Julie se encargó de darles a sus hijos 'la charla'. Por separado, por supuesto: el amor de madre le alcanzaba para no hacerles pasar la vergüenza delante del otro…
Amenazó a su hijo con perseguirlo después de muerta y aparecérsele como ectoplásmico fantasma si trataba mal a las mujeres —a cualquier mujer—, pero especialmente a Kyoko… Si le hacía daño a Kyoko… Huy... Kuon no quiso ni imaginarlo y tragó saliva… Claro está que dicha charla tuvo que hacerla Julie en plan genérico, fingiéndose ignorante de los sentimientos de su hijo, porque él solo los había compartido, en la más estricta confidencia, con su padre.
Y a Kyoko (ruborizada y avergonzada por la naturaleza de la charla materna), Julie le recordó que jamás debe hacer nada para lo que no se sienta preparada, que no se dejara presionar por nada ni por nadie. Que solo ella es dueña de las decisiones de su cuerpo y de su corazón. Y que si ella dice 'no', es 'no'.
Kuu amenazó de nuevo a Kuon con la castración si a Kyoko se le rompía una uña por su culpa. Y a Kyoko le encargó velar por que las sombras de la ira no ahogaran a Kuon.
Juntos, frente a los hijos que se les iban, les encarecieron que se cuidaran entre sí. Que fueran el ancla y el soporte del otro. Y la mirada de acero de Julie les recordó a ambos que Kyoko podría cocinar, puesto que siempre fue la mejor en ello, pero que en ningún caso, iba a ser la esclava ni la sirvienta personal de Kuon.
—¿Queda claro? —preguntó Julie.
—¡Sí, mamá! —respondieron a dúo.
—Y las labores de la casa, serán compartidas —continuó ella.
—¡Sí, mamá! —volvieron a decir.
—Y el alquiler del apartamento lo pagaremos nosotros, hasta que ustedes sean capaces de pagarlos por sí mismos…
—Pero mamá… —protestó Kuon.
—No quiero a un hijo mío pasando necesidad si está en mi mano (o en mi cartera) evitarlo… —aclaró Julie, tajante.
—Y habrá que tener un plan de acción —añadió Kuu—, para cuando vayamos a Japón.
—¿¡Quééé!? —exclamaron sus hijos.
—No pensarían en serio que no iríamos a visitarlos… —contestó Kuu frunciendo un tanto el ceño—. Mis hijos… Solos en el otro lado del mundo… —dijo con voz lastimera, llevándose teatralmente la mano al pecho, como tantas veces le había visto hacer a Julie. Ella no pudo evitar una sonrisilla—. ¿O es que quieren rompernos el corazón?
—No, no, no… —se apresuraron a decir ellos.
—Pero es que en Japón, papá, tú… —dijo Kuon, dejando el resto de la frase en el aire.
—Eres una figura nacional —terminó Kyoko por él—. Y eso podría destruir el personaje de Tsuruga Ren, si alguien llegara a reconocerlo como tu hijo.
—Oh, vamos, querida —le dijo Julie a Kyoko, haciendo un gesto despreocupado con la mano—, iremos disfrazados... De incógnito…
—Mamá, papá —les dijo Kyoko, adelantando el torso y con cierta severidad en la voz—, ninguno de ustedes es fácil de disimular precisamente…
Sus padres a veces eran muy ingenuos.
—Algo se nos ocurrirá… —dijeron ellos.
Muchas, muchas emociones… Kyoko las sentía bajo la piel, burbujeando, y haciendo que sus ojos brillaran con destellos dorados que a Kuon le robaban el aliento. Sí, muchas emociones… La boda de Rick y Tina, cada vez más cerca, el viaje, los preparativos, ¡una nueva vida!, las clases, su cumpleaños… Y Kuon… Siempre Kuon… Ah, Kuon y su maravilloso cumpleaños… La familia reservó una pista de hielo para celebrar su fiesta; ellas vestidas con galas principescas, tules, tafetanes, diademas y coronas, alas de gasa e ilusión… Y ellos, elegantes, con sofisticados cravats anudados al cuello, con levita de grandes botones dorados, como sacados de una de las ilustraciones de los libros que leía de niña… Y danzaban, deslizándose sobre el hielo, como hadas…
Volaba, realmente se podía decir que volaba. Con Kuon de la mano, Kyoko sentía la brisa de la velocidad agitarle los cabellos y el corazón latirle a la carrera. Reían, reían como hace tiempo ninguno de ellos lo hacía. Reían mirándose a los ojos, diciéndoselo todo sin molestarse en ocultarlo.
—Kyoko —dijo él, deteniéndose con una pirueta y arrastrándola hacia su pecho para frenar su carrera—, ¿serás mi pareja en la boda?
Los ojos de ella se iluminaron, la sonrisa se extendió en sus labios, pero de pronto, un pensamiento negro cruzó por su cabeza, y la luz de su mirada y de su sonrisa se apagó.
Kuon frunció el ceño, preocupado.
—¿Qué ocurre? —preguntó él.
—A ninguna chica —dijo ella, la voz baja, el rostro escondido contra su pecho— le gusta ser la última opción…
—¿¡Última opción!? —repitió él, con incredulidad manifiesta—. Oh, Kyoko, mi dulce Kyoko… —dijo él, alzándole con dos dedos el mentón—. Créeme —Y él la miró de una forma que ni siquiera ella se atrevió a ponerlo en duda. Ella vio la verdad en sus ojos—, siempre fuiste tú mi única opción.
Y ella sintió sus rodillas aflojarse de mala manera ante su mirada. Menos mal que estaba entre los brazos de Kuon.
Y un domingo de enero, en ese mes y medio en que sus años de separación eran menos, cuando ella acababa de cumplir dieciséis y él tenía todavía diecinueve, mientras Rick y Tina bailaban su vals de recién casados, Kuon le robó a Kyoko su primer beso.
Un beso que sintieron con los ojos cerrados y las manos entrelazadas, y que les supo a promesa y a dicha, a principio sin final… A amor y a suspiro, a alma enamorada…
Porque ese fue el primer beso de muchos. Incontables, infinitos…
- - FIN - -
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NOTA: Sí, fin. Ups…
Soy consciente de que muchas quieren ver su vida juntos en Japón, especialmente ahora que POR FIN están juntos, pero siempre fue mi objetivo llegar precisamente hasta este momento exacto de su primer beso.
Sin embargo, para que luego no digan que soy mala, habrá al menos un extra con su vida en Japón y un epílogo.
Muchas gracias por acompañarme en esta aventura que empezó como un one-shot y creció gracias al apoyo de todos ustedes.
