Capítulo 21: "El estigma".
Esa tarde Rivaille llegó agotado a la casa y con la convicción de decirle a Eren que no tenía sentido involucrar a la moza, pero conocer el detalle de que su tía había desaparecido le pareció relevante. Podían obtener otro tipo de información.
—¿Será por nuestra culpa que desapareció?
—No lo sé, Eren… es lo de menos ahora —trató de consolarlo, sentir culpa no servía de nada en esas circunstancias, eran emociones que entorpecían y nublaban el juicio—. ¿Estás listo para ir a hablar con ella?
—Sí.
—¿Recuerdas lo que te dije?
—Sí, sí… Hay cosas de las que no diré nada, te dejaré hablar a ti, ¿vale? —combinó.
—Tú eres mejor para convencer y conmover a la gente —Rivaille torció una sonrisa—, yo solo inspiro miedo y frialdad. Así que no quiero que guardes silencio, porque tenemos que convencerla de que haga algo que quizás no quiera.
—Vale —asintió, comprendiendo su papel.
—Solo que… no podemos decirle de entrada que somos titanes.
—Lo comprendo. La asustaremos.
—No nos creerá —afirmó tomando la llave para salir de casa, tras él Eren tenía ese semblante que solía verle previo a las excursiones, una mezcla de horror con pesar.
Por un momento habían creído que era posible vivir en libertad y sin ataduras, en una época sin titanes, pero volvían al pasado y en una circunstancia que juzgaban como más desfavorable. No tenían aliados ni tampoco armas para combatir.
Al llegar Rose tardó en abrirles y cuando lo hizo miró hacia ambos lados de la calle como si buscara asegurarse de que habían ido solos. Los hizo pasar, atravesando el pasillo y los pequeños tres escalones que ya habían pisado ocho meses atrás.
Traspasaron el mostrador hasta llegar a una pequeña y sucia cocina. De eso se percató Rivaille, el lugar era inmenso y estaba cubierto de polvo, abandonado en el olvido. La mugre reinaba, la acumulada por una mala limpieza junto a la dejadez presente.
En la mesa había una taza, Rose les ofreció asiento y algo para beber, pero solo tenía té.
—¿De qué vives, si no estás trabajando? —consultó Rivaille, tratando de empezar por un tema más neutro antes de ir al punto. La chica estaba vestida igual que la enorme casona: Aunque ella lucía limpia, tenía el pelo desordenado y la ropa raída.
—Unos amigos me están ayudando… no sé qué haré, estuve pensando en irme de aquí, tengo conocidos que pueden darme trabajo y una mano.
—¿Gente de tu grupo? —preguntó Rivaille, satisfecho de encontrar algo de lo que aferrarse para comenzar con las preguntas más difíciles.
—¿De mi grupo? ¿A qué te refieres? —Ella dejó las tazas frente a ellos y se sentó para hacerles compañía.
—Los vimos en las noticias… llevaban pancarta sobre el ejército y los titanes.
—Oh, sí. Se podría decir que son un grupo, aunque… yo no voy a las reuniones. Mi mamá era parte de ese grupo, por eso me puso Rose.
—¿Y tu medalla? —Eren le señaló el cuello y ella se mostró incómoda.
—No quería que en la calle me relacionaran con el grupo, están desapareciendo muchas personas importantes. Yo no lo soy, pero tengo miedo… —dijo con cierta obviedad.
—Es lógico… —Rivaille asintió simulando empatía.
—¿Ustedes saben qué pasó con mi tía?
—Francamente no —contestó el Sargento—, ¿qué pasó con ella? Cuéntame lo que sepas.
—Se la llevaron una noche —se mostró dubitativa de hablar, pero enseguida continuó con solidez—. Se negó a prestar declaración. No me quiso contar antes de que pasara, pero creo que mi tía sabía algo…
—Que tiene que ver con los titanes —continuó Rivaille y ella asintió con energía—, no sé mucho del grupo ni lo que hacen, ¿podrías contarme?
—¿A qué vinieron? —Fue su turno de hacer preguntas, comenzaba a recelar que pidieran tanto de su parte sin dar nada a cambio.
—Necesitamos tu ayuda —habló Eren interpretando el silencio del Sargento—, a decir verdad… nosotros tenemos cierta información sobre los titanes que no sabemos cómo hacerle llegar a la gente. Y creemos que el grupo podría ayudarnos en ello.
—¿Información sobre los titanes? —Ella sonrió con ironía— Hay mucha, pero por haber tanta la gente ya no presta atención. No se sabe qué es verdad y qué es mentira.
—¿Nos crees si te decimos que aquí va a haber un ataque muy pronto? —preguntó Rivaille con cuidado.
—¿Cómo lo saben? —Ella miró a uno y al otro, sin borrar una sonrisa de alteración.
—Solo lo sabemos. —Rivaille supo que eso no iría a conformarla—. En el pasado había también un grupo que veneraba a las murallas y que creían que los titanes eran salvadores o dioses… muchos de ellos murieron en manos de los titanes.
—Nosotros… no somos una religión —negó ella. No pasó desapercibido el detalle de que cambiase su discurso, involucrándose con el grupo. Ya no se trataba de un "ellos" sino de un "nosotros"— Solo luchamos por los derechos humanos. Así como el derecho a la verdad.
—Porque la verdad los hará libre —terció Rivaille con una sonrisa.
—Sí, tenemos derecho a saber y a gobernarnos. El ejército oculta mucho y ya no pueden negar la presencia de titanes.
—Es cierto, pero lo que ven es solo el comienzo de algo más grande —continuó el Sargento—. Nosotros sabemos esto, pero no tenemos manera de llegar a la gente.
—Vale, hagamos de cuenta que les creo —dijo ella entendiendo demasiado rápido las intenciones de los dos—, que no están locos ni fabulando. ¿Cómo podría yo convencer a alguien de ello?
—No sabemos cómo, pero tu gente… —dijo Eren—. Debes tener contactos, puede que repartir volantes con la verdad no sirva de mucho, pero si podemos salvar a una persona que nos crea, valdrá la pena, ¿no te parece?
Rose negó con la cabeza, reflexionando al respecto. En la actualidad nadie confiaba en el ejército, eso era verdad. Y las otras dos fuerzas: la policía del Viejo Mundo y la marina, eran meras marionetas del Nuevo Mundo, pero tampoco la gente tenía por qué creerle a un puñado de personas.
—Hoy en día la humanidad es muy escéptica —concluyó ella en voz alta—. En el pasado hubo muchísimas profecías que no se cumplieron, alarmas y fines del mundo que no se dieron. Y todos los días aparece un loco que anuncia el fin de los tiempos.
—Lo sabemos, por eso comprendemos que lo te estamos pidiendo es hasta inútil —admitió Rivaille—, pero si alertamos y algo sucede, la segunda vez que alertemos, nos escucharán.
—Ustedes… —parpadeó, cavilando con una descreída sonrisa—, ¿de verdad creen que algo grande va a venir?
—Sí… sé que no tienes razones para creer en nosotros dos —dijo Eren con tranquilidad— pero teníamos que intentarlo. Si no hacemos nada, cuando suceda, nos sentiremos muy responsables.
—Vale… ¿pero qué prueba tengo yo de que ustedes tienen la verdad? ¿Cómo saben que esto va a pasar?
—Es muy largo de explicar, pero soy consciente de que es una petición lógica y esperable de tu parte —consintió Rivaille—, ¿tienes lápiz y papel? ¿Y mucho tiempo?
Ella asintió y poniéndose de pie le alcanzó todo lo necesario. Las explicaciones de Rivaille se centraban en la aparente estrategia que tenía ese enemigo invisible disfrazado de titán. Durante todas esas horas que habló, le dejó en claro que solo eran conjeturas de su parte, pero que por experiencia del pasado, sabía que podía no estar errado.
Después de tantos croquis y diagramas, algo no le quedaba claro a Rose, y era cómo ellos dos podían saber tanto sobre el comportamiento de los titanes si hacía más de cien años no se había visto uno, ni tampoco era algo que uno podía encontrar en los libros de la escuela. El silencio, cuando la siguiente pregunta previsible de ella se hizo presente, fue escalofriante. Rivaille calló y miró a Eren, este comprendió de nuevo que le tocaba a él la parte difícil.
—Sabemos que puede asustarte lo que vamos a decirte… —Vio la expresión de ella y trató de calmarla—, no tenemos en mente hacerle daño a nadie, queremos… de hecho… salvarlos —meditó la última palabra, como si fuera la primera vez que reparaba en el cambio. Ya no se trataba de matar hasta el último titán, sino de salvar a la gente.
—Ya… ¿son del ejército? ¿De dónde son? —No tenía más paciencia para esperar la revelación— ¿Cómo saben tanto?
—¿Nos crees si te decimos que somos titanes? —murmuró Rivaille y Rose empezó a reír, neurasténica, nerviosa.
Se puso de pie y se alejó de ellos, como si buscara escapar de una amenaza latente de manera no tan disimulada. Notó que el chico y el hombre no reían, y que parecían hablar muy en serio. Si en verdad era titanes tenía sentido que supieran tanto de historia, del siglo IX y del comportamiento de los suyos. Eren levantó las manos y trató de calmarla.
—El día que tu tía nos atendió se dio cuenta de que había algo raro con nosotros. Creo que ella sabía que éramos titanes, no sé cómo, porque no se lo dijimos… —Eren suspiró, perdiendo la mirada—, lo lamento mucho. Si es así, me siento directamente responsable de lo que le pasó y quiero enmendarlo de alguna manera. No estamos aquí para hacerle daño a la humanidad, al contrario, sabemos mucho sobre los titanes y por eso mismo estamos desesperados. Pero no encontramos la manera de hacer algo para evitar un mal peor.
—Vale, vale, vale. —Ella volvió a encontrar su centro, era todo tan descabellado—. ¿Y por qué yo?
—Ya te dijimos —contestó Rivaille con saturación—. Somos de otra época, no conocemos a nadie aquí. Es más, hay muchas cosas que para nosotros son extrañas. Hay muchos conceptos que ustedes manejan sobre los titanes que no son ciertos. Y eso es peligroso. La desinformación y la mitificación…
—Sigo sin entender por qué yo… no soy la única que conoce al grupo.
—Es cierto, pero sí la única persona que nosotros conocemos de ese grupo —continuó Eren.
—Vale, y son titanes —decirlo en voz alta le produjo escalofríos y una insana risa descreída—, ¿qué prueba tengo yo de que no son en verdad dos locos fanáticos de titanes? Hay muchos ahí afuera que afirman ser titanes.
Eren lo había pensado de antemano y esperaba no tener que recurrir a ello. Rivaille lo miró mientras le respondía a ella.
—Tendrás que creernos, porque no podemos transformarnos. —Volvió a posar la vista en Rose a la vez que tomaba una bocanada de aire que soltó a modo de un suspiro cansino—. En primer lugar, porque te mataríamos de un infarto. Ustedes no están acostumbrados a ver titanes y no son agradables, en segundo lugar, porque nos expondríamos mucho. Hoy en día hay… máquinas que pueden captar imágenes. Con la tecnología actual no podemos arriesgarnos a que el ejército sepa dónde estamos, si es que nos están buscando por algo.
—¿Y no pensaron en que podría venderlos? ¿Qué les hace pensar que yo…?
—Ya te dijimos que no tenemos opciones —Rivaille comenzaba a impacientarse—, no nos queda otra que confiar en ti. Y te pedimos lo mismo: que confíes en nosotros.
—Es difícil. No es que pueden ir a golpear la puerta de una persona con una historia tan loca…
—Los titanes existen —espetó Rivaille—, no estamos hablando de mitos ya.
—Sí, pero… es raro que confíen en mí. Que no tengan miedo a que yo…
—No lo harás —negó Rivaille—, además en el caso de vernos en la obligación, lucharemos. Es decir que tenemos fuerza de sobra, como titanes, para matar a unos cuantos humanos como si fueran hormigas.
—No te asustes —se apresuró a decir Eren—, el Sargento es un poco rudo para hablar. Es verdad que podemos matar, pero no lo hacemos ni lo haremos… si no nos vemos obligados.
—Ustedes, si quieren —dijo ella con una sonrisa de profundo escepticismo— ¿podrían matarme?
—No necesitamos convertirnos en titanes para hacerlo —dijo Rivaille con cierta obviedad, enarcando una ceja—, pero sí.
—Genial, ahora me siento amenazada… no solo por el ejército, también por supuestos titanes. Mi vida es una novela —satirizó ella, al borde del colapso.
—No vamos a obligarte a hacer nada que no quieras por la fuerza, Rose —dijo Eren con tono conciliador, el Sargento se las había ingeniado para instalar un clima espantoso de tensión y horror—, si te niegas lo entenderíamos perfectamente. No tomaríamos ninguna medida al respecto, nos iríamos y ya… No tenemos interés en perjudicarte de alguna manera. No buscamos nada de ti, solo ayuda.
—Bien, lo entiendo… puedo negarme y no van a matarme —dijo ella, desconfiando—, ¿pero cómo sé que son titanes? Solo creer en las palabras es difícil.
Eren asintió, dándose cuenta que había llegado el momento.
—Tengo una manera de mostrarte, pero es bastante… ¿impresionante? —No era esa la palabra que buscaba—, quiero decir… puede que te impresione mucho o te parezca demente.
—Después de todo lo que me dijeron, ya nada me parece demente —dijo ella con seriedad.
—Entonces préstame una cuchilla filosa —pidió el muchacho.
—Tengo un hacha pequeña para trozar pollo. —Señaló hacia la despensa de la cocina, con honda desconfianza.
—Servirá.
—¿Qué harás con ella? —Por instinto se puso de pie de nuevo y caminó hasta la salida de la cocina.
Aunque una parte de ella temía que dos locos buscaran descuartizarla, otra parte, muy intrínseca y de más peso le decía "confía en esos ojos, son sinceros". Eren trató de transmitirle seguridad y lo consiguió, a medias, porque ella de igual modo quedó temblando en el sitio, expectante.
—¿En qué estás pensando, Eren? —Rivaille tomó el hacha, hasta él mismo con desconfianza.
Vio que el chico tomaba un paño y se lo ponía en la boca, y creyó comprender el fin. Los movimientos de Eren eran lentos a conciencia, buscaba no asustar a Rose más de lo que ya lo habían hecho. Moverse con brusquedad podía activar en ella un mecanismo de defensa primario y no quería arruinar la posibilidad de que les creyera.
—Solo córteme los dedos, Sargento… solo los dedos —suplicó quitándose por un instante el paño para poder hablar—, esto va a dolerme.
—Ok, entiendo —dijo Rivaille calculando sobre la mesa. Fue un segundo. Rose gritó de manera muy aguda cuando el sonido seco precedió a los tres dedos que saltaron. La sangre empezó a brotar como lava. Se cobijó tras la tabla que separaban la cocina de la entre sala, temblando de horror. Eren apretó fuerte los dientes y luego, con ese mismo trapo, se vendó la mano. Rivaille tomó los dedos amputados para no espantar de más a la muchacha—. Bonita demostración.
—Esta es la prueba —dijo Eren hablando con un poco de dolor. De la mano cercenada, un vapor extraño emergía—, los titanes tenemos un gran poder de regeneración. Como podrás ver me acabo de amputar tres dedos.
Ella asintió, trastornada y llorando por impulso, mientras Rivaille limpiaba el hacha con un trapo húmedo y la dejaba dentro del gabinete, cerrando la puerta para indicarle con su actitud que el arma peligrosa estaba fuera del alcance de ellos dos a los que podía juzgar, ahora en más, como locos.
—Mañana le volverá a crecer otro dedo, no te preocupes —dijo Rivaille al dar la vuelta—, es asqueroso, pero somos como lagartijas.
—Tú pediste una prueba —Eren extendió la mano con calma—, acércate y comprueba que no hay magia. Que en verdad me corté los dedos, porque mañana verás que mi mano está en perfecta condiciones. Es más, de hecho la herida ya ha empezado a cauterizarse.
—E-Es verdad… es c-como con las lagartijas —murmuró ella acercándose con lentitud y precaución.
—Cuando compruebes que mi mano está bien, sabrás que soy un titán.
—B-Bien… sí, si mañana me muestras la mano y todo está bien, creeré que no son dos dementes y que dicen la verdad —negó con la cabeza, sin dejar de mirar la mano mutilada. La sangre ya no brotaba y el vapor comenzaba a desaparecer, no se trataba de una ilusión. Estiró la mano buscando con afán el desengaño, tocándolo apenas.
—No nos tengas miedo. —Eren le sonrió de manera muy cálida.
—Hoy tendré pesadillas.
—Trata de descansar —advirtió Rivaille caminando hacia la salida—, porque mañana vendremos a decirte puntualmente cómo tienes que hacer y qué tienes que decir para diseminar la información entre los tuyos.
Habían conmocionado demasiado a esa muchacha, a tal punto que se arrepentía, eso podía tener consecuencias negativas para sus propósitos de conseguir un aliado. Sin embargo Rose habló, dándole a entender que estaba a un paso de cooperar.
—Tengo una amiga periodista y conozco a un escritor que hizo trabajos "serios" sobre titanes, es el fundador del grupo de hecho. Son personas a las que la gente común podría llegar a creerles. Él era muy amigo de mi mamá.
—Eso es bueno… —Eren se sintió tranquilo.
—Bien —reiteró ella más calmada, pero manteniendo una distancia exagerada de ambos—, ahora, váyanse, por favor.
Salieron del lugar sintiendo el portazo de Rose tras la espalda. Comprendían que la habían asustado e impresionado, pero era algo hasta cierto punto esperado. Solo rogaban que esa exposición rindiera sus frutos y que no fuera corriendo hasta la policía en busca de ayuda. En tal caso no iban a creerle, menos si iba en ese estado tan desequilibrado.
—Nos estamos exponiendo mucho —murmuró Rivaille de camino a casa.
—Es un riesgo que tenemos que correr —lo miró con algo que parecía ser tristeza—, somos lo que somos. No lo podemos cambiar, ¿no me decías eso en el pasado?
—¿Te duele? —Señaló la mano con la cabeza.
—Un poco —se la masajeó—, pero mañana estará bien.
—Estás demente —dijo riendo de manera muy interna—, tremendo susto le diste.
—¡Tú la asustaste más! —Se defendió algo jocoso, quitándose la tensión de encima—, ¡parecía que estabas contando una historia de terror!
Recordaba esas noches de cadete en las que se reunían en grupo alrededor de un candil y comenzaban en orden a contar historias. Con el correr del tiempo empezaron a ser siempre las mismas, algunas se volvían tan populares que los espectadores solían pedir que volvieran a ser contadas de nuevo. Una y otra vez. Y casi todas versaban sobre titanes.
Aunque reconocía que el Sargento podía estar hablando del clima e igual inspirar terror, siempre se lo atribuía a esa dura mirada que le salía de manera tan natural. Era como la de las serpientes, fría y tenebrosa, no obstante sabía que detrás de esa ventana, su alma era todo lo opuesto; no en vano estaba allí, junto a él, tratando de buscar la manera de que la humanidad no cometiera los mismos errores del pasado. Pero si lo hacía, era en verdad porque algo lo empujaba a ello, y Rivaille se lo atribuía a la presencia del chico, a su necesidad de cerrar esa etapa en sus largas vidas.
(…)
El día siguiente fue clave para ambos, Rose se mostró más cooperativa, aunque aún desconfiada. Esa mentada amiga suya que era periodista pretendía hacerles una entrevista. Rivaille se negó categóricamente, pese al intento de Eren por convencerlo. Se exponían demasiado, aunque también podía ser una buena forma de convencer a la gente.
La muchacha le había asegurado que sería sin cámara, solo audio, y que luego se publicaría en una revista especializada en el tema. Aun así Rivaille no quiso tener ningún contacto con ningún otro humano aparte de Rose. Todo quedaba en manos de ella, mientras ambos se aseguraban de estar al tanto de los pormenores.
A los dos días, Rose les había dado la buena noticia de que el líder del grupo tenía en mente realizar una marcha con pancartas alarmistas, el día anterior a la Nochevieja. Iban a manifestarse pacíficamente en la plaza; sabían que las cámaras y fotógrafos estarían allí, haciendo preguntas respecto al supuesto peligro que corría la gente.
Como siempre, los tomarían como locos y farsantes, pero era un mal que Rivaille se encargó de dejar bien claro: corrían ese riesgo y era lógico, pero el segundo llamado de atención sería oído. Si todo salía según sus cálculos, la primera horda de titanes cobraría muchas vidas, pero la segunda, sería incluso peor porque la situación precaria de la gente con una primera oleada dejaría a la ciudad en un estado calamitoso de emergencia, con los hospitales y las comunicaciones colapsadas.
Poco antes de esa marcha fue el día más caluroso del año, por ese motivo Eren no se alarmó demasiado cuando Rivaille manifestó sentirse pésimo.
—Ha de ser el calor. —Él también se sentía sofocado. Allí ni siquiera tenían uno de esos aparatos que refrescaban el ambiente y nunca había suficientes cubos de hielo o baños de agua helada para paliar la agobiante temperatura.
—Creo que iré a darme otro baño —avisó Rivaille, pasándole la botella de agua que había estado congelada y que ahora estaba entibiada.
Eren permaneció afuera echado como un gato a la sombra, tenían poco espacio verde, pero sentía que estar allí abanicándose con una revista era mejor que estar en el interior de la casa. Sin embargo entró al poco tiempo al sentir la ausencia de Rivaille y el silencio copando la casa. Lo buscó hasta que lo encontró en la habitación, echado en la cama en posición fetal, cobijado en la penumbra. Estaba demasiado quieto para su gusto.
—¿Tan mal te sientes? —No recibió respuesta— ¿Te quedaste dormido? —giró para irse, pero volvió para acercarse a la cama.
No le sorprendió descubrir el cuerpo del Sargento caliente y sudado, las pequeñas gotas de agua se secaban con una velocidad asombrosa y tenía la ropa ceñida al cuerpo, porque luego de una ducha de agua fría (o tan fría como podían tenerla a esa altura del año) carecía de sentido secarse.
—¿Por qué no te quitas la ropa como yo? —Eren había adoptado la costumbre, al menos por ese día, de vestir con el pequeño pantalón deportivo de boxeo. No usaba ropa interior, al contrario que Rivaille, no le veía la necesidad. Para el Sargento era una cuestión de higiene, a Eren le resultaba incómodo—. Rivaille —lo llamó con energía, tocándole el hombro en donde estaba el estigma, recién ahí recibió una respuesta de su parte.
Rivaille gruñó de dolor, este era tan intenso que le nublaba la vista y los sentidos. No sabía si la temperatura agravaba su situación, pero se sentía tan afiebrado como lo había estado en la selva.
—¿Qué te ocurre? Llamaré a un médico…
—No, Eren… Santo cielo, somos titanes, ¿qué le dirás? —masculló con la voz temblorosa—. Solo déjame dormir un rato, ¿sí?
—No, Rivaille… puedes estar insolado o deshidratado.
—No estuve bajo el sol para estar insolado, y con la cantidad de agua que tomé me sorprende no ser una fuente humana.
—Igual… —lloriqueó, tratando de disimular su congoja— me preocupa, es como en la selva.
—No tengo fiebre, Eren. No estoy enfermo.
—Estás muy abrigado. —Sin pedir permiso le desabrochó el pantalón y se lo quitó junto a la ropa interior, pero cuando intentó desabrocharle la camisa, Rivaille hizo acopio de todas sus fuerzas para frenarlo—, no puedes estar tan vestido hoy. Eres un demente.
Rivaille ya no encontraba fuerzas para luchar contra ello y se dejó desvestir. Si creía que la penumbra sería suficiente para ocultar el estigma, estaba equivocado. Eren podía verlo con claridad. Había surcos, como estrías, en el brazo de Rivaille. Era una herida que a simple vista parecía tratarse de una quemadura de tercer grado muy reciente o un eccema en su fase final; le abarcaba todo el brazo y parte del pecho.
—R-Rivaille —murmuró conmocionado—, qué…
—El estigma… así le dicen. —Entreabrió los ojos, pero le dolía demasiado la cabeza y el mundo le daba vueltas como para mantenerlos abiertos por muchos segundos—. Tengo miedo, Eren.
Esa confesión heló al chico, porque el Rivaille que él concebía en su cabeza era el de un hombre fuerte que nunca reconocía debilidades, a pesar de tenerlas, y que mucho menos gustaba de cargar su peso a los demás, por muy pesada e insostenible que fuera dicha carga.
—No vas a morir, Rivaille —lo confortó. No podía consigo mismo y sus propios temores, pero Rivaille siempre había estado ahí para él cuando flaqueaba, y se daba cuenta de que era su turno de ser un sostén—, no voy a dejar que mueras. —Rivaille negó con la cabeza. No se trataba de morir o no, el estigma no significaba solo eso.
—Tengo miedo de… no poder controlarme —jadeó tratando de mirarlo. Quería verlo y encontrar seguridad en esos ojos celestiales que el chico tenía. Siempre le habían parecido hermosos, pero en el presente reflejaban otro tipo de luz que en el pasado. Eren había madurado mucho en muy poco tiempo.
—¿Qué dices? —Sonrió nervioso y le acarició la frente para después levantarle los mechones y besarlo.
Comprendía algo: que Rivaille sabía más del estigma que él. De hecho, no tenía la más pálida idea que los titanes podían padecer algún tipo de enfermedad. El Sargento no estaba en condiciones de explicarle, y aunque lo necesitaba, Eren se daba cuenta que Rivaille, lo que menos necesitaba en ese instante, era que le reprochara el haberse guardado información que en el presente resultaba vital.
—Si llegara a perder el control —chistó Rivaille tratando de girar en la cama. No completó la frase, se respondió a sí mismo la pregunta a medio formular—: tú no serías capaz de detenerme.
—¡Sí! ¡Claro que sí! ¡Lo haré!
—Seré como uno de esos deformes, sin autonomía… Esto es horrible y duele mucho.
—No, eso no pasará… y si pasa, te mataré. Lo juro, Rivaille. —Sonrió con la cara humedecida de lágrimas y sudor—. Si te conviertes en titán en contra de tu voluntad, te mataré sin titubear. —Lo abrazó con fuerza y Rivaille pareció calmarse con esa afirmación hecha con tanta vehemencia.
Eren parecía sincero, seguro… confiable.
—Gracias, Eren.
—Dime… ¿Qué puedo hacer por ti?
—Abrazarme.
Eso hizo, pero debía haber más.
En la medida que pudo, entre los brazos de Eren, Rivaille le fue relatando lo poco que sabía al respecto; que el estigma solo parecía darse en aquellos humanos que no eran titanes puros. Como si el cuerpo terminara rechazando ese agente extraño hasta convertirlo en una amenaza.
En otras palabras, sin saberlo, Eren había condenado a Rivaille. No lo había salvado aquella vez con el suero, de cierta manera le había dado un plus de vida, pero no por mucho tiempo.
¿Podía morir? ¿Podía convertirse en titán? ¿Qué era lo peor que podía pasar? Rivaille mismo no lo sabía, y no saberlo, pero intuirlo, era lo que en verdad más le asustaba.
Sin pretenderlo el regaño nació varios minutos después.
—¿Por qué, Rivaille? —Le buscó el rostro, para reprochárselo con tesón a la cara—. ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué te guardaste algo así durante tanto tiempo?
—Era asunto mío.
—¡Joder, no puedes decirme eso! —despotricó, sentándose en la cama. La situación lo superaba; pero vislumbraba algo de suma importancia, que quizás Rivaille no quería preocuparlo, que buscaba la manera de encontrar una solución sin involucrarlo y amargarlo, sin hacerle sentir culpable. Pensar en esas opciones como posibles razones confortaban a Eren y le permitían mutar ese enojo en comprensión y profundo afecto.
De ser así, Rivaille nunca había dejado de cuidarlo y eso, en el fondo, comenzaba a fastidiarle, porque se daba cuenta que el Sargento no era tan fuerte como aparentaba serlo, como incluso él mismo creía. Solo era un jodido bastardo veloz, pero nada más.
—La doctora Robyn… —murmuró Eren mirando hacia la nada, recordando que ella había dicho algo de una ayuda posible.
—No tiene caso… intenté ubicarla para preguntarle por lo del estigma. Ella parece saber, pero...
—¡Tenemos que buscarla!
—¿Cómo, dónde?
—¡La tarjeta!
—Ya te dije —reiteró con fastidio, sin darse cuenta ya se sentía mucho mejor—, llamé al número. Cuando supe que eso era un número de teléfono…
—¿Y qué pasó?
—Es el teléfono de una gasolinera.
—¿Y eso que tiene que ver con ella?
—Qué sé yo…
En otras palabras, entendió Eren, Robyn se había esfumado de sus vidas. La perspectiva de estar solos ante esa nueva eventualidad lo aterraba tanto a él como a Rivaille.
—¿Qué haremos, Rivaille?
—No sé… busqué en internet y en libros, pero no encontré nada sobre la cura o sobre el estigma. Muchos menos sobre esa mujer.
Eren comenzó a llorar en silencio, recordando todas las veces que le había reprochado a Rivaille el seguir tras esa búsqueda, el que quisiera abandonarlo. Ahora reparaba en que era todo lo contrario: Rivaille buscaba la cura para poder quedarse un poco más de tiempo a su lado.
—Lo siento —dijeron al unísono.
Rivaille levantó la mano y la puso sobre el hombro del muchacho, masajeándolo en señal de consuelo. Con el lenguaje corporal lo atrajo para abrazarlo, quería tenerlo cerca, le hacía bien tenerlo cerca.
—Estaremos juntos siempre, Rivaille… recuerda —musitó mirándolo con intensidad—Somos la Legión, nosotros dos. Viviremos y moriremos juntos. Hasta el final, hasta que todo termine. No te dejaré solo…
Rivaille torció una sonrisa al recordar aquella época en la que le había soltado esas mismas palabras; pero en el presente todo era diferente y era algo que debían afrontar. Presenciar tantas muertes no podía haber sido en vano, no debía ser en vano.
—Quizás nuestros caminos se separen en algún momento, Eren —dijo con calma—, por el estigma o por cualquier otra razón, pero eso no significará que tú hayas terminado con tu deber. Como miembro de la Legión, como titán y como Eren Jaeger, tienes un deber que cumplir.
—Lo sé…
—Sé que ahora eres lo suficientemente fuerte para no depender de mí. Y sabes que odio la gente dependiente que se auto-compadece.
—Lo sé —reiteró, más fastidiado. No le gustaba pensar en un posible escenario sin Rivaille.
—No hablemos más de esto, mierda, que suena a despedida y todavía no sabemos si del estigma me van a salir flores o titanes —dijo con cierta gracia consiguiendo su cometido, porque Eren, con la cara aún empapada de lágrimas y de transpiración, soltó una risilla apagada.
—¿Puedo… hacértelo? —Admiró la desnudez del hombre con cierta curiosidad, con una que siempre encantaba a Rivaille.
—¿Qué cosa? —Sabía a qué se refería, pero prefería mosquearlo antes de darle con el gusto— ¿Un peinado nuevo, un masaje?
Eren no respondió con palabras, le buscó los labios y lo fue acomodando mejor sobre la cama para su propósito, con cuidado, pues temía hacerle daño. No saber qué demonios era el estigma con certeza los sumía en una incertidumbre angustiante. Sin embargo Rivaille no se quejó cuando Eren lo penetró con salvajismo, como si fuera la última vez.
No lo sería.
Una parte dentro de él sentía que había ganado una nueva batalla y que todavía era muy temprano para abandonar a Eren. El chico todavía no estaba preparado para enfrentar su destino solo, fuera cual fuera este. Pero auguraba ser uno muy difícil.
Si son de impresionarse mucho, les recomiendo que NO googleen imágenes de "quemadura de tercer grado". Mi familia está en la medicina así que desde niña he visto a escondidas muchos libros morbosos y ya nada me espanta xD, pero sé que puede resultarle fuerte a alguno (como a mi beta xD). Igual el estigma es más parecido a un eccema que una quemadura en tercer grado (el eccema en su fase final puede llegar a verse parecido, más que nada por la parte necrótica del asunto XD en google no hay de eso, pero yo los he visto en vivo y en directo en un paciente y doy fe que se parecen un poco a una quemadura).
lucas: ¡muchas gracias por el halago!
Anónimo: a veces tengo que morderme los dedos para no spoilear mi propio fic, quizás te respondería más largo y tendido si fuera en privado (quizás no, con seguridad lo haría XD). Tiendo a hacer spoilers, pero así, en abierto y que puedan leer todos, es como demasiado XD Y no suelen recomendarme (solo Naghi y con un fic de One Piece… si mi memoria no me falla, fue la única persona que me recomendó, ¡ah, y Chise!), así que me pone muy nerviosa y drama queen que digas eso D: *entra en crisis*. Bueno, como siempre digo: Ereri o Riren… me da igual. Sea quien sea el que le dé por el culo al otro, eso no cambia al personaje. Son solo estereotipos (dañino y degradante, por cierto) que detesto con todo el poder de mi cosmos porque en la vida real el sexo no es tan cuadrado. Así que por eso me alegra que los veas "humanos". No es que me queje de los dibujitos :P pero cuando uno escribe un fanfiction por ahí a veces trata de que sea real (la historia, quiero decir… no sé si me gustaría tener cerca a un Eren que se puede convertir en titán). ¡Wajaja! Al principio el fic iba a la par de Hajime, yo actualizaba una vez por mes, pero ahora que lo tengo completo me dedico a torturar a mi beta para actualizar una vez por semana (días más o días menos, pero por ahí anda el asunto). ¡Gracias por comentar!
No iba a actualizar ahora, pero me fui a dormir y se ve que estoy TAN cansada que me pasé de revoluciones y no podía dormirme, así que me levanté para tomar algo y, ya que estoy, actualizo este fic. Si debo comentarios, los responderé mañana.
Una semana que no reviso mi correo y cuando lo abro me encuentro como con un batallón de mensajes de toda índole XD me va a tomar tiempo ponerme al día, pero prometo responder todo. Ugh! Todavía no leí el nuevo capítulo del manga, pero Kaith me dijo que por el momento mi fic no es un what if? del todo ¡ja, ja, ja! Mañana lo leeré, porque ahora sí que quiero dormir.
(Estas notas fueron muy "random"… se nota que estoy drogada de sueño).
¡Un beso!
