CAPITULO 20: La única verdad

Un mes después

Una mañana, Patty ordeñaba una vaca a las afueras del hogar de Pony cuando un coche que nunca antes había visto fue estacionado junto a la cerca. La señorita Pony y la hermana María habían llevado a los niños a dar un paseo cerca del lago, como una forma de esparcir sus compungidas mentes luego del golpe recibido con la carta de despedida de Candy; y a pesar del sufrimiento que padecían, por el bien de los otros niños, debían continuar con su obra de amor para otros. La abuela Martha, por su parte, había salido a visitar al señor Cartwright, a quien había tenido la oportunidad de conocer días atrás mientras regresaba una oveja descarriada a la estancia del anciano. Patty rió con ganas ante la imagen de la abuela sonrojándose a más no poder con las palabras del atento señor Cartwright, lo cual asustó la vaca que ordeñaba, y el animal lanzó una patada para defenderse, pero ella retrocedió a tiempo, evitando un fuerte golpe. Iba a reiniciar su trabajo cuando sintió que alguien la observaba; y en efecto, cuando alzó la vista para ver de quién se trataba, un joven estaba recostado contra un auto aparcado frente a la cerca de entrada, y no dejaba de mirarla. ¿Cuánto tiempo llevaba allí, espiándola? El alto y pelirrojo muchacho estaba cruzado de brazos, disfrutando a plenitud el espectáculo que había ofrecido la exasperada vaca, y a Patty no le quedó más remedio que ir a recibirlo, pues no había nadie más en la casa Pony que lo hiciera por ella. De pronto, tuvo miedo de encontrarse sola con ese hombre. ¿Qué tal si quería aprovecharse de ella en una u otra forma, tomando ventaja de los solitarios alrededores? Agarró una estaca que había cerca, y con cautela, comenzó a caminar hacia la entrada, y de repente pensó en Candy, y en la infinidad de veces que su amiga había estado dispuesta a darse de patadas y trancazos con quien fuera necesario con tal de defender a sus compañeras… y ahora era el turno de Patricia de defenderse por sí sola, pues esta vez no había Stear ni Candy que impidiera que algo malo le pasara con este sujeto de ojos… ¿grises? No se había fijado en que ya se encontraba justo frente a él, y cuando encontró sus propios ojos reflejados en las pupilas del chico, los cuales demandaban una palabra de su anfitriona, preguntó: "¿Qqqqqqué se le ofrece?"

El pelirrojo mostró preocupación. "No sabía que hiciera tanto frío aquí, señorita."

"Nnnnnno… hhhhhaaaaace… frío", aclaró ella, en un intento por manejar sus nervios.

"¿Ah, no?" Entonces él observó la estaca que la joven llevaba en la mano, y sonrió con inexplicable afectuosidad. Apenas llevaba unos segundos de haber visto a esta chica de anteojos por primera vez en su vida, y ya se había enternecido con su miedo, como si alguien la hubiera herido en el pasado. Con un súbito deseo de serenarla, él informó: "No soy un delincuente ni nada parecido. Sólo busco a la señorita Pony y la hermana María, pues tengo algo importante que decirles. Estoy en el lugar indicado, ¿no es así?"

Patty lo miró perpleja. ¿Quién era este hombre, y por qué preguntaba por la señorita Pony y la hermana María? Sin bajar sus defensas, soltó la estaca lentamente, aunque no lo dejó caer muy lejos en caso de que necesitara usarlo. Evitando ofrecer más información de la debida respondió:
"Este es el lugar, joven, pero no veo por qué usted-"

"¡Patty!", gritó la hermana María, en compañía de varios niños. "¡Patty, ya llegamos… y debiste habernos acompañado!"

Olvidando por un momento al recién llegado, Patty recalcó: "Si voy a iniciarme como monja, no es correcto que deba salir de la casa sólo para pasar ratos de ocio."

"¿Entonces no crees que yo tengo derecho a salir de paseo?", reclamó la hermana.

La otra se ruborizó. "¡No quise decir eso, hermana!"

La hermana María iba a formular una seria pregunta a Patty cuando arribaron la señorita Pony y el resto de los niños. "¡Aguarden… no corran tan rápido!", gritó Pony; y cuando al fin se unió a Patty y a la hermana María, las tres giraron la cabeza en la misma dirección, y un apuesto chico pelirrojo sonreía a todas. "¡Buenos días, joven!", exclamó la señorita Pony.

"Buenos días", respondió él. "Supongo que ustedes son la señorita Pony y la hermana María, ¿verdad?"

Ambas encargadas sonrieron ante los encantadores ojos del muchacho. "Está usted en lo cierto", confirmó la hermana. "¿Cómo podemos ayudarle?"

"Apenas comenzaba a hablar con su novicia cuando llegaron… no sabía que el hogar de Pony era en realidad un convento", indicó, mirando de reojo a Patty.

"¡Oh, no!", descartó la señorita Pony. "Aquí acogemos a cuantos nos necesitan."

"Pues permítanme presentarme. Mi nombre es Russell… Russell Bird." Estrechó las manos de la señorita Pony y la hermana María, y cuando se detuvo delante de Patty, hizo una pausa y preguntó: "¿Cómo se llama, señorita?"

"Patricia", dijo ella a secas, "y mi abuela está a punto de llegar, así que puede hablar con la señorita Pony y la hermana María antes que ella llegue y lo reprenda por estar hablando conmigo."

"¿Patty, qué te ocurre?", reclamó la hermana María, quien se dirigió a Russell. "Le ruego que la disculpe; ha tenido unos años muy difíciles luego de la muerte de su novio y-"

"No tiene que entrar en detalles, yo la comprendo", interrumpió Russell.

"¿Qué le parece si entramos todos a la casa?", sugirió la señorita Pony. "Así podemos platicar con más calma."

Russell y la hermana María asintieron, ante la mirada cabizbaja de Patty, quien no entendía por qué se comportaba tan tosca con ese chico tan amigable. Entraron a la sala principal, y luego que la hermana María sirviera a Russell una taza de té, finalmente él reveló la razón de su visita: "Soy el ayudante de Terry Granchester en Nueva York, y vine aquí por órdenes de su madre, la señora Eleanor Baker, quien hace un mes recibió una carta de despedida de su hijo, al igual que yo… y él nos dio instrucciones de venir hasta aquí, pues el señor Terry había mencionado en su carta que estaba viviendo con la señorita Candy, y la señora Eleanor supuso que ella también había enviado carta a Illinois, y quiere asegurarse de que todos ustedes se encuentran bien luego de tan terrible comunicado."

La señorita Pony dejó caer su taza de té al suelo. "¿Dijiste, 'viviendo con la señorita Candy'?"

La hermana María intervino. "No olvide que ellos están asumiendo el papel de otras personas, y tal vez comparten una misma habitación." Evitó mencionar la conversación que ambas mujeres habían sostenido tiempo atrás, respecto a las decisiones que como adulta pudo haber tomado Candy con el fuego de la guerra sobre su espalda.

Russell se percató del estado de alarma en que se encontraba la señorita Pony, y la aparente comprensión de la hermana María, quien en el fondo debía estar igual o más espantada que la otra mujer, a lo que dijo: "Sólo me remito al contenido de la carta según fue leído por la señora Eleanor y yo, y ella está destrozada, pues no ha logrado salir a Londres debido a que aún no se han reanudado las navegaciones comerciales."

"Pobre señora", murmuró la señorita Pony. "¿Y cuándo llegaste a Illinois, Russell?"

"Acabo de llegar. De hecho, debo buscar un hotel donde quedarme, pues es el deseo de la señora Eleanor que yo permanezca aquí por un tiempo."

"¿Por qué mejor no te quedas en una de nuestras habitaciones?", ofreció la señorita Pony. "No es necesario que gastes tu dinero en un hotel cuando aquí hay espacio de sobra para ti."

"El dinero que tengo no es otro que el que me ha dado el señor Terry como paga por mi trabajo", sostuvo él; y mirando con disimulo a Patty agregó: "Pero con mucho gusto me quedaré con ustedes el tiempo que así dispongan."

Patty alzó las cejas más allá de los límites de sus anteojos. "No disponemos de las comodidades que usted espera, señor Bird."

"Russell", enfatizó él, guardando silencio ante la suposición de Patty. ¡Si tan sólo ella supiera que lo último que él deseaba en estos momentos era llevar una vida ostentosa! Su elegante vestimenta sólo era posible gracias al señor Terry y el empeño de este último en que su empleado tuviera una pulcra apariencia, pero en adición a eso… Russell quería vivir modestamente, pues su pasada vida llena de hambre y miseria le había hecho apreciar detalles que para cualquier otra persona hubieran sido insignificantes. Para él, una cama con sábanas limpias, y un techo bajo el cual guarecerse de la lluvia, eran más que suficientes, y así se lo había dejado saber al señor Terry cuando el actor estuvo a punto de comprarle una casa. Pero lo más extraño para Russell era que la joven aspirante a monja que lo miraba con tanta prudencia no tenía ningún sentido de la hospitalidad. ¿Acaso era su imaginación, o la chica quería deshacerse de él cuanto antes? Para apaciguar los enardecidos ánimos de la aprendiz de monja, dio un giro opuesto a la conversación, retomando el asunto de la carta escrita por Terry a la madre de éste, y a su vez, recogiendo impresiones de la señorita Pony y la hermana María, siendo todo oídos al quebranto vertido en las palabras de ambas mujeres. Iba a hacer lo mismo con Patty cuando una señora bastante entrada en años abrió la puerta de un solo portazo. "¡No sabía que tenías visita, Patricia!", exclamó la abuela Martha.

La hermana María sonrió aún en medio de su tristeza. "Russell es ayudante de Terry Granchester, y vino de Nueva York por órdenes de Eleanor Baker, quien está destruida por la carta que le envió su hijo."

"¿Entonces Terry también escribió?", preguntó la abuela.

"Sí, señora", dijo Russell. "La señora Eleanor quería confirmar que ustedes también habían recibido novedades de la señorita Candy."

"Hemos estado muy tristes desde entonces", admitió la abuela, abriendo su corazón al adorable muchacho. "Todos los días oramos por ella, y encendemos velas para tener a los dos tortolitos de vuelta con nosotros."

"¡Ay, abuela!", exclamó Patty. "Aún no sabemos si ellos son novios. Además, Terry está comprometido con Susana."

"Y hablando de esa chica Susana", interrumpió la señorita Pony, "¿Ella ya sabe que Terry está en Italia… con Candy?"

Russell movió la cabeza. "Ni siquiera he logrado localizarla. Lo último que supe por medio de su madre era que había iniciado una especie de peregrinación, y no sabe adónde fue ni por cuánto tiempo."

"¡Pobre muchacha!", se lamentó la abuela. "¿Ustedes se imaginan cómo se sentiría esa niña si regresa a su hogar y se encuentra con que Terry está muerto, y que murió al lado de Candy?"

"¡Abuela, por favor!", insistió Patty.

"Creo que el joven Terry está en Sicilia sólo para estar con ella… con la joven Candy", opinó Russell, para mayor sorpresa de todos. "Aún no la conozco, pero por todo lo que el señor Terry me ha contado sobre ella, es alguien muy importante en su vida." Por respeto a las mujeres, no mencionó el verdadero significado que tenía la señorita White para su patrón.

"La señora Baker ha sido muy generosa al traerlo a usted aquí", agradeció la hermana María. "Y usted también, al haber aceptado realizar tan largo viaje."

"No tienen nada que agradecer", dijo Russell, bajando la cabeza con humildad. "Sólo se hace lo que se puede."

Patty no pudo evitar sonreír ante el comentario, pero aún mantenía sus reservas sobre la permanencia del hombre en el hogar de Pony; y al ver la consternación tras los anteojos de su nieta, Martha dijo: "¡Anímate, Patricia! Ha llegado un muchacho muy simpático a nuestra familia, ¡y tú y él pueden llegar a ser grandes amigos!"

"¡Eso nunca!" Sin reprimir un segundo más su ira, Patty salió corriendo a volver a iniciar lo que había comenzado con la vaca, pero de inmediato escuchó la voz de la señorita Pony a sus espaldas. "¿Qué te pasa, Patty?" Se acercó más a la agitada jovencita. "¿Hay algo que te molesta, además de no tener noticias de Candy?"

Patty se quitó los lentes, frotando sus cansados ojos con los dedos. "No debemos dar posada a un hombre habiendo tantas mujeres solas e indefensas aquí."

"No sería la primera vez que lo hacemos, y él dormiría en un cuarto preparado especialmente para huéspedes. De todos modos, la hermana María y yo no permitiríamos que nadie nos hiciera daño a nosotras, ni a nuestros niños." La tomó por el hombro de manera que ella se volteara a mirarla. "¿No crees que has sido un poco ruda con ese chico?"

Ella iba a responder cuando Russell emergió de la casa. "Quiero pedir disculpas si en algo la he ofendido, señorita Patricia, y es por tal razón que he decidido marcharme a un hotel." Caminó de regreso al auto cuando Patty lo llamó. "¡Espere!"

Russell se dio la vuelta. "¿Dígame?"

"Yo…" Patty se remojó los labios antes de continuar, sin darse cuenta que la señorita Pony los había dejado solos. "Perdóneme, Russell… Siempre he sido muy ansiosa, y últimamente han sucedido unos eventos que han alterado más mis nervios-"

"¿Como la muerte de su novio?" Se arrepintió al instante de su suposición al ver el rostro transfigurado de ella. "Disculpe mi indiscreción, no debí…"

"No importa", dijo ella con la mirada perdida en la lejana colina. "Nada que usted diga o deje de decir traerá de vuelta a Stear."

"¿Puedo hacerle una pregunta sin que se ofenda?" Al ella asentir con la cabeza, lanzó la incógnita. "¿Usted quiere convertirse en monja para superar su dolor por la ausencia de ese joven?"

Resistiendo los deseos de empujarlo, Patty iba a gritarle que no se metiera en sus asuntos, que apenas lo conocía y no era quién para inmiscuirse en vidas ajenas; pero había algo en esos ojos grises, algo en esa sosegada mirada que sugería una total comprensión de Russell sobre el estado de amargura de ella. Entonces, él volvió a tomar la palabra, y lo que dijo la dejó fría. "Quedé huérfano de padre y madre a los ocho años, a consecuencia de un brote de malaria", comenzó, "y por diez años estuve en las calles de Nueva York, vagando sin rumbo, durmiendo en la parte trasera de los restaurantes… hasta que una pareja de ancianos me descubrió, y aunque ya contaba con dieciocho años, ellos dijeron que nunca era tarde para acoger un hijo en su seno. Nunca tuvieron hijos, y en cuanto me vieron escarbando entre las sobras de comida en la basura detrás de su casa, decidieron adoptarme, y yo, en agradecimiento, me dediqué a cuidar la estancia donde vivían."

"¡Qué terrible debió haber sido la soledad para ti, Russell!", exclamó Patty, dejando las formalidades al tutearlo, y olvidando por completo su aversión inicial.

"Sólo estuve con ellos un año", prosiguió él. "Al cabo de unos meses de haber sido adoptado, conocí una linda chica, alta y pelirroja como yo, que trabajaba en la boletería de un teatro, y nos hicimos novios. Un día…", respiró profundo, "mientras yo procuraba que todo estuviera en orden en las caballerizas de mi nuevo hogar, mis papás adoptivos y mi novia me esperaban en un restaurante para almorzar. Querían celebrar mi primer año bajo su tutela, y junto a un par de amigos que me había ganado en el transcurso de mi vida con ellos, me tenían deparada una fiesta como sorpresa, la cual disfruté mucho. Luego los tres se marcharon en su coche, y me dijeron que me quedara en el restaurante festejando con mis amigos. Cuando al fin salí del establecimiento, a mitad de camino rumbo a mi hogar, una muchedumbre de gente se había congregado alrededor de dos vehículos que habían colisionado en la carretera… no tuve que esperar a bajar del auto para ver de quiénes se trataban."

"¡Oh, por Dios!" Patty dio un brinco de espanto. Nunca antes había escuchado tan desgarradora confesión, mucho menos de un sujeto al cual acababa de conocer, y ahora ella se preguntaba cómo el chico mantenía una paz y optimismo increíbles a pesar de su desgracia. "¿Y qué pasó después, Russell?"

"Mis nuevos papás murieron antes que pudieran enmendar su testamento como tenían contemplado", mencionó él, "por lo cual toda su fortuna y propiedades pasaron a manos de un sobrino lejano, y yo estuve a punto de quedar otra vez en la calle, pues quienes decían ser mis amigos, me abandonaron al saber que había perdido todo. Entonces el cura que había oficiado el sepelio de mis padres y mi novia se compadeció de mí, y me ofreció albergue en su casa parroquial, mientras yo lo ayudaba en calidad de monaguillo… y es en este punto donde encuentro que tú y yo compartimos algo en común, Patty."

"¿A qué te refieres?" Con su trágica historia, Russell había captado toda su atención.

"Verás… era tan grande mi aflicción por la penuria presente a lo largo de mi vida, que no bien me había ido a refugiar a la casa parroquial, y le comuniqué al padre mis intenciones de servir a Dios como sacerdote. En aquel momento me parecía lo más lógico y razonable, dar gracias al Creador por haberme mantenido vivo para ayudar a los demás llevando Su Palabra, pero mis intenciones no eran sinceras ni correctas. En realidad buscaba una escapatoria a mi desdicha, usando la religión como pretexto para alejarme del mundo y de la amenaza que representaba volver a él. ¡Tenía miedo de vivir!"

"¿Y por qué estás aquí, y no en una escuela de teología?"

"El padre sostuvo una conversación conmigo, y me indicó que, aunque nada le habría hecho más feliz que verme llevar los hábitos, si yo quería servir a Dios con el corazón, primero debía exorcizar mis demonios y enfrentar mi pasado, así como lo bueno y lo malo que estuviera por ocurrirme, y sólo entonces habría de tomar en serio el sacerdocio como vocación, la cual a su entender yo no poseía. El decía que hay muchas formas de expresar nuestro amor hacia Dios, y la vida del clero no es la única."

"Justo lo que me dijo la hermana María", murmuró Patty.

"Ella sabe muy bien lo que hace", opinó Russell, continuando su relato. "Luego de haber hablado con el padre, yo tomé la decisión, por voluntad propia, de abandonar la casa parroquial y buscarme un sustento, pero por más que lo intentaba, no lograba conseguir empleo, ni departamento. Al cabo de unos días, volví a buscar entre las sobras para mitigar el hambre, y entre lágrimas lamentaba la suerte que habían corrido mi novia y mis padres adoptivos. Una madrugada, me había parado, todo sucio y afiebrado, frente a la boletería del teatro donde había trabajado mi novia en Broadway, y una vez más lloré mi infortunio. En eso, un joven de mi edad salía por la puerta principal del teatro. Aparentemente, acostumbraba ensayar solo en el lugar a altas horas de la noche, y me vio tirado contra la boletería. Le supliqué que me diera una limosna para buscar un lugar donde pasar la noche, pero él hizo más que eso… me dio un trabajo y me alojó en su departamento, hasta que generé ingresos suficientes para rentar un espacio por mi cuenta. Así fue como conocí al señor Terry."

"Estoy anonadada", confesó Patty, llevándose las manos a sus mejillas. Su vida se había hecho añicos cuando murió Stear, y aquí estaba Russell, huérfano dos veces, y desolado por la pérdida de su novia, así como por el abandono de sus amigos. A diferencia de ella, quien había crecido en una opulente mansión floridiana, Russell sólo había conocido la pobreza, llevando la procesión por dentro… y aún así, luego de todas las tormentas que lo habían azotado, él permanecía en pie de lucha, aguardando con paciencia lo que Dios tenía deparado para él. "Hace unos minutos te temía", admitió ella, "y ahora te admiro."

El quedó estupefacto ante la declaración de la muchacha. "¿Por qué habrías de admirarme? Sólo trato de hacer las cosas lo mejor que puedo."

"¡Precisamente por eso! Russell, ¿te has preguntado el motivo por el cual Dios puso a Terry Granchester en tu camino? ¡El necesitaba tener un amigo tanto como tú!"

"Lo sé", dijo él. "No sólo nos hemos hecho grandes amigos, sino que incluso él me ha contado acerca de la señorita Candy. El me ha pedido que lo tutée, pero debo guardarle respeto por tratarse de mi jefe." Recordó con gratitud al actor. "Es un buen hombre, aunque él se niega a reconocerlo."

"Sólo quienes lo conocen de verdad saben cómo es Terry Granchester por dentro."

"Tienes razón", sonrió Russell, cuando la señorita Pony volvió a salir de la casa preguntando: "¿Y bien?"

Russell observó a Patty, rogando porque esta vez ella estuviera dispuesta a acogerlo en el hogar, como si de ella dependiera su permanencia. "No pienses que te conté mi historia para ganarme tu favor, ni para influenciarte a que no ingreses a un convento", le dijo él. "Sólo vi en ti a un alma pura que entendería mi pasado, y lo que estoy dispuesto a aprender de él."

"Un alma pura reconoce a otra alma pura."

Patty se llevó una mano a los labios. ¿Cómo había escapado esa frase de su boca? Sólo una vez la había mencionado, a Candy White Andley, en el momento en que había descubierto el gran aprecio que le había tomado como amiga… ¿Sería posible que tuviera la misma afinidad con Russell? Sin apartar los ojos de él, miró a la señorita Pony, y con una resolución nunca antes vista en sus llamativos ojos anunció: "Para mí será un placer atender a Russell, señorita Pony."

Tanto Russell como la señorita Pony sonrieron, en especial esta última, para quien sólo era cuestión de tiempo antes que Patty diera un paso adelante en la sanación de su alma. "Entonces, que no se diga más", dijo Pony, "¡Vamos todos para la casa!"

"¡Aguarden!", exclamó Patty, y luego se dirigió a Russell. "No me has dicho qué piensa hacer Eleanor Baker."

Abriéndole el paso para que ella caminara adelante, él se sacudió de hombros: "¡No lo van a creer cuando les cuente!"

/

Luego de un mes de inactividad, el Mauritania zurcaba los mares, desafiando las restricciones navales, y venciendo todos los escollos. Con una majestuosidad que sólo había sido superada por el desaparecido Titanic seis años antes, la nave cortaba una a una las olas a su paso, luchando contra el enfurecido mar para cruzar el Atlántico. Y aunque el barco navegaba a todo vapor, a algunos de los pasajeros en cubierta parecía no importarle; entre éstos, Eleanor Baker. A diferencia de otras veces, no estaba bajo el acoso de los fanáticos, lo cual era muy oportuno para la veterana actriz, y no dejaba de dar gracias a Dios por eso, pues aunque amaba el teatro tanto como a su hijo, el precio de la fama había sido muy alto, y ahora que su alma estaba tan agitada como las olas del amplio océano que presenciaba, lo menos que le interesaba era firmar autógrafos y saludar a las cámaras. 'Los admiradores no son tontos; presienten cuando no estamos en condición de corresponder a sus muestras de cariño', pensó. Iba a darse la vuelta para entrar al interior de la nave y dirigirse al salón comedor, pues ya era mediodía y un ruido en el estómago le recordaba que tenía que comer, aunque no tenía apetito; en eso, una ráfaga de viento desprendió el chal que llevaba puesto, y cuando Eleanor se inclinó para recogerlo, el viento lo alejaba más de ella. A medida que iba avanzando, su objetivo se hacía cada vez más distante, y justo cuando el chal se despegaba del suelo para ir a parar a las congeladas aguas, un hombre a quien no había visto en cubierta tomó el mismo, entregándolo a Eleanor, quien al mirarlo, encontró unos ojos tan oscuros como la noche, pero igualmente tristes; y a juzgar por su modesto traje y bigote fuera de moda, supuso que se trataba de un mayordomo o sirviente que acompañaba a su dueño en el viaje. El sujeto era más alto que ella, lo que decía mucho sobre su estatura tomando en cuenta que ella no era para nada diminuta, y aunque la apariencia de él era sobria, su porte y expresión facial denotaban una elegancia y distinción que sólo eran posibles en un ambiente de alta jerarquía. Finalmente, tomó el chal entre sus manos. "Gracias, joven; es usted muy amable…"

"¿Joven?" Un destello de luz iluminó vagamente las tinieblas en los ojos azabache. "Yo diría que tenemos más o menos la misma edad."

La voz masculina acarició sus oídos como una cadenciosa ópera, y por vez primera, Eleanor deseó que el hombre la hubiera reconocido, que pidiera conservar la estola como una memorabilia de la actriz; pero él no hizo ningún otro movimiento. Sólo aguardó allí, aletargado en el tiempo como un espejismo, y cuando ella inclinó la cabeza en señal de retirada, él rompió el silencio diciendo: "Es usted Eleanor Baker, ¿no es así?"

Lo había hecho. El desconocido que había tomado su chal del suelo sabía quién era ella. ¿Sería por eso que la había ayudado con la pieza que había caído al suelo? 'Quizá me pida conservarla', concluyó, a medida que contestaba: "Sí, señor."

Pero él dio al traste con sus pensamientos. "Disculpe mi indiscreción, señora, pero yo no tenía idea de que usted viajaba en este barco, y ahora que lo hace, debe usted saber que con toda probabilidad, usted y yo vamos camino a Londres por las mismas razones."

Eleanor lo miró desconcertada, temiendo que el hombre que tan grata impresión le causara en un inicio, resultara ser un maniático obsesivo, o uno de esos acosadores que acostumbraban perseguir a los famosos. "¿A qué se refiere?", preguntó, sin perder su amabilidad.

El la contempló como si nunca antes la hubiera visto, lo cual era cierto, pues aunque conocía la trayectoria actoral de la artista, no había presenciado una sola de sus obras, ni había estado al tanto de sus pasos. Al verla, supo de inmediato que ella no estaba en disposición de platicar sobre su carrera, y con toda razón, pues de seguro el viaje que ella realizaba no era uno de placer. Para disipar las dudas de la dama, él indicó: "Usted va en busca de su hijo Terrence, y yo voy en busca de la joven que lo acompaña en Italia, así como al padre adoptivo de ella, cuya suerte desconozco, y no fue sino hasta ahora cuando el Mauritania salió de Nueva York, que pude salir de América." Estrechó la mano de Eleanor. "Mi nombre es George Johnson, asistente y administrador del señor William Albert Andley, y contra los deseos de mi jefe, voy a buscarlos a él y a su protegida."

"¡Oh, Dios mío!" Dejando la mano de George extendida en el aire, Eleanor se llevó las manos al rostro, y sus ojos se llenaron de lágrimas. "Terry… ¡mi Terry! Ahora que al fin estamos juntos, ¡voy a perderlo para siempre!" Continuó llorando sin control ni pena.

"No tiene que ser así…" George le proveyó un pañuelo para secarse las lágrimas . "Yo, por mi parte, tengo dos personas por las cuales preocuparme, por lo que no veía la hora en que apareciera un barco disponible para viajar a Europa, hasta que pude llegar aquí, señora Baker."

"Si vamos a estar juntos en esto, lo mejor será dejarnos de formalidades. Soy Eleanor para usted", aclaró ella, antes de volver a cubrirse el rostro, lo que provocó que George, en un gesto no característico de él, le diera una palmada en el hombro para reconfortarla. "Eleanor", comenzó, disfrutando el sabor del nombre femenino en sus labios, "ya que usted y yo hemos coincidido en esta travesía, debemos unir fuerzas para encontrar a nuestros seres más queridos. Por desgracia, Terrence y Candy están en Sicilia, por lo que nos corresponde primero asegurarnos que sus familiares se encuentren bien en Londres."

"¿Te refieres a Richard?" En su desesperación, Eleanor había dejado de referirse a George como 'usted'. "¿Crees que Richard y sus hijos sufrieron algún daño?" El solo nombre del duque le provocaba escalofríos, y no deseaba reunirse con él.

"Es posible que el señor Granchester esté ajeno a la penosa situación de su hijo…"

"¿Qué quieres decir, George… que debo ir a la mansión Granchester y hablar con Richard?"

George la miró con infinita compasión, pues no se avecinaban buenos tiempos para ella. "Sin intenciones de inmiscuirme… él es su padre, y merece saber lo que le ha ocurrido al joven Terry."

"No creo que a él le importe mucho", ripostó Eleanor con un dejo de cinismo en su voz. "¡Al duque de Granchester no le importa nadie!"

"Le propongo algo… Eleanor", se sentía más a gusto a medida que repetía el nombre, "¿Por qué no buscamos primero a mi jefe, el señor Albert? Tal vez él sabe algo sobre el duque, y así será más fácil localizarlos a él y a su familia."

"Su familia…", pensó ella con remordimiento. "¡No quiero que nada grave le pase a ninguno de ellos!"

"Es por eso que debemos actuar rápido en cuanto bajemos de este barco, y visitar cada hospital, cada refugio, cada rincón donde pudieran estar el joven Albert o el duque de Granchester… incluso podrían estar juntos en un mismo lugar."

Aún en medio de su congoja, Eleanor admiró la tenacidad de George en localizar a los suyos, así como el aplomo de éste para resolver los problemas. "Tienes razón, George. ¿Sabes? Para ser actriz, no consigo dominar bien los nervios, ¡y tú lo haces mejor que yo!"

"Tengo mis momentos", dijo él, mostrando una débil sonrisa que acentuaba las líneas de expresión en su rostro. 'Este hombre apenas ríe', intuyó Eleanor, '¿pero por qué?'

"¿Qué dice, Eleanor… me ayuda en esta cruzada para encontrar a nuestros muchachos?" Para George, Albert era como un hijo o hermano menor, mientras que Candy… Volvió a concentrarse en Eleanor, quien con renovada energía respondió: "Sí, George, voy a ayudarte… pero con una condición."

"Usted dirá."

"¡Deja de tratarme de usted!" Ambos rieron ante la petición, y de repente, Eleanor le preguntó sobre Terry. "¿Lo conoces?"

El asintió con la cabeza. "No creo que él me recuerde mucho, pero sabía de él por referencias previas, y hace algunos años ambos viajamos a Southampton aquí, en el Mauritania…" Se detuvo al ver que el rostro de ella se había tornado sombrío. "¿He dicho algo indebido?"

"No, George, es sólo que…" Enjugó una lágrima que rodaba por su mejilla, y George resistió los deseos de hacerlo él mismo. "Es sólo que las circunstancias bajo las cuales Terry realizó ese viaje fueron muy desagradables para él."

"No volveré a hablar del tema, te lo prometo."

"Descuida, tú no tienes culpa de nada", sostuvo Eleanor. "¿Te gustaría acompañarme al salón comedor? Ahora que tú y yo nos conocemos, ya no me siento tan sola en esta lucha, y el resto del viaje será más llevadero."

"Y yo comparto tu opinión", reconoció él, y ambos abandonaron la cubierta.

/

Una vez más, Dichali contó las hojas del ciprés que proveía sombra a su tienda de campaña. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que el viejo loco de Nicholas alejara a Susana de su lado? A poco menos de dos meses de haber llegado a la aldea, el chico aún no recordaba nada sobre su pasado, y lo que era peor, se mantenía aislado del resto del grupo. ¡Idiotas! ¿Acaso ellos no veían que en cuanto cruzara al otro lado del río, él y Susana se irían muy lejos de allí? Rió desenfrenadamente ante la ocurrencia de escapar con ella de la aldea, como si ella estuviera dispuesta a acompañarlo. ¿Pero por qué quería llevársela consigo… y por qué no dejaba de pensar en ella? Para alejarla de su mente, contempló el espeso bosque tras él, y recordó lo que Doris le había dicho una vez mientras traía las provisiones del día: si se adentraba en esos árboles, sólo conseguiría un laberinto sin salida. El no comprendía por qué había creído en las palabras de una india que ni siquiera conocía mucho de Illinois; de lo único que estaba seguro era de que necesitaba ver a Susana y asegurarse que estuviera bien.

¿Hasta cuándo habrían de quedarse los ilinis allí? Lo más lógico era que en cualquier momento recogieran sus cosas y se regresaran a Oklahoma por donde mismo habían llegado. ¿Qué rayos estaban esperando? No era que los indios no le simpatizaran, o que no le agradara el sabor del maíz, pero luego de tantas semanas de tedio cocinando mazorcas y mirando las estrellas, Dichali no veía la hora de ser encontrado por algún familiar, o rescatado por alguien de su civilización, y no por un aborigen que tenía planeado asentarse en Illinois por no tener nada mejor que hacer.

"¡Dichali!"

El corrió a la orilla del río. Era mediodía, y de seguro se trataba de Doris con su canasta del almuerzo lista para que él comiese, pero el bote donde ésta siempre viajaba brillaba por su ausencia. En su lugar, Susana estaba de pie, a la mitad del sendero de piedras. "¡Susana!", gritó Dichali con furia. "¡Susana, no vengas!" En el fondo, su corazón saltaba de gozo al verla, pero aunque se moría de ganas de estar con ella, su preocupación iba más allá de su ilusión de tenerla junto a él. "¡No lo hagas! Hace tiempo que no vienes, y si te caes, podrías ahogarte o lastimarte!"

"¡Ya no tengo miedo!", exclamó ella con una cautivadora sonrisa.

Dichali sintió que iba a volverse loco de sólo pensar que Susana pudiera caer al agua, ¡y él no sabía nadar! "¿Te envió el viejo Nicholas?", preguntó.

"¡No!", contestó ella riendo, antes de saltar otra piedra. La falta de práctica la había hecho tambalearse, pero bien merecía la pena, con tal de volver a ver a Dichali. Aún no atinaba a comprender por qué lo había echado tanto de menos, deseando estar con él día y noche, pero las razones ya no importaban. La imagen de Terry se había vuelto tan turbia como el reflejo de las nubes en un pantano, y para sorpresa de ella, no parecía importarle mucho. Todo lo que quería era estar con el antipático Dichali, el malhumorado Dichali, el amigable y tierno, aunque él no quisiera reconocerlo, Dichali… guapísimo, misterioso Dichali. Volviendo a sentir la debilidad de antaño, ambas piernas de Susana se doblaron de emoción, y al verla, Dichali retrocedió unos pasos, y antes que ella protestara, tomó impulso, y se lanzó de lleno al agua.

"¡Dichali!" Susana se arrepintió de haber llegado allí sin permiso, pues sabía que su amigo no podía nadar bien. Con frustración, vio cómo él manoteaba en el agua, luchando por sostenerse... y tal y como hiciera antes con Terry, ella decidió dar la vida por él, esta vez sin consecuencias a largo plazo para ambos. ¡Prefería una y mil veces morir antes que no intentar salvarlo, sin importar el rumbo que tomara el destino de ambos de ahora en adelante! Nunca, nunca más habría de compadecerse, ni provocar compasión en los demás, por sus pasadas acciones. Dichali la necesitaba, tanto o más que Terry, aunque ahora no dejaba de cuestionarse si realmente Terry la había necesitado, o si más bien ella había escrito toda una obra alrededor de él, una obra creada a su gusto y conveniencia, un escape a la triste realidad que siempre se había negado a aceptar: Terry no la amaba, nunca la había amado, y aunque había sido decisión de él-y de Candy- estar a su lado el resto de su vida, nada habría de cambiar lo que el actor sentía por la vivaracha enfermera... pero con Dichali, todo era diferente. No sabía quién era, o si tenía novia antes de haber sufrido el ataque, pero el panorama de Susana Marlowe había quedado más claro que el agua contra la que batallaba Dichali: No se puede perder un amor sin antes haberlo encontrado, Terry... y al fin lo encontré. Ignorando el inestable balanceo de su pierna especial, se dejó caer al agua.

Dichali había tragado un borbotón de agua cuando la vio deslizarse en el río. "¡Susie!", gritó, impulsando su cuerpo hacia arriba a la vez que estabilizaba su peso con las manos. "¿Susie, qué has hecho?" Sintió que se le escapaba al aire ante el pánico de verla expirar a pocos metros de él, sin que pudiera hacer nada al respecto, y elevó la mirada al cielo suplicando a Dios que la dejara vivir, aunque él no viviera para contarlo, y fue entonces cuando se dio cuenta de que ni siquiera recordaba cómo rezar. "No puede ser que nunca lo haya hecho, antes o después del golpe", dijo entre dientes, y cuando al fin Susana emergió de las aguas, exclamó desde lo más profundo: "¡Gracias, Señor!"

Ella se aferró a una de las piedras, buscándolo por todos lados; y cuando lo vio, no pudo evitar llorar de felicidad. "¡Dichali!"

"¡Casi me matas de un susto, Susana!", reclamó él con enfado.

"¡Y yo me siento feliz de que sigas aquí!", confesó ella, para sorpresa del otro. "Tal vez no te hayas percatado pero, ¿has visto cómo ahora te sostienes en el agua?"

Debido a su inquietud por no haber tenido rastro de Susana en ese breve lapso de tiempo, él no se había fijado en que estaba moviéndose en el agua, sin riesgo alguno de ahogarse. "Es cierto", confirmó, riendo como un chiquillo. "Ya puedo nadar, Susana… ¡ya puedo nadar!"

"¡Oh, Dichali!" Ella se dejó arrastrar por el peso de su pierna especial, flotando en la superficie. De repente, se volvió sobre su estómago, y moviendo sus músculos internos, comenzó a dar brazadas hacia adelante. "¡Dichali, estoy tan orgullosa de ti!"

"¿Orgullosa?" Con gran regocijo, contempló el hada que acudía a él para rescatarlo. Susana estaba nadando… ¡nadando para él! Sin pensarlo dos veces, se lanzó de pecho, avanzando con dificultad. "¡Soy yo quien se siente orgulloso de ti!"

Con la corriente a su favor, ambos continuaron nadando, y así estuvieron unos instantes, hasta que en un inesperado torrente de agua, ella chocó con el pecho de él, y de inmediato ambos se abrazaron, deteniendo el tiempo con su encuentro. Dichali la sostuvo fuertemente, como si ella fuera el objeto más valioso sobre la tierra, deseando que ese momento durara para siempre. "¡Susana, estabas nadando… estabas nadando!", repitió casi al borde del llanto.

"Tú también lo hiciste", recalcó ella, sintiéndose más feliz por la hazaña del chico que por su propio avance. "Lo logramos, Dichali. ¡Ambos lo logramos!" De pronto, adquirió conciencia de los fuertes brazos que la rodeaban, y a no ser por el agua fría que empapaba sus cuerpos, hubiera percibido un intenso calor bajo la morena piel. Nunca antes había estado tan íntimamente abrazada a un hombre, y cuando él la apretó más por la cintura, supo que había descubierto el amor… el verdadero amor. Se aventuró a mirarlo a los ojos, y su corazón se agitó al ver su propia imagen adornando los perplejos ojos de él. 'Cómo quisiera besarlo… mi primer beso', pensó, sin darse cuenta de que ya se había echado hacia adelante, lo cual él tomó como una buena señal; y sin contener por más tiempo sus anhelos, Dichali bajó la cabeza, y al hacerlo, ambas bocas se unieron en un beso embriagador. Besar a Susana era más de lo que Dichali había soñado; era como tocar el cielo y luego bajar a la tierra, y subir al cielo otra vez. Lo único verdadero en su oscura vida, la única certeza de su mente y corazón, era el amor que había nacido por esta valerosa mujer. Capaz de reconocer sus errores y limitaciones, y de resistir el más doloroso esfuerzo físico para sanar y seguir adelante, Susana se había calado en su alma perturbada y sin rumbo. Sin separarse el uno del otro, ambos continuaron explorándose con sus labios, saboreando cada expresión de amor con la ilusión de la primera vez. Para ella, su primer beso superaba con creces la expectativa que sobre esta experiencia había tenido… nada de formalidades con un prometido, sino puro amor, y la manifestación de ese amor en un beso. Entonces perdió el equilibrio en sus piernas, y antes que ella cayera al fondo del agua, él la atrapó, reteniéndola en sus brazos. "¡Te he extrañado tanto!", confesó ella sin miramientos. "Tenía que verte. ¡No podía estar un minuto más sin ti!"

"No digas eso, Susana." Dichali hizo una mueca de dolor… dolor de perderla, y a ella se le partió el corazón al verlo. "¡Tú tienes novio, y con él debes de estar!"

"Terry no me ama", fue la escueta explicación de ella. "Nunca me ha amado, y he sido una egoísta al pretender que algún día lo haría, y yo también pensé que lo amaba; pero ahora me doy cuenta que sólo estaba obsesionada con obtener lo que no era mío, con alcanzar lo inalcanzable…", una lágrima escapó de su rostro, "¡pero el daño que he causado a Terry y a Candy no ha sido mayor que el que me he causado a mí misma!"

"No seas tan dura contigo", aconsejó Dichali. "Según me habías contado en una de nuestras pláticas, ellos se separaron porque así lo decidieron."

"¡Debí impedirlo!", ripostó ella. "No debí haber permitido que rompieran; debí haberme valido por mí misma desde el principio…"

"No entiendo, Susie", dijo Dichali. "¿Quieres decir que ya no vas a casarte con ese Terry?" Aún con sus ropas húmedas, él sudaba de ansiedad y miedo, esperando la peor respuesta por parte de ella.

Pero Susana movió la cabeza. "No, Dichali… no volveré con Terry. ¿Cómo puedo ser su novia, si mis ojos se llenaron de alguien más?" Lo miró a los ojos, y por segunda vez en su vida, reveló la verdad de sus sentimientos: "Te amo, Dichali."

La emoción de Dichali fue tal que dejó caer a Susana al agua, y rápidamente la recuperó entre sus brazos. "No recuerdo haber estado en esta situación antes", dijo, causando la risa de ambos, "así que no sé qué hacer en estos casos salvo confesarte que…" Por alguna razón desconocida, tuvo un súbito deseo de invocar a su madre en busca de auxilio, aunque no sabía quién ni cómo era; pero hizo a un lado ese imperioso capricho y exclamó: "¡Yo te amo, Susana!"

Ella no sabía si reír o llorar. El sueño de toda su vida, amar y ser amada sin condiciones, recibir el beso del hombre amado, y escucharle decir que la amaba, era un antídoto que penetraba por sus venas, drenando su corazón de vitalidad y esperanza… hasta que pensó en su amputada pierna. "¿En serio me amas, Dichali?", preguntó consternada.

El infirió su preocupación. "Mentiría si dijera que no hubiera preferido que tuvieras ambas piernas; pero si tomamos en cuenta mi memoria perdida, no puedo ser muy exigente." Como una confirmación a sus palabras, la besó en los labios. "Eres mi única verdad, Susie, pues soy un hombre sin pasado, y no creo que debamos amarnos hasta tanto no descubra quién soy", respiró largo y pausado. "¡No sabes nada sobre mí!"

"Sé todo lo que debo y quiero sobre ti, y no necesito oír un recuento de tu vida para amarte…" Susana se aferró al bronceado cuello. "Los ilinis no se marcharán hasta dentro de uno o dos meses. ¿Qué haremos ahora?"

"En primer lugar, debes hablar con tu novio, y decirle que ya no quieres estar con él."

"Sigo creyendo que no será necesario… algo me dice que Terry no regresará de Europa."

"No te confíes mucho. Por lo pronto, tú necesitas practicar un poco más con tu nueva pierna, y yo necesito rescatar mis recuerdos." Rodeó la esbelta cintura de la muchacha con sus brazos. "¿Qué te parece si nos quedamos en la aldea hasta que los ilinis se vayan?"

"¡Excelente!", exclamó ella con alegría, cuando escuchó el sonido de un bote que se aproximaba. Al mirar, el señor Nicholas sonreía a ambos jóvenes desde el interior de la embarcación. "¡Vaya, vaya!", exclamó, "¡Hasta que al fin Angeni se decidió por ti, Dichali!"

"Viejo demente", espetó Dichali, quien sólo consiguió ampliar más la sonrisa del patriarca. "¡Usted impidió a toda costa que Susana y yo nos viéramos!"

"Nadie los ha obligado a nada. Por ejemplo, bien podías haber subido al bote de Doris todas las veces que ella venía a traerte comida, y no lo hiciste, pues albergabas la esperanza de volver a ver a Angeni", aclaró el sabio indígena, extendiendo la mano al muchacho para que él y Susana subieran al bote. "Vi todo lo que pasó; ustedes sólo aguardaron a que llegara el momento oportuno."

"Al menos yo no tenía muchas opciones, habiéndome quedado varado en ese pedazo de tierra."

"Pero saliste de él, ¿no es así?"

"¡Porque Susana me necesitaba!"

"Ya nos estamos entendiendo", sonrió Nicholas. "Enfrentaste tus miedos, y te sobrepusiste a ellos en nombre del amor…"

"¿Acaso usted nos estaba poniendo a prueba, señor Nicholas?", inquirió Susana.

"¿Por qué hacer preguntas cuya respuesta ya sabes?", cuestionó el líder ilini. "Ahora lo más importante es incorporar a Dichali al resto de la comunidad."

"A no ser porque necesitaba ayudar a Susana, habría aprendido a nadar de todos modos, ¡para buscarlo a usted y estrangularlo!", gritó Dichali.

"No le hables así al señor Nicholas", lo reprendió Susana.

"Descuida, Angeni", dijo el hombre de largas trenzas, "Este chico me quiere, aunque todavía no lo sabe."

"¡Ummmmfff!", refunfuñó Dichali, mientras los tres regresaron al lado más poblado del río. Y en cuanto bajaron del bote, Dichali cargó a Susana en sus brazos, y por vez primera desde que perdiera la noción de su realidad, se sintió en armonía con la espesa vegetación, y con la heroica actriz con la que ahora compartiría algo más que unas charlas amistosas y un plato de maíz. No sabía adónde iría a parar su relación con Susana, y aún le incomodaba el asunto del novio de ella, pero mientras no quedaran resueltos los misterios tejidos alrededor de ambos, continuaría allí, en el remanso donde había comenzado su sanación, nada menos que con la medicina más efectiva para cualquier padecimiento de su corazón: Susana Marlowe.

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"¿Cómo que Neil no ha regresado?"

El señor Legan contempló helado a su esposa y a su hija. No bien había dejado caer las maletas al suelo al haber llegado, cuando la señora Legan le informó sobre la prolongada ausencia del joven. "Debes comprender a nuestro hijo, querido", dijo ella, "Probablemente está cansado de merodear por los rincones de esta casa, y necesita recrearse con sus amigas y amigos. Además, no es la primera vez que se ausenta por mucho tiempo."

"¡Por Dios, mamá!", exclamó Eliza en defensa de su hermano. "Hace casi dos meses que se fue. ¿Cuánto tiempo más debe transcurrir para que entiendas que algo muy malo le ha pasado a Neil?"

"¿Por qué no me lo dijeron antes?", reprochó el señor Legan, quien no podía asimilar la frialdad con la que su esposa le había ocultado la verdad, sin mover un ápice para salir en busca de su hijo.

"Estabas viajando", fue la excusa de ella. "Y tú también estuviste demasiado tiempo en Nueva York."

"No creo que vuelva a esa ciudad, al menos en un par de meses. De cualquier manera, ¡yo merecía saber lo que pasaba con Neil!"

"¿Qué sugieres, papito?", preguntó Eliza con voz infantil.

"Desde luego que avisaré a las autoridades, y también haré que se publique una foto de Neil, junto a un artículo indicando lo que pasó, en todos los periódicos del estado. Por lo pronto, no me iré de Sunville hasta que Neil regrese."

"Pues si ése es el único modo en que te quedarás con nosotros", dijo su hija, "¡espero que Neil no regrese nunca!"

"¡Ten más respeto hacia tu hermano!", ordenó el señor Legan, con la mirada de aprobación de su esposa. "Neil lleva casi dos meses desaparecido. ¿Cómo no voy a quedarme aquí, si no tengo idea alguna de dónde está mi hijo?"

"Lo siento, papito", mintió Eliza. "Es sólo que no puedo hacer nada mientras él no aparezca."

"Nuestra hija tiene razón, querido", intervino la señora Legan. "¿Acaso pretendes encerrarla en su cuarto mientras tenemos noticias de Neil?"

"Por supuesto que no, ¡y no puedo creer que no hayas avisado a la policía, Sarah!" El señor Legan frotó su escasa cabellera en desesperación. "Supongo que William ya está al tanto de la desaparición de nuestro muchacho, ¿o no?"

Tanto su esposa como su hija intercambiaron miradas, hasta que Sarah respondió: "William debe estar en alguna parte de Europa… atendiendo otros asuntos."

"¿En Europa?" El señor Legan sintió que estaba a punto de sufrir un infarto. "¿Qué puede ser tan importante en Europa para que él se haya lanzado a la jaula de los leones?"

"La respuesta sólo la tiene la desvergonzada de Candy White", sostuvo Eliza, sin mencionar las razones por las cuales la enfermera y el papá adoptivo de ésta se encontraban fuera de América. "Si no me crees, habla con la tía abuela, y ella confirmará lo que acabas de escuchar."

"¿Y qué piensa la tía Elroy de todo esto?"

"Lo mismo que mi madre… que es sólo cuestión de tiempo antes que Neil aparezca."

"¡Pues no pienso quedarme de brazos cruzados!" Recogiendo las maletas del suelo, subió a grandes zancadas la escalera principal. "¡Voy a mover cielo y tierra con tal de que Neil regrese!"

La señora Legan aguardó a que su esposo desapareciera por el corredor del segundo piso; y cuando estuvo segura de que él no podía escucharla, lanzó una bofetada a Eliza. "¿Te das cuenta ahora de todo el revuelo que has provocado con tu jueguito?"

La cachetada había sido de tal magnitud que provocó que Eliza se desbordara de lágrimas. "¡No tengo la culpa de que Neil no esté de vuelta aún, mamá!"

"Eso lo entiendo perfectamente. Me refiero a la ausencia de William… ¿qué tal si algo le pasara en Europa? Si muere, todos tus derechos sobre la fortuna de los Andley quedarían en juego. ¿No pensaste en eso cuando se te ocurrió hacerle esa bromita a Candy?"

Eliza se secó las lágrimas. "De haberlo hecho, ¿crees que habría continuado con mis planes?"

"Me decepcionas, Eliza… creí que eras más lista", dijo su madre en tono ácido. "Al menos mientras William esté afuera, tu padre no tiene por qué saber que tu herencia está en peligro, y mucho menos que andas buscando esposo para no perder tu dinero."

"¡Papá no puede saber que el tío William está considerando despojarme de mi fortuna!"

"Pues si no te comportas como es debido, tarde o temprano lo descubrirá", señaló su madre. "Por lo pronto, preocúpate por conseguir un novio a la mayor brevedad posible mientras tu padre se distrae un poco buscando a Neil."

"¡Hablas de mi hermano como si no te importara!"

"¡Claro que me importa! Es sólo que también debo atender el asunto de tu herencia. ¡Debes ser más cuidadosa con tus acciones, Eliza!"

"Sí, mamá", dijo su hija, antes de subir corriendo a su habitación. Al entrar a la misma, abrió por quinta vez la más reciente carta de su Alma Errante. ¿Por qué insistía su admirador en llamarse así, y al mismo tiempo decir que estaba sufriendo un calvario? ¡Excelente estrategia para llamar su atención! Lo único que Eliza necesitaba para abrir su corazón por completo a este sujeto tan sincero, era que revelara su nombre. Repasó una vez más el contenido de la carta, grabando cada una de las líneas en su memoria.

Eliza:

No debo pensar en ti pues haces daño a los demás, y no tienes idea de hasta dónde llega la extensión de tus acciones. ¡Es como si crearas toda una cadena alrededor de tus impulsos! Aún así, tengo la impresión de que quieres ser mi amiga, y supongo que no debes tener a nadie en quien confiar tus secretos, salvo tu hermano, supongo. ¿Sabe él lo que te hace sonrojar, reír, o llorar? ¿Sabe alguien cuáles son los mayores anhelos de Eliza Legan… sabes TU cuáles son esos anhelos?

Yo, por mi parte, tengo un norte en la vida, y aunque mis opciones son limitadas, no cesaré en mi empeño de cumplir mis objetivos. Tal vez resulte lastimado en el camino, pero si los resultados son los deseados, bien habrá valido la pena el sacrificio y la espera.

Quedo complacido de recibir tus respuestas… y por mi nombre no te preocupes, muy pronto habrás de conocerme en persona, y lo que ocurra después dependerá por entero de ti.

Tu amigo de siempre, pase lo que pase,

El Alma Errante.

"Ay, hermanito", suspiró Eliza pensando en Neil, "¡si tan sólo pudiera decirte cuán grande es la felicidad que me embarga! Qué pena que tu lejanía empañe mis deseos de celebrar por todo lo alto esta nueva amistad, pues ni siquiera mi madre sabe a quién he elegido como mi novio… aunque a decir verdad, Alma Errante no tiene idea de lo que siento. Sólo me faltan dos cosas para ser inmensamente feliz: ver que regresas a casa, hermanito… y confirmar que la estúpida de Candy haya quedado fuera de nuestras vidas, ¡para siempre!"