21. Confesiones
Había tantas cosas por las que inmiscuirme y yo tuve que enamorarme del hombre incorrecto.
¿Era incorrecto? Quizá no, solo que el destino es cruel.
Acariciar las flores del jardín siempre me había tranquilizado, solo que ahora no dejaba de sentirme triste.
En verdad no recuerdo cuando comencé a amarlo. Pero sé que lo he hecho por años. Y sé bien que él no me ama. Ahora las probabilidades estaban aún más en mi contra. Estúpido destino.
Escuché la risa tierna de la pequeña Vetr. Estaba cerca porque el sonido era fuerte.
Me puse de pie y seguí la risa del bebé. Me petrifiqué cuando vi que precisamente la cargaba el hombre a quién amaba.
—Por los dioses, qué bueno verte.
Ah, su sonrisa encantadora, pero que denotaba el límite obvio en nuestra "relación".
— ¿Puedes creer que me han dejado solo con esta preciosura?
Le hice una mueca a la niña y ella sonrió. Las mejillas de la pequeña brillaban.
—Al fin logré que dejase de llorar. Hacerle muecas funciona muy bien. ¿Fuiste tú o Lisbeth quien descubrió el método?
Permanecí en silencio por dos segundos para contemplarlo un poco.
—Fue ella. Mis muecas no suelen gustarles todo el tiempo, así que cada vez que ella llora y mi señora Lisbeth no está, me encuentro en apuros.
Mi señor Loki se rió a carcajadas. La niña le miró ladeando la cabeza. Yo sonreí. Ambas estábamos embelesadas por la dulce melodía de su risa.
—Pues te creo, Sigyn —asintió.
Colocó a la niña sobre su pierna y comenzó a subirla y a bajarla para hacer reír a su hija.
— ¿Crees que soy un buen padre? —me preguntó de repente con el pasar de los minutos.
Le miré con incredulidad.
—Por supuesto que lo es, mi señor Loki.
Él hizo una expresión sarcástica y bufó.
—Sinceramente ella fue inesperada y lo inesperado conlleva a consecuencias igual de inesperadas y no siempre buenas.
Fruncí el ceño.
—Sé que tengo razón. Lo de Angerboda fueron… unas ganas increíbles de tener sexo. Y esa única vez… bueno, veces, conllevó a tener tres hijos. Dos que me odian, uno que no comprendo cómo puede serme fiel cuando nunca estoy disponible para él y otro que lo tuve de otra forma y que está perdido.
Él miró con severidad a la niña. Ella sintió la tensión en el ambiente e hizo un puchero.
—Y ahora ella. Que me sonríe como si fuese la primera vez que me estuviese viendo. Tanta alegría en un solo ser es… muy extraño.
—Usted ama a mi señora Lisbeth.
Él me miró de reojo. Sentí que me ruborizaba y bajé la mirada.
—Sí, la amo. Creo que el hecho de que lo hago… cambió todo. Es por eso que la niña me ama también y es tan dulce. Espero que no me odie cuando empiece a comprender las cosas y a darse cuenta de quién es realmente su padre.
—Le amará. Ya lo hace.
Él sonrió a medias.
—No soy precisamente el hombre más dulce del mundo. No sé cómo me soporta Lisbeth.
Me encogí de hombros.
—Porque le ama, mi señor Loki.
Se quedó pensativo por unos segundos, luego asintió lentamente.
— ¿Sueles hablar con Lisbeth con constancia?
Asentí con una sonrisa.
—Entonces saben cosas una de la otra.
Me mordí el labio.
Ciertas cosas me dije a mí misma. Ella no podía saber que amaba a su esposo, no.
—Supongo, mi señor —me limité a decir.
— ¿Sabes qué libros le gusta?
—Bueno… una vez conversamos sobre un autor llamado John Katzenbach. Así como de J. K. Rowling, Suzanne Collins, Verónica Roth. Aunque ella realmente está interesada en aprender sobre la magia.
Él asintió y sonrió.
—Gracias, Sigyn.
Le sonreí.
Vetr estiró la manito hacia mí y yo se la acaricié.
—Tienen una linda conexión —dijo Loki.
—Quizá. Recuerde que es solo un bebé.
—Cierto, pero muy inteligente para sus meses.
Asentí. Tenía razón.
Él acomodó a la niña en sus brazos y de un segundo para otro, la pequeña se durmió.
Les contemplé en silencio por un largo momento para guardar en mi memoria dicha escena.
—Estoy preocupado por ellas.
Esperé a que siguiera hablando.
—Subestimé el poder del castigo al que me sentenciaron. Creí que el salir de esa mazmorra y del terrible veneno, estaría a salvo.
Su rostro palideció y tragó fuerte. Yo sentí que algo malo iba a confesar.
—Pero me equivoqué. Aún siento el veneno caer sobre mí. He buscado en una cantidad de libros exorbitantes sobre este fenómeno, pero no hay cura. Es un castigo eterno. Y lo que lo hace aún más insoportable es el hecho de que te deja seguir con tu vida, pero el dolor no se va. Nunca.
Le miré incrédula y le acaricié el hombro. Fui atrevida y sentí que iba a morir de la angustia por lo que hice, pero él no se incomodó. Más bien sonrió a medias.
—Ellas no sienten dolor, ¿verdad?
—Mi señora Lisbeth no me ha dicho nada al respecto.
Él asintió con un gesto de alivio evidente. Detalló a la niña y frunció los labios.
—Si ella lo tuviese, se quejaría siempre. Así que están a salvo.
Soltó un largo suspiro.
—Yo buscaré en otros libros a ver si puedo ayudarle, mi señor.
— ¿De verdad, Sigyn? —sus ojos brillaron. Contuve las ganas de gemir.
—Por supuesto, mi señor. Haré todo lo que pueda por ayudarle a mitigar su dolor.
Él colocó su mano en mi nuca y acarició amablemente mi cabello. Fue su modo de decir "gracias". ¡Vaya modo!
No sé bien cuándo, pero en cierto momento él alzó la vista y frunció el ceño.
— ¿Qué es eso?
Me giré e intenté ubicar lo que él estaba viendo.
Tomó mi mano y sentí que me paralizaba una corriente eléctrica. Contuve el aliento.
Alzó mi mano y señaló lo que veía. ¿Qué cómo me sentí por su roce? ¡Válgame!
— ¿Ese no es el balcón de nuestra habitación?
Parpadeé incrédula.
—Parece que sí.
Me soltó y volví a respirar.
— ¿No crees que se parece a…?
Abrió los ojos de par en par y se puso de pie de un salto. No sé cómo, pero increíblemente la niña no se despertó.
— ¿Qué pasa? —pregunté.
—Ese es el campo mágico de Amora. Es inconfundible. Un maldito amarillo ocre.
Entendí la urgencia y me coloqué de pie con rapidez.
— ¿Te quedas con la niña?
—Quizá necesite ayuda, mi señor.
—No seremos muy útiles con la pequeña con nosotros.
Suspiró.
—No confío en nadie más, mi señor.
Él meditó mis palabras y maldijo entre dientes.
—Bien, vámonos ya. Solo espero que Lisbeth esté bien —dijo. Pero por su expresión, supe que estaba pensando en lo peor.
—Si es una broma, es muy mala, Sigyn —dije sin dejar de observarla con confusión.
Ella se encogió de hombros y se sentó en una poltrona de una forma que jamás le había visto hacer. Me recordó a Tyra. Prácticamente dejarse caer y abrir las piernas de una forma nada decente.
—Esta era la única forma de que pudiésemos hablar sin ser molestadas.
Me recosté de la mesa y sujeté un jarrón con firmeza sin dejar que ella me viese.
—Vaya temita el que quieres tratar para hacer tanta pantomima —mascullé.
Le miré y se me llenaron los ojos de lágrimas. ¿Por qué me traicionaba? Pero no, había algo que no cuadraba allí…
—Oh, vamos. No te pongas melodramática.
Eché un vistazo a mí alrededor. Si lograba marearla lo suficiente con el golpe, el campo mágico debería desintegrarse al menos por unos segundos. Unos valiosos segundos que me permitirían salir e ir en busca de algún guardia o mejor aún, de mi esposo.
Sabía perfectamente que si le atacaba con magia, ella me ganaría. Aunque no se esperaría un jarronazo.
—Bueno, jugar conmigo de esa manera fue digno de Shakespeare. Sabes que mi hija es lo más sagrado para mí.
Ella sonrió a medias.
— ¿Dónde está mi hija?
Se encogió de hombros.
—Sigyn…
Se rió a carcajadas.
—Ese jarrón no cambiará tu estado actual.
Sentí que palidecía. Luego se me ocurrió algo.
Miré hacia el balcón y fingí ver algo terrorífico. Ella, como esperaba, giró la cabeza en esa dirección.
Jamás había arrojado algo con tanta fuerza… y vi todo en cámara lenta.
El jarrón volverse añicos en su cabeza y luego los restos quedarse flotando. Me sorprendió tanto que no pude seguir con mi plan de correr.
Al otro segundo me obligué a huir. Cuando llegué a la puerta, uno de los estantes rodó hacía mí y me hizo golpearme contra una de las paredes.
Justo cuando intentaba levantarme, sentí cómo los cristales me cortaban la piel y caí al suelo. Uno de gran longitud se quedó flotando frente a mi ojo izquierdo. Le observé sin respirar.
—Eres una maldita igual que tu marido.
Observé entonces que Amora me fulminaba con la mirada. Al menos mi jarronazo le dejó una cortada en la frente. Tenía medio rostro manchado de sangre.
Una repentina alegría recorrió mi cuerpo al demostrar que no era Sigyn.
— ¿Por qué crees que el sexo es tan increíble?
No sé por qué lo dije, pero lo dije con ganas.
Ella me miró con furia. Sin embargo, no hizo que el cristal atravesara mi ojo. Respiró hondo en cambio y se serenó.
—Es mejor que te sientes.
Me hizo levitar, y me colocó sobre una poltrona.
—Así está mejor. Como mujeres civilizadas.
—Claro, el hecho de que las dos estemos sangrando es sinónimo de evolución.
Amora se rió entre dientes.
—Pudimos haber hablado por las buenas. Ahora tengo que mantenerte quieta en ese sofá y realmente me está causando una jaqueca increíble.
— ¿Tanto esfuerzo te causa el retener a una inocente midgardiana?
Amora frunció los labios. Yo sonreí a medias.
— ¿Y de qué tanto quieres hablar después de todo? —pregunté en un suspiro.
Eché un vistazo a mi cuerpo y noté que había líneas de sangre a modo de decoración en mi vestido.
—Hablemos de confesiones —su voz se tornó fría.
Me encogí de hombros.
— ¿Hay algo que debas confesar?
— ¿Eres acaso unza juez ahora?
—Sí, lo soy. Soy la juez del caso de mi hermana.
Oh, claro. Lorelei.
—Pensé que ya lo habías superado.
Jamás creí que unos ojos pudiesen ser tan expresivos. Entendí entonces que ella me quería muerta por mi comentario.
—Disculpa si te ofendo, Encantadora, pero me sorprende el que te enfrasques en un solo tema. ¿Es tan difícil hacer que tu hermana recupere sus "poderes"?
—Ni siquiera sabes de lo que hablas.
—Bueno, una idea tengo de seguro. Y si nos ponemos a comparar, yo soy quién tiene más de una razón para odiarte y atacarte.
— ¿Con un jarrón?
—Créeme que muchos midgardianos han perecido a causa del lanzamiento acertado de un inocente jarrón.
Ella sonrió a medias.
—Si no fueses la esposa de mi enemigo, seríamos amigas.
—Si no hubieses intentado colaborar con la ejecución de mi esposo y matarme, es posible que fueses mi amiga.
Permanecimos en silencio. Aunque lo suficiente como para escuchar la voz de Loki.
— ¡LISBETH!
Abrí la boca para contestarle, pero el cristal, que seguía flotando, se acercó de forma letal hacia mi ojo.
—Yo no haría eso si fuera tú —me susurró.
Le fulminé con la mirada.
—Tu esposa no puede hablar en estos momentos, Loki querido. Está muy ocupada viendo un cristal.
Un silencio que duró solo dos segundos al ser interrumpido por un tremendo improperio. Escuché una clase de explosiones afuera. Di un brinco.
— ¡Más te vale que la dejes salir, Amora!
—Oh, no. Pero ella está muy entretenida con el cristal.
—Recuerda que hay magias distintas, Loki —dije lo más rápido, entendible y alto que pude.
Más cristales se acercaron a mí. La mayoría estaban manchados con mi sangre.
—Te advierto que a la próxima te dejarán agujeros.
En ese instante un estruendo hizo temblar todo dentro de la habitación.
Caí al suelo e intenté ocultarme entre los muebles.
Sin embargo, tuve el buen reflejo para poder observar cómo Amora se levantaba y acercaba hasta la puerta para intentar reforzarla con su magia.
—La lanza de Odín no te servirá, Loki.
Ella se dio la vuelta y me observó con ira.
Entonces sentí una mano cálida halarme para cubrirme mejor de un posible ataque vendetta de Amora.
—Oh, pero es que ya no es la lanza de Odín. Nunca más.
Loki, que se acercó por detrás, sujetó a Amora por el cuello y la alzó a gran altura. Con su magia, inutilizó las extremidades de la rubia.
Sigyn colocó a Vetr en su cuna y de sus manos brotaron llamas rojas. Las apuntó hacia Amora.
—Vaya dúo el de ustedes. ¿No te sientes mal, Lisbeth, por no formar parte? Bueno, al menos no de este grupo de magia, ¿quizá sí de un triángulo amoroso?
Loki tensó aún más los dedos en el cuello de la Encantadora y noté como su rostro se enrojecía de forma alarmante.
—Te juro que esta será la última vez que te metes con mi esposa, Encantadora.
—Sabes que… ninguno… de los dos… somos buenos para… las promesas…
—Loki —dije yo cuando dejé de chequear a la niña, quien me observaba inquieta.
—Como comprenderás, Lisbeth, no puedo permitirme tener traidores a mí alrededor.
Miré de reojo a Sigyn, quien estaba concentrada en los movimientos de Amora.
—Estoy de acuerdo, mi amor. Pero… sí puedes tenerlos encerrados, ¿cierto?
Loki frunció el ceño y me miró con la misma expresión seria.
— ¿Por qué quieres salvarla?
Bendita pregunta. No sabía qué contestar.
Me limité a encogerme de hombros.
—Supongo que es mejor eso que permitirle morir.
Amora me miró sorprendida. Sigyn y Loki no se quedaron atrás. Yo me sequé una gota de sangre que me llegó hasta el labio superior.
—Tienes razón. Muy rápido —dijo con desprecio.
Soltó a Amora y ella cayó al suelo. Sigyn la rodeó con su magia para que no intentase hacer una tontería.
Loki abrió la puerta y con un fuerte bramido, los guardias aparecieron ipso facto y tomaron en custodia a Amora.
—Llévenla a las mazmorras. No se descuiden ni un segundo. Es más letal cuando su ego está herido.
Amora sonrió a medias antes de que los guardias la halaran y sacaran de nuestra vista.
Loki relajó su expresión solo un poco ya que la preocupación tomó lugar en su rostro.
—Déjame curarte.
Sigyn me llevó hasta la cama y corrió a buscar una toalla limpia y agua tibia.
Loki chequeó a Vetr y luego cerró la puerta de la habitación con recelo.
—No fue nada —dije.
—Pudo ser peor, es verdad —dijo Loki en un murmullo.
Sigyn regresó y se sentó a mi lado. Quitó el exceso de agua en la toalla. Loki se sentó a mi diestra y con cuidado, sacó trozos de vidrio.
—Esa maldita va a pagar caro por esto —masculló Loki.
No dije nada porque no iba a objetar.
Arrugué la nariz cuando Sigyn colocó la toalla mojada sobre las cortadas ya limpias de vidrio. Loki gimió.
—Está bien. Arde un poco nada más.
Después de minutos eternos de cuidados en sobremanera por parte de mi esposo y mejor amiga, el primero se puso de pie con expresión seria y se acomodó el traje.
—Debo encargarme del asunto de Amora de una vez por todas.
—Loki…
Mi mirada bastó y sobró para decir: No la mates.
Sigyn botó el agua ensangrentada y comenzó a enjuagar la toalla. Vetr dormía en su cuna.
—Jamás se debe refutar a los designios de un rey, esposa.
Me congelé en ese instante. Bajé la mirada y cerré los ojos con fuerza.
Escuché solo la puerta cuando se cerró.
Y vaya rabieta que agarró Loki a los minutos. Amora se había escapado. Por fortuna de ella, no regresó al palacio… o al menos nosotros no nos dimos cuenta y ella, si volvió, no hizo acto de vendetta.
Hola lindas lectoras, ¡no me mateeen!
Al fin pude terminarlo (es corto, dirán ustedes, pero resulta ser que lo que había escrito se perdió...). ¡Dios mío!
Les prometo que las cosas irán más lentas ahora, sin tanto estrés. Le daré un descansito a la pobre Lisbeth... por ahora.
¡Espero que les haya gustado! :*
