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Guerra
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XXI
«I've been patient, oh, a change gon' come
But that damn clock just don't stop ticking, ticking, ticking away.»
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31 de Octubre de 1977
—Mary, ¿qué se supone que estás haciendo?
Lily había arrastrado sin delicadeza a la Hufflepuff por el codo, alejándose así de un muy concentrado James que repasaba la sección de Quidditch dándose golpecitos con los dos dedos en el mentón, pensativo, el cuello estirado para llegar a los últimos títulos.
Mary la observó, pasmada, la cara de mala leche de su amiga imposible de disimular.
—¿Qué quieres decir?
—¿Por qué invitaste a James? —masculló la pelirroja entre dientes, echando una miradita de soslayo hacia la otra punta, donde el susodicho seguía ensimismado entre libros.
—Yo no invité —susurró la muchacha en voz baja, acercándose a Lily. No había pasado por alto que su amiga ya nunca se refería al Gryffindor como «Potter». —Sólo quería que Remus viniese y ya.
Las dos giraron un poco a la izquierda para controlar los lentos pasos del licántropo que se alejaban despacio, repasando títulos y secciones con un interés genuino. Lily suspiró.
—¡Pero ahora lo tengo a él pegado a los talones! —le reprochó, atajándose a tiempo para no patear el suelo como una niña pequeña. No podía contarle a Mary todo lo que había ocurrido últimamente con James y cómo, después de haber aclarado las cosas, se sentía profundamente incómoda frente a él, como si el muchacho estuviese midiéndola o probándola. No estaba de ánimo para enfrentar sus ojos suspicaces que la seguían a todos lados. Por eso había elegido salir y tomar aire en Hogsmeade, sin pensar en nada, pero todo había salido completamente al revés.
—Lo siento —se disculpó Mary, divertida. —Pero no perderé esta oportunidad —la pelirroja bufó. —Vamos, Lily, ayúdame… —le suplicó, enganchando su brazos en el de su amiga como hacía siempre y arrastrándola hasta el recodo para poder asomarse y ver la espalda de Remus. —Quiero que se dé cuenta de una vez por todas que existo. ¿Tan difícil es? Por favor.
Lily inhaló una larga bocanada de aire y la dejó salir lentamente.
—Te saldrá caro —se resignó, sabiendo que era imposible negarse a algo que Mary le pidiese.
—Eres la mejor.
La amplia y sincera sonrisa de Mary, que le estiraba todas las pálidas pecas que tenía debajo de los pómulos y la hacía ver radiante, terminó de convencer a la pelirroja. Después de todo, ya había pasado con James —y peor, con los cuatro Gryffindor más revoltosos de Hogwarts— varias jornadas, así que, ¿qué tan terrible podía ser?
—Entonces ve —la instó, conteniendo un último suspiro y quitando con suavidad su brazo del agarre de Mary.
—¿Qué?
—Ve a hablarle, o lo que sea —la pelirroja lo señaló. —Está solo, es tu mejor oportunidad. Muéstrale que estás aquí.
—Pero Lily… —dudó Mary, dejando que la sonrisa le resbalase hasta los pies. —Yo no tengo idea de libros, esa eres tú. ¿Qué le diré?
—Lo que sea, solo ve —y la pelirroja la empujó con ambas manos, haciendo que Mary, con el impulso, llegara trastabillando hasta el pasillo donde Remus se había detenido a escudriñar pesados y viejos lomos.
Lily sonrió a su pesar y aguardó a que una apabullada Mary se acercara al licántropo que le regaló su mejor mueca de amabilidad, como solía hacer con cualquiera. Inclinada sobre las estanterías, se permitió husmear unos segundos, sabiendo que era difícil que la dulce Mary pudiese romper el muro blindado de calidez impersonal que había levando Remus para con el mundo.
—Eres una buena amiga —escuchó a su espalda, en un cuchicheo apenas audible. La aludida giró el cuello para encontrarse a James asomado apenas por encima de ella, apoyándose con el brazo sobre la estantería más alta para no tocarla, con un asomo de sonrisa al ver la torpe expresión de asombro que había puesto al verlo tan cerca.
James se apartó con rapidez y la pelirroja se irguió, un poco avergonzada.
—¿Lo sabías? —preguntó, ya fuera del campo visual de los otros dos, de los que se oían susurros velados por siglos de escritura.
James pronunció su sonrisa y se cruzó de brazos.
—A esta altura, todo el castillo debe saberlo.
Lily cabeceó, de acuerdo. Mary no era la persona más discreta del mundo.
—¿Crees que Remus lo sepa? —preguntó, torciendo el gesto. Si podía considerarse amiga del licántropo desde al menos, el año en que ambos habían sido elegidos prefectos, también era cierto que ni siquiera ella había podido derribar la muralla de Remus. Los únicos que parecían lograrlo eran Peter, Sirius y… James.
—Le daremos la oportunidad a Mary a que lo averigue, ¿no crees? —dijo el muchacho, evadiendo con maestría la respuesta directa, echando un último vistazo por el borde de la estantería a los otros dos. —Eso nos deja a ti y a mí, Lily.
—Emocionante.
—¿Quieres apostar?
La pelirroja rodó los ojos, cayendo en la cuenta lo mucho que se veía la presencia de Sirius en el Gryffindor y pasó a su lado, ignorándolo y siguiendo de largo hasta la sección de Quidditch, tres estanterías más allá, casi al lado del mostrador.
—¿No estabas buscando un libro? —lo picó, sabiendo que James la seguiría.
—Sí —por supuesto, él no tardó nada en estar a su lado, volviendo a echar atrás la cabeza para repasar los títulos. —Pero no está aquí.
—Ah —aunque estaban hablando de libros —y Lily podía monologar sobre ellos por horas, según Jane— no se le ocurrió qué más decir y cerró la boca, paladeando de antemano el incómodo silencio.
Después de todo, por mucho que hubiesen compartido tiempo juntos, ella y James seguían sin tener nada en común más que la Orden. Y las prácticas.
Fue en ese momento en el que cayó en la cuenta que nunca había conversado con James Potter antes, a menos que se relacionara con su nuevo grupo de preparación para pelear junto a Dumbledore o, en su defecto, para regañarlos por todas sus malditas trastadas.
—¿Lily?
—¿Qué?
—Puedo escuchar tu cerebro zumbar desde aquí —la joven se giró, pasmada, y James tuvo que ahogar la risa. —No soy un monstruo, ¿sabes? No hace falta que te vuelvas loca buscando un tema de conversación.
La muchacha pudo sentir como la sangre se agolpaba en un segundo en su cabeza, ejerciendo presión y haciéndola mimetizarse con su cabello.
—¿Soy tan obvia?
—Déjame adivinar —le pidió él, sonriente, volviendo a mirar las estanterías pesadas de escritos. —Quizá te diste cuenta que nos espera una larga tarde y no tienes ni la más remota idea de qué hablar conmigo, para poder dejar a Mary y a Remus a su aire.
El enrojecimiento se pronunció a su pesar, pero Lily sonrió casi sin pensarlo.
—No tenemos demasiadas cosas en común —se rindió, bajando los hombros y prestando atención por primera vez los títulos que tenía en frente.
—Eso no es cierto.
—Claro que sí —lo contradijo la pelirroja, intentando relajarse y desestimándolo con un gesto de la mano. Con la otra, pasó los dedos por los lomos que tenía a la altura de sus ojos, pensativa. —No sabía que existiese tanta literatura sobre Quidditch.
James, que parecía nunca estar incómodo, se giró a ella con sorpresa.
—¿Bromeas? —soltó, honesto. —Esto de aquí no es nada —aseveró, señalando las dos filas que correspondían al tema. —En Flourish y Blotts hay un pasillo entero. Y en casa tengo más de lo que podrías imaginar.
—Es difícil imaginarte con un libro, para ser sincera —respondió Lily, sonriendo. —Es casi como Sirius haciendo las redacciones para Pociones.
—Las hace —puntualizó el chico encogiéndose de hombros, ocasionando que ella levantara las dos cejas, escéptica. —Las copia de mí —agregó, algo pagado de sí mismo.
—Y tú la copias de Remus —completó la pelirroja, apuntándolo con un dedo acusador.
—Me atrapaste —sonrió James levantando las manos en señal de paz.
—De cualquier forma... —dijo ella, bajando el dedo y volviéndose de cara a las estanterías. —¿por qué necesitas ahora ese libro? —reflexionó con un poco de curiosidad.
—La temporada de Quidditch está a punto de empezar y quiero probar algunas cosas nuevas —explicó él, levantando los hombros para meterse las manos en los bolsillos de su pantalón. —Tenemos que aplastar a Ravenclaw —el tono resuelto y decidido le hizo recordar con quién estaba hablando. Sonrió. —Ah, no eres muy fanática, ¿verdad?
Lily cambió el peso de su cuerpo a la otra pierna y ladeó la cabeza hacia James, chasqueando la lengua.
—No me gusta mucho la idea de fanatismo en general.
El aludido cabeceó.
—Pero el Quidditch es Quidditch —comentó, como si eso fuese suficiente para hacerla cambiar de opinión. Lily levantó las cejas.
—Lo tendré en cuenta.
James volvió a cabecear y parpadeó, observándola de frente con los ojos entrecerrados.
—A propósito de Ravenclaw... —reflexionó, rascándose la mejilla. —¿Dónde dejaron a Marlenne? Creí que iban siempre juntas por ahí.
—Ah, pues... —titubeó la joven. —Tenía cosas que hacer, no sé bien la verdad —hizo una pausa para pensar y agregó —Y no andamos juntas por ahí. De hecho, es bastante difícil coincidir con ellas, con los horarios y Salas Comunes diferentes.
—Es verdad —afirmó él luego de reflexionarlo por un instante. Era la primera vez que lo pensaba, pero Lily tenía razón: se imaginó por un momento a sus tres amigos repartidos por todas las casas de Hogwarts y le dio un escalofrío. Sacudió la cabeza para alejar la imagen de su mente. —Pero te llevas mucho mejor con ellas que con Jane y el resto, ¿no es así?
Lily —que se había sumergido en sus pensamientos mientras repasaba con el dedo los lomos rugosos de la fila de libros que tenía a la altura de sus ojos— se detuvo y se giró hacia él, en parte asombrada por la perspicacia del muchacho y en parte algo incómoda al reparar que James tenía esa extraña capacidad de poder leerla con extrema facilidad.
—Mmm... no exactamente —respondió después de un momento. Se sorprendió cuando las palabras sinceras brotaron de sus labios con facilidad. —Aunque con Jane y las demás he compartido habitación desde primero, me costó un poco encajar con ellas —sonrió avergonzada recordando aquella época. —Mary ha sido mi mejor amiga desde siempre.
James había tenido la delicadeza de no observarla de frente, por lo que la pelirroja no se sintió tan incómoda respecto al peculiar rumbo que estaba tomando la conversación. No podía saber —ni ella, ni nadie— que el corazón de James bombeaba con fiereza en su pecho, en su garganta, ansioso, anhelante, esperando el condenado momento en que metiera la pata y Lily se cabreara con él.
—¿Y McKinnon? —preguntó con simpleza, espiándola de soslayo. Lily había imitado su posición y hablaban de frente a los viejos libros. Pudo ver su sonrisa más clara, esa tan radiante que lo volvía loco, al menos de reojo.
—Mar es especial —susurró y no se avergonzó de que sus mejillas se tiñeran. —Es única.
—Ya lo creo —convino el muchacho, aguantando una risita. —Sirius piensa que está planeando asesinarnos a todos.
Lily parpadeó y también se mordió los labios para atajar la sonrisa, aunque sus comisuras se elevaron irremediablemente. Podía visualizarlo.
—¿En serio? Mar es la persona más pacífica que conocí en mi vida —la carcajada limpia que soltó James no la amilanó. —Bueno, después de Mary y Kerry-Anne.
—No te creo —replicó él, con burla, rememorando los mejores momentos en los que la Ravenclaw parecía estar a punto de querer volar el universo en pedazos. Lily se unió a las risitas por un momento, luego carraspeó e intentó recuperar seriedad.
—Lo juro —afirmó. —En realidad es muy buena, tiene un corazón enorme —James levantó las dos cejas y permitió que los lentes se le resbalaran un poco por el puente de la nariz. Lily sonrió de lado, entendiendo lo que le cruzaba al muchacho por la cabeza y añadió —Solo que... no lo deja ver muy seguido.
Él se encogió de hombros, decidido a terminar la charla sin pelea.
—Si tu lo dices...
La cabeza de Remus se asomó con un libro en la mano.
—Llevaré esto —dijo despacio, entornando los ojos sin terminar de comprender la atmósfera que había entre esos dos. —Vayan saliendo, ¿vale?
—Te esperamos fuera —asintió James con una sonrisa radiante e hizo una seña para que la pelirroja pasara primero, consiguiendo cruzar una mirada recelosa y asombrada con Remus, sin permitirle hacer otro comentario.
Ese día ganaría.
Aunque no tuviese idea qué.
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04 de Noviembre 1977
—¡Al, cuidado! ¡Detrás de ti!
—¡Impedimenta!
Frank pudo ver con claridad la parábola que hacía el cuerpo de Alice cruzando el aire con una fuerza increíble. El hechizo le había dado de lleno en el estómago y la había elevado con una precisión aterradora, haciendo que cayera hacia atrás contra un mueble repleto de estantes que crujieron con un estrépito ensordecedor ante el impacto.
—¡AL!
La garganta de Frank se desgarró mientras gritaba y conjuraba un escudo, el cuello girado hacia su izquierda, midiendo el tiempo que le llevaría acercarse al cuerpo desmadejado de la joven. El segundo de distracción le costó una nueva ronda de maldiciones por parte del enemigo.
—¡Bombarda!
—¡Frank, cúbrete!
La voz de Dorcas llegó desde demasiado lejos. El muchacho echó a correr, sin dejar de vigilar por el rabillo del ojo el cuerpo de Alice, mientras el techo oscuro de piedra se le venía encima producto del hechizo que había soltado Stevens.
—¡Expulso! —Frank se quitó de encima los restos de escombros, maldiciendo internamente porque ahora un muro de piedras derruidas lo separaba de Al y estaba seguro que Zeller le estaría respirando en la nuca.
Mierda.
Aferró la varita con fuerza y se alejó de la zona de desastre, buscando desesperadamente a Benji, atento a los gritos y conjuros que rebotaban por toda la amplia estancia, el sabor amargo en la boca no lo abandonaba.
Sintió pasos a su espalda y volteó en guardia, alerta.
—Te tengo, Longbottom.
Frank no tuvo tiempo a reaccionar al escuchar la voz de Zeller, puesto que en el acto sintió el tacto frío de su varita clavándose en la garganta y su mano libre torciéndole el brazo hacia atrás.
Habían perdido.
—¡Tengo a Meadowes! —escuchó que gritaban a lo lejos, a su derecha y Frank suspiró.
—Y con eso son tres —susurró Zeller en su oído.
—Hazlo.
Zeller le sonrió sin soltarlo y conjuró chispas verdes al aire, provocando que de manera instantánea se evaporaran las paredes lóbregas y el sinuoso decorado que recordaba al Departamentos de Misterios, dejando la estancia amplia vacía, lisa.
—Bien hecho —dijo el hombre junto a Dearborn, cruzado de brazos con la varita en la diestra, ambos apostados en la entrada de la arena de entrenamiento mágicamente ampliada y modificada para las prácticas. —A tus novatos les falta mucho, Caradoc.
El aludido, que tenía el entrecejo fruncido y una mueca de desagrado con la boca arqueada hacia abajo, solo cabeceó y observó a su equipo uno a uno. Si las miradas matasen, pensó Frank, ellos cuatro hacía rato hubiesen perdido la vida.
Dorcas todavía se removía, intentando zafarse del agarre de Stevens que no parecía muy dispuesto a controlarla. Benji —que al final no estaba tan lejos de Frank, aunque las laberínticas paredes le habían impedido localizarlo— no había bajado la varita con la que apuntaba a Russell, aunque ambos ya se habían dado cuenta que la pelea había terminado.
Alice seguía tumbada de lado, ya sin maderas rotas que la rodearan. El cabello le cubría el rostro y Frank no podía verle. La ansiedad retrepó por su esófago, amarga. Sabía que no podía volver a cometer el mismo error con Dearborn —que parecía paladear los segundos con malévola complacencia, midiéndolos—, y no intentó acercarse ni zafarse de Zeller, que esperaba radiante las palabras de felicitación de su jefe de Escuadrón.
El hombre consultó su reloj de bolsillo y chasqueó la lengua.
—Aunque esta vez aguantaron casi siete minutos más —comentó a nadie en particular. Dorcas volvió a agitarse en los brazos de Stevens, y Frank quiso hacerle una señal de advertencia. Se armó de paciencia y esperó las malditas palabras de Dearborn para poder auxiliar a Alice.
—Muy bien —dijo el superior de Dearborn con una sonrisa afable. —Creo que es todo por hoy —de reojo llegó a atisbar el cuerpo inerte de Al y guardó su reloj. —Veo que tienen una baja. Nos vemos el próximo miércoles.
El hombre hizo un gesto con la cabeza y se marchó con paso resuelto, desapareciendo enseguida tras la puerta de roble. Zeller volvió a sonreírle a Frank y bajó finalmente la varita.
—Nos vemos, Longbottom —saludó risueña y siguió a su jefe con su andar tan característico, casi saltando.
—Ya suéltala —murmuró Benji entre dientes, bajando la varita que apuntaba a Russell de un solo movimiento y ladeando la cabeza hacia donde estaba Dorcas, muchos metros más allá. Stevens parpadeó y Dorcas, furiosa, se zafó con brusquedad del agarre como si le quemara, alejándose rápidamente.
—Cállate, Benji.
—Nos vemos.
El equipo terminó de retirarse y Dearborn, que había permanecido congelado junto a la puerta, se descruzó de brazos y dio dos pasos al frente.
—Reúnanse.
Dorcas le lanzó una mirada suplicante a Frank, que tragó y negó imperceptiblemente con la cabeza antes de acercarse a su jefe. Benji llegó a su izquierda, sereno como siempre.
—Quiero un informe de los errores de la práctica de hoy.— ordenó Dearborn con sequedad, rascándose la mejilla barbuda. Dorcas gruñó y respiró con fuerza por la nariz.
La paciencia estaba acabándose.
—Y quiero resultados —agregó de mal modo. —La próxima vez que tengan una baja, entrenarán conmigo por un mes.
Frank contuvo la respiración hasta que su jefe se dio media vuelta y se marchó, con el corazón atronándole los oídos. Contó hasta tres desde el segundo en que la espalda de Dearborn se perdió de vista, pero Dorcas naturalmente se le adelantó.
—¡Al!
La joven llegó corriendo hasta su amiga, tirándose de rodillas y deslizándose sobre el piso en el último tramo. —¡Al!
Frank tuvo que permitirse oxigenar el cerebro antes de acercarse, Benji ya estaba ocupándose.
—Dorcas, apártate —le estaba diciendo, logrando que se quitara de encima del cuerpo inerte de Alice. Con delicadeza, le pasó las manos por debajo del cuello y la acostó sobre sus rodillas.
—Ennervate.
—¡Al! —volvió a chillar Dorcas, haciendo eco del grito soterrado de Frank. —¿Estás bien?
La muchacha parpadeó, de cara a Benji, y se tomó un momento para repasar los tres rostros ansiosos que se inclinaban sobre ella. Frank volvió a tragar grueso cuando su mirada se cruzó con la oscura de Al, y se apartó por puro instinto, desviando los ojos a un costado.
—Estoy bien —dijo luego de incorporarse y tomar distancia del cuerpo de Benji. —Estoy bien —repitió, ante la mueca de furia y preocupación de Dorcas, que la tomó por los hombros y la escudriñó como si ocultara algo.
—Déjala, Dorcas —le ordenó el rubio con tranquilidad, dándose vuelta y levantándose sacudiendo los restos de escombros adheridos en su ropa.
—No pasó nada —afirmó Al en voz baja, aunque la soledad de la vasta estancia le amplificaba irremediablemente el tono, por lo que todos pudieron oírla. —Solo me distraje un momento y… Zeller es muy buena.
Dorcas la soltó y volvió a resoplar, sin visos de querer controlar su enojo. Se puso de pie y le tendió una mano a Al, que la aceptó algo avergonzada.
Detestaba ser tratada como el eslabón débil del equipo.
Cortó el contacto enseguida y siguió aprisa las instrucciones de Benji, para no tener que enfrentarse a Frank.
—Ordenemos esto. Ya es tarde.
Se pusieron en movimiento en silencio, devolviendo el aspecto natural a la sala de prácticas, y dieron por concluida la agotadora jornada del día.
Frank, a pesar de seguir por el rabillo del ojo el accionar de Alice, se cuidó de cruzar su mirada con ella y se retiraron en silencio, acompañando a las chicas hasta el apartamento de Londres.
—¿Te preocupa algo? —preguntó Benji una vez que se aparecieron en Liverpool, la noche cerrada ya se cernía sobre sus cabezas, la oscuridad apenas enfrentada por las débiles luces intermitentes de las calles y las casas. El rubio había abierto la cancela con la mano derecha y aguardaba a que su amigo pasase.
Frank suspiró y recordó la breve conversación que había tenido con Benji hacía pocos días, la noche luego de que los gemelos Prewett se aparecieran de improvisto en Londres.
—¿Qué te preocupa? —le había preguntado esa vez el rubio, perceptivo, también en el momento antes de entrar a su hogar. Frank había hundido un poco más la nariz sobre su bufanda y se había tomado su tiempo para responder.
Con Benji había sido así desde siempre. Siendo ambos de apaciguada personalidad, la mitad de sus conversaciones solían pasar dentro de su cabeza, sin necesidad de verbalizar pensamientos. Frank estaba seguro que, además de ser una persona extremadamente honesta —y más con Benji, al que consideraba el hermano que no había tenido—, la peculiar forma de comunicación que habían forjado con los años se debía a que el rubio tenía una agudeza sin par a la hora de observar a sus amigos en las sombras.
Ese era su fuerte, y también, su debilidad más grande.
—¿Confías en ellos? —había dicho Frank al fin, luego de una ligera pausa. Benji no necesitaba referencias para saber de quiénes hablaba su amigo.
—Supongo que confiar en ellos significa confiar en Dumbledore.— había contestado despacio, observando las luces encendidas de su hogar.
Frank cabeceó.
—Lo sé. Es sólo que… —dudó y el silencio de su amigo lo animó a continuar. —Estamos metiéndonos en algo grande.
—¿Y ser Auror no lo era?
—Tengo miedo por Al —confesó Frank de golpe, sin seguir el flujo de la conversación, enfrentando directamente a Benji que levantó ambas cejas por un momento, antes de recuperar su expresión serena.
—Sí —el rubio sonrió apenas de lado, dándole un apretón en el hombro. —Pero es lo que hay que hacer, ¿verdad?
Deber.
Últimamente, esa maldita palabra —con toda la responsabilidad que conllevaba— empezaba a irritar a Frank, a hacerlo dudar. Y esa vez no era diferente, pensó, regresando a la realidad, donde Benji aguardaba a que rompiera el silencio. Como no lo hizo, el rubio suspiró imperceptiblemente, lo empujó un poco para que se adentrase en el pequeño jardín delantero de su casa y cerró la verja antes de girarse hacia él.
—Es Al, ¿verdad? —intuyó el muchacho, sacando las manos de los bolsillos de su capa y frotándoselas a la altura del pecho, puesto que no llevaba guantes. A veces Frank sopesaba la idea de que su amigo tuviese algún don clarividente.
O es que lo conocía demasiado y él era demasiado obvio.
—Sí.
—Habla, Frank.
El aludido tomó aire con lentitud, dejándolo escapar por la boca despacio, provocando una nube de vaho difuso que se perdió en el frío de la noche.
—Creo que está algo distraída.
Benji se volvió un segundo para comprobar que sus abuelos todavía no hubiesen reparado su presencia —a oscuras, en la entrada de su casa— y ladeó la cabeza hacia Frank.
—Sí, yo también me dí cuenta.
—Está más dispersa de lo usual —continuó el muchacho, envalentonado por la confirmación de su amigo. —¿Qué crees que sea?
Benji hesitó y se removió un poco para hacer circular su sangre hacia las extremidades.
—No lo sé. Deberías preguntarle a ella, ¿no? Si algo la está molestando, no tardará en decirlo.
—Quizá se trate de su madre.
—Frank, todos pasamos mucho estrés estos últimos días —afirmó el rubio, sereno, compuesto. —No es raro que Al tenga la cabeza en las nubes. Déjala —la mueca de desolación de su amigo le hizo enarcar ambas cejas. —O pregúntale. No le des tantas vueltas.
—¿Ben? —se escuchó a lo lejos, y los dos jóvenes sintieron movimiento acercándose al porche de la casa.
—Vamos —indicó el rubio sin perder su tranquilidad. —No quiero que mis abuelos se preocupen.
Frank lo siguió a desgana, envidiándole un poco la naturaleza extremadamente pasiva de su amigo. No tenía tanta capacidad para permanecer tranquilo. No cuando la involucrada era Alice y su sentido del deber parecía empezar a alejarlo de ella.
¿O ella era la que empezaba a distanciarse de él?
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03 de Noviembre de 1977
Pociones era la última asignatura de los miércoles y, naturalmente, la más tensa.
Gryffindor compartía clase con Slytherin desde que el mundo era mundo —o eso pensaba Lily— y el aire podía cortarse con un cuchillo, sin duda.
La pelirroja se las había arreglado durante años para ignorar la desidia de sus compañeros de la otra Casa, y concentrarse en el Profesor Slughorn, lo que había provocado algunos comentarios de mal gusto respecto de su aire de sabelotodo, aunque luego de la merma en la clase producto de los EXTASIS, ya no era un tema tan frecuente. A Lily le había sorprendido que aquellos cuatro idiotas —como solía referirse a ellos en su cabeza hasta ese verano— continuaran en el máximo nivel de Pociones, puesto que siempre le había parecido que no disfrutaban demasiado de la asignatura, exceptuando los momentos en los que se salían con alguna jugarreta para los Slytherin, provocando el caos y los nervios del Profesor Slughorn.
En ese momento, luego de haber tenido que compartir a la fuerza parte de su tiempo con ellos, consiguiendo tolerar al menos su presencia, empezaba a tener curiosidad por algunas cosas, en especial esas inconsistencias que parecían seguirlos a todos lados. Aún no había terminado de superar la agradable tarde que había pasado con James, Remus y Mary el otro día en Hogsmeade, donde luego de la librería habían pasado por Las Tres Escobas y habían conversado animadamente de todo y nada a la vez. Si bien el regusto de incomodidad no había desaparecido del todo, no se había sentido tan tensa —intuía que se debía a la ausencia de Sirius y sus comentarios insidiosos— y había podido disfrutar la tarde y hasta sonrojarse y reírse como una idiota cuando James decretó que todas las rondas de cerveza que habían tomado corrían por su cuenta —«¡es todo un caballero!» había exclamado Mary, excitada, tirando de la manga de Lily en un aparte cuando los muchachos se pusieron de pie para pagar—.
Las dos noches que habían pasado en la Torre de Astronomía también habían colaborado a renovar una curiosidad malsana sobre sus revoltosos compañeros y sus hábitos. La primer pregunta que le había surgido a Lily, nada más llegar a su habitación la otra noche, había sido cómo podía ser posible que con el grado de destreza que parecía manejar James respecto a la magia en general —se había enfrentado a ella aquella vez, a regañadientes, y la pelirroja no se avergonzaba de afirmar que la había hecho polvo—, no pudiese aún conjurar un Patronus. Peter y él continuaban practicando un poco cuando los otros ensayaban duelos, pero nada. No habían logrado crear un Patronus corpóreo.
Y durante esa clase continuaban surgiendo nuevas dudas, cosas que antes jamás hubiese reflexionado o siquiera percatado. Los cuatro estaban en una asignatura que parecían odiar, después de todo, Slughorn era un blanco fácil para ellos gracias a su condición de Jefe de Slytherin, y el viejo profesor no les tenía mucha estima, en especial a James y a Sirius.
Podía decirse que Remus era el que más se esforzaba, sin duda, en mantener el ritmo de la clase —y a sus amigos bajo control— pero el Profesor Slughorn pocas veces le dedicaba más de una mirada, al igual que a Peter. Lily tampoco podía entender eso, puesto que, a pesar de estar rodeado de problemáticos, Remus se defendía bastante bien en Pociones. Era extraño que Slughorn no lo reconociera.
Sumida en su cavilaciones, había dejado un poco apartada a Kerry-Anne, que solía tener dificultades para seguir las instrucciones, hundida en su pequeña desesperación.
—Lily, esto no está quedando bien... —se lamentó la chica en un hilo de voz, arrancando a la pelirroja de sus pensamientos y haciendo que regresara su vista hacia el frente. Kerry-Anne la observó, extrañada por la distracción de su amiga y giró un poco el cuello para adivinar qué la había ocasionado. —¿Ocurre algo?
—Nada —respondió la aludida con rapidez, echándole un rápido vistazo al caldero de su amiga. —Es porque estás revolviendo en contra del sentido de las agujas del reloj. Es al revés.
—Oh, maldición.
Pociones era la única asignatura —y la única cosa en el mundo, a decir verdad— que podía arrancarle una palabrota a Kerry-Anne. Lily todavía recordaba la desolación de su amiga cuando descubrió que necesitaba nivel de EXTASIS en ella para poder aplicar para la Escuela de Leyes.
—Se arregla enseguida.
Kerry-Anne gimió por lo bajo y cambió la forma de revolver su poción, con el gesto torcido y desconfiado que solía pintársele en las mazmorras todas las semanas.
—Esto es un asco —murmuró al poco tiempo, arrancándole una mirada compasiva a Lily, que mientras controlaba su caldero con la izquierda, intentaba con la derecha guiar los movimientos de su amiga. Kerry-Anne se inclinó hacia atrás y se alejó un poco, ofuscada.
—Y eso también —agregó, señalando disimuladamente con el pulgar hacia el fondo de la clase, donde Jane y Sally habían ocupado sus sitios de siempre, pero sin mediar palabra. De hecho, el cuerpo de Jane estaba girado hacia el lado opuesto a su amiga, y se mordía los labios atajando la risa de cara a un muy sospechoso Sirius que tenía la varita en la mano y expresión de bravucón irremediable.
Lily decidió ignorar lo que fuese que esos idiotas estuviesen pensando hacer —después de todo, era prácticamente imposible que una clase de Pociones terminase sin algunos puntos menos gracias a sus compañeros de Gryffindor— y se centró en la mueca desolada de Kerry-Anne.
—¿Siguen sin hablarse? —preguntó la pelirroja aunque supiese la respuesta, atisbando por el rabillo del ojo la cara de mala leche de Sally, que buscaba por cualquier medio pasar por alto las gesticulaciones de Jane a su lado.
Kerry-Anne asintió con la cabeza con energía.
—Ya no sé qué hacer —se lamentó, echando más polvo de raíz de valeriana a su oscura poción. —Nunca habían peleado por tanto tiempo. Sally me deja hablando sola cuando quiero intentar acercarlas y… Jane me evita.
—No son niñas, Annie —replicó Lily, aunque la tristeza de Sally era palpable incluso a la distancia. —Déjalas arreglar sus problemas solas.
—Lo sé, pero… —Kery-Anne se detuvo y giró el cuello disimuladamente hacia atrás, donde estaban sus amigas. —Las extraño.
Lily le dio un apretón cariñoso en la rodilla pero no pudo responderle porque un chillido varios calderos más atrás rompió la quietud de la atmósfera, provocando el Profesor Slughorn diera un brinco alarmado sobre su asiento.
—Ven aquí, Black, y veamos si eres tan valiente —soltó Avery, poniéndose de pie con la varita en alto y una máscara de furia. Lily se sobresaltó y entendió rápidamente lo que estaba pasando.
Había sido Mulciber el que había chillado, al parecer, algo había provocado que su poción salpicase en todas direcciones y lo cubriera parcialmente: la túnica había empezado a deshacerse como si estuviese en contacto con ácido, y la piel descubierta del Slyhterin se había hinchado de manera desagradable.
Debía doler como los mil demonios.
—Tranquilos, por favor —pidió Slughorn, acercándose a toda prisa, donde Mulciber se retorcía de dolor.
—Yo no hice nada, Profesor —afirmó Sirius, la frase más utilizada de su vida escolar. También se había puesto de pie y extendía las palmas en actitud inocente, aunque no había soltado su varita.
—Es verdad Profesor —apuntó Remus con serenidad, y Lily levantó las cejas con sorpresa. —Estaba ayudándole a completar la poción, mire. A Mulciber debió habérsele caído algo en su caldero.
—Está bien, está bien —murmuró Slughorn, arrodillándose con extremada dificultad debido a los gruesos pliegues de su túnica junto a Mulciber, mascullando algunos hechizos rápidos sobre sus llagas. —Avery, ayúdeme a llevarlo hasta la enfermería, rápido. Madame Pomfrey debe verlo de inmediato.
—Pero...
—Ahora.
Se llevaron a Mulciber entre ambos, tambaleándose. El Profesor de pociones, abrumado por la situación —Lily bien sabía que detestaba las escenas de confrontación o conflicto— se volvió un poco hacia el resto de sus alumnos que se habían quedado en silencio sepulcral.
—Muchachos, déjenme una ampolla de sus muestras hasta donde hayan llegado sobre el escritorio. La clase ha terminado.
Se marcharon rápidamente, y apenas traspasaron el umbral, la docena de estudiantes que aún estaban en la mazmorra empezaron a hablar a la vez, excitados o furiosos.
—Vayámonos de aquí —indicó Lily por lo bajo a Kerry-Anne, que se apresuró a echar un poco de su maltrecha poción en una ampolla. Estaba segura que habría pelea con los pocos Slytherin que quedaban y no estaba de ánimo para intervenir.
—Vamos —asintió su amiga, recogiendo sus cosas al vuelo y siguiendo a la pelirroja hacia la salida. Los gritos aumentaban su frecuencia e intensidad, y Lily salió pitando con Kerry-Anne a la zaga. Esperaba que el último sermón que les había echado a sus compañeros Gryffindor fuese suficiente para atajar la batalla campal.
No estaba dispuesta a tener la misma pelea en menos de diez días.
Lo último que la pelirroja llegó a atisbar antes de emprender la retirada fue la nuca blanca de Severus, que había permanecido tieso con la mirada al frente durante toda la clase.
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04 de Noviembre de 1977
El cielo se había encapotado en un santiamén, y el viento furibundo las había obligado a abandonar su sitio junto al lago —como otros tantos estudiantes— para correr sin remedio hacia el refugio que ofrecía el castillo.
Lily y Mar habían estado terminando algunos deberes mientras Mary pululaba aquí y allá, harta de las tareas y redacciones. Habían tomado esa costumbre hacía tiempo, ya que les era imposible estar juntas en sus Salas Comunes, pasaban su tiempo libre en los jardines —o en la biblioteca en tiempo de exámenes— por más que el clima recrudeciera a pasos agigantados con cada día que pasaba.
Mary llegó al último a la entrada de Hogwarts y patinó con el barro que empezaba a acumularse, en el segundo exacto en que la llovizna se convertía de golpe en un manto impenetrable de agua que se desplegaba del cielo.
—Lo siento —se disculpó cuando tiró de la túnica de Mar para impedir romperse la crisma contra el escalón. La Ravenclaw ni se inmutó, y Mary consiguió enderezarse sin más problemas. —Vaya con este tiempo.
Las tres se quedaron por un momento obnubiladas por la fuerza de la naturaleza, que derramaba sus lágrimas con maestría por todos los terrenos del castillo, a la par que los últimos rezagados corrían al calor de un techo.
—Los locos de Gryffindor siguen entrenando —señaló Mary, rompiendo el segundo mágico, ladeada de costado para tomar con ambas manos su cabello suelto para estrujar los restos de lluvia. —Miren.
Señaló más allá, donde apenas podían distinguirse los aros de la cancha de Quidditch. Si Lily entornaba los ojos, podía llegar a atisbar movimiento en el aire, aunque fuese solo un manchón borroso.
—La temporada ya empezó —explicó la pelirroja, encogiéndose de hombros. —Quieren ganar.
Mar hizo un gesto de desestimación con la mano, como si eso no tuviese nada que ver con ella.
—Deberías estar más preocupada —la picó Mary con una sonrisa. —El primer partido es contra Ravenclaw.
—¿Y desde cuándo a mí me interesa el Quidditch?
—Aguafiestas.
—Pobre Jane —reflexionó Lily, ajena al resto, intentando distinguir la silueta de su amiga cerca de los aros. —Pescará un resfriado.
Aunque no lo dijo en voz alta, sus pensamientos se desviaron al resto del equipo de los leones, y en particular, a su capitán. ¿Tanto deseaba ganar James ese año que no suspendía la práctica con el clima en contra?
—También nosotras si nos quedamos aquí —apuntó Mary, sacudiéndose las últimas gotas. —Vamos.
Se adentraron a paso raudo al castillo, esperando secarse pronto gracias a la calidez de los encantados muros de piedra.
—¿Quieren ir a cenar? —preguntó Mary cuando se detuvieron en la puerta del Comedor. —Es temprano, podremos hacerlo juntas, antes del toque de queda.
Las tres tenían una regla tácita que incluía no tomar las comidas en mesas ajenas, ya que no terminaba de agradar al resto de los miembros de sus Casas. Sin embargo, a veces, cuando los exámenes apremiaban y no tenían demasiado tiempo para poder compartir, se ponían de acuerdo en aparecer bien temprano en las comidas para poder sentarse juntas en el almuerzo o la cena. Desde que Lily era prefecta, lo hacían en la mesa Gryffindor, ya que la pelirroja se hacía respetar por sus compañeros y nadie les prestaba demasiada atención a las inflitradas.
—Vale.
Lily sacó la varita del bolsillo de su túnica y repasó a sus amigas para asegurarse que estuvieran completamente secas y entraron sin dilación al Comedor. La mesa Gryffindor estaba prácticamente vacía, excepto por una figura solitaria, encorvada, hacia la punta.
—¿Sally? —la pelirroja la reconoció enseguida. Le hizo gestos con las manos mientras las otras dos se acomodaban —Mary, cómoda como siempre, y Mar relojeando cada pocos segundos su propia mesa, como si esperase ser atraída por ella— para que se acercara.
—Hola chicas —saludó la Gryffindor, esforzándose por dibujar una sonrisa. A Lily le dio un tirón en el pecho ver la mueca rota de su amiga y se maldijo por no haberle prestado más atención a Kerry-Anne. —¿Cenando tan temprano?
—Queríamos aprovechar el tiempo —respondió Mary resueltamente, sorteando el repentino cambio de ánimo de la pelirroja. Claro que era imposible para Mary ser desagradable con algún ser vivo. —Vamos, siéntate con nosotras.
Sally tomó sitio junto a Lily, buscando deshacerse de su incomodidad y espiando por el rabillo del ojo a su amiga, que no había emitido palabra.
—Nos corrió la lluvia —estaba explicando Mary mientras se servía de un cuenco de patatas. —De pronto se puso todo negro y ¡zas! casi nos ahogamos.
—Deja de parlotear y pásame la ensalada —le interrumpió Mar, extendiendo su brazo frente a las narices de la Hufflepuff, que se ruborizó un poco y acató la orden sin chistar.
—Me gustaría que le echaras un vistazo a mi redacción de Defensa, Lily, cuando tengas un momento —le pidió Sally en voz baja, ignorando la pequeña trifulca de las otras dos. No había tocado su plato.
—Claro —respondió la aludida con dulzura, sabiendo que no era el momento para hablar seriamente con su amiga. Tendría que atajarla camino a los dormitorios. Sally se veía realmente deprimida.
—Lily siempre me ayuda con Defensa —intervino Mary, señalándola con el tenedor de forma espontánea. No le daba pena expresar sus falencias, por supuesto. Unas Gryffindor de primero o segundo que se acomodaban algunos metros más allá se quedaron mirándola, yendo de su gesto hacia los colores de su túnica. —Se me da fatal.
Sally sonrió con un poco más de ganas ante la sinceridad de la Hufflepuff.
—También a mí —admitió, tomando un sorbo de bebida. —Pero mi madre insistió en que tomara el EXTASIS.
—Lily es nuestra salvación.
—Sólo tienen que ponerle energía —replicó ella, encogiéndose de hombros. —Nada es demasiado difícil con voluntad, ¿no?
—Lo dice la prefecta y Premio Anual —se burló Mary con la boca llena. Sally se atragantó con su bebida y tuvo que dejar el vaso en la mesa y limpiarse la boca con una servilleta, aguantando una risa genuina.
—Creo que hay algunas intrusas en nuestra mesa, ¿no te parece, Pete?
Las cuatro muchachas giraron la cabeza a la vez, con diferentes grados de sorpresa, para ver a Sirius Black de pie a un palmo de sus asientos, seguido de Peter que no parecía de ánimo como para buscar pelea.
—Están conmigo, Sirius —le dijo Lily suspirando. —Déjalo estar, ¿quieres?
—Van a terminar con nuestra comida, pelirroja, ¿eso te parece bien? —contraatacó el muchacho, mientras pasaba una pierna por el banco y se sentaba junto a Mary, mientras un abochornado Peter lo hacía junto a Sally.
—Los elfos siempre hacen suficiente —comentó Mary con tranquilidad, sin pescar la pulla, continuando con su esmerada tarea de terminar su plato. Sally ladeó la cabeza con curiosidad.
—¿Qué hacen ustedes tan temprano aquí? —preguntó, levantando las cejas. Peter hizo un ruidito incomprensible con la garganta y fue Sirius el que volvió a tomar la palabra.
—James sigue entrenando —explicó, mientras se servía ingentes cantidades de patatas. —Y Remus no va a detenerse hasta terminar el trabajo de Transformaciones —lo expresó como si fuese algo que mereciese pena capital.
—¿No van a esperarlos?
El aludido se carcajeó, haciendo que su asiento vibrase, y Peter, que había empezado a comer en silencio, se coloreó y carraspeó.
—Bueno... sí —titubeó, forzando una sonrisa. —En situaciones como la de hoy...
—En situaciones como la de hoy cenamos dos veces —completó Black, masticando con fruición. Mary hizo cara de asco y Lily no pudo más que soltar una risita por la nariz.
—No se por qué no me sorprende.
—Tenemos que alimentarnos bien para crecer.
—Claro, Sirius, por supuesto.
Lily, Mary y Sally se miraron entre ellas y se rieron sin intentar disimularlo más y, a su pesar, Peter se unió, con las mejillas coloradas. Sirius continuó atacando su plato, ajeno a la diversión, cuando de pronto, levantó la cabeza en el instante que un pensamiento cruzó su mente.
—Oye Mar —la llamó estirando el cuello para poder verla por detrás de Mary. La muchacha había permanecido en su usual aura de silencio que se instalaba nada más superar las dos personas a su alrededor. Lily y Mary se desconcertaron del llamado tan familiar del joven. —¿Vas a decirme quién demonios era ese?
—¿De qué está hablando? —cuchicheó la Hufflepuff, haciendo como que los aludidos no pudiesen escucharla —lo que era ridículo, pues era ella que estaba sentada entre ambos—.
—No tengo idea —respondió la pelirroja, buscando confirmación en Peter que se encogió de hombros al verse pillado con la boca llena.
—No —negó la Ravenclaw, concentrada en su plato semivacío. Sirius hizo mucho ruido volviendo a servirse y no lo dejó estar.
—No voy a rendirme, ¿sabes? Puedo ser bien terco.
—Y que lo digas —murmuró Peter en un aparte, provocando un sutil coro de risas.
—¿A qué se refieren? —volvió a preguntar Mary, sacudiendo la cabeza a ambos lados. Mar permaneció estoica en su mutismo y Sirius gruñó.
—McKinnon oculta un amante —pinchó, burlón, haciendo que la chica a su lado saltara de su asiento.
—¿¡Qué?!
—Sirius, déjala en paz —lo amonestó Lily, sin creérselo ni por un segundo.
—¿Es cierto, Mar? —se fascinó Mary, tapándose exageradamente la boca con ambas manos.
—No.
—A Sirius le gusta bromear —intervino Sally, aunque su comentario no se tuvo en cuenta.
—No importa —masculló el muchacho, tragó y esbozó su mejor sonrisa arrogante. —Voy a descubrirlo.
—Sirius...
—Me voy —determinó Mar, sin contagiarse de las risas de los demás, poniéndose de pie con las palmas sobre la mesa. —Buenas noches.
Sally y Peter murmuraron tímidos saludos y Sirius le hizo un gesto con la mano.
—¿Qué mierda fue eso? —inquirió Peter una vez que la Ravenclaw se marchó, siguiéndola extrañado con la mirada mientras se dirigía a la salida del Comedor.
Lily intercambió una elocuente mirada con Mary antes de agregar
—Eso mismo quisiera saber yo.
—Es algo entre Mar y yo —se mofó Sirius sin hacer tambalear su sonrisa pedante. —Pásame las albóndigas, Pete, anda.
La Hufflepuff volvió a comunicarse en silencio con su amiga, antes de que las dos se rindieran a la vez. Intentar sonsacarle algo que no quería decir a Mar era más difícil que conseguir que la Profesora McGonagall hiciese la vista gorda en una mala transformación.
Lily decidió archivar el tema y buscar, con tacto, sacarlo a relucir con la Ravenclaw en algún otro momento. Suspiró y de soslayo vio como la mueca de Sally volvía a deprimirse, agregándole otro problema más a su larga lista.
Tenía que hablar con ella y con Jane, y pronto.
Pensar en la guardiana de Gryffindor irremediablemente la hizo deslizar sus reflexiones hacia el capitán. ¿Cuánto más estaría James haciendo sufrir a su equipo bajo la lluvia? ¿Es que no pensaba un poco en sí mismo y en sus compañeros?
Antes de terminar la cena, Lily ya había decidido hacer una poción para el resfriado para dársela a todos los integrantes del equipo. Su esfuerzo no valía si caían enfermos.
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31 de Octubre de 1977
Alice estaba congelándose. Se sentía un poco estúpida, de pie como un poste cerca de la entrada de las Tres Escobas, viendo pasar a los jóvenes estudiantes que entraban, salían y reían sin preocuparse del frío maldito que estaba comiéndole las articulaciones, bajo la resolana que no calentaba.
Gideon había sido asignado como su pareja —y a Alice no se le había escapado la mala cara que había puesto Frank, complacida—, pero el larguirucho pelirrojo solo había estado con ella poco más de un cuarto de hora, le había dado algunas parcas instrucciones y se había marchado tan campante, dejándola sola y helada.
No se atrevía a abandonar su puesto, por más que la tarde se veía apacible, sin rastro de sospechosos encapuchados o locos intentando magia oscura.
Era una simple tarde de otoño, fría a rabiar. Tranquila.
No había considerado una exageración la solicitud de Dumbledore de hacer rondas durante las excursiones de los estudiantes a Hogsmeade, no después de aquel ataque relámpago en la plataforma 9 ¾. Sin embargo, el poco movimiento y el cansancio de la semana hacían mella en su pobre cuerpo. Sus huesos pedían a gritos una maravillosa taza de té con limón, ese que Madame Rosmerta hacía con una pizca de miel.
Suspiró y refugió las manos que apenas sentía en los bolsillos de la capa, tomando una decisión. Si en los próximos veinte minutos no aparecía alguno de los gemelos Prewett, entraría a las Tres Escobas a por una bebida caliente, descansaría un momento y volvería a su puesto.
Todo el agotador entrenamiento con Dearborn, finalmente, no le había servido para absolutamente nada: su primera «misión» como parte del grupo de Dumbledore —en su cabeza, los buenos— había consistido en sobrevivir al frío espantoso que hacía en Hogsmeade. Se sentía estafada y aliviada a la vez, a fin de cuentas, prefería no tener que utilizar su varita.
Elevó los ojos al cielo y pensó en su madre.
Le había enviado dos o tres cartas desde que se había marchado, eligiendo con cuidado animales grandes y fuertes —en una ocasión, estaba segura de haber mandado un búho— que soportaran el largo viaje cruzando el Atlántico, pero no había obtenido respuesta alguna. Temía utilizar la red flú para comunicarse y le achacaba la falta de noticias a la debilidad de las lechuzas al llegar a América. Después de todo, solo había transcurrido poco más de una semana, por más que a ella le hubiese parecido una eternidad.
La percepción del tiempo era curiosa para Alice, porque, durante los entrenamientos del Escuadrón o, en ese mismísimo instante, sentía como si un dedo invisible detuviese las agujas del reloj, haciéndola esperar el doble. Sin embargo, fuera, la vorágine de acontecimientos —el ataque en la Final de la Liga, la Orden del Fénix, y Hogsmeade— la había envuelto con fuerza, provocando esa amarga sensación de añoranza por su madre, como si se hubiese marchado hacía ya años.
Agitó la cabeza para ahuyentar la nube de negros pensamientos que empezaban a rodearla y se rindió, poniendo en movimiento las piernas entumecidas y entrando con rapidez a las Tres Escobas.
La golpeó la atmósfera cálida y cargada del lugar, rebosante de estudiantes y gritos, por lo que Alice tuvo que hacerse paso intentando no tropezar con nadie en el camino y consiguió de pura casualidad un sitio en la barra que aceptó agradecida, quitándose el abrigo y la bufanda.
La temperatura agradable del lugar hizo efecto de inmediato, enseguida sintió sus pies y sus manos palpitantes, bañándose de calor, las mejillas llenas de color.
Le hizo una seña a una atareada Madame Rosmerta y pidió el dichoso té, paladeándolo con anticipación. Se tomaría diez minutos y regresaría.
Nadie podría culpara por querer calentarse un poco.
Se arrebujó sobre su taza de té y hizo oídos sordos al barullo del bar, concentrándose en lo bien que se estaba allí, y lo cansada que estaba. Cuando terminaran esa ronda, volvería a Londres y dormiría hasta el día siguiente.
Cuando su tiempo terminó, agradeció a Madame Rosmerta con un cabeceo y una sonrisa —lo único que le permitieron los dos segundos que la mujer le prestó atención—, tomó su abrigo de la falda y respiró profundo antes de bajarse del taburete.
—Disculpa.
Alice se vio detenida por un tacto frío que le aferró la muñeca libre y sorprendida, se dio la vuelta, antes de alcanzar la puerta de entrada.
—Te conozco, ¿verdad?
La aludida parpadeó en su dirección y se quedó estupefacta por un segundo que pareció eterno. El chico que la había detenido estaba en la última mesa del lado izquierdo del bar, solo, y se había levantado un poco de su asiento para alcanzarla.
Alice boqueó, aturdida, sin poder responder y el muchacho la observó de frente antes de agregar
—Estoy seguro que te he visto en algún lado.
—No lo… —empezó Alice, confundida, y entonces su mirada volvió a encontrarse con la de ese joven y un fogonazo de recuerdos borrosos atravesó como un rayo su campo visual.
Oh, no.
El muchacho sonrió cuando vio que las comisuras de Alice se deprimían y los labios entreabiertos perdían un poco de color.
—No me molestaría invitarte algo —presionó el muchacho, tirando de la muñeca de una aturdida Alice que, antes de darse cuenta, estaba ya sentada en la pequeña mesita redonda con él.
Volvió a parpadear y ladeó un poco la cabeza, escudriñando sin tapujos al muchacho, que finalmente la había soltado para ponerle delante una botella de cerveza de manteca.
Tenía las facciones todavía redondeadas, sin madurar, el cabello rubio —oscuro, no como el de Benji, más grueso, liso y apagado— peinado hacia adelante, cayéndole sobre la nariz afilada y unas pocas pecas desparramadas sobre ella y los pómulos. Sin embargo, la actitud infantil la cortaban sus ojos. Alice jamás había estado frente a unos ojos tan hipnóticos. Misteriosos.
Eran negros, como los de Frank, y sin embargo, en vez de sentir esa extremada calidez que emanaban los de su amigo, frente a ese crío sentía que la envolvía esa oscuridad impenetrable. Imposible de leer.
Tomó la botella con las dos manos, sin caer en la cuenta que ni deseaba beber la cerveza, ni aquel chico le había preguntado qué quería.
Él tomó un largo sorbo de lado, balanceándose con la silla antes de aterrizar de un golpe que se ahogó en el barullo, dejando la botella sobre la mesa e inclinándose con los codos hacia Alice.
—Londres, ¿verdad? —comentó al fin, en voz baja, mirándola desde abajo, por encima del flequillo. La chica se sintió idiota al saber que toda la sangre se le había agolpado en las mejillas y desvió la vista.
—Fue una buena noche —apuntó el chico, sin amilanarse por la falta de respuesta de su interlocutora. Alice no podía decir lo mismo.
No recordaba casi nada. Sólo el pánico y el desagrado subiéndole desde el estómago al despertar desnuda en una cama desconocida. Con un desconocido.
Con ese sujeto.
Tragó grueso y levantó un poco la barbilla, reuniendo los pedacitos de dignidad que le quedaban y enfrentándolo.
—No sabía decirlo —confesó, repasando una vez más el rostro del chico y comparándolo con el de sus recuerdos. —Había tomado demasiado esa noche y…
—Lo sé —la interrumpió el muchacho, sin ninguna expresión en su rostro. —Se notaba.
A su pesar, Alice volvió a enrojecer, apretando los dientes y maldiciendo su estupidez y su mala suerte. Vamos, estaba segura que a Dorcas jamás le pasaría algo así: y ella había tenido muchas más noches de resaca y sexo casual que ella.
Alice respiró con fuerza por la nariz y se concentró en él.
—¿Estás en Hogwarts?
Era evidente: tenía la capa negra del colegio sobre los hombros, aunque no se había pasado las mangas. El cabeceó y dio otro sorbo a su cerveza. Alice estaba segura que estaba midiéndola de reojo.
—Tu no.
—¿Cómo lo sabes?
—Te busqué después de las vacaciones.
Alice se quedó sin habla, con la botella de cerveza a medio camino hacia sus labios. El muchacho parecía sincero. No sonreía, y seguía teniendo ese algo en los ojos que a Alice le provocaban escalofríos.
Quizá era porque sabía que la había visto desnuda.
Giró la cabeza para romper el contacto.
—Terminé en Junio —murmuró, sin saber bien por qué lo aclaraba. Quería irse, pero también deseaba quedarse. Dentro suyo, una ligera vocecilla le pedía saber más. Quería saber quién demonios era él.
—Ah —asintió el muchacho, bajando la vista a la mesa. —Voy en sexto.
Dieciséis años. Alice pensó seriamente en cavar con sus propias manos un hueco para hundirse lejos de la humanidad: ni en sus peores pesadillas podría haber tenido sexo casual con un crío. El pareció adivinar hacia donde se dirigían los pensamientos de su imprevista acompañante porque se encogió un poco de hombros.
—Da igual.
—Tengo que irme —Al se puso de pie, su corazón había comenzado una alocada carrera en su pecho. Se sentía un poco descompuesta, no podía seguir frente al niño que representaba, otra vez, un error.
Estaba harta de equivocarse.
—Aún no me has dicho tu nombre —la atajó él, inclinándose otra vez sobre ella, tomándole la muñeca que Alice había depositado en la superficie de la mesa para incorporarse.
—Alice.
—Alice —paladeó el muchacho, conforme. La soltó. —De Londres. Vives ahí, ¿verdad?
Ella, que ya estaba recogiendo sus cosas aprisa, asintió apenas con la cabeza y se colocó el abrigo a la carrera.
—Nos vemos —musitó, ya con la mirada puesta en la salida, dándole la espalda adrede. Era mentira, esperaba no volver a verlo nunca. Había algo en su presencia que seguía provocándole malestar.
Y sin embargo, aún con el estómago revuelto —había olvidado hacía tiempo su turno de vigilancia para la Orden, de hecho, ni siquiera le apenaba suponer que Gideon podría haber regresado y no haberla encontrado en su puesto—, su cuerpo siguió un impulso y se giró de golpe, regresando hasta la mesa del chico de dos zancadas.
—Tu tampoco me has dicho el tuyo —jadeó, con la respiración algo entrecortada. El abrigo y la bufanda empezaban a sofocarla en el interior tan cargado.
El muchacho levantó las cejas, que se perdieron por detrás del cabello que le caía en la frente.
Era muy guapo, incluso a pesar de sus facciones de crío, que contrastaban con esos ojos tan maduros.
—Tu nombre —aclaró Alice, arrepintiéndose al instante de haber regresado. Cambió incómoda el peso de su cuerpo a la otra pierna y titubeó, sopesando la idea de salir a la carrera de las Tres Escobas y quedar como una idiota, pero libre al fin.
—Ah.
Y Alice no pudo evitar que sus labios se entreabrieran de sorpresa al ver la fina y apocada sonrisa de aquel niño de dieciséis años con el que se había acostado.
—Puedes decirme BJ —dijo, encogiéndose de hombros. —Todos lo hacen.
Alice asintió, un poco aturdida y se volvió, sin saber qué agregar, poniendo rápidamente los pies en polvorosa, segura —segurísima— que aquella extraña mirada estaría siguiéndola hasta que la puerta de las Tres Escobas se cerrara a sus espaldas.
Una vez que su figura desapareció, el muchacho se inclinó, bebiendo el último sorbo de cerveza que le quedaba, relajado. Se balanceó hacia atrás con todo su peso, más allá del punto de equilibrio, y la silla se detuvo contra la de la mesa vecina antes de estrellarse contra el piso.
—Creo que atrapé algo bien interesante, Reg —comentó BJ de cara al cielo raso, manteniéndose inclinado sobre las patas traseras en cuarenta y cinco grados y los dedos entrelazados sobre su estómago.
—Eres un mentiroso —se burló el muchacho sobre el que se sostenía su silla, sin volverse, encorvado sobre su propia mesa vacía. —Nadie te dice BJ.
—Tú lo haces.
—Porque soy idiota —a pesar de que hablaban en susurros, gracias a la cercanía que había logrado BJ podían atajar sus palabras de entre el barullo incesante del bar. Regulus escuchó una risita baja y rodó los ojos, sin variar su posición.
—¿Qué buscas? —preguntó, ignorándolo. —Parecía asustada.
—Estoy seguro que era Gryffindor —afirmó BJ antes de impulsarse hacia adelante y aterrizar con fuerza con las patas delanteras de la silla. —Lo tenía escrito en toda la cara.
—¿Y qué? No todos los Gryffindor están del otro lado.
—Créeme. Ella lo está.
Regulus se irguió y finalmente se giró, apoyando su brazo sobre el respaldo de la silla para mirar de frente a su amigo.
—Haz lo que quieras —le dijo, apático. Ignoró la mueca de suficiencia del otro y se puso de pie. —¿Nos vamos, Bartemius?
—Cállate, imbécil.
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¡Llegamos al comienzo de todo! Felicitaciones a luna lovegood por haber acertado sobre la identidad de nuestro misterioso mortífago. Aunque no lo era demasiado, ¿verdad? Las pistas eran bastante obvias desde el principio, así que... eso. Ahora vamos con las explicaciones.
En primer lugar quiero pedir piedad: permítanme desarrollar las razones sobre por qué es Barty el mortífago obsesionado con Al. Recién descubrimos cómo se conocieron, y también sabemos que para cuando Al queda embarazada, su rechazo por él es casi total. Permítanme explicarles cómo llegaron a eso, y para eso, necesito que sigan leyendo y le den una oportunidad a mi idea.
Por otro lado, quiero hacer una breve aclaración de esta última parte, respecto al nombre de BJ. ¿Por qué BJ?
Mientras pensaba todo esto hace mucho —pero mucho— tiempo, caí en la cuenta de que: primero, Barty Jr odiaba su nombre, por ser el mismo que el de su padre. Vamos, una historia parecida a la de Voldemort. Por eso, supongo que no es algo irreal pensar que durante su adolescencia hubiese querido deshacerse del Bartemius Junior y la forma más elegante que encontré para eso fue BJ. Corto y claro. Segundo, creo que el nombre Bartemius es simplemente horrible. Y hace pensar en el señor que encarnó el papel de Barty Sr en las películas y yo quería alejarme lo máximo posible de esa imagen. Mi BJ aquí, como bien piensa Alice, es todavía un crío, tiene facciones de niño y, además de ser académicamente superior, ya coqueteaba con las artes oscuras. Sirius comenta en el cuarto libro que para cuando lo condenan —en 1981—, no tendría más de diecinueve años, por lo que también sería factible que en 1977 estuviese en Hogwarts. Aquí, es de la generación de Regulus, esto es, un año por debajo de los Merodeadores y de Lily.
Espero ansiosamente saber qué piensan de este desarrollo. A partir de aquí, las cosas empiezan a ponerse interesantes, ¡lo prometo! Decidí publicar tres capítulos de esta línea temporal porque —creo haberlo comentado anteriormente—, me interesa acelerar un poco lo que va pasando en Hogwarts y en el Escuadrón, ya que es vital para comprender las líneas posteriores.
De cualquier forma ya me indigesté de esta parte así que para la próxima ya saltamos hacia 1979: estamos todos invitados a la boda del año.
Finalmente, quiero disculparme por la tardanza. Había prometido aparecer por aquí a los diez días de haber publicado el capítulo anterior pero me fue imposible reunir la inspiración necesaria para ello así que tuve que resignarme a mantener el ritmo normal de dos capítulos por mes. Lo lamento, de veras.
¡Ah! Quiero aprovechar, por último, para agradecerle los reviews a Jenny, que siempre comenta y me cuenta qué tal le va pareciendo el desarrollo, y como no tiene cuenta en la página, no puedo responderle por PM. ¡Muchas gracias, guapa!
Creo que no tengo nada más para decir. Espero leer sus comentarios y opiniones, ¡anímense! Me hace mucha ilusión.
¡Nos leemos en quince días!
Y si llegaste hasta aquí, un océano infinito de gratitud.
Ceci Tonks.
