Disclaimer: Tanto la obra como los personajes no me perteneces, la obra es de la escritora Mira Lyn Kelly y los personajes de la grandiosa Naoko Takeuchi, los cuales ocupo sin fin de lucro, ni mucho menos; solo por simple diversión.


A la mañana Siguiente

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Capítulo21

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A Usagi la llamada de teléfono a Seiya dos noches atrás le había resultado terriblemente incómoda. Había sabido que tendrían que hablar en algún momento, decir las cosas que su ausencia ya había anunciado, resolver la cuestión del envío de las cajas que había dejado en su casa y tratar el asunto del divorcio.

Y lo habían hecho, pero no se había esperado que la llamada fuese a ir como había ido: tan relajada, tan educada. También le había chocado el tono casual de Seiya. « ¿Ya tienes abogado? Si aún no lo tienes, podría ayudarte a encontrar uno». «He hablado con una compañía de mudanzas por lo de tus cajas. Me han dicho que lo más pronto que podrían llevártelas sería el viernes; ¿te va bien?». El oírle decir esas cosas la había descolocado.

Casi la había destrozado marcharse, pero el dolor de darse cuenta de lo poco que le había afectado su marcha era aún peor. Solamente había pasado un día... y era como si le diese exactamente igual que se hubiese ido.

La noche anterior a su marcha se había mostrado dispuesto a hablar, a intentar solucionar las cosas, pero de pronto parecía como si después de su marcha se hubiese encogido de hombros y hubiese decidido seguir con su vida.

A pesar de lo espantoso que había sido para ella que volvieran a romperle el corazón, ese dolor había sido justo lo que necesitaba para disipar las dudas que tenía respecto a someterse a una inseminación artificial y su decisión de no volver a embarcarse en una relación de pareja. Ya no volvería a dudar nunca más. Solo por eso, aquella llamada, a pesar de haber sido muy incómoda, había merecido la pena, se había dicho, tratando de consolarse.

O eso había pensado hasta hacía sesenta segundos, cuando bajó al portal a abrir, esperando encontrar a la gente de las mudanzas, y se había encontrado con Seiya, dirigiéndole esa sonrisa que era casi una afrenta.

—Eh, preciosa, ¿tienes alguna cosa con la que los chicos de las mudanzas puedan sujetar esta puerta y no se les cierre? —Le preguntó señalando el camión de mudanzas aparcado junto a la acera, detrás de él—. Es bastante pesada, y como van a tener que entrar y salir varias veces...

— ¿Qué estás haciendo aquí? —le espetó ella, demasiado aturdida como para suavizar su tono.

Seiya se encogió de hombros.

—No sabía si tendrías a alguien que pudiera echarte una mano, y se me ocurrió venir a ofrecerme.

Usagi apretó la mandíbula. Una mezcla de emociones encontradas amenazó con hacer que se le saltaran las lágrimas.

—Seiya, no deberías haber venido. Me marché porque...

—Todavía soy tu marido —dijo él sin perder la sonrisa. Giró la cabeza un momento para mirar a los tipos de las mudanzas, que ya estaban descargando las cajas del camión—. Cuando nos casamos prometí cuidarte, así que, si puedo ayudarte en algo mientras aún seamos marido y mujer, lo haré.

Usagi quería replicar, decirle lo furiosa que estaba de que se hubiera presentado allí sin avisar, y más teniendo en cuenta que se había ido de madrugada para evitar tener que volver a verlo otra vez, pero Seiya no era tonto. Estaba seguro de que sabía que iba a molestarla yendo allí, y aun así lo había hecho porque siempre tenía que hacer lo que le venía en gana.

—En fin, el caso es que aquí estoy —dijo Seiya entrando en el portal. Se puso justo detrás de ella, y levantó un brazo por encima de su cabeza para sujetar con la mano la puerta que ella ya estaba sosteniendo—. Y ya que he venido, voy a ayudar.

Usagi sabía que debería ignorar el olor de su colonia, pero no pudo resistirse a inspirar y llenarse los pulmones con ese aroma que tantos recuerdos le traía. Recuerdos de noches de pasión, sus cuerpos desnudos, el placer de sus besos y sus caricias...

De pronto él le puso una mano en la cintura, y un cosquilleo recorrió la espalda de Usagi.

—Usagi —dijo Seiya atrayéndola hacia sí.

Ella sabía que debería apartarlo. Estar tan cerca de él era...

—Apártate, cariño, los hombres necesitan pasar.

Usagi vio que se acercaba uno de los tipos de las mudanzas con una caja, y comprendió que lo que estaba haciendo Seiya era apartarla para que dejase el paso libre.

—Gracias, señorita —dijo el hombre.

Ella asintió azorada, con las mejillas ardiéndole. Intentó zafarse del brazo de Seiya que le rodeaba la cintura, pero él no se lo permitió, y no tuvo más remedio que girar la cabeza para mirarlo y decirle:

— ¿Te importaría soltarme? Necesito subir para abrirles la puerta del apartamento y decirles dónde tienen que dejar las cajas.

También necesitaba un poco de espacio para poder respirar, pensar, y recordarse los motivos por los que tenía que guardar las distancias con él, añadió para sus adentros.

Seiya dejó libre a Usagi y se preguntó qué estaba haciendo allí. Se suponía que había decidido que iba a dejarla marchar.

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Cuando había vuelto a casa y se había encontrado con que se había ido, se había pasado todo el maldito día intentando aplacar su ira para llamarla y asegurarse de que había llegado a Denver y que estaba bien. Para llamarla sin intentar convencerla de que volviese con él.

Y lo había hecho. Antes había llamado a la empresa de mudanzas para organizar el envío del resto de sus cosas, y al colgar al final de su conversación con Usagi se había dado una palmadita en la espalda por haber hecho lo correcto.

Luego se había ido a la cama y había estado mirando al techo incapaz de dormirse, hasta que al final se había dado por vencido y se había ido a la oficina, donde había pasado las siguientes dieciocho horas.

Al día siguiente, cuando llegaron los de las mudanzas, había supervisado que subieran con cuidado todo al camión y no se dejaran nada. Había pensado que cuando todo estuviese fuera de la casa, cuando hubiese desaparecido el constante recordatorio de lo que había perdido, podría relajarse, que ya no sentiría esa opresión en el pecho.

Le había preguntado a los tipos de las mudanzas cuánto tardarían en llegarle a Usagi las cosas, qué precauciones tomaban para asegurarse de que todo llegara en buen estado, y cuando se había dado cuenta de que no se quedaría tranquilo por más que intentase cerciorarse de cada detalle, había decidido tomar un vuelo y reunirse con ellos en Denver. Solo para ver que todas las cajas llegaban sanas y salvas al apartamento de Usagi. No lo movía ninguna motivación.

Sí, no iba a negar que había estado fantaseando con volver a tenerla debajo de él, gimiendo su nombre. ¿Pero tenía alguna intención de hacer realidad esas fantasías? No, por supuesto que no.

O al menos así de claro lo había tenido hasta que la atrajo hacia sí para que dejara paso a los hombres de las mudanzas y ella había girado la cabeza para mirarlo a los ojos y pedirle que la soltara. Esos ojos tan seductores, tan...

Bueno, aun así no iba a hacer nada. De hecho, la ira en esos mismos ojos le decía a las claras que ella no quería nada con él.

Estaba esa otra emoción, muy distinta, entremezclada con la ira, y tampoco podía negar que lo halagaba saber que se había enamorado de él, pero no quería una relación con esa clase de responsabilidad. Quería que Usagi lo deseara, pero no que lo necesitara. No quería que fuera tan vulnerable a él, que intentara dejarlo una y otra vez como le había pasado a su madre con su padre, y fracasar cada vez. No, se había asegurado de que estaba bien, y regresaría a San Diego sin mirar atrás.

En cuanto la última caja estuvo dentro del apartamento, firmó los papeles de entrega a los tipos de la mudanza, les dio una propina y cerró la puerta.

El apartamento de Usagi le pareció más pequeño de lo que lo recordaba. Claro que en ese momento había cajas apiladas en cada habitación.

De pronto se preguntó si echaría de menos no ver más en su casa las cosas que contenían. Usagi estaba abriendo una caja de la que sacó una lámpara, y él se quedó observándola pensativo mientras la colocaba en el lugar que antes había ocupado: una mesita pequeña junto a una mecedora.

Usagi enchufó el cable y dio un paso atrás para mirar la lámpara con una expresión inescrutable en su rostro. Seiya no habría sabido decir si se alegraba o no de volver a ver la lámpara en su sitio.

Se volvió hacia él, y Seiya sabía exactamente qué venía a continuación: iba a despedirse de él. No estaba preparado; por eso la cortó antes de que pudiera decir nada.

— ¿Por qué habitación quieres empezar? —le preguntó forzando una sonrisa y metiéndose las manos en los bolsillos de los vaqueros para que no viera sus puños apretados.

—Seiya, te agradezco que me hayas enviado mis cosas tan rápido, pero puedo ocuparme del resto.

—Eh, ya que estoy aquí, déjame ayudar —respondió él—. Llamaré a mi secretaria para decirle que voy a estar fuera un día o dos y...

— ¿Qué? —exclamó ella, mirándolo boquiabierta.

—Esta noche podemos pedir una pizza, abrir una botella de vino y ver una película —le dijo Seiya. Sí, algo casual para no intimidarla, para que no se sintiera presionada.

— ¿Una pizza? ¿Te has vuelto loco o es que estás siendo cruel a sabiendas? —le espetó ella furiosa.

—Solo intento ayudar. Quiero...

— ¡No se trata de lo que tú quieres, Seiya! ¿Cómo puede ser que no lo entiendas? ¡No quiero ser tu amiga!

De repente Seiya ya no era dueño de sus actos. Se plantó justo delante de ella, la agarró por los brazos y le gritó también:

— ¡Yo no quiero que seamos amigos, maldita sea!

Usagi parpadeó, tan sorprendida por su reacción como él.

— ¿Y qué es lo que quieres? —le preguntó en un tono quedo.

Pasaron unos segundos antes de que finalmente Seiya soltara el aliento que había estado conteniendo.

—Te quiero a mi lado. Quiero lo que se suponía que íbamos a tener. Quiero a mi esposa, a la compañera que encontré en Las Vegas. Quiero que reconozcas que puedo darte una vida mejor de la que tendrás sola.

—No funcionaría.

— ¿Por qué no? —inquirió él soltándola.

—Porque... —Usagi arrojó las manos al aire con impotencia. En sus ojos había tanto dolor que Seiya supo lo que iba a decirle a continuación antes de que lo dijera—. Porque te quiero, Seiya.

No era una sorpresa después de lo que le había dicho antes de marcharse, o al menos no debería haberlo sido. Lo había intuido por la mirada en sus ojos esa noche en que le había dicho que no usaran preservativo, en un millón de pequeñas cosas. Sin embargo, oír las palabras de sus labios... fue como si le hubiesen pegado un puñetazo en el plexo solar, dejándolo sin aliento, completamente aturdido.

Usagi fue hasta la puerta y la abrió. Luego, sin levantar la vista del suelo, le pidió:

—Márchate, por favor.