Veintiuno
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Disclaimer: Dragon Ball no me pertenece, su propiedad es de Akira Toriyama.
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Espero que les guste
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El arma que sostenía Lazuli golpeó el suelo cuando la mano de la rubia comenzó a temblar. Lapis tomó el arma mientras Lazuli seguía mirando el cuerpo de Carl en el suelo, la sangre corriendo hacia sus pies.
Su mente viajó a cuando estaban pasando tiempo en el bosque, hacía tan solo tres años que parecía más, antes de llegar al campamento de Silver, cuando vio a Lapis cazar el dinosaurio.
Su mente voló a la mirada perdida del animal con el tiro en la frente… solo que esa vez había sido Lapis quien le dio el tiro.
Esta vez había sido ella.
Y esta vez no había sido un dinosaurio o un ciervo, como alguna vez cazó.
Había sido una persona.
No, ese sujeto no era una persona.
Era un monstruo.
Un monstruo que se merecía esto y más, por el hecho de haber manchado su cuerpo y haberle quitado todo de ella.
Lapis fue quien la hizo salir de su ensoñamiento.
—Lazuli, vamos. La policía podría llegar en cualquier momento —ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas. Lapis trataba de calmarla. Su hermano la tomó por la muñeca y ella se dejó llevar hasta la ventana.
Salieron por la ventana y comenzaron a bajar por las escaleras de emergencia. Bajaron tan rápido que ella sentía que se caería y se rompería el cuello. Pero eran ágiles y rápidos, pruebas de sus entrenamientos.
Llegaron al suelo en el mismo momento en que llegaba la policía. Se ocultaron detrás de un contenedor de basura, y Lazuli comenzó a caer en cuenta de todo.
—Lo maté, Lapis —le dijo, cubriendo su boca con su mano— ¿En qué monstruo me he convertido?
—En ninguno, Laz. Él era el único monstruo —salieron de detrás del contenedor antes de que le avisaran a los policías de abajo que los hermanos habían salido por la ventana.
Aprovecharon que ya los alrededores de habían comenzado a abarrotar de gente y escaparon corriendo. Sentían que se ahogaban, la adrenalina al máximo.
Subieron al auto, y Lapis enseguida comenzó a conducir.
Ahí, Lázuli pudo darle rienda suelta a su llanto.
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«Se dice de una mujer y un hombre. Los testigos afirma que son jóvenes. Rubia y de cabello negro. Esa es toda la información que se sabe.
También se sabe que la víctima tenía muchos enemigos, y que podría tratarse de una venganza. Igual, la policía ofrece un millón de zenis por información que nos lleve al paradero de los sospechosos.»
Lapis cambió de canal.
—Creo que un millón es poco por nuestras cabezas —comentó. Se levantó y se dirigió a la habitación de Lázuli.
Su hermana se había encerrado desde que habían vuelto. Y por mucho que Lapis hubiera tocado la puerta para hablar con su hermana, ella simplemente le gritaba que quería estar sola.
Ya había llamado a los amigos de Lázuli para avisar que la había encontrado y todos ellos habían quedado en llegar en la tarde y eso era lo que iba a avisar.
—Laz —dijo Lapis tocando la puerta, aun podía escuchar los sollozos de Lázuli que le hacían estremecer. Odiaba escucharla llorar. Se sentía tan culpable del sufrimiento de su hermana—. Laz, déjame entrar, por favor.
—No, Lapis… No.
—Hermana, no tienes porque llorar, Laz. Todo acabó.
—Soy una asesina, Lapis.
—No, Laz. Él era un monstruo, se lo merecía —la escuchó sollozar.
—Sí, pero yo…
—Hiciste lo que tenías que hacer, Lázuli —Lapis apoyó su espalda en la puerta de la habitación y se prendió un cigarrillo—. Así es la vida, hermana. A los monstruos, les pasan cosas malas porque lo merecen.
—¿Y entonces por qué a mí me sucedió esto, Lapis? ¿Por qué a nosotros nos ha sucedido todo esto?
—Laz…
—¿Es por lo que hicieron mamá y Silver? ¿Por lo que has hecho tú? ¿Por qué debemos pagar por los errores de los demás?
—Es mi culpa, Lázuli. Yo soy el único culpable. Yo fui quien insistió en venir a la Capital del Oeste, yo fui quien buscó ese trabajo…
—Ahora soy como ustedes… como mamá, como Silver… como tú. Una asesina… ya hay sangre en mis manos.
—Sangre podrida.
—No deja de ser sangre. Estamos siendo buscados por la ciudad, ofrecen dinero por nuestras cabezas.
—Muy poco, a decir verdad…
—Lapis…
—¿Quieres que nos vayamos, Laz? ¿Que comencemos otra vida en otra capital?
—Volver a huir.
—Sí. Podemos vender más cosas, y tengo dinero guardado. Además de que ya tenemos los papeles falsos.
Le parecía bastante irónico que hubiera sido Carl el que le hiciera aquellos papeles. Le molestaba porque desde ahí él le había puesto la mirada a Lázuli, había comenzado su sucia fantasía con la rubia.
—Dejar una vida aquí…
—Tal vez así podrías dejar atrás lo sucedido, no lo del asesinato, sino lo de que pasó antes.
No le gustaba mencionarlo, porque en verdad él deseaba que ella olvidara eso. Él deseaba que nada de eso hubiera pasado.
—Esta bien… quiero olvidar todo.
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Lapis guardó la última caja en el asiento trasero del auto y miró hacia la luz encendida en la ventana de su departamento. Decidió entrar al auto y encender la radio para escuchar si aun los seguían buscando, mientras esperaba a su hermana que estaba arreglando un asunto.
Miró su teléfono, aun fijo en el número de Isabelle que no se atrevía a marcar. Suspiró y presionó el botón verde para iniciar la llamada.
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—Entonces se van —dijo Stelle mirando alrededor. El departamento lo adquirieron amueblado y debían dejarlo así, pero aun así se sentía vacío.
—Sí —respondió Lázuli mirando de reojo a Dominic que evadía su mirada.
—No comprendo, Lázuli —dijo Kazumi—. Tu desaparición de anteayer, el que ayer no nos quisieras dejar venir, y ahora esta ida precipitada.
Lázuli aguantaba sus ganas de llorar, se estaba dando cuenta que estaba llorando demasiado.
Pero es que la situación lo ameritaba.
—Debo decirles algo… —dijo Lázuli, dispuesta a confesar la realidad de las cosas.
Ellos, junto a Emma que ya no estaba, habían sido los únicos lazos aparte de su familia que tuvo en sus cortos dieciséis años.
Y entendía porque su madre les había dicho que mejor no crearan lazos, era doloroso romperlos.
—Lapis y yo no somos lo que ustedes piensan —les dijo—. Nosotros hemos estado escapando desde siempre, a causa del pasado de mi madre. Nosotros… hemos huido de alguien que nos quiere hacer mucho daño, que asesinó a nuestra madre… tuvimos que huir, que cambiar nuestra edad para poder conseguir un trabajo… para poder pagarnos una casa.
»Para poder tener una vida.
—Lázuli… —esta vez quien habló fue Dominic, y Lázuli simplemente lo miró. Le sonrió, discúlpandose con la mirada.
—Lapis y yo solo tenemos dieciséis años. Yo no planeaba hacer tantos lazos, porque sabía que en algún momento tendríamos que huir.
—¿Y no pueden llamar a la policía, o algo? —preguntó Dominic, era el único que hablaba, puesto que las dos chicas estaban impresionadas.
A ellas siempre les había parecido que Lázuli era como una niña, pero nunca se imaginaron que sería en realidad.
Por su parte, Dominic no le importaba la edad que Lázuli poseía. Estaba enamorado de igual forma.
—No. Esto va más allá de la policía. Lapis y yo tenemos que irnos y hay que cortar todos los lazos —se levantó, y sus amigas y su novio lo hicieron también.
Kazumi y Stelle la abrazaron, sollozando, sabiendo perdida a otra del grupo, al poco tiempo de la desaparición de Emma.
Al final, salieron del departamento mientras Dominic se quedaba con Lázuli en un silencio.
—Tienes dieciséis… —le dijo el muchacho a Lázuli.
—Lo siento por mentirles…
—Por Kami-sama… Y yo insistiendo en que nos acostaramos —le dijo. Lázuli lo conocía, sabía que él estaba tratando de bromear para evitar decirle algo cursi.
—Te quiero —le soltó Lázuli. Dominic suspiró.
—Yo igual, Lazi —Lázuli sonrió ante el apodo. Dominic se acercó para besarla pero ella se puso en guardia, alejándose.
—No… se me haría más duro.
—Está bien —y ambos salieron del departamento. Bajaron y acompañaron a Lázuli hasta el auto, en donde Lapis debería estar, pero no estaba.
Lázuli marcó su número, y a los minutos, el muchacho salió de un callejón junto a una pelirroja que tan solo le guiñó el ojo y se alejó antes de siquiera acercarse a los demás.
Lázuli ignoró que Lapis tenía las mejillas rojas y el cierre del pantalón abajo.
Los hermanos subieron al auto y Lapis echó a conducir.
Volviendo a dejar atrás una vida que ya habían comenzado a armar.
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La fuerte lluvia inundaba todo, y mientras Lázuli intentaba dormir, sus sueños se veían invadidos por aquel monstruo que osó profanarla.
Lapis a su lado, mientras conducía, no podía dejar de verla. Pequeña, aunque ya no tanto, tratando de hacer como si nada pasara, tratando de guardar su dolor para ella misma.
Pero no debería hacerlo.
Pero Lapis sabía que ella ya no confiaba en él. Y se reprendía por ello.
¡PLAF!
Si ninguno de los dos hubiera tenido puesto el cinturón de seguridad, Lapis estaba seguro que se hubiera estrellado contra el vidrio ante el frenon que pegó cuando aquella sombra oscura cayó de improvisto frente a ellos.
—¿Qué es eso? —preguntó a sí mismo mientras Lázuli terminaba de despertar por tan abrupta detención.
La figura se movió frente a ellos helándoles el alma. El monstruo se dio la vuelta para dejar ver unos brillantes ojos azules en la oscuridad.
Reconocerían en cualquier lado esos ojos azules.
—Mierda, Gero —dijo Lázuli. Lapis dio reversa, dispuesto a escapar del androide. Pero como era de esperarse, el androide los alcanzó rápidamente tomando el capó del auto.
—¡SAL! —exclamó Lapis. Ambos estaban paralizados del susto y había gritado eso para que tanto su cuerpo y el de su hermana reaccionaran.
Salieron del auto e hicieron el fallido intento de correr, puesto que el androide saltó a donde Lapis y lo tumbó enseguida al suelo aprisionando su cabeza contra el barro, aplastandola lentamente.
Lázuli tomó la pistola que Lapis la había dado, con la que había matado a Carl, y con cuidado de no dispararle a Lapis por accidente, comenzó a dispararle en la cabeza al androide.
Sin embargo, las balas solo rebotaban.
—Sabes que no funcionan, mi querida Lázuli —un escalofrío recorrió la espalda de Lázuli, de por sí ya mojada por la lluvia, cuando escuchó la voz de Gero a su espalda. Se dio la vuelta y lo señaló con la pistola, aún le quedaban dos balas.
—¡Dile que suelte a Lapis! —exclamó Lázuli, tratando de que no se sintiera en su voz. La risa de Gero se escuchó fuerte a pesar de la tormenta que rugía.
—No eres capaz de disparar, Lázuli —las manos de la adolescente temblaron, dudando. Pero el grito de dolor de Lapis la hizo apretar el gatillo.
La bala golpeó la cabeza de Gero, pero la pistola cayó de sus manos al notar que esta simplemente rebotó.
—¿Qué eres…? —Gero tan solo le dio una macabra sonrisa y la golpeó, tan fuerte, que la dejó sin aire.
—¡Lázuli! —escucho los gritos de Lapis. Gero se acercó a ella con una aguja preparada. Lázuli sabía que ya no había escapatoria, que ya no se podía pelear… no con Gero convertido en lo que estaba convertido.
Gero la levantó del cuello, e inyectó el sedante en su brazo.
—Pequeña, Lázuli. Yo soy quién cambiará sus vidas.
Se sumergió en la oscuridad.
Nota: Dios... No tengo palabras para decir, porque este capítulo me ha dolido mucho el escribirlo.
Cómo vemos, ya no hay escapatoria... ya no hay nada que hacer.
Los siguientes capítulos van a ser bastante corto, incluso más que este, porque lo ameritan...
Agradezco mucho los reviews, no andoando en buen momento y todo esto me hace tan feliz.
A esos vienos lectores, a esos nuevos que han llegado, a esos que no dejan review... miles de gracias por leer esta historia que he escrito con toda mi alma.
Espero que les haya gustado y les mando un beso enorme!
