otros centros que habían ingresado a Hogwarts para completar sus estudios allí. Había sido un proceso complicado, sobre todo a la hora de convalidar las diferentes asignaturas que cada escuela impartía, pero Minerva había conseguido llevarlo a cabo satisfactoriamente. Especialmente preocupada había estado por los alumnos de Durmstrang, pero al recordar las actuaciones de Viktor Krum en el Torneo de los Tres Magos había comprendido que no le iba a venir nada mal el tener a unos cuantos tipos duros como él protegiendo a su colegio.
La idea la hizo sonreír mientras buscaba a los nuevos alumnos. Evidentemente había estudiado cada expediente minuciosamente antes de dar su aprobación. Los de primer año fueron pasados por el Sombrero y los más mayores se mantuvieron algo apartados. Minerva no tuvo que pensar mucho para distinguir al grupo de Durmstrang: parecían más fuertes, más experimentados y con mucha más mala leche que el resto. La mayoría eran estudiantes de nacionalidad inglesa los que se había enviado al duro colegio nórdico. Pocos estudiantes procedentes de los fríos países del Este habían conseguido ayuda para escapar de los mortífagos.
El más destacado era Darko Krum, hermano pequeño de Viktor. A pesar de su apellido su aspecto era más bien tierno e inofensivo, y Minerva no pudo menos que estremecerse al recordar que aquel chaval de corta edad había conseguido escapar a duras penas de Bulgaria después del asesinato de sus padres. Tan sólo le habían acompañado dos condiscípulos de nacionalidad extranjera, dos rusos de quince años que parecían fascinados y asustados a partes iguales.
Los ingleses regresados no eran menos curiosos. Thomas McNair, pariente lejano del conocido mortífago, regresaba desde el lugar al que habían enviado para, según su propia familia, endurecerle y hacerle un hombre de verdad. McGonagall había hablado en persona con él antes de admitirle y averiguar que Thomas, un individuo moreno de hombros anchos y mirada dura, tenía tantas ganas de pertenecer a los mortífagos como ella misma.
Muy distinto era el caso de Mary Black y Daniel Lovegood. Ambos habían pedido expresamente ir a Dumstrang, y ahora aparecían en Hogwarts con una mezcla de aprensión y resentimiento. Mary, de apenas 14 años, insistía en llevar el apellido Black pese a que era hija de una lejana miembro de la familia que había contraído matrimonio con un mago de apellido anodino. A su edad, Mary se mostraba orgullosa de llevar sangre Black, y McGonagall esperaba que la sincera admiración por los mortífagos que veía en la joven desapareciera en cuanto le inculcaran un poco de sensatez.
Y Daniel Lovegood había sido otra sorpresa para Minerva, ya que apenas nadie sabía que Luna tenía un primo que había ido a estudiar Artes Oscuras a Durmstrang. McGonagall había comprobado la versión con su tío y con su hija y todo parecía ser correcto; además, el aspecto de Daniel, su pelo rubio casi blanquecino y sus enormes ojos azules le otorgaban el sello marca Lovegood. Aunque, a diferencia de su pariente, su piel no era pálida y suave sino endurecida, producto de las frías condiciones de Durmstrang.
Precisamente en ese momento empezó la selección de los nuevos alumnos. Darko Krum fue enviado a Ravenclaw. Los dos rusos, Krycek y Komarov, en cambio, se encontraron casi automáticamente a la mesa de Slytherin. A pesar de todo, los tres amigos se saludaron desde la distancia y McGonagall sonrió; quizá los nuevos alumnos, no tan imbuidos de la estricta separación que reinaba en Hogwarts, consiguieran al fin la unión que ella siempre había deseado.
Thomas McNair también engrosó sin mucha ceremonia la mesa de Slytherin. Cuando los presentes empezaban a preguntarse si todos los ex alumnos de Durmstrang eran futuros Slytherins, estalló la sorpresa: Mary Black, la niña cuya mirada hacía temblar a los más mayores, fue enviada a Hufflepuff. Con el rostro lleno de resentimiento se encaminó a su nueva mesa.
McGonagall tenía depositadas sus esperanzas en Daniel Lovegood, pero el amante de las Artes Oscuras, la oveja descarriada de los Lovegood, también era un Slytherin. Daniel se sentó en su mesa, saludó a McNair, se presentó a algunos alumnos de séptimo que habían aplaudido tímidamente cuando fue seleccionado, y al poco las serpientes habían iniciado una animada charla.
Hacía un rato que los de Gryffindor habían adivinado que aquella selección no iba con ellos, por lo que chismorreaban entre sí y hacían comentarios impacientes. McGonagall les miró con furia, y todos callaron de repente. Era labor de todos hacer un hogar de Hogwarts.
Los ánimos de los leones se calmaron un poco cuando casi todos los alumnos de Beauxbattons acabaron en Gryffindor y Ravenclaw. Gabrielle Delacour fue recibida con especial entusiasmo por Ron y Hermione, quienes proporcionaron un poco de consuelo a la pobre chiquilla que en un año había perdido a su hermana mayor y a su padre.
McGonagall se levantó y automáticamente se hizo el silencio. El discurso fue más frío que los de Dumbledore, en parte por el propio carácter de Minerva, en parte porque la situación no era la misma. Finalmente, y tras lo que parecieron interminables horas las mesas se llenaron de platos y todos empezaron a comer.
- No ha venido -masculló Seamus entre bocado y bocado- al final no se ha atrevido a venir.
Para variar, Ron no levantó la cabeza y fingió no darse por aludido. Fue Neville quien se enderezó bruscamente y, con una autoridad recién aprendida, le ordenó que cerrara el pico.
- Si yo fuera Harry, tampoco vendría -espetó antes de empezar a comer.
Pero, dijeran lo que dijeran, tanto ellos tres como Dean echaron de menos a Harry cuando subieron a la habitación que compartían desde hace siete años y dirigieron una melancólica mirada a su cama vacía.
X
En la mesa de Slytherin nadie preguntó por Draco Malfoy. Tanto mejor, porque todo el mundo sabía que estaba condenado a muerte por el Ministerio. Algunos Slytherins bien informados murmuraban que los mortífagos también le estaban buscando, pero eso sólo eran rumores. Oficialmente, Draco Malfoy era todo un mortífago en busca y captura.
- Cuentan que traicionó a Quien-ya-sabéis -musitó en tono confidencial un chico negro y alto de nombre Blaise Zabini. Aunque había soñado con pertenecer a los mortífagos, estos le habían rechazado finalmente por las excentricidades de su madre-. Cuentan que ayudó a Harry Potter...
De talante más bien reservado, Zabini se sentía solo e intentaba trabar relación con los nuevos Slytherins de su edad. De momento sus palabras consiguieron captar toda la atención de los recién llegados, que desde luego conocían la leyenda que rodeaba a Potter.
- En realidad cuentan muchas cosas de él - añadió Robert Avery, hijo del mortífago del mismo nombre, que pese a su fanatismo lo había arreglado todo para que su hijo gozara de la protección de Hogwarts y no siguiera sus pasos. Por sus contactos sabía mucho sobre Draco y los mortífagos.
- ¿Cómo cuáles? -preguntó Komarov. El ruso era muy parlanchín, al contrario que su callado amigo Krycek.
Avery sonrió confidencialmente.
- Es difícil de creer, pero me lo ha dicho mi padre -aseveró, dirigiendo al resto de la mesa una mirada de desafío-. Al parecer el amigo Draco está loco por el héroe de Gryffindor en persona.
Un coro de exclamaciones ahogadas siguió a su declaración. Robert permaneció firme, dispuesto a defender la credibilidad de su padre.
- ¡Imposible! -exclamó Pansy Parkinson, sintiendo una sensación de malestar en el estómago. Krycek y Komarov se habían quedado con la boca abierta, y Lovegood y McNair parecían incómodos. Robert Avery se giró hacia ella con ademán agresivo.
- Ya sé que Draco era tu amigo, Pansy, pero...
- ¿Algún problema? -interrumpió no demasiado amablemente una voz autoritaria y profunda.
Era Viktor Krum, jefe de Slytherin, quien se había acercado a la cabecera de su mesa. Pansy, que habría deseado levantarse y estrangular a Avery con sus propias manos, se limitó a cerrar la boca y fulminar a Robert con la mirada delante de su novio. Krum los miraba a ambos alternativamente. El resto del comedor parecía haber enmudecido, y al levantar la cabeza los Slytherins comprobaron que todos los jefes de casa habían seguido el ejemplo de Viktor.
- Ninguno, señor -se apresuró a responder Krycek, con los ojos brillantes de atención. Por lo que a él respectaba, Viktor Krum era el héroe que le había sacado de Bulgaria.
- No hace falta que me llames señor, Josef. Al menos, no fuera de clase... -Krum tenía una carpeta en la mano, y la consultó al tiempo que levantaba la mirada para examinar la mesa de Slytherin medio vacía- hemos sufrido grandes bajas este año, como habréis observado. Por otro lado, tenemos un montón de camas libres, aunque los que se han ido solían compartir habitación. ¿Alguien se ha quedado solo?
Zabini levantó la mano.
- ¿Con quién compartías habitación?
- Con Vincent Crabbe, Gregory Goyle, Draco Malfoy y Theodore Nott, señor. Todos desaparecidos.
- Ya... -el búlgaro ocultó una mueca tras la carpeta- tengo que ponerte con chicos de tu misma edad. ¿Los señores McNair y Lovegood?
Los aludidos levantaron la mano.
- ¿Señor?
- Compartiréis habitación con Zabini, dado que los tres vais a séptimo. En cuanto a Josef y León -dijo dirigiéndose a los rusos-, creo que tendréis una habitación para vosotros dos. Señorita Parkinson, usted se ha quedado completamente sola, así que espero máxima formalidad de su parte.
- Sí señor -respondió Pansy con calma. En los labios de Viktor se insinuaba una semi sonrisa.
- Además, eres prefecta de Slytherin, cargo que seguirás manteniendo. No obstante, con Draco Malfoy se nos fue un prefecto... -miró evaluativamente a sus nuevos alumnos, especialmente a los dos de séptimo- hablaré con Minerva y en pocos días os diremos quién se queda con el cargo vacante.
Krum cerró la carpeta y les dirigió una sonrisa menos dura que de costumbre.
- En fin, espero que estéis agusto en vuestro nuevo hogar.
Y sin más se dirigieron arriba. Con Harry o sin Harry, un nuevo curso comenzaba.
X
Daniel Lovegood se entretuvo un rato charlando con Luna, mientras que Thomas McNair alcanzó su habitación en compañía de Blaise Zabini. Apenas acababan de empezar a deshacer su baúl cuando apareció Daniel, a quien Pansy había guiado con una amabilidad desacostumbrada en los entresijos de la Sala Común de Slytherin.
- Te acostumbrarás -le tranquilizó Blaise Zabini con cierto aire de superioridad cuando Daniel entró en la habitación con expresión agobiada y confesando no haberse enterado de nada de lo que le había explicado Pansy.
- Eso espero.
- No es tan difícil -apostilló McNair, sentándose en su cama adoselada en tonos verdes para doblar su ropa- sólo tienes que empezar a prestar atención.
Daniel soltó un gruñido y Zabini rió entre dientes. A pesar de su carácter cerrado y que echaba de menos a sus compañeros huidos, empezaba a simpatizar con los dos jóvenes que le habían tocado de compañeros. Puntilloso como siempre, Blaise cogió algo de ropa y se despidió alegando ir a la ducha.
Cuando la puerta se cerró a sus espaldas y los pasos de Zabini resonaron en el corredor de piedra, McNair y Lovegood se miraron en silencio durante unos segundos, para después lanzarse el uno a los brazos del otro.
- ¿Con que no es tan difícil, eh? -dijo irónicamente Daniel- bueno, puede que no cuando lo llevas haciendo durante seis años.
Thomas rió, pero la risa se cortó abruptamente cuando Lovegood le besó. Ambos cerraron sus ojos, y, bajo sus manos, volvieron a ser ellos mismos. Cuando Daniel volvió a mirar ya no era el tal Thomas McNair, sino Draco Malfoy, quien enredaba sus dedos en su cabello, que ya no era rubio como el de Luna sino negro como el carbón.
- ¿Qué le has dicho al Sombrero para convencerle de que no te delatara? -preguntó Draco.
Harry esbozó una sonrisa torcida. Casi había esperado que el Sombrero Seleccionador gritara "¡Gryffindor!". Casi había deseado que lo hiciera.
- Me ha recordado que ya me advirtió de que quizá en Slytherin hiciera mis verdaderos amigos... -confesó con una mueca.
- Aspiro a ser más que tu amigo.
Harry miró a su alrededor, a las frías paredes de piedra, a las ventanas que filtraban la luz verdosa proveniente del lago, a los doseles de raso verde y plateado. Tan parecida y al mismo tiempo tan diferente a su cuarto de toda la vida en la Torre de Gryffindor.
- Se me hace raro estar aquí. Se me hace raro ser un Slytherin.
Draco meneó la cabeza.
- Tú siempre serás un Gryffindor, Harry. Mi Gryffindor -subrayó el posesivo empujando a Harry sobre la cama hasta que se encontró atrapado entre la colcha verde y el cuerpo de Draco.
Aprovechando la ausencia de Zabini, volvió a besarle. Tenían por delante el curso más extraño, solitario y al mismo tiempo excitante de sus vidas.
- ... además eres demasiado idiota para ser un Slytherin -escuchó Harry murmurar entre dientes al rubio.
- ¿Perdón?
- ¿Lo he dicho en voz alta?
Draco ya se veía rodando por el suelo cuando alguien llamó enérgicamente a la puerta. De un salto se pusieron en pie, y en pocos segundos recuperaron la apariencia de Thomas McNair y Daniel Lovegood, justo antes de que Viktor Krum irrumpiera en la habitación.
- Buenas noches -saludó el búlgaro blandiendo la varita -espero que estéis cómodos. ¿Y Zabini?
- En la ducha, señor -respondió rápidamente Harry. Desprevenido como estaba,la voz de Daniel Lovegood sonó rara en sus cuerdas vocales, y rogó porque Krum no se diera cuenta.
Mas Viktor asintió con aire ausente. Los dos chicos evitaron cruzar una mirada; evidentemente estaba impaciente, cansado y deseoso de ver a Pansy después de un largo día lleno de nuevas y aburridas responsabilidades. Pero ése era un aspecto de la vida de su nuevo profesor de Pociones que supuestamente ellos no conocían.
- He venido a por vuestras túnicas -anunció el nuevo jefe de Slytherin sin más preámbulos.
- Ah -Harry le miró fijamente, sin acabar de entender a qué se refería. Entonces vio que Draco se dirigía diligentemente a su baúl y de repente, rescatando unas escenas que habían pasado demasiado tiempo dormidas en un rincón recóndito de su mente, recordó la primera noche que había pasado en Hogwarts.
Los alumnos de primero tenían que comprar sus túnicas nuevas sin saber en qué casa terminarían, por lo que poco después de que Ron, Dean, Seamus, Neville y él mismo hubieran terminado de acomodar sus cosas, McGonagall subió a su habitación, les hizo poner sus nuevas túnicas en fila y con un movimiento de varita les añadió el escudo de Gryffindor e hizo aparecer cinco corbatas de color rojo y amarillo. En los años sucesivos y a medida que iba creciendo, Harry simplemente iba a Madame Malkin y le pedía una túnica de su casa, pero siempre había contemplado con naturalidad el hecho de que los nuevos alumnos entraran por la noche vestidos de riguroso negro y amanecieran a la mañana siguiente con las nuevas túnicas forradas de los colores de su casa.
En ese momento sintió los ojos de Viktor y Draco fijos en él y se puso en pie de un salto al tiempo que le recorría un escalofrío. Revolvió su baúl con manos temblorosas mientras un impaciente Viktor Krum transformaba la ropa de Draco. Cuando en el plan inicial trazado por el profesor Lupin había surgido la cuestión de hacerse pasar por un Slytherin, al principio se había quejado un poco y luego se había divertido con la situación. En aquel momento se planteó, por primera vez, si a pesar de estar involucrado sentimentalmente con uno iba a aguantar un año entero llevando los ropajes de los odiados enemigos de su casa.
- No tengo toda la noche, Lovegood -gruñó Viktor. Draco intentaba permanecer impasible mientras fingía examinar la nueva túnica que en realidad llevaba vistiendo durante toda su vida.
- Lo siento señor.
Krum apuntó a su baúl y un rayo de un suave color verde surgió de su varita. Hechizo no hablado, evidentemente. No interesaba que cualquiera supiese hacer cómo convertir su ropa; el mismo Harry habría agradecido conocer el uso de aquel hechizo cuando Ron y él habían tenido que despojar de sus ropas a Crabbe y Goyle.
Viktor dio por finalizado su trabajo e inclinó la cabeza ligeramente.
- Nos vemos mañana.
- Hasta mañana señor -contestó la voz de Thomas McNair. A diferencia de Harry, Draco no parecía tener ningún problema con su nueva apariencia.
Daniel Lovegood estaba demasiado ocupado examinando la corbata verde y plateada que tenía en la mano. La estrujó violentamente entre su puño cuando la puerta se cerró con un suave chasquido. Draco le miró con las cejas alzadas.
- Es como si perdiera mi identidad -murmuró al tiempo que se sentaba en la cama. Le pareció que la caída duraba más de la cuenta, y al momento recordó que Daniel Lovegood era diez centímetros más alto que él. Aquello le hizo sentir aún peor; condenado a permanecer con una apariencia inventada y unas ropas que no le representaban. El hecho de mirar a Draco y ver a un joven desconocido de cabello castaño oscuro en lugar del rubio Slytherin no contribuyó a alegrarle precisamente.
- ¿Acaso perdiste tu identidad cuando te hiciste pasar por Crabbe?
- Goyle -corrigió automáticamente Harry. Entonces levantó bruscamente la cabeza- ¿cómo lo sabes?
- ¿Aún despiertos chicos? -interrumpió jovialmente Zabini irrumpiendo en la habitación- el profesor Krum ha ordenado que nos acostemos ya.
- El profesor Krum tiene razón -coincidió Draco retrocediendo hasta su cama. Blaise se metió en la suya e hizo ademán de cerrar la cortina.
- Buenas noches.
- Buenas noches Zabini -contestaron automáticamente los dos. Blaise cerró el dosel verde y los dos volvieron a quedarse en apariencia solos.
La tentación era demasiado fuerte, pero Draco sabía que Zabini podría verlos perfectamente a través de la translúcida tela verde. Y, naturalmente, oírles.
- Buenas noches, Lovegood. Y no vuelvas a tomarme por tonto -masculló mientras se desabrochaba la camisa.
Harry le miró con desgana, examinando aquel pecho de piel morena que tan poco se parecía a la de Draco. Se preguntó qué pensaría Draco al mirarle a él. Se preguntó si también se esforzaba buscando al amor de su vida en los ojos de un desconocido.
- Lo siento, McNair. Buenas noches.
X
Definitivamente convertirse en Daniel Scott Lovegood, fanático de las artes oscuras, nuevo Slytherin y primo detestado de Luna no era lo que se dice fácil. Harry lo descubrió a la mañana siguiente, cuando despertó y se quedó mirando a los doseles verdes preguntándose dónde estaba y por qué no escuchaba los ronquidos de Ron ni de sus restantes compañeros de Gryffindor. Después de vestirse y colocarse la corbata verde y plata con una disimulada mueca de asco, su primer impulso había sido bajar solo al Gran Comedor para que nadie sospechara demasiado pronto sobre los recién llegados McNair y Lovegood. Blaise Zabini le había mirado como si estuviera loco.
- ¿Adónde te crees que vas, Lovegood?
- ¿Al desayunar?
- ¿Tú solo? –Blaise parecía horrorizado. Miró a McNair y en ese momento pareció recordar que sus dos compañeros de habitación eran nuevos en Hogwarts, y suspiró - ¿es que nadie te ha comentado que los Slytherins vamos siempre en grupo?
"No, pero lo he sufrido en varias ocasiones".
- ¿Por qué? -preguntó finalmente Harry mordiéndose la lengua.
Cruzó una mirada con Draco, pero éste se limitó a agachar la cabeza, como si la regañina de Zabini también fuera con él.
- Prueba a subir tú solo de las mazmorras y te encontrarás con los Hufflepuffs haciendo lo mismo y los Gryffindors bajando de su Torre.
- ¿Y?
- ¿Y? –a Blaise le iba a dar un ataque- ¿qué crees que harían al encontrarse con un Slytherin caminando en solitario y con cara de despistado?
- ¿Darle los buenos días?
Zabini gruñó.
- Pisarías la enfermería de Hogwarts antes de haber entrado a tu primera clase. Vamos, nos reuniremos con los demás en la Sala Común.
- ¿No es un poco cobarde esa actitud?
Harry habló antes de poder darse cuenta de lo que había dicho. Al instante cerró los ojos y reprimió el impulso de llevarse una mano a su enorme y descontrolada bocaza. Zabini frunció el ceño, y a sus espaldas Draco le dirigió una muy elocuente una mirada asesina.
- Entre ser valiente y conservar todos mis miembros en su sitio, prefiero la segunda opción –contestó Blaise fríamente, girándose para comprobar que al menos McNair era lo suficientemente listo como para asentir y darle la razón. Después suavizó su expresión- ya te acostumbrarás, Lovegood, será cuestión de tiempo. Y ahora, vamos.
En la Sala Común de Slytherin se produjo un ligero alboroto cuando los de séptimo irrumpieron procedentes de las habitaciones. Un pequeño Slytherin de segundo o quizá tercero se acercó a Blaise apresuradamente, con el nudo de la corbata a medio hacer.
- ¡Zabini!
- ¿Qué quieres Ike?
- Uno de los alumnos nuevos –jadeó Ike, señalando a la puerta- el tal Komárov... se fue hace un rato y Krycek salió a buscarle. Querían subir a la Torre de Ravenclaw a saludar a Darko Krum.
- ¡¿Se han ido a la Torre de Ravenclaw?! –gritó Blaise- ¿Están locos?
Harry frunció el ceño, pero cuando miró a Draco descubrió que éste intentaba ocultar su consternación.
- He intentado detenerlos pero no me han hecho caso -Ike meneó la cabeza como si los dos rusos hubieran manifestado su más firme intención de volar sin escoba, y Harry pensó que exageraba un poco. Bastante, de hecho-. Si al menos estuvieran aquí Crabbe y Goyle...
- Si Malfoy no nos hubiera abandonado… -continuó una chica con aspecto malhumorado y medalla de prefecto pendida de la solapa de la túnica.
- Malfoy no es el único capaz de defender el orgullo de Slytherin –intervino una voz proveniente del dormitorio de las chicas. Pansy bajaba las escaleras con la barbilla alzada y la varita en una mano-. ¿Cuándo dices que se han ido?
- Hará unos... diez minutos -farfulló Ike, algo consternado al verse interrogado por la prefecta de séptimo curso.
Pansy cruzó una mirada con la otra prefecta.
- Creo que hoy nos perdemos el desayuno...
- ¿Os acompañamos? -se prestó inmediatamente Blaise Zabini, y de repente Harry se dio cuenta de que ahora hablaba por ellos tres.
- ¿Qué? –murmuró Harry en un susurro, pero Draco, olvidándose de todo, sacó su varita y le empujó sin disimulo alguno.
- A lo mejor necesitáis ayuda -aventuró, recibiendo una mirada agradecida de Blaise.
Pansy frunció el ceño y los evaluó. El alto y aristocrático Zabini y los dos desconocidos nuevos Slytherins, el alto y algo reticente Lovegood y el no precisamente alto pero fornido McNair que en aquellos momentos parecía un perro de presa a punto de ser azuzado. Miró a la otra prefecta y ambas asintieron.
- Vamos.
Harry seguía confuso, pero escuchó los gritos incluso antes de llegar a la intersección que comunicaba con el pasillo de la bodega, donde se encontraba la Sala Común de Hufflepuff. Al principio fue sólo un murmullo, pero en cuando Pansy y Blaise apretaron el paso el alboroto creció y creció hasta que se dieron de bruces con él.
- ¿Vuestro primer día y ya buscando pelea?
- Allie –gruñó Pansy en voz baja. De repente, y arrastrado por sus cuatro beligerantes compañeros, Harry se vio introducido en una marea roja, amarilla y azul.
Justo en el centro, Krycek y Komárov, los dos nuevos alumnos venidos de Durmstrang, se mantenían serenos, espalda contra espalda, la varita preparada. Tras ellos había un grupo de Ravenclaws, uno de ellos con un corte superficial en la mejilla. Les rodeaban numerosos Gryffindors y Hufflepuffs que en ese momento salían de su mazmorra.
- ¿Tu primer día y ya intimidando a los nuevos? –contestó Pansy.
En la multitud se hizo un silencio, y automáticamente los alumnos se apartaron para dejar pasar a los cuatro Slytherins de séptimo. Junto Krycek y Komárov había un grupo de Gryffindors, encabezados por una chica alta y atlética.
- ¡Parkinson¡Qué alegría saber que no te fugaste con tu novio el mortífago!
Pansy esbozó una sonrisa irónica.
- Si tú supieras, Allie…
Harry se mordió los labios para no sonreír, y es que "su novio el mortífago" estaba a pocos pasos, y además no era su novio, sino el del otro Slytherin que, por cierto, era más Gryffindor que la propia Allie. Claro que Pansy no sabía nada de aquello, y el hecho de que nombraran a Draco no hizo más que enfurecerla. A sus espaldas Blaise alzó la varita, y Daniel y Thomas juzgaron prudente imitarle.
- Lárgate –ordenó Allie.
- Ni siquiera los Weasley habrían aprobado esto –dijo Pansy sin amedrentarse. Al verse cada vez más rodeado, Harry se preguntó en qué momento los Slytherins se habían convertido en unos temerarios- es demasiado ruin, incluso tratándose de vosotros.
- Si quieres podemos preguntarle a Ron Weasley. Desde que murieron sus hermanos, está de peor humor que de costumbre.
- ¿Y a Hermione Granger? –intervino Harry sin poder evitarlo, cada vez más seguro de que acabaría en la enfermería apalizado por sus propios compañeros de casa- ¿y qué creéis que pensaría Harry Potter?
Para su estupefacción, hubo un coro general de carcajadas. Se sintió aún más estupefacto al ver que McNair meneaba la cabeza y evitaba mirarle, como siempre hacía Draco cuando creía que Harry había dicho algo estúpido. Es decir, muy a menudo.
- ¿Lovegood, cierto? –preguntó Allie con cierto retintín- Ahora entiendo por qué no fuiste a Ravenclaw y acabaste en ese nido de serpientes. Para tu información, Harry Potter, actualmente en paradero desconocido, estuvo aquí seis años, y nunca se preocupó de las emboscadas que tendíamos o dejábamos de tender.
El aludido estuvo apunto de replicar que eso no era cierto, pero se detuvo. Bueno, sí, sabía que Fred y George de vez en cuando… y el asunto de Montague con el armario evanescente… pero aún así...
- Son sólo unos niños y acaban de llegar, no tienen nada que ver con nuestra rivalidad –intervino tranquilamente Zabini señalando a los dos rusos-. Dejadles en paz.
- ¿Y si no lo hacemos?
- Entonces creo que tenemos un problema. Y Gryffindor unos cuantos puntos menos -Pansy señaló su medalla de prefecta.
- ¡Alto ahí¿qué creéis que estáis haciendo?
Harry levantó la cabeza aliviado, esperando encontrarse a alguno de los profesores, pero para su consternación vio que se acercaba otra Gryffindor.
- Nos atacaron –dijo Allie bajamdo la varita.
- ¿Os atacaron? – la prefecta de Gryffindor paseó la mirada por el estrecho pasillo y se encontró a seis Slytherins y al menos el doble de alumnos de las otras casas.
- Me atacaron a mí –dijo el alumno de Ravenclaw que sangraba.
- ¿Te atacaron?
- Él intentó sujetarme –se defendió Krycek.
- ¡Mentira!
- Baller, si no fueras tú a lo mejor me creería esa estúpida historia de que dos alumnos nuevos de tercero o cuarto de Slytherin se tiraron sin venir a cuento contra el golpeador de Ravenclaw, pero es que además eres tú, el mayor mentiroso de la escuela –dijo fríamente la prefecta, y muchos rieron entre dientes-. No quiero descontarle puntos a mi propia casa, así que fuera.
- Pero…. –protestó Allie.
- F-U-E-R-A.
En un santiamén todos se marcharon en dirección al Gran Comedor, excepto la recién llegada y los Slytherins, que se quedaron unos instantes en silencio. Harry se sentía mareado, confuso por un baile de rostros nuevos y nombres que no había escuchado en su vida.
- Justo a tiempo, Wood -dijo Pansy en lo que al parecer era su sutil forma de dar las gracias.
La chica bufó y en ese momento Harry recordó que una de las primas menores del famoso Oliver Wood también estaba en su casa. De hecho, recordaba vagamente haberla visto en alguna prueba del equipo de quidditch.
- Christine Allie al parecer ha conseguido la ansiada unión de las casas –contraatacó esbozando una sonrisilla- la unión de las casas contra Slytherin.
Krycek y Komárov se miraron, intentando no exteriorizar el miedo que habían pasado. En ese momento llegó Darko Krum, acompañado de Mary Black, los dos con expresión aturdida. Harry adivinó que lo habían presenciado todo y no se habían atrevido a intervenir.
- No creo que sea para tomárselo a broma -dijo la desconocida prefecta de Slytherin.
- Entonces tened cuidado de por dónde vais. Ya sabéis... desde que la mitad de los alumnos de Slytherin se unieron a Quien No Debe Ser Nombrado, no despertáis simpatías precisamente.
- Nunca hemos despertado simpatías -gruñó Blaise.
La prefecta de Gryffindor le dirigió una sonrisa deslumbrante.
- Eso es cierto -y sin más, guardó la varita y se dirigió al Gran Comedor.
- ¿Quién era esa? -preguntó en voz baja Draco.
- Lys Wood, prefecta de sexto curso -informó la prefecta de Slytherin- sustituye a una alumna que murió este verano en uno de los ataques de los mortífagos. Hemos tenido suerte; es mucho más justa que su antecesora.
- ¿Y la otra chica?
- Christine Allie, de la misma clase. Ya tuve problemas con ella ayer en el expreso. Por lo visto perdió a varios familiares cuando se derrumbó aquel puente... -movió la cabeza con consternación-. Siempre me llevé muy bien con ella, pero ahora parece que va camino de convertirse en una digna sucesora de los gemelos Weasley.
- Eso no es verdad -murmuró Harry, pero por suerte recibió a tiempo un pisotón de Thomas McNair- ¡AU!
- Oh, perdón. Soy un patoso -dijo Thomas entre dientes-. Vamos, Lovegood, ya nos hemos perdido el desayuno así que mejor esperar sentados en las escaleras hasta que se te pase el dolor del pie.
Antes de que Harry pudiera protestar se lo llevó de allí.
- ¡Tienes que tener cuidado con lo que dices! -siseó entre dientes, mientras miraba alrededor.
- Pero... pero es imposible que... -Draco alzó una ceja- ¿quién era esa chica?
- Anyh Shalazar, prefecta de sexto curso. Nos conocemos bastante bien... -se detuvo unos momentos, y luego rió por lo bajo- mejor dicho, Draco Malfoy y ella se conocen bastante bien. Su familia es extranjera y no se lleva demasiado bien con los mortífagos. Supongo que por eso sigue aquí.
- ¿Es cierto lo que ha dicho¿y lo que ha dicho Zabini¿y...?
- ¿Por qué te crees que iba siempre escoltado por Crabbe y Goyle? -Draco le miró sinceramente sorprendido- ¿por su amena compañía?
- No entiendo nada...
- ¿Qué hay que entender? Reconozco que en la mayoría de las ocasiones la situación era inversa -los ojos marrones de Thomas McNair brillaron con la arrogancia de Draco Malfoy-. De hecho reconozco que soñaba con tenerte a mi merced en alguna emboscada semejante, pero tus amiguitos del equipo de quidditch siempre me fastidiaban los planes. Además, a mí siempre me ha gustado actuar en solitario.
- ¿Pretendes decirme que esto ha pasado siempre?
- ¿En qué colegio has estudiado durante los pasados seis años, Harry?
- Hasta donde mi memoria llega, en uno donde sólo tenía que preocuparme de que un tal Draco Malfoy me pillara por los pasillos cuando se acercaba un partido importante de quidditch.
Harry abrió la boca para contestar y en ese momento la manaza de Thomas McNair se posó en su pecho y le empujó contra la pared. Se dio cuenta de que Draco le había conducido a un pasillo solitario, de los muchos que abundaban en Hogwarts a la hora del desayuno.
- Nos odiamos y nos tendemos emboscadas mútuamente. Vale, es duro, pero así es Hogwarts, así ha sido siempre y así será. Supéralo, Harry. Y ahora, pasando a temas más interesantes...
Se quedó sorprendido cuando Harry le empujó suavemente, obligándole a retroceder.
- Tú no -protestó en un susurro-. Draco Malfoy.
Los ojos marrones de Thomas McNair le miraron un momento antes de que en ellos se dibujara la comprensión. Y entonces, en un intervalo de un par de segundos, volvieron a ser grises bajo un corto flequillo rubio, y su dueño esbozó una sonrisa.
- ¿Contento?
Como única respuesta Harry abandonó el disfraz de Daniel Lovegood. Draco soltó una carcajada cuando la túnica de Slytherin del segundo cayó sobre los hombros del primero. Le quedaba pequeña y arrastraba el borde por los suelos, pero Harry parecía satisfecho.
- Estás rarísimo con esa corbata -observó Draco. Se quedó mirándole durante unos segundos antes de añadir-: hace juego con tus ojos.
Harry sonrió. Era la clase de detalle sin importancia en el que sólo Draco Malfoy se fijaría. Que sólo Draco Malfoy mencionaría tan solemnemente en una situación semejante, teniendo en cuenta que al recuperar su apariencia original ambos se estaban arriesgando a morir si algún alumno despistado aparecía por el pasillo y los reconocía.
- Te he echado de menos -confesó mientras le besaba. Draco se quedó completamente inmóvil, recordando que aquella misma mañana se había sentido terriblemente frustrado al volver a despertarse solo después de tanto tiempo durmiendo con él, de no poder ni siquiera hablarle con normalidad ante Zabini después de la intimidad de la que habían disfrutado en la Mansión Malfoy. Recordó las miradas de extrañeza que le habían dirigido los ojos azules de Daniel Lovegood durante lo que llevaban de mañana, y supo que cuando decía que le había echado de menos se refería a que había echado de menos al rubio de ojos fríos e irónicos que había llegado medio muerto y completamente enamorado a la madriguera de los Weasley. Y que en el fondo él también echaba de menos a su Harry, y que era una suerte que Daniel Lovegood también llevara gafas. Dejó de recordar cuando escuchó a los primeros alumnos abandonando el Gran Comedor en el piso de abajo, y supo que aquello había sido una locura, que ninguno de los dos aguantaría y que daría lo que fuera por volver a despertarse ambos en su habitación de la casa de sus padres, sin pensar en guardar las apariencias o en que hubiera un grupo de chalados intentando tenderles una emboscada.
Cuando abrió de nuevo los ojos, Harry volvía a ser Lovegood y él volvía a ser McNair, y cuando Daniel inició el descenso por la escalera él le siguió sin decir una palabra, mirando melancólicamente los bajos de su túnica y deseando que arrastrasen por el suelo.
Harry y Draco tenían curiosidad por saber cómo se desenvolvería Krum como profesor, y realmente no les defraudó.
- Sé que tenéis por ahí una asignatura llamada Defensa contra las Artes Oscuras -sonrió- así que nosotros estudiaremos, simple y llanamente, Artes Oscuras.
Hermione Granger levantó la mano más rápido que nadie.
- Profesor Krum...
- ¿Señorita Granger? -diez puntos para Krum, su tono era tan informal como si no la conociera de nada. Como si nunca se hubiera liado con ella en cierto baila de Navidad.
- ¿No se supone que es ilegal?
Krum se encogió de hombros.
- Lo que el Señor Tenebroso hace también es ilegal.
Un murmullo de risas nerviosas secundó sus palabras.
Krum empezó una larga charla acerca de las Artes Oscuras, su pasado, su presente y su futuro, palabras que en mayor parte Harry ya conocía. Sentado en el banco junto a Thomas McNair, se entretenía mirando fugazmente hacia el ala del aula donde estaban los alumnos de Gryffindor, y más específicamente hacia la mesa que compartían Ron y Hermione, cuyas rodillas se tocaban distraídamente por debajo de la mesa.
Era difícil ser un Slytherin.
Pero era aún más difícil ser un Slytherin cuando se tenía alma de Gryffindor y cuando no paraba de escuchar su nombre siendo mencionado por la mitad de los alumnos del colegio.
- ¿McNair?
Harry casi dio un bote en el asiento al escuchar el nombre falso de Draco. Krum los miraba a ambos, pero "Thomas McNair" parecía tranquilo.
- ¿Señor?
- Vienes de Durmstrang¿cierto?
- Sí señor.
- Levántate si eres tan amable. A ver, cualquiera de vosotros... Dean Thomas, por ejemplo.
Dean se levantó con expresión recelosa.
Krum ejecutó un sobrio movimiento de varita y la mesa del profesor se apartó a un lado, dejando un amplio espacio en la cabecera de la clase.
- Luchad. Luchad... y comprenderéis lo mucho que os queda por aprender.
A pesar de todo, Harry no pudo menos que sonreír al comprender que Krum había interiorizado y hecho suyas todas las tácticas que en su día él había empleado como jefe y entrenador de la Orden del Fénix.
X
Shalazar apareció en el cambio de clase con una sonrisa de oreja a oreja. Harry estuvo a punto de preguntarle si tenía alguna hermana gemela, porque, de algún modo u otro, aquella chica siempre se las apañaba para estar en todos lados.
- ¡Bien hecho, McNair!
Draco movió la cabeza en un ademán de falsa modestia muy Slytherin. Shalazar le tendió la mano.
- Creo que no nos hemos presentado antes. Soy Anyh Shalazar, prefecta de sexto curso.
- ¿Shalazar? -inquirió Harry, fingiendo que era la primera vez que escuchaba el apellido.
- Se cuenta que uno de mis antepasados era tan fanático de Salazar Slytherin que adoptó su nombre como apellido familiar -Anyh puso los ojos en blanco- pero como éramos extranjeros le añadió la hache para adaptarla a la grafía de nuestro país. Vosotros sois Lovegood y McNair, de Durmstrang.
Ambos asintieron.
- Tenéis que tener cuidado -Anyh les acompañó mientras se dirigían a la clase de Lupin- ya habéis visto cómo están los gatitos. Muy crecidos.
- En exceso -añadió suavemente Draco, ganándose una disimulada mirada de odio de Harry.
- La culpa la tienen los prefectos de séptimo -confesó Anyh entre dientes- Hermione Granger y Ron Weasley, no sé qué les ha pasado en el verano pero ahora pasan olímpicamente de intervenir cuando se produce un ataque contra un Slytherin.
- Me comentaron que Hermione Granger era una persona bastante justa -intervino Draco antes de que Harry pudiera meter la pata.
Anyh asintió.
- Efectivamente, lo era. Suerte que tenemos a Lys Wood. Al menos ella consigue dominar un poco a los camorristas. Aunque Pansy opine lo contrario, muchos Slytherins se sienten desprotegidos al no estar Draco Malfoy para dirigirnos. ¿Sabéis? él era un auténtico líder... -Anyh dejó vagar la mirada- y condenadamente guapo además, pero supongo que ese dato no os interesa.
- No demasiado -Daniel intervino al ver que, por primera vez desde que habían llegado a Hogwarts, el gran Draco Malfoy parecía turbado. De hecho Harry podría jurar que se había sonrojado bajo la piel morena de Thomas McNair. Tuvo que morderse los labios para no reír.
- En cualquier caso, tened cuidado -Anyh parecía no haberse dado cuenta de nada, y Harry no la culpaba, porque la chica hablaba mientras saludaba a la mitad de los alumnos con los que se cruzaba. Irónicamente pensó que, si la tal Christine Allie era la sucesora de Fred y George, la prefecta de Slytherin aspiraba a ocupar el cargo de relaciones públicas del colegio que en su día había detentado Lee Jordan-. Los ánimos están un poco caldeados. Y hasta que el profesor Krum no nombre a un prefecto para Slytherin, creo que soy la principal responsable de toda la casa después de Pansy Parkinson.
- Eso es mucha responsabilidad -dijo Draco.
- ¡Dímelo a mí! Bueno, llego tarde a clase con McGonagall y ésa sí que no pasa una¡nos vemos luego!
- ¡Hasta luego!
Harry y Draco se miraron hasta que la oleada de alumnos les arrastró al interior del aula de Lupin.
- ¿Qué te parece?
- Muy simpática para ser Slytherin.
- Supondría que dirías eso...
Remus Lupin no dio muestras de reconocerlos. Rejuvenecido como estaba, llegó al aula y empezó a repartir los libros a velocidad de la luz, deteniéndose de vez en cuando para intercambiar unas palabras con algún alumno conocido. Sonrió a Hermione y a Neville, palmeó la espalda de Ronald Weasley, pero ni siquiera miró a Lovegood y a McNair, limitandose a depositar sus libros en el pupitre con un golpe seco. Harry y Draco se miraron; al parecer no pensaba perdonar que la mitad de los alumnos de la casa de Salazar sirvieran ahora en las filas de Voldemort. A sus espaldas, Blaise Zabini masculló algo por lo bajo y los Slytherins rieron. Lupin se giró un poco, y el murmullo se cortó el seco.
Harry no podía creer que estuviera allí, en Hogwarts, vestido de Slytherin, y sin poder olvidar, a cada segundo que pasaba, cuántas personas habían muerto para que él corriera a esconderse como un gallina. O, como habría puntualizado con ese sentido del humor tan suyo el joven que estaba sentado junto a él, como una comadreja.
Lupin les enseñó unos cuantos contrahechizos y los puso a practicar. Tal y como estaba previsto, Draco se las apañó para acabar lanzándole una maldición a Ron. Cuando éste le respondió, fue Harry quien terminó enzarzándose con su mejor amigo, siendo consciente de que Ron no sabía quién era y que, por primera vez, podía hacerle daño realmente. Remus Lupin intervino justo a tiempo para separarlos, y con voz dura dio por finalizada la clase y ordenó a Thomas McNair y Daniel Lovegood que se quedaran en donde estaban. Una actitud pro-Gryffindor muy impropia de Lupin, pero achacable al resentimiento que reinaba en las filas de los leones.
Cuando el último alumno hubo salido -los de Gryffindor riendo sin disimulo y los de Slytherin rezongando por lo bajo- el licántropo se aseguró de que la puerta estuviera firmemente cerrada y se giró hacia ellos con una gran sonrisa.
- No sabéis lo que os he echado de menos -manifestó al tiempo que los abrazaba, dejando a ambos atónitos. ¿Desde cuándo Lupin era tan expresivo?
- Espero que mantuvieras el secreto -advirtió Draco, fingiéndose ofendido.
- Me llevaré el secreto a la tumba, a no ser que ordenéis lo contrario.
Harry miró a su profesor con cariño, y Draco suspiró. Le habría gustado que nadie salvo ellos dos supiera su secreto, peo a fin de cuentas había sido Remus Lupin quien había ideado la disparatada idea de esconder a Harry y a Draco en Hogwarts, bajo la apariencia de dos Slytherins recién llegados de Durmstrang. Milagrosamente habían podido acogerse a esa excusa, no levantar las sospechas de McGonagall, y...
- ¿Alguien sospecha?
- Nadie -aseguró Lupin con firmeza.
- ¿Y Krum?
- Krum no ve más allá de las curvas de Pansy -añadió complacido Draco.
- Exacto. Y en nuestra situación es una ventaja, ya sabéis -Lupin se aclaró la garganta y después borró la sonrisa de su cara- ¿qué pensáis hacer ahora?
- ¿A qué te refieres?
Lupin se encogió de hombros.
- Afuera se siguen sucediendo las muertes. La Orden del Fénix está descabezada. Fawkes no ha vuelto a aparecer... -Harry suspiró involuntariamente- hay quien ha sugerido que se transfiera la jefatura, a Hermione, a Minerva o a mí mismo, pero sabéis que eso es imposible. La sociedad mágica clama por la vuelta de Harry Potter.
- Harry Potter no puede volver -replicó el aludido en tono sereno.
Lupin le miró con simpatía.
- Lo sé. Pero... Harry... -miró a Draco- quizá haya una forma. Una forma de vencer a Voldemort sin heriros más de lo que ya lo estáis.
Draco apartó la mirada. Ojalá, pensaba él, pero desde pequeño le habían enseñado a ser muy realista.
- Yo soy el arma de Voldemort. Lo lleva planeando mucho tiempo, es algo que no se puede cambiar.
- Quizá haya un conjuro... insistió Lupin.
- No hay conjuro, hechizo, maldición o pócima secreta que Hermione no haya repasado en busca de una solución a este problema, Remus -dijo Harry con firmeza. La voz le temblaba un poco, y tosió para aclarársela-. No hay otra solución. Y es una solución en la que yo no pienso tomar parte. Ni él tampoco.
- El muy idiota ha hecho un Juramento Inquebrantable -informó Draco con resentimiento- si yo me quito la vida, él morirá.
Lupin se enderezó bruscamente.
- ¿Perdón?
- No voy a matarle, Remus -dijo Harry con firmeza- ni voy a dejar que se mate. Si él muere, yo le seguiré.
Remus Lupin se quedó quieto, encogido, mirando al hijo de su mejor amigo como si fuera la primera vez que lo viera. Le resultaba impensable que Harry hubiera cometido semejante tontería cuando estaba claro el cariz que iba a tomar la situación.
- En tal caso estás condenando al mundo, Harry.
- Lo sé.
Silencio. Incómodo y lacerante silencio. Dos miradas sosteniéndose la una a la otra, y unos ojos azules, casi grises, fijos en el suelo, brillantes de culpabilidad.
- Que así sea, Harry -Lupin se levantó de forma intempestiva y se dirigió a la puerta- que así sea.
X
Estaban en la cima de la Torre de Astronomía. No importaba cómo habían llegado allí ni las clases que se habían saltado. O al menos eso pensaba Harry; estaba allí, con su novio, y eso era lo que importaba. ¿A quién le importaba lo que pensase Lupin¿a quién le importaba el mundo?
- El mundo nunca se preocupó por mí... -masculló entre dientes, como un borracho- tú sí.
- Harry... -intentó contestar Draco, pero fue callado con otro beso húmedo.
El rubio se vio llevado al extremo de la Torre, hasta que su espalda chocó contra el muro. Si Harry se dio cuenta, no lo exteriorizó. Si Draco sintió miedo, no lo demostró.
Sólo querían estar a solas, el uno con el otro, disfrutando de un pequeño retazo de felicidad, y casi lo consiguieron hasta que Harry se echó a llorar.
Draco abrió la boca para preguntar, pero en ese momento se vio catapultado a la parte superior del muro. Harry le tenía sujeto, su varita clavada en los omóplatos. Draco miró hacia abajo y comprendió lo que había sentido Dumbledore en sus últimos segundos de vida.
- Hazlo Harry. Hazlo ahora -pidió-. No te lo pienses. Simplemente hazlo.
Draco se mantuvo inmóvil. Si se tiraba él mismo Harry moriría tras él por efecto del Juramento Inquebrantable. Su espalda empezó a humedecerse, y se dio cuenta de que era Harry el que lloraba contra ella, todavía apuntándole con una varita cada vez más temblorosa.
- Sólo tienes que empujarme, Harry.
- No puedo.
- Sólo un empujón. Estaré muerto antes de tocar el suelo. No me enteraré.
- No...
- Harry...
En ese momento, la puerta de la Torre se abrió de golpe y, como en una pesadilla que repitiera una y otra vez los acontecimientos de la noche que había muerto Dumbledore, Viktor Krum apareció ante ellos con la varita levantada.
- No se ve pelear a los dos mejores magos del mundo sin reconocerles...
- ¡Viktor...!
- ¡Expelliarmus!
- ¡NO!
Harry gritó pero no sirvió de nada. Para cuando quiso darse cuenta, Draco Malfoy sólo era una mancha borrosa que caía desde la Torre, cada vez más rápido, hasta que chocó contra el suelo como una muñeca desmadejada, quedando en la misma posición exacta en la que había estado el cadáver de Dumbledore...
Se despertó bañado en sudor, siendo muy consciente de que cabía la posibilidad de que hubiera gritado en la realidad, de que hubiera pronunciado algún nombre impropio y que Blaise Zabini estuviera ahora mismo en su cama, sentado con la mirada perdida y haciendo conjeturas.
A regañadientes sacó la varita de debajo de la almohada y corrió sigilosamente el dosel de la cama, aguzando el oído.
Al cabo de unos segundos, comprobó que captaba simplemente la respiración pesada de Zabini y la más sosegada y reconocida de Draco. En la oscuridad esperó unos segundos sin apenas respirar, y en absoluto silencio se levantó de su cama.
Por una rendija de la cortina espió a Zabini, dispuesto a hacerle un borrado de memoria a la menor señal de que hubiera escuchado algo que le hiciera recelar de la verdadera identidad de su nuevo compañero de habitación. Pero Blaise tenía los ojos completamente cerrados y dormía profundamente.
Sin poderse contener se dirigió a la otra cama, la ocupada por Draco, y simplemente introdujo la cabeza. Draco Malfoy también estaba profundamente dormido, y sólo al ver que tenía su apariencia original se dio cuenta Harry de que ya no era Daniel Lovegood, sino él mismo. Se lo quedó mirando durante lo que parecieron horas, mientras su mente funcionaba a toda velocidad. Pensó en la posibilidad de borrarle a él la memoria. Supo que no funcionaría.
Algo helado le encogió el estómago cuando se dio cuenta de que realmente, para que él venciera a Voldemort, Draco tendría que morir.
En silencio se dio media vuelta y se dirigió a su propia cama, reencontrándose allí con la oscuridad que en realidad nunca dejó de acompañarle.
