Advertencia:Cualquier parecido que veas en ésta historia con otras ajenas a mi persona, es la simple señal de que lo que te estás fumando no es nada bueno, o que necesitas urgentemente comprarte una vida.

Disclaimer: Odio decirlo, pero "Axis Powers Hetalia" como obra maestra no me pertenece, sino a Hidekaz Himaruya. No es mi intención lucrar con su creación, sino hacer de ésta historia una actividad de mero entretenimiento para quien se interese en leerla.

Disclaimer 2: Im Hyung Soo (Corea del Norte) pertenece a la artista coreana-estadounidense Lo-Wah. No es mi intención tergiversar su creación o destinarla a un uso lucrativo o poco moral: ¡Amo su concepto del personaje! Por eso lo usaré para este fanfic.


Respuesta a reviews "anónimos" o sin recepción de MP activada

Dragon Quimera: Jojo ¡Qué lindo saber que mi historia te gusta! Pongo en ella mucho esfuerzo, y de verdad me complace saber que llegue a tal punto que te hayas dado el tiempo de dejarme este comentario.
Respecto a lo del yaoi, jejeje, admito que fue por un capricho mío. Hacía tiempo que quería escribir algo relativo a este par, y dado el argumento de esta historia, quise darme en ese gusto. Pero fue algo totalmente antojadizo, o sea, la trama perfectamente podría haber avanzado de una forma similar sin ese pequeño amorío de por medio, pero quise darle un toque un poco más picante a la confrontación entre los hermanos, más allá de sus diferencias ideológicas y de personalidad ;)
¡Gracias por comentar!


.:XXI:.

"El Largo Invierno"

— No tenías que haberlo hecho, Yao…

What's wrong, slant-eyes? (¿Qué pasa, ojos inclinados?) — dijo con voz arrastrada y burlesca, apretando el cañón del fusil contra la garganta del norcoreano, que hizo una mueca de dolor — Things are just starting to get fun (Las cosas recién comienzan a ponerse divertidas).

"Lo único que lamento…", se dijo Yao mientras apuntaba a la nuca del hombre que amenazaba a Hyung, "… Es no haber hecho esto antes".

Halar el disparador fue sencillo. Tan breve como una exhalación…

— ¡¿Por qué tuviste que aparecer en medio del campo de batalla…?! ¡Apoyando a Hyung…!

El hombre se desplomó sobre el herido norcoreano, muerto, con la mitad de la cabeza hecha pedazos. Nadie hizo ningún ruido después de que la bala surcó el aire. Estaban desorientados.

Yao se echó el arma al hombro, y con ella bamboleándose, se acercó a paso vivo hasta donde el americano y el menor de los asiáticos observaban al mayor de los mellizos tratando de quitarse el cadáver de encima, mientras batallaba contra el intenso dolor de sus heridas.

— No podía… quedarme de brazos cruzados… ¡Viendo como ustedes se destruían mutuamente! Jamás me hubiese perdonado permanecer apartado, pudiendo hacer algo para impedirlo…

La sala de conferencias, a esa hora casi vacía, los reunía a ambos a la luz de un intenso atardecer anaranjado que entraba de lleno por la ventana más grande. Yong Soo daba la espalda al resplandeciente panorama, y a Yao tal vez no le hubiese afectado tanto ver el gesto ceñudo del surcoreano si este no hubiese estado lejos de ser tocado por la luz.

— ¡Atacaste a mi gente! ¡Y a la de Alfred! — nunca había escuchado al chico tan molesto. De un momento a otro estallaría… — ¡Para defender a mi hermano! No… ¡Para defender una ideología!

Tal vez se echaría a llorar.

Yong Soo logró por fin librarse de los brazos de Alfred, una vez que el norteamericano reparó en la presencia del milenario asiático, y aflojó su agarre producto del asombro. El menor se precipitó, apartó al soldado fallecido, y abrazó a Hyung contra su pecho llorando a gritos mientras este perdía el conocimiento en sus brazos.

¡HERMANO… MI HERMANO…!

¡Aléjate de ese asesino…!— bramó Alfred, desatendiendo por un momento la visión del chino. Luego, volteó nuevamente hacia él con un gesto de fastidio — ¿Qué estás haciendo aquí, Wang?

Eso debería preguntarte yo a ti, Jones— trató de sonar lo más firme posible, a pesar de que los sollozos de Yong Soo estaban desgarrándolo por dentro como nada había hecho antes —Pensé que había quedado muy en claro que esto era un asunto entre Yong Soo y su hermano, al cual TÚ acabas de dispararle.

¡Iba a matarlo!

Abre los ojos ¡Maldita sea, abre los ojos…! ¡Hyung, quédate conmigo, por favor, te necesito…! ¡¿POR QUÉ TUVO QUE SER DE ESTA MALDITA MANERA…?! ¡HYUNG, HERMANO, CONTÉSTAME…!

¡Suéltalo, no vas a traerlo de vuelta con eso! — reprendió de nuevo el estadounidense, levantándose y agarrando al surcoreano por los hombros. Al principio tiró de sus ropas con fuerza, sin embargo, se notaba que la escena de su amigo llorando sobre el cuerpo ensangrentado de su hermano desmayado estaba afectándolo — ¡Ya deja de hacer eso, por favor…!— suplicó con culpabilidad — ¡Es horrible! ¡Yong Soo, me estás espantando, DETENTE!

¡No… responde! ¡N-no sien…t-to su pulso! — sollozó ahogado, envolviendo a su fraterno con aún más fuerza. El llanto resonó débilmente contra el pecho herido del norcoreano, contra el cual había hundido su rostro — ¡…Hyung!

Después de dos o tres intentos, Alfred dejó de zarandearlo…

Nada le dolía más en ese instante que ver los ojos de Yong Soo ardiendo en cólera, mirándolo como si quisiera aventarse y estrangularlo; ver cómo sus labios –usualmente, sonrientes- se apretaban hasta quedar blancos; ver cómo su cara y su cuerpo se tensaban de forma iracunda. Estaba claro que albergaba tantos sentimientos irascibles y confusos. Más de lo que podría considerarse normal y sano.

Nada le dolía más en ese instante que Yong Soo hubiese dejado de llamarlo "Aniki", que le tratara con tanta frialdad, con tanto rencor y aspereza, que le dirigiera esa mirada depredadora suya, que en cada palabra… que en cada maldita palabra, pudiese degustar tanto veneno…

Nada le dolía más en ese instante que Yong Soo tuviese suficientes buenas razones para odiarlo…

— Pudiste haberte mantenido al margen. Pudiste habernos ayudado de otra maldita manera— no sabía si eso que brillaba en los ojos de Yong Soo era producto de alguna clase de sentimiento asesino, o lágrimas de dolor — Jamás esperé que traicionaras nuestra confianza de esta forma, Yao.

Yong Soo… ya déjalo.

Incrédulo, el menor levantó la vista hacia su eterno protector. Su rostro se contraía en una mueca de confusión y congoja.

¿A…Aniki?

Suéltalo.

Yao se arrodilló junto a Hyung, tras colgar el fusil a su hombro con ayuda de una correa de cuero con hebilla, y levantó al norcoreano en sus brazos con tanta facilidad como si este pesara menos que una pluma. Lo acomodó de tal forma que el mayor de los mellizos quedó encogido con el mentón casi tocando su pecho. Como si estuviese profundamente dormido.

¿Qué pretendes, Wang?

Me llevaré a Hyung al norte del paralelo treinta y ocho… bueno… a la parte que tus tropas no han invadido todavía, Jones— explicó con la voz impregnada en saña — Mis hombres tratarán sus heridas. En cuanto despierte, les avisaré para que nos reunamos a la brevedad.

Volteó, y caminó hacia un lugar donde soldados vestidos con uniformes chinos aguardaban con una camilla lista para transportar al herido. Tras acomodarlo, se alejaron bajo la incesante lluvia hasta perderse de vista.

Es momento de que terminemos con esta locura.

Yong Soo se levantó del suelo, aún muy débil por la inmensa pena que lo embargaba, el dolor de las heridas y la conmoción de los últimos largos meses de cruda batalla.

Mi… hermano…

Va a ponerse bien, muchacho— consoló el americano, apretando el hombro de su amigo y evitando que siguiera al chino. No contestó. Alfred añadió tras un suspiro de pesar: — Pero no te aseguro que puedas volver a verlo.

— Pensé que eras el más imparcial de todos los que tenían algo que ver en esto. Confiaba en que mantendrías tu postura ¡Pero me equivoqué…!

— Yong, por favor… escúchame un momento— pidió, sin atreverse a subir la voz. El surcoreano pareció alterarse aún más.

— ¡No! ¡Ya escuché demasiado, es tiempo de que TODOS USTEDES ME ESCUCHEN A MÍ! — movió los brazos con violencia — ¡Lo último que hubiese deseado en toda la vida era que mi propio hermano se volviera mi enemigo! ¡Habríamos estado a un miserable trámite de distancia para volver a estar juntos, de no ser porque Iván jugó con la inocencia de mi hermano para transformarlo en un sanguinario…! ¡Luego está Alfred… que prometió ayudarme Y MIRA LO QUE LE HIZO A HYUNG!

La voz del coreano se quebró.

— Pero si con eso no te parece suficiente, Yao… estás tú… la persona en quien más confiaba en ese momento… la persona a quien tenía en enorme estima…— definitivamente, lo que había en sus ojos eran lágrimas. Irritantes lágrimas de cólera y dolor — Entonces te apareces con tus tropas, manifestando tu apoyo al Norte… ¡Bien hecho, Yao! ¡Hiciste una entrada fantástica en el momento oportuno para empeorarlo todo!

— ¡Yong Soo…!— intentó llamar, pero el menor dio un manotazo a la tabla de la mesa que resonó en todo el salón, y el chino calló de súbito.

— ¡HUBIESE PREFERIDO QUE TE MANTUVIERAS FUERA DE ESTO EN LUGAR DE HABER TOMADO PARTE POR EL BANDO QUE TRATÓ DE DESTRUIRME! ¡¿Tienes idea de lo que me duele que una de las personas que más admiraba en este mundo me haya traicionado?! ¡Ya había sido un golpe bajo viniendo de mi hermano, pero tú… TÚ! ¡Sé perfectamente que no venías motivado por altruismo ni conmoción alguna! ¡Iván aplaudió mucho tu intromisión durante la junta en que acordamos la división definitiva de nuestro hogar!

— ¡Dame la oportunidad de explicarte…!

— ¡No quiero saber por qué lo hiciste! ¡No quiero oírlos! ¡No quiero más mentiras! ¡Todo lo que han hecho es usarnos a Hyung y a mí como dos perros de pelea para no ver sus intereses directamente comprometidos en una guerra! ¡Iván y Alfred son terribles, pero tú no eres mucho mejor que ellos!

Por un momento, hubo silencio. Uno que Yao no se atrevió a romper.

— ¿Sabes lo ÚNICO que Hyung me dijo después de acabada la junta en que firmamos el armisticio, en el año 1953? ¿Después de que Iván, Alfred y tú se retiraran lamentándose de que ninguno de ustedes hubiese conseguido lo que quería? ¿Sabes… lo ÚNICO que mi hermano… quería decirme después de todo lo que pasó…?

Bajando la vista, el chino negó con la cabeza.

— "Estás. MUERTO. Para mí".

Tragó espesamente su saliva.

— Somos los peores perdedores de esta guerra… y todo lo que hacen es excusarse. Pero yo lo sé… ¡Sé cuáles son sus intenciones! ¡Y contigo me queda demostrado que ya no puedo confiar en nadie! Mi hermano me odia y está completamente roto por dentro… el amigo que supuestamente iba a darme su ayuda lo arruinó todo… y tú… ¡Tú estás del lado del hombre que corrompió a Hyung! ¡Y tienes el descaro de aparecer interpretando tu papel de "buen hermano mayor"…!

— Si tan solo me dejaras explicarte…

— ¡No! ¡Basta! — bramó el menor, dirigiéndose hacia la salida — ¡No quiero volver a saber nada de ti, Yao! ¡No te necesito! ¡Ya no…!— pese a que estaba a punto de quebrarse, Yong Soo seguía sonando firme y decidido. Confesó con la voz desgarrada por la ira: — ¡Te amaba! ¡Ahora ya no sé qué pensar de ti! ¡Pero anda, puedes ir con Braginsky, que seguro va a estar MUY complacido de ver que su servidor ha regresado para volver a actuar en su nombre, ahora que mi hermano no le sirve para nada!

— Estás muy equivocado conmigo ¡Yong Soo! — llamó — ¡Regresa, hay algo que tienes que saber…!

— ¡A otro tonto con esos cuentos! ¡Ya no te voy a creer nada! ¡SAL DE MI VIDA!

— ¡Espera! — corrió hacia la salida, cerrándole el paso al surcoreano — Yong ¡Tienes tanta razón en algunas cosas! Pero, por favor, dame un momento ¡Solo unos segundos…!— el muchacho intentaba evadirlo, pero el chino insistía. Temía que de pronto fuese a apartarlo a golpes de su camino — Escucha ¡Sé que hice muy mal! ¡Debí haber tomado parte por la solución más neutral a su conflicto, o bien, no haber siquiera pensado en entrometerme! Yong Soo… te lo ruego, dame la oportunidad…

— ¡Déjame! ¡Ya tuve suficiente de ti!

— No intento hacer que cambies de parecer respecto a mí. Sé que hice muy mal-aru. Pero no podía quedarme allí, mirando cómo se mataban entre ustedes, o cómo Alfred y sus hombres hacían desaparecer a tu hermano del mapa como él casi hace contigo… TENÍA que hacer algo, y juro que hubiese sido mucho más justo de no ser porque estoy bajo tanta presión…— suspiró apenado — ¿Sabes lo que es tomar una decisión cuando alguien te está apuntando con un arma? — apuntó a su sien con los dedos puestos en forma de pistola — ¿Alguien capaz de destruir todo por lo cual has luchado si no haces exactamente lo que ÉL quiere? ¿Y que nadie te respalde…? Mis jefes… temen tanto como yo por el destino de nuestro pueblo… ¡No podía simplemente llevarle la contra a Iván! ¡Si intervenía, necesariamente habría de ser a favor de Hyung, o Iván haría que lo lamentara para siempre…! Hice lo mejor que pude… ustedes dos siguen vivos ¡Eso era lo que quería-aru!

Yong Soo no se atrevió a contradecirlo. Tampoco se mostró afectado. Ni siquiera conmovido..

— Pero todavía está esto— señaló la distancia que lo separaba del surcoreano — Entre tú y Hyung, y ahora entre tú y yo… No importa si no quieres perdonarme, pero a tu hermano… — su garganta se apretó. Incapaz de seguir, lanzó un suspiro — Olvídalo. Sé que nada de lo que diga servirá… ustedes dos, de ahora en adelante, verán lo que van a hacer. Si algo puedo decir antes de irme y dejarte solo… si algo puedo pedirte… es que no seas tan duro conmigo-aru.

Yao salió. Yong Soo no lo secundó. Afuera, en el pasillo, Hyung estaba de pie con la espalda apoyada contra la pared. Aparentemente, lo esperaba.

Y a su lado, estaba Iván. Hablaba en voz baja, como si estuviese confiándole un secreto. Algo que Yao no tenía que oír, pero que por supuesto –y para su desgracia-, oyó:

— Hiciste mal en bajar la guardia, camarada. Jones ni siquiera hubiese pensado en aparecerse si la persona a quien quería salvar estaba muerta.

Hyung no lo miraba. Y no respondía. Un lento parpadeo de asentimiento reveló –para horror del chino- que estaba de acuerdo con él. Yao caminó hasta ellos con paso sostenido, hasta posicionarse junto al norcoreano.

— Buenas tardes, camarada ¿Cómo estás el día de hoy? — saludó el ruso sonriendo con naturalidad — ¿De ánimo como para acompañarnos a beber algo?

— Paso por el momento-aru— se volvió hacia su par asiático — Hyung. Ven conmigo. Tengo que hablar de algo muy importante contigo… ¡Lo siento, Iván! Asuntos de la familia.

— Ah— bufó el rubio, rodando los ojos — Los dejo. ¡Nos vemo~s!

Tomando por la muñeca al chico, lo condujo hacia la salida. Pasando por el frente del salón de juntas donde Yong Soo todavía se encontraba. Llegaron hasta la calle principal en el exterior del edificio, donde se detuvieron en un lugar que parecía lo bastante aislado y por tanto ideal para charlar sin que nadie los interrumpiera. Lo primero que hizo Yao cuando ambos se detuvieron, fue remecer a Hyung mientras su voz lo golpeaba con reprensión.

— ¡¿Qué pensabas?! ¡¿No tuviste suficiente con todo el daño que ya te hizo?!

—… ¿Ah?

Parecía ausente. Como desconectado de la realidad.

— ¡¿Eres masoquista o qué…?! ¡Hyung, mírame cuando te hablo! — retó, a lo que el norcoreano soltó un bufido de exasperación, y desvió aún más sus ojos hacia un lado — ¡Oye!

— ¿Qué, qué quieres…?— preguntó con una voz extraña y débil — Aniki, no creas que no te agradezco que me hayas salvado cuando estuve a punto de morir… — se zafó de las manos del chino. Pasó de hablar con misteriosa debilidad a sonar totalmente firme y lleno de vigor — ¡Pero ahora te estás excediendo! No estaba haciendo nada malo, ni siquiera estaba en peligro… Aniki, ya aprendí mi lección, y te aseguro que ya no… entre Iván y yo…

Tan pronto como hubo experimentado el primer asomo de valor, este también se desvaneció para dar paso nuevamente a la vulnerabilidad, y junto con ella la tristeza.

— Ya aprendí mi lección— repitió, subiendo la vista para evitar que los ojos se le siguieran empañando — No debo… confiar en nadie… hay poca gente que realmente vale la pena en este mundo…

— ¿Cuánto más van a seguir tú y tu hermano extendiendo esta estupidez? — preguntó el chino.

— ¿A qué te refieres, aniki?

— Me refiero a seguir peleando una guerra que no les pertenece-aru— confirmó enfadado — Porque imagino que ya te habrás dado cuenta que quienes debieron enfrentarse son Alfred e Iván. No tú y Yong Soo…

— Las cosas siempre pasan por algo, aniki.

— ¡No! ¡Nosotros somos quienes hacemos que las cosas pasen, Hyung! — refutó la milenaria nación — Si algo he aprendido en todos los años que he vivido en este mundo, es que las cosas no pasan por sí solas ¡Somos los remos de nuestra propia canoa! No está en el tiempo ni el destino que los problemas o sus soluciones lleguen; tenemos que hacer algo. TIENEN que hacer algo… ¡Vamos, Hyung! ¡Sabes que esta vez tengo razón…! Sabes que tienes que regresar ahí dentro, ir al salón donde tu hermano está esperándote… aún no es tan tarde ¡Pueden perdonar sus errores!

Hyung apretó sus labios. Cruzó los brazos y comenzó a ladearse, perdiendo cada vez más el poco contacto que había logrado hacer Yao con él.

— Hyung…

— No voy a hacerlo. Ya lo decidí…

— ¡Hyung! ¡Hyung, vamos!

— Yong Soo ya me demostró que lo que nos unía ya no existe. Y yo acabé por confirmarlo en cuanto rompí nuestra promesa para intentar matarlo— le costaba pronunciar las palabras. Estaba tan dolido, se notaba que dentro suyo el orgullo, la ira y el dolor batallaban a muerte — Puede irse con su nuevo amigo. Ese que por poco acaba conmigo… por otro lado, yo… quiero estar solo por ahora.

Sus pasos lo guiaron lejos de Yao, quien se quedó atónito y petrificado a la sombra del edificio, viendo como el menor se apartaba.

— Es tiempo de que empiece a hacer las cosas por mí mismo. No porque otros me lo digan… ni siquiera tú, aniki… ya dejé que me controlaran por mucho tiempo, pero no más. De aquí en adelante, el único que responderá por lo que haga seré yo, y solo yo… No los necesito. A ninguno de ustedes.

Yao trató de llamarlo, pero para cuando su voz salió, el joven de trenza estaba muy lejos como para escucharlo.


Las tensiones a nivel mundial iban haciéndose cada día más graves. Por todos lados aparecían nuevos focos de conflicto. Colonias que querían independizarse. Gobiernos que se erigían y otros que desaparecían al paso de arrasadores golpes de estado. Eran diferentes lugares, diferentes nombres, diferentes escenarios, víctimas y victimarios cambiaban roles y bandos, pero la consigna que los inspiraba a luchar era siempre la misma.

La Guerra de Corea había sido solo el comienzo.

— El mundo… es tan frío— pensaba Yong Soo en voz alta, sumido en la silenciosa soledad de su hogar — Parece como si el tiempo se hubiese detenido en el peor de los inviernos…

Sobó sus brazos por encima de las ropas tradicionales que vestía, y con nostalgia, miró por la ventana. Tras el cristal, la ciudad a medio construir se extendía como un manto gris y oscuro hasta donde alcanzaba la vista.

"Y en el norte –pensaba- debe ser mucho peor". Con lo drástico y severo que se había vuelto su hermano, no le extrañaba que la nueva Pyongyang, destrozada al paso de las fuerzas de la ONU comandadas por los estadounidenses, con sus nuevos monumentos y construcciones al estilo chino y soviético luciera mucho peor que Seúl en ese entonces, en el sentido de la frialdad y la oscuridad que tan bien iban con el nuevo panorama mundial.

Desde ese día bajo la lluvia se había distanciado de Alfred. En esos momentos le vendría bien algo de su compañía, pero cada vez que ambos se habían encontrado después de ese percance, notaba cómo el norteamericano lo miraba torturado por la culpa que lo quemaba internamente. Terrible, en verdad. Pese a que en gran parte merecía sentirse como un ser despreciable, no por eso Yong Soo no le estaba agradecido por haberle salvado la vida…

… aunque hubiese sido a costa de casi terminar con la de Hyung.

— Pobrecito— comentó a la nada en cuanto recordó a su mellizo — Debe sentirse tan solo…

"Se lo merece", completó mentalmente una voz inyectada de ponzoña. "Bastardo traidor". Instantáneamente, su parte más noble salía al ataque y una estocada de remordimiento le encogía el corazón. "¡No pienses así de tu hermano!", decía. "Del cabrón que casi te vuela los sesos", completaba nuevamente la venenosa presencia en el interior de su cabeza. "El muchacho bondadoso que siempre veló por ti, para protegerte y hacerte feliz". "Y que cambió su lealtad hacia ti por encamarse con ese monstruo."

"Se ha equivocado", pensó intentando consolarse; "tal y como antes ya lo ha hecho, como cuando se quebró ante Honda… y pude perdonarlo". "Pero no ahora. Una cosa es que en ese momento haya tenido miedo. Otra es que haya roto su promesa, y hubiese querido lastimarte".

Cada vez, la parte de él que más apreciaba a Hyung iba hablando con un tono más y más tímido. Más débil. Estaba cediendo. "Si supuestamente te quería como él decía ¿Por qué, en primer lugar, te abofeteó cuando intentaste hacerlo entrar en razón? ¿Por qué decidió atacar a tu gente? Y lo más importante ¿Por qué decidió atacarte a TI?"

"¡¿No lo entiendes?! ¡NO QUIERO QUE SIGAS CON VIDA…!"

"Asúmelo. Lo perdiste para siempre. Maldito perro regalado. Se olvidó de ti en cuanto alguien más lo sedujo. Dejó que lavaran su cerebro. Y aún tuvo el descaro de insultarte cuando sabía que tenías razón y la experiencia te respaldaba… lo perdiste para siempre".

"¿Lo hice?" preguntó retraídamente la otra voz, al parecer, albergando una última esperanza.

"Trató de matarte una vez, y lo haría de nuevo si tuviese la oportunidad. De hecho, en teoría, ya lo hizo. ¿O ya lo olvidaste? ¿Lo último que te dijo? 'ESTÁS MUERTO PARA MÍ'".

La noble presencia dentro de él no contestó.


Una pila de escombros era lo que había quedado de la mayor parte de su hogar. Donde antes se erigían imponentes edificaciones, fábricas y cálidas viviendas, en ese momento había campamentos de refugiados que durante la guerra lo habían perdido todo. Afortunadamente, los gobiernos de China y la Unión Soviética iban a prestarle algo de ayuda para que Corea del Norte fuese reconstruida y se pusiera al corriente de sus necesidades como nación independiente.

Imaginaba que algo parecido iba a hacer Alfred con su hermano, pues Corea del Sur no había quedado en condiciones muy distintas…

¿Qué tendría que darle a cambio a su aliado y salvador? ¿Y qué tendría que hacer él para compensar la ayuda que sus "amigos" le estaban prestando? ¿Pagarles? ¿Jurarles lealtad eterna…?

Le gustaba más la primera opción. Aunque tuviese que morir de hambre y hasta sobreexplotar a su gente, con tal de que no ver envuelto a su país de nuevo en un aprieto como el que recientemente había dejado atrás. Siete balas en el cuerpo y el odio que de hermano eran más que suficientes para aprender una valiosa elección. Una que jamás olvidaría.

— ¿Tienes un momento, Hyung?

Su jefe le habló con extraña benevolencia. Kim Il Sung, uno de los principales dirigente del movimiento de liberación de Corea y posteriormente uno de los cabecillas militares en la Guerra de Corea, comandaba a la nueva nación socialista con ayuda de un comité de líderes que buscaban a toda costa reconstruir el país para emprender prontamente la marcha hacia un futuro prometedor, próspero y lleno de felicidad para un pueblo que las últimas décadas lo había pasado muy mal.

Era un consuelo para Hyung tener a aquél hombre de apariencia bonachona, ideas claras y corazón noble al servicio de una nación que por poco y había muerto con él y sus esperanzas de surgir en el mundo.

— Disculpa si te incomodo— dijo, acercándose al representante de la nación norcoreana como un padre que trata de hablar con su complicado hijo adolescente — Vengo de una junta con los dirigentes chinos y soviéticos, que me han puesto al tanto de algunas situaciones importantes que están dándose en este momento… ¿Te interesa oírlas?

Hyung asintió con la cabeza, y señaló a su jefe un sillón enfrentado con otro. En medio, había una mesita de té con una taza vacía, recientemente ocupada. El líder norcoreano se acomodó en el asiento, y el chico de trenza hizo lo propio en el sillón que lo enfrentaba.

— No sé si en algún momento de tu vida oíste hablar acerca de Indochina… seguramente sí— interrumpió con una risa — Con todos los siglos que has vivido.

— Algo. Los territorios en el Sudeste Asiático son llamados con ese nombre.

— Pues ¿Qué crees? Este último tiempo se han llevado a cabo allí algunos importantes enfrentamientos con fines independentistas, y las potencias coloniales europeas están retrocediendo a pasos agigantados. Los dirigentes chinos y soviéticos ven en Indochina una muy buena oportunidad para poner en marcha algunos de sus planes, para ganar más adherentes a la causa del socialismo. En parte, porque creen que el Imperio Yankee hará lo mismo en cuanto las naciones del sudeste de nuestro continente queden libres del yugo esclavista de los franceses.

— Ah… señor, no sé qué tenga que ver esto con nosotros. Si me lo pregunta, no creo que estemos en posición de…— Kim hizo un gesto con la mano, pidiéndole al representante de su país que hiciera una pausa y le permitiera explicárselo todo. Hyung calló, mirando a su jefe con suspicacia.

— Claramente no estamos en las mejores condiciones para intervenir directamente en un posible conflicto armado, Hyung. Pero considero que es importante que mostremos nuestra gratitud y nuestra camaradería, y como líder de esta nación, estimo conveniente que hagamos acto de presencia en caso de que las colonias de Indochina se sumen a nuestra causa una vez libres, como una forma de solidarizar con ellas.

— ¿Cómo?

— Médicos. Tropas. Debido a la situación de guerra por la cual recientemente hemos pasado, nuestras unidades están mucho mejor preparadas y equipadas para el combate que los campesinos del sudeste asiático -¡disculpa lo agresivo de la expresión, pero eso son!-. ¿No crees que sería una buena idea prestar algo de apoyo, en caso que nuestro bando se vea involucrado en la situación de estos países? No tendremos que arriesgarnos a poner tanto en juego, y te aseguro que nuestro hogar estará a salvo…

Hyung bajó la vista, y emitió un quejido meditabundo. No quería mentirle a su jefe diciendo que no le importaría arriesgarse de nuevo en un posible confrontamiento armado, pero ¿Sería mucho mejor ser sincero y decepcionar a ese hombre que le inspiraba tanta confianza y cariño, mostrándose desmotivado con sus planes?

— Entenderé si tu respuesta es "No" por el momento. Piénsalo. Cuando tus dudas se hayan disipado, volveremos a hablar de esto ¿Bien?

— Bien… bien— contestó, con la mirada clavada en el suelo. El político norcoreano se levantó de su asiento, ligeramente dificultado por su notable sobrepeso, y se dirigió a la salida.

— Te dejaré por el momento para que puedas meditarlo con calma. No te presionaré. Estaré en mi despacho por si me necesitas, Hyung.

— Claro. Gracias, señor.

El hombre abandonó el lugar, y Hyung se vio nuevamente inmerso en sus pensamientos. El escenario mundial era complejo. ¿Convendría que se hiciera partícipe activo, nuevamente, de una pugna entre dos superpotencias que lo veían como un simple títere al cual podían usar, abandonar y desechar a su antojo? ¿Correr el riesgo de que ahí estuviesen de nuevo Iván y Alfred listos para terminar con los asuntos pendientes de la Guerra de Corea, sin tener que ser ellos quienes se enfrentaran directamente?

En todo caso, si no era él… otros ocuparían su lugar como las marionetas de los grandes señores de la Guerra Fría. Otros países serían los que recibirían su formación, sus enseñanzas, sus armas, y se enfrentarían a los discípulos de su enemigo mientras estos contemplaban desde la comodidad de sus tronos cómo otros ilusos les obedecían y se mataban entre ellos por una causa que no les pertenecía.

— Solidarizar con ellos— repitió el norcoreano. Para él había sido muy doloroso enterarse de cómo Iván lo había usado como perro de pelea, y percatarse de hasta qué punto su vida se había visto destruida por las ambiciones del jefe soviético.

Sería desconsiderado no hacer nada al respecto, pudiendo –de alguna forma- evitar que otra alma en desgracia sufriera su mismo destino, tal vez no advirtiéndole de forma directa sobre las intenciones del ruso –hacerlo sería un suicidio-, pero sí tendiéndole una mano amiga, prestándole su hombro para cuando necesitara apoyo, y por supuesto, sus fuerzas para cuando estas fueran requeridas en caso de librarse un combate.

Viéndolo de esa forma, parecía una idea muy prometedora. No obstante, Hyung tenía la esperanza de que esa instancia jamás llegara.

Lamentablemente, las cosas en Indochina iban poniéndose cada vez peor, y pronto tuvo que presentarse ante su jefe con su decisión ya tomada.

— Señor, le pido que me enliste en la próxima expedición hacia Vietnam.

— ¿Estás seguro, Hyung?

— Seguro, señor. Ellos necesitan apoyo, y nuestra nación se los brindará de forma amistosa y desinteresada… es lo mínimo que podemos hacer por quienes están pasando algo similar a lo que nosotros nos vimos forzados a vivir años atrás.

— ¡Excelente! — el mandatario sonrió paternalmente al muchacho de trenza — Avisaré a nuestros aliados. Ve al regimiento y prepara tus armas para partir en el próximo avión a Hanoi.

— ¡Sí, señor!


Contrariamente a lo que Hyung había pensado, Alfred F. Jones, representante de los Estados Unidos de Norteamérica, había decidido involucrarse de manera directa en el conflicto que posteriormente se libraría entre los bandos ideológicos enemigos en Indochina. Una medida desesperada. La Unión Soviética había hecho importantes avances en Asia, y él no se podía permitir el no hacer nada para evitar que todo el continente cayera en sus manos.

Sería pan comido. Era su ejército profesional y bien armado en contra de un montón de campesinos sin la más mínima idea de cómo luchar. El que derrotaran a Francia, pensaba Alfred, había sido solo cosa de suerte.

Su jefe del momento, Lyndon B. Johnson, había hecho un llamado al mundo entero: todas las naciones libres que quisieran colaborar con él en su lucha en el Sudeste de Asia contra los comunistas, estaban invitados a presentarse con ayuda. Tropas. Médicos. Armas. Todo servía…

Un día, en el campamento militar montado al Sur de Vietnam, llegó un tropel de soldados que Alfred distinguió gracias a los uniformes como parte del ejército surcoreano. No le extrañaba en absoluto que el gobierno del país aliado quisiera manifestarse con dicho apoyo. Sin embargo, no esperaba encontrar entre las miles de caras iguales –con ojos rasgados y pieles amarillas- la inconfundible de su "amigo", que se cuadró ante él sonriendo con determinación, haciendo un saludo militar.

— ¡Seonsaeng Jones! ¿Cuáles son nuestros objetivos?

— ¡Yong Soo!

Una punzada de culpa hizo que a Alfred se le encogiera el corazón.

Había visto lo afectado que había quedado el chico con lo sucedido a principios de la década de 1950. Le costaba entender cómo es que había llegado a la determinación de volverse contra su propia sangre otra vez.

El asiático pudo leer la expresión en el rostro de su aliado. Con una sonrisa nerviosa, admitió con complicidad:

— Esta… es mi forma de pagarte por haberme protegido de mi hermano a principios de la década pasada — el muchacho se encogió de hombros — ¡Prometo serte muy útil-daze! Después de todo… aprendí del mismísimo héroe…

Había más voluntarios presentes. Los representantes de Tailandia, Filipinas, Taiwán, Australia, Nueva Zelanda… y otros tantos que estaban con él, haciéndoselo saber por medio del envío de suministros para sus hombres. Se sentía conmovido.

— No tienes por qué hacerlo— le dijo al menor de los coreanos, una vez que ambos encontraron un momento a solas. Se habían internado juntos en la jungla, en una maniobra de reconocimiento en que buscaban enemigos que pudiesen estarse acercando por medio de túneles o usando la frondosa vegetación como escondite.

— Pero quiero hacerlo— respondió Yong Soo — Además… Hyung está aquí.

— ¿Aquí? ¿En Vietnam?

— Llegó junto a un escuadrón de pilotos… al parecer, los del lado rojo también convocaron a los interesados en prestarles ayuda— explicó con cierto desdén — No creas que hago esto para vengarme. Solo quiero saldar una deuda pendiente.

— ¿Con él?

— Contigo— sonrió — Ya te dije que te estaba muy agradecido por haberme salvado de él-daze.

— Bien…— suspiró, un poco más animado. El surcoreano se veía bien. Alegre, fuerte, lleno de vida. Tal vez fuese tiempo de dejar de sentirse tan culpable por lo sucedido. Después de todo, Yong Soo no solo parecía haberlo perdonado… ¡Sino que le agradecía! — ¡Bien!

Animó a los hombres que iban con ellos, haciéndoles señas con la mano para que se apresuraran. A la distancia, se oían estallidos de granadas, disparos y voces de mando ahogados por la densidad de la selva. No tardarían en llegar. Los enemigos estaban al acecho.

— ¿Listo, Yong Soo?

— Listo.

— Entonces, vamos… ¡Que ningún commie quede vivo!


Notas de la Autora:

Primero que todo: ¡Me disculpo! Q.Q estas dos últimas semanas han sido horrorosas. En la universidad me han exprimido hasta la última gota, me encomiendan trabajos que toman todo mi tiempo, hay mucho que leer y muchos informes que hacer... ¡Lo único que quería al fin del día era meterme a mi camita! TT-TT

Las buenas noticias son que, primero: ya pasó el tiempo más horrible de esta segunda fase de exámenes. Y segundo: ¡Mi musa volvió a mí! y haciendo caso al sabio consejo de Dazaru Kimchibun, ahora la señorita está dopada, atada a la silla, y bajo siete llaves :D no volverá a irse por un buen tiempo... o eso espero.

Algunas referencias de este y el siguiente capítulo podrán encontrarlas en el fic "Damisela en Apuros", que es de mi creación... ¡Sí, me estoy haciendo publicidad! ¿Y qué?! (?)

Jeje, bueno, como siempre, les agradezco a todas aquellas personitas que comentaron el capítulo anterior: Dragon Quimera, Kayra Isis, Dazaru Kimchibun y Softlavender ¡De verdad que lo aprecio mucho!

Nos estaremos leyendo... no sé si pronto, pero fijo nos leeremos ;D